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sobre el mundo real»
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Publicado en EL PAÍS, 16 de febrero
de 2002 Izquierdas asimétricas FERNANDO VALLESPÍN La última reunión de
Porto Alegre parece haber desatado la euforia en grandes sectores de la
izquierda. Motivos no le faltan. Por vez primera después de muchos años ha
conseguido asentar un germen de acción política contra la globalización; o,
al menos, contra las manifestaciones más indeseables de la misma. Es todavía
pronto para afirmarlo con seguridad, pero parece que lentamente comienza a
afirmarse eso de lo que hemos estado huérfanos desde hace casi una década: un
contramodelo a la globalización neoliberal. Lori Wallach, representante del
Global Trade Watch, calificó la lucha de este movimiento como un impulso 'a
favor de la democracia, la diversidad, la protección del medio ambiente y la
justicia'. Como se ve, principios respecto de los cuales no va a ser difícil
estar totalmente de acuerdo. La unidad de todas las fuerzas allí presentes
probablemente comience a resquebrajarse, sin embargo, desde el mismo momento
en que estos principios se traten de trasladar a medidas de acción política
concreta. También porque es un movimiento demasiado heterogéneo, diverso y
folclórico. Aunque por lo pronto ya ha conseguido captar la atención mundial
y ha logrado poner a la defensiva a la mismísima 'corte de Davos'. Esta revitalización de
la 'izquierda global' contrasta fuertemente con la reificación de las
distintas 'izquierdas nacionales'. Lo que aquí se percibe es exactamente lo
contrario: la pérdida de los grandes principios detrás de su obligada
concreción; o la progresiva defoliación de su herencia ilustrada provocada
por su necesaria adaptación a las nuevas transformaciones. Por otra parte,
las mismas dificultades en el seno de la 'izquierda plural' francesa reflejan
la mayor eficacia de las organizaciones unitarias que los diferentes modelos
de 'coaliciones de arco iris'. Como puede apreciarse, una situación bastante
alejada del modelo que se está gestando en Porto Alegre. Con un añadido que
no nos facilita el optimismo, precisamente. Como se han encargado de recordar
en dicha ciudad la propia Susan George, una de los líderes intelectuales del
movimiento 'antiglobalización', la eficacia del mismo pasa por la lucha
política en el interior de los distintos Estados. En esto coincide con
Ulrich Beck, el sociólogo alemán de moda, que lleva ya varios años predicando
a favor de la creación de 'partidos cosmopolitas': partidos que actúen en los
diferentes sistemas estatales, pero que defiendan intereses y causas
globales. Uno de los más
interesantes desafíos del futuro de la política puede que resida, en efecto,
en la búsqueda de algún mecanismo que permita integrar y limar las asimetrías
entre ambas izquierdas, la nacional y la global. No será nada fácil hacerlo
bajo las inhóspitas condiciones del neorrealismo rampante que caracteriza a
la sociedad internacional desde los acontecimientos del 11-S. Pero el hecho
es que una y otra izquierda pueden complementarse y retroalimentarse
mutuamente. La nueva izquierda global sacando a la izquierda nacional de su
ensimismamiento localista y reverdeciendo la proyección internacionalista de
sus orígenes. La nacional introduciendo ese punto de realismo que es
imprescindible para que todo discurso acabe teniendo algún efecto sobre el
mundo. Y una y otra recordando que no hay algo así como una posición teórica
de izquierdas única e intransferible. O que nunca acabaremos de cerrar el
desfase entre ideal y realidad. Cada día nos ayudan
menos los conceptos tradicionales de la política y habremos de saber
reinventarlos o readaptarlos a cada paso. Lo que sí parece evidente es que
ninguna sociedad conseguirá salvarse mientras otras sigan cayendo en el fango
del subdesarrollo y la injusticia o no afrontemos como especie el deterioro
del medio ambiente. Evitar ambas situaciones no es ya solamente un imperativo
ético sino una máxima dictada por el puro egoísmo. Por otra parte, sin
embargo, nada hay más obvio que el carácter obstinadamente local de la vida
política y las enormes distorsiones que en ella introduce el inexorable juego
Gobierno-oposición y tantas y diversas contingencias. Para que acabe encajando
el modelo kantiano hay que haber utilizado mucho a Maquiavelo, mucho. |