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Publicado en EL PAÍS, 5 de febrero
de 2002 La izquierda
centrifugada FERNANDO SAVATER En un artículo reciente
(Por la izquierda, EL PAÍS, 27-I-02), Carlos Fuentes hace reflexiones
interesantes, como suelen ser las suyas, acerca de la vigencia y tareas de
quienes se reclaman de una orientación política de izquierdas, tras la caída
del muro de Berlín, de las Torres Gemelas y sobre todo tras tantas
iluminadoras caídas paulinas en la ruta a Damasco como hemos tenido en los
últimos años. Por supuesto, queda claro que Fuentes no se refiere en sus
consideraciones ni a rezagados de los años del plomo ni a vanguardistas de la
edad de oro: ya sabemos que aún hay ministrillos como Javier Madrazo capaces
de ir a Cuba para confirmarle a Fidel Castro que su régimen es luz
inspiradora para el País Vasco del mañana y mad professors a lo Alain
Badiou que escriben libros de ética proponiendo con envidiable jerga
esotérica el ejemplo moral invulnerable de los guardias rojos de la
Revolución Cultural maoísta. Supongo que en toda doctrina retórica de
salvación hacen falta curas de misa y olla no menos que satanistas, pero lo
que a Fuentes y desde luego a mí nos interesa es si cabe imaginar una línea
política que acepte humildemente los datos de la realidad histórica sin
renunciar a orientar mejor su decurso. Es decir, cuya misión sea 'controlar
la globalización y regular democráticamente los conflictos que de ella se
derivan' sin que eso suponga 'que la izquierda tema a la globalización', sino
que, por el contrario, 've en los procesos de mundialización un nuevo
territorio histórico en el cual actuar'. Aquí parece que está tanto lo
urgente como lo realmente difícil. Resumamos
brevísimamente lo que hoy podríamos entender por una política de izquierdas a
la altura de la sociedad globalizada del siglo XXI, que no sea mera herencia
de atavismos decimonónicos con incrustaciones totalitarias ni, por supuesto,
cualquier cosa que haga mecánicamente un partido de tradición 'izquierdista'
(vemos a cada paso que partidos tradicionalmente de derechas tienen a menudo
que tomar, aunque sea a regañadientes, medidas progresistas, mientras cierta
izquierda se aferra a errores y horrores de cuño inequívocamente
reaccionario.) Consistirá en la defensa de espacios públicos de apoyo,
litigio y promoción social controlados por el conjunto democrático de la
sociedad y no por meras instancias de propiedad particular, orientadas
exclusivamente a la maximización de beneficios económicos; y en propugnar
formas de riqueza humanizadora (educación, justicia, seguridad, protección
del medio ambiente) no calculables en la escala mercantil, que difundan las
oportunidades de emancipación individual frente al automatismo triturador de
un sistema económico que funciona de manera colectivizante aunque sus
rentabilizadores sean grupos privados. Para la aplicación de tales parámetros
políticos el proceso mundializador no constituye un obstáculo perverso, sino
la apertura de un nuevo territorio histórico, como indica Carlos Fuentes:
pero exige algo que la izquierda parece haber perdido, precisamente una
visión alternativa de alcance global o mundial, universalista, que no sea
mera resistencia fragmentadora ante las pretensiones globalizantes del
capitalismo multinacional. El problema de la política de izquierdas no es que
haya perdido sus mañas totalitarias, eso es lo bueno y a veces aún no ha
ocurrido del todo, sino que junto con ellas parece haber abandonado cualquier
punto de vista instituyente de alcance aunador y general, a escala de planeta
humanizado. El lavado le sentó muy bien, pero el posterior centrifugado la ha
hecho encoger de modo ostensible. En una palabra,
adormecidos los movimientos de clase tradicionalmente sublevatorios, los
partidos y grupos de izquierda han abrazado como únicas banderas con potencia
de discreta rebeldía las diversas identidades autoafirmativas que nuestra
posmodernidad produce tan generosamente. En algunos casos, en efecto, apoyan
así a personas que padecen discriminación o exclusión injusta por causa de su
condición sexual, étnica, religiosa o laboral. Pero al precio de una
particularización centrífuga de la política, pues no han sabido o podido
encuadrar lo justificable de tales reivindicaciones como corolarios de una
visión de conjunto. Detengámonos un instante en esta cuestión de la
'identidad', entendida tanto subjetiva como políticamente. Seguiré ahora a mi
aire las sugerencias que Marcel Gauchet (antiguo compinche de Castoriadis,
Lefort y Clastres en la memorable revista Libre) propone en su libro La
religion dans la democratie (Folio-Gallimard). En la modernidad
clásica e ilustrada, la auténtica identidad del sujeto se conseguía
trascendiendo las pertenencias particularizadoras, todos los elementos
impuestos por el azar que constriñen a un lugar y a una circunstancia
sociocultural. El yo en busca de autonomía relativiza las determinaciones
extrínsecas para enlazar con lo valioso a escala universal o al menos
general: 'Individualidad, subjetividad, humanidad se consiguen juntas, desde
dentro, por la libertad frente a lo que nos determina' (Gauchet, op.
