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30 de agosto de 2000 |
Stan Goff
Emperor Clothes
Stan Goff se retiró del ejército de los Estados Unidos en febrero de 1996. Estuvo en Vietnam, Guatemala, El Salvador, Granada, Panamá, Colombia, Perú, Venezuela, Honduras, Somalia y Haití.
"Un progresista le dirá que el sistema no está funcionando bien. Yo le diré que el sistema está funcionando exactamente como se espera que funcione. He visto desde adentro la actividad de las fuerzas armadas, y observé la enorme disonancia entre las explicaciones oficiales que se daban para nuestras políticas, y nuestras prácticas reales: el asesinato de maestros y monjas por nuestros reemplazantes, la violación sistemática, el culto del terror.
He llegado a la conclusion de que los miles de millones de ganancias e intereses que pueden darnos Colombia y sus vecions tienen mucho más que ver con la comezón por la estabilidad que ningún tipo de preocupación por la democracia o la cocaína. Tras reflexionar sobre mis más de dos décadas de servicio, me convencí de que sólo servía al uno por ciento más rico de mi país."
Stan Goff. La historia de un soldado.
Hace mucho calor en Tolemaida. Todo el valle del Sumapaz es más caliente que el infierno.
Abrupto, semiárido, plagado de espinas y mosquitos, es el lugar perfecto para la Escuela Lancero, donde los militares colombianos llevan a cabo el más duro de sus cursos de entrenamiento y evaluación.
Tolemaida, a unos 110 km al Sur de Bogotá, alberga también a las Fuerzas Especiales de Colombia, una especie de Fort Bragg colombiano.
Cuando, el 22 de octubre de 1992, el 7mo. de Fuerzas Especiales me envió allí, tenía solamente 10 días de mi segundo matrimonio.
Bill Clinton estaba de campaña contra George Bush, y recuerdo a los muchachos de Delta, alojados junto a nosotros, chillando y haciendo escándalo al conocerse los resultados de la elección...
Los de Delta estaban entrenando a un grupo selecto de soldados de Colombia en "batalla de aproximación", lo cual traducido significa combate dentro de edificios en situaciones de toma de rehenes o similares.
Estábamos entrenando a dos batallones de las Fuerzas Especiales de Colombia en operaciones nocturnas con helicóptero y en tácticas de contrainsurgencia.
Por supuesto, estábamos para ayudar al Ejército colombiano a defender la democracia contra las guerrillas izquierdistas, que eran los enemigos de la democracia. No interesaba que sólo una fracción minúscula de la población dispusiera de los medios para reclutar y promover candidatos, o que el terror acechara a la población.
No estoy haciendo alarde de cinismo. Recién ahora me despierto. Me llevó un par de décadas.
Crecí en un barrio donde todo el mundo trabajaba en la misma fábrica, la McDonnell -Douglas, donde se construían F-4 Phantoms, que brindaban apoyo aéreo cercano a las tropas de Vietnam.
Papá y mamá eran remachadores en el montaje central de fuselajes. Tenía completamente claro que mi deber era luchar contra la amenaza atea y colectivista del comunismo.
Así es que, siete meses después de haber zafado de la secundaria, ingresé al Ejército. En 1970 me ofrecí como voluntario para la infantería aerotransportada y para Vietnam.
En los siguientes años descubrí que no era capaz de distinguir el comunismo de un adoquín. Todo lo que vi en Vietnam fue una guerra de razas, llevada a cabo por un ejército invasor, y gente muy pobre, que sufría la guerra.
Después de mi primer enganche, dejé el Ejército. Pero la pobreza me obligó a reingresar en 1977. En poco tiempo había trepado la resbaladiza cuesta de una carrera militar, pero no me gustaba la vida de cuartel, y me gustaba viajar.
Así que era inevitable que terminara en las Operaciones Especiales: primero con los Rangers, luego con las Fuerzas Especiales.
En 1980 fui a Panamá. Las rejas nos separaban de los "zonies" (habitantes de las villas de emergencia de la Zona del Canal). Después, estuve en El Salvador, Guatemala y un montón de países pobres y polvorientos.
