Literatura puneña

NARRATIVA

Jorge Flórez-Áybar


          

La danza de la lluvia 

 

 

 

Llovía.

–I’m a son of bitch. I Know it –dijo enfáticamente, con los puños aplastados sobre el césped.

De los ojos salíale agua, a pesar de ello, vio a la araña, salir de una profunda grieta, que la enorme piedra tenía en el ángulo superior izquierdo. Colgada de su hilo se detenía en el aire. Se balanceaba, perezosamente. Demoró mucho tiempo para aterrizar.

Pedro Mayhua es un aymara, el más vivaz de su comunidad. Cuando salió de su pueblo, lo había hecho cargado de las pocas cosas que tenía, pero nunca dejó la alforja que llevaba siempre colgada de uno de los hombros. Pronto, en la ciudad, la expresión de tristeza había invadido todo su cuerpo. Sintió la caída de sus párpados por el hambre y el sueño. Todas las mañanas solía estar parado en la misma esquina, cerca a su casa. Chupaba hondo el humo del cigarrillo produciendo infinidad de argollas al botarlo. Miraba los escasos árboles de la avenida, torcidos por el viento. Entonces, pensó, que para sobrevivir debería inventar una historia que contaría en los ómnibus que van a la capital, como lo hacían muchos muchachos de su edad:

“Señoras y señores, tengan ustedes muy buenas noches. Acabo de salir de Lurigancho, pero ya me cansé de robar –era una mentira piadosa–, por eso, voy a contarles una historia y después, pasaré por vuestros asientos para que me colaboren comprando un chocolate. La historia es así.

Había una vez un muchacho que preguntó a su madre:

–¿Quién manda en la casa, tú o mi padre?

–Yo mando, hijo, yo soy como el gobierno. Tú padre es mi propiedad privada.

–¿Y nosotros? –dijo abrazando a su hermano menor.

–Ustedes son el futuro del país.

–¿Y ella? –preguntó señalando a la mucama.

–Ella es el pueblo, que debe trabajar para nosotros.

Esa noche, cuando todos se fueron a dormir, el niño se rompió la cabeza al caer de su cama. El joven fue en busca de su madre y la encontró durmiendo, sola. Su padre no estaba y se dirigió presuroso a la habitación de la mucama. Allí encontró a su padre que hacía cosas feas con la Juliana. Estaban desnudos. Entonces, pensé que el gobierno siempre estaba durmiendo el sueño de los justos, mientras que la propiedad privada se comía al pueblo; y, la juventud, señores, la juventud está desamparada…”.

Pedro Mayhua no sólo ha sido había sido aplaudido, sino que voló el chocolate de su pequeña caja. Así estuvo viviendo, hasta que un día, conoció a Peter White.

Peter White era un inglés, vivía algo más de un año en el país. Era desgarbado, la cara larga y colorada por el frío, sus ojos como el agua de los mares, su cabello rubio le caía hasta los hombros; tenía las manos muy largas. Era el mes de los muertos cuando Pedro ingresó a un restaurante para vender sus chocolates. El gringo sin mirarlo le dijo: “¿Don´t you want a breakfast?” “¿Cómo?” –respondió Pedro. “¿Tú querer tomar desayuno?” “Yes, claro que sí”. Hinchó su pecho de orgullo con ese Yes, que resonó en todo el restaurante. Pedro, cuando terminó de comer, relamía una y otra vez, los dedos untados de mantequilla y mermelada. Comió como los cerdos, haciendo saltar pedazos de pastel por todo el cuerpo. Así pasó el tiempo. Y un día, Peter White le alcanzó un libro “Cazador de gringas” del escritor peruano Mario Guevara. Pedro lo hizo caer en su alforja de lana de oveja. Hasta que un día, después de casi dos semanas, Pedro buscó desesperadamente a Peter White. “Quiero ser brichero, tener gringas y mucha plata” –le dijo, muy seguro de sí– “¿Qué ser eso?” –dijo chasqueando los dedos y mirando el techo, como si quisiera comprender o descolgar el sentido de aquella palabreja: “Brichero”. What a fueck this guy things –pensó Peter White– That it’s so easy getting a women from out side by learning my language. That all foreing women are bitcht. He even doesn’t Know his own culture and wants to know the world. (Carajo, éste piensa, que es fácil obtener una mujer de afuera, aprendiendo mi idioma. Piensa que todas las mujeres son putas. Él ni siquiera conoce su propia cultura y quiere conocer el mundo).

