I – Prólogo: Otra dimensión

 

Estás caminando por la calle, o mejor, por una avenida. Te cruzas con muchas personas, todas distintas, pero todas iguales por dentro, o eso es lo que tú piensas. No tiene que ser la sangre de todos roja ¿o sí? ¿Acaso puedes diferenciar, saber si todos esos rostros son humanos? No, porque en realidad no sabemos si hay alguien más entre nosotros, algún ser con apariencia humana que tenga costumbres distintas, que tal vez tú consideres atroces, que venga de otra parte, o tal vez de aquí mismo de las profundidades de la tierra. ¿Acaso tú recuerdas el momento en que saliste del útero de tu madre? ¿Quién no te dice que seas un extraterrestre, o un intraterrestre, un extraño entre nosotros? O también pudiera ser que todos seamos extraños aquí... Piénsalo. Entonces serás capaz de creer esta historia.

 

Otra dimensión. Aquí el cielo también es azul. Es un planeta hermoso: tierras rodeadas de océanos profundos, azul y verde. El agua es transparente y el cielo límpido. Hay seres vivos vegetales y animales, y también seres inteligentes de apariencia casi humana. Parece otra Tierra, salvo por una diferencia crucial: hacia cualquier punto que mires no verás un río contaminado por deshechos industriales, ni un bosque talado, ni una red de cables telefónicos, ni un avión surcando el amplio cielo, no.

En un país solitario, de montañas empinadas y abruptas, recortadas bruscamente por el viento y la lluvia, a cuyos pies crece una pradera de color verde pálido que contrasta con el ocre de las elevaciones, se encuentra una extraña construcción de piedra que domina un amplio sector. Situada en una alta meseta, casi al borde del precipicio, y construida con grandes bloques de piedra, ya recubierta de vegetales y óxidos, tiene un aspecto solemne, señorial, de silencio absoluto.

Un sol anaranjado lanzaba sus rayos quemantes sobre el sendero que a través de la montaña conducía a la puerta.  Un solitario personaje todo cubierto por una túnica oscura con capucha subía por el camino con paso cansino, como quien ha andado muchos kilómetros cuesta arriba. En  todo lo ancho del paisaje de la meseta no se divisaba ni un árbol, nada que resguardara del sol ardiente. Cuando el extraño encapuchado llegó a la puerta, golpeó tres veces con todas las fuerzas que le quedaban. En pocos segundos la puerta crujió y se movió en sus bisagras.

Apenas se abrió la pesada estructura de metal, ese ser entró a paso lento como quien entra al paraíso. Contempló, y a primera vista realmente era un edén. El fresco reinante en el interior provenía de varias fuentes de las que brotaba agua en abundancia para luego correr por canales excavados en las losas del piso. Los pasos resonaban en aquel gran patio cubierto de azulejos, y sus ecos resonaban hasta perderse en el vacío. El sol era detenido por los altos muros de la construcción. En medio de aquella sombra apacible, sólo se veían dos o tres figuras más. Dos estaban sentados en un gran banco de metal, cerca de una fuente rumorosa.

El encapuchado se dirigió hacia ellos, descubriéndose la cabeza. Los otros levantaron la vista al unísono y al verlo, sonrieron. Los tres tenían la apariencia de ancianos venerables que hubieran pasado la vida en una biblioteca o meditando: ojos pequeños y negros con mirada de eterna paz, sin cabello, menudos y más bien bajos de estatura. Los que estaban sentados vestían túnicas blancas y se calzaban con zuecos tejidos de junco.

–Good nouvelles, bruder d’alma –dijo el ex-encapuchado.

Los otros le contestaron en la misma mezcla de idiomas terrestres, sobre todo lenguas romances e inglés, con algunas palabras de japonés y de árabe, y errores gramaticales que lo hacían sonar como latín.

–¿Qué dicen los pueblos del valle? –inquirió prontamente el que se hallaba sentado a la izquierda.

–Dicen que la cosecha será buena y sus animales fértiles, y podrán comerciar el excedente. A cambio quieren nuestro saber.

–Entonces, ya no habrá hambre este año.

–Si su cosecha es buena, serán felices, y no exigirán nada que sea demasiado...

–Sin embargo –habló el tercero–, no pueden saber si el tiempo los tendrá a bien, o si el gran tirano llegará y los vencerá.

–El monstruo de la lucha está lejos –replicó el primero–. El Gran Gribash está entretenido con su enemigo más terrible.

–¡El rey de los Sardos! –exclamó el segundo, llevándose una mano al pecho.

–Pero, Sacary –dijo el de la derecha al de vestido oscuro–, bien rápido puede llegar Gribash: sus ejércitos son numerosos y pueden avanzar a la vez  que luchan.

–Esperemos que el futuro nos sea bueno –rogaron los otros dos.

Dentro de la muralla exterior se elevaban otros edificios: casas, talleres. Aquel recinto era un templo, y sus habitantes, los tukés, vivían allí desde hacía cientos de años. Todo parecía impregnado de paz y calma. Si se alzaba la vista podía verse el cielo azul, y él también parecía quieto y eterno.

 

Muchos kilómetros más allá de estas tierras de paz, atravesando la pradera, mucho más allá a lo largo de una llanura seca hay otro panorama.

No hay silencio, el ruido ensordecedor llena la atmósfera, las imágenes se mueven alocadas junto con miles de cuerpos que luchan entre sí. Las armas –toda clase de cuchillos, espadas, mazos de punta cuadrada y redonda, lanzas de metal y palos aguzados– entrechocan con estrépito. La batalla es desesperada. Se lucha con gritos, piedras, puñetazos y escupitajos. Miles de seres casi desnudos, con armaduras o restos de ellas, se lanzan unos sobre otros con un frenesí insano, mordiendo y arañando, gritando al atacar como al ser heridos, todos bajo el mando de dos titanes.

Uno de ellos es el Gran Gribash.

Cierto que era un guerrero alto –cerca de dos metros de altura– y musculoso, con ojos rasgados de intenso verde y arduo mirar. Una mirada suya decía más que mil palabras; si miraba a alguien con ira, ya podía considerarse muerto. Nadie conocía su edad pero siempre parecía tener el mismo vigor y fuerza. Vestía siempre igual al batallar: una coraza de metal rojo-cobrizo que dejaba el torso y sus brazos al descubierto, pantalones amplios y botas de cuero cubiertas de metal. El largo cabello negro  caía en parte sobre la frente, en parte sobre sus hombros. Y por supuesto, una larga espada curva decorada con arabescos y sinuosidades y una lanza fina y mortífera.

Cabalgaba una especie de equino. Este era un animal macizo de patas peludas y gruesas, con músculos que se tensaban y destacaban aún bajo su pelaje café. La cabeza era redondeada, con pequeños dientes y ojos grandes y vivaces.

Al grito de ¡Gribash, el único! se lanzaban sus guerreros contra los oponentes del momento. Por su emperador daban su vida; por su gracia, también.

El otro, el rey de los Sardos, también era un gran guerrero y estratega y un jefe poderoso: sus tropas eran eficaces, con más armas y más disciplina. Su porte era magnífico, gritando órdenes mientras se mantenía erguido sobre un carro de batalla y agitaba su espada, pero no tenía el carisma de Gribash. Aunque ambos eran crueles, había un encanto en este último que hacía lo repugnante admirable. Era personalidad.

El imperio del Gran Gribash estaba formado por varios pueblos, casi todos conquistados por la fuerza, y venía arrasando con todo y con todos, sometiendo y juzgando a todos en una campaña tan exitosa como sangrienta. A su paso, quedaban tierras devastadas. Donde había cultivos ellos destruían o arrasaban, las ciudades eran incendiadas, el espíritu empobrecido y el valor corrompido. Su imperio se extendía a lo largo de una franja extensa de tierra de variados paisajes y climas, y si no estuviera el mar de un lado y el reino de los Sardos del otro, ya tendría en su poder todo el continente.

Un reguero de sangre marcado a fuego era la huella de cada enfrentamiento de los imperios más poderosos. Hace días que los dos se enfrentaban y el futuro era impreciso. Gribash había decidido enviar una porción de su ejército a la pradera que se extiende hasta las montañas, para evitar que los sardos lo rodeen y para proveerse de alimentos.

 

II – Un viaje.

 

La Tierra. Sí, acá mismo. Este planeta azul.

En una capital del continente americano, al sur. Entren en ella, en sus arterias, en esas calles ahumadas que recorren su cuerpo desmembrado. En un ómnibus de una de las tantas líneas que llega hasta la puerta antigua, lo único que permanece de su antiguo casco urbano. Es temprano.

Un elegante señor de aspecto anglosajón va en la primera fila de asientos. Viste un traje gris, aburrido y formal, zapatos perfectamente lustrados y medias de rombos, color marrón ambos. A cada rato ojea el reloj y vuelve a fijar la mirada en la pared de plástico a unos centímetros de él. Su rostro, distante, parece tener congelada una mueca de cortesía y servilismo, y a la vez de mal humor y hastío. Sus ojos son de un gris acerado, sus labios finos sostienen un delgado cigarrillo light que no ha encendido. A su lado lleva un maletín.

Hay además otras cuatro personas. Una de ellas es un hombre regordete enfundado en un traje arrugado, pues parece que le queda un poco chico. Su rostro, enmarcado en el cabello castaño corto y despeinado, lleva aún los restos del sueño y un mal humor creciente impregna su aura. Cruza la pierna izquierda sobre la derecha, haciendo levantar el contrahecho pantalón que deja al descubierto unas medias negras que no combinan con sus mocasines. Abraza una carpeta de cuero beige de la que sobresalen unos papeles.

En la misma fila pero al otro lado del pasillo hay un joven. Lleva unos grandes lentes de cristales redondos que junto al cabello que cae despreocupado sobre su frente, hacen irreconocibles sus rasgos. Va arrellanado en su asiento, apoyando las rodillas en el asiento delantero. Se nota su altura pero lo holgado de su pantalón sport, camisa y blazer no permiten distinguir su físico. En determinado momento mira hacia atrás y ve a las otras dos pasajeras, sentadas una enfrente de la otra y de espaldas a las ventanillas. Rápido, vuelve la vista y se concentra en la carpeta de dibujante junto a él.

Al fondo, las dos mujeres están sentadas una frente a la otra, pero no se miran. Ninguno de los pasajeros parece hablar el mismo idioma.

La más joven luce un simple vestido campesino, de tela floreada, y lleva un bolso sobre su regazo. Una mano descansa sobre este, y la otra, inquieta, va una y otra vez de su cabello castaño al asiento contiguo, a la baranda y no encuentra acomodo. La mujer posee unos hermosos cabellos: largos, suaves, brillantes, ondulados, cae en mechones muy graciosos sobre su espalda.

Una falda negra de imitación cuero y una blusa escotada con volados en las mangas es la ropa de la otra. Parece tener unos treinta años. Su cuerpo se conserva bien, pero su rostro tiene algunas arrugas de preocupación y experiencia, bajo los ojos cansados y la boca pintada de rojo. Teñida de rubio, huele a perfume viejo y a sudor, a cigarrillo y menta, a noche, a bar, a cansancio y resaca.

El tiempo se evaporó del vehículo. Viaja a toda velocidad por las calles vacías y aún oscuras; la luz aparece en los cruces donde va asomando el sol. Entonces encandila los ojos acostumbrados a la penumbra. Los pasajeros están impacientes, al menos la mayoría. La rubia parece dormitar, el joven parece disfrutar del viaje. Rumores, soplidos, el traqueteo del motor, los cambios. La tromba del aire al chocar con el metal y colarse en las ventanillas. Es extraño, los pasajeros no cambian, nadie sube, aunque parecen haber pasado horas. En realidad, quince minutos.

Falta poco para la parada donde baja el muchacho. Se nota porque se endereza y parece darse cuenta de dónde está.

De repente una especie de turbulencia del aire sacude al ómnibus. Imposible, qué extraño, piensan todos. Seguramente algo en la calle o una avería del motor.

El joven se levanta y va hacia la puerta. El conductor lo mira apenas de reojo, y se prepara para detenerse en la próxima parada. El vehículo llega, se acerca a la vereda y se abre la puerta. Entonces, una luz cegadora...

Algo increíble ha pasado. Un destello, algo que los envolvía, como fuego que no quema. Una bomba o un estallido, o al menos el efecto de una onda sonora que los deja aturdidos por un instante. Las cinco personas de repente reaccionan, como si fueran devueltos a la vida luego de saltarse un segundo. Arrancados de la rutina por un destello y dejados caer en el piso duro y frío.

El primero en incorporarse, sacudiendo la cabeza y entrecerrando los ojos, fue el ejecutivo. Maldiciendo, puteando a todo el mundo, miró en derredor atónito. Ve los muros viejos de piedra y el piso lustroso color celeste, la luz prístina pero suave, y no alcanza a entender, queda boquiabierto.

Los otros pasajeros ha se habían levantado a duras penas.

–¿Dónde estamos? –chilla la teñida.

El gordito tiembla de pies a cabeza.

–¡Santo Dios! ¿Qué fue eso? –exclaman los dos jóvenes a la vez. Se miran extrañados, en otro lugar y tiempo hubieran sonreído.

–Obviamente no estamos en el ómnibus –dijo el ejecutivo.

–¡Estamos en el cielo! –exclama el regordete, cayendo de rodillas, con temor y algo de alivio.

–Si fuera el cielo yo no estaría aquí –puntualizó la rubia teñida, con algo de ironía–. Es el infierno.

–¡Estamos vivos! –exclama la más joven, queriéndola callar–. Pero, ¿dónde?

–O fuimos golpeados por una explosión y luego llevados  a otra parte o... – caviló el ejecutivo.

–... o fuimos transportados por esa luz –terminó el joven de lentes.

–¡Imposible! –repuso el otro con energía–. ¿Una abducción? ¿Cómo lo explicaría, señor?

–No lo sé, pero...

–¿Qué hay de eso? –interrumpe la joven señalando algo enfrente de ellos.

Todos dirigen la vista al punto que ella señala.

En toda la habitación lo único que había era eso: un arco de piedra transparente y metal, sobre el cual se destacaba una gema tallada con miles de caras engranada con delicadas filigranas a la base.

Las preguntas se agolpaban unas sobre otras.

Formaron un círculo. Se miraron unos a otros. Alguno aventuró palabras que salían trémulas y se perdían sin tener ningún peso, o movían la cabeza de un lado a otro, consternados. Luego oyeron un rumor sordo que provenía de uno de los muros, como una piedra deslizándose sobre otra. Eso mismo: en un lugar de la piedra que parecía ser sólido aparece una abertura, una puerta, alguien que introduce una mano blanca, con cinco dedos para su alivio, con la que termina de mover la puerta.

Ante el asombro de todos, un anciano entró seguido por otros dos individuos. Y ante la sorpresa de todos, estos tres extraños les hicieron una exagerada reverencia, una que ni el mismo rey de Francia pudo haber llegado a disfrutar.

Desconcertados e intrigados, solo atinaron a quedarse estacados en sus lugares, y abrir la boca – y si hubieran tenido dos bocas habrían abierto ambas.

Sólo luego de largo rato, el ejecutivo, un hombre muy racional, atinó a saludar:

–Los saludamos, señores, y queremos saber cómo llegamos aquí –dijo con un tono duro.

El anciano sonrió y, con un gesto amable, los instó a seguirlo. Primero dudaron, luego aceptando lo que sucediera, salieron por la puerta tras los tres hombres de túnica.

Al otro lado de la puerta había una sala increíblemente bella, sencilla pero bella. Todos contemplaron extrañados los altos muros decorados con pinturas brillantes como de esmalte de colores celeste, verde claro y beige. En rombos, cuadrados y triángulos todos los muros estaban cubiertos por guardas anchas en estos tonos. El techo ¡qué maravilla!, incoloro como el cristal, dejaba ver el cielo azul, sin nubes.

Los únicos muebles eran una mesa larga en el centro de la estancia y un armario en la pared más alejada, que también combinaba con los muros.

El anciano, acomodando sus ropajes blancos, habló entonces por primera vez:

–Bienvenidos, sois recibidos con gran afecto por nuestro pueblo y todos los pueblos de este mundo.

Tartamudeando, luego de esperar unos segundos la continuación, el joven preguntó:

–¿Bienvenidos a donde?

–A nuestra humilde dimensión.

–¡¿A qué... a dónde?! –casi gritó el ejecutivo.

–Está loco –dijo el otro pasajero.

–No, mis señores. Uds., señores míos, ya no están en vuestra dimensión.

–Entonces –preguntó la joven con recelo–, ¿cómo es que Ud. habla español?

–Hablo español y otros de sus idiomas.

–¿Nos van a hacer daño? –preguntó la rubia con voz trémula–. ¿Qué nos van  a hacer?

–Eso –exclamó el ejecutivo–, ¿cuáles son sus intenciones al... traernos aquí? ¡Sepa que soy un importante personaje en los negocios del país, del continente, y bien conocido, y este rapto, porque eso es lo que es... no quedará impune!

El viejo movía lentamente la cabeza, negando.

–No es un rapto, no es esa nuestra intención. No tenemos mala intención.

–¿No van a pedir nada? –inquirió el otro hombre.

–Solo su ayuda, señor mío.

–¡Ja! ¿En qué?

La joven, que se paseaba de un lado a otro, pensativa, preguntó: –¿Quiénes son “nosotros”?

–En nuestro mundo –contestó el anciano, mirándola con aprobación– nos llaman monjes. Aquí somos los tukés, y somos sólo una pobre comunidad sin ningún poder.

–No parece.

–... y queremos solicitar vuestra ayuda y guía. Uds. sois los únicos que pueden ayudar a este mundo. Se lo pedimos por toda la pobre población que vive aquí. No tenemos avances ni civilización.

–¿Por qué estamos aquí? ¿Por qué nosotros? –preguntó el gordito.

–No los elegimos, fue el Azar. Los tukés guardamos el secreto de la Agasia, la puerta a otra dimensión. Los estudiamos, a los humanos, durante siglos, por generaciones y generaciones, y conocemos los valores de su civilización, sus máquinas, sus maravillas. Aquí nos falta eso y, si Uds. no nos enseñan, nos acabaremos a nosotros mismos entre guerra y hambre. Allí afuera hay muchas personas de bien que necesitan su ayuda.

–Se nota que Ud. es muy sabio –dijo suavemente el más joven de los pasajeros–, pero yo no soy una de las personas que busca. No estoy preparado para el contacto con otras civilizaciones, y menos aún con extraterrestres. Tampoco soy un genio o un sabio que pueda ayudarlos a construir máquinas, no sé nada de tecnología.

–¡Ni nosotros! –empezaron  a exclamar los otros.

–Yo tengo mi propia familia que no puedo abandonar –explicó el gordito–, mi hija es una pequeña así...

–Y yo tengo negocios.

–Sí, eso.

–Pero –el anciano sonrió comprensivo y continuó lentamente–, solo les pedimos un poco de su tiempo. Luego se pueden ir; nosotros mismos les abriremos la puerta.

–Pero... –todos tenían buenas razones pero no atinaban a decir ninguna.

–Entiendo que estén cansados y abrumados por el viaje.  Mis hermanos –el monje señaló a los dos inmóviles individuos que permanecían a sus espaldas–,  les mostrarán unas habitaciones donde estarán bien atendidos.

Resignados, muy asustados, siguieron a los dos hombres. Cuando la joven, que iba última, pasó al lado del anciano le preguntó:

–¿Cómo vamos a ayudarles? Es imposible... A mí me agradaría ayudar pero...

–Señora, aquí todos os van a adorar, seréis los Grandes Maestros.

–Pero no lo somos, no podemos enseñarles.

–Seréis como dioses para ellos.

–Y menos somos dioses.

–Lo harán. Veo que Ud. es muy valiente y racional.

–No sé si eso vale de algo...

 

III – El monasterio tuké.

 

Los cinco iban resignados, cada uno a su manera. La actitud altiva del ejecutivo, su mirada llena de soberbia y de secreto orgullo por ser un elegido para tales fines, contrastaban con la temerosa mirada de animal perdido de la rubia. Esta caminaba temblorosa, como un pordiosero en un palacio.

El gordito no hacía más que murmurar entre dientes por qué no lo dejaban en paz, y por qué le había tocado a él, y él que había hecho, etc., etc. El muchacho iba cabizbajo, como pensando en un difícil problema. Su suave piel de citadino estaba palidísima. Atrás de él, la muchacha pensaba, pero sin perderse detalle del pasillo que recorrían.

Fueron llevados por un luminoso corredor hasta una galería con muchas ventanas y muchas macetas en la que había una docena de puertas.

–Cada puerta lleva a una habitación –dijo uno como leyendo el pensamiento de todos–, son como las de Uds. signores.

Y acto seguido, indicó a la rubia que lo siguiera y la condujo a la primera puerta.

–Pase, señorita, antré.

Pálida, hizo lo que le decían.

–Si necesita algo, utilice el llamador de hierro que hay a su derecha –le indicó el hombre–. En la habitación hay de todo lo que pueda necesitar.

–¿Un teléfono? –tartamudeó ella intentando sonreír.

El otro la miró extrañado. Luego salió de la puerta dejándola sola dentro, y fue a acomodar a los otros.

El último fue el joven. Este le preguntó, al entrar:

–He visto que predominan tres tipos de colores en este lugar. ¿Sabe Ud. por qué es esto? Además hay muchas ventanas.

–No lo sé, signior. Siempre fue así –contestó el hombre, con cierta torpeza en su mirada–. Tal vez es por el clima, pero no sé bien, signior.

–¿El clima?

–Sí, estamos en medio de las montañas, es desierto.

Luego se retiró, excusándose. El joven entró y cerró.

 

Entremos en un cuarto. En el del muchacho.

Miremos, tratando de imaginar qué piensa él al entrar en un cuarto extraño en un lugar desconocido y al pensar que está en otro mundo.

“¡Otro planeta!", piensa con asombro, "¡esto es un sueño, una pesadilla, no lo creo!”. Sin embargo, allí está. Ve la cama, la palpa: el colchón es como de lana, las frazadas suaves como seda y tiernas como vellón, huele el aire espeso, siente el calor que entra por la ventana que no se abre, está fija... y al fin, mira al exterior.

Ve un patio todo de mármoles, ladrillos azules y azulejos grises. Hay varias fuentes con diseños geométricos en relieve, rodeadas de macetones con grandes plantas verdes y rojas.

Rodeando el patio hay otras construcciones y entre ellas pasillos que seguramente llevan a otros pasillos con fuentes, plantas y sombra.

–Han logrado toda una sensación de oasis –murmura el joven, afirmando sus propias palabras–. No se parece a nada que yo conozca de la Tierra.

Luego voltea  y camina unos pasos. Vuelve a repasar la habitación, los muros. Son sólidos: va hacia uno y apoya sus manos con firmeza, pero no se mueven, no tiemblan, no hay puertas secretas. No hay más aberturas que la ventana, fijada a los muros, y la puerta, y un llamador conectado a un hilo de metal que atraviesa la pared hacia algún lugar extraño.

Además de la cama hay un armario, vacío, y una mesa. Sobra espacio, piensa él, esto es desolador.

–Cuando dijeron todo lo necesario, ¿en qué pensaban?

Se saca los lentes que deja sobre la mesa, se sienta en la cama y apartándose el mechón que le cubre la frente se pregunta qué harán los demás en ese momento, y qué estará pasando en la tierra... ¿Qué habrán dicho sus compañeros cuando no llegó a casa de Cony? Preparaban un trabajo muy importante para la universidad, pero ahora ¿acaso importará eso? Más importa el miedo a lo desconocido, el peligro y este problema de locos en que está metido: ¿cómo va a ser él el guía para un pueblo si ni siquiera logra guiar un auto fuera de la cochera sin dar el espejo contra la pared?.

De repente se da cuenta de que tiene sed. Y tal vez hambre, y lo más importante, curiosidad. Y quiere ver a sus compañeros de infortunio.

Usa el llamador y en un minuto se presenta un individuo de verde – una túnica larga con capucha de nuevo – y le sonríe servicial.

–¿Tienen agua?

–¿Agua? Sí, sí, claro, señore –asegura el tipo.

–¿Señore? –repite el joven–. Señor, querrá decir.

–¡Oh, sí, sí, claro! Disculpe, siempre confundo las lenguas latinas.

–¿Puede traerme agua?

–Claro, en un... segundo.

–¿Todos hablan varias lenguas?

El de verde sonríe, mostrando algo como orgullo:

–No, sólo unos pocos de nosotros.

–¿Por qué, para qué?

–Para servir de intérprete entre los Maestros humanos y el pueblo... ¡Ah, casi me olvidaba! Tienen que ir Uds. al gran salón.

–Pues, lléveme de inmediato –sugirió el joven, tomando sus lentes.

 

Ya están en el salón del principio, el del techo transparente. Los cinco aventureros a la fuerza, descubridores y representantes de la Tierra, y frente a ellos el sujeto de blanco se apresta a explicarles detalles de su  historia  y otras pequeñeces. También está el de verde y dos más que parecen ser la escolta.

–Los tukés –comienza el honorable anciano– hemos existido hace siglos. Somos pocos y sólo hablamos con el mundo exterior dos o tres veces al año, por eso nuestro secreto ha estado bien oculto. La existencia de la Agasia es nuestro secreto. Hace siglos que estamos esperando el momento de hacer venir unos invitados de la Tierra. Cada año mandamos por once días a dos tukés para aprender de Uds. Aprendemos los idiomas y las costumbres, pero sobre todo, nos maravillamos ante su civilización.

–Pero –dice la joven–, hemos sido bárbaros e incivilizados también.

–Y lo superaron. Sólo queremos que nos enseñen a hacerlo.

Viendo que los humanos están inseguros, el de verde interviene con grandes gestos y habla moviendo los brazos, emocionado.

–¡Por favore, señores! Todo esto es muy... muy –no encontraba la palabra– extraño, doloroso, para nosotros, pero seguro para Uds. también. Yo fui el que los trajo hasta aquí... los otros no se decidían –al decir esto mira a los otros tukés–, no estaban seguros de que era el momento de hacer cumplir la profecía.

–Entonces llegamos aquí por descuido –exclama indignado el ejecutivo.

–Lo que Sacary quiere decir es que fue el Destino, pero en fin, él hizo bien al decidirse pues los otros no lo habríamos hecho, y aunque desobedeció, logró un bien. Ahora Uds. sólo deben ayudarnos.

–Hay una invasión allí, afuera de los muros –dice el inocente Sacary.

–¡Qué –grita el gordito–, yo me voy de acá!

Todos lo miran, y avergonzado y con la sangre en el rostro retrocede unos pasos.

–No hay donde ir –replica el ejecutivo.

–¡Sí, a casa! –exclama convencida la rubia.

–No nos van a permitir irnos hasta que hagamos algo, no son tan tontos.

–Así es –afirma el anciano con un destello de inteligencia en la mirada, y agrega–, ahora los dejo a solas para que decidan.

Ya solos se miran desconcertados y ansiosos.

–Me siento Colón –dice la muchacha.

–Mientras no terminemos como Magallanes –replica el ejecutivo.

Un abrupto silencio se apodera de ellos. Se observan con disimulo. El vacío del cuarto produce una sensación de soledad, de desvalimiento.

–Vamos a presentarnos –sugiere la rubia.

Todos asienten con la cabeza pero nadie actúa, hasta que el ejecutivo comienza determinado:

–Bueno, yo soy Carlos Robinson, tengo 45 años, nací aquí... bueno, Uds. entienden, y provengo de una familia inglesa. Soy abogado y trabajo para una empresa importante de plaza. Soy soltero. Bien, ahora le toca a Ud. –concluye, dándole la palabra  a la rubia.

–Yo, eh..., me llamo Sheila, y no voy a decir mi edad. Trabajo de noche en un bar... Vivo con una amiga en un departamento que alquilamos hace un mes –los ojos se le llenan de lágrimas–. Nunca tuve dinero, ni siquiera terminé el liceo. Como ven, no tengo nada que dar –el gordito le está mirando las piernas con gesto significativo que ella parece no notar.– Eso es todo.

–Ahora Ud., señora –dice Carlos.

–Bien –asiente la otra mujer, retorciéndose las manos– mi nombre es Fabiana Peralta y tengo 23 años. Vengo del interior, pero hace varios años que estoy estudiando música y trabajo en la capital. Sólo sé de artes, no de ciencia y comunicación. Iba de la pensión en que vivo al trabajo cuando sucedió todo esto.

Se calla. Todo parece simple en esos instantes.

–Yo soy Guzmán Gianetti –habla el joven de los lentes redondos–. Estoy terminando arquitectura. Tengo 27 años y soy soltero. Iba a terminar un trabajo en grupo cuando esto comenzó.

Todos prestaban mucha atención a su concisa explicación, como cautivados por esa voz dulce y hueca, como el sonido de un clarinete que proviene de ese rostro aún de niño semioculto bajo el cerquillo y los lentes.

–Y quedo yo –exclama el regordete con fingido entusiasmo–. Me llamo Enrique Blanco y trabajo en una oficina pública. En realidad nunca supe qué hacía realmente allí, maldita burocracia. Tengo esposa, Marianela, y dos hijos, un varón de dieciséis que se llama Martín y una chiquita de tres años, Erica. Tengo que mantener mi casa...

En ese momento vuelve a entrar el anciano de blanco y todos se dirigen a él.

–Señores y señoras, mañana temprano conoceréis nuestro mundo. Pero ahora disfrutaré de una cena en la compañía de tan venerables señores, si me lo permiten. A propósito, mi nombre es Starinshe.

 

IV – Encuentro cercano.

 

El sol arde en el cielo; es un disco anaranjado rodeado de fuego que incinera la tierra, el viento, la vegetación, los hombres. Formados estos en una larga columna, peregrinan montaña abajo hacia las inmensas praderas. No hay nubes en el cielo y el azul intenso también arde. Van vestidos con túnicas largas negras, marrones la mayoría, algunas verdes o azules y unos exclusivos de blanco.

En el centro, brillantes en el sol como espejos van seis de blanco. Aparte de su color, hay cinco que destacan por su altura, como adultos en un mar de niños.

Sheila mira a Fabiana, que camina a su lado, y sus rostros juveniles sonríen como si de pronto se dieran cuenta de lo ridículo que se ven de cerca.

–¿Adónde vamos? –pregunta alguno desde atrás.

El anciano, que viaja delante apoyado en un cayado de madera, contesta:

–Ya lo veréis al llegar. Os gustará el valle.

Siguen avanzando. Uno de la escolta que va delante tropieza y cae pero todos siguen caminando. Fabiana y Guzmán, al pasar por su lado, lo ayudan a levantarse.

–¡Qué hermandad! –exclama la muchacha remarcando cada letra.

Sheila y Guzmán sonríen, dentro de sus capuchas. El que tropezó, un joven menudito y tímido, los observa con admiración y respeto.

Luego de marchar por kilómetros y varias veces de preguntar ¿adonde vamos?, se encuentran en una pradera un poco más templada, sin los rigores del calor. Los de adelante se bajan la capucha, y los cinco humanos los imitan. Ahora pisan terreno extraño, ya no es el polvo eterno de la montaña, rojizo y pegajoso, sino un polvo más grueso, entre el ocre y el sepia, más húmedo y pesado, que permite crecer la grama de color verde.

Avanzan por esa llanura que se extiende de oeste a este y de este a oeste, más allá del horizonte. En determinado momento:

–¿Cómo llaman Uds. a esto? –pregunta Carlos Robinson.

El anciano no comprende su pregunta.

–Sí, ¿cómo llaman Uds. a su mundo?

Sacary, que ahora está junto a ellos contesta: –Duma, que significa el universo.

Al llegar a unos metros de lo que parece ser un grupo de árboles, la columna se detiene.

–¿Qué sucede?

El anciano les hace una seña con la mano: calma, esperen. Pero ellos están inquietos.

De más adelante viene un anciano que habla con el viejo Starinshe en su idioma. Una sombra cruza la ancha frente de Robinson.

–Ahora conoceréis al jefe de esta tribu –anuncia Starinshe señalando al frente de la comitiva–. Son agricultores.

 Miran adonde él señala.

Un apretado grupo como de ciento cincuenta hombres y mujeres, cubiertos de harapos, desgreñados, sucios, los observan fieramente. Al frente, el jefe, no tiene mejor aspecto. Este grupo despide un pestilente olor ácido a rancio, a podrido, que contrasta con las túnicas de suave fragancia a hierbas de los tukés. Los rostros tiznados o cubiertos de polvo, quemados y resecos por el sol, poseen dos puntitos brillantes, pequeños y oscuros que se suponen son dos ojos pero están hundidos bajo unas cejas enmarañadas, y sólo se ve su penetrante fuego.

Las mujeres se diferenciaban por tener menos cejas y llevar, colgando de sus piernas o de sus hombros, agarrándose de sus cuellos, una cantidad de crías.

Se adelanta el jefe haciendo sonar un cilindro de madera tres veces y gesticulando imperiosamente. Con una tosca dignidad habla a gritos con el viejo Starinshe. Luego este le contesta. Así están largo rato. Los de la tribu a veces reciben frases de su jefe a las que contestan riéndose y gritando.

–Pero, ¿qué pasa? –se impacienta Carlos, abandonando su porte digno.

Sacary le dice que se calme, por favor, que en un instante lo sabrán. Finalmente Starinshe se vuelve hacia ellos y, con gesto resignado en su rostro, les dice:

–No creen en nosotros, son muy materialistas como para creer en una antigua leyenda que se convierte en realidad. Ellos solo adoran a la lluvia y al sol que hacen creer sus cultivos, por favor, discúlpenlos.

El silencio reina entre los cinco humanos.

–Tienen derecho a no creer en leyendas cuando tienen preocupaciones más urgentes –sugiere Enrique.

–Como bañarse –indica Sheila.

Guzmán y Fabiana se ríen, nerviosos. Enrique mira a Starinshe, quien permanece serio, igual que Carlos, y sonríe.

–Señores –dice Starinshe con un suspiro–, creo que debéis mostrarles la verdad, así creerán en Uds. Sólo así tendrán su respeto y atención.

–¿Cómo? –exclama Enrique.

–¿Quiere que hablemos con ellos? –suspira Fabiana.

–Buena idea –aprueba Sacary.

Y bien, caminan los cinco precedidos de Starinshe hacia el maloliente grupo, con los nervios de punta.  El resto del cortejo queda atrás, a unos metros que parecen kilómetros para su seguridad.

Ya frente al líder, que se encuentra rodeado de los hombres más grandes y altos de la tribu, se observan unos a otros con asombro – o más bien temor. Al ver el rostro ceñudo de Carlos y el regordete de Enrique, todos aquellos salvajes quedan boquiabiertos, llevándose las manos a la boca y dejando  escapar “oohs...” alargados, pero su asombro llega a lo inimaginable frente a la palidez de Sheila y Fabiana, sus cabellos sueltos y brillantes y la juventud de Guzmán.

Algunos retrocedieron asustados y habrían salido corriendo a no ser que otros los retuvieron allí. Hasta el jefe se rebajó a quitarse su máscara de mesura y dejar escapar frases de admiración.

–Imagínense si canto –susurra Enrique.

–¿Quieres callarte? –le reprende enojada Sheila–. ¿No ves que me están admirando?

–Ja, ja.

A una señal del jefe, cientos de manos se abalanzan sobre ellos, que quedan paralizados de terror al verse atacados de repente, los alzan y se los llevan en andas, entre gritos y vítores. Los tukés tratan de seguirlos, corriendo como hormigas a  las que les han pateado el hormiguero, pero todo sucede muy rápido y la tribu se lleva sus objetos de admiración, a sus tablas de salvación, lejos. Allá atrás vienen los tukés corriendo como locos con sus cortas piernas, revoloteando sus largas túnicas.

 

Fueron llevados por numerosas manos, como por las olas del mar, avanzando hasta adentrarse dentro de un grupo de árboles – o al menos parecían árboles – y luego depositados en el suelo para ser agasajados.

Primero el jefe y algunos de sus hombres se sentaron frente a ellos y trataron de hablarles, con infinito respeto, mientras otros traían jarras de barro con agua, flores y vegetales y comidas. Algunos incluso, se atrevían a rozar el cabello de Fabiana, la tela del traje de Carlos aún bajo su túnica, o cualquier parte de aquellos dioses.

Al ver fallidos sus intentos de comunicación, el jefe calló bruscamente. Se hizo un silencio angustioso. Los humanos no sabían qué hacer: si contestar, moverse, comer o beber, cómo comportarse frente  a aquella tribu extraña.

Entonces llegaron algunos niños alborotando el silencio, agitando los brazos señalando hacia la entrada de la arboleda. El rostro del jefe se contrajo, como expresando preocupación, luego pareció iluminarse y se mostró muy alegre. Dio algunas órdenes y desplegó una sonrisa triunfal en sus bastos labios.

Minutos después una escolta de hombres y niños armados de garrotes y lanzas trajeron a dos seres más pequeños y vestidos con túnicas, casi arrastrándolos.

El rostro de Fabiana se iluminó y exclamó:

–¡Sacary! Gracias a Dios... –lo había reconocido enseguida.

Los demás volvieron la vista hacia los dos tukés y respiraron aliviados.

–No vuelvan a irse así –dijo Sacary al ser arrojado a sus pies junto con su compañero, que le cayó encima.

Luego de que se hubieran sentado entre el jefe, su escolta, y los cinco humanos, el primero le pidió que actuaran de intérpretes. Sacary les tradujo a los humanos el deseo del jefe.

–Pregúntele qué quieren –dijo Carlos.

Sacary recibió como respuesta:

–Escucharlos.

Los cinco humanos se miraron desconcertados.

–¿So-sobre qué? –tartamudeó Guzmán.

–Pues, supongo que sobre todo.

–¿Todo qué?

–Toda su sabiduría –respondió Sacary, como si dijera lo más natural del mundo, y agregó en tono más bajo, como si los otros lo entendieran... –  Quieren que Uds. los ayuden con sus conocimientos, su ciencia, en todos los problemas que tienen. Primero: están bajo el poder de Gribash, que les impone reglas y les saca sus cosechas y animales a la fuerza, matando y robando. Por esta causa deben esconderse todo el tiempo, o huir, y esto les impide volver a plantar. Morirán de hambre por Gribash o por su propio miedo, o morirán luchando.

–¿Por qué no aceptan a ese tal Griba... Gra...

–Gribash.

–Eso, ¿por qué no lo aceptan y dejan de huir? –inquirió Carlos.

–Porque, mi señor, aquí no es como en su mundo, donde todo es tan perfecto que los jefes gobiernan con verdad y bondad y.. bueno, lo que quiero decir es que si ellos aceptan vivir bajo su yugo, Gribash los esclavizará, los usará en su ejército o los matará según su humor.

–No podemos –intervino Fabiana–, no podemos aconsejarles sobre esta situación.

