Escritos del Beato Manuel Domingo y Sol sobre la
Educación Cristiana de la Juventud 
Manuel Domingo y Sol era profesor de religión en el instituto de Tortosa. Cuando la revolución del 68 expulsó la religión de la enseñanza, él no tuvo más remedio que abandonar el instituto. Pero no abandonó a los jóvenes ni ellos a él tampoco.
«La
formación de la juventud, ¡ésa es la gran obra! El salvar a la juventud de
Tortosa ha sido por muchos años mi sueño dorado».
En 1869
organizó, el primero en España, y, por su medio, la diócesis, la «Juventud
Católica» de Tortosa, llevando asía la práctica el pensamiento y la obra
predilecta de León XIII.
Nombrado,
en 1880, director de la Congregación Mariana y San Luis, sacrificó
generosamente su quietud e intereses por el bien de la juventud.
En
diciembre de 1881 fundó «El Congregante de San Luis», la primera revista
juvenil en España.
El fue
quien ideó y llevó a Roma la primera peregrinación nacional de jóvenes
congregantes.
Su plan
no podía ser más ambicioso: «aspiro a formar una gran red que arrastre a la
juventud de todos los pueblos de España».
«De
las juventudes deben salir, por un lado, vocaciones que pueblen los seminarios,
y, por otro, hombres prácticamente cristianos y fervorosos que lleven la vida
a las parroquias».
Será interesante leer los artículos que presentamos, a la luz de la «Declaración sobre la educación cristiana de la juventud», del Vaticano II y de la problemática que hoy estamos viviendo. Dichos artículos los publicó en la revista «El Congregante». de abril a septiembre de 1885.
LA EDUCACION
CRISTIANA DE LA JUVENTUD
I
«No hay duda que la juventud católica debe ser objeto
de especial interés para todos los corazones. La adolescencia, así como ejerce
las simpatías naturales de la edad, es por otra parte, por la debilidad e
inexperiencia, digna del apoyo, del cuidado, de las oraciones de todos.
Y si siempre ha debido ser la juventud objeto
de interés y de celo, debe serlo de un modo particular en nuestros tiempos.
El enemigo malo está dirigiendo hacia ella sus tiros principalmente. «Es la
juventud a la cual debemos dirigirnos», decían hace algún tiempo las
instrucciones secretas de las comisiones directoras de la masonería: «es a la
juventud a la que es necesario seducir y alistar a nuestras banderas sin que
ella lo perciba».
Esto sólo bastaría para atestiguar la
importancia del objeto que proponemos a las oraciones de nuestros lectores.
Pero no queremos dejar de exponer algunas otras
consideraciones que estimulen más nuestro interés por la tierna juventud.
Y ante todo, si examinamos el asunto que nos
ocupa desde el punto de vista de la gloria de Dios y la salvación de las
almas; si consideramos que el único negocio de la vida es la salvación de
nuestras almas, comprenderemos que el instante más solemne de todos los de la
vida, es el de la muerte, puesto que de él depende la eternidad. Ahora bien: ¿no
es la muerte, la mayor parte de las veces, el eco de la vida? Y la vida, ¿no es
el reflejo de la mocedad? Bien conocida es la frase de la Escritura: el hombre
seguirá el camino que emprendió desde su juventud: de él no se apartará en
su ancianidad.
Un corazón juvenil es como un vaso que se
impregna de la esencia que en él se derrama: es un arbusto que toma su
invariable dirección a la derecha o a la izquierda. Y si es verdad, según
afirma el Salvador, que el árbol cae hacia el lado que se inclina, la juventud
señalará siempre el lado donde debe caer eternamente. Se trata, pues, de la
suerte eterna de esas almas queridas; y por eso, de la juventud, de esa edad de
primavera, flor brillante, pero pasajera, se puede decir en un sentido muy
verdadero: 'momento fugitivo del, que pende la eternidad'.
Por otra parte, de la juventud depende también
la suerte futura de los estados y de la sociedad entera. Nada diremos de la
familia. El Espíritu santo nos previene que su honra y su felicidad dimana del
camino seguido por la juventud. ¡Oh, padre! apresúrate a educar bien a tu
hijo: él te consolará y hará las delicias de tu alma; mas si le abandonaras a
los caprichos de su voluntad, él cubrirá de confusión el rostro de su madre.