Una y otra vez, el hecho de que nosotros, como nación, parecíamos estar del lado de los ricos contra el de los pobres, comenzó a penetrar en mí. Primero en mis preconceptos, luego en mis razonamientos, y finalmente en mi conciencia.
Ahora soy el Viet Cong.
1983: El tipo egresado de las Fuerzas Especiales que ahora hacía de oficial político ni siquiera trataba de esconder su verdadero oficio en la embajada norteamericana de Guatemala.
"Sección política?", pregunté. Sabía lo que hacía, pero trataba de ser discreto.
"Soy un maldito agente de la CIA", me respondió.
El hombre de la CIA me había adoptado como amigo, porque teníamos un conocido en común, un tipo que trabajaba conmigo y con quien él había estado en Vietnam. El hombre de la CIA me dijo dónde conseguir la mejor carne, el mejor ceviche, la mejor música, los mejores martinis... Le gustaban los martinis.
Una tarde nos bajamos en el bar El Jaguar, en el lobby del hotel El Camino, sobre la Avenida de la Reforma a un kilómetro y medio de la embajada norteamericana. Se tomó ocho martinis durante la primera hora.
Espontáneamente, el hombre de la CIA empezó a contarme cómo había participado de la ejecución de una emboscada exitosa "allá en el norte", un par de semanas atrás.
"El Norte" eran las zonas indias (el Quiché y el Petén), donde las tropas del gobierno estaban desarrollando una campaña de tierra arrasada contra los Mayas, a los que se consideraba partidarios de la guerrilla izquierdista.
Estaba exultante: "¡Que lo p****! Fue lo mejor que hice después de Nam!". "Estás alzando un poco la voz", le recordé, suponiendo que se trataba de asuntos más bien delicados.
"¡Que se vayan al c***!", eyectó mientras miraba desafiante en torno nuestro. "¡Somos los dueños de este sitio de m*****!". Los demás parroquianos se quedaron mirando a sus mesas. El hombre de la CIA era grandote, y estaba evidentemente borracho.
No hubiera debido hacerlo, pero hice mención de un maestro maya que acababa de ser asesinado por los escuadrones de la muerte. Había salido en los diarios. El maestro trabajaba para la AID (Agencia Internacional de Desarrollo) Quería hacer notar que los Estados Unidos quedaban mal cuando esas balas perdidas se mandaban esas acrobacias. Dejaban la impresión de que, tácitamente, el gobierno de los EE.UU. aprobaba los asesinatos al seguir apoyando al gobierno de Guatemala.
"Era un comunista", afirmó el hombre de la CIA sin siquiera detenerse en la ingesta de su martini número doce. Sus ojos ya estaban tomando ese aspecto extraño, pétreo, algo asincrónico.
Bueno, así fue. Nunca pensé en agradecerle el que hubiera quitado de encima de mis ojos otra capa más de inocencia Esa noche, tuve que quitarle al hombre de la CIA las llaves del auto. Quería manejar hasta una casa de putas en la Zona 1.
Cuando dejamos el bar, no podía encontrar su auto en el estacionamiento. Así que sacó la pistola, le apuntó al encargado, y lo amenazó con disparar inmediatamente. Lo acusó de formar parte de una banda de ladrones de autos.
"Conozco a esta ... [gente]", barbotaba. El encargado estaba a punto de llorar cuando arranqué la pistola de las manos de mi colega.
Nos pusimos a bucar su auto, el que estaba en el mismo estacionamiento, a una cuadra de distancia. Y allí es cuando empezó a hablar de manejar hasta su burdel favorito.
"¡Dame las llaves!", gruñó mientras yo me corría de al lado suyo.
"No puedo..." Busqué en mi bolsillo y pesqué tres monedas. Cuando se me volvió a tirar encima, las arrojé a una alcantarilla, donde hicieron un conspicuo tintineo.
"Allí están tus llaves", le dije.
Con sus ojos miopes escrutó la alcantarilla por un momento, y después trató de arrastrar sus ojos sobre mi.
