Literatura puneña

NARRATIVA

Feliciano Padilla


 

La bella Marcolina 

 

 

 

¡No, capitán! Todas creíamos que Marcolina era mujer de buena ley. Con esos senos portentosos, aquellos glúteos que rebalsaban cualquier silla de oficina y la cabellera castaña que le caía hasta el pompis, era lo que los caballeros llaman: una matadora. Eso sí, admito que yo la presenté con casi toditas mis compañeras. La conocí, de casualidad, en la “disco”, una noche de semana santa. Teníamos como cuatro días libres a partir del jueves, entonces, yo y la Mafalda nos fuimos de juerga, luego de hacer los aburridísimos trabajos de matemática.

Ahí comenzó esta maldita historia. Acepto cualquier castigo, capitán, pero, por favorcito no quiero que vengan por acá mis padres. Sería la muerte si lo supieran. En la disco todo fue a pedir de boca. Roberto, el “firme” de la Isabel, se encarameló de la Mafalda y le salió bien el plan, porque a partir de esa noche, el Roberto anda embobado por la Mafa; es decir, más enamorado que perro chusco. A mí, en cambio, me fue mal desde el comienzo. El imbécil de Daniel no se cansaba de llamarme Ruperta: Ruperta para arriba, Ruperta para abajo, sabiendo que no me gusta que me llamen por mi nombre, sino, Lupe, como me llama todo el mundo. Y a propósito, capitán, Lupe García para servir a Ud. y a todos los amigos. Escriba mi nombre así en la parte de ocurrencias, se lo pido. Lo bueno de aquella noche fue para mí, haber conocido a la Marcolina. ¡Qué belleza de mujer! Si la viera Ud. seguro que se queda bizco. No es normal ver en nuestra tierra una mujer altaza y, por si fuera poco, bonita. ¡A Marcolina Dios la había dotado de buenas cosas! Y hasta el nombre era exacto para ese cuerpo, por eso de la Ciciolina, tan famosa en todo el mundo. Me agradó su forma de ser, su cordialidad y su vocecita delicada y melosa. Así fue que nos conocimos y empezamos a pasarnos la voz por la calle y por todas partes donde nos veíamos. 

En una de esas “salidas históricas” que hicimos las chicas…

–¡Un momento Señorita Lupe García!, déjese de estar usando adjetivos como históricas para las cosas que hacen los simples mortales y vaya al grano.

Está bien, capitán. No es mi deseo comparar lo que hacen las jóvenes con lo que han hecho los héroes de la Patria. Ellos tienen su lugar y punto. Yo lo decía solamente porque esos hechos de la juventud serán motivo de conversaciones. Si no qué es lo que vamos a contar cuando seamos abuelas. A eso me refiero y no a otra cosa, capitán. Ud. perdone. Bueno, en uno de esos paseos que hicimos las chicas de mi Facultad nos encontramos con la Marcolina y nos fuimos de pesca por el centro de la ciudad, a ver si caía algún pejerrey en nuestras redes y nos invitaba un cafecito. Tampoco nos fue bien aquella noche, salvo para Marcolina que pescó un buen “partido” y se fue a bailar. En realidad, fuimos unas idiotas, delante de Macolina siempre estábamos de perdedoras. Por eso, para las siguientes ocasiones en que salíamos de pesca nos separábamos de Marcolina, disimuladamente.