–Me parece bien –dijo Sacary–, pero ahora deberéis decirles algo...

Una vez que se hubieron puesto de acuerdo – que aunque fuera alguna mentira algo que sonara bien –,  le pidieron a Sacary que tradujera:

–Venimos de otro mundo, de un mundo libre y avanzado para ayudarles a comenzar un camino hacia el futuro. No somos dioses, pero podemos enseñarles cosas nuevas que jamás se han imaginado.

Los hombres absorbieron cada palabra. El jefe pareció conformarse, pero preguntó:

–¿Qué poderes tienen? ¿Qué es eso maravilloso que saben y nos van a enseñar?

Se miraron unos a otros esperando que alguno tuviera una idea brillante. De repente, el rostro de Carlos se alisó y, buscando entre sus ropas, exclamó:

–¡Yo tengo algo que seguro nunca vieron!

Sacó de su bolsillo un objeto de metal, que relució bajo la luz que se colaba entre las ramas y, parándose y extendiendo el brazo, hizo una pausa. Mostró su mejor sonrisa de abogado y dijo: –¡Miren!

Sacary iba traduciendo, y agitaba los brazos instándoles a observar con atención.

Carlos movió el pulgar y una larga y estilizada llamita de fuego surgió del encendedor. Los de la tribu, incluso el jefe, saltaron.

–¡Oh! –exclamaban retrocediendo ante el inusitado poder de aquel hombre.

De pronto el rey dio un grito y todos los demás se arrodillaron, golpeando las manos sobre sus muslos.

Los otros cuatro humanos se levantaron, atónitos. La llama se esfumó pero el encanto permaneció. Cinco callados, ciento cincuenta palmeando rítmicamente bajo los suaves rayos dispersándose bajo la bóveda vegetal.

 

V – Aguas turbulentas.

 

El cielo de un esplendoroso azul arriba y alrededor, hasta donde la vista se difumina, llanuras verdes salpicadas de lunares de unos tonos más oscuros y pequeños pilares de piedras blancuzcas, montoncitos luminosos en el vasto verde. La caravana de tukés marcha serpenteando como hormigas en las inmensas soledades de la llanura. Van calcinándose al sol, ese ardiente arco de fuego de color naranja, estrella admirada y desconocida del negro espacio.

En el Duma, los habitantes son aún primitivos y no tienen conocimientos de astronomía y no les interesa la astrología, son seres demasiados prácticos y materialistas, calculadores. A pesar de eso, todos los que conocen a los cinco humanos, los Grandes Maestros, comienzan a pensar en cosas como el universo y las estrellas, el alma y el más allá, y qué hay aparte de nosotros. Ante sus ambiguas personalidades todos se ponen un poco místicos.

Los prados se hacen eternos, la vista no distingue un país del otro, y    sólo los expertos guías bayos – tribu aguerrida que cría ganado en sus épocas de paz – pueden saber donde se encuentran. Pero de pronto, los de la caravana se dan cuenta que no estuvieron andando en círculos y que sí han llegado a alguna parte.

El paisaje cambia en algo. Ahora, dorado por los rayos del sol declinando, se ven las orillas de un ancho río. Las aguas están movidas por una fuerte corriente que forma remolinos.

Casi corriendo llegan al río.

–¿Se puede beber? –pregunta Fabiana.

Starinshe se lo pregunta al guía bayo y este asiente, ya que el agua es muy buena.

–Es tan buena como en la Tierra –contesta el gran tuké.

–Entonces me cuidaría de beberla –bromea Enrique, pensando en los arroyos de su país.

Sheila se acerca con cuidado a la orilla, primero mira la agitación de las aguas, luego se arrodilla y ahuecando las manos, las llena de aguas cristalinas y puras, y bebe.

–¡Está delicioso! –exclama, parada entre todos los demás que se abalanzaron sobre el río.

–¿Cómo cruzamos? –pregunta Carlos, luego de beber y peinarse con el agua.

El guía había estado hablando con Starinshe, así que este responde: –El pueblo que vive del otro lado usan un sistema de balsas, señor. Si esperamos un momento, llegará una.

Y así, ven bajar con la corriente una balsa rudimentaria y tosca, de apariencia sólida, rectangular, impulsada hacia la orilla por un fuerte remero. Con una pértiga achatada en el extremo, remaba.

Con el rumor del agua pasando bajo la madera y el chapoteo dulce del remo, el extraño navío fondeó junto al grupo. Sin bajarse, el remero habla con el guía bayo en una lengua gutural, muy diferente a las que oyeron antes.

–No hay inconveniente –anuncia el Gran tuké luego de una larga conferencia.

–¿Por qué tanta conversación? –pregunta Carlos, desconfiando.

–Por nada, señor mío. No hay problemas.

Aún así, el rostro del señor Robinson continúa ceñudo. Su desconfianza crece cada día frente a los optimistas tukés, que hacen ver todas las situaciones muy claras y normales. Su espíritu no cree en la transparencia, cosas del negocio que le dicen.

Van subiendo en tandas a la balsa. Los últimos son los cinco humanos y Sacary. A pesar de que la columna se ha reducido desde que salieron del palacio de la montaña, es tarde para cuando llegan al otro lado.

Acompañados del remero, que se les une luego de subir la balsa a tierra seca, siguieron viaje de espaldas al sol a través de una región pedregosa surcada de varios ríos anchos y violentos. De repente Starinshe se acerca a los humanos, que siempre caminan muy juntos, y les dice:

–Muy pronto deberé volver a casa, donde debo cumplir con mis deberes.

–¿Y nosotros? –pregunta Sheila, pálida.

–Continuarán el viaje. A partir de ahora encontraréis pueblos menos salvajes, pero más peligrosos.

–¿Cómo es eso, Starinshe? –replica Carlos.

–Pues... son más adelantados pero más aguerridos. Desde hace tiempo hemos entrado en pleno imperio de Gribash el Temible, el Grande. Aquí todos lo obedecen con temor, y si Uds. son vistos como elementos que pueden causar una revolución serán eliminados por él. Debéis tener cuidado, señor. Les daré unos consejos, humildemente: primero acercaos como amigos y respetando las costumbres, segundo contad cuentos de su mundo, ya que esa es la forma más acertada de guiarlos... También, nunca se separen de sus traductores ni viajen solos, sin guías.

–Pero, ¿por qué debemos seguir? –objeta Enrique.

Los demás asienten con la cabeza.

–Porque... –duda el Gran tuké–, pues es su destino.

–Vaya, vaya –murmura para sí Fabiana.

–¿Y como vamos a saber cuando podemos volver? –interroga Carlos.

–Sí, eso –concuerda Enrique–. ¿Cuándo termina el destino, eh?

–Eso sólo lo sabe el Destino, y cuando lo haya decidido él, Uds. lo sabrán. Tendrán una señal, supongo.

–¡Ah! Tengo que hablar con ese tal... Destino –murmura para sí Guzmán.

Finalmente llegan a las vistas de un caserío. Este está compuesto por varias casas bajas con techos de hojas, unas barracas más amplias y unas cuantas luces.

–¡Vaya, vaya! –exclama emocionada Sheila–. Civilización. ¿Quiénes son estos?

–Mngaris.

–¡Ah!

Esperan a la entrada de la aldea a que regrese el remero y el guía.

–Entrarán solos con Sacary –anuncia Starinshe–. Nosotros no podemos entrar a una aldea de ellos, sólo el emisario... Son antiguas leyes. ¡Ah, puede ser que algunas costumbres les choquen!

A paso lento, cuidadoso, mirando a ambos lados, son guiados por el remero.

Al ver a los otros mngaris, respiraron aliviados. Eran gente alta y bien formada, de apariencia limpia y ordenada, vestidos de colores alegres y adornados con cintas de metal plateado. El que parecía ser el jefe, calvo, solemne y muy adornado, se acercó, los miró con gesto adusto y luego de recabar en Sheila y Fabiana, en su rostro se formó una sonrisa de placer.

Fueron invitados a cenar.

 

–¿Qué atención? –exclama Sheila indignada, respondiendo a Enrique–. Estos hombres son unos babosos, eso son... ¿crees que no sé diferenciar? Yo trabajo en la noche, ¿recuerdas?

–No hables de la Tierra, por favor...

–¿La extrañas?

–¿Tú no? Yo nunca pensé dejarla.

–Aquí me adoran como a un dios, al menos...

En el otro extremo Guzmán recibe de manos de una belleza de ojos rasgados y media cabeza rapada, un cuenco repleto de líquido. Lo prueba, hace una mueca horrible y lo escupe.

–¿Qué pasa? –exclama Fabiana.

–Eso es ho-horrible –balbucea el joven–, es pegajoso y espeso y sabe a... a...

La muchacha toma el cuenco en sus manos, lo huele y mete un dedo.

–... a  sangre –completa al fin, observando su índice teñido de rojo.

Guzmán la mira sorprendido y maldice.

–Sacary, pregunta qué es esto –pide Fabiana.

–Es sangre –replica él.

–¿De qué? –ella palidece.

–No te asustes, es de animales.

–¿Por qué nos dan esto?

–Ellos siempre la toman en sus comidas y la usan en sus sembrados para mejorar la cosecha. La  adoran.

–¡Puaj! ¡Que asco!

Al rato tienen que hablar largamente con el jefe, que les cuenta como es la vida en la aldea. Son agricultores: siembran mnu-nu, producto que consumen o intercambian por otros. Parte de esa producción va a parar a las arcas imperiales de Gribash. Tienen un observador del emperador, y a su vez, un representante en la capital del imperio.

Su vida es muy plácida cuando no hay guerra, pero cuando la hay, todos participan y abandonan sus tierras. Los hombres tienen muchas mujeres y algunas de ellas, las que tienen más fuerza o gozan de favores del emperador –guerreras, cortesanas, bailarinas– también poseen varios hombres.

Después de contarles todo sobre ellos y escuchar algunas historias sobre los humanos y sus tierras, mayormente fabuladas por Sacary, los invitaron a dormir, preparándoles dos casas con colchones, almohadones, ropa y todo lo que pudieran disfrutar.

 

VI – La separación.

 

–¡Ah...! ¿cómo durmieron? –pregunta Enrique luego de bostezar y desperezarse largamente.

–¿No escuchaste gritos de mujer? –se sonríe Sheila.

–Me pareció...

–¿No saben lo que pasó? –exclama Fabiana–. Bueno, les cuento.

–A ver...

–A oír ¿no?

–Si se puede ver también –replica él socarrón.

–Mmm, no te voy a contestar –Fabiana sonríe y continúa–. Era bastante tarde, yo ya estaba entredormida. Sheila roncaba y...

–¡Qué! –grita la aludida–. Yo no ronco.

–Bueno..., decía que Sacary dormía afuera de la habitación, en la salita. En eso, siento algo extraño, como cosquillas. Eso me sobresaltó, y se me fue todo el sueño, y como seguía sintiendo que algo me tocaba, miré y tenía sobre mí a uno de estos tipos... dándome un beso, en la mejilla.

–No era para tanto –comenta Guzmán.

–¿No? ¡Eso dices tú! Yo empecé a pegar unos gritos que, no sé... Sacary vino y el tipo, que al final estaba más asustado que yo, se explicó.

–Yo no podía aguantar la risa, después que me curé del susto –asegura Sheila.

–Sí, y resulta que entre ellos es común tener cualquier mujer cuando quieran y nadie se queja.

–Son demasiado promiscuos –dice  Carlos.

–Pero en algunos aspectos, los humanos también lo son. Todos tienen varios hombres o mujeres en su vida –replica Fabiana–, los esposos se engañan, hay bígamos, hay prostitutas.

–Eso no es disculpa –interrumpe Enrique–. Yo tengo una esposa, y una familia y creo que eso es lo correcto. Una pareja debe ser fiel.

–¿Tú lo crees? –replica Sheila.

–Esperen, esta discusión no lleva a ningún lado –comenta Guzmán.

–Si vamos a enseñarle algo a estos seres, yo creo que debe ser a ser fieles y menos... alegres en sus costumbres –declara Carlos.

Como los demás bajaron la vista y no contestaron nada, él lo tomó como un sí.

 

Luego del desayuno – carnes y verduras, como en todas las comidas –, que a todos les agradó y que Carlos se sacara el gusto de predicar la fidelidad y la moral cristiana ayudado por Sacary – “se está tomando muy en serio su papel”, comentó Fabiana –, están listos para proseguir el viaje.

Unas mujeres con altos peinados les dan obsequios en nombre de todos los Mngaris: ropas nuevas – ¡es eso en alusión a nuestro aspecto!, exclama Sheila –, también cacharros con aceites, sangre, vegetales y carne pasados, grasa para alumbrar. Al revisar todos los regalos, Enrique exclama:

–¡Ya tengo una colección de estos jarros!

–Además no entendieron lo del barbarismo de la sangre –agrega Carlos, frunciendo la nariz al meterla en un cacharro–. ¡Son unos inmundos, miserables salvajes!

–Vamos, señores míos –interrumpe Sacary–. Nos esperan afuera de la villa.

Y salen del caserío, seguidos por las miradas satisfechas, sonrientes y admiradas de los mngaris. Afuera del pueblo, cerca de un riacho, espera la columna de tukés. Al ver a los humanos, un vestido blanco se levanta de la roca donde estaba sentado y se aproxima a su encuentro. Starinshe, brillante como una perla bajo el sol, los saluda y dice: –Ha llegado el final de mi viaje.

Los cinco quedan tiesos, pálidos. Lo ojos de Fabiana y de Sheila hacen de muda interrogación al fijar sus miradas en el Gran tuké.

–Así es, señores y señoras...  Debo volver a las montañas, como el resto de nosotros. Ahora comienza su verdadero viaje: será más peligroso y difícil, ya que encontraréis pueblos cerrados e incrédulos, duros e insensibles. Deberán separarse y seguir su peregrinación en dos grupos, tal como lo dice la leyenda.

–¿Qué leyenda? –pregunta Guzmán, apartándose el cerquillo de los ojos.

–La que habla de la Agasia y sobre Uds. los que llegarán en momentos de gran tensión, nos salvarán y volverán a su mundo, y serán amados y adorados por la eternidad.

–¡Mi dios!

Luego, los tukés se van retirando poco a poco, hasta sólo quedar Starinshe, Sacary y otro tuké frente  a los atónitos viajeros.

–Señora Fabiana Peralta, señor Robinson, Uds. dos serán un grupo, que viajará con Sacary al imperio de Gribash, hasta la capital. De hecho ya se encuentran en su imperio. Uds., Sheila Iturria, señor Blanco y Guzmán Gianetti, viajarán con Marius, hacia el imperio Sardónico... siguiendo los ríos hasta llegar a su capital. Como no quiero influenciarlos y confío en su sabiduría humana, ya me despido.

Sin más palabras, el solemne anciano da la vuelta y se aleja con los demás para cruzar el río. Los cinco viajeros lo contemplan irse, se miran indecisos y sin saber qué decir. ¿Qué es lo apropiado cuando no se sabe lo que vendrá, si se van a ver de nuevo, si sobrevivirán en esa tierra extraña, cuando terminará su misión? ¿Cuál es su misión? Sólo se abrazan, uno a uno, toman la ropa y comida necesarias y dejan lo demás, y se separan.

De repente, Fabiana se detiene: ¿por qué han de seguir lo que dice el viejo Starinshe y no han de seguir como ellos quieren?

Vuelve a mirar a los otros que se alejan, aprestándose a tomar la balsa      y buscar lo desconocido, pero sólo Guzmán vuelve la cabeza un instante. Entonces ella se apura y alcanza a Carlos y Sacary, que se internan en la eterna llanura de guijarros y piedras grises, violáceos, verduzcos, negros, colores como de película gastada. Sin embargo, arriba brilla el esplendoroso sol de Duma, que parece no llegar a iluminar la gris mañana o el incierto futuro.

 

Luego de recorrer un largo trecho a orillas del río, llamado Siszur, buscando un transporte, Sheila, Enrique y Guzmán encuentran un pequeño puerto. En un lugar donde las turbulentas aguas del Siszur forman un remanso, hay una pequeña caleta y en ella, amarradas, tres balsas de troncos. Sentado en una de estas, un alto y flaco individuo de tez bronceada, con una coleta de cabello negro muy escasa, vestido de amarillo y con las piernas, flacas y largas al descubierto, este sujeto está comiendo algo grasoso e inapetecible. Al ver al extraño grupo guiado por un monje, se levanta y mirándolos cauteloso pero con un brillo curioso y ambicioso en las pupilas, saluda con una exagerada genuflexión. Marius le habla, al parecer tratando de negociar el precio del viaje, y luego explica:

–Nos lleva a donde el rey Sardo a cambio de algunas de esas ropas y de saber quienes sois.

–Está bien, díselo –asientes los tres.

El moreno sonríe, los ayuda  a subir y toma un largo remo. Con un golpe de este se apartan de la orilla, el hombre desata la soga que los ata a una estaca y comienza el viaje. Los tres humanos se acomodan en la estrecha balsa: Sheila moja sus dedos en las claras aguas y sonríe, mira adelante y ve lo que le espera; en cambio Guzmán y Enrique, sentados uno frente a otro se miran serios, a veces hablan. Enrique siempre habla de su esposa y sus hijos y su nostalgia, el otro es más callado, nunca dice que piensa en realidad.

–Tipi, el balsero –dice Marius–, les anuncia que el viaje será largo, de varios días.

 

VII – Un refinamiento de crueldad.

 

El paisaje de la llanura va cambiando.

Luego de caminar dos horas pasan frente a un caserío abandonado, parecido al de los mngaris pero totalmente destruido. Las casas, quemadas o aplastadas, los cadáveres semi-cubiertos con telas y cueros se caldean y se pudren en las calles y unos animales parecidos a las ovejas por su lana pero con un cuerno en la frente, gimen cerca de los cadáveres, se ceban en ellos, heridos, sangrantes, con la piel hecha jirones. Al rato, ven un campamento abandonado, en un estado parecido al de la aldea, con fuegos aún humeando.

–Soldados de Gribash –es lo único que dice Sacary y continúa la marcha.

Luego de una marcha forzada, deteniéndose sólo tres veces a descansar, a la noche encuentran refugio entre unas rocas. Sacary enciende fuego, Fabiana trae agua de un charco cercano, Carlos descansa su ejecutivo cuerpo contra la roca. Aún energética, la muchacha se lava la cara y las manos, y todavía le quedan fuerzas. Comen, avivan el fuego y se tiran a dormir. Apenas apoyan la cabeza, los ojos se cierran.

En el negro cielo aparecen unas estrellas, luego una luna grande, redonda y blanca y, cerca de esta otro satélite más, una luna más pequeña y azulada. El aire se va calentando y ya no hace el mismo frío de cuando cae la noche.

Hay primero un rumor, algo sordo y lejano, pero que se acerca. Parece un galope, pero los durmientes no lo oyen. El sonido aumenta hasta llegar a su lado.

Un grupo de seis o siete jinetes, posiblemente alertados por el humo de la fogata, se detiene junto a los tres viajeros. Son guerreros: musculosos, armados de lanzas, cubiertos por una armadura el pecho y los hombros, por una piel la espalda y pantalones amplios y cortos, y van montados en una especie de caballo macizo y de pelo largo. Desmontan y dialogan entre sí en voz baja. Por último, el más fuerte y bajo de estatura, se acerca  a los durmientes.

A Carlos lo mira con desdén, en cambio a Sacary con asombro y les hace una seña a los otros. Los ojos del hombre se expanden al ver a la mujer. Sus compañeros se acercan arrastrando las lanzas, produciendo un leve susurro, y se inclinan sobre los humanos y el tuké, examinándolos. Puestos de acuerdo, dos sujetan a los hombres y el bajito toma a Fabiana por los hombros.

El grito que dio la joven al verse levantada por un hombre desconocido es indescriptible. Su alarido y los gritos de socorro, sus movimientos frenéticos revolviéndose entre sus brazos, sorprenden tanto al hombre que la suelta como si quemara.

Los otros viajeros, desorientados al ser despertados bruscamente por los alaridos y verse aprisionados por unos fuertes individuos, observan con ojos redondos y palidísimos. Fabiana deja de gritar y tomando una piedra bastante grande, amenaza al grandote mientras le grita:

–¡Atrás, hijo de puta! ¡Te voy a partir la cabeza!

Extrañados, los guerreros no entienden nada. Bajo la luz de la luna, la mujer resplandece y entre ellos comentan quién podrá ser, nunca vieron piel tan blanca. Además lleva el cabello largo y es abundante, mientras que sus mujeres tienen poco pelo y siempre negro.

–¿Quiénes son? –pregunta torpemente Sacary en el primer idioma que le viene a la mente.

Uno le contesta  y a la vez le hace la misma pregunta. Confuso, Sacary duda en contestar, pero al final se lo dice.

La cólera surge en el rostro del más bajo, que murmura unas palabras e indignado grita unas órdenes. Unos agarran a Fabiana que se resiste, y otros  a Sacary y los suben a los animales. A un grito del jefe se lanzan al galope, abandonando a Carlos, helado en su terror. Fabiana se retuerce e intenta tirarse del animal, aúlla y araña al que se la lleva.

Aún así entorpecidos, siguen corriendo, levantando polvo, hacia el horizonte.

–¡Auxilio! –sigue gritando la mujer–. ¡Por que a mí...

 

Al día siguiente, en un pueblo perdido en la gran llanura. Las casas están destrozadas y sólo algunas son usadas. Mujeres y hombres, medio vestidos con armaduras, están desperdigados por la aldea, unos sentados alrededor de fuentes de comida negruzca y viscosa, y otros deambulando.

El grupo de jinetes entra ruidosamente alterando la paz. Entre el bullicio de todos, una voz  más fuerte y ronca se alza, y abriéndose paso hasta el grupo de jinetes, pregunta algo. Sumiso, cabeza gacha, el jefe responde al imponente personaje. Luego este se acerca  a los cautivos y fija sus ojos con admiración y sorpresa en la joven. Con la mano derecha le toca la barbilla, ella saca la cabeza con desprecio. Él sonríe satisfecho.

Ya dispersa la multitud, los dos prisioneros son conducidos a una casa vacía y arrojados dentro.

Permanecen allí a oscuras, sin tomar agua ni comida desde hace más de doce horas.

–¿Qué va a pasar? –susurra la muchacha.

–No lo sé, señora. No vamos a salir de esto con el truco del encendedor –responde Sacary.

Fabiana lo mira. El tuké está usando un tono de voz poco común en él. Y tal vez no es tan tonto como parece.

–Son sardos.

–Pensé que íbamos para el otro lado.

–Y así era. Esto es sólo un campamento. Seguramente fue antes un pueblo de Gribash. No sé que harán con nosotros, pero ellos van  a irse a su tierra. Si no son alcanzados por sus enemigos, claro.

Resignada, Fabiana se sienta, apoyando la cabeza contra lo que antes fue un camastro u otro mueble.

–Algo hay que hacer. Debemos escapar –dice–, o nos vamos a ver en medio de una guerra.

 

Al rato no se oye ningún ruido de afuera.

Fabiana, como si recién despertara, abre mucho los ojos y con todos los sentidos alerta gatea hasta la puerta. “Suerte que no nos ataron”, piensa. Hay muchas rendijas en las paredes y puerta.

–¿Qué haces? –susurra Sacary.

–Trato de ver si hay alguien vigilándonos.

Mira por una rendija: nadie a la derecha de la puerta. Ahora mira a la izquierda: nadie. Hace una seña al tuké para que se acerque y otra para que no haga ruido.

Con un leve crujido se abre la puerta. “No pueden ser tan tontos”, piensan ambos, pero igual siguen. No se van a quedar por eso.

Ambos salen y vuelven a cerrar la puerta con cuidado. La callejuela está vacía, el sol arde arriba. Fabiana camina hacia su derecha sin saber adonde va. Algo le toca el hombro.

–No podemos irnos sin agua –susurra Sacary, apremiante.

Ella asiente y se dirige hacia donde creyó ver antes un pozo. Efectivamente, a la entrada del caserío hay un pozo lleno de agua turbia y caliente, pero al menos es agua.

Allí cerca colgados hay unos cuernos huecos que seguro usan como cantimploras. Como de acuerdo ambos van a tomar uno.

La muchacha está llenando el suyo cuando siente que de nuevo le tocan el hombro:

–¿Qué quieres, Sacary?

Una mano fuerte le oprime el hombro y ella se da vuelta, asombrada. Se enfrenta  a un hombre grande y musculoso que le lleva veinte centímetros. Da un grito y le arroja el contenido del cuerno. Por reflejo, el guerrero se hecha hacia atrás, y como un rayo ella sale corriendo. En su ciega carrera algo se le interpone y la abraza.

Grita y se revuelve al reconocer al jefe de los jinetes. Pero este no la suelta. Vienen otros con una cuerda y le atan las manos a la espalda. Cuando uno, muy robusto, la lleva casi arrastrando tomándola por el tronco, ella sigue pataleando.

Al final nuevamente es arrojada en la oscura casucha que les sirve de cárcel. Mira alrededor y pregunta:

–¿Sacary? –no recibe más respuesta que su eco.

Aliviada, piensa: ¡logró escapar, logró escapar! ¡Aprovechó, ese condenado aprendió!

Siente pasos afuera, se abre la puerta y ¡oh, decepción! Sacary, también atado es lanzado a su lado entre risas de los guerreros.

Fabiana maldice con las peores palabras que puede recordar de su lengua natal. Sus imprecaciones detienen a los guerreros  y paran sus risas. Por su tono de voz no es necesaria la traducción. Se miran y de común acuerdo, se acercan a ella y uno la sostiene mientras el otro, con un pedazo de cuero, la amordaza.

Se van al fin.

La mujer balbucea algo, estirando la cabeza. El tuké la mira, sin comprender. Exasperada por la tranquilidad de su compañero, ella se arrastra hasta sus manos.

Tras unos minutos, él logra desatar la mordaza.

–¿Cómo es que estás tan tranquilo? –pregunta ella, mientras descansa en el piso, cuidándose de no elevar la voz.

–Soy un sacerdote –contesta él con naturalidad.

–Pero, ¿puedes desatarme? –replica ella irónica aunque sonriendo.

–¡Uf! Nada más fácil.

Una vez libre la muchacha, desata al tuké.

–Lástima que nos pescaron –dice Fabiana–. Lo que no entiendo es cómo no pusieron guardias, ni nos ataron, ni cerraron la puerta...

–Creo que es parte de su crueldad refinada. Muchas veces he oído que hacen cosas así, como esperar al último minuto cuando uno cree estar libre, y entonces lo recapturan. O torturar a sus prisioneros y al fin, cuando no pueden resistir más dolor, los dejan con vida en vez de matarlos... para que sufran un poco más. A veces sus castigos son quemar los ojos o cortar una parte del cuerpo, en vez de ejecutar.

Hay un largo silencio, mientras ella parece caer en la cuenta de lo que está oyendo. Al rato, Fabiana dice:

–A la noche lo intentaremos de nuevo. Y cambiando de tema, mejor me explicas bien que es lo que pasa en este planeta.

 

VIII – La nueva tecnología.

 

El Siszur sigue su camino rápidamente, arrastrando a los cinco viajeros a lo largo de su recorrido. La cinta azul, ancha y brillante corre por un paisaje de belleza salvaje. Al fondo, las lejanas montañas besan el cielo, grises o azuladas e interminables. Ambas orillas están cubiertas de verde y a lo lejos se divisan pequeños bosquecillos de árboles altos y majestuosos que desde la copa de sus troncos parecen mirarlos altaneros.

Tipi, quien conduce la barca, rema impasible, sin pronunciar palabra. Parece no interesarse ni preocuparse de sus extraños pasajeros. Mira fijamente hacia delante, presta atención al río y navega con entrega.

Los tres humanos mantienen una charla liviana.

Después de unas tres horas de viaje el río parece detenerse; pero no, no se detiene sino que sufre una repentina disminución de velocidad. Sus ondas ya no están, parecen navegar sobre gelatina.

Sheila prueba en sus dedos el agua: parece más densa, como una baba. Retira la mano, con un grito.

Sus compañeros parecen sobresaltarse. El balsero no se inmuta. Marius lo interroga y obtiene como respuesta:

–Sorsogón mi.

–¿Qué? ¿qué quiere decir? –se impacienta Guzmán.

–Es un fenómeno de algunos ríos –explica Marius–: cuando recibe un afluente o cuando se abre en varios brazos el agua se hace espesa y es difícil avanzar. Tardaremos horas en cruzar este sorsogón.

–¿Por qué hay un... sorsogón aquí? –pregunta Guzmán, mientras se quita el cabello que la brisa le arroja a la cara.

–Porque el río Siszur aquí se abre en muchos brazos, como un árbol, hasta el lago de los Sardos –contesta Marius, convincente. Aunque él nunca viajó allí, de hecho nunca salió del monasterio, sabe mucho sobre el Duma, siendo este su trabajo.

 

No pasaron quince minutos, pero parecen una eternidad. Todos se revuelven impacientes, mirando a un lado y otro, cambian de lugar. Todos, menos Tipi, que sigue tranquilo, lacónico si se quiere. El terrible esfuerzo de remar se nota en sus músculos tensados al máximo.

Según contó Marius, Tipi es un expatriado del reino sardónico. Son muy rígidos y severos: están divididos en pequeños grupos mandados por un jefe elegido por el rey, y estos jefes son muy respetuosos y fieles al rey. En su sociedad sólo se aceptan los mejores, los débiles, los demasiado bajos o viejos, enfermos, son ejecutados. No están permitidas las religiones, las asociaciones, el arte o la ciencia, ya que creen que todo eso es inútil. Los pueblos que someten son limpiados de todo eso y desechan adelantos o creencias o ideas que vayan en contra de sus ideales de pureza y adoración al reino. El imperio de Gribash también opina igual, pero no es tan organizado como el de los sardos. Así, Tipi fue expatriado pues era una especie de brujo en su tribu, poco beneficioso para el reino.

Volviendo a la barca, pasaron treinta minutos y el ambiente se impacienta. Parece que además de enlentecer la marcha el sorsogón afecta el ánimo.

De repente, Guzmán se levanta y llevándose la mano a los lentes, exclama:

–¡Claro, cómo no se me ocurrió antes!

Atónitos, Sheila y Enrique lo contemplan como a un loco. Ella pregunta:

–¿Cuenta de qué? ¿Qué ocurre?

–¿No hay algo que te molesta? –es la respuesta.

Sheila balbucea: –No... no.

–¿Tu cabello?

–Mi... cabello... –repite ella, aún menos enterada que antes de qué le habla.

Entonces su rostro se ilumina.

–¡Ah, claro! El viento –exclama, casi saltando.

–¿De qué hablan? –interrumpe, expectante, Enrique.

–Mira, siente, el viento –habla el muchacho–... hace rato que esta brisa me molestaba y no me había dado cuenta. De repente, se me ocurrió esta idea. El viento... podemos hacer una vela.

–¿Para llegar antes a lo desconocido y al peligro? –replica el otro con mala cara.

–No seas negativo –rezonga Sheila.

Enterado Marius del proyecto, se lo comunica al remero Tipi. Este mira con cara de no comprender, o bien, de alguien que no está seguro de lo que le dicen. Al final asiente, despreocupado, y dirige la barca hacia una orilla.

–Lo primero es cómo vamos a colocar un palo –dice Guzmán, saltando a tierra.

Miran alrededor. Allí cerca hay un árbol caído. Enrique y Marius lo van a estudiar para obtener alguna rama derecha, mientras Sheila encuentra en sus equipajes una manta azul liviana que servirá de vela. Guzmán mira y observa la barca, calculando en su mente.

Mientras trabajan, Tipi mira el río, sentado en una roca y sólo observa a los extraños un instante, con ojos alertas, cuando estos colocan el palo y lo atan con cuerdas que van hasta los bordes de su barco. Finalmente, al ver la obra terminada se acerca y mientras lo echan de nuevo al río, esboza una sonrisa.

Y funciona perfecto. Sí, guiados por la mano experta de Tipi y empujados por el viento, avanzan como si no existiera el tal sorsogón. Y allá va, orgullosa con su vela azul hinchada, una tosca embarcación con un palo mayor estrafalario.

 

IX – Otro intento de escape.

 

Y se hace la noche. Lentamente, el cielo va cambiando de color: el azul deslumbrante se apaga, se pone grisáceo y lo profundo de su color se diluye hasta quedar del tono malva-violáceo que precede al anochecer. Finalmente salen las estrellas y las lunas.

Fabiana hace rato que está sentada con las piernas cruzadas y la cabeza entre sus manos, pensativa. De pronto, le susurra a Sacary, que dormita hace largo tiempo, con la cabeza caída sobre su pecho.

–ey, Sacary, ey... despierta –trata de no levantar la voz.

El tuké se mueve un poco y continúa en su ensueño. Ella lo sacude de un brazo con firmeza. Sobresaltado, él levanta vivaz la cabeza y exclama:

–¿Qué... ya vienen?

Fabiana le hace una señal de silencio, llevándose un dedo a los labios. Él parece entender y sonríe.

–Tengo una duda –dice ella–. Tú dices que ellos, los sardos, son machistas, como diríamos en la Tierra –él asiente con la cabeza–. Entonces, ¿por qué vi mujeres en el campamento, guerreras?

–Ellos dicen:  “mujer, buena para cocinar, para hacer trabajos simples, para atender al hombre, pero mala para pensar”. Por eso es que las usan casi como esclavas, para todos los trabajos sucios y pesados, para que carguen, limpien vísceras y laven sangre de las armaduras, para que los atiendan, en todos los sentidos. ¿Entiendes? Pero no hay mujeres jefas, ni gobernantes, y no tienen ningún derecho, ni...

–Sí, sí, ya entiendo –interrumpe Fabiana, y una sonrisa juguetona aparece en sus labios.– Ven –agrega, incorporándose.

La muchacha se sacude el polvo y camina hacia la pared trasera. Hurga entre los escombros que forman casi toda la pared hasta encontrar algo que la satisface. En un sitio el barro parece más delgado y, rascando un poco con un cascote, se percibe una ráfaga de aire fresco. Continúa trabajando, agrandando el agujero hasta que hay espacio para pasar.

Primero sale Sacary, ayudado por Fabiana, y luego ella. A un lado y otro no hay nadie. Se sienten ruidos estrepitosos: los guerreros están cenando. No hay luz pero las lunas iluminan lo suficiente.

Con cuidado, las frentes sudorosas y cubiertos de tierra van los fugitivos, internándose en las sombras. A la salida del poblado está el agua y los animales de carga, por lo tanto deben pasar por allí; pero hay un problema, hay un guardia y antes que él, una tienda de donde sale luz.

Sigilosos, se acercan hasta unos diez pasos del guardia, y se agazapan junto a unas ruinas. El guardia está cansado y se apoya sobre su lanza, y cierra los ojos como si dormitara. Fabiana mira a su alrededor y encuentra una tabla como de un metro de largo y tres centímetros de espesor.

Toma la tabla con ambas manos, se acerca al guardia que está de espaldas. Este no parece percibir nada. La mujer piensa en darle un gran golpe en la nuca, para que caiga inconsciente. Levanta la tabla sobre su cabeza y cuando va a descargar el golpe, el hombre se da vuelta. Sacary se lleva una mano a la boca, para reprimir un grito. Fabiana sí lanza un pequeño grito, y mientras el guerrero está todavía levantando la cabeza, le descarga todo el peso de la tabla en el rostro. Le cae en plena frente. Noqueado, los ojos en blanco, cae hacia atrás con un ruido seco, igual que el sonido de una fruta podrida que cae del árbol. Fabiana mira la tabla, asombrada, y hay una mancha roja. Luego le susurra a Sacary, que ya está a su lado:

–Vaya, nunca lo había hecho... Es divertido –y sonríe, mientras tira la tabla sobre el hombre caído.

Tomando la lanza, van a recoger los cuencos para el agua; así tienen armas, agua y transporte. Imprescindibles. Listos y seguros de sí mismos, van a buscar  a los equinos.

Pasan cerca de la tienda iluminada. Fabiana para y detiene a Sacary:

–¿No te sientes observado?

–Tal vez será por... –contesta trémulo– por eso.

Fabiana dirige la vista hacia donde él está mirando y empalidece.

–¡Oh, no...! ¡Otra vez! –se queja.

Paradas, quietas y silenciosas, hay cinco mujeres. Están sucias y desgreñadas, vestidas con harapos, pero empuñan hacia ellos lanzas muy filosas. Los rodean. Los empujan hasta la tienda.

Sin quitarles el ojo de encima, hablan entre sí, parecen discutir.

–¿Qué dicen? –interroga la terrícola.

–Discuten que van a hacer con nosotros.

–¿Y que decidieron?

–Van a avisar a los hombres, que son los que deciden.

Una de ellas hace el ademán de salir, pero un grito de Fabiana la detiene.

–¡No! ¡No les avisen!

Las mujeres se miran, intrigadas por el extraño acento.

–Diles que deben escucharme, por favor.

Sacary así lo traduce y recibe como respuesta:

–Preguntan por qué deben hacerlo.

Indecisa, Fabiana piensa y al final dice:

–Somos amigos, venimos a ayudar al reino de los sardos.

Parecen convencerse, pues ninguna sale de allí. La miran ariscas y desconfían. La mujer de la Tierra sonríe con franqueza.

 

X – Fraternidad femenina.

 

–Bien, dicen cómo es eso de qué somos amigos –traduce Sacary.

–Explícales de donde vengo y qué hago aquí.

Sacary parece sorprenderse pero sin replicar, continúa.

Los rostros de las mujeres pasan por varias emociones: desconfianza, sorpresa, incredulidad, asombro. Finalmente todas vuelven los rostros expectantes hacia Fabiana. Esta hace acopio de toda su fuerza y comienza su discurso.

–Yo soy una igual, una mujer como Uds. En mi mundo, también hay hombres y mujeres, y en ese sentido somos parecidos. Pero... he notado algunos hechos que están mal, son incorrectos, y me hacen temer por el futuro de este mundo. Por ejemplo, me dicen que aquí las mujeres no podemos decidir nada y que los hombres lo hacen por nosotras. En mi mundo esto no es así, allá los hombres y mujeres son compañeros ¿entienden?

Negativa total.

–Explica mejor –aconseja el tuké.

–Bien, aquí voy... –ella asiente y trata de formular una sonrisa segura–. Como antes decía, aparte de que allá en la Tierra somos compañeros, somos todos iguales. Es decir, aunque haya hombres y mujeres, algunos sean más listos o más bobos, todos tenemos los mismos derechos.

–No saben lo que son derechos, ¿qué les digo? –susurra Sacary.

–Un derecho es lo que te permite hacer algo o no hacerlo, tener algo y disponer de ello cuando quieras, y también... que otros no te puedan decir que hagas lo que no te gusta... ¡vaya, es difícil salir con algo!

