Literatura puneña

NARRATIVA

Adrián Cáceres


          

El cangrejo

 

 

 

–Tengo los ojos en la espalda, en la espalda tengo los ojos, los ojos en la espalda tengo, en mi espalda están mis ojos, en mis ojos está mi espalda, tengo espaldas en mis ojos...

Las ideas del Cangrejo se hilvanan infinitas mientras conduce su cuerpo contrahecho, deforme. Su joroba monstruosa va por delante oculta bajo la camisa mugrienta y rasgada. Su paso es lento pero firme. La nariz enorme surge por detrás, colorada y ulcerosa, de entre su asqueroso cabello que le cubre la mitad de la cara. Sigue caminando de frente viendo al mundo por la espalda con sus ojos clavado en los omóplatos.

Tengo los ojos en la espalda, en la espalda tengo los ojos, los ojos en la espalda tengo, en mi espalda están mis ojos, mi espalda está en mis ojos, en mis ojos está mi espalda, tengo espaldas en mis ojos...

Se dirige a la Plaza 25 de Mayo por la calle Ayacucho. A veces, tropieza con alguien que maldice y se asquea del olor pestilente que emana de cada poro del Cangrejo.

–El mundo entero está torcido, volteado. Tienen los ojos en la cara –piensa. Se detiene–. Ja, ja, ja, ja, ja. Torcido. Ja, ja, ja, ja...

Sus carcajadas surgen por detrás, mientras los torcidos lo miran con pena. Él siente lástima de ellos, se compadece y los mira con sus ojos en la espalda.

Alguien bromea:

–Se le ha atascado la caja de velocidades en reversa.

Las carcajadas suenan un momento, luego cesan de improviso. El Cangrejo no parece haber oído.

Prosigue su camino. Cruza sus manos por detrás sobre su barriga desnuda.

Piensa en anteojos para sus ojos de la espalda. Quiere enderezar el universo. ¿Realmente será posible enderezarlo? Medita, se sume en sus cavilaciones.

Biconvexos, convexos, convergentes, bicóncavos, cóncavos, divergentes, triconvexos cuadriconvexos, infinitamente convexos, tricóncavos, cuadricóncavos, pentacóncavos, hexacóncavos, infinitamente cóncavos, bifocales, trifocales, cuadrifocales, pentafocales, infinitamente focales.

Piensa mejor, él no necesita anteojos para los ojos de su espalda. No quiere distorsionar la realidad, quiere verla de frente con sus ojos prodigiosos. Para ver distorsionado el mundo sólo le basta descubrir sus abominables ojos ocultos por su cabello. Los anteojos son para los torcidos, ellos los necesitan más que él.

Biconvexos, convexos, convergentes, bicóncavos, cóncavos, divergentes, triconvexos cuadriconvexos, infinitamente convexos, tricóncavos, cuadricóncavos, pentacóncavos hexacóncavos, infinitamente cóncavos, bifocales, trifocales, cuadrifocales, pentafocales, infinitamente focales.

Tal vez sí sean necesarios los anteojos para los ojos de su cara, esos ojos fenomenales, abominables, que oculta bajo su cabello sucio. Los odia, se avergüenza de ellos, desearía no tenerlos. Piensa en la enorme ventaja de ver al mundo tal como es con sus ojos de la espalda y sus ojos bajo la mata desgreñada de cabello.

Biconvexos, convexos, convergentes, bicóncavos, cóncavos, divergentes, triconvexos cuadriconvexos, infmitamente convexos, tricóncavos, cuadricóncavos, pentacóncavos hexacóncavos, infinitamente cóncavos, bifocales, trifocales, cuadrifocales, pentafocales, infmitamente focales.

Los torcidos lo miran pasar. Él puede ser como ellos, pero, ellos no pueden ser como él. Se siente superior. No saben el secreto que trata de ocultar. Al fin llega a la gran plaza. Espera el momento oportuno para cruzar la calle. Los automóviles se desplazan con rapidez uno tras otro mientras él espera pacientemente. AI fin el tránsito se detiene. Cruza lentamente hasta llegar a una esquina de la plaza; luego la cruzaa oblicuamente. Se detiene. Se sienta en una banca de la plaza que conoce de memoria. Esconde temeroso los ojos de su espalda en el espaldar del asiento. No quiere que lo descubran, no quiere decirles que el mundo está al revés. El calor se concentra en su cabeza hasta derretirle el sebo del cabello que chorrea por toda su cara.

