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En nombre de Dios
(25/4/2002) §
Perdonar lo
imperdonable (1/9/2002) 01
EL PAÍS, 25 de
abril de 2002
En nombre de Dios Desde que los
terroristas islámicos suicidas, al grito de '¡Alá es bueno!', estrellaron los
aviones comerciales repletos de pasajeros contra miles de almas inocentes, en
Nueva York y Washington, el pasado 11 de septiembre, el nombre de Dios se ha
convertido en consigna de atrocidades. En Oriente Próximo,
jóvenes palestinos, libro del Corán en mano, explosionan en nombre de Dios
bombas asesinas amarradas a sus cuerpos, en restaurantes y autobuses
abarrotados de gente corriente. Soldados israelíes disparan sus tanques con
ensañamiento contra hombres, mujeres y niños indefensos en sus propias casas.
Unos alegan la promesa de Yahveh a Moisés de dar tierra al pueblo elegido;
otros, más prosaicos, dicen simplemente que están saldando cuentas de acuerdo
con el consejo bíblico de 'lavarse los pies en la sangre del malvado'. Y hace
unos días, cuando un periodista le preguntó al presidente de Estados Unidos,
George W. Bush, qué hacía para aliviar la presión de la guerra devastadora en
Afganistán y las masacres diarias en Oriente Próximo, el jefe supremo del
Ejército más poderoso del mundo respondió, en primer lugar, que '¡Rezar!'. Lo espeluznante de esta
divinización de la violencia moderna es que quienes enarbolan el nombre de
Dios para exterminar a sus rivales 'infieles', tienen menos reparos a la hora
de matar sin piedad y al por mayor. No les preocupa la opinión pública, ni
tienen un programa político que promover. Además, en la mente de estos
devotos, matar o morir por la causa divina o en una 'guerra santa' da un
generoso beneficio: la garantía de gozar de una vida eterna, placentera y
feliz en el más allá. En estos días, cuando
aún no hemos tenido tiempo de comprender la incongruencia y superar la
confusión que nos produce tanto violento fanático que emplea el nombre de
Dios, ha salido a la luz pública, en Estados Unidos y algunos países de
Europa, la existencia de un ejército de sacerdotes pederastas. Durante años,
estos clérigos perversos se han aprovechado de su ministerio sagrado para
seducir y obtener el placer sexual con niños que a menudo no han cumplido los
12 años de edad. La explotación sexual
de criaturas es una de esas formas de violencia que la sociedad considera
'increíble', quizá porque todavía no está preparada para hacer frente
decididamente a este gran problema, tan chocante como real. La sospecha
popular es que los abusadores de niños son personas anormales, obnubiladas
por la psicosis, las drogas o la ignorancia. Sin embargo, los pederastas
suelen ser hombres que no muestran ningún rasgo o comportamiento aparente que
nos pueda ayudar a identificarlos. Se caracterizan por vivir secretamente
obsesionados con el abuso sexual de menores. Son incorregibles y no sienten
remordimiento por sus ultrajes deliberados ni compasión hacia sus víctimas. Todos los pederastas
que he conocido practican una dialéctica cargada de sangre fría y clichés
simplistas. A pesar de sus violaciones premeditadas y la crueldad de sus
métodos, disculpan sus crímenes con fantasías románticas absurdas. Todos
destilan excusas irracionales del inmenso mar de sufrimiento que ahoga a las
víctimas de sus persuasiones egoístas. Los pequeños atrapados
en estas relaciones explotadoras se encuentran completamente desarmados ante
el cura abusador que, en virtud de su oficio, está encargado de su cuidado
espiritual. Adoptan una actitud de entrega, claudican y se desconectan
mentalmente de la aterradora realidad. Pronto, estos niños no tienen más
remedio que fabricar un sistema de explicaciones que les permita justificar
el abuso. Inevitablemente concluyen culpándose a sí mismos. Con el tiempo se