A más de que los peligros que en todos los
tiempos han rodeado a la juventud, los asaltos que ésta ha sufrido son hoy más
sensibles, por que son más multiplicados. Siempre ha sido la juventud la edad
de las pasiones tempestuosas; la edad de las imprudencias que por sí mismas
conducen a caídas lamentables, y como decía ya san Ambrosio, es una edad
vicina lapsibus.
Pero estos peligros que provienen en la
infancia de la debilidad de espíritu y de voluntad, y en la adolescencia del
hervor de la concupiscencia y de la sangre, se ven agravados en nuestros días
por muchas circunstancias exteriores.
¡Cuántos Jovencitos, aun en el seno de
nuestras familias cristianas, se ven deplorablemente heridos por el contagio
del mal, sin que sea siempre fácil, para proporcionarles remedio, adivinar e
impedir el origen del mal! ¡Cuántas veces se debe la pérdida de un alma joven
a un criado inconsiderado o perverso, o tal vez a un extraño o pariente, que al
ser admitido libremente en la casa como amigo, se convierte en enemigo fatal'
Ora puede ser un libro descuidado en una biblioteca abierta, ora un folleto,
novela, revista o periódico encontrado sobre la mesa o en el taller de
trabajo; ora, en fin, un cuadro o una estampa indigna de las paredes de una
habitación cristiana, colocada allí con el pretexto de ser una obra de arte,
como si la obra primera de arte no fuese el alma casta de un hijo bautizado.
Y ¿qué diremos de los peligros que rodearán
a estos jóvenes, cuando apartados de sus familias para continuar sus
estudios, o dedicarse al comercio en las capitales, o para completar su oficio,
se ven privados en los momentos más precisos, de sus apoyos naturales? ¿A qué
seducciones no se encontrarán expuestos en esa moderna Babilonia, solicitados
por los atractivos de relaciones sociales y de espectáculos?
Y si a esto añadimos la increíble debilidad y
descuido de muchos padres que no han sabido prevenir a sus hijos, fijando en
su alma el saludable empeño del santo temor de Dios, ¿qué será del joven
lanzado a sus propias inclinaciones?
Pero hay todavía otros peligros mucho más
graves, que podemos llamar excepcionales de nuestra época, y desconocidos en la
historia de la humanidad: y son las asechanzas funestas a la juventud para
pervertir sus inteligencias y sus corazones por medio de la enseñanza y la
educación.
Pero preferimos dejar su exposición para el número
inmediato.
Roguemos entretanto por nuestra pobre juventud»
(RAH. Escritos III. 37, 74).
II
«Decíamos en nuestro número anterior, que,
aparte de los peligros de seducción que hoy de un modo particular exponen a
la juventud a su perdición y extravío, existen otros mucho más graves, que
podemos llamar excepcionales de nuestra época, y desconocidos en la historia de
la humanidad: y son las asechanzas puestas a la juventud por medio de la enseñanza
y de la educación.
Y estos peligros exigen de los católicos un esfuerzo
generoso, si no quieren resignarse a ser cómplices, al mismo tiempo que
testigos, de la ruina total de la sociedad.
Hasta estos últimos años, el anti–cristianismo
consentía en dejar a la Iglesia, prácticamente al menos, la mujer y la educación.
Aun los hombres más irreligiosos habían comprendido que sólo en estas
condiciones
les era posible contar con la paz y la honra domésticas. Véase al mismo
Diderot enseñar el catecismo a su hija, del mismo modo que hoy son sorprendidos
fanáticos de la impiedad, sustrayendo secretamente sus hijos de las escuelas
sin Dios. Entonces el hombre prevalecía siempre al sectario: hoy el sectario
prevalece sobre el hombre.
Pero el verdadero jefe de la masonería, Satanás,
sabe
bien que muchísimos de sus adeptos debieron a la educación cristiana que habían
recibido, el escapar finalmente a su imperio, abrazando de nuevo, corno en los
principios que guiaron su primera infancia, las prácticas religiosas que de
ella hicieron el encanto y la esperanza. ¿Cuántas veces, en efecto, ha
acontecido a un joven, apartado por un tiempo de Dios y de su Iglesia, recorrer
esa CURVA de que habla José de Maistre, que le ha conducido al punto de
partida?