La casa de Pedro, desde ese día, era un desorden. Todo estaba en inglés. En cada objeto, cuidadosamente, había colocado un pequeño letrero. Prácticamente, había desaparecido de la ciudad. Estaba encerrado dentro de las cuatro paredes de su habitación. Era una locura lo que hacía. Una noche, cuando las sombras invadieron la ciudad, Pedro se hallaba tirado sobre la pequeña alfombra de su cuarto, pensaba en su carrera de brichero. Sus ojos se clavaron en Jane Fonda, tenía las manos apoyadas en un banco, las ancas arrojadas al viento. Llevaba un blue jeans corto, sin abrochar el botón metálico. “Eras una madona traposa –pensó–. Qué horribles trapos te pones, my love”. La vio desprenderse de la pared y cimbrarse provocativamente. Primero fue una sombra, después de carne y hueso. Al jalar el pequeño cierre de su viejo pantalón, quedó desnudo. El pubis era como la boca de gato, horizontal. Se sintió devorado. Recorrió sus labios hasta el vientre y después hasta el sexo. Repetía una y otra vez. “Oh my love”. Empujaba su pubis contra la ingle de Pedro. Jadeaba. Pedro tomó un vaso de plástico lleno de coca cola y la bañó. Sorbía de uno de sus pliegues el líquido oscuro. Se dejó caer en el colchón de su cama. Sintió el calor de la escultural figura. Se sofocaba. El orgasmo le invadió con furia, dolorosamente: “oh, my love, my love”, repetía hasta cansarse. Cuando despertó, vio a Jane Fonda con la mirada fría, que permanecía colgada de una de las paredes.

En el restaurante, cuando había ido a almorzar, Peter le había dejado la siguiente nota:

 

20 de jul. 2000

Cusco

Dear Pedro:

A slight change in my plans:

I won’t be leaving Puno until Nov 20,

So we’ll still have time to see each

Other. I‘ll be in Puno again the evening

Of Nov 3, all day Nov 4, and then

The evening of Nov 10. I’ll look for

You one of those days, either at

You home or at the restaurant

 

Peter

 

Pedro estuvo desalentado. Leyó y releyó la misiva, pero ese desaliento creció cada vez más, hasta sumirlo en una gran tristeza, pues oyó que Peter se había ido a Francia. Creyó que no podría ser un gran brichero sin la presencia de Peter White. Caminaba sin rumbo por las calles y avenidas.

–Have you fineshed your homework? –dijo Peter.

–Yes, I finished it –respondió Pedro.

Después de un largo minuto, Peter rompió el silencio.

–Does it bother you if smoke?

–No. Puedes fumar si quieres, ya no fumo, ya no me gusta el cigarro.

“Peter fumaba mucho, terminaba cajetilla tras cajetilla de cigarrillos a la semana” –pensaba Pedro, deteniéndose ante un gran ventanal de juguetes. Se vio en el fondo del espejo retratado, se avergonzó cuando vio sus ojos encerrados en oscuras sombras. “Las ojeras me caen muy bien” –pensó. Pronto, muchas sombras más iban cayendo con la noche.