Otra vez esos malditos monstruos quieren devorarlo por millares. Revolotean en su cabeza. Vienen de todas partes y continúa de nuevo su batalla. Se siente solo ante el enemigo, sabe que son pequeños pero en enormes cantidades, eso los hace más peligrosos. Ellos también tienen los ojos en la espalda como él, pero el Cangrejo tiene la ventaja; puede combatirlos al revés, ellos no pueden hacerlo, sólo tienen ojos en la espalda. Destapa sus ojos de la cara y acomoda el cabello hediondo a un costado de su cabeza.

Sus ojillos saltan de un lado para otro a los costados de su enorme nariz roja. Le cuesta ver a las monstruosas criaturas desde esta perspectiva, se da tiempo para acomodarse a su nueva situación. Distingue claramente el monumento custodiado por dos leones de bronce, parece que en sus rostros se ha petrificado un gesto fiero; mientras sus garras dormitan pacíficamente en la punta de sus dedos. Luego de un prolongado momento, cierra su puño con rapidez, ha atrapado a una, la aprieta fuertemente dentro de su mano izquierda. El Cangrejo es zurdo. No debe perrnitir que se le escape. Se ayuda con la mano derecha que es más torpe y, difícilmente logra agarrarla de las patas. Le arranca con cuidado los transparentes ojos de la espalda luego los suelta y ve como una corriente de aire los hace desaparecer casi al instante. Sus compañeras impotentes inician una nueva ofensiva masiva. Zumban amenazantes en sus orejas y se posan en su cabeza. Él la mantiene prisionera entre sus dedos, ve cómo se mueve desesperadamente, ciega sin sus ojos de la espalda. El Cangrejo no tiene compasión de ella. La mira con aire superior. Es la primera de la tarde. Quiere verla sufrir por un momento. Sabe que ahora no puede escapar. Al fin decide aniquilarla y se la mete en la boca, siente sobre su lengua el pataleo desesperado de la mosca, la aplasta contra el paladar sin misericordia, ya no se mueve más, la empuja por la garganta. Nuevamente su brazo chicotea el aire, ha atrapado otra, ahora le arranca los ojos de la espalda con prisa, casi desesperadamente y la aplasta nuevamente con la lengua contra el paladar. Sabe que es el único que las combate, no tiene tiempo que perder, son millones de millones.

Dos, dos, dos, dos –repite el número para no perder la cuenta– diez, diez, diez, diez...

Recién se da cuenta que lo observan algunos de los torcidos. Siente que lo admiran porque sólo él ha decidido combatirlas. El Cangrejo los mira con los ojos de la cara, le imprime a su mirada un matiz de humildad sin dejar la firrmeza de su postura de combate. El Cangrejo sabe que los torcidos se consideran inferiores a él. Recuerda vagamente el día en que llegó. Una muchedumbre de torcidos lo recibió en la plaza, admirándolo, fascinados ante su extraña presencia. De eso ya hacía algún tiempo, aunque no recordaba cuándo. Prosigue.

–Once, once, once, once, doce, doce, doce, doce, trece, trece, trece, trece, catorce, catorce, catorce, catorce, quince, quince, quince, quince...

La mirada curiosa de la gente le acicatea el ánimo. Siente la importancia de su tarea. Ve en los ojos de los torcidos su impotencia ante el enemigo que ataca por millares. A ellos no los molestan, el Cangrejo entiende la razón, ellas saben que sólo él es peligroso. Atrapa otra mosca entre su puño que aprieta fuerte, se levanta de la banca y se acerca a la gente con la alimaña sujeta de las patas entre sus dedos. Los torcidos retroceden temerosos. El Cangrejo se compadece de su cobardía, se detiene mostrando de lejos al insecto indefenso, les demuestra que no son tan peligrosos como parecen, no hay que temerles, les enseña cómo arrancarles los ojos transparentes de la espalda volviendo a mostrar al insecto indefenso entre sus dedos, quiere acercarse unos pasos más, pero ellos igual retroceden. Se vuelve a compadecer de su cobardía. Les demuestra cómo aniquilarlas, se mete la mosca en la boca y la aplasta con la lengua contra el paladar. Los torcidos lo miran meneando la cabeza, algunos se alejan, otros simplemente siguen observando.