Más tarde, casi a fin de año fue que la situación se puso color de hormiga con el magíster Pedro Ascaroso. Desaprobó en su curso a casi el 85% de sus alumnos. Sabíamos algo de esto, pero, al menos yo, no creía que se tratara de algo real. Finalmente, la bestia mostró las garras y ¡qué garras capitán! Los muchachos tuvieron que sacar de donde no había sus doscientas lucas cada uno.  Pero las muchachas estábamos arruinadas, no quería doscientos soles; nos quería a nosotras. Imagínese, nos citó a su casa a partir de las siete de la noche. A mí a las 7.30; a Mafalda, a las 8.00; a Maricarmen a las 8.30; y así, a todas con media hora de intervalo. Desde el primer momento nos planteó el trato sin ningún tapujo; es decir, a calzón quitado, como él mismo nos dijo aquella noche. Pretendía llevarnos a la cama a todas y yo no sé en cuánto tiempo o solamente esa noche. Pero no cayó en su juego la primera, no acepté yo, ni lo admitió nadie. Nos juntamos en los alrededores de su casa como a las diez de la noche, totalmente derrotadas; decididas a repetir el año, pero no vender nuestro cuerpo por un miserable calificativo. Fue en eso que la Mafalda nos metió en un plan de alto vuelo y nos convenció que regresáramos a la casa del magíster Ascaroso, para decirle que aceptábamos su propuesta a condición de que previamente bebiéramos nuestros buenos tragos.

Y así, fuimos a su casa, y cuando se lo dijimos, le brillaron los ojos y parecía que se relamía de puro contento, a tal punto que no podía contener las babas que le llenaban la bocota. Nos aceptó, capitán. Casi no podía hablar ya cuando le dijimos: Mañana, en el bar Porteño, cerca del muelle, a las siete exacto, sin falta. ¡Ésta es la verdad, capitán! y no lo que manifiesta la respetable esposa del magíster Pedro Ascaroso.

Mientras íbamos camino de nuestras casas, le pusimos la chapa de “Dr. Calibre 48”, por eso de sus arrestos sexuales y por todo lo que aparentaba.  En aquel momento sólo pensábamos en la sin par Marcolina. Pensábamos –y no sin razón–  que este sinverguenza iba a desfallecer con sólo amor de ella y que ya no tendría fuerzas ni ganas para estar con nosotras. ¡Para qué más, capitán!, ella sola era suficiente. Ahora el té era cómo convencer a Marcolina. ¿Querrá ayudarnos?, ¿no querrá? Todas estas dudas empezaron a martillear nuestras cabezotas. Lo del dinero para pagar los tragos era otro problema pero no como aquello de convencer a Marcolina para ser la primera de la orgía que pensaba darse el sinverguenza de Pedro Ascaroso.

Fue así que conversamos con la bella Marcolina, tan moderna y tan desinhibida como sólo ella. Claro, como toda chica de pura cepa se hizo de rogar, pero al final cedió, “sólo por hacernos un favorcito”. La única condición que puso fue que el Dr. Calibre 48 estuviera bien ido de copas. Le agradecimos como no tiene Ud. idea. La Martita y la Maricarmen se pusieron a llorar y sólo esperaban que Pedro Ascaroso cayera doblegado en la primera faena. En realidad teníamos miedo de que no sucediera como estabamos planificando, pero la Marcolina se encargaba de consolarnos: “Tengo la seguridad absoluta de tumbarlo a la primera”, y se lo creímos, dada su sapiencia y la fuerza de su belleza portentosa.

A las siete de la noche estábamos en el bar Porteño, el Dr. Calibre 48 y todas nosotras que éramos cuatro sin contar a la Marcolina. Empezamos a tomar tragos y a soportar los arrumacos y el paleteo de este perverso. Sentíamos, mientras conversábamos, sus manotas sobre nuestras piernas o alrededor de las posaderas. Y según íbamos bebiendo, por alguna razón, se pegaba más de la Mafalda que de Marcolina. En los momentos que iba al baño, Mafalda nos daba a conocer su espanto y su decisión de abandonar el plan en cualquier momento. Le rogábamos que se calmara, pero los nervios la iban traicionando poco a poco. Todas estábamos preocupadas, pero seguíamos bebiendo y bebiendo. Optamos porque cada una tomara un vaso de cerveza con este depravado, de modo que por cada vaso de nosotras él bebiera dos. No caía por nada, parecía un bebedor profesional.

