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El perdón a una ciudad Artículo sobre Caracas

Presentes y ausentes Artículo sobre una cita anual

Pónle una flor Consejo de un niño

Movimiento y colorMolinillos en el cementerio

Le hace falta Feng ShuiBrigada de Homicidios

Relato Pensamientos y emociones ante la notificación del homicidio de un ser querido

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El perdón a una ciudad

Mucho tiempo me tomó reconciliarme con Caracas. Fueron años rumiando la amargura de ver sus calles sucias, abandonadas al desorden y los buhoneros sin control. Largo tiempo enumerando sólo aquello que le faltaba en comparación con otras ciudades y lo que había perdido, en comparación con el pasado. Varios años convencida de que me había tocado uno de los peores sitios para vivir. Toda una época diciéndome que viviendo aquí, sencillamente, perdía el tiempo y perdía todas las oportunidades.

No sé cómo, pero poco a poco fui cambiando aquello. Una mezcla de factores me dio los matices que necesitaba. La modernización, que siempre se abre paso, así como los años, que van depurando las cosas. Para el momento en que asesinaron a mi tía, ya me había reconciliado con mi ciudad. De algún modo había logrado, como yo digo, sonreír en medio de la decadencia. De La Hoyada o Sabana Grande aprendí a mirar más allá del remolino de sus miserias. Me las había ingeniado para aprender a aceptar a Caracas, a congeniar con sus locuras y sus absurdos.

Por cuál vía no sé exactamente, pero entendí que jamás y en ninguna parte sería honestamente feliz si no le veía primero el rostro a mis raíces. Sólo podría ser libre en cualquier otra parte si era realmente capaz de volver a disfrutar de mi ciudad, donde fueron felices mis padres y abuelos.

¡Y lo había hecho! Había reencontrado el olor de ciertos árboles, la brisa fría de Enero, los tesoros ocultos. Había comenzado a enumerar las cosas que hay, que inexplicablemente florecen y se dan en esta capital, pese a todos los pesares. Me propuse detectar los brotes de futuro –los nuevos taxis, las franquicias, los hipermercados, los capachos de Altamira- y apelar a mi paciencia y mi comprensión para convivir con su muy particular temperamento...

He aquí entonces que la violencia, esa enfermedad del alma de Caracas, sacudió el edificio que había levantado con tanto esfuerzo. Yo había logrado, como muchísimos caraqueños, vivir entre guapa y asustada, sobresaltada y feliz, furiosa y optimista. De tanto leer los partes policiales de fin de semana –“50 y tantos muertos...”- uno termina por perder el asombro y se acostumbra. 

La pregunta que me hago ahora es “¿Cómo se perdona a una ciudad? ¿No es una traición, un engaño persistir en la locura de no odiar a un lugar donde se eleva el Ávila y, al mismo tiempo, otros cerros flagelados de pobreza engendran oscuridad?

No tengo la respuesta y, francamente, no sé si vale la pena buscarla. Por plena inercia, me dedicaré a seguir encontrando los tesoros ocultos. A lo mejor es muy pronto para imponerle al cerebro esa tarea de procesamiento. La vida me parece tan frágil e inestable, que lo mejor es mirar hacia las nubes, que no pertenecen a ninguna parte (por lo tanto disfrutarlas no me puede dar vergüenza). Atrapar nuevos momentos y hacer recuerdos nuevos, para que, poco a poco, los buenos recuerdos sean más que los malos recuerdos.

G.G. Junio 2002

 

Presentes y Ausentes

 

¿Qué hace la diferencia entre uno y otro año de nuestra vida?

Pueden ser varias cosas: un negocio nuevo, un proyecto terminado, un edificio construido, un viaje a un lugar que no conocíamos.

Del lado triste, puede ser la pérdida de una persona.

En esto pensaba hoy durante una cita a la que asisto por cuarto año consecutivo. Se trata del acto de fin de curso de la Escuela Infantil de Música Pentagramita.

En 1999 fui por primera vez. La celebró en un teatro pequeño en el sureste de Caracas. No había más de cien personas en el público, aquel sueño que comenzaba me pareció hermoso: iniciar a los niños en el mundo de la música es toda una misión y me conmovió ver a mi primo tomándose aquello tan en serio.

En el 2000, el mismo teatro pero completamente lleno: mejor espectáculo, mejor repertorio. Ya para entonces era evidente que se estaba convirtiendo en un proyecto más sólido y, como siempre hago, le envié en los días siguientes un e-mail con mis impresiones.