El Cangrejo se siente satisfecho. Sabe que golpeando su conciencia, seguro de que pronto seguirán su ejemplo, es imprescindible ganarlos a la causa; el enemigo es inmensamente superior en número, de ello deriva la importancia estratégica de incorporar a los torcidos en la lucha contra los monstruos de ojos en la espalda.

Algunos niños que juegan en la plaza dejan sus entretenimientos habituales, se esconden como pueden tras el Cangrejo y le arrojan piedritas en la nuca, luego corren asustados gritándole: Cangrejo, loco, opa. A él no le molesta mucho, simplemente los observa correr. Su mirada parece deleitarse, quizá recordar su infancia. Cuesta imaginar que: El Cangrejo haya tenido infancia alguna vez.

EI Cangrejo se siente fatigado, decide retirarse, sabe que la batalla debe proseguir en otro momento. Tapa los ojos de su cara hasta sólo dejar ver su nariz colorada y ulcerosa. La joroba por delante y las manos por detrás cruzadas sobre la pelada y rugosa barriga. El Cangrejo camina firme. Los torcidos lo miran pasar con desprecio, él siente compasión por ellos, él puede ser como ellos, pero ellos no pueden ser como él.

Una vieja que vende mocochinchi le amenaza con mojarlo con el agua que usa para enjuagar los vasos. El Cangrejo no hace caso de sus amenazas, simplemente murmura:

El mundo está al revés, torcido –luego ríe–: Ja, ja, ja, ja...

La vieja se asusta de su risa indiferente. Piadosa se persigna tres veces como quien ha visto al diablo en mismísima persona.

–Jesús María y José –dice– apiádense de su alma.

Quizá sean los hombres los que realmente debieran apiadarse del Cangrejo ¿o el Cangrejo apiadarse de los hombres?

El Cangrejo prosigue su camino indiferente viendo pasar el mundo con sus ojos de la espalda. Un sol abrasador le cocina las espaldas, evaporando su hediondez que se dispersa por el aire. La gente le cede el paso, algunos tratan de evadir su presencia, otros lo insultan sin miramientos.

–Loco hediondo –le dicen y escupen a un costado.

El Cangrejo se compadece de ellos. A veces quisiera sentir asco de los torcidos, pero la repugnancia es un sentimiento muy humano para él. Él puede ser como ellos pero ellos no pueden ser como él.

Prosigue su camino con desdén. Siente su esencia removerse en sus tripas, quiere escapar de su cuerpo, le arruga el ombligo, sabe que no podrá retenerla mucho tiempo más, quiere brotar de la profundidad de sus entrañas, no quiere soltarla, no desea perderla y despersonalizarse con su flujo abundante pastoso y amarillento. Lucha ajustando sus esfínteres con esfuerzo sobrehumano, no puede más, sabe que no podrá contenerla. Desata la pita de su cintura y, suelta el pantalón mugriento y harapiento que se desliza sin dificultad hasta sus pantorrillas. Se sienta en cuclillas desesperadamente. La esencia surge de la profundidad de sus tripas depositándose en el suelo. Vuelve a anudarse la pita en la cintura y observa con tristeza el trozo que es tan suyo, que ha surgido de su cuerpo mismo, es fruto de él y que no está dispuesto a perder; lo toma entre sus manos, lo mira profundamente por un momento, se lo mete entre los dientes. Siente que su personalidad, que su esencia vuelve a introducirse en su cuerpo. Los torcidos lo miran con asco. El Cangrejo se desentiende de sus miradas, mientras un perro lame los restos de su esencia.