Al poco rato se le iba los ojos por Marcolina, a quien no se acercaba, quizá por temor o qué se yo. Tal vez se sintiera sin derecho a poseerla; pero, como nuestra heroína empezó a darle confianza, con los tragos que bebía, se inclinó decididamente por Marcolina. Bebimos mucho más, queríamos ver al profesorcito hecho un estropajo, pero se opuso nuestra querida amiga y, más bien, dueña absoluta de sus arrebatos, le sugirió a Pedro Ascaroso que tomáramos un taxi para ir a algún hotel. Éste dijo, al hotel, no. Nos vamos a mi casa.  Estoy solo y les tengo preparado un buen ambiente para que pasen la noche. Ahora sabrán, chiquillas, lo que es canela. Marcolina pidió tragos fuertes para llevarnos al jato del profesor; por supuesto, pagamos nosotras, las interesadas.

Llegamos a casa. El Dr. Calibre 48 se encontraba un tantito adormitado; los tragos lo vencían, desgraciadamente para él. Apenas podía encajar la llave en la chapa de la puerta. Pasamos todas y nos acomodamos por los sillones. Tomamos una rueda más. Nosotras también estábamos borrachas, aunque no del todo como Ascaroso, de tal manera que podíamos controlar todos los pasos del plan, milímetro a milímetro. Luego, Marcolina, usando todos los poderes de su belleza condujo al Dr. Calibre 48 al dormitorio. Nos hizo una seña para que nos fuéramos en momentos en que Pedro Ascaroso se quitaba los pantalones, los zapatos; en fin, lo que puede usted imaginar, hasta que desaparecieron y cerraron la puerta del dormitorio. Nosotras nos fuimos y mientras nos alejábamos de aquella casa creíamos escuchar los gemidos incontrolables del Dr. Calibre 48. ¡Que sean felices y coman perdices!, dijimos. Total nadie se iba a morir por esto. Quizá a mí me hubiera gustado pasar, también, una noche algún profesor que me agrade, que yo admire; pero, así, con malas artes, con trampas, como lo quiso él, de ninguna manera. Que se vaya a freír monos.  

Lo demás es conocido por usted, capitán, porque ya son tres veces que voy contando esta historia. Pero, ¿quién iba a imaginar que Pedro Ascaroso, después de aquella faena apasionada, iría a parar al hospital con esa maldita hemorragia para ser operado de emergencia? Nadie capitán. Somos totalmente inocentes. ¡Cómo ha adelantado la ciencia! ¡Qué cosas no iremos a ver de aquí para adelante! Tampoco podíamos imaginar que la bella Marcolina, aparte de ser una hermosa mujer fuera un hombre bien equipado, ¡y qué se bien equipado, capitán!, para haber causado tremenda hemorragia y una operación de emergencia simultáneamente. ¡Quién lo iba a pensar, capitán! ¿La vio alguna vez? ¿Sí? Entonces, ni Ud. habrá pensado esto al verla tan bonita y tan moderna, paseando despampanante por las calles de nuestra ciudad. Somos inocentes, capitán.

 

 

 

 

Feliciano Padilla. Narrador puneño-abanquino, nacido en Lima en 1944. Se trata del escritor más exitoso de la prosa puneña hasta la actualidad.

 

Fue mención honrosa del Premio Copé del Cuento 1992, con el relato ¡Me zurro en la tapa! De igual manera, se le concedió la mención honrosa del Premio Copé del Cuento 1996, por su relato Amarillito amarilleando.

 

“Feliciano Padilla es en la actualidad el narrador puneño cuya constancia y dedicación lo han conducido hasta las mayores distinciones que ha logrado la narrativa puneña de nuestros tiempo. Su nombre se ubica junto a los preferidos en el Copé 1992 y los seleccionados en el César Vallejo 1993” (Cáceres Monroy, Juan Luis)

 

Obras:

 

– La estepa calcinada (1984)

– Réquiem (1986)

– Surcando el Titikaka (1988)

– Dos narradores en busca del tiempo perdido (1990)

– La huella de sus sueños sobre los siglos (1994)

– Alay Arusa (1995)

– Polifonía de la piedra (1998)

– Calicanto (1999)

– Amarillito amarilleando (2002)

– Pescador de luceros (2003)

– Antología comentada de la literatura puneña (2005)

– ¡Aquí están los Montesinos! (novela, 2006)

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