Una mañana, muy temprano, el cartero le entregó una carta. Ávido la abrió y tal como lo pensó era de Peter White. Le pedía, que fuera al aeropuerto del Cusco, el día 24 de diciembre para recibir a Hellen, que llegaba al Perú en plan de turismo. “Hellen, Hellen… –repetía, y la ternura brilló en sus grandes ojos– ésta es mi gran oportunidad” –volvió a comentar Pedro, hundiéndose en el viejo sofá. Estaba preso en su hechizo. “Pero faltan tres días –pensó–, tres largos días”. Y cada día que pasaba aumentaba su deseo, un deseo que se había apoderado totalmente de él. Desde la ventana vio a un grupo de niños que jugaba en la acera de enfrente y en el cemento brincando los buscapiés y reventaban desesperadamente por todas partes, reventaban también los cohetes y luminarias, iluminando el cielo. Al día siguiente, Pedro Mayhua viajó hacia la Capital Imperial.

24 de diciembre, muy temprano, fue en busca de un teléfono público. Introdujo una moneda al aparato y marcó un número:

–¿Aló?

–Buen día, señor. El aeropuerto contesta.

–Deseaba saber ¿a qué hora llega el avión de Aeroperú?

–A las 11:20 a. m., señor.

A las 11:20 aterrizaba el avión. Pedro se encontraba en el aeropuerto, en primera fila, llevaba un cartelito: “I’m Pedro Mayhua”. Al ver a la primera persona, una gringa esbelta y alta, sintió latir su corazón aceleradamente. Pero no era ella, no era Hellen. “Hola Pedro, yo ser Hellen” –dijo una voz, que salió de la multitud–. La mujer, a pesar de su juventud, presentaba en el rostro algunas facciones enjutas. Pedro Mayhua al verla, le llamó la atención su rostro alargado, cejas espesas, labios carnosos, suavizados por el encanto de su mirada. No era tan alta, pero muy proporcionada. Iba con relucientes botas negras. Pedro, instintivamente, humedeció el labio superior con el ápice de la lengua. Ella le sonrió, inclinándose le dio un beso en la frente. “My love” –pensó Pedro–. La tomó del brazo para llevarla a un taxi negro que había contratado anteladamente.

El coche se detuvo a las puertas del edificio verde, de tipo colonial, se ingresaba a través de amplísimas escalinatas de piedra labrada. A ambos lados de la enorme puerta de madera, se alzaban hermosas columnas de estilo barroco.

Al filo de la medianoche, después de cenar y danzar en una discoteca, Hellen gritó: A mí gustar este cuarto, It’s wonderful… wonderful…” –decía, abocinando los labios, alargando las manos y dando una vuelta entera sobre el taco de sus zapatos, se moría de la risa. Las últimas palabras Hellen las pronunció en voz tan baja, que él las sintió casi en el hueco de su oído; y, cuando la tuvo cerca, sintió su aliento desagradable a tabaco y ron.

Pedro Mayhua en su habitación daba vueltas y vueltas en su cama. “Temprano iremos a Machupicchu” le había dicho. Ahora, pensaba en el golpe que iba a dar. “No eres atrayente, pero me gustas, my love –pensaba–, mañana empieza mi vida de brichero, allá en las alturas de Machupicchu”. La cama crujió al volverse contra el muro. Desde la otra habitación le llegaba la respiración de Hellen, que dormía profundamente. A los pocos minutos, Pedro Mayhua quedó también sumergido en un profundo sueño.

El tren que lo conducía a Machupicchu era muy lento, Pedro y Hellen dormitaban en sus asientos. Cuando llegaron a Aguas Calientes, el reloj marcaba las once de la mañana. Ascender y descender montañas era como entrar al infierno: Caminos, ríos, cuestas, corredores, todo era un laberinto. Un sombreo con tremendas alas cubría la cabeza de Hellen, con un pañuelo blanco se secó la frente perlada por el sudor. Pedro Mayhua, en cambio, se secó la amplia frente con el dorso de la mano. No miraban nada. Sólo veían encima de la montaña, un montón de gigantescas piedras.

Desde las alturas del Machupicchu se veía un mar verde por todas partes. La poca niebla que quedaba ocultaba los techos de las casas, allá en el fondo de la cañada. A ambos lados del poblado se elevan los muros verdes, eran como inmensas alas que desplegaban los cóndores, allá en las cordilleras.