Esquivé su tambaleante ataque como si fuera un chico. Casi se cayó, y me encontré preguntándome cómo podría llevarlo.
De golpe se dio vuelta, como si se hubiera olvidado de algo, y se fue quedando dormido. Dejé sus llaves en la sección política al día siguiente, con una nota explicativa de cómo encontrar el auto.
Fred Chapin era el embajador norteamericano en Guatemala. Era famoso por su habilidad para tomarse una botella de whisky, y pese a ello otorgar una entrevista lúcida en buen español, antes de que sus guardaespaldas lo cargasen hasta su cuarto en la residencia y lo arrojaran a la cama.
Chapin era famoso por una cita muy conocida en los círculos del Servicio Exterior: "Sólo lamento no tener más que un hígado para darlo por mi país".
Las embajadas son muestrarios de estos tipos raros. Mauricio, otro de estos individuos exóticos, era el principal investigador guatemalteco que había sido asignado para trabajar con la Sección de Seguridad de la embajada.
Disipado hasta la exaltación, hasta los gorilas del cuerpo de guardaespaldas lo dejaban pasar. Se conocía muy bien su reputación como sádico ex-miembro de un escuadrón de la muerte.
Su historia flotaba sobre él como un aura de decadencia impersonal. Me erizaba los pelos de la nuca. "Si necesitas averiguar algo, basta con enviar a Mauricio", era un lugar común en Seguridad.
Langhorn Motley, el embajador especial de Reagan para América Central, vino a Guatemala para ver qué se estaba haciendo con el dinero de los Estados Unidos, aparte -por supuesto- del genocidio de aborígenes y la eliminación de maestros bolcheviques.
Me asignaron a su seguridad personal para un viaje a Nebaj, una aldehuelita indígena cercana a la frontera mexicana. Ibamos a inspeccionar un hospital.
No había caminos hasta Nebaj, así que se arregló ir en helicóptero. Cuando finalmente llegamos, el piloto y el jefe de la tripulación discutían animadamente, haciendo permanente referencia a la válvula de combustible.
Cuando salimos del helicóptero, un teniente coronel guatemalteco corpulento y de aspecto opulento nos escoltó por las calles de tierra hasta un semirremolque de caja abierta, de unas 2,5 toneladas. Allí fuimos, pasando aldeanos que estaban silenciosos de pie.
Dos chiquilines, quizás de tres años, se pusieron a llorar histéricamente cuando me les acerqué demasiado con mi fusil de asalto CAR-15. Traté de no hacerme preguntas sobre su reacción, ni sobre sus antecedentes.
El camión nos llevó a un polvoriento cimiento de piedra. Nada más. Ni cuartos, ni paredes, ni nada. Esto era el hospital. Motley me miró, y dijo: "Esto es un... elefante blanco".
Luego, el teniente coronel nos hizo sentar en su cuartel general, e hizo ingresar, al trote, a dos "antiguos guerrilleros". Uno era un anciano en piel y huesos.
La otra era una mujer embarazada, de unos 25 años.
Nos explicaron, puntillosamente, que su recuperada comprensión de la duplicidad de los comunistas y el tratamiento humanitario que habían recibido a manos de los soldados los habían reformado.
Era un recitado sin emoción, una cinta grabada. Pero al teniente coronel parecía gustarle. Sentado con una semisonrisa benevolente, los miraba a ellos y luego a nosotros, juzgaba lo bien que lo estaban haciendo, medía nuestra reacción.
La piel de los dos indios "demo" casi parecía moverse desde su propio interior, con un terror árido, de lengua metálica. Todo el sitio me olía a asesinato.
A asesinato.
1985: Los periodistas de El Salvador tendían a pasar el tiempo en la pileta del Hotel Camino Real, con radios a transistores en sus orejas.
Un día, estaba conversando con una integrante del cuerpo de prensa, mientras almorzábamos en el Camino.
Tenía unos 30 años, y trabajaba para el Chicago Tribune.