deprimen, se aíslan y pierden su autoestima y su identidad. Durante años
revivirán las penosas y humillantes experiencias como si estuvieran
ocurriendo en el presente. Los detalles más degradantes de los actos sexuales
se entrometerán en su vida cotidiana y transformarán su existencia en una
interminable pesadilla. Son días oscuros en
muchas diócesis del mundo. Incluyendo en la Santa Sede, donde parece
preocupar más el daño a la imagen de la Iglesia que el trauma de las
víctimas. Porque, según demuestran los casos que conocemos, no pocos prelados
han tolerado, encubierto y protegido durante décadas a estos curas criminales
y a sus superiores cómplices, en lugar de denunciarlos, decir la verdad y
buscar sinceramente la causa y el remedio de este escándalo. Pocos dudan de que a
medida que se tira de la manta y los afligidos vencen el miedo a delatar a sus
verdugos se harán más evidentes y alarmantes las dimensiones epidémicas del
terrible mal. Esperemos que no sea necesario que se continúen acumulando las
víctimas y el sufrimiento llegue a niveles insostenibles antes de que la
sociedad reconozca abiertamente lo que no se puede ignorar más y comience a
tomar medidas. Si bien todas las formas de violencia marcan la faz de la
humanidad con cicatrices indelebles de dolor, desesperanza y odio, la
violencia más nefasta es la mutilación del espíritu de un niño, pues socava
el principio vital de la confianza, sin el cual no es posible la
supervivencia de la especie humana. Pienso que en estos
tiempos tan tormentosos e inciertos, muchos hombres y mujeres buscamos
ávidamente una fuente de paz, serenidad y esperanza. Pero justo cuando más
necesitamos el refugio sosegado de la religión, más tenemos que huir de ella
y buscar otra tabla de salvación. Desafortunadamente, grupos de violentos y
pervertidos han conseguido la metamorfosis de credos de amor y respeto por la
dignidad humana en doctrinas de odio y atropello. Quizá, por eso cada día
somos más las personas que alimentamos la espiritualidad de nuestras propias
voces internas y las convertimos en una fuente de ilusión y de consuelo.
Tenemos fe en algo superior que está fuera de nosotros, pero que no llamamos
Dios. Es algo que nos ayuda a configurar una perspectiva más amplia,
optimista y aceptable de las adversidades y tragedias. En cuanto a Dios, creo
que ha llegado el momento de pedirle que nos salve de sus ministros,
portavoces y creyentes. 02
EL PAÍS, 1 de septiembre de 2002
Perdonar lo
imperdonable Los terroristas
suicidas que el 11 de septiembre de 2001 convirtieron cuatro aviones
comerciales estadounidenses en misiles devastadores han marcado con fuego,
sangre y lágrimas un antes y un después en la vida de millones de hombres y
mujeres, mayores y pequeños. En Nueva York, el
brutal ataque contra las Torres Gemelas constituyó una combinación
especialmente maligna de violencia humana y cataclismo. Cerca de tres mil
personas murieron incineradas o aplastadas, decenas de miles huyeron
despavoridas para salvarse o perdieron a algún ser querido en el siniestro.
Se calcula que más de cien mil neoyorquinos fueron testigos presenciales de
escenas macabras, y varios millones, incluyendo miles de niños, contemplaron
las secuencias escalofriantes que se emitieron por televisión en directo
durante horas. Como resultado de los daños materiales que se produjeron en la
zona, conocida por el World Trade Center, unas cuatro mil familias fueron
desplazadas de sus hogares y numerosas empresas y pequeños negocios cerraron,
con la consiguiente pérdida de 132.000 puestos de trabajo. En las semanas que
siguieron al atentado, nadie se libró de respirar aire acre saturado de muerte,
de sentir pánico real y de experimentar niveles inconcebibles de sufrimiento.