–Algo van entendiendo, aunque no sé que planeas... –la  anima Sacary–. Ve esas sonrisas.

–¡Ah, ya sé! Aquí por ejemplo, los hombres pueden obligar a las mujeres a hacer lo que quieran, y las hacen hacer todo lo que es más vil y más bajo, que ellos no harían, como si Uds. fueran idiotas. Pero en mi planeta somos más fuertes, más poderosos, más felices, porque todos tenemos libertad y los mismos derechos.

Las mujeres escuchan absortas, aunque dudando.

–Lo más importante es la libertad, sobre todo la libertad de pensar, de actuar, de hablar por uno mismo. Cada uno puede pensar por sí mismo... entonces, ¿por qué solo pueden decidir que hacer los hombres? ¿acaso Uds. no pueden o no saben pensar?

Todas protestan.

–Ah, claro que Uds. son muy inteligentes, tanto como ellos. Uds. pueden hasta ser mejores que los hombres, por eso no las aceptan. Pero si luchan, como fue en la Tierra, con el tiempo ellos les darán el lugar que se merecen. Si me creen, que vengo de otro lugar, entonces deben confiar en que las ayudaré.

Silencio. Las caras se consultan entre sí. Una habla:

–Nosotras ya habíamos pensado eso, aunque nunca lo dijimos y no lo vamos a decir. Ellos mandan, son los jefes y nosotras soldados. Si mi esposo se entera de esto, me repudiaría y me entregaría al jefe. Iría a las mazmorras, y si tengo suerte me ejecutarían, y eso le pasará a Ud. Los sardos son así  y no van  a cambiar. Los que tienen estas ideas son eliminados, van en contra del sistema de nuestras vidas. Y Ud. debería callarse y cuidarse.

–Yo pensé que entenderían y me ayudarían –dice Fabiana apesadumbrada, acercándose a ellas–. No me imagino que sean felices sometidas, así que supongo que son miedosas y no tienen orgullo, o peor, les gusta que las traten mal y ¡no tienen cerebro! Si pueden vivir mejor y no luchan por eso, para qué están luchando, perdiendo la vida en esta guerra... Pero no, en realidad son fuertes, ¡son las que hacen todo, por Dios!, son poderosas. Y ahora son como animalitos.

Hay ruidos, una conmoción afuera. Voces de mando y corridas. Fabiana y Sacary se juntan, pálidos.

–¡Oh...! No... otra vez –gime la joven.

Una de las mujeres sale de la tienda. Las otras permanecen impasibles y en sus rostros no se adivina nada. Fabiana murmura: –No mostremos miedo.

Y se para orgullosa, bien plantada en sus pies, los brazos cruzados y la barbilla adelantada. Sacary permanece atrás suyo, las manos juntas, temblando.

Afuera la mujer habla con el jefe. Su alta silueta se vislumbra a través de la tela, gracias a un farol de mano. Amenaza con el puño, mientras la mujer escucha paciente que acabe de hablar y gritar al viento. Una frase tranquila de ella y él se calma. Cuando ya va a entrar, él la detiene y le dice unas palabras más. ella se niega, y exclama algo.

Se entreabre la tela que cubre la puerta: un centímetro, dos, cinco, diez.... Una mano la aparta con decisión. La luz del farol, el brazo y la cabeza barbuda aparecen por la abertura.

–¡Ah... –gruñe el hombre.

Ve dos mujeres que sostienen un jarrón, otra a medio vestir, otra acostada sobre unos trapos. Dice algo en broma, sonríe fieramente y se retira.

La que está afuera espera que se aleje, entra y cierra lo mejor que puede la puerta de tela.

La que está acostada se levanta y descubre a Fabiana y Sacary.

–¿Cómo pesas tanto? –exclama la muchacha.

–Y a mí, que me tenía de colchón...

Se arreglan la ropa llena de polvo y Fabiana sacude su largo cabello.

–Agrádeseles, Sacary. Tienen esperanzas.

Ellas sonríen complacidas. Una cierra un puño bien fuerte y lo levanta. Siempre hay luchas.

Con la ayuda de las mujeres, consiguen el transporte y provisiones. Dos caballos esperan atados afuera, listos para que huyan.

Amparados por las sombras de la noche, ayudados por la suerte, logran al fin un escape exitoso.

 

XI – Una noche única.

 

Cada vez más adentrados en el territorio de Gribash, en una tierra desconocida y llena de extraños, en un planeta que no es el suyo. Esto piensa Fabiana mientras cabalga en esas una de esas criaturas parecidas a los caballos que no sabe como llamar, pues no logra pronunciar su nombre. Supone que sus compañeros piensan lo mismo, incluso Carlos, dondequiera que esté.

La llanura austera va cambiando. Ahora hay lomas de particular belleza, bosques muy verdes, arroyos cristalinos, y todo lo que se le puede agregar a una campiña alegre y brillante de la Tierra –si es que aún las hay aquí y no solo en cuentos de hadas–, eso sí, en Duma no hay aves, nadie vuela.

–Hmm... qué belleza –exclama de pronto la muchacha–. ¿Cómo es que quieren cambiar esto?

–Ellos no lo quieren –advierte Sacary–. Son cerrados y anticuados. No conocen nada distinto y no lo quieren conocer.

–Pero... si llegan a ser como los humanos, esto ya no será tan bello. Habrá basura, humo...

–Si los humanos predican la convivencia con la naturaleza, sin dejar de lado la tecnología –protesta él.

–Lo que predicamos no es la realidad. ¿Conoces el dicho “haz lo que yo digo, mas no lo que yo hago”? Pues esa es la verdad: hablamos, hablamos, todo muy lindo pero...

–Entonces, ¿cómo es que la Tierra es un lugar tan lindo para vivir?

–Es como cualquier otro, eso supongo yo. Hay cosas buenas y cosas malas. Pero dime, ¿nunca habías estado antes en la Tierra?

–No, yo no. Los que estamos a cargo de ser guías y traductores nos dedicamos a eso:  a conocer geografía e idiomas. Otros son los que viajan y luego cuentan y enseñan a los otros. Así es que los tukés hace siglos estudiamos sus costumbres y lenguas, para prepararnos.

–Pues los que viajan solo cuentan lo bueno.

–Tal vez es que lo malo no nos interesa...

–Pero, aunque sea por accidente, nosotros cinco podríamos enseñar algo perjudicial.

–Yo confío... por lo menos, en ti.

Ella sonríe al pequeño – en tamaño, pues no en edad – con dulzura y agradecimiento:

–Gracias, es bueno escucharlo. Yo también confío en ti, y en los demás. Creo que por una vez el destino no se equivocó.

Entonces, como un baldazo de agua fría, lo ve. En medio del paisaje sereno y grato, una columna de humo negro y denso, da un sabor agrio a la dulzura del instante. Y también oye: una ráfaga de viento le trae un rumor de trueno, de estampida repentina. Y como si recién ahora empezara  a oír, tiene la sensación, como en un sueño, de encontrarse en medio de una batalla, pero en un tiempo pasado, lejano y olvidado, de caballeros y salvajes.

–Sí, sí... –Sacary la trae de nuevo a la realidad–. Es una batalla.

Algo muy antiguo, guardado entre las más escondidas células de Fabiana, algo primitivo pero refinado, le quita todo temor y razón, y dice:

–Vamos, quiero ver de cerca –lo dice sin agitación, serena y segura.

El monje la mira con ojos preocupados, pero la sigue.

Trotan hasta una loma alta que les ofrece una vista panorámica de la lucha. Sardos e Imperiales, hombres contra hombres como fieras. Un lujoso fresco barroco con movimiento propio.

–Una ópera le vendría bien a esta escena –comenta Fabiana, sin cinismo–. Tal vez la apertura de Carmina Burama.

 

La batalla ha durado menos de media hora.

Sólo ha sido un choque fortuito de las fuerzas de cada imperio. Sin un triunfador, pérdidas de vidas en igual cantidad para ambos y unas cuantas deudas y venganzas para cobrarse mutuamente, se retiran cada uno por su lado.

Una pequeña porción de las tropas, unos guerreros todos montados a caballo – o como se llamen esos bichos – se dirige directamente a donde se encuentran Fabiana y Sacary. Están escondidos en una hondonada formada por la ladera de la loma y unas rocas, agazapados junto a sus monturas.

Se pueden oír los animales acercándose al galope, ya tan claro, que parece que les van a pasar por encima. Se agachan más y más, todo lo posible, contienen la respiración.

En un grupo un poco disperso pasan los guerreros. Parece que ya están a salvo: el grupo pasó a su lado y ni los vieron. Fabiana levanta un poco la cabeza para ver y enseguida la baja. Todavía faltan algunos. Un hombre gordo pasa casi al trote, un poco ladeado como si le doliera un costado. Dos retrasados tratan de alcanzar al grupo principal. Cada vez que pasa uno sin notarlos, Fabiana respira mejor y Sacary suspira, dejando de transpirar un segundo. Luego se acerca otro al galope. Los dos caballos escondidos están también muy nerviosos y  miran con sus ojitos redondos y ansiosos, húmedos por la emoción.

Resuenan en sus oídos cada paso del caballo que se acerca, cada uno más potente. Ahora retumba el suelo. Ha subido por la loma y parece que va a saltar sobre sus cabezas...

Cuando pasa sobre ellos el animal con su jinete, una de las dos bestias no resiste más. Sale corriendo tras de los otros con un alarido estremecedor. El primer impulso de Fabiana es retenerlo, pero ya es tarde, no logra agarrar un pelo siquiera. Mientras intenta calmar al otro animal se da cuenta de algo raro: hay silencio, ya no hay gritos y galope.

Lentamente gira su cuerpo. La mayoría del grupo ya se ha alejado. Una docena o menos de jinetes están allí enfrente, clavados en sus lugares. “Otra vez, no...”, piensa la joven. Los guerreros están tan asombrados como ellos asustados. Uno tiene intenciones muy violentas marcadas en su rostro.

El que retiene al caballo escapado con unas caricias lo calma y controla, y se acerca con él. Es un hombre muy guapo, de bigotes negros, calvo en las sienes y muy bronceado. Los saluda, es amable y controlado.

–Diles que somos viajeros –susurra Fabiana a Sacary–,  y que no tenemos nada que ver con su lucha.

El hombre escucha, parece entender y les invita a seguir con ellos.

–¡Eh...! ¿Quiénes son?

–Son del pueblo de Rilay, del Imperio de Gribash.  Pacíficos.

–¡Se nota!

 

–En tiempos de paz Rilay debe ser un lugar hermoso para vivir. Todos son muy amables. Es cierto que son pacíficos. Parece un balneario que conozco.

–Es cierto. Son pacíficos y se parecen a Uds. Trabajan la tierra, tienen una familia estable...

Los dos viajeros descansan en una cabaña de piedra de Rilay, una bella casita con hogar, muebles y mucha luz que se cuela por las ventanas.

–Ahora que estoy aquí, en paz, añoro la Tierra. Como esto se parece tanto –comenta Fabiana–. Pienso en mi familia, mis compañeros, mi profesor... qué dirán de mi desaparición. Deben estar muy preocupados... Además extraño un buen vaso de coca con hielo, bien fresco, poder abrir la heladera y sacarlo. Y una ducha, adentro, no bañarse en un río. Pero más que todas esas comodidades, más que a mi gente, la música. ¿Qué mundo es este sin arte, sin música? Así no pueden saber que es el alivio del alma.

–Aquí tú puedes enseñar todo eso. Así tendrás tu música y todo lo que quieras.

–Ah... no entiendes nada –suspira ella.

Vestidos con ropa típica de la región: pollera larga o pantalón tejidos en varios colores, lo más artístico que se permite en el Imperio; casacas negras y blusas blancas. Bien arreglados, limpios y peinados, parecen otros. El largo cabello castaño rojizo de Fabiana estaba hecho un desastre luego de varios días del polvo de la llanura, pero el lavado le vino muy bien.

–Además no parece muy fácil –prosigue Fabiana–. Las mujeres aquellas dijeron que las ideas nuevas eran eliminadas.

–Si encuentran al culpable. Pero si hubiera un rumor, algo general, que todo el mundo repitiera sin saber bien de donde salió...

–Sacary –replica ella muy seria–, eres muy humano.

A la hora de la cena los viene a buscar un muchacho para que se reúnan con ellos en la plaza del pueblo. Tendrán una fiesta por la batalla, es lo que dice el jovencito.

Hay, en un espacio verde con árboles y flores, dispuestas varias mesas con comidas y bebidas. En el centro queda un espacio vacío con un círculo de piedras en el medio. Algo parece faltar.

La gente luce mejor arreglada que cuando llegaron. Conversan en grupos muy animados, ríen. Fabiana y Sacary, sin separarse por precaución y porque ella no entiende nada, van de un lado a otro. Algunos les dirigen la palabra, sobre todo por curiosidad, por tener unas palabras de esa joven.

Al caer las sombras de la noche, el jefe del pueblo –el mismo que les habló por primera vez–, enciende en el círculo de piedras una hoguera y otros encienden unas candelas de colores alrededor. Luego todos se sientan en un círculo en torno al fogón y siguen charlando. Los viajeros son invitados a sentarse cerca del jefe. Al rato este pregunta:

–¿De donde viene la señora?

Fabiana y Sacary se miran. Ella asiente con la cabeza y él explica al jefe, que luego de escuchar seriamente, sonríe y pregunta a la joven:

–¿En verdad viene Ud. de otro mundo?

–Bueno... pues, sí –admite ella, sonriendo.

–Entonces, háblenos de que hace aquí, cómo llegó, y sobre todo, cómo es su mundo y en...

Cuando ella va a comenzar a decir algo, llegan unas mujeres, al parecer las cocineras, para llamar al jefe. Sacary codea a Fabiana y le indica un individuo muy grande y tosco, y dice:

–Ese es el observador de Gribash. Así mantiene su control.

–Ah... ojos y oídos en todas partes –Fabiana lo mira atentamente y luego pregunta–: ¿Por qué está tan ceñudo?

–¡ah, eso! –ríe el tuké–. No lo has notado. Es que esta fiesta no es en realidad para festejar la batalla de ayer, lo dicen para cubrir el hecho de que hoy festejan el día  más importante de su culto.

–Y, ¿por qué festejan si saben que está mirando?

–Es muy importante para ellos. Es una lástima que no los dejen seguir con sus costumbres, sino hubieras visto algo realmente bello. Adornan todo el pueblo con colgantes, guirnaldas, y figuras de animales, flores naturales  y esparcen perfume en el aire... en fin, se preocupan de todo. Comen y beben y luego llega lo principal.

–Que es...

–Ya te darás cuenta.

En ese momento pasa una mujer ofreciendo una bandeja de algún plato típico, crocante y dulce.

En las horas siguientes Fabiana conversa mucho con el jefe sobre la Tierra, sobre todo sobre políticas, siendo él quien pregunta principalmente. El vigilante, del otro lado, los mira continuamente. En sus negros ojos vivaces y penetrantes hay mucha intriga, trata de descubrir quién es la extraña y de qué hablan tanto.

Llegada cierta hora, avanzada la noche, cuando la charla estaba más espaciada y los grupos se habían disuelto dejando lugar a una letanía de fuego crepitando y de calma nocturna, el jefe se levanta y dice:

–Apróntese para ver algo.

Y dicho esto, mira suspicaz al observador de Gribash y vuelve a su lugar. Serio, como durante toda la noche, el observador se sienta cruzado de brazos, esperando. De pronto sucede algo que maravilla a los forasteros, extasiándolos.

En el cielo nocturno, salpicado de estrellas e iluminado por una luna llena y otra menguante, aparece una lengua ígnea de color naranja. Es ondulada, brillante y de apariencia sedosa, y se queda allí como una bandera flameando con una suave brisa. Al rato aparece otra, pero esta vez es azul-celeste y más grande. Junto con las estrellas y las lunas parecen piedras preciosas sobre el fondo del terciopelo más perfecto que haya contemplado jamás ojo humano.

Fabiana mira, hacia un lado y a otro, tratando de abarcar todo el cielo. Boquiabierta y paralizada, no sabe qué pensar. Nunca vio algo así, nunca. Así deben ser las auroras boreales, aunque seguro que no tan bellas, tan delicadas y tan teatrales. Suspendidas allí, no están quietas y parecen tener vida propia: brillan y resplandecen con cada latido de su gélido corazón y cada inspiración las engorda. No sabe qué son, mariposas celestiales o gemas con vida propia, o nubes de seda. Y ahora hay más: una blanca satinada con reflejos rosas, una verde larga y delgada, otra azul-violeta.

Rato después, el hechizo comienza a desaparecer. Se desvanecen los colores hasta perderse en un resplandor lechoso entre las estrellas, y abajo, los cuerpos vuelven a tener movimiento. Fabiana recupera el aliento, pues parece que dejó de respirar durante todo el rato.

–¿Qué fue eso? –exhala, llevándose una mano al pecho.

–Eso lo llaman... eslava. La noche de la eslava.

–Pe-pero, ¿qué son esas cosas?

–No lo sé... Nadie lo sabe. Pero dicen que en ellas leen su futuro.

Ya casi todos se habían retirado silenciosamente. Lo que había en las mesas había desaparecido.

–Bien, señores –susurra el jefe de Rilay–. Espero que descansen bien y que les haya gustado nuestra... fiesta por la victoria –sonríe y se aleja hacia donde está parado, inexpresivo y solo, el observador y le dice: –¿Por qué esa cara? ¿No os gustó el espectáculo?

Fabiana y Sacary se van sin esperar el fin de la conversación. Seguramente al hombre no le ha gustado que lo tomen por bobo, pero se encuentra impotente porque no puede prohibirles ver y pensar. La ley que debe seguir sólo dice que están prohibidas las manifestaciones religiosas o artísticas y la difusión de ideas contrarias al gobierno, pero en cuanto a las manifestaciones etéreas y la imaginación...

 

XII – Con una familia.

 

La extraña embarcación, ahora a vela, conducida por Tipi llega al fin a una aldea sardónica, luego de atravesar exitosamente y en un tiempo record el sorsogón. La aldea, ubicada entre dos canales del Siszur, es lo más civilizado que han visto en días. En el embarcadero, donde hay fondeados una cantidad de barcos y lanchas de considerable tamaño, se concentra una multitud de gente que observa el arribo de la balsa a vela.

Los tres humanos están excitadísimos. El barquero continúa impasible.

Apenas toca el borde de la embarcación el muelle, una cantidad de hombres de aspecto humilde corre a ayudarlos a subir y a ofrecerles sus servicios. Marius amablemente se deshace de ellos y explica a Guzmán, quien le había preguntado quiénes eran, que son personas iguales a Tipi, a los que han expulsado de sus patrias y solo buscan que alguien los contrate en los puertos como esclavos, ya que si no trabajan las patrullas del rey los eliminan.

Sheila los mira con compasión. Desde niña siempre fue pobre y marginada, y nunca, nunca se había sentido tan bien, tan respetada como allí en Duma.

–Deberemos encontrar alojamiento para esta noche –aconseja Marius–. Tal vez en un refugio para viajeros, Ensido.

–¿Y qué es eso? –pregunta ella.

–Una casa donde se quedan los guardias y los funcionarios del rey.

–¿Y nos dejarán a nosotros quedarnos?

–No lo sé realmente, pero supongo que sí.

Comienzan a deambular por el pueblo en busca del tal refugio.

–¿Tipi se queda aquí? –inquiere Enrique.

–Sí, ellos duermen en sus barcas.

Caminan por la aldea. Todos los miran con rareza, o como si tuvieran una peste. Se oyen murmullos al pasar y las personas se les quedan mirando. Algo cohibidos, en apretado grupo se dirigen a una gran barraca que se ve algo inhóspita, mientras son guiados por el tranquilo tuké.

Con gran tacto, Marius le explica al casero que son viajeros de una tierra lejana, no conocen a nadie y no tienen donde pasar la noche. El anciano casero, luego de escucharlo serio y con atención, se va para adentro y consulta con los hombres que se alojan allí. Por la puerta entreabierta logran ver algunos: están vestidos todos iguales, con casaca roja y pantalones negros, además de llevar una insignia en la espalda. Además son los mejores vestidos de la aldea, y tal vez de todo el reino. Y la noche se les cae encima.

La negativa es total, no se aceptan extranjeros.

Siguen buscando por todos lados, preguntando en las principales casas. Van a casa del jefe del pueblo, encargado de toda la población: nada. Tampoco aceptan raros en la barraca de los pescadores ni en la del ejército, aún estando casi vacías.

Finalmente, caminan por las oscuras callejas del pueblo resignados a dormir afuera. El hambre les comienza a atacar y del río sube una neblina húmeda y fría que emponzoña el aire. La oscuridad es casi total, ninguna vela o farol ilumina las calles. Van desesperanzados, bajando por un sendero tortuoso cuando oyen algo que los alerta. Alguien o algo hizo un ruido detrás del grupo.

–¿Fue un animal? –balbucea Enrique, lejos de ser valiente.

–¿Hay animales salvajes? No he visto ninguno –agrega temblando Sheila.

–No, no, tranquilos –responde Marius–. No hay bestias en la ciudad.

–Entones, ¡qué fue ese ruido!

Se acercan unos a los otros, vigilando todos los frentes. Guzmán dice:

–Alerta. Oigan.

Silencio apenas corrompido por el susurro del viento.

De repente se oye nuevamente... como una voz.

Proviene de una casa con la puerta entreabierta. Un hombre los llama suavemente.

Marius se acerca para hablar con él en voz baja. Luego se aproxima a los otros con una sonrisa:

–Buenas noticias. Esa gente nos invita a pasar la noche en su casa. Vamos, no se queden allí.

–¿Y si es una trampa? –sugiere Guzmán haciendo ademán de detener a los demás.

–Vamos, muchacho. No seas paranoico –le dice Enrique palmeándole el hombro–. Al menos hay un techo...

El joven asiente con la cabeza.

El interior de la casa es totalmente distinto a la noche de afuera. Hay fuego encendido en un hogar, lámparas que iluminan todo haciéndolo acogedor; está cálido y se percibe un aroma irresistible.

Al ver la cara de los cuatro viajeros, el dueño de la casa sonríe y les invita a cenar. Con él viven su mujer, una señora pequeña y trabajadora – se puede decir por los músculos de sus manos y hombros – y sus hijos: un muchacho ya crecido, una niña y un pequeñito. La señora está preparando la comida, luego hace cuatro camas para ellos mientras conversan con el dueño de casa. Este es afable, sereno y muy curioso. Ametralla a los extraños con preguntas, los que se ven un poco complicados para responder y esperar que Marius traduzca, pues ya el hombre está haciendo más preguntas. Le cuentan de donde vienen, pero no cómo llegaron, lo que intriga al hombre, y le hace desconfiar. Pero luego, los detalles de cómo es la Tierra lo  convencen.

Muy diferente a él es su hijo mayor. Es ansioso, desconfiado al extremo y su gran orgullo lo hace arisco. Durante la charla, sus comentarios agrios enfurecen a Guzmán, quien se contiene guardando su furia tras sus lentes. Al fin su padre lo detiene, luego de recibir unas amenazas intolerables por parte de un hijo.

–No se preocupen, es un joven muy fogoso pero inofensivo –se disculpa Dolfo, el dueño de casa–. ¡Miren, ya está la cena!

 

Aunque no es una habitación de hotel cinco estrellas, al menos tienen unas mantas y un colchón para cada uno ubicados cerca del hogar. Luego de apagadas las lámparas, la habitación queda iluminada tan solo por el fuego. La luz apagada y vacilante da un aspecto tétrico a las paredes.

Cada uno en su lecho, medita hasta quedar poco a poco dormido. Sus opiniones de las vicisitudes del viaje y posteriormente la cena varían según sus caracteres. Sheila se pregunta como es que tratan así a las mujeres, y si en su patria no sucede lo mismo después de todo. Guzmán se preocupa por la mirada amenazadora que les lanzó el hijo de Dolfo antes de marcharse. Enrique se sorprende pues ya no está golpeándole en su cerebro todo el tiempo la idea de volver. Hasta llega a entusiasmarle la idea del descubrimiento de un nuevo mundo. Se sonríe por la ingenuidad de los monjes, que piensan que la Tierra es un mundo perfecto e ideal para vivir, sin fijarse o sin saber la lucha que debe tener un hombre para lograr conseguir un buen sueldo cada mes. Casi siempre deben contentarse con trabajos sacrificados, aburridos o pesados, que no son los que hubieran deseado.  Y la lucha que es mantener una familia, poder brindar buena educación a los hijos y llegar a una vejez digna, o los problemas de la delincuencia, drogas y alcohol cada vez más frecuentes, y otras tantas pestes que parece nunca desaparecerán.

Con el cansancio producido por la ansiedad y el temor, sus pensamientos no duran mucho. Cobijados por la suavidad de la cama y la temperatura agradable, se sumergen en el reino del sueño.

 

A la mañana siguiente – muy temprano – un suceso imprevisto para ellos los saca pronto de su cómoda situación.

Se ven despertados de forma súbita por fuertes sacudones. Somnoliento, pero asustado, Enrique exclama: –¿Qué sucede? ¿Qué pasa?

No entiende las confusas palabras de Dolfo, pero es obvio que algún peligro los acecha. Dolfo corre hacia Marius en un intento desesperado de hacerse entender. Mientras, la esposa los apremia a que se levanten. Como estaban medio vestidos, enseguida se encuentran listos.

– ¡Vamos por atrás! –grita Marius yendo hacia un cuarto trasero–. ¡Una patrulla viene hacia aquí!

Pálidos, confundidos y algo adormilados corren a una pequeña habitación donde se encuentran los dos niños pequeños.

Se oye un gran revuelo en la sala grande y un segundo después el ruido de la puerta endeble que se abre con un quejido y los pasos de un grupo numeroso entrando.

Dolfo se ve sometido a una especie de interrogatorio. Duros, implacables, fríos, un grupo acusa repetidamente al hombre, pero este niega todo. Al rato los guardias empiezan a dudar, pero siguen acusando. La voz ofendida y la actitud sumisa de Dolfo los parece calmar un poco.  Entonces se oye una voz conocida.

Los tres humanos se miran unos a otros, poniéndose rígidos, y no necesitan hablar. Si la ley es tan dura con los que se les ocurre hablar en contra del rey, cómo les iría a ellos que cuentan que hay otro mundo donde se puede decir lo que quieras, donde el pueblo elige al rey, y nadie dispone de la vida de otro, ni siquiera de la mujer. ¿Por qué no habrían cerrado la boca?

Se sobresaltan – de horror – al ver abrirse la puerta.

Con alivio, ven que es la esposa de Dolfo. Trae entre sus brazos unas telas, como frazadas y, con grades gestos les entrega una a cada uno, indicándoles que se las pongan. Con sorpresa, ven que son capas y que tienen incluso capuchas.

Una vez listos, entra Dolfo:

–Disculpen la actitud de mi hijo. Él está convencido de lo que andan diciendo los guardias del rey, creo que por miedo, pero no es malo. Está confundido, eso es todo –lo que sospechaban era cierto–. Llamó a una patrulla y les dijo lo que Uds. contaron aquí anoche. Pero no se preocupen, yo los convencí de que Uds. no valían la pena y que eran solo unos locos. No estaban muy convencidos y quisieran verlos... Entonces les dije que se habían marchado –sonríe  satisfecho de haber engañado a los guardias–. Lo mejor, creo, es que partan rápido de aquí y de ahora en adelante tengan mucho cuidado.

Acto seguido les mostró el saludo tradicional de su pueblo para los huéspedes: un abrazo.

 

 

XIII – La hora de Sheila.

 

Bien envueltos en las capas y amparándose en que las calles aún están medias vacías, caminan por las callejuelas de tierra, llenas de pozos e inundadas de un agrio tufo que proviene del río. La nauseabunda neblina matinal es peor que la nocturna. Al levantarse esta poco a poco, además, deja paso a un calor húmedo que sofoca.

Antes de ir al puerto deciden buscar algo para comer. Se ponen de acuerdo en que Marius, el único que puede hablar el idioma, entre en una barraca y cambie algún objeto de valor que lleven por provisiones.

Se miran unos a otros, ¿qué tienen? El reloj de Guzmán llamaría la atención y los delataría, allí aún no se han inventado los relojes pulsera. Se vacían los bolsillos. La mayoría de las cosas no las pueden mostrar.

–¿Qué tal la argolla de Enrique? –sugiere Sheila.

–¡Qué... –exclama él– ¿mi anillo de bodas? No, no puedo. Mi esposa me mata. Si no deja ni que me lo saque en la ducha... no, no.

–Está bien –lo tranquiliza el joven–. No lo tocaremos... por ahora. Pero piensa que tal vez...

–¡No, no! ¡Al menos esto conservaré!

El enojo de Enrique, que se había puesto colorado y agitado hace reír a los demás.

–Veamos pues, qué usaremos...

La lista es muy curiosa: de Sheila, un lápiz de labios, veinte pesos, una cinta para el pelo, unos pendientes de plástico, una cuenta vencida y la mini que lleva puesta debajo de la ropa y la capa; de Enrique, libreta de conducir, una caja de fósforos, medio boleto de un partido, un preservativo y la corbata; de Guzmán, un bolígrafo negro, papeles con anotaciones, el reloj, monedas y cien pesos, además de sus ropas.

–La corbata y los pendientes –propone Guzmán.

–Los pendientes son de plástico –objeta Sheila–. Mejor las monedas. Supongo que conocen el metal...

–De acuerdo.

Marius entra y, luego de negociar con el jefe de la barraca, que se resistía a atender a unos expatriados, consigue que le venda unos trozos de carne y “pan”. El pan es duro y negruzco, la carne tiene puros huesos. Pero es mejor que nada.

Llegan al embarcadero. Parece que nadie los busca.

Gritos que provienen de una calle cercana. Una patrulla viene corriendo. Corren. Las ropas vuelan agitadas. Les será difícil escapar esta vez.

Guzmán, que va al frente, gira de pronto por una calle y todos le imitan. Se meten en la primera casa que ven. Por suerte, la puerta está abierta. Al pasar de largo los guardias, vuelven por el mismo camino hasta el puerto. Una maniobra simple.

Están caminando a lo largo del muelle cuando Sheila lanza una exclamación ahogada.

–¡Ah! –se detiene, llevándose una mano a la boca–. ¡Miren eso!

Al dirigir la vista hacia donde ella señala quedan atónitos. Pero es una sorpresa agradable.

Al lado de su estrafalaria balsa, hay cinco barcas más grandes; bueno, ya estaban allí, pero... cada una tiene una vela. Sí, dos blancas, una amarilla, otra verde y una azul igual a la de Tipi. Eran rudimentarias, pero ¡qué agradable comprobar que hicieron algún bien! en algo les hicieron caso, les interesó  y lo utilizaron.

Mientras saludan a Tipi y suben a la balsa, continúan observando como una madre contempla a su hijo. El sereno Tipi aleja la balsa del muelle con su remo. Luego se sienta a popa y usa el remo como timón para guiar la embarcación hacia el medio del río.

Al pasar por su lado, los dueños de las otras embarcaciones les gritan, los vitorean y los saludan.

 

La marcha sigue tranquila. Las horas pasan lentamente, muy aburridas. Apenas llegan sonidos desde las orillas, sólo se escucha el lamido del agua contra la balsa. Sin embargo, el silencio es peor que el ruido. Parece que la vida, si es que la hay, está agazapada y los observa, pero no los incorpora a sí misma, sino que los deja pasar con indiferencia.

A veces un grito o alarido lejano les deja en claro que hay vida, que los están vigilando de lejos pero aún así es un sonido sin rostro y sin cuerpo.

El Siszur se ha ramificado innumerablemente. A veces se distingue otro canal al otro lado de la tierra y continuamente llegan a encrucijadas que Tipi conoce perfectamente. Nunca duda que camino seguir. Pasan por varios poblados parecidos al pueblo donde pasaron la noche. Los pueblerinos miran con curiosidad e inquietud ver pasar la vela, señalan y comentan entre ellos. Largo rato se quedan viendo hasta que ellos desaparecen de su campo visual.

Al promediar la tarde, con el sol ya declinando, se meten entre unos canales más estrechos en cuyas márgenes se ven muchos árboles. Algunos islotes están tan tupidos que pueden tocar las hojas con sólo estirar el brazo, y si sacuden una rama al pasar, se estremece todo el bosque.

El silencio es casi sepulcral.

–Siento como si... –dice de pronto Sheila, estremeciéndose–, como si nos observaran.

Los demás no pueden evitar que un escalofrío les recorra la espalda al decir ella tales palabras. Pero procuran animarse:

–¡vamos, son ideas tuyas! –se burla Enrique–. Esa sensación es por el ambiente. Las ramas y todo... es tétrico.

Pero no pueden evitar mirar a un lado y otro a cada rato.

–¡Se movió una rama! –grita Sheila, parándose de un salto.

–Tranquila –le palmea el hombro Marius, hablando con su voz serena y calmante.

–¡No, no es mi imaginación! ¡Se movió otra... –grita de nuevo.

–Siéntate y corta eso –la detiene Enrique, serio–. Me estás asustando.

Guzmán mira a un lado y otro: no ve ni un movimiento, ni oye un ruidito.

Entonces, entre las ramas, cree ver un rostro moreno. O era su imaginación...

Consultado Tipi, dice:

–Son como yo. Unos pobres diablos sin tierra. Inofensivos.

Como Tipi siguiera sin darles importancia, se calman. Sheila vuelve a sentarse. Entonces, se oyen unos terribles gritos, aullidos desgarradores, acompañando a decenas de hombres casi desnudos, desnutridos – puro piel y hueso – y desesperados, que se lanzan como simios al agua y los rodean.

En un grupo apretado en el centro del bote, los viajeros se abrazan unos a los otros, mientras los salvajes los cercan y detienen la balsa. Luego la arrastran hasta una orilla entre alaridos de júbilo. Cuando la balsa ya está estancada en la orilla dejan de ulular y un tipo pasa al frente, empuñando una larga vara con unas cintas atadas. Mueve la vara su alrededor y luego la sacude alrededor de los humanos.

–¿Qué-pasa? –susurra Sheila.

–Llama a los espíritus –explica Marius–. Cree que somos sardos y que los espíritus deben decir que será de nosotros.

–Pero... diles quienes somos.

El salvaje está, mientras tanto, dando vueltas a su alrededor agitando la vara e invocando como un loco. Los ojos le dan vueltas. De pronto se detiene, estático. Sus compañeros esperan en anhelante silencio.

Finalmente, da las órdenes. Sus intenciones son claras.

–¡No! –grita Enrique–. Por favor, ¡explícales monje idiota!

Marius actúa entonces. Se para delante de los otros e impide que carguen contra ellos. Trata de explicarse a los gritos. Pero resulta confuso y tonto para los sin-patria. El que parece ser el jefe, o el brujo, de para a pensar.

–Hablen –dice al fin, pidiendo silencio a los demás con su vara.

–Estos tres son  humanos, no son sardos. Viene de un lugar muy, muy lejano. De otro mundo.

–Ah... ¿son dioses? –exclama anonadado el jefe.

–No, no tanto. Son...

–¿Espíritus?

–No, pero...

–Entonces, no valen nada. Y me parece que mientes...

–No, y ellos lo pueden probar –asegura Marius volviéndose hacia ellos–. Quiere una prueba.

Lo miran perplejos. ¿Qué hacer? Carlos los había engañado con un encendedor pero...

De mal humor, Enrique le dice a Marius: –¿Qué quieres que hagamos, piruetas?

Uno de los sin-patria se abalanza cargando con su lanza, directo hacia Sheila. Pero no llega a herirla. La mujer se aparta de un salto al costado y agarra la lanza con ambas manos. El atacante cae de una patada en la ingle.

Con un alarido espeluznante, Sheila levanta la lanza sobre su cabeza y comienza a dar gritos incoherentes. Hasta sus compañeros se abren a su paso, asustados.

–¡Ah, yo sí, soy un espíritu! Tiemblen, gusanitos, porque yo los voy a aplastar con mi mano –gesticulando y moviéndose de un lado a otro, haciendo altibajos con su voz, gritando y siseando entre dientes, continúa–: Yo, Sheila la temible, el horror de la tierra, el infierno de los débiles mortales. No, no corran, pues no pueden escapar de mí... ¡Ja, ja, ja! –una risa grotesca, contorsiones adelante y atrás–. ¡Je, je, je! ¡Ahora vemos, eh… ¡Idiotas, no me entienden ni una palabra, ¿no? Pues sufran, mariquitas. No sé lo que digo, pero Uds. tampoco. Como me divierto con Uds., creídos mortales... –prosigue con tono amenazador, agitando brazos y lanza, como si les echara un conjuro–. ¡Ahora vean...

Se interrumpe al ver brotar las llamas delante suyo. Azorada, se queda paralizada ante el fuego hasta que sus compañeros la arrancan de allí y la suben a la balsa.

Rápido, se largan de allí. Atrás quedan los gritos de los sin-patria, aterrorizados.

–¿Cómo hiciste eso? –exclama Guzmán.

–¿Cómo hice qué? Yo no hice nada... –replica ella, extrañada–. No sé que...

–Tuviste una pequeña ayuda –interrumpe Enrique, mostrando una caja de fósforos–. Mientras la miraban, arrojé varios al pasto, y como había hojas secas...

–¡Magnífico!

–¡Excelente! –se regocija Sheila–. Que buen equipo.

Al mirar atrás ven a Tipi desde la orilla, gritando y agitando los brazos.

–¿Qué le pasará?

–Pensará que le robamos su balsa.

–Tal vez... –asiente Guzmán.

Siguen navegando a favor de la corriente.

Al rato se escucha un murmullo de agua que se mueve rápido.

–Me parece que salimos de estos canales.

–Sí, debe ser la salida al lago, ¿no, Marius?

–Bien... supongo. Nunca vine hasta aquí.

Entonces, al doblar un recodo del canal, se dan cuenta que no era exactamente eso, sino algo mucho peor. No es que no sea la salida, la desembocadura en el lago, sino que la dificultad radica en que unos saltos en el río se interponen entre ellos y el lago.

–Ahora entiendo qué decía Tipi –dice Sheila.

El canal por el que navegan tiene varios desniveles y está salpicado de agudas rocas con muchas aristas filosas, sobre las cuales pueden ser arrojados por la corriente en apenas unos segundos...

 

XIV – A saltos.

 

–¡Rápido, agáchense! –grita Guzmán, al tiempo que toma el remo, y se dice a sí mismo ahora o nunca.

Con esta larga pértiga afirmada entre sus manos se prepara a apartar la balsa de una roca, las rodillas un poco dobladas, la expresión anhelante. Con un golpe violento, la dejan atrás a su derecha.

Pero se ven desviados demasiado a la izquierda y, dando tumbos, se dirigen a otra roca todavía más grande. La fuerte corriente los arrastra irremediablemente hacia el escollo, entre remolinos y contracorrientes. El agua los cubre un instante y entre el rugido del río, se oye la voz de Guzmán:

–¡A la derecha! ¡Todo el peso a la derecha!