Visto, pues, que la mujer cristiana, y por ella, la
educación cristiana de la juventud se habla convertido en invencible obstáculo
para el triunfo de la secta, dieron una palabra de orden que nos ha sido
conocida
por las instrucciones secretas de la ALTA VENTA: ‘para destruir el catolicismo
seria necesario suprimir a la mujer; ya que no podemos suprimirla,
corrompámosla'.
¡Corromper a la mujer! Mas, ¿no seria esto
arrancarle
la corona que la hace reina del hogar doméstico? Pero no importa: la palabra de
orden está dada, y el objeto de la secta es arrancar, por medio de la
educación
a los cuidados maternales de la Iglesia, toda una generación de almas en flor.
Y si la secta lograse sus intenciones, ¿qué seria de esos corazones de
doncellas trasplantadas, digámoslo así, por medio de la educación, del
suelo fecundo donde crecían para Dios, arrebatándolas por fuerza a los rocíos
del cielo y a los rayos del sol divino?
Y lo mismo sucederá al joven. Para quitarle en lo
venidero todos los caminos de conversión, no se necesita SUPRIMIR la juventud
en todo lo que ella ofrece de puro y de risueño: bastará arrebatar su educación.
Si la secta no puede impedir que se trace sobre su frente el sello divino del
bautismo, ya hará lo posible para que lo olvide. Bien pronto el joven
civilizado descendería más abajo del nivel del bárbaro, del salvaje que aún
no ha perdido del todo la idea de Dios y de la vida futura. ¿Qué digo? Se
degradará más que el bruto, el cual obedece a su modo y por instinto las
leyes divinas. El tipo, en fin, según el cual se quiere formar una juventud
emancipada de Dios, es menester buscarlo en una esfera más baja: ese tipo es
Satanás, en persona, es el réprobo eterno.
Y ciertamente es así. La impiedad, ya que no puede
cerrar la puerta del corazón de Cristo Jesús abierta siempre al hijo pródigo,
nada desearía tanto como hacer a esas almas para siempre incapaces, si les
fuese posible, de retornar al Padre misericordioso para recuperar a sus pies
la vida divina con el arrepentimiento y el perdón. Procurará, pues, marcar
estas almas con el doble sello de los réprobos –la ceguera del espíritu y el
endurecimiento del corazón– y para conseguirlo procurará establecer, por
todas las partes, como obligatoria la enseñanza del ateísmo.
Es verdad que nada es tan aflictivo como el
espectáculo
de esas almas, de esos infelices jóvenes corrompidos, según el programa
sectario por el gusano de perversas voluptuosidades, encenegados en el vicio,
ostentando, según el padre Félix, la decadencia antes ya que el progreso, la
fealdad primero que la belleza, la ruina antes del tiempo, la vejez antes de los
años, la muerte antes de la vida'.
Pues bien: para conseguir estos fines, la impiedad
dirige sus esfuerzos a sus adeptos en los centros de enseñanza oficial. De
aquí sus programas de enseñanza LAICA y obligatoria que, a despecho de todas
sus hipocresías, ya no es una simple neutralidad respecto de Dios; es de
todas las hostilidades, la peor.
¿Qué diques debemos poner a los proyectos de la
secta? De ¿qué recursos podremos echar mano?
Lo expondremos en el número siguiente» (RAH.
Escritos 111, 37, 75).
III
«Al exponer en nuestro número anterior los
esfuerzos
que hace la impiedad v la masonería para pervertir a la juventud, procurando
arrebatar la enseñanza y la educación, preguntábamos qué diques podíamos
oponer a los planes de la secta, y de qué recursos podríamos echar mano
para conservar nuestra juventud cristiana.
Dos recursos verdaderamente inagotables, si los
fecundiza
la oración, tenemos para salvar la juventud, y por medio de ella, la sociedad.
