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Natascha Muriel |
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Detención Iguazu
a
O.
Escribir bajo el ruido de éstas aguas
imposible: ella lo somete todo.
Bautismo del niño ante el dogma sin sentido
donde las sombras emergen junto al fresco
y el húmedo
balbuceo resuena en los oídos.
Es tierra de frontera, sin tutores ni oriente
(sólo tu voz y mi brújula “Mariana”
);
en cambio crecen cientos de enmohecidas raíces
y puedo pensarte con la fuerza rilkeana
del animal abierto ante la extensión sin marcas.
Dos cascadas me subsumen.
Esa que reafirma lo seguro, el sur, la companía
gravedad que atrae a mis pies que habitan.
Suavidad de las hojas, LA OTRA,
que adormece a los ángeles que me cuidan,
mientras
me lastimas, color tiza, color rosa.
Aquella es leal infinita
ésta, ramaje que inscribe fraseos discontinuos
ostinatos que se anulan
si no subvierten sin descanso
la tonalidad de su escala cristalina.
Bebo del colector de aguas,
recojo mis signos caídos entre las piedras
que has puesto y los transporto,
Gota Salina
Gota salina gorda y espesoide, Raro tiempo de caída.
Regresé de ejercer al sol regresé para sortearte
y observar
Y aunque temo decidir sobre esta piedra comprometerme en la salina permanencia
sé cual es mi deseo.
Tomaré en partes mis sentidos Los hecharé desde lo alto Que despierten, que demanden, que griten Llegar no es salvarse es mantenerse atento apretando la piedra negra frente al titubear idiota.
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