Como si fuera un trineo bajando una montaña, todos se tiran al lado derecho, cambiando ligeramente el rumbo.

Con arrojo, el muchacho intenta tocar con el remo la roca.

–¡No! –le grita Sheila, desesperada.

Él no le hace caso. Llega el momento de la colisión. Logra apoyar la pértiga y la empuja con todas sus fuerzas, prácticamente arrojándose sobre ella. El golpe hace dar vueltas la balsa y tira al joven hacia atrás. Cae, afortunadamente sobre la balsa y no en el agua. La balsa gira y se dirige hacia un remolino: no pueden detener el movimiento en círculos que los marea y les tira litros y litros de agua.

Casi acostados, aferrados de cada saliente de la madera, aguantan como pueden. El remo quedó inútil. Pasan sobre unas rocas sumergidas, lo que les hace saltar, cayendo unos metros más abajo para pasar entre dos rocas que los envuelven en una lluvia helada. El agua salta y cae sobre ellos una vez más. Pero a pesar de que ahora navegan o mejor dicho, van a la deriva con más lentitud, no ha pasado el peligro. Aún falta el salto más alto y esto solo es la calma que precede la tormenta.

–¡Ah! –gritan al unísono mientras caen súbitamente.

La balsa ahora es tan solo una plancha de madera destrozada, una endeble tabla de salvación a la que se aferran con desesperación. No pueden ver por el agua que los golpea. Totalmente aturdidos, empapados y ciegos, tienen los más divagantes pensamientos. Vuelven a caer algo ladeados; van equilibrándose sobre un montón de agua, sobre un montón de rocas pequeñas. ¡No quiero morir! Piensa Sheila. ¡No puede ser que yo muera de esta forma tan rara!, dice mientras el líquido dominante se le mete por la boca y los ojos y una cantidad de imágenes de su niñez, cuando era feliz... con una vida simple junto a su familia. Y mientras saltan como locos, con el cuerpo destrozándose contra la madera y la espalda adolorida, Enrique ve pasar por sus ojos apretados y ardiendo los rostros de su esposa y de cada uno de sus hijos, y luego se compadece de sí mismo y luego maldice lo que lo trajo hasta aquí. Pero sus pensamientos no lo quitan de lo que está pasando.

Chocan contra una roca, retrocediendo con violencia. El agua los lanza de nuevo contra ella, y esta vez la fuerza es tan poderosa que Marius está a punto de salir impelido hacia delante. Pero Sheila y Guzmán lo agarran a tiempo, cuando está a punto de caerse del bote.

Guzmán no piensa en una vida pasada. Se le aparece la imagen de una mujer y no sabe por qué. La conoce poco y sin embargo no puede olvidarse de la última vez que la vio. Y ahora, que trata de sobrevivir a la fuerza del río, recién se percata de ello. Al mirar delante de pronto ve una gigantesca roca que parece que se los va a tragar.

–¡Atención adelante! ¡A la izquierda!

Pero la balsa ya no es lo que era. Sin pensar, sólo actuando, todos se van a la izquierda, arrastrándose. El bote se inclina, con los cuerpos apelotonados en una confusión de brazos y piernas y cabezas. Con dificultad se toman del centro de la balsa para no ser lanzados. No pueden evitar que la embarcación toque la roca y los tire con fuerza hacia la margen izquierda, chocan con un escollo pequeño y filoso y, balanceándose, terminan dando vueltas en un remolino.

Entre tumbos, dejan atrás el salto más peligroso con una pendiente increíble. Increíble que no se dieran vuelta con balsa y todo.

–Vaya... se acabó –murmura Sheila.

–¿Se-se te-ter-mi-nó? –tartamudea Enrique.

–¡No! –grita Marius, fija su mirada al frente.

Una corriente rápida los atrapa y los lleva rápido al centro del último salto. Por suerte no hay rocas. Sin que se den cuenta casi, llegan al final del canal y luego, el abismo. Se termina el camino y caen con todo su peso. Al hundirse, levantan una gran aureola de agua y luego estas vuelven a la normalidad, la calma, la belleza de la cascada irrumpiendo en el lago.

 

Horas más tarde, a medias nadando y dejándose llevar por la corriente, alcanzan la costa en tierra firme. Todos vivos. Están aún conmocionados por el viaje y por las largas horas mojados, pero sin heridas de importancia. Su piel está blanda y arrugada. Mientras hacían su viaje de lujo, llegó la noche y ahora se encuentran a oscuras, en una playa desconocida y sin muchas esperanzas.

Arrastrándose, Guzmán sale del lago por fin. Apoyado sobre sus codos y reptando por la arena, llega a tierra, para tumbarse con desmayo. Sheila, boca arriba, tiene los ojos muy abiertos, pero no ve el cielo. Sólo trata de descansar, respirando agitada.

Pero la fatiga que sienten es tan grande que no pueden descansar. Los músculos se relajan lentamente, dejando una sensación de dolor y desfallecimiento. Al levantar un poco la cabeza y mirar al lago, ella sólo ve una eterna oscuridad, insondable, impenetrable: parece el fin del mundo. Una luna se refleja en las ondas cerca de la orilla, dándoles un brillo metálico.

Enrique gime como un bebé, agotada su mente.

La mañana los encuentra allí, dormidos profundamente. Guzmán tiene hundida su cabeza en la arena. Durante la noche se puso boca abajo y su cara, lentes y boca están llenos de arena. En cambio, Enrique duerme boca arriba, despatarrado y roncando con su boca abierta de la que corre un hilito de baba.

Guzmán y Marius, despiertos con los primeros rayos del sol, lo miran y se ríen.

–Parece que el viaje será demasiado duro para él –suspira Marius.

–Para todos –corrige el joven, limpiando sus lentes con sus ropas.

–Tú te haces el débil, pero a lo último eres el más fuerte de todos, el que no se deja vencer, Guzmán Gianetti.

–No es para tanto –replica este, ruborizándose.

Los otros dos, ya levantados, se acercan para lavarse la cara en el lago. Ya refrescada, Sheila el paisaje y comenta:

–¡Vaya, es bonito este lugar!

–Sí, bonita tumba –repone Enrique, mirando alrededor.

Están en un lugar solitario, sin vistas de ninguna clase de civilización y encima, el hambre los empieza a atacar. Perdieron todo. Al menos tienen la ropa seca.

–¡Ay, me duele la cabeza! –se queja Sheila.

–Te ves pálida y con ojeras –le dice Enrique–, ¿no te sientes mareada?

–Sí, un poco.

–Está débil –dice Marius, preocupado–. Necesita comida. Creo que todos la necesitamos...

–¿En estos bosques no hay nada? –pregunta Guzmán, señalando más allá de la playa.

–Sí, algunas frutas.

–¡Pues, vamos!

Cuando ya se han levantado y se disponen a ir hacia los árboles, un grito de la mujer los detiene:

–¡Miren allí! Es un barco... gente...

Paralizados, todos dirigen hacia allí la vista. Sí, es un barco. Un largo y estrecho barco a remo. Una hilera de remeros de cada lado impulsa a fuerza de músculos la pesada embarcación que va  cargada hasta el tope.

–¿Y si nos rechazan como en el pueblo? –pregunta Sheila, temerosa, mientras hacen señas.

–Les diré –dice Marius, luego de pensarlo– que Uds. son viajeros, embajadores de una tierra lejana que quieren hablar con el rey en nombre de su pueblo.

–¿Y si nos llevan de veras ante el rey?

–Ah... pasará mucho tiempo para eso.

Agitando los brazos y gritando, ven cómo la embarcación cambia ligeramente su rumbo.

 

–¿Cómo dicen que llegaron aquí?

–Un salvaje que conducía la balsa nos engañó, nos quitó nuestras cosas y nos abandonó en los saltos. Con suerte, llegamos a esta playa luego de nadar toda la noche. Estos señores son grandes personajes en su país y están viajando hace largo tiempo.

El hombre, un individuo bajo pero robusto, moreno y  algo calvo, parece dudar. Se sostiene la barbilla y los mira con unos ojos encendidos como carbones. Finalmente dice:

–Está bien. Suban Uds. a mi barco.

 

XV – Los mellizos y la esposa del rey.

 

Iena, la capital del reino Sardo.

Al fin llegaron a su destino, luego de tantos inconvenientes. Están en paz. Su viaje terminará cuando lleguen a Iena.

Las palabras más precisas para describir la ciudad son: austeridad, magnificencia y severidad. Desde lejos se ve como una mole de piedras rectangulares amontonadas como por azar, que forman un marcado contraste con la pura naturaleza que la rodea, pero al acercarse uno se da cuenta de que cada piedra está colocada en un orden estricto y que todas juntas forman una gran estructura. Grises, blancas, marmoladas, de tonos verduzcos... todos juntos resaltan sobre el azul purísimo del cielo y la verde costa infinita.

De más cerca se ven todos los detalles: ventanas, puertas, personas, animales... todos pequeñitos como figuritas.

El barco finalmente entra en el puerto de Iena, que está repleto. Los humanos, expectantes, observan cada pormenor.

–¡Es tan... imponente! –exclama asombrada Sheila–. Las calles tan derechitas y finitas.  Y esos edificios son tan... gigantescos. No se parece nada a las ciudades que conozco... ¿qué te parece a ti, Guzmán, que es tu campo?

Él no responde. Está absorto en la contemplación de todo eso. Sus ojos se llenan de formas, de colores, que su cerebro procesa como un reflejo condicionado, casi sin darse cuenta, clasifica, calcula. Al rato, cuando Sheila ya está mirando hacia otro lado y  ya olvidó su pregunta, dictamina seriamente:

–Es única... Por sus dimensiones, las construcciones están hechas para demostrar fuerza, grandeza. Y sus formas estrictamente rectas... no hay arcos ni pirámides, todo tan planificado... y las superficies son lisas y claras. Todo aquí expresa severidad...

–No, te equivocas –lo interrumpe Enrique–. Aquí todo me suena a seguridad, lejos de los bichos del campo, de los salvajes, del frío y el hambre, de dormir sin techo y sin mantas, y lejos de las cataratas sobre todo.

Guzmán queda pensativo, y asiente con la cabeza.

–Sí, también expresa seguridad.

Pero no en la forma que tú lo piensas, Enrique.

Ahora no sólo ven, ya pueden oler y escuchar. El barco fondea entre otras embarcaciones, en un muelle de tablones apoyado en grandes pilotes ennegrecidos y húmedos, con la suavidad de un ave posándose en una rama. Alrededor de ellos hay una gran agitación y mucho trabajo. Se oyen gritos de mando, voces que contestan o preguntan, ruidos de cajas de madera entrechocando y el eterno ronroneo del lago que acecha bajo sus pies.

También huele muy mal, ahora que la brisa marina no les trae el aroma fresco y vegetal de flores flotantes que se dejan llevar por las corrientes. De los barcos y del muelle emana un tufo agrio de humedad, orín – igual que el humano –, a carne muerta y podrida, y otras fragancias inidentificables.

Después de una hora más o menos, el capitán, por así llamarlo, los invita a desembarcar y ser conducidos a un refugio provisorio mientras esperan su entrevista con el Rey. De manos del robusto y moreno capitán, son dejados en manos de un Encargado de puerto, un hombre vanidoso y con aires de dignidad que los conduce por algunas callejuelas hasta su futura morada.

Entonces, mientras caminan por las calles de Iena, se dan cuenta de que la imponente ciudad, no es lo que parecía desde afuera. Las calles de piedra como los edificios, son estrechas y serían fatales para un claustrofóbico, pues al mirar a un lado u otro sólo se encuentran los ojos con paredes altísimas e interminables que parecen cerrarse sobre sus cabezas, y al volver a bajar la vista parece que los muros están más cerca uno del otro que antes  y que los van a aplastar. Una creciente humedad reina en la estrechez de las calles, que condensa los aromas más desagradables. Un musgo amarillo y oloroso nace incipiente en la base de las construcciones, y por las grietas del suelo, corren aguas turbias, cuando no se estancan contra un muro.

Las puertas están tan altas que parece imposible poder entrar en algún edificio y, en todo caso, parecen ser de metal sólido, o sea imposibles de abrir. En cuanto a las ventanas, casi no las alcanzan a ver.

Finalmente, su guía el Encargado de puerto los deja enfrente a un edificio fino y alto con una puerta de dos hojas. Al golpear con una varilla de metal que pende a la derecha, la puerta se entreabre y  una voz hueca pregunta:

–¿Se nese va? –o traducido: ¿quién es?.

El digno encargado contesta y al rato, se abren las dos hojas de par en par y una escalera de madera muy bien armada y firme desciende lentamente con un crujir de goznes y maderas. Les hace una seña para que entren y los despide con un saludo.

–¡Sua navá, sene sortex fa’atoru!

Primero sube Marius, luego Sheila, Guzmán y Enrique. La sala en que entran está en plena oscuridad y silencio. La puerta se cierra a sus espaldas con un chirrido agonizante que les produce un escalofrío, y un sonido, un susurro, acompaña el encenderse de las palpitantes lámparas.

Así, de improviso, se enfrentan a dos individuos aún más tétricos que la sala vacía, fría y poco iluminada. Ambos visten de igual forma: unas batas amplias y largas de color rojo vino, que entreabierta permite ver pantalones cortos negros y las botas altas oscuras, y camisas amarillentas profusamente adornadas con cintas rojas y bordados. Así mismo sus rostros tienen rasgos idénticos, sus ojos tienen el mismo mirar agudo y peligroso y su piel es apergaminada y reseca como si no hubieran salido en largo tiempo.

Tras unos instantes de silenciosa contemplación, durante los cuales los corazones atronaban en los oídos de los humanos y de Marius, y los dos sujetos parecían gozar en la turbación de los extraños. Entonces uno de ellos se adelanta y habla:

–¿Sene nava sua embex, sené? –voz lacónica, vacía.

Marius contesta dando a su voz mayor importancia y elogiando visiblemente a sus compañeros.

Luego de un intercambio rápido de frases, los mellizos se retiran con una inclinación de cabeza y se introducen en los interiores del edificio.

–Se creyeron todo –exclama Marius, feliz, sonriendo–. Mañana o pasado gran parte de la ciudad sabrá de Uds.

–¿No es eso peligroso? –interrumpe Sheila–. Si todos lo saben, se enterará también el rey y... tal vez nos mande cortar la cabeza.

–No, sabiendo que vienen de una tierra rica y desconocida –replica el tuké con una sonrisa en los labios–. Apelaremos a su ambición. El rey es un hombre bien conocido por su sed de poder y grandeza, y para eso necesita riquezas... Aunque, también es conocido por su crueldad.

–¡Fantástico! –exclama sarcástico Enrique–. Esto acabará mal.

–Yo también pienso que el ser famosos nos será beneficioso –concuerda con Marius el más joven, que permanecía detrás del grupo–. Nos escucharán, no como en los pueblos, en que nos cerraban las puertas.

–Pero... ¿tú todavía piensas en andar por ahí predicando como un idiota? –se exaspera Enrique–. ¿No ves que esa es precisamente la forma más segura de morir? Si nos callamos, seguimos vivos...

–Pero, ¿acaso no estamos aquí para eso? –replica Guzmán, enfrentándose a él–. Sino... ¿para qué estamos acá? ¿Dando un paseo? –grita.

–¡No, no! ¡Estamos acá por culpa de estos idiotas que nos trajeron a la fuerza sin preguntar ni avisar agua va! Prácticamente esto es un secuestro.

Marius trata de apaciguarlos, pero sólo logra ser apartado de un empujón.

–¿Y...? Si ya estamos aquí, mejor hacemos lo que vinimos a hacer.

–Yo no vine hasta aquí por gusto, y no creo en el destino y esas pavadas. Yo no voy a hacer nada. Sólo me voy a sentar a esperar que se dignen a devolvernos a la Tierra...

–Cálmense, chicos –interviene a tiempo Sheila, apartándolos antes que se pongan a darse golpes–. Enrique, es obvio que hasta que no hagamos algo no nos van a dejar volver, así que mejor nos calmamos y nos resignamos, y vemos lo positivo.

 Ya iban a empezar a discutir a los gritos otra vez cuando la entrada súbita de uno de los mellizos los paraliza en seco. Componiéndose, ambos enfrentan al hombre con un aire de dignidad fingida.

Con una sonrisa burlona, como si supiera lo que había pasado, les indica que lo sigan hasta sus aposentos.

Al pasar por otras estancias más iluminadas se dan cuenta de que la inmensidad de las dimensiones y la severidad de las líneas es invariable, aunque la limpieza y la luminosidad las hace menos atemorizantes y lúgubres que la primera sala, más parecida a un panteón que a un recibidor.

Les adjudican cuatro habitaciones iguales y contiguas, situadas todas frente a una galería amplia y desierta, con grandes ventanas a la calle.

–Un poco de decoración no vendría mal –comenta Sheila–. Ni mi departamento se ve tan mal.

–Es tétrico, no pasaría la noche solo acá por nada del mundo –conviene Guzmán, y en ese momento como si le hubieran leído el pensamiento, ve acercarse una fila de hombres y mujeres.

–Son nuestros sirvientes –explica Marius.

–¡Uau! –exclama Sheila–. Esto sí que va en serio...

Mientras ellos hablan despreocupadamente, observando la galería, el mellizo los observa a ellos. Esboza una sonrisa y mira malicioso sus propias manos, antes de retirarse escurridizo como una serpiente.

 

Ya descansados, aseados, vestidos con ropas nuevas y lujosas, peinados y perfumados por los sirvientes, suben a cenar guiados por un esclavo vestido con armadura.

El salón-comedor resulta cegador, luego de recorrer los pasillos y galerías tenuemente iluminados. Se llega a él subiendo dos pisos desde sus cuartos y se entra directamente desde la escalera.

Por primera vez ven adornadas las paredes con estandartes y banderas rojas. El espacio está iluminado por grandes arañas de metal que cuelgan del techo con millares de velas blancas y por lámparas doradas que esparcen un reguero de luz por los muros blancos, aterciopelados. La sala está llena de gente charlando y bebiendo, pero todos se detienen y hacen silencio al verlos aparecer por la escalera; todos, desde los sirvientes y los guardias apostados cerca de las paredes hasta los hombres y damas que disfrutan de la reunión plácidamente, como si estuvieran en su elemento.

Todos se ven radiantes mientras caminan el corto tramo hasta los mellizos que se acercan a recibirlos, pero Sheila es quien se ve especialmente brillante esta noche. Cada movimiento, cada sonrisa trémula que ilumina su rostro, cada mirada no parecen suyas sino de una reina. Con su dignidad y amable expresión provoca el deseo de los hombres y la envidia de las mujeres. Hasta sus compañeros se quedan admirados de la apariencia de innata realeza y la absoluta confianza en sus pasos que demuestra a cada instante. Usa un vestido de muchas capas de tela transparente que se ajusta muy bien a su cintura y caderas, totalmente bordado con gemas, que deja los hombros al descubierto. Ha sido peinada – con el cabello recogido sobre su cabeza y rodeado de piedras brillantes – y maquillada sutilmente por las manos de una sierva. Se regocija pensando en qué dirían sus compañeras si la vieran así, y lo que la envidiarían si vieran las miradas de admiración que la rodean. Del brazo de sus dos elegantes compañeros y precedida del sereno Marius, marcha por el salón, donde se ha reanudado la conversación y la bebida.

Un sirviente se les acerca con una bandeja y les ofrece unas copas. Enseguida un hombre regordete, a decir por sus ropas un importante personaje, se acerca acompañado de una bella morena de ojos felinos que, lo primero que hace, es dar una larga y deliberada mirada a Guzmán, con exagerada lentitud.

–Soy el Tercer Ministro del Rey –se presenta–, y ella, esta dama tan bella, es una de las esposas del rey. Tengo entendido que Uds. son embajadores de un gran imperio muy lejano, pero... nunca oímos hablar de él. ¿Cómo es que se llama?

Confusos, se miran antes de contestar, pero... Enrique dice una cosa y Guzmán otra, mientras Sheila los mira con terror. La solución que encuentra Guzmán es llamarlo: Tierra.

–Tierra... –repite en un sensual susurro la mujer del rey–. Sukish.

–Bonito –traduce Marius.

Una hora después, ya más distendidos y a gusto entre los aristócratas,  y mientras Sheila y Enrique disfrutan el sentirse el centro de un grupo con su conversación, Varna, la esposa del rey, toma a Guzmán del brazo apartándolo hacia la escalera.

 

XVI – El herido de muerte.

 

El sol brilla en lo alto del cielo, haciendo resplandecer las suaves lomas verdes, los pequeños montecillos y allá, al fondo del paisaje, un lago de aguas azules y calmas. Fabiana toma las riendas de su animal y dando un suave tirón lo insta a apresurarse. Suben a trote lento una loma y al llegar a lo más alto, se detienen. Dejan que la brisa acaricie sus cabellos y los lleve hacia atrás con amable toque de sus dedos. Cabellos y crines poseen el mismo color castaño rojizo brillante. Los dos pares de ojos, luminosos y grandes, parecen mirar con igual placer el paisaje  virgen de todo hombre.

–Tres días –pronuncia alguien a sus espaldas con dificultad.

Al volver la vista hacia la voz, la muchacha se encuentra con el jefe del pueblo de Rilay y le sonríe. Asiente con la cabeza y dice:

–Sí, hace tres días que llegué –su voz suena pensativa, pero enseguida agrega–. Ten, Wee vier?

–Excet, y… tú?

–Ten excet.

Mientras tanto, se apean de sus cabalgaduras y los dejan allí juntos, sentándose cerca, en unas rocas que dominan una vasta extensión de tierras. Continúan su dificultosa conversación, a puro gestos y dibujos hechos con una varita en el suelo, ya que ambos conocen muy poco del idioma del otro.

–¿qué pensabas? –pregunta Fezán de Rilay con el gesto de llevarse la mano a la cabeza.

–Mis compañeros –responde ella, haciendo un dibujo.

–Bien –tartamudea él–, ellos estar bien.

–No lo sé... –dice ella sacudiendo la cabeza–. Tengo este... un presentimiento –se toca el pecho.

–Sentir una dorzniak... el peligro.

–Da –asiente Fabiana con pesar.

Él sonríe y le señala el bello campo a sus pies. Ella sigue su brazo y, también sonríe.

 

–¡Ja, ja, ja! –ríe a carcajadas Sheila, mientras conversa con Enrique.

Estos toman el desayuno en una mesa bien servida y atendidos por varios criados, más bien esclavos. Al entrar en la sala Guzmán seguido por un sirviente, callan abruptamente, sin poder evitar una sonrisa cómplice.

Guzmán sonríe, da los buenos días y se sienta, disponiéndose a servirse un poco de jugo. Mira de reojo a sus amigos y nota que se están riendo de él, o eso parece. Abandona el vaso y la jarra y los mira con seriedad, aunque no puede dejar de reírse al preguntar:

–¿Qué les pasa? ¿De qué se ríen así?

Sheila para de reírse, casi atragantada.

–Perdón, no lo puedo evitar –susurra, mientras trata de recuperar aliento.

–Mmm, ejem –carraspea Enrique–. ¿Qué te paso anoche? –pregunta de improviso, en un tono casual.

–¿A... mí? –tartamudea guzmán abriendo mucho los ojos–. Pero, ¿qué me pasó? Nada, que yo sepa.

–¿Y esa belleza que parecía sacada de una tapa de Play Boy, con ese vestidito transparente y esa mirada, eh? Yo vi muy bien cuando te tomó del brazo y te sacó de la sala.

–¡Ea, yo también lo vi! –se une Sheila, riéndose.

Guzmán termina de servirse el jugo y sorbe un poco antes de contestar. Se toma su tiempo.

–Pero... ¿Uds. de veras creen que yo me metería en un  lío tan grande? ¿La esposa del rey?

–Sólo una entre tantas –replica con incredulidad Sheila.

–Sí, pero Varna es de las más bonitas, ¿no creen?

–Entonces, ¿qué hicieron el rato que estuvieron fuera? Fueron como dos horas y media, y no pueden hablar sin Marius... y él estaba con nosotros.

–Sólo hicimos contacto humano –a lo que Sheila contesta:

–¡Bravo! ¡Qué hombre, debe ser tu sangre italiana!

Los dos hombres no pueden dejar de sonreír ante el entusiasmo de la mujer. Enrique pregunta, acercándose un poco al otro: –Y dime, ¿cómo son las mujeres de aquí? ¿Son iguales, hacen lo mismo?

–Mmm, bueno, no sé. Sólo fueron unos besos y caricias inocentes, ¿qué creías? Pero... sí, ella es muy hábil, muy seductora. Sin que me diera cuenta, me encontraba de pronto en una terraza, muy alta. Se veía el cielo, y toda la ciudad a nuestros pies. Ella me fue señalando lugares y edificios, nombrándolos, y de repente me estaba abrazando. Y así, llegamos al beso. No necesitábamos idiomas para hablar, con los ojos y ademanes bastaba... pero luego del beso fue distinto. Fue como si todo el hechizo de sus ojos, de su belleza, su trato, se rompiera y entonces vi que... no sé, me pareció tener a otra mujer delante de mí. Una falsa mujer. Todo ese hechizo que me había encantado, era una farsa.

–Y bueno, muchacho, ¿qué mas quieres? Las mujeres bellas son así, interesadas.

–¡Oye, oye! ¿Qué dices ahí? –interrumpe Sheila.

–Bueno, tú eres bella y no eres interesada.

–aunque tal vez lo sea, ya que no me conoces tan bien –agrega misteriosa.

–No lo creo, tienes cara de honrada.

–¡ay, gracias! Y, ¿qué te  estaba diciendo? Yo también quiero saber qué...

–Nuestro muchacho es un ídolo, aunque un poco exigente.

–¡Oh! –exclama ella, siguiendo con el juego de Enrique.

Y mientras ellos siguen hablando, medio en broma y medio en serio, Guzmán toma su jugo pensativo y murmura:

–Ay, ay... dios los cría y ellos se juntan.

 

Al regresar, Fabiana atraviesa la calle principal al galope, levantando una intensa polvareda. Pero la calle está vacía: la mayoría está trabajando la tierra o aseando las casas. Algunos niños juegan en la plaza entre gritería y risotadas. Ella se detiene en seco en la puerta de su cabaña.

Al desmontar se encuentra con Sacary, que sale en ese momento de la casa.

–¿dónde aprendiste a cabalgar así? –le pregunta, apartando el polvo con los brazos.

–Mis padres tenían unos caballos en su estancia. Aprendí a montar con los peones. Luego me pagaron unas clases con un profesor de equitación, pero nunca fue tan bueno como ir a campo traviesa y lo dejé.

Ata el animal a un poste al lado de la  puerta y se sacude la tierra de la ropa y del pelo, antes de seguir a Sacary.

–¿Adónde vamos?

–El jefe Fezán nos invita a almorzar.

–¿Ya regresó? Lo vi hoy temprano en las colinas. Me agrada esta gente... –dice ensimismada en sus pensamientos–. Sacary, ¿crees en las premoniciones? –exclama de repente–. ¿O tal vez en los presentimientos?

–Claro que creo. ¿Por qué lo preguntas? Ah, ya sé. Tuviste uno.

–Bueno, no sé... No sé como llamarlo, pero de repente sentí como si algo malo hubiera pasado. ¡Oh, tal vez en la Tierra! ¿Y si pasó algo y ahora no tienen forma de avisarme? O aquí. Si a mis compañeros les pasó algo, soy la única que queda.

–No digas eso, ni lo pienses. Ya es bastante pena Carlos Cardoso.

–Pobre... qué muerte habrá...

Entonces unos gritos provenientes de la calle principal, algo más adelante, los alertan. Corren hacia allí. Mucha gente está formada alrededor de alguien que grita como un condenado, coreado por los lamentos de una mujer. Al acercarse a ellos y ver lo qué sucede, el rostro de Fabiana empalidece y toma una expresión de asombro, mientras mira  a uno y otro buscando una explicación. El hombre yace ahí en el suelo, apoyada su cabeza en las piernas de la mujer. No cesa de gritar mientras se toma la pierna derecha, ensangrentada, y retuerce su otra pierna por el suelo, agitándose de dolor. Tiene raspaduras en el rostro y los brazos, la camisola y el pantalón destrozados, sucios de tierra, sudados y ensangrentados. El líquido corre desde sus heridas en las piernas y en los brazos empapando el suelo.

–¡Se va a desangrar! –exclama Fabiana, pero nadie le hace caso.

Su voz no sobrepasa loa ayes del herido, ni las súplicas de la mujer, que ora implora a las personas que la rodean, ora trata de tranquilizar al hombre con caricias, lágrimas y palabras suaves. Pero todos continúan allí como hasta ahora, en sus lugares, apenas murmurando entre sí. La miran con piedad y lástima, hasta hay unos que se tapan la boca y miran para otro lado incapaces de sentir más de ese sufrimiento.

Fezán mira al observador de Gribash con recelo. Este dice algo, con cautela. Fezán asiente, con lástima infinita en sus pupilas húmedas.

Ante la mirada interrogante de Fabiana, Sacary le murmura al oído:

–Van a terminar con su agonía, eso dijeron.

El rostro de la muchacha se descompone.

–¡Pero –objeta– no está herido de muerte!

Y, abriéndose paso entre el corro de gente se acerca al herido y se agacha junto a él. Fezán trata de apartarla pero ella se suelta de un manotazo y vuelve junto al hombre. Cuando el observador trata de intervenir, Sacary se le atraviesa, impidiéndole el paso, pidiendo unos minutos. Resignado, como si pensara que de todas formas se iba a morir tarde o temprano, desiste.

La muchacha le sonríe al adolorido hombre y a su esposa, y con suma delicadeza, revisa la pierna maltratada. Con algo de asco por tanta sangre, constata que no hay heridas tan graves. Debe ser un hueso fracturado. Suavemente mueve el pie: el tobillo está bien. Pero apenas toca la rodilla el hombre lanza alaridos. Ella sonríe con seguridad y, como si lo hubiera hecho toda la vida, pide:

–Agua, Sacary, y unas toallas.

Este lo pide pero nadie se mueve. Algunos se miran indecisos. A notar que nada se hace, grita más fuerte:

–¡Maldición! Hagan algo, o va a ser la primera vez que alguien va a morirse de dolor.

Con los furiosos gritos de Fabiana, Fezán reacciona. Hace una seña de que le traigan lo que pide, y se acerca a ayudar.

Lavan con abundante agua la herida de la pierna y las de los brazos, conteniendo la sangre con trozos de tela.

–Presiona fuerte –indica Fabiana a Sacary y a la mujer, que ayudan con los brazos, y al ver el temor en la cara del monje, agrega–: No te preocupes, lo he visto hacer muchas veces.

Observa la rodilla y presiona en varios lados, concluyendo que la fractura está en la tibia, un poco más debajo de la unión con la rótula. Entonces se encuentra sin saber qué hacer. Es como una laguna. Vio miles de veces a su padre, que era médico, curar heridas como esa en su consultorio. Incluso había estado cuando un peón de la estancia se cayó del caballo ante sus ojos y vio como lo curaba su padre con lo que tenía a mano. “Recuerda, boba, recuerda”, se dice. Y ahí mismo se le ocurre una idea, recordando esa vez del peón.

–¡Dos tablas y más trapo! –exige, excitada por la iluminada idea.

–¿Qué harás?

–Lo voy a entablillar. Calma... Ahora vamos a vendar las heridas ¡Oh, ¿qué sucede?

El hombre se ha desmayado, débil por la pérdida de sangre. Su mujer trata de reanimarlo. Todos miran con expectación el espectáculo. Absortos, casi inclinándose hacia delante y casi sin respirar observan cada detalle: cómo venda enérgicamente el brazo derecho desde el codo hasta la muñeca, como limpian a cuatro manos la sangre de su cara y espalda. Cuando endereza la pierna entre dos tablas y las venda con fuerza, presionando sobre la fractura, les resulta más interesante todavía.

Al terminar la curación, agitada, transpirada, recorre con la vista el grupo de personas que la observa con secreta admiración. Tan concentrada estaba que ni se había dado cuenta de que estaba rodeada de gente, que le pasaban las cosas y la alentaba. Pero el hombre aún está desmayado. La mujer llora amargamente contra su pecho.

–Cálmala, Sacary, ya va a despertar –pide con voz cansada mientras se levanta–. Y vamos... a casa, por favor. Necesito lavarme.

Con las manos en la espalda, se estira los brazos y el cuello, contracturados por la presión del momento. Y luego se echa a andar lento y con pesadez, a asearse y caer desfallecida en algún lugar.

En silencio, todos la miran irse, y vuelven a mirar al herido, que parece calmado en su desmayo, con una expresión de paz en el rostro. El observador de Gribash, detrás de todos, algo apartado, mira con seriedad al enfermo. Sus ojos relampaguean con un brillo siniestro. Perplejo, no puede creer como este pueblo desafía al Gran Imperio de Gribash. Impotente, aprieta los puños. Esto no quedará así, piensa, mientras observa la figura de Fabiana alejándose por la avenida de tierra.

 

XVII – Es la guerra.

 

Precipitadamente, Marius irrumpe en la sala del desayuno. Asombrados, ya que nunca vieron al monje tan excitado y menos corriendo tan deprisa, al detenerse bruscamente al borde de la mesa, todos vuelven sus ojos hacia él atónitos. Tratando de recuperar el aliento, explica a sus paralizados compañeros.

–¡Ah..., eh... mientras venía... venía para... oí a la mu-mujer decir que... decía, les decía...

–Para, para, amigo. Respira un poco que no te entendemos nada –le detiene Sheila–. Calma, calma. Ahora, habla ¿A quien oíste?

–Yo venía hacia acá –empieza nuevamente– para encontrarme con Uds. cuando oí unas voces. Iba a seguir de largo pero escuché unas palabras que me hicieron detener. Hablaban de nosotros. Me acerqué con  cuidado a la puerta, y apoyé mi cabeza en ella, escuchando todo.

–¡Qué cosa! ¡Habla ya!

–Parece –dice Marius bajando la voz– que aquí hay traidores. Hay gente de Gribash en el seno del reino Sardo, muy próximas al rey.

–¿Y eso qué? –pregunta indiferente Enrique.

–Los gemelos y la esposa del rey, Varna –dice Marius.

–¿Varna? –exclama incrédulo Guzmán–. No lo puedo creer. Aunque... –agrega pensativo–, no me parece ahora tan difícil de creer, ¡por dios! ¿Y eso en qué nos afecta?

–Hablaban de nosotros, o más bien dicho de Uds. Ellos creen que Uds. serían muy valiosos aliados del rey, así que piensan raptarlos y entregárselos a Gribash antes que el rey sepa de Uds.

Cada uno medita en lo suyo por un rato, hasta que Enrique dice con sinceridad:

–En verdad, hay tanto peligro en quedarnos aquí y ver al rey como de ser llevados allí y ver a Gribash, ¿no?

Por primera vez exasperado, Marius replica:

–Nosotros, creo, no pensamos ver a ninguno de los dos. Eso sería inútil y sin ninguna lógica, ya que su destino es traer ideas nuevas al pueblo, no ser degollados o partidos en pedazos pequeños por el rey. Ante las personas importantes y más aún, frente a un rey, debéis fingir que sois de utilidad y beneficio para ellos.

–Entonces, ¿qué haremos? Me siento peor que al esperar una prueba de embarazo –se queja Sheila–. Esta incertidumbre es lo peor que puede haber. No tenemos nada que esperar, nada que hacer.

–Yo digo que salgamos de aquí antes de que a alguien se les ocurra llevarnos ante el rey. Al principio, creí que la idea de hacernos pasar por embajadores era buena, pero no contaba con esto.

Mientras Guzmán terminaba de decir su idea, entraron los mellizos. Sus sonrisas burlonas que parecían nunca borrarse de sus rostros contrasta con la contracción en la cara de los humanos. Parecen niños pescados en medio de una travesura.

–Cálmense, adopten una postura más natural.

Con dificultad, logran sonreír a los recién llegados y decontraer los músculos.

–Pregúntales algo –dice Enrique a Marius.

–¿Algo como... qué?

–Cuando vamos a ver al rey –continúa Guzmán.

Hecha la pregunta, notan que la fría mirada que cruzan tiene algo de cómplice, de inteligencia entre ellos dos. Pronto, tal vez unas semanas, es la respuesta.

–¿Por qué esperar tanto?

A esto responden simplemente que el rey tiene muchos compromisos y trabajos más apremiantes que su entrevista.

–¿Sabe el rey que estamos aquí y quiénes somos?

Esta pregunta formulada con exigencia, hace denotar contrariedad en sus rostros de pergamino. En el primer instante parece haber chocado al mellizo más callado, quien echa la cabeza hacia atrás sorprendido al oír esta pregunta. Pero ahora, imitando a su hermano, hace una afirmación segurísimo, sin dejar la menor duda.

Apenas hubieran salido, Sheila susurra:

–Yo apoyo a Guzmán. Este chico tiene razón: hay que salir de aquí, enseguida. Esto no me gusta nada. Y esto fue un elogio... es el primer joven que veo que piensa antes de actuar.

 

Al sentir unos golpecitos en la puerta de la calle, Sacary se apresura a abrir. Es Fezán, el jefe del pueblo de Rilay quien toca. Cortés, lo hace pasar y, adivinando sus intenciones le pide que espere un momento que va  a avisar a Fabiana.

Unos minutos después llega esta, con el semblante más risueño de lo que estaba al mediodía, cuando lo del herido. Fezán va directamente al punto:

–Yo, señorita, he venido en nombre de todo el pueblo de Rilay a agradecerle todo lo hecho por Berg-eof, nuestro compañero víctima de una caída, un accidente terrible esta mañana, y especialmente en nombre de su esposa Zoom. Se ha mostrado muy generosa con un hombre que ya parecía haber llegado al final.

–Si hubiera estado así  mucho tiempo, ya estaría muerto –admite ella–; por suerte su fisiología y anatomía son como la de los humanos. Lo que no entiendo es por qué no trataron de ayudarlo, o por lo menos hacer lo que pudieran, si no podían arreglar la herida –agrega con un tono de sospecha en su voz–. ¿Acaso nunca aprendieron a curar?

Algo avergonzado, el jefe contesta:

–Sí, aprendimos. Hace siglos que sabemos curar esas heridas. Pero nadie hizo nada porque tienen miedo. Desde que formamos parte del Gran Imperio es ley matar a los heridos que no pueden trabajar –y rápidamente agrega–. Por eso también te damos las gracias con tanta insistencia. Te expusiste al peligro al infligir las leyes de Gribash. Si no fuera un cobarde, su enviado te habría matado en el acto, con toda la ley en su mano. Y aún estás en peligro. Así que... gracias, gracias, gracias.

