Posdatas
«Apuntes virtuales
sobre el mundo real»
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Publicado en EL MUNDO, 5 de
abril de 2002 Las guerras del fin de la historia EDUARDO SUBIRATS La trivialidad de los discursos
posmodernistas de las dos últimas décadas anunciaba el enmudecimiento
intelectual frente a la crisis global que vivimos hoy. Primer motivo: final
de las utopías sociales.La bancarrota de los movimientos pacifistas, y de los
proyectos de socialistas de los años 80, y la deconstrucción sistemática de
los proyectos de redefinición de soberanía nacional y social por parte de las
elites del Tercer Mundo contempla hoy sus últimas consecuencias. Hoy los
cuadros de destrucción ambiental, de hambre y muerte, los movimientos
migratorios de millones de humanos, y la corrupción política y la violencia
militar y paramilitar que se ampara en este desorden mundial se ha vuelto
obscenamente visible. Se censuran sus imágenes y las voces de desesperación
de una devastación humana que no tiene precedentes en los grandes genocidios
históricos del colonialismo europeo. Las frases caritativas que eventualmente
pronuncia la burocracia política y financiera globalista sólo añaden cinismo
a sus estrategias militares y económicas de expolio y extorsión. Deterritorialidades.
Esta fue otra de las palabras de orden del discurso posmodernista. Asociada
con las imágenes de un capitalismo transnacional, sus administraciones
globales y sus poderes móviles.Asociada con la deconstrucción de los
discursos políticos. Esta implantación de las redes de poder
deterritorializado es hoy un hecho cumplido y una nefasta banalidad. Para las
estrategias de la guerra global no existen fronteras. Amazonia es un
paradigma.Los mercenarios de la guerra global dirigen y vigilan in situ las
operaciones militares de Perú, Ecuador y Colombia. Probablemente también en
Brasil. Desarrollan en estos escenarios las mismas estrategias para las que
han sido entrenados en Africa o el Sudeste Asiático. Síntesis de guerra sucia
y hightech. Soberanías nacionales son un arcaísmo siempre que no se traten de
países ricos. La liquidación
financiera de Argentina bajo los auspicios de una democracia corrupta y las
estrategias irresponsables de los bancos mundiales interesados en incrementar
hasta el colapso las deudas externas del Tercer mundo es un paradigma. El
mismo principio ha arrasado Ecuador, está estrangulando socialmente a Brasil
con una masa de treinta millones de humanos financieramente condenados a la
extinción, y mantiene en la cuerda floja la llamada transición democrática de
México. La burocracia multinacional de los bancos mundiales y los
representantes de los superpoderes dictan directamente las políticas
económicas de expolio y libre comercio, al mismo tiempo que resguardan el
baluarte proteccionista de los países ricos. Las escenas de un funcionario de
la Casa Blanca dictando lo que el próximo presidente democrático de Brasil
tiene que hacer en materia social y económica, al tiempo que justificaba la
imposición de tarifas arancelarias a los aceros y productos agrícolas de
aquel país son un acto de intromisión que resulta bochornoso incluso para
quienes asumían ayer la inevitabilidad de los golpes de Estado fascistas
patrocinados en nombre de la Guerra Fría. El tercer mito
posmoderno fue la aldea virtual, la suplantación del cuerpo social por la
masa electrónica, el fin del sujeto en la aldea global, y la mirada
transparente o vacía que definía una nueva condición existencial y existencialista.
Hoy ya podemos trazar una secuencia de esta condición decadente de la
civilización moderna. Guerra del Golfo Pérsico: la aldea electrónica perpleja
y fascinada ante la transubstanciación mediática de la destrucción total, de
lo que fue un real bombardeo masivo que sembró un país entero con miles de
toneladas de uranio enriquecido de efectos letales a largo plazo, en un
fascinante video game. Guerra de los Balcanes: espectáculo de un crimen
masivo sistemático: violaciones organizadas de mujeres, bombardeo sistemático
sobre la población civil durante largos años, frente a una opinión pública
programadamente pasiva. El terror como evento mediático que no establece
diferencias entre guerras sucias de paramilitares entrenados y armados por
los países ricos que actúan bajo su vigilancia en las selvas de Asia, Africa
y América latina, los guerreros suicidas del Jihad y las estrategias
tecnológicamente limpias de las guerras en las estrellas han impuesto la
parálisis universal de la sociedad llamada civil. Chechenia: la síntesis de
guerra tecnológica y total, y guerra sucia, ante la completa pasividad de la
aldea global. Hoy se anuncia una extensión indefinida de las guerras
regionales a escala global, una militarización de todos los conflictos
económicos y sociales generados por un rotundo fracaso social de la
globalización económica patrocinada por los G-7. Es bajo esta
perspectiva que tiene que verse también el evento del 11 de Septiembre. No me
refiero al ataque suicida al centro simbólico del poder capitalista y militar
mundial por parte de Al Qaeda. Sino al evento electrónico manufacturado a
partir de este ataque. Su transformación en un grandioso ritual primitivo de
sacrificio, un nacionalismo agresivo y la continua y progresiva propaganda de
guerra. El 11-S se ha convertido en un ejemplo de movilización de la masa
electrónica planetaria para la legitimación de un quimérico proyecto de
constituir un superpoder mundial atómico, cuya primera formulación fue
expuesta el día siguiente del lanzamiento de las bombas nucleares de
Hiroshima y Nagasaki como su significado último y verdad absoluta, y que
entre tanto ha regido los sangrientos derroteros de la llamada Guerra Fría. Cuarto: las consignas
de multiculturalismo. Heredera del concepto ilustrado de tolerancia, la jerga
multiculturalista, a la vez académica y militar, sirve a sus mismos objetivos
colonizadores que aquella. En su nombre se ha creado una cultura global
perfectamente uniformada, perfectamente interligada burocráticamente y
perfectamente controlada semánticamente. Las mismas exposiciones, los mismos
museos, el mismo pensamiento único, se trate de economía política o crítica
literaria, se reproduce hasta la saciedad lo mismo en las universidades de
Perú o de Angola, en la Bienal de Sao Paulo que en el Guggenheim de Bilbao.