En el 2001, el teatro resultaba pequeño y el evento se mudó a uno ubicado en el aeropuerto de la ciudad. Ya estábamos hablando de unas 200 personas... Creo que en esta tercera oportunidad todos entendimos que mi primo había decidido dar raíces a aquella idea: de este acto salió un CD y un video, los niños que un par de años atrás eran pequeñitos, ya estaban más grandes y maduros al cantar, bailar, tocar su flauta o su marimba. Las pequeñas voces comenzaban a crecer y, lo mejor de todo, parecían una gran familia.

En el 2001, al igual que en 1999, mi tía había estado presente. Mi primo le hacía llegar siempre su invitación especial, él sabía que ella no faltaría a la cita. A mi tía le gustaba eso, estar presente. Y en este caso, estar equivalía a apoyar.

En estos tres años, mis sobrinos de 12 y 8 años de edad no habían disfrutado todavía de esta hermosa velada musical anual. El año pasado, sentada al lado de mi tía en la butaca del teatro, me dije: “El año que viene vendrán”. Y, qué cosas de la vida, estos últimos meses los niños se han interesado por aprender cuatro y ya forman parte de la estudiantina de su escuela. Con más razón entonces tenía apuntada en mi cabeza la promesa de traerlos.

Pues bien, se hizo realidad. Vinieron. Esta tarde de Julio del 2002 hemos ido todos al 4º acto anual de la escuela de mi primo. Mis dos sobrinos estuvieron allí, vibrando con el público que aplaudía a sus hijos, apreciando sus primeros pasos musicales.

Pero este año nuestra tía estuvo ausente.

¿Por qué? Porque su vida terminó en algún momento del camino transcurrido entre el último acto y éste.

¿Qué es la vida a fin de cuentas? Un corto intermedio, quizás. Una pequeña pausa entre un acto y otro. Los sueños se realizan y crecen, se desarrollan. Algunos personajes y elementos de la obra permanecen constantes, otros abandonan el sitio, unos nuevos entran a la escena.

Esta tarde, como las otras tres tardes dedicadas a la escuelita, he sido feliz. Me he llenado de inspiración, de esperanza, de optimismo. Pero este año he tenido, también, una ráfaga de duelo, un sentimiento de fondo, de tristeza profunda, de pérdida, de ausencia.

Ese sentimiento, analizo, nace de comprender que la vida es el instante, es lo que veo, es lo que oigo en este preciso momento. Es la flauta dulce que se eleva con cantos de montañas. Las notas del piano, tocadas por una niña. Y el aplauso de una familia.

Hay que soñar, para que los sueños se realicen. Pero nada nos anuncia quién estará presente o ausente. No hay garantías. La vida es, después de todo, una enorme sorpresa.

 

G.G. Julio 2002

 

Pónle una flor

Mi sobrino de 7 años me preguntó "¿Tú la quieres?", refiriéndose a mi tía, recientemente fallecida. Yo le respondí "Sí". "Entonces, para que ella lo sepa, busca una foto y pónle siempre una flor blanca. También puede ser un girasol."

G.G. Agosto 2002

 

Movimiento y color

Al visitar el Cementerio del Este noto que varias tumbas tienen molinillos de viento. No sólo las de niños, llenas de juguetes. También las de los adultos. 

Me llamó la atención y me gustó. 

Mi padre comenta que el movimiento le da vida al lugar. 

Averiguo y me entero que los molinillos son un juguete chino tradicional. En los diccionarios de español lo llaman MOLINILLO, MOLINETE, REMOLINO, RINGLETE… 

En "http://www.alsirat.com/symbols/offerings/pinwheel.html" me informo: "Un fenómeno nuevo ha llenado de movimiento a los otrora inmóviles cementerios. Comenzaron a aparecer primero en las tumbas de niños; ahora se les ve también en las de adultos. El movimiento continuo del molinillo evoca la constancia, quizás la constancia del afecto. El viento que mueve las diminutas aspas evoca el espíritu (...) Quizás se busca expresar estos sentimientos o quizás se usan sencillamente porque son hermosos."

G.G. Nov. 2002

 

Le hace falta Feng Shui

O un poco de sentido común, quizás.

Hoy dimos un corto paseo en la montaña rusa emocional que caracteriza la vida de los sobrevivientes de un homicidio. Fue temprano en la mañana, con el frío de Enero de una Caracas en paro contra el gobierno de Hugo Chávez, un paro que permite algunos imposibles, como ir de Petare a la Urdaneta en menos de media hora vía carrito por puesto, a altísima velocidad por vías más vacías de carros y más llenas de bicicletas.