Y el primero es la índole de la propia juventud. En la educación, el
adolescente,
el joven, sobre todo cuando el bautismo le ha hecho hijo de Dios, se abre espontáneamente
a lo verdadero, a lo bello, al bien moral. Siempre se ha notado esta afinidad
secreta que la fe, infundida en el sacramento de la regeneración, establece
entre los jóvenes y Cristo Jesús. De aquí, esa docilidad no natural en el
pequeño, aun en el más delicado, accesible por esto mismo a las mejores
inspiraciones, que hace que se entreguen a ser guiados por sus virtuosos
maestros, a semejanza, según la expresión de san Jerónimo, del agua
desprendida de los receptáculos que sigue la inclinación sinuosa que el dedo
del labrador la traza en el recinto de su campo. Aquel que pueda apoderarse,
para el bien, de las almas de los jóvenes tan espontáneamente dispuestas, hará
de ellas cuanto pueda en favor del mismo bien. Otro recurso nos ofrece el
sentimiento natural de los mismos padres. Pocos hombres, gracias a Dios, están
dispuestos a convertirse en monstruos; y monstruo seria el hombre que, en
materia de educación, se encargase de aplicar, respecto de sus hijos, el
programa masónico . Si se lograse hacer ver a los padres y madres, con las
demostraciones irrefutables de la experiencia, las consecuencias de una buena o
mala educación, no mirarían con indiferencia este asunto, y se horrorizarían
al pensar que puedan un día lanzar la carne de su carne a ese nuevo Moloch de
maestros o escuelas sin Dios: bien pronto veríamos a la naturaleza recobrar sus
derechos y los padres, hoy apáticos, no omitirían esfuerzo a fin de sustraer
a sus hijos queridos, a los miserables que, a sangre fría y de intento, los
puedan tiranizar y perder.
Ahora bien: para aprovechar estos recursos,
debemos,
en primer lugar, concebir un verdadero respeto, una alta estima y un amor eficaz
para cada una de esas almas tan queridas de Cristo Jesús. Jesús ama a la
infancia,
dice san León; y la ama porque. ella regula las costumbres de los mayores; la
ama porque la presenta como norma del procedimiento de los viejos. ¿Y cómo no,
si el mismo divino Salvador no dejaba de decir: dejad venir a mí esos pequeñitos,
porque de ellos es el reino de los cielos? Y esto mismo nos repite desde lo alto
de los cielos y desde el fondo del sagrario.
Debemos, pues, amar a la infancia y a la
juventud
como Jesús las amó, porque en esto está verdaderamente el secreto de educar
bien a los pequeños y volverlos felices y buenos. ‘Es el secreto de Dios',
decía el padre Félix. Este amor nos obligará, como consecuencia, a procurar
que sea impresa, por todos los medios posibles, la imagen del divino Salvador,
en lo más íntimo de esos corazones, blandos como la cera, no rehusando fatigas
para ello, a fin de prevenirlos para las luchas de su porvenir. De esta
manera, responderemos a las vehementes invitaciones con que hace poco León XIII
recomendaba a nuestra solicitud 'esa juventud, objeto de tantas celadas,
tramadas contra su fe y sus costumbres; esa juventud sobre la cual están
depositadas tantas esperanzas y tantos temores para el porvenir de la
familia, de la sociedad y de la Iglesia'.
En segundo lugar, es necesario no dejar medio alguno
de contribuir con nuestra influencia, con nuestros esfuerzos y sacrificios, a
la completa destrucción de las escuelas sin fe, elementales o primarias, secundarias
o superiores, sea cual sea el título oficial de que estén revestidas.
Y no debemos descansar en nuestro corazón hasta
poder aniquilar, y por siempre, y en todas partes, esos centros pestilenciales,
no olvidando que allí donde la hipocresía se envuelve en formas más
inofensivas, y más se quiera defender de la acusación del ateísmo, allí es
donde se ofrecen mayores peligros,
Pero de esto hablaremos en el número siguiente»
(RAH. Escritos III, 57, 76).
IV
«Al continuar en el número de junio nuestras consideraciones
sobre los medios que podrían servirnos para atender a las necesidades de la
educación en nuestros días, manifestábamos los recursos que nos ofrecía la
índole de la propia juventud, y las naturales disposiciones de los padres.