Los epidemiólogos prevén que alrededor del 30% de la población expuesta a la
destrucción de las torres y sus secuelas padecerá algún síntoma de trauma
psicológico -como depresión, ansiedad, insomnio, pesadillas, fobias o
alcoholismo- durante los próximos 20 años. El profundo impacto de
la hecatombe impulsó a los supervivientes a ajustarse a una 'nueva
normalidad' no solamente en la organización de sus vidas cotidianas, sino también
en su sentir interior. Durante meses trataron de mitigar el dolor
insoportable del duelo, la persistente sensación de vulnerabilidad y el
sentimiento de humillación y derrota, con una mezcla reconfortante de
patriotismo, solidaridad y determinación a saldar a cualquier precio las
cuentas con los perpetradores. Ahora, un año después,
gran parte de los damnificados reconoce que esa mezcla no ha aplacado
totalmente la tristeza, ni el miedo, ni la inquina que llevan dentro. De ahí
que un número cada día mayor piense que para apaciguar su recalcitrante
desasosiego y pasar finalmente la página fatídica deberá plantearse el arduo
dilema de perdonar lo imperdonable. A este grupo, sin embargo, se enfrentan
quienes consideran que la idea de perdonar semejante monstruosidad contra
miles de criaturas inocentes es una proposición disparatada, una deformación
de la piedad, un lujo moral inaceptable. Resistirnos a perdonar
actos diabólicos de crueldad es una respuesta humana muy normal. De hecho, si
preguntamos a nuestro alrededor, bastante gente mantiene una lista de
transgresiones incompatibles con el perdón. Entre los ejemplos que se suelen
mencionar destacan el asesinato o la tortura de niños, la violación en
pandilla de mujeres, el linchamiento de hombres por pertenecer a una raza
diferente y las vejaciones graves a la honra y, por ende, a la autoestima de
personas decentes. El problema de quienes no
perdonan es que viven estancados en el ayer lacerante, prisioneros del
escenario del horror, obsesionados con los malvados que quebrantaron su vida,
lo que les impide cerrar la herida. El odio enquistado amarra a muchos al
pesado lastre que supone mantener la identidad de víctima. Además de
debilitante, el papel de víctima es traicionero, pues a menudo seduce a los
afligidos con derechos o prebendas especiales, pero al mismo tiempo les roba
la energía y la confianza que necesitan para superar el trauma. Se acostumbra a pensar
que el perdón requiere un intercambio cara a cara y sincero entre el ofendido
dispuesto a perdonar y el ofensor que se arrepiente. Para que esta
transacción se produzca, ambas partes tienen que querer y poder comunicarse.
Si bien en las afrentas y traiciones más comunes este diálogo suele ser
posible, la realidad es que en la mayoría de las atrocidades no se cumplen
tales requisitos. En estos casos los agredidos perdonan a solas, no exigen
contrición a sus verdugos, ni restan gravedad a la ofensa, por lo que no
descartan la aplicación de la justicia. En mi experiencia, lo
que más anhelan los afectados por los ataques del 11-S que deciden afrontar
la disyuntiva del perdón es comenzar un nuevo capítulo de su autobiografía y
emplear todas sus fuerzas en reconstruir con entusiasmo su vida. Para ellos,
perdonar es un proceso lento, silencioso, íntimo, desgarrador, en el que no
mandan palabras, ni silogismos, ni creencias religiosas, ni criterios
políticos correctos, sino sólo sentimientos. Es una tarea que requiere una
buena dosis de introspección, valor y esfuerzo. El perdón no hace que
se olvide la agresión, pero sí ayuda a explicarla y entenderla desde una
perspectiva menos personal, más amplia. Induce a aceptar que el sufrimiento y
la maldad son partes inevitables de la vida, facilita el restablecimiento de
la paz interior y alienta a abrirse de nuevo al mundo. Perdonar es también
bueno para la salud. Beneficia al corazón, a la presión arterial, al sistema
inmunológico y a la tensión nerviosa, como demuestran los estudios realizados
en la Universidad de Stanford, California, en los años noventa. Esto me
recuerda una frase que dijo en una ocasión mi agudo y prestigioso colega
neoyorquino Thomas Szasz: 'Los tontos, ni perdonan ni olvidan; los ingenuos,
perdonan y olvidan; los sabios perdonan, pero no olvidan'. Quienes perdonan
aumentan las posibilidades de liberarse del pasado y volver a controlar
razonablemente su destino. Según Desmond Tutu, el obispo anglicano de
Suráfrica que recibió el Premio Nobel de la Paz en 1984 por su eficaz
oposición al sistema racista de su país, 'sin perdón no hay futuro'. Imagino
que la tendencia humana a perdonar es una cualidad genética favorecida por la
fuerza multimilenaria de selección natural, porque permite a los miembros de
nuestra especie hacer las paces con el ayer por fatal que sea, reponerse,
evolucionar y perpetuarse. Nadie duda de que hace
un año Nueva York quedó marcada. Y hoy no pocos temen que el paso del tiempo
nunca llegue a nivelar el enorme cráter de desconsuelo que abrió aquel
trágico atentado en la vida de este pueblo, ni borre por completo las
imágenes espantosas que dejó grabadas en tantas mentes. Yo sospecho que la
naciente disposición a perdonar lo imperdonable es la señal más segura y esperanzadora
de que algún día, no muy lejano, todos o casi todos desharemos el nudo que
nos ata a los torturadores, miraremos ilusionados a un horizonte más allá del
11-S y disfrutaremos agradecidos de una existencia que nuestra probada
fragilidad ha hecho más valiosa. Luis Rojas Marcos es
psiquiatra. |