Ayer la Policía llamó. Sin dar detalles, pidieron que nos presentáramos a las 8:30 AM. para conversar sobre el caso de mi tía. Allí estuvimos puntuales, después de una noche de sueño intranquilo, lleno de expectativas y preguntas. (¿Se imaginarán estos detectives, tan cercanos a la muerte y a la miseria humana, cuánta esperanza puede generar una sola llamada de ellos en el familiar de una víctima?)

Pero nada. En ese gris cuarto piso, nada hay que decir. Sólo que estos espacios piden a gritos un toque de humanidad. ¿Por qué no hay una estructura? ¿Por qué no hay un canal de atención a los familiares? ¿Por qué no hay una salita de espera? ¿Un recepcionista? ¿Colores en las paredes que recuerden que, con el duelo a cuestas, tenemos que seguir viviendo? ¿Folletos? ¿Carteleras con ofertas de ayuda psicológica, religiosa, espiritual? ¿Café? Sobran escritorios, sobran sillas averiadas, monitores e impresoras inservibles, cajas de expedientes que la señora de la limpieza tropieza todos los días con la escoba y después con el coleto, sobran personas que desfilan con sus chaquetas, sus credenciales y sus armas, evitando mirarte a los ojos, caminando apuradas, mirando al infinito pero, aparantemente, no haciendo gran cosa.

Nada. No dijeron nada, salvo hacernos preguntas más propias del día en que ocurrió el suceso que de 8 meses después. Faltan cuatro para que se cumpla el primer año de aquel sábado por la mañana, trágico y maldito. Un detective nos pregunta qué deseamos, su rostro somnoliento y distraído. Nos hace esperar un largo rato, nos hace pasar a la oficina de la Brigada que lleva el caso, dice que buscará el expediente, de pronto se da cuenta de que alguien lo puso sobre el escritorio, vemos la pizarra y notamos que el caso fue, otra vez, reasignado y el número está de primero bajo un nuevo apellido, de otro inspector.

De pronto llega un funcionario en traje verde botella y corbata, con zapatos deportivos, con suela de goma, de tractor. Le dicen quiénes somos y parece no saber qué decir. Sin identificarse, empieza a hacer preguntas, pero cosas básicas, como si todo hubiera sucedido ayer: que si se llevaron algo de valor, que si entregamos una lista de artículos robados ¡Otra vez en el principio! Que si sabemos de algún dato, de algún rumor. ¿Pero y para qué nos llamaron?, preguntamos, con inocencia, todavía creyendo que tienen algún anuncio que hacernos. Mientras tanto, el expediente, ahora un libraco grueso que guarda quién sabe qué pistas, es hojeado por este inspector desconocido como cuando uno hojea un libro minutos antes de un examen, sin haber realmente estudiado nada el día anterior. Como para enterarse, pues, de qué va la cosa.

Nos hacen esperar otra vez en el pasillo.Tengo la certeza de que esto fue todo, que por alguna razón alguien nos llamó y ahora no se presentó a trabajar, y que el resto del equipo no tiene ni idea. Así parece ser, pues, el inspector de verde  sale esta vez para despedirse "cualquier cosa los volvemos a llamar". No aguanto y le digo, tengo una pregunta: "¿Cómo es que nos llaman y ahora no tienen nada que decirnos?" A lo que parece se ofende un poco y me dice que ellos pueden llamar siempre y nosotros venir, que es nuestro deber colaborar, que no es fácil, que no han tenido colaboración de los vecinos, que ahora "van a volver a trabajar el caso en la calle", y quién sabe cuántas cosas más.

En fin: llegar a la casa y ver la tristeza como arruga y decolora el rostro de mi madre, apenas un segundo atrás esperanzado, cinco minutos después recuperado, otra vez, con la esperanza de que, algún día, a lo mejor, sabremos quién lo hizo.

G.G. Ene. 2003

 

Relato

- El sábado 4 de Mayo de 2002 pasaban Azul Profundo por la tele. Veía los primeros minutos cuando sonó el teléfono. Era mediodía. Mi madre descolgó el auricular: era mi padre.

Se saludaron y hubo un silencio extraño. “¿Por qué, qué pasó“, dijo ella. Otro silencio y supe que había pasado algo. Me levanté del sofá. Ella me dijo: Es tu papá. Tu tía está en el sofá, tapada con una sabana y hay sangre en el piso.

 

Al contar esto hoy, recuerdo ese preciso momento en color blanco. Todo lo que puedo recordar hoy es: Blanco.

 

Agarré el teléfono y mi papá me dice más o menos lo mismo, pero agregó: “Creo que ya tu tía está muerta“. Con esa frase comenzó todo.