Fabiana, que caminaba de un lado a otro, queda sorprendida ante sus reverencias, pero más ante sus palabras. Se para en seco y lo mira:

–¿Qué-qué quiere decir?

Sin necesidad de intérprete, Fezán contesta:

–Luego del incidente, mientras todos comentaban que nunca habían visto curar a alguien en ese estado y que estaba bien y se iba a recuperar pronto, él dijo que no se ilusionaran, que “si ese hombre no se levanta mañana y sale al campo a trabajar como antes lo hacía, morirá –cuenta, imitando la voz pedante del otro.

Luego de escuchar hasta la última palabra de labios de Sacary, Fabiana, indignada, se pone a pensar qué hará.

–Uds. no son súbditos de ese Gribash –exclama con rabia–, son sus esclavos. Los explota, les quita todo lo que tienen de valioso: su libertad, sus creencias, sus costumbres, su cultura, su vida... en fin, yo no sé como soportan esto. Por menos que esto ha habido guerras sangrientas en la Tierra. ¡Ah, no, si yo también renuncié a mi orgullo y fui por un momento médico como mi padre quería, y no voy a dejar que nadie mate a ese hombre... por más enviado del diablo que sea! –y para dejarlo bien asentado, da un tremendo golpe en la mesa a su lado, haciendo saltar todos los objetos sobre ella.

Durante unos segundos el silencio es absoluto. Sacary observa esperando a ver que hace Fabiana, pero esta solo se queda pensando con una mano sujeta en la otra. Mientras, Fezán aguarda con una actitud humilde, hasta que al final dice con una sonrisa animadora:

–Supongo que no almorzaste aún, y es bastante tarde, así que mi invitación sigue en pie.

Lentamente, le muchacha alza la cabeza:

–¿estás seguro? –si el observador se enteraba...

Él asiente. Ella sonríe ligeramente y acepta.

 

La calle principal está vacía ya que a esta hora el sol cae a pleno quemando hasta las piedras.

–¡Suerte que no tienen dos soles! –comenta Fabiana, al calarse una capelina muy simpática ajustándola a su rostro.

Enceguecidos por la luz como si estuvieran en un desierto blanco, cruzan la plaza. En esto, oyen unos ruidos estrepitosos y un grito. Fezán se detiene, pálido como un muerto y temiendo lo peor. Echa a correr mientras les grita:

–¡Fiik! ¡La casa de Berg-eof!

Tras un momento de duda la muchacha lo sigue como si le quemaran los pies. Sacary va un poco atrás, entorpecido por su larga capa. Fezán se tira contra la puerta, abriéndola de un golpe.

El cuadro de una silla y una mesa volteadas a la entrada de la casa y un sendero de cosas tiradas o rotas les indica el camino de la habitación de Berg-eof. Se abalanzan hacia allí. Se oyen las súplicas de Zoom y el llanto estridente e incontrolable de un bebé o un niño pequeño.

Todo ocurre muy rápido, pero queda grabado en el cerebro de Fabiana como en cámara lenta. Adelante suyo va Fezán, que entra en el cuarto y horrorizado, parece quedar estacado en el suelo. Pero ella no tiene tanto respeto, sigue y se tira sobre el brazo levantado del observador, que empuña una cuchilla larga y brillante. Con todo el impulso ruedan por el piso la cuchilla, Fabiana y el dueño del brazo. Con mucha mala suerte, él queda sobre ella y trata de alcanzar con una mano el arma tirada a un metro  de ellos mientras la sostiene con la otra mano de la garganta. Sus ojos brillan con la luz del triunfo y sus labios despliegan una sonrisa cínica y cruel. Entonces una fuerza incontenible lo toma por la garganta, haciéndolo levantarse, y soltar a la joven. Esta aprovecha para tomar la cuchilla y amenazarlo.

–¡Basta! –exclama Sacary–. Eso no es un espectáculo para los niños –y señala a Zoom, despatarrada en un rincón, con sus dos niños que miran fijamente.

El herido, salvado en el último momento, mira atónito, con los ojos desorbitados y sin atinar a decir palabra alguna. Fezán asiente y saca al observador a la calle, a empellones, amenazándolo con el cuchillo en la espalda y tomado por el cuello. Lo siguen Fabiana y el tuké, serios.

Una vez en la calle, se detiene el grupo. Rodeados de casi todo el pueblo, arrojan al tipo a la calle y se reúnen a su alrededor.

–La decisión es tuya –dice el jefe, mirándolo con desprecio–. Tú decides, señora.

Sorprendida, Fabiana replica.

–No, yo no tengo derecho. Él le hizo daño a uno de Uds. –sonríe y dice con satisfacción de reina que delega la decisión en otro–. La decisión es... del pueblo de Rilay, de Uds.

Ante estas palabras, todos quedan en silencio. Esperan que alguno arriesgue, que alguien diga algo. Como niños que de repente deben tomar una decisión importante se miran unos a otros. Murmuran por lo bajo o se susurran cosas al aire. Fezán controla la situación con la mirada, y al ver que no se decide nada, exclama:

–¡La decisión es fácil! Matarlo como él lo habría hecho o no.

Luego de un rato de discutir, un viejo manifiesta:

–Nosotros sólo matamos en la guerra. Así fue siempre. No somos unos bastardos como ellos.

–Entonces –indica el jefe–, decidan que haremos con él.

Varias voces gritan distintos castigos: desde atarlo a un caballo y arrastrarlo  por la avenida hasta hacerlo trabajar por el herido. Algunas proposiciones son ridículas, otras poco prácticas, todas indicadas por el rencor y la represión de todas sus vidas, que han llenado sus almas y corazones. Pero triunfa la razón. Algún día, al no recibir noticias, Gribash mandaría a otro, por lo tanto había que callarlo pero no matarlo. Al final deciden dejarlo ir con una condición,  o más que eso, una forma de prevención.

Fabiana, que se enteraba de todo por medio de Sacary, empalidece al escuchar que van a quitarle la vista. “Es la guerra”, dice Fezán al notar su repugnancia.

–No quiero ver –susurra la mujer mientras vuelve la cabeza.

Ahora que ha pasado el fervor del momento, se siente deprimida por lo que ha hecho y dicho. Al interferir en las leyes del Imperio, no solo se puso en peligro a ella sino a todo el pueblo también. Es cierto que salvó una vida, pero esto de ver correr sangre producto de la venganza y la rebelión, es demasiado para su corazón acostumbrado a la tranquilidad del espíritu.

–Tranquila –le susurra Sacary, al ver unas lágrimas cayendo de sus ojos–, cumpliste con tu deber. No llores por ese maldito, llora por todas las vidas que se han perdido antes de que tú pusieras el ejemplo –parece que el tuké tiene un sexto sentido que le hace comprender a todos–. No sientas culpa.  No sé si tus compañeros lo han hecho como tú, pero hasta ahora eres la que más ha cumplido su destino.

–¿Crear una matanza inútil? –solloza agriamente–. Cuando el Emperador se entere simplemente mandará a un ejército y los exterminará, ¿no se así? A esta buena gente que tanto nos ha ayudado.

–Vamos, vamos –la calma, empujándola hacia la casa.

Atrás quedan los hombres y mujeres del pueblo, en círculo en torno al ex observador, en silencio, esperando con satisfacción ver cumplir la condena al desdichado. Ahora piensan eso de él, pues ya solo pueden sentir lástima. Dentro de unos minutos verán saciados sus deseos de venganza, la rabia acumulada desde hace años. El elegido como verdugo avanza entre el cerco de gente con un fierro candente amenazante hacia el sentenciado.

En camino de su casa, la muchacha y el tuké pueden oír roto el silencio por unas súplicas y unos gemidos infrahumanos. El orgulloso individuo se ha mantenido hasta ahora con una mirada de superioridad y una sonrisa burlona y cínica en la expresión de su rostro. Pero de pronto comienza a agitarse convulsionadamente, acompañándose de gemidos y quejidos, ruidos que parecen querer escaparse de su boca cerrada  a la fuerza. Ya ve el fierro ante sus ojos ¿acaso será lo último que vea? ¿Su última mirada será cruel y superior como la usual en él, o suplicante y dolorosa? Paralizado por el terror, el trayecto del fierro hasta su cara parece eterno. No puede moverse, quiere gritar y pedir, pero no logra abrir su boca. De su garganta provienen los quejidos, de sus ojos el terror, su resistencia a resignarse. Quiere decir que no, si pudiera pedir ¡por favor! Sólo mueve la cabeza un poco hacia atrás. El público circundante espera ansioso, solo algunos sollozan y se tapan la vista, abriendo luego los dedos para ver.

Y el fierro candente se acerca. Es largo, retorcido, no sigue una línea recta ¿o es acaso su visión distorsionada? Quiere escapar, no se puede. ¿Cómo sacar todo ese dolor, angustia, horror, resignación tétrica y esperanza frustrada que atormentan su alma al último segundo? Es eterno, parece. Pero no, el fierro se acerca inexorable a su rostro. Siente el calor cerca de su nariz. Es consciente del sudor que lo baña. Ya no lo divisa, solo ve el rojo que le tapa la visión. Es la última décima de segundo que va a ver, pero no está pensando con claridad. Es todo como un tormento eterno, siente ¿Cómo escapar? ¿Cómo dejar escapar lo que le oprime el alma? El contacto infernal con el fierro destapa su garganta. Un grito, aullido, clamor... todo junto escapa del ser atravesando como un cuchillo el aire, alcanzando las notas de horror más altas y las de dolor más agrias. Nada, ni siquiera ese grito, se compara con el dolor que siente. Durante los tres segundos que dura el contacto, se sumerge en el delirio más increíble. Ve pasar su vida ante él y, al sentir que el dolor terminó se nota sumergido en un pozo profundo y oscuro.

Al oír ese sonido escalofriante, el grito de agonía y el clamor victorioso del pueblo, Fabiana se abraza a Sacary y se quedan donde están, mudos y quietos.

La agonía continúa para el ciego. Se retuerce en el suelo, escondiendo sus ojos entre sus manos, sintiendo el ardor más duradero posible en la parte más sensible del cuerpo, sin poder hacer nada para aliviarlo. El grupo se va disipando poco a poco. Sólo Fezán y algunos se quedan vigilando, esperando.

 

XVIII – El muro de la libertad.

 

Guzmán Gianetti se levanta de su lecho y se dirige hacia la ventana. Es angosta, alta, hecha de un material parecido al vidrio aunque no tan transparente. Apoya una mano sobre la dura y fría superficie. Algo difuso, puede ser su imagen, su reflejo sobre la ventana. No parece él: su rostro cansado, se notan las depresiones sombreadas debajo de sus ojos que señalan la angustia que lo envuelve; su cabello no brilla como antes, tiene una barba incipiente de varios días que le da un aspecto rudo y le agrega varios años. Al principio probó afeitarse con una navaja, pero acostumbrado a la afeitadora eléctrica, se produjo unos cortes muy dolorosos. Pero ahora ya ni siente ánimos de arreglar su persona. ¿Los demás sentirán el mismo cansancio, la misma incertidumbre, la misma impotencia...?, se pregunta mientras deja deslizar sus dedos a través de su propio reflejo para luego despegarlos rápidamente con un chirrido erizados.

Unos golpes en la puerta –inmensa y maciza– que retumban en el cuarto, lo sobresaltan y abandona su rígida postura frente a la ventana. Sabe que llegó la hora de reunirse con los otros, de dejar este lugar, tal vez de volver a casa... todo dependiendo de lo que decidan.

 

Cae la noche. Se cierran sobre Rilay las sombras nocturnas y aparecen las estrellas, las del cielo, lejanas y eternas, y las de la tierra, faroles y velas que se consumen en un par de horas.

Fabiana está tendida en una poltrona achatada cerca del fuego, sumida en una somnolencia deliciosa. Todo su cuerpo parece yacer como si su dueña lo hubiera abandonado allí. De una de sus manos cuelga un pedazo de pan apenas mordisqueado. Sus ojos entrecerrados contemplan las llamas del hogar.

Como si despertara de repente, se levanta con rapidez, deja su alimento sobre la mesa y se vuelve a sentar frente al fuego, ahora rígida. Se palpa el rostro: su piel más expuesta, o sea su frente, mejillas y nariz, están quemadas por el sol y su temperatura es alta. Sabe que no se ve como en sus mejores días. Toca su cabello: está seco y despeinado. Tampoco se siente bien. Quisiera que nada hubiera pasado, nada, nada. Ya ha decidido irse de allí. Mañana temprano saldrán.

En su casa, cuando se siente así de deprimida, va hacia el piano y toca una melodía triste y lenta, luego otras más románticas y menos pesarosas, hasta que al fin se olvida de lo que la preocupaba. Pero aquí no hay forma de desahogarse. Sin darse cuenta, recostada de nuevo observando las llamas, comienza a tararear por lo bajo algunas notas de alguna lejana melodía, de un lejano lugar.

 

–¡Vamos, rápido, pero en silencio! –exclama, aunque bajito, Marius señalando a los otros el camino.

La salita de recepción sigue siendo húmeda, oscura y fría como cuando llegaron. A tientas, encuentran una barra y una cadena, un simple mecanismo que abre la puerta. Quitando la barra de metal y desenganchando la cadena tienen la salida libre para escapar. Saltan a la calle.

–¡Uf, no recuerdo que la puerta estuviera tan alta! –se queja Sheila, levantándose del suelo.

Sin saber muy bien la dirección a seguir, comienzan a caminar en un grupo apretado, por las calles estrechas y laberínticas. Son cuatro sombras en sendas capas bajo las cuales llevan ropas lujosas y relucientes joyas.

–Después de todo, fue tiempo perdido –dice el Guzmán.

–¿De qué hablas? Yo voy a extrañar la vida que nos daban en esta mansión, este palacio –replica Sheila.

–Sí, pero nos iremos de Iena sin hacer a lo que hemos venido.

–¡Ah, ah, ah! –irrumpe Enrique–. Déjate de pavadas, hombre. Mejor cuida el pellejo.

–¡Por eso mismo! ¡Así nunca regresaremos a casa!

Para evitar una discusión, Sheila interviene entre ambos, pero a la vez agrega, dirigiéndose al tuké:

–¿Si hacemos un poco de alboroto, prometes que volveremos enseguida al templo?

La pregunta resuena en el silencio sepulcral de la noche, atravesando el aire, los fétidos olores y las almas de Enrique, Guzmán y Sheila. Con simpleza, el tuké contesta:

–Sí, claro está. Pero no un alboroto, no, eso no es lo que queremos. Con que dejen sus enseñanzas, basta.

Una sonrisa se apodera de Guzmán.

–Si eso quieren... tengo una idea. Creo que funcionará, pero necesitaremos ayuda.

 

Ya elegido un muro ancho y alto que forma parte del edificio más grande de la ciudad de Iena, liso, de color gris claro y situado en un punto muy visible, en la confluencia de varias calles, el grupo de encapuchados se dirige hacia allí.

Cerca del puerto y en unos callejones encontraron la mano de obra necesaria: todos parias, expatriados, perseguidos. Gente que vivía como animales en los puertos, los bosques, los desiertos... para escapar de una vida como esclavos o de una muerte como perros. Una vez en el lugar indicado todos sacan de sus capas potes, cacharros y todo tipo de recipientes de todos los tamaños y los colocan frente al muro; luego se quedan como esperando.

–Adelante –exclama Guzmán, haciendo gestos con los brazos, instándolos a comenzar–, vamos, antes de que llegue alguien. Pinten lo que gusten.

Marius repite la orden y todos empiezan. Se embeben las manos de pintura amarilla, roja, naranja y azul... colores obtenidos de plantas y polvos de la tierra mezclados con agua, grasa o sangre animal. La pálida luz de la luna solitaria que apenas se levanta no deja apreciar bien el color y ni siquiera ven bien lo que dibujan.

–¿No es esto vandalismo? –pregunta cínico Enrique.

–Tómalo como arte –contesta Sheila, intentando reprimir la provocación, pero Guzmán está lejos y no lo escucha.

Trabajan en silencio. No hablan, aunque sí respiran agitadamente y lanzan largos suspiros. Los humanos contemplan la obra un poco apartados.

–Arriba no hay nada –dice la mujer, señalando a donde ni los más altos llegan.

–Bueno, no hay escaleras. Pero sí, se ve bien –admite Enrique, con una leve sonrisa–. Alegra un poco.

–No me parece que se alegren mucho mañana cuando lo vean los citadinos.

Luego, cuando ya todo el espacio desde el suelo hasta los dos  metros de altura se ve totalmente tapado de manchas, dibujos, manos y pies a uno se le ocurre la idea de alzar a un pequeño y sentarlo en sus hombros, pudiendo pintar así más arriba.  Guzmán toma una especie de esponja –una planta liviana, llena de agujeros y absorbente–, la moja en pintura de vaya a saber uno que color y  la lanza más alto aún, creando soles y estrellas escurridas. Sheila pasa a su lado y lo ve respirando tan agitado y sudoroso que le susurra:

–Vaya, vaya, degenerado... esto  te excita, eh...

Él le contesta con una sonrisa. Apoya sus manos en los hombros de la muchacha y dice: –Siempre soñé con pintar impresionismo en las paredes de la Casa Blanca o Versalles...

–¿Así que eres uno de esos locos que pintan en los callejones a escondidas y sueñan con forrar de nylon negro el parlamento o el obelisco?

–No, pero siempre amé el arte.

–Entonces, ¿por qué estudiaste de arquitecto?

–Y tú me lo preguntas... ¿qué te hubiera gustado ser?

–¡Oh, no hablemos de mí! Son otras cosas... Además, creo que tú tienes dinero...

–Pero a mí me gusta mi profesión –la interrumpe–. Pero también me gustaría hacer otras cosas, animarme a cosas diferentes.

–Pues, cuando vuelvas a la Tierra, hazlas. Como un premio por esto ¿entiendes?

–Ajá.

Cuando terminan el grupo de hombres y niños se reúne frente al tuké y los humanos, esperando algo.

Sheila saca de debajo de su capa un montón de ropas que reparte equitativamente. Son las cosas que se habían llevado del edificio: camisas, pañuelos, polleras, pantalones que forman un visible contraste con los harapos que llevan los parias. A su vez, los otros humanos se despojan de varias capas de ropa, como si fueran una cebolla, y las reparten. Además, como premio por el excelente trabajo, se desprenden de algunas valiosas joyas que entregan a los más ancianos para que ayuden a sus familias. El grupo de pintores agradecen efusivamente, agachando la cabeza una y otra vez con los ennegrecidos rostros emocionados como niños y los ojos lagrimeando. Antes de dejarlos ir, Guzmán pregunta a Marius:

–¿Sabes escribir en su idioma?

–¿en el lenguaje sardo?

–Sí, en el de esta ciudad.

–Yo sí, pero... casi no se usa y muy pocos lo conocen.

–No importa, ¿el rey puede leer, o no? Pues escribe encima de todo esto algo alusivo.

Y haciendo señas a los dos hombres más fuertes para que se acerquen, les indica que lo alcen. Como Marius es delgado y bajo, no les cuesta nada levantarlo por las piernas y poner sus pies sobre sus hombros. Apoyando una mano en la pared para equilibrarse, Marius anuncia que está pronto.

–Toma –Guzmán le alcanza un pote de pintura.

Con manos vacilantes, el tuké va delineando unos caracteres extraños parecidos al chino, pidiendo que lo muevan un poco  a la derecha al terminar un grupo de letras. En un momento vacila y siente que se va a caer, pero los hombres lo agarran fuerte hasta que puede recuperar el equilibrio.

Queda una enorme mancha de colores coronada por un letrero de caracteres gigantes.

–Escribí algo que se puede traducir como “el muro de la libertad y la alegría”, en el idioma sardo y otros dos de por aquí.

–¡Que maravilla! –exclama el muchacho–. Indica a los hombres que se vayan rápido, y muchas gracias a todos.

Tan pronto como ellos, los humanos y el tuké se largan del lugar, metiéndose entre las calles estrechas y muy largas que se entrecruzan locamente. Tardan un rato en encontrar lugares conocidos. Enrique se va poniendo cada vez más nervioso al no encontrar una salida de la ciudad, se siente atrapado. Ha perdido, desde hace algún tiempo, su buen humor y su actitud bonachona; sus miedos se han convertido en mal humos y en actitudes cínicas y negativas.

De pronto, al dar vuelta una calle pensando que por allí es la salida al puerto se encuentran de golpe con dos figuras encapuchadas también. Les van a dejar paso y continuar cuando, lentamente, los otros dos se descubren la cabeza mostrando sus rostros amarillos y mohosos de iguales facciones.

La sorpresa les hace casi saltar, y dan un paso atrás, mudos de golpe.

Marius les habla  con prudencia pero sólo despierta en ellos una media sonrisa burlona. Al final, se rinde y los sigue, diciendo a los demás: –No son ningunos tontos. Pero no se preocupen, no os harán daño, según lo que he visto.

Con los puños cerrados, los miran adelantarse unos pasos antes de seguir.

–¡Les damos unos buenos golpes en la cabeza y nos vamos corriendo! –propone Enrique, casi entre dientes por la furia.

–Yo no haría eso –lo tranquiliza Marius, y señalando agrega–. Observa detrás de ti.

Dan vuelta la cabeza con cuidado. A unos veinte metros los sigue un grupo de diez a quince guardias, armados y alerta.

 

XIX – Sorpresa.

 

La sala del palacio real que corresponde a las reuniones, fiestas y presentaciones con la exclusiva presencia del rey, arde en lámparas doradas y rojas, cuales luceros colgando del techo, de las paredes y las mesas. La iluminación a giorno permite ver mejor las galas que lucen las esposas del rey, los guardias y los ministros. Todo lo más alto de la burocracia está allí. Hombres de política y militares, arrogantes y vanidosos que se muestran a ellos mismos o a sus joyas y vestidos como si en ello les fuera la vida. Largas mesas cubiertas de bebidas y manjares servidos por esclavos. Y no cualquier esclavo. Elegidos ente los más bonitos jóvenes: esbeltos, muchachos delicados y jovencitas, casi desnudos, dejando ver sus pieles lustrosas de marfil o azabache. Las esclavas con preparadas para servir a los más altos señores. Cuando estén viejas o usadas, serán ejecutadas ahogándolas o asfixiándolas, para que no ensucien con su sangre. Los jóvenes, casi niños, lampiños pero fuertes, llevan un collar de metal que no pueden quitarse por estar soldado, del que cuelgan pesadas cadenas. El trato  que los lujosos y lujosas les dan, es peor que las cadenas o la muerte: humillación, bajezas, servicio hasta desfallecer.

En un rincón, los tres humanos miran con impaciencia y aburrimiento.

–¿Quién es ese Dizjsiar? –pregunta por quinta vez Sheila.

–No es nadie –le contesta Marius–. Es una palabra que significa “héroe de guerra”, y se le da como un título a quien lo gana en la lucha. Ahora va a venir el Rey, y luego entrará ese guerrero al que se le dará el título.

Apenas dice esto, las puertas se abren. Dos guardias de armaduras doradas anuncian con voz potente al Rey. Luego una procesión de jóvenes esclavas desnudas entran forrando el salón de flores y hojas negras, seguidas de otras que, con un collar grueso atado con largas cadenas a un carro plateado, tiran la carroza del rey ayudándose con las manos y realizando un terrible esfuerzo. Detrás del Rey, sus esposas caminan con reverencia seguidas de jóvenes guerreros. Al llegar el Rey al otro extremo de la sala y ser allí depositado junto con su carro, la procesión de desperdiga por el salón, quedando sólo sus esposas  junto a él. Varna, como un gran honor, va sentada en el borde del carro, y parece buscar algo con la vista.

La favorita del rey luce un vestido magnífico y escaso, de metal plateado, dorado y negro, que apenas cubre partes de su cuerpo excitando la lujuria de los hombres y provocando la envidia de las mujeres por su opulencia en brillo, exquisitez y riqueza. No es que las demás esposas debieran envidiar la belleza de Varna, aunque sí la elegancia, el porte y la forma de llevar sus ropas, la altivez de su mirada, la atracción de su sonrisa y ese aire de reina que la hacían la preferida del Rey. Mientras posa una mano sobre la pierna corta y musculosa del hombre que con una palabra puede cortar una vida de raíz, con sus ojos revisa la sala repleta de gente. Primero, su vista tropieza con los mellizos, que le hacen una seña con la cabeza y sonríen con perspicacia, y a su lado ve a los tres humanos que en ese momento no le prestan atención, ya que la tienen puesta en el guardia que anuncia la entrada del Dizjsiar.

Todos los ojos se fijan en la puerta que se abre con estrépito. Diez soldados entran de a dos en perfecta fila y paso sincronizado, al son del roce de sus armaduras. Al llegar al medio del salón, se separan formando un cortejo para la entrada del Dizjsiar. Este es un personaje imponente en realidad. Es más alto que la mayoría, moreno, barbudo y curtido por el sol, su rostro enérgico guarda unos ojos oscuros y ardientes. Camina a paso firme y con grandes zancadas hasta llegar frente al Rey. Entonces sí su cabeza baja con sumisión y se arrodilla con reverencia.

El Rey, sin levantarse y con indiferencia, hace una seña a un ministro para que actúe. Este se acerca y recita un discurso con voz queda y monótona que se hace largo. Al acabar, el Dizjsiar se levanta con orgullo y hace su discurso. Luego un esclavo se acerca trayendo una espada dorada llena de arabescos y una bandera roja que pasan de sus manos a las del ministro y a las del guerrero.

Terminada la ceremonia y sin poder ocultar su fastidio por los largos discursos, el Rey da tres palmadas y ordena empezar el festejo.

En su ronda por el salón, recibiendo felicitaciones y admiración por parte de la exclusiva sociedad sardónica, finalmente llega Dizjsiar ante los mellizos y se pone  a hablar con ellos. Los tres son personajes notorios, unos en la política, el otro en la guerra. Su conversación va de las consabidas felicitaciones a las últimas novedades, en especial el escándalo del muro de Palacio que apareció ensuciado, seguramente manos indignas y revolucionarias, de la búsqueda de culpables y de la duración del castigo que habría que aplicarles.

 

Con los primeros rayos del sol aparecieron como de la nada una multitud de sirvientes, esclavos, guerreros de poca monta, marineros y algunos militares madrugadores. ¿Cuál no sería su sorpresa al descubrir en el seno de la geométrica, severa y tediosa ciudad un muro coloreado, pintado en toda su extensión y coronado por una inscripción semejante? Encima, la pared pertenecía al palacio Real, donde duerme el número uno del reino y se deciden los destinos del régimen. Sin embargo, era verdad. Allí estaba el mural: significativo, detallado, cada vez más claro y notorio a medida que el sol ascendía y una multitud de curiosos se agolpaba para descifrarlo, con interna satisfacción de descubrir algo nuevo, algo no visto aún.

Habían sido buenos dibujantes, no eran manchas de colores. Parecía una selva de imágenes. Todas figuras de personas  en distintas tareas: una madre con un niño en brazos, un hombre cazando, un niño pescando. Se destacaba un hombre de dimensiones casi naturales parado sobre un mar de aguas azules y verdes, iluminado por un sol chorreante y difuso, con los brazos abiertos y una notoria sonrisa en los labios. Otros habían sido más explícitos, o tal vez más sinceros, y habían expresado sus sentimientos dibujando a un guerrero asesinado por un sin-patria, un hombre desnudo practicando un ritual religioso o adorando una roca, o una réplica del palacio tachado por una gran cruz roja. Todos ellos rodeados de flores, animales, bestias marinas y estrellas. Sin embargo, tal vez el que más impresión causó fue la detallada y artística representación de una mujer pariendo a un niño esquelético y con cara de calavera, tan real y escalofriante, como si fuera una escena con movimiento.

Largo rato se quedaron todos observando cada detalle, comentando entre ellos cada escena, cada color y cada letra.

 

Los mellizos comentan algo al Dizjsiar que lo llena de extrañeza.

–¿Cómo... quiénes? –pregunta interesadísimo.

–Ven con nosotros. Tal vez tú hayas visto alguna vez a esta raza en tus largas campañas...

Y así, lo guían hasta los tres humanos que en ese momento están solos pues Marius está conversando con Varna, quien lo ha venido a buscar. El rostro del héroe de guerra se transforma, de la placidez del éxito y la buena vida al estupor.  Esto es algo que no se esperaba. Contempla minuciosamente las caras de estos seres, en especial la de la mujer. Entonces, al borde de la ira, grita a los mellizos. Los humanos no entienden nada, ¿por qué ese enojo por su presencia? ¿Los reconocería? ¿De dónde y por qué ese disgusto hacia ellos?

Por única vez los rostros de los mellizos demuestran desconcierto, no saben qué hacer.

El Dizjsiar alarga uno de sus pesados brazos y apresa el cuello de la mujer, que atónita, se deja casi arrastrar hasta donde se halla el Rey. Con reverencia, pero sin poder esconder su ira y descontento explica sus actos a su soberano. Los mellizos escoltan a Guzmán y Enrique, Varna y Marius se acercan al notar el revuelo, y el resto de los invitados forma un semicírculo dejando al Dizjsiar y su presa en el centro.

Enrique trata de hacer que el Dizjsiar suelte a Sheila, a quien sacude tomándola por el cuello como si fuera una muñeca de trapo, asfixiándola, pero sólo logra que dos guardias lo detengan con sus lanzas. Retrocede. El Rey calma al guerrero, indicándole que suelte a la mujer. Brutalmente abre su garra, arrojándola contra el piso.

–¡¿Qué pasa?! –grita desesperado Guzmán, buscando a Marius.

Pálido y tembloroso, este contesta:

–Di-dice que no... no es la primera mujer de esta raza que ve... y algo de que es un peligro, no... que es una raza en peligro po-porque lo han engañado... y él la va a exterminar.

–¿Y eso que quiere decir?

–¿En serio no entiendes? Fabiana Peralta... es la otra mujer.

Como si lo hubieran golpeado en el rostro, Guzmán se tambalea y se vuelve tan pálido como el tuké.

–Ahora le explican al Rey quienes somos –va contando Marius–.  Pero él insiste en que somos mentirosos –añade señalando al guerrero–. Él era el jefe de un campamento, sí... y capturaron a la mujer y a un monje ¡oh, Sacary!, pero escapó con engaños, ¿cómo dice? –se pregunta extrañado, y luego sonríe– mediante intrigas, incitando a la traición de... sus mujeres y... sí, trajo a cuatro que no quisieron negar las ideas falsas de la extraña.

El Dizjsiar ordena que traigan a una de las prisioneras, antiguamente una de sus esposas.

Varna no sabe que partido tomar, si el del guerrero y acusar a los humanos, o el de ellos y ayudarlos. Se decide por el suyo propio. Con voz melosa dice al Rey:

–Mi señor... Estos señores son embajadores, no ladrones co...

Pero el Rey no está de humor para escucharla y la aparta asestándole un golpe en el rostro con la palma abierta que la tira contra la carroza. Ella rebota en el duro metal y cae al piso, tomándose la mejilla ardiente entre sus manos. Sorprendida primero, furiosa y herida en su orgullo después, le clava una mirada que es una daga envenenada de futura venganza por la presente humillación.

Lento y pesarosa camina la mujer sucia y desgreñada, que antes fuera esposa amante del Dizjsiar. Es obligada a arrodillarse. No pelea, no grita: está resignada. Un ministro la interroga. Lo que alcanzan a comprender los dos humanos a través de Marius es algo de pensar por sí mismo, de querer decidir sobre su vida y su ser, y hacer lo mismo que los hombres pueden hacer. Además se queja de la ley y del rey, lo que provoca inmediatos murmullos de desaprobación. Sheila le dirige una mirada de compasión, y luego interroga a sus compañeros:

–¿Qué pasa aquí? –susurra.

El tuké le explica con detalle la historia del guerrero y de la mujer que dicen haber conocido a un ser de otro mundo, un demonio con rostro de mujer para uno y un ángel de la verdad para la otra.

El Rey sentencia, interrumpiéndolos.

–¡Su hade unmulos!

El semicírculo se abre aún más, los humanos son apartados mientras el Dizjsiar susurra algo a la mujer.

–¿Acaso ella será una Juana de Arco? –murmura Guzmán–. ¡Por dios, que sí!

–¿Se retracta? –está preguntando el ministro entonces.

Ante la rotunda y orgullosa negativa, la sentencia es la única posible: muerte.

 

XX – Sangre sobre las losas.

 

Es el último instante antes del comienzo de la ejecución. El gran Dizjsiar toma de manos de un esclavo una soga gruesa y áspera. Los ojos de la condenada brillan un segundo con el terror a la muerte, con el aferrarse a la vida que la hace dudar y querer retractarse, pero su orgullo hace que se reprima de suplicar y arrojarse a sus pies pidiendo perdón y sólo alza la cabeza y pide su última voluntad, barriendo con el silencio de la sala.

Las miradas de todos están clavadas en ellos dos, incluso el desdeñoso Rey mira con interés. Sheila apenas contiene las lágrimas, que se le escapan en abundancia. Trata de mostrarse fuerte como Enrique y Guzmán. Pero estos sólo están fingiendo: el regordete funcionario público tiene tanto miedo que no puede pensar y el muchacho está tan confuso y nervioso que no logra moverse. El tuké hace una señal en el aire: un círculo, cruz, un rezo.

Pero ¿qué es lo que pide  la ex-esposa del Dizjsiar en su última hora? Tan solo otra forma de morir. Secretamente odia la idea de formar parte de una masa anónima de muertos, sin distinción, muertos ahorcados y luego echados en la fosa común, en un pozo, cubiertos con tierra o arena. Si ha de morir, ella que fue guerrera, al menos que sea distinto, con respeto. Ella es única. Sí, solo hay una como ella y al morir ya no habrá otra igual, con sus errores, defectos  y virtudes.

El Rey accede. Sin darse cuenta el mismo está  destruyendo su perfecta organización al aceptar. Al hacer una excepción, el régimen se quiebra.

El Dizjsiar, feroz y brutal, toma entre sus manos su sable dorado recién adquirido, lo alza sobre su cabeza y sólo pasa un segundo, corto para él, eterno para la mujer, antes de dejarlo caer con todas sus fuerzas sobre el cuello desnudo de la ex-esposa. Sus ojos brillan como los de un  animal carnicero al devorar su presa, al cortar de un tajo limpio que separa la cabeza del cuerpo sesgando su vida. Apenas ha pasado veloz, el delgado filo de la espada choca  con el suelo con estrépito, un estremecimiento sacude al tronco y de él surge como si no pudiera contenerse más un potente chorro de sangre, bañando con su color escarlata y su tibieza a todos los que están cerca: el Rey, el Dizjsiar y el esclavo. Salpica la cabeza que rebota en el suelo para luego quedar quieta.  Muchos notan, helados, que de sus labios recién muertos parece brotar el último suspiro al caer por fin el cuerpo inanimado, vacío.

Congelados en las más diversas posturas, todos observan con asco la sangre roja coagulándose  poco a poco sobre las finas losas, las suaves telas y las eminentes figuras del Rey y su guerrero.

 

–Y... ¿qué pasó? –Sheila interroga al tuké al verlo aparecer.

Marius se acerca con tranquilidad, suavizando el ambiente a su alrededor. Han sido encerrados como sospechosos de espionaje y conspiración extranjera en unos calabozos pequeños, húmedos y oscuros en los sótanos del Palacio.

El tuké toma la mano de la mujer y se la aprieta, reconfortándola a través de las rejas.

–Tranquila –susurra–. Todo se solucionará.

–¡Ah, sí! ¿Cómo? –salta Enrique, gritando con exaltación.

Marius explica, con serenidad:

–Esto se ve feo, sí, es cierto. No puedo mentirles, nos acusan aparte de ser espías, de violar varias leyes. Sospechan que fuimos los que pintaron el muro. Estamos vivos porque el rey está ocupado con otras gentes, otros acusados, y  recién en la mañana decidirá.

–Pero, esto es el fin... –suspira con voz quebrada Enrique–. ¡Por dios, si pudiera rezar!

–Rezad, pues necesitaremos mucha ayuda para salir de aquí.

El que permanece silencioso es Guzmán, pensativo, sentado en el suelo de su celda, contra la pared:

–No sufras, amigo –le dice–. Siento que no es nuestra hora aún.

–¿Aún? –repite Sheila. Su voz se pierde.

 

–¿Estás segura de esto? –insiste Fezán.

Debe ser la décima vez que pronuncia con su acento entrecortado y gangoso esa frase, esa petición. Pero es en vano, pues la muchacha se muestra decidida  y enérgica, y dispuesta y rápida en todos los preparativos. Sacary se le acerca y dice:

–Fabiana, parece que huyes de algo... ¿es eso?

–¿Qué quieres decir? –balbucea ella, mientras desata las bridas del caballo.

–Pues... desde ayer al mediodía estás muy acongojada, como si hubieras hecho algo malo. Quiero que lo pienses bien antes de apresurarte a tomar la decisión. Has cumplido con tu misión y sin embargo no te sientes orgullosa... no te entiendo.

–Ni yo misma lo hago –acota ella.

Se va reuniendo una multitud en la puerta de la cabaña. El hombre que se la prestó le pide que se quede un tiempo más honrando su casa. Los niños más pequeños también insisten en que les enseñe más canciones. Hay que ver cómo se divierten los chicos aprendiendo melodías simples como el feliz cumpleaños y las que aportan su imaginación. Varias manos se ofrecen para cargar sus cosas y llevar el caballo hasta la salida del pueblo.

Mientras camina cabizbaja junto  a Sacary, apenas puede reprimir el llanto. La emoción atenaza su garganta, le oprime el corazón. Como a una niña tonta, se dice. No quiere llorar delante de todos. Por eso aprieta los ojos y los dientes. Así al fin llega, con su séquito, a la carretera rústica de piedra  y pasto por donde se llega y se sale de Rilay.

El sol matinal relumbra en los ojos de los que se despiden.

–No olvides nosotros –le dice con ternura Fezán–. Yo no olvidar tus palabras.

Dejando escapar una lágrima la muchacha sonríe asintiendo y sube a su cabalgadura. Sacary la imita. Saludan con la mano. Con premura, sin mirar atrás, comienzan su viaje sin destino a través del Imperio de Gribash. Los del pueblo se quedan mirando hasta que se pierden en el horizonte, el eco de los cascos se apaga y queda el silencioso brillo y la deliciosa frescura de la mañana.

–¿Adónde vamos? –pregunta el tuké.

–Si no lo sabes tú... –ella levanta la vista, despreocupada–. Adonde sea, no me importa –agrega.

Sacary la mira preocupado, sin comprenderla. Nunca se había comportado de esa manera ¿cuándo le volverían los ánimos?

–¡A la capital! –exclama, como si propusiera ir a una placita.

“¿Hasta cuando? Qué ánimos de meterse en la boca del lobo. Parece como si... como si renunciara a la vida. En vez de huir, se arroja al peligro, ¿es valor o idiotez?”.