Estaba tremendamente entusiasmada, porque le habían permitido subir a un helicóptero la semana anterior.
Voló a Morazán, un baluarte de las guerrillas izquierdistas. Llegó a ver algún tiroteo, y estaba eternamente agradecida a la Embajada por haberle arreglado el viaje.
Me preguntó si me importaría llevarla a tomar un café o un trago a algún barrio, un día de estos. No se atrevería jamás a hacerlo sola.
Me desilusioné. Con su cansancio anémico, aniquiló mi idea de los periodistas, a quienes tenía por excéntricos, curtidos y sin temor, obsesionados por una buena historia.
Bruce Hazelwood formaba parte del grupo Milgroup en la embajada norteamericana, y era, como yo, un antiguo miembro de la unidad contraterrorista de Fort Bragg. Hazelwood supervisaba la gestión del entrenamiento en el Estado Mayor.
Se había ganado una envidiable reputación de productividad, en los últimos cinco años, como enlace con los militares salvadoreños. Me dijo una vez, por lo bajo, que uno de sus mayores problemas era lograr que los oficiales dejaran de robar.
De buen ver, entre rubio y pelirrojo, pecoso, encantador, Hazelwood era también un favorito de las periodistas jóvenes.
Fui con él y con un entorno de la Embajada a visitar un orfanato en Sonsonate. Las mujeres de la pileta de prensa se ponían verdaderamente locas con él, y el les devolvía las atenciones con una tonelada de magnetismo malévolo.
Billy Zumwalt, que también trabajaba en el Milgroup, tenía un aspecto a la Elvis, y hacía lo mismo en las fiestas. Las periodistas se le acercaban hasta tocarlo, preguntándole cómo pensaba que estaba avanzando el tema derechos humanos. El les preguntaba qué era lo que ellas creían.
"Bueno", era la respuesta. "sólo se siguen dando algunas ejecuciones de prisioneros en campos de batalla (dicen los rumores) pero no hemos escuchado nada más. No podemos esperar que esta gente cambie de un día para otro, ¿no?" "Quisieras ir a bailar esta noche? Conoces algún night-club?". Él les daba siempre la misma respuesta: "Los conozco todos".
Una vez, en un bar, Zumwalt me contó que estaba entrenando los mejores escuadrones derechistas de la muerte en todo el mundo.
Los periodistas del Camino Real contrataban como informantes y factótums a muchachos ricos de El Salvador. Era muy importante que fueran educados, que hablaran inglés, que tuvieran entre 20 y 25 años, para estar bien al tanto de los rumores y sucesos de la capital.
Pero los chicos ricos estaban tan lejos de la vida de los salvadoreños promedio como los propios periodistas.
En las calles, yo he visto a una anciana arrastrándose por la vereda con una pierna gangrenada, a un loco enrollado en una esquina, a chicos en sus huesos que por unas monedas hacían música con un tubo y un palo.
Un día, en un ómnibus en el centro de San Salvador, pasó un ciego pidiendo limosna, y gente que apenas si podía hacerlo le daba una moneda.
Gente encallecida, de ropas muy modestas, con el indio asomando por los pómulos.
Para los ricos elegantes, manicurados, de ojos redondos, los pobres y los limosneros eran invisibles. Tan invisibles como los ennegrecidos carboneros, como los bebés saturados de gusanos del mercado, las nidadas de adolescentes de ropas rasgadas, de costillas salientes y rojas miradas que centelleaban desde las sombras irregulares en las esquinas.
Para ser ignorados, tienen que ser invisibles. Para que se los pueda matar, tienen que ser subhumanos.
Me recordaban a las cabras del Laboratorio Médico de las Fuerzas Especiales. Cuando entrenaba como paramédico, nuestros "pacientes modelo" eran esas cabras.
Para entrenarnos en traumatismos, las heríamos; les disparábamos para aprender cirugía, y al final de cada curso de catorce meses, se recurría a la eutanasia con centenares de ellas.
Casi todos los estudiantes recién llegados comenzaban expresando su antipatía contra la raza caprina. "Una cabra es una criatura tonta, testaruda, fea", decíamos.