Pedro Mayhua descubrió a Hellen apoyada en el alféizar de un gran ventanal de pura piedra. Se acercó a la muchacha. “Ahora serás mía, my love” –pensó, hizo una pausa y se quedó mirándola, dio un paso hasta acercársele y con la mano derecha la atrajo hacia él, hasta que sintió su respiración. Le estampó un beso. Asiéndole de la cintura trató de tumbarla. “Arsh löck –Hallo de colo–” le dijo en perfecto Alemán. Dos golpes  de Karate y una patada voladora fueron suficientes para enviarlo, como un ovillo, hasta el muro de piedra. Pedro Mayhua se dio cuenta, que ambos pertenecían a mundos distintos. La contempló, mientras ella bajaba la larga escalinata. Le gustaba, a pesar de todo, el movimiento de sus caderas. Ella se anudó la chompa a la cintura, a modo de tapabarro, pues sentía la mirada de Pedro Mayhua, que la recorría, casi por todo su cuerpo.

Miró el cielo invadido de nubes blancas y negras, pensó: “Lloverá dentro de poco”. El aymara llevaba chaleco y pantalones cortos. El rostro lloroso, sus achinados y oscuros. Levantó, lentamente, los brazos hacia arriba y hacia abajo, gritó con todas sus fuerzas: “Dios de los andes, Padre Sol, tengo el alma sucia, lava mi cuerpo con tus aguas sagradas…”. Las manos del viento abrieron las ventanas de la lluvia y a la luz de sus cristales invadió al hombre. “¡Oh montañas, Padre Sol, liberen mi alma que se halla atada en los reinos de los malos espíritus” –levantó el brazo, indicando las alturas de Machupicchu–. Los truenos reventaban en infinitas luces. Las frías gotas de lluvia caían violentamente, enredándose en la piel del aymara. El aymara movía todo su cuerpo, las manos se agitaban como las aspas de un molino de agua. “Seré un nayjama que busca las huellas del tiempo –gritó delirante–, para dejar mi cuerpo incinerado en las profundidades del lago sagrado…” sobre su cabeza la lluvia temblaba metiéndose a los ojos y la boca. La música de la lluvia lo envolvió todo, bañándolo. Sus violentos tonos de color y sonido brillaban sobre sus cabellos negros. Allí permaneció durante mucho tiempo, sabía que aquello era una necesidad nacida desde la raíz de sus ancestros. Estaba preso en su propio remolino de viento y lluvia que le impelía en todas las direcciones. “Madre Luna, que ardes en el corazón de la noche, ven a mí, que yo navegaré en tus propias luces –se oía al interior de la lluvia sollozos y lamentos que se escapaban del aymara–. Padre Sol, mi alma envejeció como las nieves del Illimani” –cayó de rodillas, y lloró.

No obstante la lluvia, percibía el susurro de las aguas que se deslizaban hacia el fondo de la cañada. El viento ascendía en frescas oleadas hasta él. Aspiró hondo hasta sentirse quieto como una piedra entre tantas piedras.

La araña caminaba en el frío de la piedra. Daba vueltas y vueltas en su entorno. Al final hizo una línea recta, en dirección al zapato izquierdo del aymara, cuando la tuvo cerca, ya no era la araña la que avanzaba, era Hellen que se arrastraba a sus pies; levantó la punta del zapato como la boca de un enorme batracio y cuando estuvo bajo su sombra la aplastó con todas sus fuerzas, matándola.

–Really, I’m a son of bitch –pensó, levantando la cabeza hacia los cielos, con los ojos cerrados y con los puños aplastados sobre el césped.

 

 

 

 

Jorge Flórez-Áybar. Nació en Puno en 1942. Es poeta, narrador y ensayista.

 

Obras:

 

– Obaydina (1969)

– El vuelo de Aytié (1970)

– La novela puneña del siglo XX (1998)

– Más allá de las nubes (novela, 1999)

– Las huellas del tiempo (2000)

– La danza de la lluvia (2001)

– Literatura y violencia en los Andes (2004)

– 10 años de literatura puneña (2006)

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