cit.). Quizá el último avatar de ese esfuerzo sea la propuesta freudiana
de tomar conciencia de las determinaciones ocultas en la psique a partir de
acontecimientos del pasado para mitigar su imperio y lograr que donde se
imponía el Ello advenga el Yo. También en el terreno político, la entrada en
el espacio público se lograba trascendiendo las limitaciones a que nos somete
nuestra condición privada. Pero desde hace unos años, y cada vez más, vemos
producirse una inversión de este proceso. Ahora la vía hacia la
identidad impone alcanzar interiormente lo que nos es dado desde el exterior.
Se trata de sublimar subjetivamente las determinaciones que inevitablemente
nos corresponden según la objetividad social, convirtiéndolas en una esfera
de pertenencia sentida mucho más íntimamente que el resto de los vínculos
legales que nos unen con el conjunto de la ciudadanía. La etiqueta externa se
transmuta en íntima convicción y pendón de batalla, amenazado por toda
aquella consideración más amplia que difumina o relativiza sus perfiles. Lo
que antes eran características privadas (étnicas, religiosas, genéticas o
lúdicas) dentro del pluralismo democrático del Estado, que se trascendían
para acceder a la actividad política, ahora son el contenido mismo de
cualquier política y el título de legitimidad para intervenir en ella. La
heterogeneidad de lo particular se convierte en una yuxtaposición de
incomunicables homogeneidades, que sólo reclaman de las instituciones
públicas la garantía quisquillosa de su derecho a no dejar de ser lo que son
tal como lo son y se desentienden del resto. Cada perspectiva diferenciada es
tan válida como cualquier otra ysiempre mejor que la que pretenda situarse en
un plano que las rebase todas en nombre de un horizonte de alcance más ancho.
Apelar a la razón común o a valores universalizables es mirado con reticente
suspicacia y, si se insiste, como un auténtico atropello: '¡quieren anular
las sacrosantas diferencias y hacer un mundo monocorde!'. No hay pecado
mayor. Buena parte de la
izquierda, sobre todo la de pasado más totalitario, ha abrazado con
entusiasmo la causa de las identidades irredentas, supongo que por la famosa
ley del péndulo. Frente a los derechos humanos individuales (ese pleonasmo,
porque nadie conoce humanos que no sean individuos) propugna fantasmagóricos
derechos colectivos y condena la busca de valores universales como parte de
la 'americanización' del mundo. ¡Vaya, ahora el Espíritu Universal que
desfila bajo nuestras ventanas se llama George Bush junior! ¡Quién nos
lo iba a decir y, sobre todo, quién se lo iba a decir a él! Puestas así las
cosas, la izquierda tiene tantas probabilidades de llegar a controlar los
efectos predatorios de la globalización como yo de llegar a obispo de San
Sebastián. Lo ha visto muy bien Susan George en su Informe Lugano,
haciendo que los maquiavélicos globalizadores preconicen ante todo la
política de las identidades: 'Lo ideal es que los individuos de todo el mundo
se identifiquen con fuerza con un subgrupo étnico, sexual, lingüístico,
racial o religioso... Hay que proporcionar apoyo material y moral a los más
agresivos particularismos... Buscamos fundamentalistas de todas las razas y
grupos... Que estarían preocupados sobre todo por sus derechos..., entre
ellos el derecho a recibir un trato especial en nombre de errores pasados o
presentes, reales o imaginarios... En lugar de preguntarse qué puede hacer
la gente deberá centrarse en quién es... Los grupos se centran así en
sí mismos y los auténticos actores de la escena global permanecen invisibles. No quisiera yo acabar
con una nota pesimista ni desanimar a Carlos Fuentes o a otras personas de
buena voluntad. Marcel Gauchet acaba su reflexión diciendo que 'en un momento
dado, el ideal de autogobierno volverá a traer al centro de atención, como
sus puntos de apoyo indispensables, las dimensiones de la generalidad pública
y de la unidad colectiva repudiadas por las aspiraciones de la hora
presente'. ¡Dios le oiga! Huy, perdón. Fernando Savater es
catedrático de Filosofía de la Universidad Complutense. |