Pero esto no basta, y no debemos parar hasta
aniquilar,
si es posible, los centros peligrosos de instrucción, aunque sean los de
instrucción oficial,, y prevenirnos para luchar contra los manejos secretos de
la secta, que de día en día se presenta más abiertamente, y estar apercibidos
para lo porvenir.
Y en primer lugar, nuestras protestas deben ser
permanentes.
La impiedad procura adormecernos con el aspecto actual de cosas, en que no se
presenta todavía con su repugnante faz la enseñanza oficial que se proyecta..:
No debemos, pues, celar en nuestras delaciones, siquiera para organizar
oportunamente nuestras activas protestas, y dar nuestro continuo alerta,
presentando
a las conciencias de los padres, los nefandos maestros del error tales como son
en sí.
No deberían abandonarse tampoco, para los efectos de
lo porvenir, las enseñanzas catequísticas, con perfecta organización, a fin
de preparar a las tiernas inteligencias que un día se vean precisadas a
respirar la atmósfera pestilencia¡ de centros corrompidos de enseñanza.
Las logias han proclamado, 'que la enseñanza del catecismo es el mayor obstáculo
para el desenvolvimiento de las facultades de la educación', y por esto
nosotros debemos procurar obedecer el llamamiento reciente del vicario de
Cristo: 'vuestro cuidado perseverante y asiduo debe ser el exponer, cuanto os
sea posible, las verdades religiosas, y hacer que sea conocida y amada por todos
la Iglesia vuestra tierna Madre'.
Otro medio para preparar una cruzada, la más
temida
de todas por la masonería, es el contribuir a la propagación y sostenimiento
de los institutos religiosos dedicados a la enseñanza. Estos han de ser el
antemural de la fe de nuestra juventud en días no lejanos, cuando la enseñanza
obligatoria y otras leyes liberales y despóticas quieran arrebatar por la
fuerza las almas de nuestros jóvenes para entregarlas a la voracidad masónica.
En España, no se atiende suficientemente por los católicos a este medio,
porque tampoco se advierte bastante el peligro; y será preciso que venga el
mal para que se aprecie el remedio, entonces mucho más difícil.
Y el sostenimiento de esta enseñanza católica no
debería limitarse a las escuelas de primera enseñanza, sino también a las de
segunda; y aun debería pensarse seriamente en los medios de emancipar la enseñanza
superior de las garras de la enseñanza oficial. No se nos oculta que las leyes
son desventajosas; que luchamos con fuerzas desiguales, atendida la red con que
nos va estrechando el OMNIPOTENTE ESTADO MODERNO; pero aun así, debíamos
procurar esfuerzos supremos para aprovechar lo que podamos de las leyes
actuales. De todos modos, ha de venir día en que nos veamos precisados a
acudir a esos remedios heroicos, y mucho tendríamos adelantado, si se supiese
ir reuniendo materiales, con el establecimiento de algunos centros superiores
de enseñanza.
Ultimamente la organización de Juventudes
católicas
en las capitales, y las congregaciones piadosas de jóvenes de todas clases,
objeto de nuestros deseos, y las cuales se harán cada día más necesarias, serían
un excelente medio para conservar nuestra juventud, aun la más amenazada por
la enseñanza oficial. Los lazos de compañerismo, la instrucción religiosa que
en ellas podría recibir y las prácticas de piedad, ejercidas siquiera los
primeros años, fortificarían sus almas y tal vez muchos de nuestros jóvenes
puedan ser un día apóstoles del bien, y contribuir a la salvación de otros
corazones.
Pero, sobre todo, con nuestras oraciones debemos
acudir al Corazón de Jesús para que mire con compasión a la juventud española,
para que sea continuadora de la fe católica, cuya raíz se muestra todavía tan
honda en nuestra España» (RAH. Escritos III, 37, 78).
V
«Aunque habíamos terminado en el mes anterior las
consideraciones que creímos oportunas sobre este punto, sin embargo, dos
hechos nuevos nos mueven a insistir en esta materia, y recomendar este asunto
a las oraciones de nuestros lectores.
El primero es el descaro con que se ha presentado y
se presenta la impiedad en nuestra patria por medio de la proclamación de la
enseñanza irreligiosa, y su planteamiento y realización.