Pocos reconocían lo que realmente hacía el programa, sin buscar esas racionalizaciones tan cómodas. Unos pocos llegaban incluso a tomar cariño por los animales, y a deprimirse cada vez más.
Pero la mayoría, para mantenerse en actividad, requerían la ideología anticaprina.
1991: Como miembro del 7mo. de Fuerzas Especiales, estuve en Perú en 1991. Fuimos allí por muchas y complejas razones, como suele suceder con nuestras racionalizaciones de la actividad militar.
Era una política: estábamos dispuestos a promover en el Perú una cosa que se conocía como DIYD. Eso quiere decir Desarrollo Interno Y Defensa.
Nominalmente, estábamos asociados con el Perú en la "guerra contra las drogas". El Perú era nuestra "área de responsabilidad operativa", y nosotros (el Destacamento "A") desarrollamos un DPE, es decir un Despliegue Para Entrenamiento.
Así que fuimos al Perú para ayudarlos en su desarrollo interno y en su defensa, para mejorar su capacidad "antidroga", y para entrenarnos a nuestra vez en entrenar a otros en nuestro "idioma objetivo", el español.
Esas eran las razones oficiales. Ningún memo hacía mención de la otra parte de la misión: la guerra no declarada contra la población indígena.
El curso de entrenamiento que desarrollamos para los peruanos era de contrainsurgencia básica. Nunca se habló de drogas con los oficiales peruanos. Era un tema sensible, no sé si me explico...
Las primeras semanas estuvimos acuartelados en una fábrica de municiones en las afueras de la localidad de Huaichipa. Después fuimos a la DIFE, el complejo peruano de Fuerzas Especiales, sobre el límite del barrio limeño de Baranco.
Cuando la misión estaba promediando, acampamos al borde de una aldea indígena, llamada Santiago de Tuna, en la Sierra. A unas cuatro horas de la capital.
Los indios de la aldea nos trajeron dos bolsas llenas de higos de tuna, que eran deliciosos y nos hicieron muy bien a la digestión.
Nos hicimos muy amigos de los oficiales peruanos. Algunos eran tipos muy bien llevados, otros eran agresivamente machistas. Todas las noches nos dejaban repletos de anticuchos (corazón de res muy condimentado a la parrilla) y cerveza.
A veces, los veteranos se emborrachaban y nos escupían todas sus reminiscencias de combate. Un mayor no pudo dejar de contarnos cuánta gente había matado y cuán cierto era que la Sierra era un sitio para hombres de verdad.
Se bebía muchísimo. Cerveza con los oficiales y los soldados, cocktails en los bares, pisco con los indios (a los que los soldados trataban de echar, porque los consideraban un peligro para la seguridad).
Había un indio en especial, desdentado y disipado, con los ojos enrojecidos por el alcohol, que me asombró con su conocimiento de la historia de los indios de América del Norte. Hasta conocía en qué años se habían dado muchas batallas clave de nuestra guerra de aniquilación.
"Gerónimo fue un gran hombre", decía, "un gran brujo, un gran guerrero. Amaba a su tierra".
Mientras pasábamos por un cementerio indio, durante una marcha forzada rompe-tripas por las afueras de Santiago de Tuna, un capitán peruano me dijo algo extraño: ?Aquí están los Indios amigos". Extendió su mano hacia la media hectárea de tumbas.
1992:
Cuando estaba entrenando las Fuerzas Especiales de Colombia en Tolemaida, mi equipo decía estar allí para ayudar en el esfuerzo contra los narcotraficantes.
Dábamos entrenamiento en doctrina de contrainsurgencia de infantería a las fuerzas militares. Sabíamos perfectamente bien, tal como lo sabían los comandantes del país que nos recibía, que los narcóticos eran una delgada cobertura que les permitiría levantar la moral de las fuerzas armadas, que después de años de abusarse de la población habían perdido su confianza. Además, el ejército había sufrido humillantes derrotas en la lucha contra la guerrilla.