Una muchedumbre de moscas revolotea en torno a su cabeza, las más audaces se posan en sus labios y sus manos. Siente que las odia, sabe que pretenden despersonalizarlo, que quieren robarle su esencia. La batalla continúa. Las ataca con más odio pero su furia no le permite combatirlas con eficacia.

Un hombre de corbata y maletín siente un cosquiIleo molestoso en sus tripas, su estómago convulsiona pretendiendo escapársele por la boca. Voltea para no ver la asquerosa escena, respira profundamente, después de algún momento siente sus intestinos en calma, aunque las náuseas todavía lo molestan. Luego busca un teléfono desesperadamente, al fin lo encuentra en una farmacia. Marca el número del Hospital Psiquiátrico. Espera unos segundos. El teléfono timbra tres veces. Una voz femenina responde:

–Hospital Psiquiátrico, buenas tardes.

–He visto al Cangrejo –denuncia el hombre sin mayor preámbulo.

–Una ambulancia ya está en camino –responde la voz femenina–. Ya hemos recibido la denuncia.

Una furgoneta blanca dobla la esquina con rapidez haciendo chirriar las gomas en el asfalto. Se detiene a unos centímetros del Cangrejo que aún lucha infatigable con sus enemigas. Él sabe quiénes son, sabe que lo buscan. Debe huir de ellos, son malvados, lo encerrarán de nuevo, lo bañarán y lo atarán y él se verá impotente nuevamente viendo revolotear impunemente a sus enemigas en su cabeza. Corre lo más aprisa que puede. Los de la furgoneta saben que le será difícil huir, correr de espaldas es difícil, así que no les preocupa mucho. De la parte posterior del vehículo bajan dos hombres enormes vistiendo mandiles blancos. Corren unos pocos pasos y cogen al Cangrejo de los brazos, lo levantan en vilo, el Cangrejo patalea, grita con todas las fuerzas de sus pulmones, mientras un tercer hombre se acerca con una enorme jeringa entre sus dedos. El Cangrejo no puede diferenciarlos, para él todos son iguales, ellos visten de blanco. No entiende la razón por la cual lo persiguen con saña, implacable y lo encierran sin misericordia. De pronto siente la enorme aguja meterse entre las carnes de sus glúteos, el líquido aceitoso se introduce dolorosamente. Vuelve a gritar con fuerza, el sonido informe y ronco parece brotar de la médula de sus huesos. Poco a poco un estado de somnolencia le va soltando los músculos. Ya no patalea más, las piernas no le responden. Rápidamente lo introducen al vehículo y lo tiran como pueden sobre una camilla, lo atan con correas a ella, mientras el Cangrejo piensa:

–El mundo entero está torcido, volteado, tienen los ojos en la cara.
Ahora no tiene ganas de reír.

Duerme.

Nadie sabe de dónde vino -comenta uno de los hombres de mandil blanco.

En efecto, nadie sabía de dónde había venido, lo cierto era que un buen día apareció en la Plaza 25 de Mayo caminando de espaldas, murmurando:

Tengo los ojos en la espalda, en la espalda tengo los ojos, los ojos en la espalda tengo, en mi espalda están mis ojos, mi espalda está en mis ojos, en mis ojos está mi espalda, tengo espaldas en mis ojos...

Realmente parecía tener los ojos en la espalda. Aunque su andar era lento, cada uno de sus pasos era firme y seguro.

Esa tarde calurosa todos se congregaron en la Plaza 25 de Mayo. El Alcalde sintió el barullo de la gente desde su despacho en la Alcaldía ubicada en una esquina de la plaza. Su curiosidad natural lo hizo salir escoltado por el Concejo Municipal en pleno que en ese momento sesionaba.

Al pie del monumento al Gran Mariscal de Ayacucho encontró al Presidente de la Corte Suprema de Justicia, al Prefecto, al Arzobispo acompañado de un séquito numeroso de curas, al Rector de la Universidad y todos los decanos y autoridades de las diferentes Facultades, al Comandante de la Policía, en fin, a todas las autoridades y parroquianos notables de la ciudad.