El resultado es la obstrucción y la destrucción de memorias, inteligencias y
culturas locales, la uniformización de saberes históricos de civilizaciones
milenarias, y la creación de una nueva burocracia y una nueva censura de alcance
mundial. Y para acabar pronto
esta lista de categorías históricas terminales, una conclusión final o del
final de la historia como conclusión.Este final de la historia fue, como es
muy sabido, una ilusión global expuesta por el neoliberalismo norteamericano.
Pero el final de la historia es, en realidad, una vieja consigna
apocalíptica, formulada primero por el imperialismo cristiano español o
refundido más tarde por el milenarismo nacionalsocialista alemán bajo el
signo de la construcción de siempre repetidos órdenes mundiales y globales.
En sustancia esta doctrina quiere decir que cuando todo el orbe sea cristiano
o cuando todo el globo se haya convertido a la propaganda construida por la
media corporativa, la Humanidad obediente alcanzará la felicidad, ya como
consumidores del reino de Dios, ya como beatos del paraíso neoliberal. La ilusión de este
sometimiento del mundo a una sola ley ha significado, desde la era de las
cruzadas, su primera formulación, un «choque de civilizaciones», según la
expresión de otro intelectual asociado con la administración de nuestro nuevo
orden mundial. El concepto de choque es un eufemismo en este contexto. En
realidad quiere decir, que no puede imponerse el sistema civilizatorio
occidental sin resistencia de aquellos para los que esta felicidad absoluta
significa destrucción ambiental, miseria y degradación a una existencia
infrahumana. Obviamente entonces vienen los choques, vienen las guerras,
llega la hora del terrorismo. Y las guerras cruzadas imperiales de ayer y las
cruzadas globales de hoy. Bajo esta perspectiva
me parece reveladora la definición oficial del nuevo discurso de guerras
globales indefinidas como guerra de civilización, y que a esta guerra se le
otorgue además la dimensión simbólica de una guerra trascendente del Bien
contra el Mal, es decir, una guerra santa, una cruzada en el sentido del
maniqueísmo cristiano más arcaico. Es una guerra que abraza no solamente una
estrategia militar o una tecnología armamentista específica. Ella define
además un proyecto civilizatorio. Un proyecto que es global y totalitario, y
que se presenta administrativa y mediáticamente como un orden necesario,
incuestionable y perfecto.Una guerra apocalíptica del cumplimento final de
los destinos de la civilización cristiana y capitalista, de sus valores de
libertad, de poder, de orden, de razón. El final de la historia. Ciertamente, la
producción corporativa de realidad electrónica no puede ocultar que este
orden politicoeconómico arde por sus cuatro costados generando el sufrimiento
y la muerte de millones de humanos y abriendo una perspectiva global
precisamente fundada en el terror: controles electrónicos de la sociedad
civil, degradación de la democracia a espectáculo corporativamente
manipulado, violencia y corrupción a gran escala, miedo y vacío. De hecho,
las nuevas guerras globales no esconden su carácter reactivo. Son la
expresión última de este sistema cuando ya nada lo puede legitimar ni
sostener más que la militarización de los conflictos sociales, como en el
caso de Colombia, y el terrorismo desesperado y suicida, como los dos
aspectos opuestos pero precisamente también complementarios de nuestra crisis
histórica. Las consignas propagandísticas de democracia o civilización que
abanderan la militarización del planeta ya no pueden ocultar tampoco la
imposibilidad técnica de definir un sistema social y económico justo a la
misma altura global con que se miden las estrategias de guerra mundial
indefinida. El programa del final
de la historia define también el estado de parálisis intelectual, la ausencia
de proyectos artísticos o sociales, el vacío existencial que domina en los
centros de decisión cultural global. Define un nihilismo integral ligado a la
concentración de poder tecnológico y financiero. Este vacío exige un cambio
radical en nuestra forma de pensar globalmente y en la definición de nuestro
futuro. Eduardo Subirats es
escritor y profesor. Su último ensayo publicado es «El continente vacío». |