Pero ya me había acostumbrado a las mentiras, que eran lo corriente en nuestra política exterior: ¡Drogas, las pelotas!
Hoy:
El zar de las drogas Barry McCaffrey y el Secretario de Defensa William Cohen solicitan una expansión masiva de la ayuda militar a Colombia.
Colombia ya es el tercer receptor mundial de ayuda militar norteamericana, que saltó en un año de 85,7 millones de dólares a 289. Según información de prensa, hay permanentemente 300 militares y agentes norteamericanos en Colombia.
Ahora, la administración Clinton trata de obtener mil millones para los próximos dos años. El congreso, controlado por los republicanos, quiere todavía más (1500 millones), incluyendo 41 helicópteros Blackhawk y un nuevo centro de inteligencia.
El Departamento de Estado proclama que el incremento en la ayuda se debe a la necesidad de combatir "la explosión de plantaciones de coca". La solución, según el Departamento de Estado, es un batallón "antinarcóticos" de 950 personas.
Pero la solicitud, extrañamente, coincide con los recientes avances militares de las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia), las guerrillas de izquierda que ya controlan el 40% del campo [Pueden verse detalles sobre las FARC, su historia y objetivos, en iF Magazine, Julio-Agosto 1999] En los Estados Unidos se van dando otros preparativos: los necesarios para que el pueblo esté preparado para una nueva onda de intervenciones.
McCaffrey (quien no por casualidad fuera comandante del Southcom, el Comando de las fuerzas armadas de los Estados Unidos en el Teatro Latinoamericano) "admite" que en Colombia se están "empezando a borrar" los límites entre lucha antinarcóticos y lucha antiinsurgente.
¿El motivo? Las guerrillas están implicadas en el tráfico de drogas, fácil alegato que la prensa repite sin crítica. No se diferencia a las FARC de un puñado de grupos de menor significación, ni parece haber interés por citar pruebas claras.
Cuando este entramado comenzó a ser habitual, el anterior embajador norteamericano en Colombia, Milse Frechette, señaló que no había ninguna prueba que lo apoyara. Su afirmación se olvidó rápidamente.
Había que prepararnos.
Todos saben en Colombia que quienes más se benefician con el comercio de la droga son los miembros de las fuerzas armadas, la policía, los funcionarios del gobierno, y los "grandes empresarios" de los centros urbanos.
La FARC pone un impuesto a la coca, que es muy distinto a traficar. También pone impuestos a la nafta, a los porotos y a los muebles.
Además la coca es el único cultivo que permite al campesino mantener la cabeza sobre el agua. Si hace cultivos tradicionales, un campesino obtiene un ingreso anual de unos 250 dólares. Si se dedica a la coca, puede alimentar a su familia con unos 2000. No son barones salteadores.
No se están haciendo ricos.
Una vez procesado, el kilo de coca llega en Colombia a unos 2000 dólares. Precauciones, coimas y ganancias iniciales lo llevan a unos 5500 cuando por primera vez cae en manos de un traficante gringo.
Ese kilo, ya listo para ser distribuido al por menor en los Estados Unidos, se vende a unos 20 000 dólares. En las calles, en los Estados Unidos, se lo fracciona y se lo lleva a 60 000 dólares. Al final de la cadena colombiana, hay algunos que hacen buenas diferencias, pero los verdaderos operadores son los norteamericanos.
Y aún así, las drogas sólo pueden ocupar el lugar de la Conspiración Comunista Mundial por ahora. No se justifica solamente por medio de las drogas el enorme edificio militar. Para lograr eso, también hay que creer que estamos defendiendo la democracia y protegiendo la reforma económica.
Más detalles sobre Colombia se pueden encontrar en la publicación de Human Rights Watch "Las redes mortales de Colombia: la asociación entre militares y paramilitares, y los Estados Unidos", noviembre de 1996] Desde mi paso por Guatemala en 1983 las racionalizaciones se han vuelto más elaboradas, y mucho más elaboradas que el grosero instrumento de la guerra abierta usado en Vietnam.