–Eh... Fabiana, escucha –comienza a decir–. Yo creo que si no te sientes bien puedes volver al monasterio y esperar allá a tus compañeros... hasta tal vez encuentres a Cardoso que haya encontrado el camino de regreso –pero al ver la expresión de la joven al recordarlo, calla bruscamente. Al rato agrega– Creo que estás confundida.

–¡Tú viste la alegría de esa gente en la crueldad, ¿no?! Eso no es lo correcto y... como guía de estas personas, no sirvo. Imagínate, si yo sola con unas pocas conversaciones  y mi presencia causé esto, imagina si aprendieran todo de los humanos. Pero no me voy a ir después de haber hecho el daño. No. Me voy a quedar, y seré más prudente.

–Pero si todo lo que enseñaste, lo que dijiste, era correcto. Tus ideas son las justas, no las de Gribash –afirma con convicción el tuké, deteniendo las riendas de su caballo–. Sí, es cierto, a mí tampoco me gusta la sangre como método para hacer imponer una idea, pero si al final será provechoso, habrá libertad para estas buenas gentes... Además exageras, porque aquí no se ha declarado una guerra, ¡Fabiana!

Ella sigue al trote. No le contesta, ni él insiste. Entre colinas verdes, bajo el cielo siempre despejado de azul profundo, puro, iluminados por los gloriosos rayos de un sol anaranjado y enorme, marchan a la ciudad capital.

 

XXI – El paraíso y el infierno.

 

El viaje ha sido muy aburrido. Monótono es la palabra. El paisaje, aunque bonito, resulta tedioso luego de verlo durante horas, y horas, y peor cuando se  lo mira con ojos tristes o malhumorados. Pero ahora están a la vista de la capital, la grandiosísima Capital del Imperio de Gribash. En el camino encontraron cantidad de pueblos sin importancia, con sus casitas modestas de madera o piedra según lo que abunda en la zona, rodeados de tierra de cultivo o pastoreo. En muchos campos trabajaban esclavos, semidesnudos y casi comidos por los insectos. Y también se cruzaron con destacamentos de guerreros, bárbaros haciendo ejercicios en terrenos difíciles, fanfarroneando, riendo a carcajadas. Si bien los guerreros eran ruidosos y alegres, los campesinos, sus esclavos y mujeres eran igualmente de serios y ceñudos. En todos lados los miraban con indiferencia y sin la menor preocupación. Por suerte salieron de Rilay cargados de ropa y víveres para no necesitar su ayuda. Durmieron bajo los árboles y bebieron de los ríos.

Ahora, a unos kilómetros de la capital, Düran, se paran a contemplarla, indecisos. Los dos fieles animales pacen por la colina. Sus amos extasían sus ojos con el valle a sus pies. Las colinas se hacen más suaves hasta convertirse en una llanura delicada y verde. Los tonos de este color se suceden y difuminan, en armonía con los otros colores presentes. Pero si se mira con atención se puede ver que el verde pertenece a la grama y los bosques, el marrón y  el ocre a los cultivos que salpican el valle, el azul del cielo que domina todo, y el turquesa del río perezoso y serpenteante que parece nacer de atrás de una colina brumosa y que avanza lento y majestuoso hasta perderse en Düran. ¡Y la ciudad, envuelta en un tul de brumas, se ve tenue y sedosa, como una visión! Las torres rojizas, llenas de curvas; los palacios altos y el puente, elegante y curvilíneo uniendo ambas márgenes del río Nahiesa.

 

Sin bajar de sus animales, la muchacha y el tuké entran en Düran. La ciudad parece surgir de pronto de la llanura. Re meten por una calle paralela al Nahiesa, ancha, llena de gente. Sin embargo, los habitantes no los miran, a pesar del contraste en sus apariencias y de su aire de recién llegados. Al apearse para seguir a pie, el primer contacto que tienen es con un niño esquelético pidiendo limosna, a quien pronto despiden luego de darle un poco de comida.

Apenas se aleja, dándoles profusamente las gracias, se topa con dos guardias que, apenas notan que es un pordiosero, se lo llevan brutalmente colgando de los brazos. Los viajeros se miran uno al otro. Los de Düran apenas se dieron cuenta de lo que sucedió: continúa el ir y venir de cientos de rostros indistintos, el mismo murmullo de voces y pasos, el ruido sordo de carros y animales sigue sin parar. Este barrio es pobre y más que casas, las construcciones son barracas, pesebres y establos, todos dominados por altos edificios, viejos y semi-derruidos.

–Hasta ahora no había visto esta clase de construcciones en Duma –comenta Fabiana en voz baja.

–¡Oh, sí! Estos palacios son anteriores al Imperio. Tienen cientos de años, pero algunos están conservados y son usados por la gente de aquí. Esta ciudad debió tener una época  de mucho esplendor, que cultivó la inteligencia, pero vaya uno a saber por qué razón, fue abandonada. O tal vez sus habitantes murieron. Muchos años después, los duraneses la ocuparon y la mantuvieron. Entonces el abuelo del actual Gribash la nombró capital de su reino, porque era la más grandiosa ciudad, y así llegó hasta el presente, en que es capital de todo un imperio.

–¿No hay otras ciudades como esta?

–Se dice que había, pero desaparecieron o nadie sabe donde están.

Entran en una callecita estrecha que tiene varios tramos escalonados. Luego de un rato de caminar sin rumbo, doblando varias veces, llegan a una zona más rica. Las casas son de varios pisos, limpias sus fachadas, lo que permite admirar la belleza arquitectónica y las variedades de tonos rojizos, y los relieves que conforman extraños dibujos parecidos a animales.

Desembocan en una plaza vacía.. Calculan que están en el centro de la ciudad. La plaza es un cuadrado de losas brillantes, bien lustradas, rodeado de calles amplias bordeadas de edificios bien cuidados, entre ellos un palacio y  una especie de templo cilíndrico con techo como de mezquita musulmana.

–Vamos, aquí no hay nada –propone Sacary.

–Mmm... estoy de acuerdo. Vámonos.

Y se meten por una de las tantas calles que van a dar a la plaza.

Del otro lado del cuadrilátero central, entre las columnas de una casona, un hombre envuelto en un albornoz raído, antiguamente color azul marino, los mira un instante mientras desaparecen y luego empieza a caminar en la misma dirección, con paso ágil. Camina a grandes zancadas, como quien no quiere hacer ver que corre con prisa, haciendo  flotar sus amplias vestiduras a su alrededor. Una vez llegado a la callejuela por la que se metieron, titubea unos segundos, se decide y sigue por allí. Apenas los vio, pero algo lo alertó a seguirlos. Hay mucha gente por esta vía y no los puede divisar. Sin pensar mucho, comienza a caminar rápido y discreto, cuidando de no chocar con la gente, los animales, los carros, los niños pequeños que minan el suelo.

El tuké va explicando a Fabiana los pormenores de la ciudad  y del rey, enseñándole algunas palabras. Van cabeza con cabeza, seguidos de sus caballos, tranquilos entre el gentío rumoroso.

De pronto, más adelante, surgen unos gritos entre la multitud y se arma una gran batahola. Las personas se arremolinan contra las paredes para dejar paso a unos muchachos sucios y harapientos que van perseguidos por una docena de guardias. A su paso, empujan  y arrollan a todos creando confusión y gritos, y un gran jaleo por parte de los comerciantes que ven sus mercaderías desparramadas, entreveradas y destruidas en el suelo.  Alegres, como gacelas, los muchachos corren arrojando sobre sus perseguidores todo lo que encuentran. Los dos extranjeros se ven envueltos en una turba de citadinos que los empujan como una gran marea viviente. Ensordecidos, confusos, sienten como sus espaldas se encajan contra una pared.

Los soldados pasan, amenazando a todo el mundo. Pero allí, hay gran cantidad de pordioseros y expatriados que se solidarizan con los perseguidos.  Olas de gente, remolinos que atrapan y envuelven a los guardias, que a pesar de sus armaduras y sus armas, no logran sobrevivir al mar embravecido. Una turba atrapa a Fabiana, que se ve desprendida de la mano de Sacary. Trata de correr en contra y no lo logra. Con desespero, apenas logra gritar:

–¡No sueltes mi mano...

Se tropieza con algo, va a caer y ser atropellada, pero unas manos la agarran en el último instante y un cuerpo la escuda. Dos personas sí son un obstáculo. La muchedumbre alborozada, pasa a su alrededor, y así pueden llegar hasta el tuké, que se ha resguardado dentro de una galería. La muchacha espera estar bajo los arcos de la galería antes de mirar a su salvador. Ella recupera el aliento, mientras el tuké pregunta, serio: –¿Vier se da? – o ¿Quién es Ud.?–.

Y ante sus asombrados ojos, Fabiana se lanza sobre el extraño y lo abraza, antes de que siquiera conteste. Le bastó ver sus ojos. Atónito, el monje mira a uno y otro, abrazados como viejos amigos.

Cuando se separan, el extraño se baja la capucha y muestra sus cabellos más o menos claros, su rostro franco, sus ojos dulces, en fin, todo el rostro de Guzmán Gianetti.

Rápido, se largan de allí, lejos, sin pensar adonde. Los dos muchachos van contentos, de la mano, seguidos por el extrañado Sacary a unos pasos.

–¡Vamos, rápido! –lo apura Fabiana a cada rato.

Sin parar, sin hablar, llegan hasta el río Nahiesa. En la multitud perdieron sus caballos que ahora tal vez vagan por allí, encabritados entre todos. Pero ahora ni se acuerdan de eso. Se sientan en una especie de banco a respirar un poco.

–¿Cómo es que estás aquí? –pregunta ansiosa, Fabiana–. ¿Y los otros? ¿Estás solo... dónde están? ¿Qué les pasó? ¿Cómo es que llegaste hasta...

El joven la detiene, con un gesto de su mano le pide calma y, mirando alternativamente al tuké y a ella, empieza a explicar.

 

–Pero antes de que llegara la mañana, fuimos sacados sin explicación, por unos guardias reales y llevados fuera de la ciudad, donde nos  esperaban la esposa del rey Varna, y esos mellizos, con unas bestias de esas que parecen caballos. No nos resistimos... ya que no teníamos otra salida mejor. Viajamos a gran velocidad, sin parar para dormir ni comer. Llegamos esta mañana, luego de un viaje agotador...

–Igual que nosotros –interrumpe Fabiana, sonriendo para alentarlo, lo que parece agradar a Guzmán.

–Ah... Estaban distraídos, se juntaron para conversar  entre ellos y los dos guerreros que traían eran un poco lento. Me fui quedando atrás, y ellos seguían, uno a cada lado de Sheila y Enrique, con Marius un poco más adelante, y a mí no me miraban... Al llegar a un a zona bastante poblada, me tiré del animal y corrí entre la gente. Cuando se dieron cuenta, ya me había escondido bien. Los vi pasar, y a estas horas estarán buscándome.

–Entonces, estamos en peligro –dice ella pensativa.

Ambos, consternados, miran a Sacary.

–Yo, yo... –balbucea este aturdido–, creo que... ya sé adonde iremos. Al Chandala Wia, donde se juntan los pordioseros.

El Chandala Wia es un barrio asqueroso. Es como una infección que crece subrepticiamente en las afueras, cerca del río, en unas cuevas y túneles. No se puede creer que tal arrabal exista bajo un paisaje tan poético como lo es todo el valle de la ciudad de Düran. Debajo de un antiguo palacio derrumbado se encuentran varios túneles excavados tal vez por los mismos fundadores del palacio en alguna época remota. Son oscuros y fríos y sobre todo húmedos. El agua gotea de las bóvedas y chorrea por las paredes tapizando todo con un musgo amarillo que exhala un aroma fétido. Se oye un constante rumor proveniente del cercano Nahiesa. En ese ambiente inhóspito vive gran cantidad de hombres, mujeres y niños, en ese ambiente que parece amplificar los ruidos, los lamentos, las miserias.

Los tres extraños son recibidos con  hospitalidad por unos ancianos. La cálida sonrisa y el trato amable de los viejos suavizan la impresión que da el lugar. Les dan de comer y beber cerca del río, donde se juntan al menos cien personas más. A pesar de todo, los dos jóvenes terrícolas se sienten cómodos, nuevamente juntos.

Pero tienen dos espinas clavadas en su corazón: la pérdida de Cardoso y el cautiverio  de Sheila y Enrique.

–Debemos ayudarlos, para eso escapé –dice Guzmán varias veces, pero como para sí mismo.

–¿Dónde perdiste los lentes, junto con la vergüenza? –exclama Fabiana, para aliviar el asunto.

–¿De que hablas? –pregunta él sonrojándose–. En realidad no sé donde, pero no sé a que te refieres con...

–¡Vamos, que hiciste estragos con las esposas del rey!

–No, sólo un poco –sonríe él con timidez–. Aunque claro que ninguna era tan bonita como tú.

Ella se ríe antes de contestar:

–Yo creo que no eres el santo que todos pensaban –carraspea, y continúa con mayor seriedad–. Ahora, hay que ver cómo ayudamos a nuestros compañeros.

–Sí, claro. Pensemos.

Sacary se acerca. Ha estado conversando con los más ancianos del lugar. Son buena gente, corteses y dispuestos a ayudar a pesar de que quienes más lo necesitan son ellos. Los más viejos actúan como patriarcas, discuten, hablan y arreglan los problemas que surgen entre cualquiera de los habitantes del Chandala Wia, y deciden lo que se hará en cada caso. También escuchan a los jóvenes, los más interesados en esas decisiones.

–Deberían hablar con los Ancianos –comenta el tuké, sentándose a su lado, con una sonrisa apacible en los labios–. Ellos sí escucharán sus nuevas ideas.

Guzmán contesta que sí, tal vez sea buena idea. Fabiana, algo contrariada, se pone rígida y mira a Sacary sin verlo. “Ya había olvidado este estúpido destino”, piensa, “será que Sacary ya se olvidó de lo ocurrido allá, hace tan poco... y de lo que dije”. “¿Debo seguir como lo lo había hecho hasta ahora o hacer lo que había decidido? Oh, me estoy complicando”.

–Fabiana, Fabiana –repite Guzmán más fuerte.

Como si estuviera hipnotizada, ella sacude la cabeza para aclarar sus ideas y fija sus ojos en el muchacho.

–¿Te sientes bien?

–Sí, claro... Sigamos.

–¿Te molesta lo que dije? –pregunta Sacary inquieto–. Pensé que... este... ahora segui...

–Sí, claro, ¿por qué no? –ataja ella su disculpa, dejando el tema como ya pasado.

 

XXII – Grandes.

 

Sentados en rondas alrededor de fogatas, cientos de personas charlan, beben, ríen. Groseros, sinceros y humildes. El aroma de leños verdes quemándose y de carnes asándose tapa el acostumbrado olor agrio de la humedad en las paredes. No pueden encender sus fuegos en la llanura, ni siquiera en las ruinas donde podrían verlos las patrullas. Se ocultan allí donde nadie quiere ir y nunca se atreverían a penetrar más de diez pasos.

En la ronda privilegiada, donde comen los más viejos y los más pequeños –a quienes se cuida más–, están ubicados los viajeros. Los mismos expatriados quisieron que se sentaran allí y hablaran de su lejana patria. Discuten en una charla amena y abierta, como si estuvieran en un café o en el patio de una universidad, y fueran los más grandes sabios exponiendo sus teorías. Lo más importante, están en paz consigo mismos por haberse decidido a sacar a Enrique y Sheila, a cualquier precio, de su encierro.

 

En la fresca penumbra, el gran salón no parece tan majestuoso como lo debe ser iluminado por miles de lucecitas doradas suspendidas de las arañas monumentales que se encuentran estratégicamente colgadas del techo. Las dimensiones son enormes y parecen aún mayores por las dos líneas de columnas que dan la impresión de perderse en lo infinito. Desde la entrada principal, una puerta doble de metal gris muy gruesa, se puede ver la sala dividida en tres zonas alargadas: la central tiene una alfombra rojo sangre que destaca en las losas grisáceas, las de los lados destacan por los tupidos y ricos cortinajes azules que apenas dejan pasar la luz solar y el calor de las ventanas, que detrás de las cortinas no tienen vidrio ni ningún otro material.

El mobiliario es poco: algunas sillas pequeñas dispersas, llenas de arabescos y vueltas en sus patas, cubiertas con telas graciosamente caídas sobre ellas. Al fondo del salón hay un diván lleno de almohadones. A ratos, una pequeña fuente de agua, como una pila de agua bendita, refresca el ambiente. De las columnas cuelgan antorchas, y de algunas penden fláccidas, banderas negras,  aterciopeladas.

Con un suave ronroneo, la gran puerta se abre un tanto, apareciendo una cabeza por ella. El hombre, un anciano pelado y flaco, de ojos claros como un cristal pero que parecen atravesar con la mirada se adentra solemne y erguido en la sala vacía. Arranca ecos con sus pasos ligeros. Mira hacia todos lados, buscando algo con timidez.

Atraviesa el salón, larguísimo, a lo largo de la alfombra roja sombreada a trechos por las siluetas de las columnas, y llega hasta el diván. Mantiene una distancia prudencial de él, como si se lo fuera a tragar, y espera, en silencio. De un punto oculto a su vista surge una figura masculina y alta que no parece caminar, sino flotar. Sin producir sonido, como un gato, el imponente hombre se planta frente a él. El efecto mágico de la belleza serena del salón y toda la elegancia orgullosa del anciano son eclipsados por ese ser; él también es elegante, orgulloso, bello, sereno y mágico.

–Mi gran señor –susurra el anciano con un acento como si temiera profanar el silencio magnificente de la sala con su áspera voz, inclinándose a la vez–, han llegado mensajes desde la ciudad de Iena.

–Dime –replica el otro, asintiendo imperceptiblemente.

–Varna y los dos hermanos Milko debieron venir.

Un brillo de furia asoma un instante a los ojos del joven, ojos de color verde profundo. Solo sonríe fríamente.

–Pero fue preciso –ataja el anciano–. Os trajeron unos valiosos prisioneros: dos de los Extraños y un tuké que el Rey sardo había mandado ejecutar. Uno se perdió, pero dicen que no hay peligro.

–¿Dónde están? –lo interrumpe, alzando un poco la voz.

–En el calabozo, mi gran señor.

–Bien, déjenlos un poco allí. Luego pásenlos al salón mirador. Puedes irte –agrega cortante–. Más tarde, quiero ver a Varna.

–Sí, gran señor –se inclina, y lentamente se retira sin darle la espalda hasta que está fuera de su vista.

El “gran señor” queda estacado allí, pensando, entre las sombras y penumbras azuladas. Sus ojos vuelven a brillar, esta vez no con fiereza y soberbia, sino como antelación de algo más.

 

XXIII – Los intrusos.

 

El crepúsculo cae rápidamente en el valle del Nahiesa. Desde las más profundas sombras comienzan a elevarse hebras de neblina como velos de gasa blanca flotando en el aire. La ciudad, sin embargo, se mantiene clara y bien iluminada por cientos, miles de antorchas que arden hasta bien entrada la noche. La ciudad, con nostalgias de mezquitas y minaretes árabes para los humanos, brilla suave y dulce como un sueño en tonos rojizos y amarillos en medio del valle oscuro. El cielo acompasa con ella, prestándole su negro telón de fondo de Duran y el brillo de la luna flotando en el Nahiesa.

El paisaje es poesía y música. Pero, al adentrarse Guzmán y Fabiana en la población, encuentran que los groseros e indiferentes habitantes parecen no pertenecer allí: de la suciedad ni hablar; las paredes chorreantes de humedad, musgo y grasa; canaletas de aguas servidas en el medio del camino, excremento de gente y animales, comida esparcida en las plazoletas... El hedor por las noches es insoportable. No hay música o adornos que alegren el ambiente, sólo conversaciones toscas y gritos, y como único entretenimiento dos tipos peleando en una plaza.

–El ejército está lejos, exterminando algún enemigo al norte –explica Sacary– sino habría más luchas callejeras. Son muy arrogantes y pendencieros.

La Plaza Central, donde está ubicado el Palacio, es la única vacía y limpia de desperdicios. No hay ni un sonido. La noche parece hueca. Van apretados contra las paredes, a pesar de la soledad aparente del lugar, buscando las escasas zonas de sombras entre las galerías, zaguanes y recovecos de las casonas. Todo tiene dimensiones ciclópeas que les aumentan el miedo.

–Bien, ¿cómo entramos? –pregunta la mujer cuando llegan a una esquina del palacio real.

–Revisemos la construcción... –sugiere Guzmán.

–¿y los guardias? –pregunta Sacary.

–No he visto ninguno, tal vez los haya dentro.

–Tal vez no hay.

Sería demasiada fe en su propio poder, si el emperador fuera tan engreído o confiado como para no tener guardias. Sin separarse, recorren el perímetro comenzando por la izquierda. El palacio da directamente a la calle: no hay jardines, ni parques en los lados ni al fondo, sólo una distancia prudencial de los otros edificios. Ni siquiera guardias... cualquiera podría acercarse a sus muros y encaramarse en una ventana, entrar y matar al emperador. No, es imposible, piensan, mientras observan las ventanas sin rejas ni cristal. Tan solo aberturas cubiertas de cortinas por el interior. Más desprotegida que las demás construcciones.

–Acá... hay gato encerrado –murmura Fabiana al oído de Guzmán–. Parece un lugar abandonado, habitado solo por fantasmas.

No parece difícil llegar al primer piso, donde están las ventanas. Hay muchas, con forma de arcada y rodeadas y comunicadas por una cornisa de treinta centímetros de ancho.

Cuando la muchacha va a apoyar su pie en las manos cruzadas de Guzmán para subir, Sacary los detiene. Quedan helados, aterrados pues piensan que un guardia los vio.

–¿Nos vieron? –suspira ella, desinflándose.

–No, no, no es eso –dice el tuké agitadísimo–. Recordé algo que... Una vez escuche, aunque no sé si es cierto. Me contaron que hay una trampa en el palacio. Sí, eso... una antigua trampa que se llamaba... la trampa del saludo, sí así se llamaba.

–Pero, ¿qué es eso? –replican ambos.

–No se sabe, pero se dice que hay una, o varias trampas en el palacio de Gribash. Por eso nunca nadie entra aquí, por eso no hay guardias.

Titubean un instante, pero enseguida Guzmán repone:

–Pero hay que entrar. Hay que intentarlo ¿no?

–Si entran tal vez no salgan de nuevo.

–Tal vez sea una leyenda, un cuento –replica él–. De todos modos debemos entrar y sacar a Enrique y Sheila. ¿De acuerdo?

–Sí –exclama la muchacha–, o salimos todos o no salimos ninguno.

 Y apoyándose en el calcito que le hace Guzmán, se impulsa y alcanza el pretil con las manos. Acomoda los codos, luego una rodilla y la otra, ayudada desde abajo por los otros. Antes de entrar aparta unos centímetros las cortinas y mira por esa rendija. Es una sala oscura y no alcanza a ver del otro lado, pero al menos no hay nadie de este lado ni se oye ninguna respiración.

–Vamos –indica en un susurro a sus compañeros, y al notar que se tardan, añade–, ¿qué pasa?

–Ya voy –contesta el joven.

 

Las sombras se ciernen sobre ellos y, al cerrar del todo las cortinas, los ahogan. Pero al rato, al acostumbrarse la vista a la casi completa oscuridad, logran ver nuevamente unos metros a su alrededor. Hablan en susurros al oído, a pesar de que no hay nadie cerca:

–¿Por qué no vino Sacary?

–Dijo que sería un estorbo aquí, que es pequeño, débil y no sabe luchar...

–Pero conoce de ellos –musita ella con reprobación–. Bien, supongo que será bueno tener a alguien fuera, por si en realidad caemos en una trampa.

Tensos, conteniendo la respiración, alertas, caminan unos pasos a tientas. Guzmán se tropieza con una silla, pero la agarra a tiempo. Es tan baja, que es imposible de tantear con las manos, pero por suerte lo suficientemente brillante para verla en la casi oscuridad. Unos metros más allá, la mujer le tironea del brazo, indicándole otra dirección mientras dice: –Allá, en el fondo, hay luz.

En efecto, al parecer la salida de la sala es una gran puerta por la que entra una suave penumbra verdosa. Una vez allí, se acercan a la abertura, apretándose contra la pared. Él mete la cabeza con cautela, observando de dónde proviene el resplandor. Luego entra. Fabiana le sigue, expectante.

La nueva sala no tiene columnas, pero en el centro hay una enorme fuente de agua que posee un brillo sobrenatural. Asombrados, se aproximan a la gigantesca fuente que emite una suave luz verdosa, la misma que ilumina sus rostros. La fuente en sí es circular, de piedra, con una columna o estatua de apariencia cristalina en el centro, de la cual emana la extraña luminiscencia que atraviesa las aguas y llega a todo el ambiente. El rumor del líquido es muy suave.

Guzmán se atreve a tocar el líquido. Con los ojos cerrados, introduce los dedos en las claras aguas. Unos instantes permanece sintiendo, luego los retira. Están igual que antes, aún están allí.

–Es agua... –susurra– es agua caliente.

Continúan. La salida es otra puerta enfrente a la anterior. Mirando antes atrás, entran en la otra habitación, pero ¡no hay habitación! Una corriente helada de aire los paraliza y se dan cuenta, justo a tiempo, que un paso más adelante sólo hay oscuridad. Más allá del verdoso círculo de luz no hay nada.

–¿Qué es esto? –exclama Fabiana–. ¿El infierno?

–No lo sé, tal vez –contesta él, tomándole la mano–. Agárrate fuerte a mí, no me sueltes, por favor.

Caminan a la izquierda, cerca de la pared. A cada paso sufren más, esperando que el suelo se acabe y caigan en un pozo negro y sin fin. “Dios, dios”, murmura una y otra vez la muchacha, como masticando el nombre. Una brisa helada les barre la frente, indicando un vacío, y la oscuridad es absoluta.

De pronto, la muchacha siente que cae hacia atrás. Grita, grita. Pero es un grito mudo, que solo se oye en su interior.

 

El anciano, de estatura mediana, piel brillosa y al parecer escasa para sus huesos prominentes, está sentado en una amplia poltrona negra. Sus amplísimos ropajes lo rodean. Sus ojillos, negros y brillantes, encastrados en unas cuencas hundidas y rodeados de ojeras moradas, parecen estáticos en un punto. De repente, como si sintiera algo muy fuerte, se levanta de su sillón y acomoda con ceremonia su túnica blanca, que se arrolla sobre sus pies de tan larga.

Guzmán va pegado a la pared, a ciegas, confiando en que más allá haya suelo, arrastrando los pies. Ni siquiera mantiene los ojos abiertos. Entonces, con su mano izquierda libre, siente que la pared se acaba y nervioso, nota que, o bien hay una puerta, o bien se acabó todo. Vuelve la vista y nota la claridad cegadora. Ansioso, se arroja dentro arrastrando a su compañera.

Aturdidos por la sorpresa, Guzmán y Fabiana, sin soltarse, miran a su alrededor.

“¿Qué pasó? ¡Pero, estoy viva!”, piensa Fabiana asombrada, “¿dónde demonios...”

–Bienvenidos –esta palabra los arranca de su profunda contemplación del techo.

Volviendo en sí, se dan cuenta de la presencia de alguien más en la sala. Se levantan del piso. El que habló, vuelve a decir:

–Bienvenidos, señores, los esperaba... aunque no tan pronto. Me sorprende que hayan llegado a estas horas y de esta forma.

Se acerca a ellos. Fabiana siente un escalofrío en la espalda. El anciano tiene algo, detrás de toda su elegancia y ceremonia, que le repugna. No es algo que se note con la vista, o el olfato, o el oído, sino algo que se percibe.

–Ah, señorita Fabiana –exclama con excesiva finura y acercando un brazo hacia ella–, nunca había visto tal belleza en un rostro de mujer –acaricia la barbilla de la joven con fingido paternalismo y admiración–. Me habían hablado de Ud. pero nunca mencionaron su hermosura.

–¿Cómo sabe su nombre? –exclama Guzmán interponiéndose entre el anciano y la joven con el ceño fruncido.

–¡Ah, señor Gianetti! No debe molestarse así y... –dice con una mirada aguda– no debe sobreproteger a su amiga. Después de todo, a las mujeres de la Tierra les gusta defenderse solas, y lo hacen bien a decir por su presencia en este lugar.

Contrariado, el joven se aparta, callando.

–Él tiene razón –aventura a decir Fabiana con suavidad–. ¿Cómo es que conoce nuestros nombres? ¿Cómo es que habla español?

–Y no solo español, también chino, francés, inglés y alemán, un poco de ruso y árabe; en total, con las lenguas de Duma, hablo catorce lenguas muy distintas entre sí. Pero, creo que no es cortés jactarse de las propias habilidades –mientras habla sonríe constantemente–. Y contestando a su pregunta, yo conocía su llegada muy próxima por un señor, bien conocido por Uds., además.

Los jóvenes se miran, intrigados.

–Realmente, tienen mucha suerte. Todos los que han entrado en palacio... han muerto. Es muy peligroso en la oscuridad, uno puede caerse o sufrir lesiones serias. Además, pueden perderse y no hallar la salida, y que nadie los encuentre jamás.

–Saldríamos por la ventana –susurra Fabiana.

–Sí, si vuelven a encontrar el camino de regreso. No, no los quiero asustar. Parece simple, pero este palacio es un laberinto... Bien, están avisados.

–¿Qué-qué pasará con nosotros? –inquiere Guzmán con aprensión–. ¿Acaso somos sus prisioneros?

–No, claro que no –responde el anciano sin inmutarse–. Son invitados, y no míos, sino del emperador Gribash. Yo, Retacht, soy un humilde servidor.

–¿Qué... quién es Ud.?

–Oh, sólo un viejo un poco enfermo  y débil que sirve con sus consejos, y con todo lo que tiene, al Gran Gribash.

Por un minuto, largo, casi eterno, se hace el silencio. Se miran unos a otros, fijo pero sin verse a los ojos, calculando, meditando.

Al fin, la joven sonríe y comenta  en tono casual:

–Eh... fue un gusto conocerlo, realmente. Pero, ¿qué te parece, Guzmán, si nos vamos?

Retrocediendo hacia la puerta, él sigue:

–Sí, es lo mejor. Bueno, señor, un gusto...

–El gusto es mío, señor. Y no dudo en que nos volveremos  a ver. Aquí los espero.

Y se queda allí parado, mirándolos sonriente mientras ellos llegan a la puerta, y luego de dudar un instante, vuelven a salir al frío y la oscuridad, esta vez caminando a la derecha a lo largo de la pared.

–Esto es lo más extraño que he visto en mi vida –musita Fabiana.

–¡Qué, si esto es lo mejor que nos ha pasado en una semana!

 

XXIV – Abajo.

 

Sacary piensa un minuto si se va a quedar en el mismo lugar o se esconderá entre las sombras hasta que ellos vuelvan. Finalmente decide escurrirse hasta la próxima construcción, a unos cincuenta metros enfrente, que está a oscuras porque la luz lunar no le llega y no tiene lámparas propias.

Desde su escondite, luego de permanecer sin moverse por media hora, escucha el rugido de la puerta de palacio y el sonido de varias armaduras metálicas. Entonces ve pasar una escolta de guardias rodeando a dos individuos que reconoce al instante: dos mellizos, tienen que ser los hermanos Milko. Los siguen cinco esclavos cargados de bultos cuidadosamente envueltos y atados.

Sacary contiene la respiración. El grupo dobla la esquina y se dirige hacia él. Van a pasar por delante de él.

 

–¿Qué- qué pasa? –tartamudea Fabiana.

Guzmán va delante, tomándola fuerte de la mano y tanteando la pared con la mano libre. Se esfuerza por ver, forzando sus ojos que apenas logran acostumbrarse a estar ciegos. La oscuridad se pega a ellos, los cerca, como si fuera algo áspero y pegajoso que les respira en la nuca.

Como única respuesta, él le aprieta la mano para darle valor, y también para dárselo a sí mismo.

La entrada al cuarto de la fuente, el cuarto de la luz verde ¿dónde está? Ya deberían haber llegado. Sí, y hace rato. Tal vez es una ilusión de ellos, con el tiempo. Sí, eso debe ser el miedo, y la ceguera les debe hacer perder la noción del tiempo que transcurre. O tal vez pudieron cerrar dicha puerta de alguna forma. No torcieron el camino ¿o sí? Ellos sólo siguieron la pared... Debe ser una trampa. Sí, el piso se acabará y caerán. O tal vez, en este mundo extraño, tal vez no caigan y tal vez suban. Todo puede ser.

Pero no, el piso se acaba como si se lo hubieran robado de debajo de los pies, bajo sus pies no hay nada y caen. Hacia abajo y sin aviso, caen rápido como en un sueño. No sienten el aire rozando contra ellos. Tal vez el final ha llegado, mueren y punto. Ni siquiera gritan, ya que no hay caso. Si todo se acaba... bueno, de todos modos es una solución. Caen.

 

El sol nunca llega aquí abajo. ¿Cavernas, alcantarillas, sótanos, bodegas? Todos son el paraíso comparados con el aquí abajo. Solo una tumba muy grande se podría comparar con la sensación de opresión, de ahogo y suspenso que se respira en el aire pesado, agotado de oxígeno por las antorchas. Es increíble lo que tres antorchas mortecinas consumen de oxígeno, y como  pueblan el ambiente de humo.

Hay también cadenas y guardias. Dos soldados enormes y malolientes que combinan con el calabozo. Miden uno noventa de altura, el calabozo dos metros. El cuarto sí mide más de ancho. Los muros húmedos, llenos de bichos y otras cosas inclasificables, sin iluminar nunca, al igual que los rostros de los guardias.

Enrique dormita, débil y sediento, con los brazos alrededor de las rodillas y la cabeza escondida entre ellos. A unos metros más allá, Sheila está tirada en el suelo, desmayada. Su pelo sucio rodea el rostro envejecido y reseco de lo que era una joven alegre y un poco bruta hace tres días. Pero ya no, ni ella ni ninguno es más lo que era. Todas sus ingenuas creencias, todo lo que consideraban importante y vital les parece lejano, ínfimo, como si fuera el sueño de otra persona.

 

Guzmán dio contra una pared, curva, o inclinada, cayó, dio contra el piso.

–¡Ay que está duro! –exclama al rebotar su espalda contra el suelo–. ¡Ay, dios! Mi espalda... –y sin poder moverse, pregunta– ¿estás bien?

No hay respuesta.

–¿Estás bien? Fabiana, no te vayas a desmayar, por favor... ¡háblame!

Asustado, intenta moverse un poco. El dolor en todos sus huesos es atroz, pero logra ponerse de costado. De alguna parte llega un rayo de luz. No hay nadie.

Está en un pozo.

–Pero... aquí no hay nadie... –murmura asombrado mientras el color y la vida desaparecen de su rostro–. ¿Dónde estás, querida?

Y dejándose caer, se tapa el rostro con una mano, suspira:

–Aquí desaparece todo: una muchacha, una puerta, una sala entera... ¡Maldición, maldito viejo hijo de puta, tú sabes todo! –grita colérico–. ¿Dónde estás, dónde te metiste? ¡Contésteme! ¡Alguien! ¡Ah...

Ya no grita, ruge como un león enojado. Grita nervioso, furioso, abatido, impotente.

 

Se acercan como en cámara lenta. Puede oír sus  pasos, uno por uno, cada sonido bien diferenciado. A pesar de que ya es pequeño, Sacary se achica aún más, apretándose contra el muro. Supone que las sombras lo ocultarán, pero nunca se sabe. Y oye: el retumbar de cada paso, el roce sedoso de las ropas, el tintineo de metal de las armaduras.

Por suerte la oscuridad es casi absoluta. Aparece un haz de luz por encima del edificio. En su movimiento diario, la luna acaba de salir de atrás de la construcción y su luz ilumina tenue la calle. Pero el haz de sombras permanece intacto.

Conteniendo la respiración, nota que el grupo va pasando lentamente delante suyo. Un crujido, no, no puede ser que lo descubran. Pasaron los soldados, van los mellizos. Sus ojitos malignos ven hacia todas partes. No pueden haber oído ese mínimo crujido ¿o sí?

 

Sheila mueve un poco la cabeza, gime y abre lentamente los ojos. Con dificultad incorpora su cabeza y mira alrededor. Al ver que aún está allí y que no era una pesadilla se deja caer pesadamente para luego volver a gemir.

–¡Sh...,  calma! –susurra Enrique, acercándose a gatas.

–Mmm, mi cabeza –se queja ella–. Tengo... sed.

Se pasa la lengua por los labios resecos pero esto no la mejora en nada. Mira a su compañero y nota que está en iguales condiciones: sucio, greñudo, sediento, ajado, muy cansado y adolorido.

–Enrique –musita, tomándole la mano y mirándolo a los ojos con seriedad–. Debo decirte algo.

–¿Qué?

–Tengo 34 años.

Él trata de sonreír con ironía pero no le sale.

–En serio –prosigue ella–. Nunca le digo mi edad a nadie, pero creo que ha llegado el momento de la verdad... Toda mi vida le he tenido miedo al tiempo. No sé, tal vez porque pasa y pasa y no se para a esperarte. Desperdicié mi vida, por eso debe ser. El tiempo pasó... y no tengo nada –solloza–, vengo a morir aquí, olvidada por mi mundo, sin esposo ni hijos ni nadie que se acuerde que yo existí...

–No, no digas eso. No hables así, no es el fin... Y guarda tu aliento.

–Bah, lo dices para animarme, pero no funcionará.

Enrique apoya la cabeza de la mujer en sus piernas y cierra los ojos, agotado. Ella sigue murmurando: –Dios, como he vivido hasta ahora y nunca me había dado cuenta. Me pregunto para qué viví, y no tengo nada que responder. Viví siempre con miedo. Miedos, miedos... idioteces. Tenía dieciséis años, ni siquiera terminé el liceo cuando empecé a trabajar en un bar... ni llegaba a bar. Desde esa época lo mismo. Pobreza, miedo a la pobreza, a ser vieja, a... al final voy a morir pobre y...

–No sigas –interrumpe él–, no tienes que decir cosas que...

–Sí, por favor. Trabajo en un bar mugriento toda la noche. Mi jefe me explota, no tengo casa. ¿Novio? No sé cuando fue el último... No tengo amigas de verdad, no sé, no tengo paz...

No puede seguir. Las lágrimas resbalan por sus mejillas y esconde su rostro en los brazos paternales de Enrique.

–Eh, yo soy tu amigo. Claro que tienes un amigo. Y no tienes la culpa de la pobreza, y la miseria que sea tu vida.

–Tú tienes una familia que te quiere y te espera.

–¿Sí –repone él con amargura–, y sabes que lo último que hice antes de salir de casa fue pelearme con mi hijo? ¡Ay, y tal vez no lo vez nunca más!