 

Es como aguantar la respiración. Estás vivo: pero no respiras. Los sonidos se van, las cosas se suspenden, todo parece pequeño, sin sentido, sin significado. De inmediato tratas de ubicarte, tratas de  actuar, de pensar qué se supone que debo hacer en este momento. Yo pensé en mi mamá, en cómo protegerla. En ese momento te pasan muchas cosas por la mente, pero a la vez, todo es blanco. Algo te succiona, te aspira todo en un segundo y lo único que te queda es una punzada de alerta, una sensación de que fuerzas desconocidas, fuera de tu control, actuaron y actúan en tu vida, de que no eres nada, de que algo te invadió completamente con una súbita intromisión.

 

Yo tenía que ir. Mi papá no tenía llave, él estaba viendo el cuerpo de mi tía desde la ventana abierta de la sala. Llamé un taxi. De mi casa a casa de mi tía es media hora sin tráfico. Mi mamá se quedó con mi hermana, quien la cuidó y se encargó de ella. Me pregunto como fue el momento en que mi mamá entendió realmente lo que estaba pasando. Cuando yo me fui, la actitud de ella era más bien realista, práctica, como de urgencia: como cuando uno debe correr para detener algo, para evitar que algo suceda, la misma de una mamá ante su niño con fiebre. Así la dejé. Pero no quiero ni imaginar cómo fue el  momento o el instante en que comprendió que ya no había nada que hacer. Gracias a Dios que mi  hermana mayor estuvo con ella.

 

El frente de la casa estaba lleno de gente. Otra vez me sentí como en blanco. Sabía lo que decía, lo que hacía, pero el mundo se había detenido. Era todo absurdo, pues yo sabía que mi tía estaba muerta pero tenía la esperanza de que estuviera viva, inconsciente, malherida, pero viva. Por eso, quizás, me quedé como esperando ante la reja, en la acera, unos momentos. Como esperando que me dijeran, no importa, ya entramos, todo se solucionó, todo va a estar bien. Pero esa ilusión terminó abruptamente. Un policía de azul, de bigote, achinado, dijo viendo a todos y a mi, quién tiene la llave. Se la entregué. Abrieron.

 

Al principio me quedé, creo que en la acera, con los demás, pero al ver que no había restricciones de acceso, decidí entrar. No sé por qué lo hice. Tenía miedo, pero mis piernas me llevaban, como cuando las piernas te llevaban desde el pupitre hasta la pizarra de un salón de clases.

 

Es tu cerebro el que dirige a las piernas, eres tú a fin de cuentas, pero en ese momento, sientes que estás controlado por otra cosa. No el deber, como en el salón de clases. Esa tarde lo que me llevó a entrar a la casa de mi tía fue la necesidad.

 

Era algo necesario para mí: tenía que ver. Sólo viendo a mi tía muerta, podía saber que había muerto. Sólo atreviéndome a abrir los ojos y enfrentar lo que me estaba tocando vivir, podía estar con ella por última vez. Iniciar el largo camino de decir adiós.

 

El policía achinado me detuvo en el porche, me preguntó si yo era un familiar. Me dijo NO TOQUE LA REJA. El se apartó o siguió hacia adentro, no sé, y yo pasé. No tuve que entrar realmente a la sala, no fue necesario porque ahí mismo la vi. Unos dos o tres pasos me separaban de su cuerpo. Me quedé viéndola fijamente, como un minuto más o menos. Vi sus pies blanquísimos, cruzados como cuando descansas en la playa o lees sobre la cama, sus pies estaban sobre el extremo izquierdo de su sofá verde. Su cuerpo estaba tendido en el piso. Debajo de su cabeza había un charco de sangre muy roja, un rojo muy vivo, que manchaba una manta que le cubría el torso. Los brazos estaban recogidos, como cuando te abrigas del frío. Cuando recuerdo su cuerpo, recuerdo dos cosas: sus pies y su nariz. Su rostro era muy blanco.

 

No tuve el valor de dar unos pasos más que me hubieran permitido verla de frente, ver su rostro. Además, ya sentía atrás la presión de otras personas que pujaban por pasar por el estrecho espacio. Me devolví, sólo para ver a su amiga de toda la vida, que me dijo, “Ay no“, y aquella tristeza en sus ojos, aquella figura tan chiquita, tan frágil por los años, con tanto dolor, fue una ráfaga de conciencia. Por un momento entendí que mi tía nos había dejado para siempre, que todo lo que yo podía hacer de ahora en adelante era seguir viviendo. Y, cuando su amiga me habló, abrazarla era la manera más concreta de sobrevivir. La abracé, le di consuelo, pero yo todavía no podía llorar.