En esos tiempos nuestro objetivo no era la democracia. Estábamos parando a los comunistas. Las drogas son, también, una gran racionalización, pero con las FARC podemos tener, al mismo tiempo, nuestra guerra contra las drogas y nuestra guerra contra los comunistas.
Y sin embargo, detrás de la democrática fachada colombiana están las violaciones a los derechos humanos más egregias y sistemáticas de este hemisferio. Los paramilitares de derecha, apoyados y coordinados por las fuerzas oficiales de seguridad, están desarrollando en ese país (salvo en el 40% del territorio bajo control de las FARC) un proceso que enorgullecería a Roberto D'Abuisson, Lucas García o Ríos Mott. Torturas, decapitaciones públicas, masacres, violaciones seguidas de asesinato, destrucción de tierras y haciendas, desplazamientos forzosos. Los dirigentes comunitarios y sindicales, los opositores políticos y sus familias han sido las víctimas favoritas.
El pasado mes de julio, Jorge Enrique Mora Rangel, comandante del Ejército colombiano, intervino en un proceso judicial para proteger al más poderoso jefe paramilitar de Colombia, Carlos Castaño, acusado por una serie de masacres. La organización de Castaño está directamente vinculada, a los fines de inteligencia y operativos, con las fuerzas de seguridad.
Esta red fue organizada y entrenada en 1991, bajo el patronazgo del Departamento de Defensa de los EE.UU.
y de la CIA, lo que se llevó a cabo bajo un plan de integración con la inteligencia militar colombiana llamado Orden 200-05/91.
La amable relación entre el ejército colombiano y Castaño plantea otro problemita para la lógica de la guerra contra las drogas. Castaño es un señor de la droga muy conocido. No es alguien que cobra impuestos a los que plantan coca, es un señor de la droga.
También tenemos la molesta historia del gobierno norteamericano, que combate junto a los traficantes de drogas, y no en su contra. En realidad, la CIA parece tener una irresistible afinidad con los señores de la droga.
Los contras tibetanos, entrenados en la década del 50 por la CIA, terminaron siendo los dueños de los imperios de la heroína del Triángulo de Oro. En Vietnam y en Camboya, la CIA se adaptó a los traficantes de opio como un guante a la mano.
Los ingresos de la droga financiaron parcialmente la guerra de la contra en Nicaragua. El eje afgano-pakistaní que la CIA montó en la guerra contra los soviéticos estaba penetrado de traficantes de droga. Y apenas ayer, tuvimos los traficantes de heroína del Ejército de Liberación de Kosovo.
Sería mucho más sensato, para McCaffrey, conseguir 1000 millones de dólares para declararle la guerra a la CIA.
Estuve en Guatemala en 1983, para el último golpe. En 1985 estuve en El Salvador. En 1991 en Perú. En 1992 en Colombia.
La gente, en general, no sabe nada de los soldados jubilados de las Fuerzas Especiales. Pero tiene que escuchar los hechos de labios de alguien a quien no se pueda llamar "progresista afectado que nunca sirvió (?) a su país".
Un progresista le dirá que el sistema no funciona bien. Yo le diré que el sistema está funciona exactamente como se espera que ande.
He visto desde adentro la actividad de las fuerzas armadas, y observé la enorme disonancia entre las explicaciones oficiales que se daban para nuestras políticas, y nuestras prácticas reales: el asesinato de maestros y monjas por nuestros reemplazantes, la violación sistemática, el culto del terror.
Llegué a la conclusión de que los miles de millones de ganancias e intereses que pueden darnos Colombia y sus vecions tienen mucho más que ver con la comezón por la estabilidad que ningún tipo de preocupación por la democracia o la cocaína. Tras reflexionar sobre mis más de dos décadas de servicio, me convencí de que sólo servía al uno por ciento más rico de mi país.
En todos los países donde trabajé, la pobreza de los miserables construía y mantenía la riqueza de los ricos.
A veces en forma directa, como trabajadores; a veces indirectamente, como cuando se hacen fortunas con el negocio de la seguridad, tan necesario en todos esos sitios plagados de miseria.