El silencio es amargo, hundidos en la reflexión, mientras el tiempo se dilata y se pierde.

 

XXV – Prefiero los muertos.

 

–¡Arriba, Uds. dos! –el grito hace despertar inquietos a los prisioneros.

Retacht. Es increíble la potente voz del anciano. Es un trueno que retumba en el estrecho calabozo, y sus ojos despiden relámpagos desde el fondo de sus cuencas. Los guardias los alzan brutalmente como si fueran sacos. Los toman por las axilas, los levantan  y los empujan. Uno de ellos, les arroja todo el contenido de un balde de madera lleno de agua fría.

–¡Ay! –se quejan, pero no pueden ni hablar, ni preguntar ¿qué va a ser de nosotros?

–Van con el Emperador, por si quieren saber –anuncia el viejo–. Espero que la habitación haya sido confortable –ríe con sequedad, con una risa hueca y fatal–, y que hayan pensado mejor si van a cooperar o no.

 

Con la luz del día, el palacio no parece tan vacío y fantasmal. El resplandor azul proviene del sol que atraviesa los cortinajes.

Hay una habitación que es blanca. Casi se puede decir que pequeña. Una alfombra de veinte centímetros de grueso ocupa el centro; en una esquina hay un armario circular con muchos estantes, en las paredes cuelgan banderas blancas y amarillas. Hay varias mesitas de metal.

Fabiana yace sobre la alfombra, profundamente dormida. Inconsciente por la caída, fue movida y luego colocada allí donde duerme ahora. Casi se puede decir que está cómoda.

Las puertas del cuarto se abren silenciosamente y, luego de un instante, una figura masculina entra por ella. Se detiene para dar una ojeada a la habitación antes de posar sus intensas pupilas verdes en la joven. Una sonrisa surca su rostro varonil y digno.

Cuando camina parece que esparce por la habitación su presencia, su fragancia, su calma fresca y arrogante. Al llegar al lado de Fabiana, se arrodilla junto a ella y pasando un brazo bajo sus hombros y el otro bajo sus piernas, la alza suavemente. A un gesto de él, por la puerta entran tres esclavos que lo rodean y lo siguen fuera de la habitación.

 

Bajo el palacio, las catacumbas, laberintos y calabozos se suceden, oscuros, fétidos, helados.

Cuando logró levantarse y andar, Guzmán se dio cuenta de que había caído sobre algo que no eran piedras. Algo como polvo y cenizas, restos o basura. Al tomar un puñado notó que se asemejaba a las cenizas de un incendio, pero que contenía unas fibras duras, livianas y ásperas... como huesos muy antiguos. Enseguida encontró fuerzas para seguir a través de un oscuro pasillo que se perdía a su derecha.

Notó que las paredes estaban húmedas y tenían sustancias extrañas pegajosas o gelatinosas. Guiándose por las manos, a ciegas, siguió aliviado de que la oscuridad no le permitía ver lo que le rodeaba. A veces sentía ruidos ligeros, fugaces, solapados...

–Espero no tener que verme con nada que se mueva –rogó en voz alta.

Ahora, luego de doblar muchas veces en su camino hasta llegar a la desesperación de sentir que se está caminando en círculos, se halla en un lugar más amplio. De algún lado le llega un resplandor rojizo y vacilante que le permite ver más o menos donde está. Es una especie de sótano o cava de techo abovedado, circular y vacío. En las paredes hay nichos oscuros.

Se acerca a uno y, con decisión, mira adentro.

De repente salta hacia atrás como rayo, gritando. Desorientado, se vuelve a acercar.

“Creí que había algo que se movía y brillaba, piensa, pero... no, no. Debió ser mi imaginación. Me estoy volviendo loco, dios... son cadáveres.”

En efecto, los nichos están todos ocupados por uno, dos o varios cuerpos que han expirado hace largo tiempo, algunos momificados por una sustancia verdosa gelatinosa que los conserva.

“Muertos, gracias a dios. Los prefiero a los vivos”.

Entonces oye un silbido desafinado a sus espaldas y, lento, vuelve la cabeza. La sorpresa lo deja helado. Por la entrada de la que él ha venido, están saliendo en fila, en grupos, en puñados hasta parecer una mancha oscura, viviente, un ejército de insectos. Son como de ocho centímetros, oscuros –entre negro y violeta– con tonalidades amarillas.

–¡Cucarachas! –exclama paralizado de asco y terror.

Retrocede, mientras ellos avanzan. Les da la espalda y corre, renqueando sin saber de qué, pero el sibilante rumor lo persigue y siente que le suben por las piernas y le recorren el cuerpo, caminándoles implacables por la espalda, imposibles de quitar.

Más allá hay fuego como de una caldera gigante, pero puede pasar por el costado. Un pasillo oscuro. Con los latidos del corazón –tam, tam, tam– resonándole  en los oídos toma por el camino oscuro. Tropieza, amaga una caída, y sigue.

Sigue, hasta que se topa con un muro: está en un callejón sin salida. Respira, escucha atento, tarda unos minutos en calmarse y recién entonces nota que los perseguidores y el ruido están solo en su mente. El muro con el que choca parece construido recientemente, no es de rocas grandes como los otros, y puede oírse a través de él. A su derecha, unos palos insertados en la pared –para su construcción seguramente– parecen escalones. Del otro lado del muro le parece oír algunas palabras en español. Intrigado, pero sin preocuparse por ahora de ello, empieza a escalar los frágiles maderos.

 

XXVI – El grande y poderoso.

 

En un verde campo surcado por arroyos cristalinos, enmarcado en un cielo perfecto lleno de nubecillas blanquísimas y donde brilla un sol magnífico, dos figuras cabalgan. Un hombre y una mujer, van trotando a la par, él de pantalón negro y remera impecable, ella de vestido blanco inmaculado, volátil, como esfumándose. Aceleran el paso, más y más, hasta que parecen volar como flechas y sienten el viento mágico recorrer su cuerpo, sus cabellos, flotan. Fabiana se siente de repente suspendida y un segundo después, como si tomara conciencia de ello, mira hacia abajo y ve un abismo insondable. Mira de nuevo, es verdad. Cae pesada, irremediablemente. No llega al fondo hasta que un segundo de oscuridad la envuelve y abre los ojos.

Al despertar, y abrir los ojos, se encuentra con la mirada de encanto de Gribash. Trata de abrir la boca y decir algo. Él la lleva en brazos.

–Sh... –ordena él.

Resignada, se deja llevar y depositar en un banco petiso lleno de almohadones. Tres esclavas la rodean armadas de fuentes, trapos, polvos y perfumes. Silencioso, el hombre abandona la habitación. Una joven le lava los brazos y manos con esponjas de trapo y agua tibia perfumada, otra la cara y el pecho, mientras otra le da de beber en una copa. Luego entran otras con vestidos etéreos, aún más que en su sueño, y otras cosas. Desorientada, desiste de preguntar nada. Hablan entre ellas, pero no les entiende ni una palabra.

 

En el nivel superior no hay tanta fetidez como en el de abajo, pero  es cálido, a veces sofocante. Luego de recorrerlo por horas sin hallar a nadie, ni ninguna salida, ya que no hay ventanas al exterior, Guzmán se deja caer y se sienta rodeándose las rodillas con sus brazos.

Solo encontró una enorme caldera, tuberías, al parecer el sistema de calefacción del palacio; unos caños se internaban en la tierra. Varios depósitos de cosas en desuso. Algunas alimañas de seis patas y colores extraños. Ninguna puerta. Si abajo había voces, ¿quiénes eran? ¿cómo habían llegado allí?

Estaba pensando profundamente en ello cuando un estruendo y unos pasos lo sacan de su meditación. A un metro de él se mueve el piso.

Se aparta con rapidez de ahí y se esconde en un recodo del pasillo, cuidando de no perder detalle.

Se ha levantado una especie de trampilla y por ella salen dos hombres: un guardia y el viejo que conocía su idioma. “Ajá, ahora entiendo, pero ¿Quién es ese?”. En ese momento salía del momento un humano, a decir por la altura y el cabello... sí, era Enrique. Y luego, torpemente salió Sheila. Ahí están sus compañeros. Vivos. “Pero, su aspectos es terrible, ¿qué ha sucedido?”.

Luego sale otro guardia, quien cierra la trampilla con una gran llave y va tras los otros a paso firme.

Cuando no oye más sus pasos, Guzmán sale de su escondite y recorre el mismo camino que los otros, cuidando la distancia.

 

Retacht se sienta enfrente a los prisioneros.

–Señores, ahora se decidirá su futuro –anuncia–. Si el emperador lo dispone serán tratados como reyes, si no, su futuro será muy corto. Pueden terminar como esclavos, claro. Todo depende de su buena disposición.

Hace una pausa. Sheila y Enrique se miran, suspiran.

–Así es, mis buenos humanos. Si tratan de ser... héroes, les irá como a todos los que tienen tanto orgullo como Gribash. A él no le gusta que lo reten. Les aconsejo, como simple espectador, que no lo hagan más difícil.

–Y si aceptamos –murmura Sheila–, ¿no nos matará?

–Yo no puedo asegurarlo –contesta el viejo con una sonrisa macabra–, pero seguro que les irá mejor que si no lo hacen. Si aceptan al Gran Gribash los recompensará. Después de todo, en verdad es un gran hombre –por primera vez parece hablar con franqueza y con real admiración.

 

“Según creo, ya debe ser de día, y tal vez de tarde”, piensa mientras tanto Guzmán,  “de todas formas esperaré un rato más y luego miraré por la puerta por la que salieron hace rato”.

Se halla bien resguardado en un rincón de una bodega llena de cosas y aparatos en desuso, empolvados, donde se ve que nadie nunca llega. Hay algunas arcas llenas de ropa y armaduras antiguas, armas y muebles rotos tirados por todas partes.

Agotado, poco a poco se va adormilando y cae en un sueño reparador, aunque se mantiene alerta instintivamente, prácticamente duerme con un ojo abierto.

 

Fabiana se acerca a la ventana. No está encadenada, la ventana está en el segundo piso pero no tiene rejas, no hay nadie con ella. Podría escapar haciendo una cuerda con las ropas y banderas que abundan en la habitación, piensa. Pero luego... no tendría oportunidad. No puede dejar a sus compañeros allí y huir sola. Tampoco podría salir y después rescatarlos: no tiene ayuda, no conoce el idioma y no sabe lo que pasó con Sacary. Es  su única esperanza. “Tal vez... consiga ayuda... ¡no, no, olvida eso!”. Si se queda y les sigue la corriente, quizás averigüe algo más, o la dejen salir. Hasta ahora la trataron bien, como a una reina, aunque quien sabe que intenciones tendrán. De todas formas, quedarse es lo mejor.

Entonces se dirige a la puerta y, con cuidado, toma los pestillos con ambas manos y la abre. Apenas asoma su cabeza hacia fuera, se topa con dos guardias enormes, monstruosos, que se dan vuelta y se plantan frente a ella. “Bien, piensa empalideciendo, ya veo que la cortesía no es libertad en este país”. Sonríe ligeramente y retrocede. Sin decir palabra, cierran la puerta.

Sin nada que hacer por el momento, Fabiana se acomoda en el diván que precede la habitación, y trata de descansar. Despejada la mente, y el cuerpo, actuará mejor.

 

El salón de las columnas, el preferido del Emperador, luce fantástico. Le han quitado su acostumbrada penumbra y paz, iluminándolo con millones de farolitos blancos para que resplandezca en la noche. Poco a poco los altos jefes militares van ocupando sus lugares de honor, cerca del trono del Emperador. Como todos los reyes, él tiene su lugar preferencial: un asiento lujosamente ornamentado, empotrado en un podio al que se llega por unos escalones totalmente alfombrados. Atrás, una especie de cantero lleno de líquido lo separa de la pared donde cuelga su bandera y sus armas de combate.

Apenas caen las tinieblas, mientras la ciudad afuera, indiferente, continúa su vida normal, un tremendo teatro se va montando dentro de palacio.

Pero, ¿dónde están Fabiana, y Guzmán, y Sheila y Enrique, qué hacen, qué hace Sacary?

Los cortesanos de Gribash no se parecen a los sardos. Son bulliciosos, les gusta beber y comer en exceso, son arrogantes y poco afectos a seguir un protocolo. Sin embargo, apenas aparece Retacht todos callan. Un rumor sordo se propaga y en el más absoluto silencio lo ven entrar y avanzar hacia el trono. Sólo entonces habla, anunciando la entrada de un importante invitado. Aliviados, comienzan a murmurar entre ellos. El anciano frunce el ceño y aumentando el volumen, pide respeto a la voluntad de Gribash. Al escuchar esto, todos callan y retroceden.

Entra la escolta acostumbrada: dos guardias armados con lanza y escudo, uniformados de gala con armaduras brillantes y un calzón negro como única ropa. Luego dos mujeres. Una de ellas es Varna, seductora como siempre, de verde y llena de joyas, que lleva del brazo a Fabiana. Esta va ataviada con una túnica etérea, transparente, de color blanco azulado. Con el cabello castaño rojizo peinado y brillante y llena de joyas ya no parece la vagabunda que rodaba por un mundo extraño.

Ambas ocupan un sitio junto al anciano. Fabiana queda en el medio, a propósito. A continuación se anuncia la entrada del Emperador.

 

Guzmán abre la puerta que comunica con el primer piso las bodegas y pasadizos. Por un tragaluz se ha percatado que ya ha bajado el sol. Por la puerta va notando todos los movimientos. Arriba de él hay un salón enorme bien iluminado, lleno de gente: es el salón del trono. Aprovecha que todos están concentrados en la entrada para salir despacio y con cautela de abajo. Por suerte la trampa está cerca del estrado del trono, se cuela entre esta y la pared y su altura lo protege. Con ingenio, podrá salir mientras estén distraídos, tal vez tirándose por la ventana. Entonces lo detiene la vista de las mujeres que entran. “¡Oh, Dios! ¡Son Fabiana y... Varna!”.

Y luego, aún sin salir de su sorpresa, se fija en el que entra ahora y casi se desmaya.

–Cardoso, el muerto –murmura–. ¡No murió!

Ahora entra Gribash. Sus ojos verdes de gato parecen llegar hasta el otro lado de la sala. Con una sonrisa muy ligera en los labios, camina sereno, erguido, todo un emperador. No necesita escolta, ni esclavos, ni carros triunfales, sólo se basta él. Su altura aumenta porque todos parecen achicarse, retroceder ante él. Su mirada no tiene furia ni crueldad, ni vanidad, pero es tan ardiente y fría, que asusta. Todos piensan que nunca tiembla ante nadie, logra todo lo que quiere, nunca será vencido y tiene poder absoluto sobre todos. Es como el rey de sus almas, más que de sus cuerpos y eso lo hace más fuerte. A pesar de todo, lo adoran más que le temen, y su lealtad es fanática.

Guzmán ve todo esto en un segundo. “Tiene su respeto”, piensa, “y tal vez lo merece”.

Gribash sube los escalones y se vuelve enfrentándolos a todos, y alza los brazos en un gesto de grandeza. A la vez, surge  detrás de él una llamarada y se enciende el canal alrededor del trono.

Su gente aclama la figura circundada de llamas: a una voz gritan su nombre, ¡Gribash!. Una voz ensordecedora que brota desde el suelo y se propaga como una onda explosiva por la sala: ¡benar die, Gribash!

Guzmán contempla todo atónito ante el fuego que casi lo quema y atemorizado por las emociones que recorren la multitud.

Con un gesto los silencia y luego dice una palabra. Sombreado por las llamas, se sienta en su silla imperial. Cerca de él están Retacht y Varna, cercando a Fabiana; Sheila y Enrique, atados y custodiados; Marius y Sacary, arrodillados cerca del consejero imperial y Carlos Cardoso, orgulloso y sonriente, aún viste su traje confeccionado en Londres pero está cubierto de collares y brazaletes. Bajo la atenta mirada del emperador, continúa la fiesta con alcohol y abundante comida.

Guzmán permanece atrás del emperador, atrás del fuego, vigilante. Fabiana está mirando inquieta a Carlos.

Gribash espera una hora, poco más, antes de pedir silencio nuevamente.

–Esta noche se decidirá el destino de varios de los presentes –Retacht traduce  a Fabiana y a los otros dos humanos prisioneros, Carlos ya sabe de que se trata–. Dos extraños forasteros de otro mundo nos visitan: la mujer Sheila Iturria y el hombre Enrique Blanco –señala a los dos–, que ante nuestra hospitalidad y buena voluntad se han portado traicioneramente, rehusándose a compartir sus secretos con nosotros, el Imperio más poderoso, al que nadie debe oponerse. Por suerte, no todos ellos son tan criminales: nos acompaña Carlios Cardoso, que es un señor en su mundo. Ahora pregunto, ¿cuál es el destino de los dos espías que se niegan a hablar?

Sin hacerse repetir la pregunta, todos gritan exacerbados: ¡Muerte! ¡Abajo! ¡Decapítenlos!

Con una sonrisa cruel, asiente. Carlos no dice nada, quietito en su lugar. Fabiana se revuelve incómoda, sabiendo que  será su turno ahora, buscando con los ojos a Guzmán: están todos menos él. ¿Habrá muerto?, se pregunta la muchacha. ¿Eso puede pasarme también?

–Los dos tukés, que rehusaron dejar la fe en sus creencias serán ejecutados, aunque me pregunto gente ¿cuáles son sus creencias?

Todos ríen. Molesto, Sacary refunfuña.

–Sí, ríete. Ignorante. ¿Se cree rey o qué?

Fabiana no puede evitar sonreír. A Sacary se le pegaron sus modalidades de hablar, y su carácter es tan humano... pero humano en el buen sentido. Se le llenan los ojos de lágrimas.

Un guardia patea al tuké en el estómago para que se calle, tan fuerte que lo deja retorciéndose de dolor. Gribash baja los escalones  y se acerca a la muchacha.

–Me resta preguntarle a la dama –dice tomándole una mano y sonriendo fascinador–, ¿dejarás tu reino atrás y te unirás a mí?

Ese “a mí” la hace tiritar. Hay algo morboso en él, algo refinadamente maligno. Se suelta de sus manos y, aunque por dentro tiembla de temor mira resuelta y le contesta:

–Yo no soy de ningún reino, y no me uniré a nadie... ¿cree que traicionaría a mi mundo?–exclama desafiante.

Los demás tiemblan por ella.

Pero el Emperador la mira complacido casi, sin entenderla bien, pero gustándole como dice las cosas.

–Contesta que sí... –susurra Guzmán–, síguele la corriente –le suplica.

Gribash mira a la muchacha de nuevo.

“Ay, tiembla ella, ¿es el fin?”.

 

XXVII – Discusiones filosóficas.

 

Enrique y Sheila se han logrado acomodar junto a los tukés.

–Sacary, ¿qué haces aquí? –inquiere el hombre–. ¿Y por qué solo está Fabiana? ¿No los encontró Guzmán?

–Sí, si nos encontró, pero no sé dónde está ahora. A mí  me atraparon afuera, ellos entraron juntos. No sé que habrá pasado con el muchacho... y seguro no es nada bueno; tal vez...

–¡Ni lo pienses! –detiene Sheila.

–Pero, y Uds. ¿cómo se encuentran en esta situación? ¿Qué les hizo Gribash?

–Nos pidió algo que, después de todo lo que hemos pasado y aprendido aquí, era imposible.

En ese momento los guardias los separan para que no se hablen, mientras Gribash pregunta a Fabiana: –Dama, respóndame algo ¿su mundo es superior al nuestro?

Dudando, ella replica:

–¿Superior en qué sentido?

–De la única forma posible.

–Pero, hay varias...

Cansado, él vuelve a formular la pregunta.

–¿Es superior en armas y ejército?

–Claro.

El silencio es abrumador. Parece que están solos. Solo se escucha la voz de Retacht que traduce. Pero en realidad todos siguen cada palabra: asombrados, consideran el peligro y la grandeza de un mundo tan poderoso.

–Pero, de todas formas –agrega ella– no podemos llegar hasta aquí.

–Pero sí pueden llegar las armas –replica él suspicaz.

Se imaginan, poseer armas celestiales.

–No... si, no... –balbucea entonces– porque...

–Claro que pueden –alza la voz y lo dice con tanta firmeza que ella se sobresalta–. Mi fiel Retacht era un viejo tuké y él visitó tu mundo.

Camina hasta el trono y extrae un objeto de él. Vuelve y ante su rostro extrañado muestra un encendedor de plástico blanco Bic.

–Esto es una pequeñísima muestra de lo que vi en la Tierra –explica Retacht, a todos–. Tienen armas que matan a distancia, tienen bombas, que son cosas que explotan cuando ellos quieren y destruyen todo a su alrededor. Además pueden volar.

Un murmullo de admiración o incredulidad se extiende por la sala.

–Sí, navegan el cielo como insectos. Van a velocidades increíbles, tanto que podrían ir de Düran hasta Iena o Salmena en una hora. Y no viajan en animales como nosotros, sino en máquinas...

–Y tenemos bombas atómicas, que matan y destruyen una ciudad diez veces más grande que esta. Y tenemos contaminación y tanta basura que el agua no se puede beber ni respirar el aire.

Sacary traduce, aún a riesgo de su vida.

El Emperador, interesado en esto, se adelanta y dice:

–Continúe, por favor. Háblele a nuestra gente de su pueblo. Tú, Sacary, traduce. Retacht, ve por la caja –ordena.

–Sí, y en la Tierra la luz no viene de velas, es eléctrica. Enchufamos una máquina a una toma en la pared y funciona, no hay que trabajar ni nada, ellas hacen casi todo. En las guerras mueren millones de personas; no hay honor ni valentía que valga en eso. Plantamos, criamos vacas y ovejas  como Uds., pero luego mueren quemador por el sol porque nosotros mismos destruimos el cielo que nos cubre. Y allá hay arte, cuadros, libros, poemas, música, escultura, ¿alguna vez han visto algo así?

Sus rostros lo niegan.

–Hay que estudiar mucho para vivir allá, sino te mueres de hambre. A los gobernantes los elige la gente, el pueblo. Las leyes las hacen los hombres que nosotros elegimos.

–¡Basta, señora Fabiana! –interviene Gribash–. No necesitamos que cuente la parte mala también.

–¿Mala? ¿Cuál es la mala? –exclama ella, acercándose–. Ud. me lo dirá, supongo.

Sus ojos se encuentran, brillan.

El sonido de unos metales los interrumpe.

Unos soldados dejan junto a ellos unas cosas. La situación ha cambiado: los prisioneros ahora están parados, orgullosos, escuchando exaltados. Sacary traduce y Marius se ha mezclado entre la gente, Gribash está junto a Fabiana, discutiendo a su mismo nivel. Los soldados dejan en el suelo una gran caja, de la cual sacan una infinidad de objetos terrestres.

Detrás de todos está Guzmán. Escucha, vigila, agazapado. Aprovecha para planear el siguiente movimiento.

–Nos costó cientos de años –prosigue Fabiana, inspirada– pero logramos, más o menos, libertad para la mayoría. Salimos al espacio, llegamos al lecho del océano, habitamos en el hielo y en el desierto, conocemos el planeta entero. Conocemos las estrellas y lo que no se ve a simple vista. Sí, y mucho más, pero igual tenemos problemas que nos costará otros tantos años solucionar: Hambre, enfermedades en una escala que no se pueden imaginar, y destrucciones en la naturaleza que menos se pueden imaginar. Tienen un bello mundo, no necesitan nuestra tecnología...

En su fervor camina alrededor del emperador, frente a todos los invitados expectantes, gesticula y alza su voz. La detiene Cardoso:

–Señorita Peralta, Ud. está negando a esta gente la civilización.

–¡Vamos, no sea tan...

–Sí, les está negando las comodidades, el progreso y el conocimiento de la civilización. Piensa dejarlos en la barbarie porque a Ud. –acentúa el “Ud.”– le parece que la civilización occidental es decadente. Sea Ud. alguna de esos ecologistas que gustan de alarmar a la población y anunciar el juicio final, no tiene derecho a quitarles a estos pobres la oportunidad de sus vidas.

–Y Ud. los está tratando como si fueran bobos. Yo no les niego nada, solo que no debemos interferir en su propio desarrollo. Ellos mismos alcanzarán la tecnología en unas décadas.

–Ya interferimos al llegar acá, y Uds. cuatro, o bien tres ya que no veo a Gianetti, más que yo.

Ella baja la cabeza, asintiendo.

Gribash, que hasta ahora se ha limitado a presenciar el debate, disfrutando la pequeña comedia-tragedia sobre la humanidad, sube al trono y se sienta, antes de decir:

–Si no cooperan de buena voluntad, igual lo harán de alguna forma. Solo quiero que regresen por un tiempo a su mundo y me traigan esas armas maravillosas que no tenemos.

Con humildad, Fabiana se acerca al estrado, sube un escalón y, con voz segura aclara:

–Eso que pide, emperador, es imposible. Aunque fuéramos a la Tierra, nunca conseguiríamos armas. No están a disposición de cualquiera que vaya y...

–Es mentira, señor –se apresura a decir Carlos–. Yo puedo conseguir armas automáticas, bombas, trajes, lo que quieran. Sólo pido el dinero, es decir oro y piedras, para conseguirlas, los contactos los tengo yo.

Fabiana exclama indignada: –¿Te vas a convertir realmente en un traficante de armas para este mundo? ¿A cambio de qué?

Él va  a replicar, cuando Gribash se para de golpe y, con voz que hace temblar a todos, dice:

–¡Basta los dos! Dejen de hablar entre sí en mi presencia. Yo decidiré lo que pueden o  no pueden hacer, y lo que tendrán de beneficio.

Luego, dirigiéndose a Sheila y Enrique y haciendo una seña a los guardias agrega:

–Ya me ha informado Carlios Cardoso que esos no valen nada en su tierra. Quedarán aquí. La otra, Fabiana, es hija de un rico señor de su mundo, según el mismo Carlios Cardoso. Ella vivirá. Los tukés están prohibidos en el Imperio. Serán ejecutados, pero antes, serán azotados hasta que olviden sus ideas. Ahora, esperaremos a que la luna mayor llegue al cenit, entonces será la ejecución. Ahora, ¡que siga la fiesta!

 

“Si ellos mueren, tú no llegarás muy lejos, idiota”, piensa Guzmán detrás del emperador,  “me debes una caída muy dolorosa además. Con esta espada te atravesaré. Entonces se darán cuenta que no eres tan poderoso, Gran Gribash”. Agazapado, acaricia el filo de la vieja espada que ha sacado de la pared donde colgaba con las otras armas del reino. “Pero, esperaré el momento exacto”.

Sentada algo confusa, temerosa y rabiosa a la vez, Fabiana medita qué hará. “¡Qué locura esta! ¡Espero que todo sea un sueño! Este mundo está loco y al revés”.

 

La noche avanza. El Nahiesa es una cinta plateada en el que se reflejan dos círculos blancos perfectos, uno más grande y brillante. Las estrellas titilan sobre la ciudad silenciosa, extrañamente callada, como si aguardara algo.

La plaza Central yace en el más completo y vacío silencio hasta que un jinete desesperado llega casi volando y se detiene de golpe frente al palacio. Mira a todos lados, empuñando instintivamente su lanza, fijándose sobre todo en las sombras como si estuvieran vivas y en cualquier momento fueran a cercarlo y tragárselo. Transpirando, jadeando, entra al palacio con prisa, saludando a los guardias ocultos al pasar.

 

XXVIII – Incidentes.

 

Un soldado se acerca a Retacht y le dice algo al oído, este a su vez, se acerca al Emperador y, con una leve reverencia, le susurra unas palabras. Gribash salta de su asiento, quedando mudo, helado, unos instantes, con la mirada fija en algún punto del vacío. Luego de esos segundos de trance, su mirada se aviva, refulgente y aguda, se clava en los humanos Sheila y Enrique, que arrodillados, resignados, parecen meditar. Fabiana con actitud desesperada, camina de un lado a otro, parándose a contemplar a los demás de vez en cuando. Carlos, disfruta por adelantado su fortuna y poder, acompañado de Varna.

El Emperador, erguido en toda su estatura, con actitud fría y dominadora, con sus ojos de fuego verde exclama:

–¡Sanus dei, die tchar sanum!

Todos quedan clavados en su sitio. El ruido cesa, no respiran. Acaba de pronunciar el llamado para todo los súbditos y esclavos del Imperio.

–Ha llegado un aviso urgente para todos –anuncia con una voz profunda–, algo está sucediendo en las afueras de la ciudad. Un enemigo débil nos está atacando. Pero, no se alarmen –los calma– interrumpiremos la ceremonia para que cada uno se ocupe de sus deberes... ¡Debemos exterminar a todos los infectos de Chandala Wia, que quieren robar e incendiar nuestras casas, nuestra ciudad!

Un rugido sale de todas las gargantas al unísono, un estruendo que dice sí, vamos a defender nuestra ciudad, a nuestro emperador, amo y señor. Cuando el sonido se apaga, todos hacen silencio y oyen otro rumor, como el de la tormenta al arreciar. Lejano, sombrío, amenazador... y  a la vez un sonido de esperanza para otros.

A una seña de Gribash, unos guardias salen del salón. Luego, el Emperador baja los escalones altivo y  comienza  a avanzar por la sala hacia la salida. Retacht se le atraviesa, casi implorándole:

–No, mi señor, ni salga. Quédese aquí, esos hombres, si lo son, no valen nada. Hay otros asuntos  que sí son importantes.

Un segundo después se arrepiente de haber hablado, porque Gribash le lanza una mirada fulminante, a la vez que lo aparta de sí. Cuando se dispone a continuar, irrumpen por la puerta el grupo de soldados que había salido.

–¡Ya se han incendiado muchas casas, el fuego no tardará en expandirse por todas partes! –exclama atropelladamente uno, arrojándose a los pies de Gribash.

Este lanza una mirada de odio a su alrededor, da más órdenes. Retacht ha desaparecido. Dirigiéndose a su trono, Gribash se apresta a tomar su espada. Alertas, pero con la llama de la esperanza renaciendo, los humanos escuchan. El fragor lejano se va acercando, gritos y una multitud que avanza. La aristocracia, toda la corte del emperador, ha quedado petrificada. La gloriosa ciudad Düran, sede del Imperio, ha caído por unos cuantos pordioseros. ¡Imposible! ¿Dónde está el ejército? ¿Dónde?

–No esperaré a la luna, después de todo... –murmura con una sonrisa cínica Gribash, extrayendo su espada de su sitio junto al trono–. ¡Uds., este es su último minuto de vida!

En ese instante aparece de nuevo el anciano ex tuké, junto con un sordo mugido que parece brotar de las paredes.

–¡¿Qué has hecho?! –brama su amo y señor.

–Activé el sistema de seguridad.

–¿Estás loco? ¿Yo te lo ordené acaso? ahora no podremos salir...

–Pero, ellos no entrarán. El Palacio se salvará, y nosotros.

–Sí, pero –dice el otro con voz queda– mi deber está afuera: yo tengo que salvar a la ciudad.

Lentamente baja la espada y vuelve al trono. Las llamas de sus ojos vibran como las del fuego. Afuera, imperiales y atacantes  se destrozan unos a otros. De repente... “sí, parece un canto de victoria”, piensa Fabiana, que está cerca de los tukés, “parece una marcha, y suena tan conocida... sí, lo es”.

Con una sonrisa, mira a Sacary.

–El pueblo de Rilay –balbucea este.

–¡Quédate cerca! –exclama Fabiana al tuké–. Tratemos de juntarnos con Enrique y Sheila.

–Sí, me parece lo mejor –conviene él, tomándole la mano. Juntos avanzan entre la borbollante multitud.– ¡Allí están! –al comenzar los extraños ruidos, de afuera y dentro, se vieron separados del trono por la gente que corría hacia su rey, empujando y gritando.

Pero Gribash no les habla. Permanece sentado, bien erguido, pero meditabundo como si no estuviera allí. Retacht gesticula con sus resecos brazos y rostro macilento. Nunca antes ha perdido así la compostura: abandonó su sonrisita cínica, y sus ojos ya no contienen seguridad ni confianza.

–¿Cómo es que Cardoso está vivo y... tan bien? –inquiere a gritos la joven.

–Según lo que sabe Enrique, una patrulla que seguía los rastros del grupo que nos atacó lo encontró. Al principio lo confundieron con un sardo, pero pronto su ropa y su forma de hablar, su desconocimiento del idioma y, en fin, tuvo la suerte de que lo llevaran ante Retacht, ese asno y caburk que...

–¿Caburk? –repite ella.

–Sí, ese caburk. Era el jefe de la expedición. Reconoció a un humano y, claro,  no le costó convencerlo de que se pusiera del lado de Gribash.

En ese instante los sonidos extraños como movimientos metálicos y roce de piedras muy pesadas cesan, dejando lugar a un súbito silencio en el salón y a esa sensación, ese fantasma de batalla en el exterior.

La ira parece crecer a cada segundo en los ojos de Gribash. No mueve un músculo, pero el fulgor verde de sus  pupilas parece querer escapar de sus ojos. Se levanta furibundo y desciende la escalinata para detenerse frente a Retacht. Este piensa que le va  a ordenar algo, pero no le dice nada. Lo observa fijo por unos segundos eternos, y hay algo que brilla un instante en su rostro y que hace temer al viejo. En ese momento comprende. Es un pensamiento apenas, tan rápido como el movimiento de la espada que cercena la cabeza del resto del antiguo cuerpo. Los que están cerca gritan y saltan hacia atrás al ver volar la cabeza y brotar la sangre. Es increíble lo roja y llena de energía que está, parece tener vida propia. En cambio el cuerpo se desploma como un trapo. Metros allá, yace la cabeza, pequeña y marchita.

Luego del grito inicial se desata un estruendo infernal, pero no son gritos solamente sino un temblor que sacude al edificio desde sus cimientos. De nuevo el mismo ruido de antes: el llamado sistema de seguridad, se desploma.

 

Cuerpos danzando frenéticamente. Miles de rostros, mostrando dolor, furia, alegría, seriedad, crueldad, terror, parálisis o simplemente vacío. El ruido de las espadas  y los gritos de victoria o de agonía como música siniestra. Iluminados por el resplandor psicodélico del incendio.

Desde el Nahiesa, imperturbable en su curso, hasta el centro de Düran y extendiéndose por todos lados, se lucha. Desde los vagabundos y parias desnudos, armados con piedras y antorchas, hasta los soldados enfundados en armaduras con casco, cubreorejas, botas y rodilleras, portando lanzas y espadas y arcos inmensos. Se lava con sangre fresca de todas las clases sociales, años de inconformidad y de inocente seguridad.

En la plaza central arrecia el combate. Chispas y relampagueos se unen a gritos y suspiros desgarradores de hombres, mujeres y niños. La mayoría de la caballería atacante y del ejército imperial se encuentra aquí. Los rodean edificios en llamas. Pero lo más extraño es el palacio. Primero pareció brillar con fulgores suaves verdes y azulados y se oyeron muchos ruidos. Fezán de Rilay y los otros le echaban una mirada siempre que podían, sin dejar de cuidarse alrededor. Pero el jefe quiere llegar a palacio, hay algo que lo llama ahí. Sospecha que es Gribash. Sin embargo, aunque está cerca de la puerta, ve como se frustran sus esperanzas al caer pesadamente un portón de piedra de mucho grosor, cerrando el paso a cualquiera, por más fuerte que sea. El edificio entero se envuelve en un cascarón de piedra y metal, un caparazón inmune al fuego y a sus pobres fuerzas. La lucha continúa.

Al rato, nuevos sonidos y estremecimientos sacuden el caparazón del Palacio. Sin dejar de dar órdenes, empujar y arremeter contra todo un batallón de soldados bien entrenados, Fezán echa una mirada curiosa a la mole de piedra. Un ruido de engranajes rotos, como un bosque espeso siendo derribado a la vez por un hacha gigantesca, se superpone al fragor del incendio y la batalla, un nuevo  temblor, y entonces, la cubierta se rompe en millones de pedazos. La lluvia de escombros cae sobre los sorprendidos combatientes. Mata o sepulta a muchos, incluso los mismos Imperiales. Fezán hace una seña y todos, animales y hombres, retroceden. Parece que todos han suspendido sus movimientos y observan boquiabiertos. Miran, con las espadas en alto, o aún clavadas en los vientres del enemigo, en poses de maniquíes temblorosos. Los habitantes de la ciudad lloran o gritan, por su emperador enterrado vivo.

Pero, al rato se disipa la nube de polvo y humo que inunda el aire y los ruidos cesan. Intacto. Entre los velos densos de polvo se yergue aún majestuoso el Palacio Imperial. Ese instante de contemplación y de suspenso da paso al recomienzo de la lucha. Nuevamente gritos, contorsiones, roncos susurros, relinchos y una infinidad de sonidos se elevan en la noche, en un crescendo estremecedor.

 

En apretado grupo, encogiéndose sin darse cuenta, los tres humanos y los dos tukés temen por su vida. Hasta Carlos Cardoso se esconde entre la gente tembloroso. Gribash espera que acabe el temblor. Aparentemente un desperfecto, o tal vez lo antiguo del mecanismo, ha ocasionado que se derrumbe la protección del palacio. Pero al sentir ese destrozo los ojos del emperador se han iluminado nuevamente, y una sonrisa sutil le surca el rostro. Ahora es el momento, ahora se va a jugar el todo por el todo. Ya no es el jueguito: si controlo a estos seres de otro mundo, si llego al otro mundo, gano más poder, si consigo más poder  y ellos me sirven para llegar al otro lado, seguro que alcanzaré todo el poder. Ya no jugamos por más, más, más –ese vicio del poder – sino por lo que tenemos. Todo esto y mucho más cruzó por su mente.

Lleno de confianza, comienza  a hablar a su corte, animándolos. Pero enseguida nota como todos dejan de mirarlo con devoción para fijarse en algo detrás de él, admirados.

El fuego arde con intensas y altas llamas que se elevan detrás del podio imperial. Al borde de la escalinata está parado Gribash. Entonces, Guzmán salta de entre las llamas como una criatura infernal, protegiéndose la cabeza con un brazo y sosteniendo una espada en alto, y aterriza perfectamente, de pie detrás de Gribash. Este siente como todos los ojos de sus súbditos se desvían y al segundo una mano lo aferra por la garganta y algo punzante se clava en su espalda. Con una palabra, que suenan tranquilas a pesar de su situación, detiene a los guardias que se precipitan hacia ellos.

Guzmán cambia la posición: le aprieta aún mas la garganta, rodeándolo con el brazo para que no escape, mientras con la mano derecha sostiene la espada delante de él, mostrándola  a todos. Bien sostenido y amenazado ahora, comienza a bajar la escalera. Los guerreros y ministros, atemorizados, se abren a su paso.

