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domingo, mayo 5

Francia: lecciones para el futuro
Los resultados de la primera vuelta de las presidenciales en Francia han provocado en los medios una avalancha de análisis post-electorales como pocas veces antes se había conocido. El futuro de la izquierda, la política inmigratoria o el resurgimiento de los nacionalismos centran muchas reflexiones; se incide también en el significado de ese 'voto del descontento' como crisis de lo político. Rechazo a la 'partitocracia' que afecta a la legitimidad del sistema de representación democrática. Manuel Castells escribía hace unos días que «hay mucho de común en la creciente incapacidad de las formas democráticas del Estado-nación para representar a los ciudadanos a la vez en la gestión de lo global (donde reside el poder) y en la preservación de lo local (donde vive la gente)».

Para Castells el fenómeno es multipolar, pues «la crisis de representación proviene a la vez del voto de protesta populista de derecha, del desánimo de los ciudadanos con respecto a los principales partidos del arco democrático y del ascenso del voto alternativo y de extrema izquierda». La política tiene que reinventarse para mantener su papel central en las democracias actuales. Como apunta Fernando Vallespín, «la política convencional va a sufrir un importante proceso de transición hacia algo todavía difuso, pero que se atisba ya como casi inexorable. La progresiva incapacidad de los Estados-nación para gobernar su propio destino, su pérdida de autonomía y la necesidad de gestionar una creciente diversidad étnica y cultural interna puede que sean los problemas más difíciles de resolver».

«Sobre todo porque son ya inexorables y se están abordando sin modelo ni brújula alguna. De ahí la gran inquietud que generan y la inmensa facilidad con la que pueden ser instrumentalizados demagógicamente. El miedo a la inseguridad, su mecánica asociación al temor provocado por la inmigración, el pánico al descenso social y al futuro en general, y la correlativa percepción de que estos problemas se les están yendo de las manos a los poderes públicos, constituyen el caldo de cultivo ideal para la demagogia». En este contexto la izquierda está en disposición de rehacer su proyecto con los principios de base de la sociedad que quiere alcanzar. Porque ni este es el fin de la izquierda como dicen algunos, ni se puede prestar mucha atención a «las más pintorescas e interesadas interpretaciones» que se han suscitado, como señala José Vidal-Beneyto.

Un ejemplo de esas elucubraciones está en la generalizada culpabilización de la izquierda por el ascenso de la ultraderecha. Vargas Llosa responsabiliza a la izquierda de «fabricar el fascismo de nuestros días por su rechazo sectario de la mundialización», que es algo así como trasladar los defectos propios al contrario. Aunque era de esperar, resulta llamativa la atención prestada a la izquierda -salvando mientras beatíficamente a la derecha- por parte de columnistas como Jiménez Losantos, que la acusa de alimentar a Le Pen con la artillería del discurso «políticamente correcto» antiliberal (sic). Y tampoco falta quien, como Alfonso Ussía, tacha a «la demagogia trasnochada de la izquierda» (re-sic) como causante de la espantada del electorado 'obrero' hacia la extrema derecha: «el racismo se cultiva y crece en los barrios obreros (...) la xenofobia no está en la derecha» (requete-sic). En definitiva, otro que intenta alejar de sí toda sombra de sospecha, por si acaso.

Mientras, el politólogo David Held señala el fenómeno de la inmigración como decisivo en la elección de los ciudadanos y realiza una inequívoca recomendación: «la izquierda debe hacer es comprender la naturaleza de lo que ha sucedido y elaborar un programa positivo para apaciguar los miedos y las inseguridades de la gente. Los partidos de centro-izquierda europeos, especialmente en Francia y el Reino Unido, pensaban que el crecimiento de la inmigración y el multiculturalismo no eran problemas fundamentales. Ahora no sólo tendrán que hacer frente a esas cuestiones, sino poner en marcha un programa mucho más positivo en favor del multiculturalismo. Tendrán que convencer a la gente de que la diversidad cultural es positiva y demostrar que puede ser compatible con el respeto al orden y al Estado de derecho». (Entrevista a David Held y John Gray, catedráticos de la London School of Economics, en El País)

Otras aportaciones interesantes publicadas en la prensa en las dos primeras semanas tras el «séisme» son las que siguen:

«En Europa, el centro-izquierda no se mantiene más que allí donde ha girado hacia el centro-derecha, como es el caso de Gran Bretaña. ¿Debe el PS en Francia dar más claramente prioridad a una izquierda social liberal o, por el contrario, debe enrocarse en la defensa de un poder público amenazado? Tal opción no debe hacerse sino tras un largo periodo de tiempo y requiere una gran capacidad de decisión, pero es indispensable. El tiempo del doble juego ha terminado. En el futuro inmediato, los electores exigen sobre todo al PS hablar como lo ha hecho Jospin -demasiado tarde- en Burdeos y Rennes, es decir, subrayar todo lo que separa a la izquierda de la derecha. Después, si se evita la catástrofe, el PS debe romper con las palabras y las ideas de un pasado ya lejano. Pero nadie parece hoy tener ideas claras que sustituyan las que han perdido su fuerza». (Alain Touraine, La caída de la socialdemocracia)

«Los que creemos que ni en el autoritarismo ni en el tecnocratismo ni mucho menos en el racismo encontraremos la solución a nuestros males hemos de ser capaces de trabajar en la profundización democrática, experimentando nuevas formas de participación e implicación directa de la ciudadanía, y evitando que crezcan las desigualdades y la exclusión social en todo el mundo. No podemos seguir esperando milagros de resurrección de la democracia representativa clásica de la misma manera que ya no volveremos al viejo confort de la sociedad industrial y sus políticas sociales de redistribución. La complejidad actual nos puede arrojar en brazos del miedo y de la cerrazón, o nos puede invitar a buscar entre todos soluciones valientes, pero también complejas. Ante la aparente y peligrosa simplicidad del autoritarismo sólo queda reivindicar la complejidad de la búsqueda colectiva de salidas de innovación y una profundización democrática que dé respuesta al malestar existente». (Joan Subirats, El malestar o la desafección democrática)

«Una posible recomposición política se decidirá a largo plazo; deberá pesar en ello el factor intelectual y, sobre todo, habrá de huirse de toda politiquería. En la izquierda -dejo a otros la tarea de realizar la reflexión a propósito de la derecha- se dará la gran tentación de intentar la autorreconstrucción haciendo suyos los temas que parece haber defendido el voto llamado "contestatario". Se trata de un voto diversificado, como acabo de subrayar, pero no por ello carga con menos tópicos: crítica de la globalización liberal y de la construcción europea, acento sobre las dificultades de las diversas categorías sociales. Es cierto que la justicia social, la lucha contra el paro y la exclusión, o a favor de los servicios públicos, constituyen una prioridad para una izquierda en sintonía con los sectores populares de la sociedad. Pero, ¿por qué esta orientación habría de conducir a la adopción de las ideologías contestatarias, el anticapitalismo sin matices en el caso de unos, la poción mágica que constituiría la tasa Tobin en el caso de los otros?». (Michel Wieviorka, Las sirenas contestarias)

«Es necesario un proyecto resueltamente europeo de control de la globalización, de defensa de los servicios públicos reformados, de justicia social y de crecimiento cualitativo, que integre la necesidad de un desarrollo duradero y posible. Pero, al mismo tiempo, hay que hablar de nuestros errores y de nuestras dificultades a la hora de movilizar nuevas energías. En vez de repetir una y otra vez que no hay que dejar la nación, el orden, la disciplina y la seguridad en manos de Le Pen, lo mejor que podríamos hacer es no abandonar a todos los excluidos por el egoísmo neoliberal en manos de la demagogia de la extrema izquierda y de la extrema derecha. Y, desgraciadamente, en muchos ámbitos no hemos sabido evolucionar y lo hemos hecho». (Daniel Cohn-Bendit, Le Pen: de la catástrofe a la reacción)

 

Enlaces: Sobre el ascenso de la extrema derecha

“Estado de alerta en Europa” PAOLO FLORES D'ARCAIS (El País Domingo)

“El temible ideario de un viejo fascista” LLUÍS BASSETS (El País)

“Radiografía de la Francia de Le Pen”: (Reportajes de El Mundo)

I. Cuando los inmigrantes votan a la ultraderecha

II. Guerra de hermanos en la Costa Azul

III. Alsacia: 'choucroute', vino blanco y votos neofascistas

IV. De Gaulle resiste al zarpazo del 'lepenismo'

V. Guerra santa contra la cultura de izquierdas

 

 

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