A menudo, las compañías que requieren protección son las norteamericanas. Chiquita es una versión renovada de la United Fruit, la compañía que impulsó a los Estados Unidos a dar el golpe contra Arbenz, en Guatemala, en 1954. En 1973, la Pepsi hizo lo suyo por Pinochet en Chile.
Pero ahora el mayor interés es financiero. Los Estados Unidos son la fuerza dominante en las principales instituciones de préstamo del mundo: el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional.
Lo que exportan los Estados Unidos, más que nada, es crédito. Así que el dinero sale de exprimir los intereses que dan estos préstamos.
En el Tercer Mundo, esto significa que las elites económicas piden préstamos, usando al gobierno como pantalla, para luego sangrar a la población de modo que pague los intereses. Eso se logra por medio de impuestos cada vez más altos y regresivos, eliminando servicios sociales, entregando activos estatales, corrompiendo o destruyendo a los sindicatos, y así siguiendo.
Si los gobiernos no se portan lo bastante bien, Washington los obliga a hacer más. En nuestro país, a los norteamericanos se nos dice que esos países necesitan "ajustes estructurales" y "reformas económicas", cuando la realidad es que la política exterior norteamericana se desarrolla, a menudo, en función de los intereses de los tiburones financieros.
Los grandes inversores y los grandes prestamistas son también los grandes contribuyentes a las campañas electorales de este país, tanto para los Demócratas como para los Republicanos. La prensa, controlada por un puñado de sociedades gigantescas, repite sombríamente la racionalización. Una y otra vez: "reforma económica y democracia".
Y muy rápido, aunque más no sea para no parecer totalmente alejados de lo que pasa, nos encontramos diciendo "sí, Colombia (o Venezuela, o Rusia, o Haití, o Sudáfrica, o Cualquiera) necesita reforma- económica-y-democracia".
El argumento, aunque dicho de otra manera, nada tiene de nuevo. En 1935, el general retirado Smedley Butler, condecorado por dos veces con la Medalla de Honor, acusó a los principales bancos de inversión de Nueva York de usar a los Marines como "pandilleros" y "bandidos" para explotar financieramente a los campesinos de Nicaragua.
Más tarde, Butler explicó: "El problema es que cuando los dólares norteamericanos solamente obtienen un 6% en nuestro país, se ponen incómodos, cruzan los océanos, y obtienen un 100%. La bandera sigue al dólar, y el soldado sigue a la bandera. No volvería a ir a la guerra, como lo hice, para defender alguna inversión lamentable de los banqueros. Sólo deberíamos luchar en defensa de nuestro hogar y de la Declaración de Derechos. Una guerra por cualquier otro motivo es, sencillamente, una estafa. No hay en la valija del estafador un truco que la pandilla militar desconozca. Tiene sus "campanas", que le señalan el enemigo; sus "pesados", que lo destruyen; sus "genios", que planean las guerras; y también tienen su "capo dei tutti cappi", el capitalismo supranacional", concluía Butler. Y luego:
"Pasé 33 años y cuatro meses de servicio militar activo en los Marines. En 1914 ayudé a hacer de Tampico, en México, un lugar tranquilo para los intereses petroleros norteamericanos; hice de Cuba y Haití lugares seguros para que los muchachos del National City Bank recojan impuestos; en 1909-1912 ayudé a purificar Nicaragua para la casa bancaria internacional del Barón Broches; ayudé a salvar los intereses azucareros en la República Dominicana; y en China ayudé a asegurar que la Standard Oil pudiera hacer lo suyo sin inconvenientes. La guerra es una estafa"
Al igual que el General Butler, llegué a mis conclusiones después de años de experiencia personal, absorbiendo poco a poco, duras evidencias, que veía a mi alrededor, y no sólo en un país, sino en todos, uno tras otro.
Finalmente, ahora estoy sirviendo a mi país, al contarle esto. Usted no quiere que ciertas cosas se hagan en su nombre.
Reproducido, sólo para fines educativos, de www.consortiumnews.com
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