–¡Marius! –llama Guzmán.

–Sí, aquí estoy –responde el tuké, acercándose un poco desde la primera fila.

–Diles... –dice el joven, nervioso a pesar de sí mismo– que si no nos dejan salir a todos con vida y sin mover un dedo para evitarlo, mataré a su emperador.

Mientras Marius traduce, Fabiana ayuda a Enrique y Sheila a caminar. Están muy dañados y cansados. ¿Dónde está Sacary? Ah, allí aparece. Un rayito de esperanza nace en sus rostros.

Pero, un fabuloso bramido los sorprende. Puertas se abren con violencia, gritos –una voz viril–, metales chocando entre sí, pasos rápidos y...  la puerta del salón se abre con estrépito dando paso a un apelotonado grupo de hombres y mujeres.

La distracción momentánea permite a Gribash desprenderse de Guzmán y abalanzarse sobre su espada, que yace en el piso cerca del frío cadáver de Retacht. El joven, aturdido, lo busca con la vista y se pone en guardia al verlo venir. Demasiado tarde. Nunca habría sospechado la velocidad de su agresor. Gribash, a la vez que salta, se tira a fondo sobre él y logra herirlo en el hombro. Los sentidos de Guzmán están alterados: ve borroso por el dolor, oye una gritería que ensordecería a cualquiera y lo aturde, huele a miedo  y sudor, y a sangre. Se defiende como puede de su avezado adversario. Tropieza contra la escalinata y cae. Va a parar de costado contra el suelo, ha patinado en algo húmedo y viscoso –un charco de sangre– y se detiene a metros de Gribash. Al abrir los ojos con dificultad, reprimiendo un grito de dolor por haber caído sobre su hombro lastimado, se encuentra cara a cara con una cabeza... sin cuerpo. El viejo Retacht lo observa con los ojos vueltos hacia arriba y una mueca de angustia aún en su rostro, congelada para la eternidad.

 

XXIX – Un par de duelos.

 

Al irrumpir los soldados enemigos en la sala, un rumor se extendió por la sala. El jefe era bien conocido por lo valiente e inteligente en batalla: era Fezán, y sus tropas de Rilay. Y no sólo ellos: vagabundos del Chandala Wia, parias, bayos, mngaris, y de otros pueblos. Todos tomaron sus armas y se dispusieron a defenderse.

Sacary se ve acometido por un rabioso ministro, ya entrado en años, pelado y muy perfumado. Gracias a su tamaño, puede escabullirse eludiéndolo y perdiéndose entre la multitud en movimiento.

Enrique y Sheila, a pesar de su estado de debilidad, luchan por esa esperanza que les dice que aún pueden vivir. Enrique, corpulento pero lento, manotea y golpea a un par de guardias. Lucha con la ferocidad de un oso, dispuesto a todo por su propia vida. Sheila es herida en un brazo y en un costado de su cuerpo por una lanza, pero se defiende  con unos pobres pero efectivos movimientos de karate. Utiliza muy bien sus uñas y dientes. A uno que tiene una trenza muy larga, lo aferra por ella y casi lo arrastra por el piso de un tirón. El hombre lanza alaridos cuando lo golpea sin piedad en el cuello, y suelta la lanza.

Fabiana y Marius, espalda contra espalda, se defienden con sus puños y piernas. Ella, entrenada en defensa personal, pronto desarma a uno y así consigue una espada. Él, mientras tanto, tiene una técnica extraña de combate, algún tipo de arte marcial.

 

Guzmán ve, o más bien siente, algo grande y rápido que se acerca a él y, a tiempo para no ser descuartizado, alcanza su espada  y la coloca delante de sí mismo. Debe tomarla con las dos manos para sostener la fuerza del ataque. Como aún está de espaldas al suelo le cuesta moverse. Aprovecha un instante de tregua para arrastrarse hacia atrás y levantarse al mismo tiempo. El otro, Gribash, jadea con rabia y suda. Puede ver cómo sus músculos se hinchan y se aflojan con cada profundo respiro. Él también está acalorado, transpirando y casi sin aire, pero no lo nota.

Ahora sí que sus sentidos están alertas. Es como si los hubiera recobrado, y siente como la adrenalina le corre por el cuerpo, dándole fuerzas para enfrentar a todo un ejército. Esquiva un lance de su enemigo, se le atraviesa y saca unos chispazos de su armadura. “Es difícil, ¿dónde puedo dañarlo si está protegido por esa armadura y se mueve tan rápido?” Las piernas, quizás. La cabeza, si le atina. A su alrededor, todos luchan. Oye un grito femenino, Sheila. “¿Habrá muerto?”.

Ese pensamiento cruza por su mente y vuelve a atacar con más fuerzas. Los dientes le rechinan del esfuerzo. Al chocar las espadas, se ven reflejos violáceos y chispas saltarinas. ¿Dónde estará Fabiana? No la ha visto, ni oído.

Se ven separados por un par de hombres dándose con todo: golpes, lanzados, gritos. Alguien intenta atacarlo por detrás, pero se da vuelta y lo para en seco. Mientras pelea con este, Gribash se encuentra cara a cara con el jefe enemigo. Momentáneamente alcanza a ver a lo lejos a Guzmán, ocupado, y al segundo se tira sobre Fezán de Rilay.

–¡Te mataré a ti y luego al otro intruso! –grita Gribash.

Con una sonrisa, Fezán le hace frente.

–¡Qué optimista es, majestad!

 

Enrique ayuda  a Sheila a sacarse de encima a uno de los hermanos Milko, los mellizos sardos, y el otro los ataca con una espada. Sheila toma una lanza abandonada a centímetros de un cadáver y lo golpea con el revés, ensartándosela en el estómago. Shockeado, cae al suelo sin aire al mismo tiempo que suelta la espada que va a parar a manos de Enrique. El otro, que estaba en el suelo, se levanta y trata de tomarlo por sorpresa. Pero es muy delgado y débil y recibe tremendo golpe en la cara. Aún así, no se rinde y le hace una zancadilla. Enrique cae entre los muertos como uno más, mientras que el mellizo que lo hizo caer se le abalanza con un hacha pesada y filosa entre ambas manos dispuesto a decapitarlo. Enrique rueda sobre sí mismo, esquivando por pura suerte el hachazo, que va a sacar lustre al piso. Pero el hombre de nuevo toma impulso, con el hacha sobre su cabeza y, justo a tiempo se interpone Guzmán, que al ver la situación ha corrido hasta allí para salvar a su compañero. Para el impulso del hacha con la espada, le da una patada al mellizo Milko, pero no lo mata, sólo lo desarma y le pega en la cabeza dejándolo inconsciente.

–Gracias –suspira Enrique, levantándose–. Pensé que no te vería más.

–¿Y lo hubieras lamentado?

–Sí, aunque nos causaste bastantes problemas.

–¿Yo? –exclama el joven, sorprendido.

–Tú... pero olvídalo, luego lo arreglaremos. ¡Cuidado, atrás!

Mientras, Fabiana se defiende por todos lados, tratando de llegar hasta sus compañeros. Sacary se le une poco después.

–¿Dónde está Marius? –le pregunta este.

–No lo sé. Hace un rato estaba a mi lado, luego no lo vi más.

Ya no hay tanta fuerza en la lucha. Uno de los lados está muy disminuido, casi derrotado, pero no se rinde. Los imperiales están en su mayoría heridos o agonizando, ensangrentando el suelo, gimiendo o gritando.

Gribash y Fezán luchan a la par. Ellos aún no sienten cansancio, no se quejan y no paran un instante. Son igual de buenos con la espada, igual de astutos y fuertes.

Fabiana y Sacary tratan de llegar hasta sus amigos atravesando el salón lleno de gente matándose y alfombrado de cuerpos. Desde arriba podría verse como lentamente avanzan entre la marejada ondulante de personas, empujando, defendiéndose.

Y también podría verse cuando un bólido de repente surge de entre el gentío para atravesarse en su camino.

 

Fabiana se escurre entre dos fuertes y altos guerreros de Rilay e inesperadamente, se le materializa delante suyo Varna, la amiga de Gribash, esposa del Rey Sardo, espía y belleza traicionera. Parece una fiera, con unos ojos encendidos de ira irracional, al abalanzarse sobre ella.

Fabiana no puede frenarla. La otra le aferra el cuello con ambas manos al arrojársele encima y caen, Varna sobre Fabiana, al piso. Fabiana trata de quitársela tomando sus brazos y haciendo fuerza, mientras se sofoca y va poniéndose de pálida a roja. Quiere gritar, pero no le salen más que gemidos de la garganta. Patalea, le clava las uñas  en la carne, y aún así la otra persiste. ¿Dónde está Sacary?

 

Alcanza a ver a una mujer atacando a Fabiana, cuando un cobarde le hiere, llegando desde la derecha. Una guerrera  con espada y lanza le hace un corte en el vientre, a través de su túnica, del que brota una gran cantidad de sangre, de un oscuro rojo que hace un enorme manchón en la tela. Sorprendido, la enfrenta. Desarmado y encorvado de dolor, es presa fácil para la joven y fuerte mujer.

 

–¡Quédense cerca! ¡No se separen! –grita histérica Sheila.

A su lado, espalda contra espalda, se hallan Enrique y Guzmán. Manteniéndose así para defenderse mejor, tratan de divisar a los otros.

–¿Han visto a Fabiana? –grita a su vez Guzmán.

Los otros contestan que no.

Sudando, tembloroso y descompuesto por primera vez en su vida, se acerca a ellos Cardoso.

Serio, Enrique lo enfrenta.

–¿Qué haces aquí, hijo de puta? Después que nos vendiste vienes a pedir ayuda.

–Po-por favor, amigos, yo no quise... me o-bligaron a –tartamudea, pálido–. Yo también soy humano, me puedo equivocar, soy débil, pero yo-yo...

–Sí, tú y tú –se une Sheila a Enrique–. En el momento que renegaste de nosotros para arreglarte solo con estos, dejaste de ser humano.

Aún así, con los gritos e insultos, Carlos se queda cerca de ellos, tiene tanto miedo de estar solo. Esperando a ver que pasará cuando termine la batalla.

Parece que van ganando los rebeldes pero nunca se sabe.

Unos conocidos de Guzmán del Chandala Wia llegan a ellos y lo saludan con una sonrisa.

–¡Fabiana! –grita él–. ¿La vieron?

Los muchachos del Chandala no comprenden nada. Guzmán les hace señas, se señala el cabello como si lo tuviera largo. Ahora entienden: la mujer del pelo rojo largo, ¿dónde está?. Niegan con la cabeza, no la vieron. Al bajito sí, le hacen señas.

–¡ayuda! –grita Guzmán, y les hace gestos para que  lo sigan.

 

Varna y Fabiana ruedan por el piso. Los brazos de Varna tienen las marcas rojas de las uñas de la joven terrícola, sin cortar hace tiempo. Esta ha logrado zafarse un poco y liberar su garganta, ahora luchan de igual a igual.

Varna se incorpora con dificultad – el piso está resbaloso y lleno de restos – y Fabiana la imita. Pero cuando ya está casi parada ve venirse sobre ella a la otra mujer, con un cuchillo en la mano derecha. Cuando está casi a su lado, se aparta y Varna se abalanza sobre el vacío, y cae al piso donde tendría que estar la muchacha. Fabiana se apura a buscar algo con que defenderse.

 

Fezán observa los movimientos felinos de su adversario, que de repente se lanza en un nuevo ataque. Ambos cambian sus tácticas constantemente, pero no logran derrotarse. Fezán recibe la carga bien parado. Las espadas chocan. Vuelven a descargar sus golpes  y las espadas vuelven a estrellarse una contra otra.

Gribash se agacha y, muy rápido, hiere a Fezán en un muslo. Este cae de rodillas con un grito de dolor inesperado, y se sostiene la herida sangrante con la mano libre, estremecido. Gribash aprovecha para dar el golpe mortal: toma impulso aferrando la espada con ambas manos para clavarla en el corazón de Fezán, pero... otra espada se le interpone.

–¡No! –grita Guzmán al detener a Gribash.

Este le clava una mirada que le atraviesa el corazón como un hacha muy afilada.

 

Sacary grita. La guerrera le ha hecho un corte en sus ropas del que se ha salvado por un pelo. Trata de correr pero hay un montón de gente que le impide el paso. Se queda helado mirando el rostro transformado de la mujer que avanza hacia él con una lanza y una espada en alto.

El último recurso: agacha la cabeza y se tira como un toro sobre la mujer. Sorprendida por el cabezazo en el bajo vientre, no atina a defenderse de inmediato y cae de rodillas, doblada. Sacary junta sus manos y le descarga un mazazo en la cabeza que la deja en el piso inerte. Sonríe satisfecho, se felicita a sí mismo, y sale corriendo en busca de sus amigos.

 

Quedan pocos luchando. Muchos han caído. De fuera se sienten muchos gritos y ruidos. El fuego consume la ciudad. Las viejas piedras tienen muchas grietas, las llamas se cuelan por ellas y devoran todo lo que pueden a su paso.

Fabiana se pone en guardia, daga en mano, para recibir los golpes de su contrincante. La otra está furibunda, sino, ya habría acabado la pelea. Se lanzan al ataque a la vez. Fabiana es herida en un brazo y hiere a Varna en una pierna. La joven terrestre se toma la herida: arde mucho, cuanto más sale la sangre más arde y duele. Pero a Varna no le importa la  herida, vuelve a intentar asesinarla. Fabiana le detiene la mano por la muñeca y a la vez quiere herirla con la daga, pero Varna le toma la mano. Forcejean, dando vueltas como dos fieras.

Fabiana gime por el esfuerzo, no da más. Varna se acerca, la otra le da un rodillazo en el estómago, y se defiende mordiéndole el brazo. Fabiana suelta el cuchillo y para liberarse de la otra, la hace perder el equilibrio, la tira al suelo, y luego se arroja sobre ella. Pero Varna la ataja con un codazo en la cara. Aturdida, Fabiana grita. Pero la otra la supera gritando, a la vez que intenta noquearla. La otra la elude y le manda un derechazo directo al rostro, venganza.

Varna se toma la nariz, gime, y se observa la mano... sangre, su sangre. Por un momento siente repulsión, su cara empalidece, luego enrojece y con infinita ira va a golpear a Fabiana, pero esta se adelanta en golpearla de modo que cae al piso, se golpea la cabeza y queda allí tendida, al parecer inconsciente.

 

XXX – La caída final.

 

Quien sabe quien, en la confusión, conscientemente o no, ha dejado que uno de los pesados cortinajes se encienda y que luego el fuego se propague por toda la pared a la derecha del trono. Los antiguos tejidos despiden un olor picante, como a arpillera.

Las heridas de Sheila – un corte largo y superficial en el costado del cuerpo y otro más profundo en el brazo derecho – le comienzan a doler atrozmente al bajar el nivel de adrenalina y Enrique debe ayudarla a caminar. Él también está magullado, dolorido y cansado.

–Tenemos que irnos, esto se está llenando de humo –dice Sheila, tosiendo–. ¿Dónde están los demás? ¿Los ves?

Enrique observa rápidamente el salón y dice:

–Sí, aquí viene Sacary, con un aspecto lamentable –el tuké tiene parte de sus ropas desgarradas, colgando, y ensangrentadas y camina cojeando, mientras tose y se frota los ojos– ...y allá está Guzmán, ¡Dios, este muchacho está loco! Que los detengan...

Guzmán está parando una lluvia de estocadas que Gribash le arroja diestramente. Se defiende bien, aunque es imposible detener el ímpetu del emperador. Colérico, sus ojos lanzan verdaderas chispas. Sonríe siempre que llega cerca del cuerpo de Guzmán, ya no sabe lo que pasa alrededor suyo. El edificio podría caerse y él seguiría luchando.

Sacary está cerca. Guzmán lo ve por el rabillo del ojo y le grita:

–¡Dile que se rinda, Sacary, que su ejército perdió!

Entre cada entrechocar de espadas han llegado a la pared izquierda del salón, donde ya se ha propagado el fuego.

Sacary le grita en su idioma lo que Guzmán pide, pero Gribash no se detiene mas que un segundo para decir algo como “esto es por mi honor, soy un guerrero”.

Algunos de los hombres de Fezán se reúnen en torno a su jefe, que tiene un feo tajo como de cinco centímetros de profundidad en un muslo y ha perdido mucha sangre. Lo que más le duele es su orgullo, no poder terminar él mismo con Gribash.

Sacary sigue ansioso la lucha. Ya no hay caso, de afuera se siente un rumor sordo y algunos gritos de victoria. El Imperio está cayendo, todos esperan afuera, no saben lo que sucede, no saben que el Emperador se niega a ser derrotado. Y las llamas avanzan por los colgajos, el mobiliario, los muertos. El hedor es horrible: el humo acre, el olor a viejo y a carne quemada.

–¿Dónde están Fabiana y Marius? –susurra Enrique, que ya no puede hablar bien por el humo–. ¡Hay que salir!

Esquivando las cosas que hay en el suelo – espadas, corazas, muertos, cabezas, sillas – tratan de salir. De pronto oyen un quejido que viene de allí cerca.

–Ayúdenme... socorro... me quemo...

Enrique y Sheila se detienen al punto.

–¡Está hablando en español! –exclama Sheila–. Es... Carlos.

Se acercan y ven que está tirado en el suelo, cubierto con otros cuerpos y un pedazo de viga, y no se puede mover.

–¿Qué hacemos? –pregunta Sheila.

Es el momento de una gran decisión. Se miran a los ojos. ¿Deben irse y salvarse ellos solos? ¿O ayudarlo a riesgo de que algo caiga sobre ellos o el fuego los rodee?

–Perdónenme, por favor... ayú-denme –susurra implorante Cardoso.

Enrique vuelve la cabeza y suspira, mientras quita la viga de encima de Carlos, ayudado por Sheila. Cardoso ha perdido toda su compostura, no queda en él nada del refinado y vanidoso hombre de negocios.

 

Fabiana se estremece, con el humo y el dolor de su brazo, siente que le falta el aire y se le nubla la visión. Puntitos de luz caen por millares ante sus ojos.

–Debo salir –se dice a sí  misma.

Varna yace unos metros más allá. El fuego se extiende por todas las paredes. Fabiana corre, o eso le parece, porque va a trompicones orientándose como mejor puede. De pronto tropieza con algo o con alguien.

–¿Qué es... –grita mientras cae sobre alguien conocido.

Se levanta como un rayo, no puede creer lo que ve.

–¡Marius! –solloza, sin atinar a moverse.

Marius abre apenas los ojos y la ve, y por un momento revive un poco. Quiere hablar, pero lo único que sale de su boca es un gorjeo incomprensible. Su pequeño cuerpo está cubierto de sangre. Fabiana grita, dirigiéndose al humo que la rodea:

–¡Sacary!

 

Una ráfaga de viento entra por los ventanales despojados de cortinas, avivando el fuego hacia el interior del salón, pero dejando un claro donde están Gribash y Guzmán. Luchan aún, transpirando, jadeando, sin fuerzas.

Sacary ve que el fuego los rodea y sufre por el pobre muchacho, en ese momento escucha el largo grito de Fabiana y corre a salvarla.

Pero no es ella quien está en peligro. Al acercarse, guiándose por el oído, cruzando las hileras de columnas, ve a Fabiana arrodillada al lado de su compañero, Marius, cubriéndose la cara. También se lanza hacia él. Se detiene, helado, se arrodilla y lo observa... Marius apenas abre los ojos y no puede fijar la mirada en nada. Sacary le toma la mano, buscando pulso. Es muy débil, se apaga...

–Lo siento –murmura Fabiana–. No pude hacer nada por él.

Sacary no le dice nada. Tiene la mano de Marius entre las suyas. Lo conoce de hace tantos años, que ya ni se acuerda. Y ahora... Pero, no hay remedio, está en un charco de sangre aún caliente, con el pecho atravesado. Siente como su pulso se hace más  y más lento y débil hasta que se apaga.

Fabiana mira a Marius. Tiene los ojos cerrados y en su rostro hay una expresión de paz.

Sacary lo observa un segundo, se levanta y dice:

–Vamos, Fabiana.

Trémula, lo sigue a través del salón, sorteando objetos y personas, dejando atrás algunos heridos agonizantes, que pronto morirán.

A la salida del ex salón del trono, en un pasillo apenas iluminado, se van reuniendo los que quedan. Los guerreros más allegados a Fezán, que lo han sacado a pesar de sus protestas de la sala incendiada, y le están vendando la pierna, a despecho de él, que siente herido su orgullo. Los más valientes muchachos del Chandala Wia, que se han atrevido a llegar hasta allí. Algunos soldados de Gribash, cabizbajos y silenciosos. Carlos. Sheila. Enrique. Todos están expectantes, nerviosos.

Fabiana y Sacary llegan corriendo. En la puerta están los tres humanos, pero no ven a Guzmán.

–¿Dónde está Guzmán? –grita, aun antes de llegar.

En los rostros ve la respuesta. Sacary la lleva por la fuerza de la mano pero ella se suelta.

–¿Qué pasa?

–¡No nos podemos ir sin él! –exclama ella con el rostro descompuesto.

–Ya vendrá. Ten confianza, Fabiana –trata de tranquilizarla Sacary, aunque no está seguro de lo que dice.

–¡No! –la muchacha se vuelve y corre de nuevo adentro.

“Él lo haría por mí. Lo prometimos...”

Avanza unos metros y la detienen las llamas. Prueba por la derecha, no. Fuego. Hacia el otro lado. Fuego, llamas crepitantes, lenguas anaranjadas, rojas, humo, por todas partes. Sacary la empuja con suavidad hasta la puerta.

La muchacha está tan impresionada, con el rostro pálido y laxo, que no hace nada. No llora, ni grita, ni nada de eso. Sheila la abraza, la consuela. Pero ella también está conmocionada, y su rostro bañado en lágrimas. Enrique observa las llamas con pena, pensando “tal vez, vamos muchacho, impresióname como tú sabes hacerlo. Tan tranquilo en un momento y luego, sí, tú puedes. Vamos... ven a discutir conmigo”.

–¡Mierda! –exclama rabioso, mientras pasan los minutos.

 

Guzmán se ve rodeado por un infierno ardiente. La temperatura aumenta a cada segundo, no hay casi oxígeno. Está muy cansado, los músculos tensos. Baja la pesada espada, la mece de un lado a otro delante suyo, caminando en círculos alrededor de Gribash.

Este también está agotado. Pero aunque su cuerpo esté sin fuerzas, su mente es más poderosa que su carne. Se nota en sus ojos, que resplandecen más que nunca. Verdes, como cuando un gato se encandila con los faros de un auto, con ese fulgor. Levanta la espada sobre su cabeza y la deja caer sobre su adversario de canto.

Guzmán da un paso, un golpe, desviando la trayectoria. El metal brilla un momento a la luz de las llamas. Hace calor. “Es personal, creo que eso dijo”, piensa. Una ligera brisa alivia su ahogo.

Gribash dice algo, con voz ronca que se vuelve susurrante, aguda a veces, como la de una serpiente si hablara.

–Dios mío, un emperador a punto de caer, que no tiene nada que perder, trata de matarme... ¿Trato de asustarme, o qué?

De pronto, Guzmán sonríe. Mira esos ojos verdes poderosos, hipnóticos, con igual fiereza.

–Esto va por mis amigos, por Fabiana, y por mí –le dice, desafiándolo.

Luego levanta con esfuerzo la espada, respirando con dificultad, sin dejar de mirar a Gribash a la cara. Gribash se pone en posición de atacar, inspira y, aullando, corre a todo lo que da hacia Guzmán, para partirle la cabeza. Guzmán da un paso al costado. Gribash sigue expreso... hacia el vacío.

Guzmán observa como su oponente cae por la ventana y su grito se pierde para siempre. Baja los brazos, dejando chocar la espada contra el piso.

Un pensamiento lo asalta ¿y si la caída no es lo suficientemente grande? Se acerca al pretil, mira abajo con miedo de verlo levantarse y caminar y... deja caer la espada. Afortunadamente, aunque la caída no era muy alta, Gribash quedó ensartado en una saliente metálica de los escombros que rodeaban al edificio y que habían sido parte de él.

Ahora, el fuego.

 

XXXI – El Destino.

 

La pequeña comitiva caminó con cautela por los corredores del Palacio Imperial, hasta la puerta principal. Afuera, un silencio expectante los esperaba. Una multitud. Vencidos y vencedores.

Los últimos en salir fueron Sacary y Fabiana, abrumados. Se reunieron con Enrique y Sheila, que se veían igual de apenados.

Durante varios minutos habían llamado a su amigo, pero no había aparecido.

 

Al cruzar el umbral del palacio, la multitud en la plaza se vuelve hacia ellos, con una gran aclamación. Un mar de rostros sonríen o lloran emocionados. Una ola de brazos se alza para saludarlos.

El grupo se abre mostrando a Fezán, que avanza apoyándose en uno de sus hombres y cojeando. Todos lo aclaman.

–Lo van a nombrar jefe –dice pensativo Sacary.

Fezán alza un brazo pidiendo silencio, pero es imposible callarlos. Grita que no, no va a ser jefe de todos ellos, que no quiere ser emperador o rey, o lo que sea que estén gritando. Los que lo rodean le hablan y él sonríe, moviendo la cabeza. Luego se abre paso entre los otros, llegando hasta donde están los humanos con Sacary.

–Gracias... –pronuncia torpemente, con emoción–. Todo esto... lo debemos a Uds. Gracias.

Y les da un apretón de manos y se las besa a cada uno. La multitud también los vitorea a ellos. Producen un rugido ensordecedor, y no se notan algunos que otros tumultos entre el gentío de la plaza y sus alrededores.

–Aquí falta el más importante de todos –dice Enrique.

Carlos se acerca con su mejor sonrisa a Fezán. A un comentario de Sacary, y una seña de Fezán, tres guerreros lo rodean apuntándole sus lanzas al cuello.

–Q-quietos –balbucea, perdiendo todo su aplomo–. Sacary, por favor –ruega–, diles que no haré nada, Sacary.

–Estará bien, señor Cardoso. Temo que el Destino se equivocó con Ud.

Fezán, luego de dar unas órdenes a sus hombres, se aproxima hasta Fabiana, para decirle algo en privado. Fabiana nota que pasa algo entre los montones de gente que los rodea. Como están un poco más arriba que los demás, puede ver los movimientos.

Cuando Fezán va a hablar, lo detiene y, con la mirada fija en un punto más allá de ellos dos, se aparta de él. Todos se dan vuelta hacia allí.

La multitud en la plaza se abre y Fabiana, bajando de un salto de la explanada, corre hacia la gente. No necesita verlo, lo presiente.

Rodeado de unos cuantos escandalosos, Guzmán avanza hacia ella. Se queda un momento frenada. Luego, corre y lo abraza. Está a punto de tirarlo por la fuerza con la que se le echa al cuello. El joven la estrecha contra sí, aliviado. Todos a su alrededor gritan y ríen y lloran de alegría. Ellos dos también ríen.

Los otros – Enrique, Sheila, Sacary, y Fezán – también vienen a verlo.

–¡No puedo creerlo! ¡Qué condenado! –grita Enrique, y Guzmán debe soltar a Fabiana para darle un apretón de manos y abrazarlo.

Sheila llora histérica.

–¿Por que lloras? ¿Así te pones porque estoy vivo?

–Sí... ¡no!, maldito seas –solloza.

Fezán se acerca, solemne, y mirándolo a los ojos le ofrece la mano. Guzmán sonríe.

–¿Gribash? –pregunta Fezán.

–Muerto –suspira Guzmán–. Tropezó, se cayó por la ventana.

Fezán parece satisfecho.

Fabiana encara al muchacho.

–¿Tropezó? ¿Gribash? Eso no se lo traga nadie –lo reprende–, no seas tan modesto. Vamos...

–No soy modesto. Más o menos fue así... ¿para qué ofender el orgullo de este buen señor?

–Ah, nunca lo voy a entender.

Junto a Enrique, Sacary murmura todo el tiempo.

–El Destino. Sí, él no iba a morir. No era su destino. Es el destino.

–Pero que destino ni que destino –lo interrumpe Sheila, molesta–. Mejor te callas... ¿eh?

–Un final feliz –dice Fabiana, mirando a Sheila, luego a Guzmán–. Si este es mi destino, lo acepto.

–Tú lo dijiste –asiente Guzmán, cerrándole la boca con un beso.

 

XXXII – Adiós.

 

Antes de que partieran, Fezán se reunió con Fabiana.

Ella estaba sentada sobre una roca, peinándose el cabello con los dedos mientras observaba el horizonte vagamente. Habían establecido un campamento fuera de la ciudad de Duran, totalmente escarnecida por el fuego.

Él se sentó a su lado, mirando también el lejano horizonte. A sus espaldas quedaba la ciudad, de donde aún se escapaban penachos grises de humo. La saludó.

Fabiana se volteó, sorprendida. Luego sonrió, al reconocerlo.

–Kati, Fezán.

–Yo... yo estoy –dijo él, tratando de recordar algo de su idioma–, eh... –se señaló la cabeza.

–¿Pensando?

–Sí –continuó él–, en pedir a Uds. que... quedarse.

Cuando terminó, Fabiana lo miró por largo rato, calculando. Al final dijo:

–No.

Él entendió bien.

–Yo no pertenezco a aquí –explicó, tratando de hacerse entender–. Debo volver a la Tierra.

Y al decir esto miró el cielo.

El sol estaba declinando hacia el río y en lo alto había ya varias estrellas.

 

Al día siguiente salieron muy temprano, con el sol. Todo el campamento y gente de otros lados vinieron a despedirlos. Les habían preparado unos carros, caballos, guerreros para protegerlos y regalos.

Entonces, el momento del adiós para siempre.

–Siempre los recordaremos, por muchas generaciones –dijo Fezán con solemnidad.

–Nosotros también los recordaremos –concordaron todos los humanos–. No hay duda de eso.

Unos guardias traían a Carlos Cardoso.

–¿Tenemos que llevarlo? –bromeó Sheila.

Cuando ya estuvieron todos acomodados en los carros, Guzmán le dijo al jefe de Rilay, a través de Sacary:

–Muchas gracias, les debemos la vida.

Fezán sonrió, restándole importancia, y cuando se pusieron en marcha le gritó con su acento extraño:

–¡Cuida ese tesoro que tienes a tu lado!

Guzmán se volvió hacia Fabiana y tomó su mano.

 

–¿Qué te pasa? –le pregunta Enrique a Sheila.

Él ha recobrado su color y su buen humor. En cambio, ella parece agobiada, como si marchara al patíbulo.

–No sé que me pasa... no sé –contesta–. Creo que voy a extrañar esta tierra.

–¡¿Qué?! –exclama Enrique incrédulo–. No puedo creer lo que  estoy oyendo. Tú  no dijiste eso... No, no, estás delirando.

–Puede ser.

–Yo me muero por volver. Quiero ver a mi mujer,  a mis niños. Tomarme una cerveza y comer pizza y comidas normales... Ver televisión. Ir a un partido. Ir  a trabajar ¡quiero besar las calles de esa maldita ciudad!

Sheila sonríe.

 

Cae la noche. Fabiana, rendida, se sumerge en un profundo sueño, arropada entre muchas mantas que hacen la parte de cama.

De pronto, se ve arrancada de su descanso súbitamente cuando un grupo de jinetes con una cola de caballo en el medio del cuero cabelludo desnudo, bien armados y fuertes, los atacan, aullando como locos. Un par de ellos la sujeta de los brazos y la ata a un caballo junto con Sheila.

La mira. Sheila está inconsciente o muerta. Le grita que se despierte, pero no responde a sus desesperados gritos.

Los salvajes destrozan todo. A sus pies van cayendo jirones de mantas, trozos de provisiones, ánforas rajadas de donde caen líquidos. Agua, corre lentamente hasta sus pies descalzos. Agua. Sangre. Ella salta hacia atrás, gritando. Al levantar la vista, ve como unos hombres tienen agarrado a Guzmán y lo acercan a ella.

De entre las sombras de la noche aparece un nuevo personaje. Va mejor vestido, cubierto de oro. Ella mira su rostro. Pero, ya sabía lo que iba a ver... y sus ojos verdes.

–¡Gribash! –grita horrorizada, y el eco se pierde en la noche vacía.

Gribash levanta una mano, tiene un cuchillo. De pronto lo baja, con un silbido, cortando la garganta de Guzmán. Ella quiere taparse el rostro con las manos, pero no puede, están atadas.

 Entonces, despierta y se incorpora de un salto. Mira a su alrededor, desorientada, y al darse cuenta que está en su cuarto en el monasterio tuké, susurra:

–Un sueño, gracias a Dios.

 

Starinshe está parado en el medio del patio central, rodeado de otros tukés. Se respira la paz, la serenidad de estos antiguos muros por donde corren desde hace siglos el agua y la sombra del sol.

Sacary se aproxima rápidamente a Starinshe. Cuando llegan los humanos, él ya le ha contado todas las novedades.

Luego el anciano tuké observa a cada uno, estudiándolos uno por uno.

–Enrique Blanco –le dice a este–, tu rostro muestra que te has enfrentado a muchas experiencias nuevas, y que has salido triunfante. Ganaste en sabiduría y eso te hará triunfar en tu tierra. Supongo que ahora valoras más lo que ya tienes, y eso te hará un hombre feliz.

Enrique asiente con la cabeza.

–Tú, Guzmán Gianetti –continúa Starinshe, acercándose a este–, tienes un nuevo aire de confianza y has podido mostrar esas habilidades que en tu planeta creías que no te servirían para nada. Junto con tu antigua sensibilidad, esta nueva fuerza te permitirá construir bellos edificios en la Tierra, pero más importante, lograrás lo que te propongas.

‘Tú contacto con otras culturas –le dice a Fabiana–, te convertirán en una artista única. A través de tu música podrás contar lo que nunca deberás decir con palabras. Tú, Sheila, eres la que más me ha sorprendido. Del fondo de tu alma brotaron esas caras de ti que no muestras nunca. Inteligencia, valor, belleza de sentimientos, voluntad. Tu aspecto lo dice todo.

Sheila se imagina a sí misma. Sin tinte, sus raíces oscuras se deben notar mucho. Y sin maquillaje y esa ropa tosca, debe aparentar más años que nunca.

–Carlos Cardoso –continúa Starinshe–, debo decirte que tu Destino es cruel. Según su ley, te has vuelto humilde a golpes, y sólo hace poco tiempo. Antes, traicionaste a tu propia especie, e intentaste contaminar nuestro planeta con armas y no con buenas ideas. Nosotros, no te podemos castigar –ante esto, Carlos sonríe–, salvo con retenerte aquí, en el Duma.

La sonrisa de Carlos se le cae al piso. Enseguida pasa al enojo, la furia, la indignación. La cara roja, se acerca a Starinshe y tomándolo del cuello lo amenaza:

–¿Cómo dices, viejo de mierda? ¿Que me va a qué?

–Ud. permanecerá aquí, Carlos, hasta que el Destino decida que es tiempo de que se vaya –replica el tuké con total calma, soltándose suavemente–. Lo invitamos a quedarse en nuestro templo, meditando y llevando una vida simple que limpiará su alma.

Acto seguido, siete tukés vestidos de verde lo rodean y se lo llevan a rastras al interior de una de las construcciones de piedra que rodean al patio. Carlos se ve arrastrado por los tukés como un Gulliver moderno y vuelve el rostro hacia sus compañeros, que lo miran algo sorprendidos por lo que ha pasado.

Precedidos por Starinshe y Sacary, los cuatro restantes se dirigen hacia la Agasia, la puerta que los devolverá  a su mundo.

Fabiana no puede ocultar su felicidad, sonriendo todo el tiempo como está. Igual Enrique. Quiere irse antes de que los tukés cambien de opinión.

Entran, luego de recorrer varios pasillos y salones, en la sala a la que llegaron, hace un mes.

–Ya no sé ni que día es –comenta Guzmán.

–No se preocupen, no ha pasado mucho tiempo en la Tierra. Los días son más cortos aquí –dice Sacary.

Los cuatro se quedan parados, mirando a todos lados: –¿Y ahora? –se preguntan–, ¿qué hacemos?

Starinshe y Sacary están parados frente al arco de metal y piedra transparente, del lado opuesto a ellos. Starinshe explica:

–Nosotros accionaremos este mecanismo y nos iremos, luego Uds. aparecerán en la Tierra en un lugar cercano al lugar del que fueron transportados. Deben estar tranquilos en el momento de ser llevados por la Agasia, sino pueden rebotar.

Mientras tanto, Sacary ha quitado la gema que estaba en lo alto del arco. Starinshe saca de un bolso dentro de su túnica otra piedra, de color verde esmeralda, rodeada de complicadas filigranas doradas. Al ser colocada en su puesto comienza a mostrar una iridiscencia suave, aterciopelada.

–¡Esperen! –grita Sheila, que hasta entonces había estado especialmente callada–. Yo no quiero volver –mira a sus compañeros, como disculpándose–. En este mundo puedo hacer algo, soy respetada, puedo llegar a algo. En la Tierra, Uds. ya saben como sería mi vida...

–Pero, no puedes –la trata de convencer Enrique–. La Tierra es tu hogar, tu tierra, tu planeta. También puedes lograr lo que quieras allá.

–Claro –agrega Guzmán–, y además eres nuestra amiga y te extrañaremos.

–Gracias, yo también... pero no me voy –y busca la mirada de Starinshe.

–Creo que –opina este algo turbado–, que tu decisión es lo más importante. Más que el Destino.

–¡Bien, me quedo! Ya lo pensé mucho, y lo decidí. No es algo apresurado, así que no traten de disuadirme.

Los tres la miran largo rato, ella les sostiene la mirada. Al final, le da un abrazo a cada uno.

–Eres única –dice Guzmán.

–Sí, claro que lo es –asegura Enrique–. Eres una buena mujer. Suerte –exclama al borde de las lágrimas–. Lástima que mi familia no llegue a conocerte.

Luego se abrazan Sheila y Fabiana.

–Muchacha, ten cuidado. La tierra también es un planeta peligroso –le recomienda Sheila–. No habrá un Gribash, pero hay otros que...

No termina, porque se emociona. Sabe que no tiene que irse. Algo en su interior le dice que debe quedarse; aunque también sabe que no verá, tal vez nunca jamás, de nuevo la Tierra.

–¡Vamos! –la apremia Sacary–. En quince segundos funcionará la Agasia. Adiós a todos.

Sheila se retira de la sala detrás de los dos tukés. Les tira un beso. Sacary hace un signo con los dedos.

La puerta se cierra. La gema brilla más que antes, como si una gran cantidad de energía hirviera dentro de ella. Guzmán, Fabiana y Enrique se miran. Cinco segundos. Los cuentan mentalmente: 4, 3, 2, 1...

Un brillo cegador. Un estampido. Vacío.

 

 

 

 

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