En la misma capital de España, hace poco, y ante un
gobierno que se llama católico, y con gran solemnidad y aparato, como si se
quisiera dar un orgulloso reto a nuestra fe y a los sentimientos de todos los
españoles, tuvo lugar la inauguración de una escuela atea. No quisimos, ni
querernos tampoco ahora, dar los detalles de este acto, porque creemos que en
algunas ocasiones es más perjudicial dar cuenta de ciertos escándalos. Pero
no podemos menos de extractar aquí parte de lo que publicó en una excelente
revista un sabio profesor:
'En pleno siglo XIX, en el siglo de las luces, de la
ilustración y del progreso, se presenta el ateo racionalista pretendiendo
absorberlo todo e infundir en la sociedad ideas y costumbres contrarias a la
fe, religión y moral, con el fin de convertir a la católica España, en una
nación protestante e indiferente.
En efecto, como cosa de poca entidad y
transcendencia,
daban y dan noticias los periódicos políticos y (lo que es más extraño) los
profesionales, de la inauguración y establecimiento en Madrid de una escuela
laica, en cuyo acto usaron de la palabra los librepensadores señores Chies,
Morayta, Calvo y los maestros Macho Moreno y Aguileta, director de la REFORMA.
Como todo el mundo sabe, escuela laica significa
escuela sin religión, escuela sin conciencia moral, escuela sin temor a Dios,
en una palabra, escuela donde no se enseña al niño más que conocimientos
humanos, y, por lo tanto, al salir los niños de tal centro de instrucción,
no creerán en nada sobrenatural, en nada revelado; no tendrán religión
positiva, ni conciencia de su destino, ni de sus deberes, ni fundamento del
temor de las leyes; obrarán según sus luces naturales, como los paganos, y
aparentando civilización europea, estarán bajo el nivel de los infelices
salvajes'.
Hasta ahora, la impiedad no había osado presentarse
en nuestra querida España como directora de conciencias; hasta ahora se había
ceñido a personas más o menos caracterizadas; pero hoy se presenta con toda su
desfachatez a regir almas, y lo más raro es que haya maestros que se atrevan
a servir de instrumento de perversión y a inculcar en la infancia la ceguedad
de su espíritu.
¿Hay algún católico que al tener noticia de esto,
no se llene de aflicción? ¿Hay algún maestro sensato que no prevea las
terribles consecuencias, los disgustos y sinsabores que nos han de sobrevenir?
Y como si esto no fuera bastante para hacernos ver
los trabajos satánicos de la secta, ramificados sin duda por toda España, hace
pocos días que en Zaragoza, y con pretexto de la manifestación patriótica
contra los alemanes por la ocupación de las Carolinas, unos grupos de
librepensadores insultaron al eminentísimo cardenal, vociferando delante de
su palacio con los antipatrióticos gritos de vivas a la enseñanza atea. Si
esto sucede en tiempos relativamente tranquilos, ¿qué hemos de esperar
cuando la impiedad sea alentada con exteriores impulsos?
Otro hecho que nos obliga a despertar la apatía de
los católicos, es el reciente decreto sobre instrucción. Si bien sabemos por
experiencia, que las leyes en España nunca llegan a sazón, y lamentamos también
que en dicho decreto sean reconocidos oficialmente los establecimientos que no
quieran ser católicos, con todo, como quiera que en él se da cierta libertad
favorable a la enseñanza, tan atada hoy en sus efectos académicos a la enseñanza
oficial, tan sospechosa ya, creemos oportuno recordar el deber en que estamos de
aprovechar estas disposiciones legales, a fin de multiplicar los centros de enseñanza
católica, y mucho más la superior. Cierto es, lo repetimos, que aun así,
trabajamos con fuerzas desiguales; pero si estos trabajos recibieran la
conveniente iniciativa e impulso por parte de los que por su posición y su
prestigio deben tomarla, no serían estériles sus esfuerzos, porque serían
secundados por el sentimiento religioso y la gratitud de la mayoría de los
padres.
Por estas razones, pues, una vez más recomendamos
las oraciones de nuestros lectores para la extensión en España de los centros
de instrucción y educación cristiana para la juventud» (RAH. Escritos III.
37, 79).
MANUEL DOMINGO Y SOL