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NARRATIVA |
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Elard Serruto |
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Refugio de arena
Llegó con la multitud desarrapada y miserable que arrastraba sus niños y sus perros, una caravana que tropezaba en la niebla polvoriienta al atravesar la oscuridad del arenal, apenas orientados por las diminutas llamas flameantes de los mecheros, y adentrándose en ese desierto que parecía no terminar jamás, y donde al encuentro de la primera loma que parecía la espalda de un dinosaurio, plantaron más por cansancio que por la certidumbre de haber encontrado el lugar propicio, sus palos y sus esteras, en un desorden afiebrado que mostraría al amanecer, la visión desoladora de un poblado sacudido por un terremoto enloquecido. Él había sido uno de los primeros en defender esas tierras de nadie, el que había indicado con buen acierto el trazado donde estarían la iglesia y el mercado, la comisaría y el local social, el primero que se atrevió a salir adelante cuando vino una turba de soldados con sus carros de guerra, y el primero al que se llevaron para colgarlo como un cordero, mientras una muchedumbre de desastre invadía las calles de la ciudad con sus pancartas mal escritas y sus banderas descoloridas reclamando a gritos de hambre la firma que los haría dueños de esas tierras de paisaje lunar donde sólo se recortaban en el horizonte las siluetas solitarias de los cactus. Los breves días de prisión lo habían devuelto al recuerdo cuando reparaba zapatos irreparables en su pueblo extraviado en la serranía del sur, allí donde pasaba puntualmente un tren nocturno y nostálgico con sus ventanillas que atrapaban los rostros de pasajeros taciturnos, ese tren que terminó llevándolo con su mameluco azul y su gorra de brequero por todos los pueblitos desperdigados a lo largo de esos rieles que llevaban al olvido, para quedarse con ese grupo de "Carrileros" que nunca estaban en un solo lugar, y que aparecían en medio del viaje con sus barrotes para reparar la vía, y con su mirada de nómadas saludando el paso de un tren meditativo y eterno. No hubiera salido nunca de esa intemperie de lugares movedizos, sino fuera porque una mañana lo jalara como un tren irremediable los ojos de una mujer, aquel embrujo que llevaba y traía contrabando de frontera a frontera y que lo arrastró para resolverlo en una historia de amor, tan a salto de mata como su trabajo, una batalla de celos e infidelidades que estallarían cuando apareció un marido remoto, trayendo dos niños y una historia donde ella no dejaba de fugarse para envolverse en otra pasión de contrabando, una historia que se alargaba y jalaba su cola cuanddo entraba a los barcitos de mala muerte, y él se zambullía para buscarla en el fondo de un vaso de alcohol que no se terminaba. Salió de la prisión sin poder evitar ese zurcido de recuerdos, sin saber que al volver a la morada polvorienta lo esperaría una turba de algarabía, la muchedumbre que vitoreaba su nombre y lo elegía a fuerza de gritos su dirigente principal, una hormiga que a lo largo de todo el día se sumaba a esas faenas infatigables de hombres, de mujeres y niños que se rompían el espinazo para limpiar ese terreno de prehistoria con la ciega intención de quedarse para siempre, hasta que la empresa de trenes le dio una carta de despido donde se veía la mano invisible que lo quitaba de lado por ser sospechosamente revoltoso. El poco dinero de todos los años al servicio de ese tren infatigable que lo dejó como una estación de pueblo perdido, se hizo polvo entre los papeles tramitantes de toda esa multitud que ya había puesto números en sus puertas, y como si se despertara a un denso y largo sueño, se descubrió vagando por una ciudad que hervía de vendedores callejeros, sin trabajo y perdido en esa hormigueante multitud pintoresca, tironeado por la inercia que lo llevaba a los parques y los puentes, a dormirse al mediodía en su terreno cercado por piedras a fuerza de voluntad, para huir de esa hora que le daba un zarpazo en el estómago, y para que en un arranque de tanto mundo que lo aplastaba, se pusiera a vender billetes de lotería, esos irónicos papelitos numerados con millones de dinero que lo encerraban en un enorme cero a la izquierda. Su propia gente lo había dejado de lado, y él se fue difuminando para quedar olvidado como los periódicos viejos que arrumaba en su cuartucho, como una película vieja que había concentrado los años y que se desenrollaba en pocos minutos mostrando el arenal que se llenaba de casas, que habría sus calles de desorden para enterrar las tuberías de agua y desagüe, mientras los postes de luz se elevaban con sus ojos brillantes, para que finalmente las calles aparezcan asfaltadas y las casas tengan por fin su rostro estacionario para toda la vida, mientras él seguía volviendo después de cada jornada vendiendo la pobre suerte de convertirse en millonarios, a su casa que continuaba siendo un muro frontal de piedras pircadas, donde sigue oscilando a la intemperie una puerta de lata, ese suspiro abatido que conduce a un patio donde crece en libertad silvestre una higuera polvorienta. La última morada donde el tiempo se arremolina, atrapando en ese patio que se extiende por la mansedumbre de su arena sin rastros y que tropieza con un cuartucho de piedras volcánicas sobrepuestas, y rematado por un techo de calaminas regaladas donde resalta, en medio de la basura que los vecinos arrojan, una llanta decrépita y un pequeño remolino de lata que gira pensativamente, el refugio final donde se repite una y otra vez la película del recuerdo, donde los días transcurren idénticos hablando con sus fantasmas, y zurciendo los harapos de los harapos en la penumbra silenciosa que sólo interrumpen las cucarachas y los ratones. Sólo los viejos se acuerdan de él con el mismo respeto nostálgico con que se recuerda a los muertos, pues para los niños no es sino un loco que aparece los días de fiesta como un insecto prehistórico, con su ollita de vagabundo para llenarlo con el favor de un desperdicio, y con su gorra remota y deformada de brequero, silencioso e inofensivo, paseando como un condenado entre los deprimidos toldos atiborrados de juegos, estirando una sonrisa de huérfano milenario cuando revientan los castillos, en medio del desorden de las músicas lamentables que se atoran y crujen en los altoparlantes, mientras la gente lo mira como parte de la feria y comenta en voz baja y en los oídos de los niños, que se ha vuelto así porque vive de comer moscas y lagartijas. Pero nadie sabe que en sus ojos de perro triste, una pequeña luz lo acerca todas las mañanas al umbral desbaratado de su puerta, allí donde se levanta un día que ya no importa, y lanza una mirada hasta donde alcanza la niebla de sus ojos, y está feliz porque los perfiles de las siluetas de casas que se extienden interminables hacia arriba y hacia abajo, algún día fueron su sueño y su batalla, y aunque nadie se lo agradezca porque muy pronto traerán un tractor para borrar su morada y abrir una calle, él tal vez vuelva como un perro sin dueño a los parques y a los puentes, donde se quede dormido en un sueño manso que se perderá en un laberinto oscuro de infinitas calles de arena.
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Elard Serruto. (Puno, 1962). Se inició en la literatura en la Universidad Nacional San Agustín de Arequipa. En 1997 publicó Habitaciones. Escribió el guión de la película el Misterio del Karasiri. |