 

Cuando vi su cuerpo, lo recuerdo, vividamente, como si fuera hoy, pensé: Por qué murió sola. En su propia casa. Sentí una gran tristeza que sólo horas después pude elaborar con palabras. Me hería pensar cuán sola debió sentirse en su último momento en esta Tierra, al saber que iba a morir de esa manera. Que estaba a punto de ser asesinada.

 

Esos minutos, ojalá que instantes, en que supo que la iban a asesinar. Esos minutos, ojalá que instantes, en que padeció un terror emocional y un dolor físico que, en mi opinión, ningún ser humano merece experimentar. Creo que esta reflexión la comparte otra  amiga de mi tía muy querida, quien me dijo un día, con lagrimas en sus ojos: “La soledad que debió haber sentido...“

 

Pasamos toda la tarde frente a la casa. No había sol, era todo gris. Comenzaron a llegar más y más personas, los carros se detenían en el frente y arrojaban rostros, algunos conocidos, otros no. De esa tarde recuerdo a mi primo, con quien no hablé pero me abrazó muy fuerte y me dejó llorar. También a mi cuñada, que me ofreció su hombro, a un joven director de teatro que mi tía quiso mucho, que también me abrazó muy fuerte y me trajo un refresco de guaraná. Y nunca olvidare la cara de mi hermano. Su angustia esa vez no pudo disimularse en la habitual fortaleza que se empeña siempre en mostrar al mundo. Mi hermano tenía la cara cruzada por la rabia y el dolor.

 

En general, fue una larga espera de unas seis horas marcada por la desolación, el asombro y la incertidumbre. Todo aumentado por el hermetismo de las autoridades. Entraban y salían de la casa funcionarios de negro, de flux, un fotógrafo, un tipo que salió con bolsas negras cuyo contenido supongo será siempre un misterio para nosotros. La espera de las experticias, de las evidencias, de revolver toda la casa todavía mas, de esparcir por todas partes un polvo negro que se queda pegado de los objetos –del teléfono, de las mariposas, del lavamanos, de las flores, de las puertas, de la cama- el polvo negro que se queda para seguir gritando lo que pasó. Horas de entrar y salir, de esperar por la furgoneta blanca y roja que se la llevó.

 

No la vi salir. Cuando el gordito moreno de la furgoneta dijo “Parrrrrtida!“ (ese grito-anuncio todavía me resuena en los oídos, significaba que iban a sacar a mi tía de su casa, de su lugar escogido en el mundo, que saldría sin vida, ante la vista de amigos y curiosos, como un cuerpo más hacia la Morgue).Yo estaba en la acera, recostada sobre el muro. La furgoneta se paró en todo el frente, había mucha gente. Yo no quería ver. No quise ver. La gente y la puerta de la furgoneta, de cualquier modo, me lo hubiesen impedido.

 

Pero sí supe el momento exacto en que su cuerpo cruzó por ultima vez el umbral, la famosa reja que tanto costaba abrir y cerrar, el pasillito que cruza el jardín y que de pequeña, joven y adulta crucé al visitar su casa. El momento exacto lo supe por los Ay, los gemidos de sus amigas, y por el silencio que selló para siempre su salida del hogar. El vacío que cayó como un manto o como la hoja de un cuchillo sobre la casa.

 

Todos callaron. En mi mente, todo blanco otra vez. Fijé mi vista en un costado de la furgoneta, justo en la parte de la cabina donde llevan los cuerpos. De soslayo vi a los funcionarios metiéndola, un bulto blanco, cerrando la puerta. Todo terminó. Se la llevaron. Rumbo a la Morgue. Una estadística mas del fin de semana en Caracas.

 

Después me sentí arrancada de la tierra. Sentía ira, rabia contra quien o quienes habían invadido de aquella forma la intimidad, el espacio de nuestra familia, de mi tía, de su ancianidad, de su enfermedad, de sus cosas, de su casa de toda la vida, de sus decisiones, de su ultimo día. Me dolía saber que ya no volvería a estar, que ya no respondería a ninguna pregunta más, que se había vencido su tiempo, que había salido de su casa por ultima vez, de una manera baja, cruel, inconsulta, de crónica roja, de alboroto, de infinita injusticia. Me sentí arrojada a uno de los extremos negros de la vida.

 

En ese momento, justo antes de irme, supe que mi vida había cambiado para siempre. Lo vi como un espejo en la mirada de mi otra tía, su hermana, quien me pregunto: "¿Y ahora qué hago?"

 

“Vete a la casa con mi mama”, le dije. “Ella te necesita ahora”.

 

Ginette González

Mayo 2003

 

 

 

 

 
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