Los comentarios, especulaciones y elucubraciones estuvieron a la orden del día. Hasta los leones de bronce parecían tener algo que decir. El Comandante de la Policía afirmó, por ejemplo que: un policía había visto un automóvil muy elegante y desconocido dejarlo a una distancia prudente de la plaza y luego partir a gran velocidad. El comentario corrió de boca en boca. La conclusión final fue que: el extraño pertenecía a una de las familias más ilustres, ricas e importantes del país (algunos apellidos fueron mencionados) que se avergonzaban de su locura, que por eso lo habían abandonado, para que los del Hospital Psiquiátrico -el único del país- lo recogieran evitando la vergüenza de internarlo ellos mismos. Alguien por ahí afirmó que un fuerte donativo se había hecho anónimamente para la mencionada institución.

El Rector de la universidad comentó que en su época de estudiante de la Facultad de Medicina, uno de sus condiscípulos –muy parecido al extraño y además muy estudioso– había perdido la razón porque un día fatal sus amigos se dieron cuenta que se masturbaba constantemente a solas en su habitación de estudiante. Lo espiaron por el agujero de la cerradura riendo entre dientes. Le abrieron de improviso la puerta de su dormitorio y se burlaron tanto de él, remedando sus gemidos, riendo a carcajadas hasta hacerle perder la cordura de purita vergüenza. El comentario no se hizo esperar, circuló en cuestión de segundos. La conclusión general fue que de tanto corrérsela se le habían cruzado loss chicotes.

–Pobre alma –se apiadó el Arzobispo.

Alguien lo escuchó mal y corrió la voz de que el alma del extraño estaba poseída por espíritus malignos, que su locura era obra de Belcebú y que la Iglesia Católica solicitaría autorización al Papa para exorcizarlo; o mejor aún pediría que mandaran a un cura con experiencia en estos menesteres.

–Parece un Cangrejo –se atrevió a bromear el Alcalde.

Entonces los niños empezaron a gritarle "Cangrejo, Cangrejo”. Así pues, quedó bautizado el enajenado. Nadie jamás le conoció otro nombre.

Desde entonces la historia del Cangrejo fue oficial, todos creían saber todo de él. Hasta alguien escribió una nota picaresca en un periódico de circulación local. Pero, en realidad nadie supo la verdadera tragedia del personaje.

El Cangrejo despierta. Quiere mover los brazos, pero siente la camisa de fuerza anudarle las manos en la espalda. Ve al mundo con impotencia con sus ojos de la cara, mientras las moscas revolotean en su cabeza impunemente. Siente ganas de gritar, pero se contiene.

–El mundo está torcido, volteado –dice con tristeza.

Nuevamente no siente ganas de reír. Un nudo le aprisiona la garganta de la que brota un profundo sollozo lastimero.

Un alarido desgarrador llega hasta sus oídos. Un dolor terebrante le taladra los huesos del alma, mientras la indiferencia de los vestidos de mandil fluye desganadamente. Los alienados deambulan sumidos en su abandono, liberando sus gestos díscolos en su cara. Algunos yacen tirados, inmóviles, dispersos en los rincones con la mirada vacía clavada sobre el piso; mientras sus babas cuelgan por la comisura de sus labios. El Cangrejo los observa con sus ojos en la espalda. Vuelve a su memoria el abandono, la miseria del Psiquiátrico. Una sensación opresiva se cobija dentro de su pecho. Mientras afuera los torcidos se acuerdan de su rutina solamente. Tal vez sea necesario congregarlos nuevamente a todos en la plaza, como aquél lejano día que apenas recuerda vagamente. Quizá sean ellos los que debieran estar aquí.

–El mundo está al revés –dice.

Una lágrima rueda por su cara.

Quizá sea cierto: el mundo tal vez esté realmente al revés y el Cangrejo es el único que lo sabe. 

 

 

Adrián Cáceres. (Puno, 1967). Estudió en el Instituto Pedagógico de Puno. Cuenta con estudios de jurisprudencia en el extranjero. En 1999 publicó Desde un rincón de mi alma.

 

En 1999, con su obra Desde un rincón de tu  alma, gana el primer premio del II Concurso Nacional de Narrativa “Carlos Medinaceli, convocado por el Gobierno Municipal de Sucre (Bolivia).

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