| QUE NO SE DESTRUYA EL PATRIMONIO NATURAL DE LA HUMANIDAD |
| "La actual desigualdad del
sistema económico internacional y sus consecuencias para
gran parte de la humanidad que vive en la pobreza,
requieren la creación de un nuevo orden para el medio
ambiente sano y equilibrado". Declaración de Guadalajara El escritor Augusto Roa Bastos, en una reunión convocada por el Foro Joven en Málaga, que trató temas relacionados con ecología y cultura, presentó una ponencia donde destaca que la acción de esta última -la cultura- es irreemplazable para contribuir a la formación de conciencia. Transcribimos algunos párrafos de la exposición del escritor paraguayo: "La lucha ecológica no es específicamente una lucha política ni tampoco una acción meramente altruista. No es una lucha romántica o metafísica de la razón humana contra las fuerzas del mal, si hemos de utilizar el viejo lenguaje teológico o moral. El mito del lucro es por desgracia un mito concreto y real surgido de la obsesión de poder y de dominio, inherente a la propia naturaleza del hombre en su parte oscura y perversa, esa que se refleja en el mito de la duplicidad del individuo entre el hombre y el monstruo, tema central del relato Mr. Jeckill & Mr. Hyde, y que en lo social asume proporciones terroríficas cuando entran en juego las fuerzas del poder" La réplica que plantea entonces a esta situación la ecología es la siguiente, ya que no podemos contener ni detener la invasión de la naturaleza por el hombre, busquemos al menos, las pautas de equilibrio que impidan la destrucción total de la naturaleza y, como fatal consecuencia, la autodestrucción final del hombre. Nos encontramos como ante el cuadro del Bosco, El Juicio Universal, y no negamos a contemplarlo. Nuestros ojos abiertos, pero estupefactos, no ven. no quieren ver ese cuadro del Bosco, nítida profecía del Juicio Final, que el incendio de El Prado destruyó, pero que está ahÌ, ante nuestros ojos, como si el Bosco, después de cuatro siglos, hubiera regresado para pintarlo de nuevo con incandescente memoria. Esta vez sobre la entera extensión del planeta con los óleos tenebrosos de las mareas negras, de los desechos radiactivos, de las escorias tóxicas de la tierra y del mar. Y lo peor de este estadio pre-apocalíptico no es solamente esta realidad del horror aceptado que se desenvuelve como en un film biológico proyectado en cámara lenta hacia un punto de no retorno cuyo límite se halla a la vista. Lo grave de una situación semejante es la indiferencia de la sociedad en su conjunto (desde los sabios hasta los analfabetos). No es aún el fin de la historia. Es algo mucho peor. Es la atonía y mudez de la historia que nada enseña a los humanos, salvo la persistencia en el error y en el horror que cometemos una y otra vez con el empecinamiento de trofloditas descerebrados. Las grandes crisis de la historia o de expectativa universal han solido generar siempre utopías de salvación, de redención o de rescate. Esta crisis de la destrucción ambiental, la más grave de todas, no ha generado aún una utopÌa equivalente. No ha proyectado aún sus imágenes en la pantalla del imaginario colectivo con respecto al más profundo de sus instintos: el instinto de la vida que pareciera anodadado, o lo que es peor, indiferente, una indiferencia hechizada por la muerte. En el punto más alto de la civilización constatamos con pavor la atonía del espíritu humano en sus más altas cimas de pensamiento, de religión, de cultura, el debilitamiento y dilución del instinto de sobrevivencia de la especie. Todo sucede como si esa inteligencia y ese instinto de vida parecieran aletargados por una droga letal secretada por su propio organismo. Somos todos responsables de esta situación aparentemente sin salida. Las preguntas que debemos hacernos, en consecuencia bajo la compulsión de esta encrucijada en la que la humanidad se ve encerrada en un callejón sin salida, son: ¿aceptamos esta condena decretada por los dueños del poder? ¿Nos rebelamos contra ella? ¿Nos sublevamos conta la duplicidad oscura de nuestra condición mortal,? pero entonces, ¿cuál es el precio que debemos pagar por nuestra liberación, por el rescate de nuestro destino humano enajenado por una fuerza verdaderamente infernal? No podemos olvidar que esta fuerza ha sido engendrada por la inteligencia de nuestros científicos, utilizada por nuestros políticos, tolerada por nuestros pastores, por nuestros poetas, por nuestros escritores, por nuestros intelectuales. Pero también por la indolencia, por la inercia en la fruición y los deleites del consumismo, de la opulencia, de los privilegios especiales de la riqueza. Y en el otro polo, por la ignorancia de los que se hallan sumergidos en el hambre, en la miseria, de los que nada tienen ni esperan nada, entre los cinco mil millones de seres vivos que pueblan el planeta. La desactivación del síndrome del ecocidio y suicidio planetarios debe preceder necesariamente a la erradicación de sus causas. Las grandes perturbaciones que derivan de los dos procesos de violencia contra la paz y contra la naturaleza no van a ser neutralizadas sin una toma de conciencia activa de estas transgresiones flagrantes de los derechos y obligaciones inherentes a la condición humana". |