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§          El pañuelo de las musulmanas y la vorágine culturalista

§          La inmigración como sofisma, la xenofobia como realidad

 

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EL PAÍS,  20 de febrero de 2002

El pañuelo de las musulmanas y la vorágine culturalista

MIGUEL PAJARES

Tranquilidad. Enváinense de nuevo las espadas de la guerra cultural, que, aun estando montada sobre bases engañosas y ficticias, puede tener consecuencias trágicas y muy reales.

Cada vez que los aspectos culturales se colocan en el centro del debate sobre la inmigración, como está ocurriendo ahora con el asunto del pañuelo de Fátima Elidrisi, lo que se logra es culpabilizar a los inmigrantes de las dificultades para su integración social y reforzar las peregrinas ideas que hablan de incompatibilidades entre su cultura y nuestro Estado de derecho; con lo que, además, se les ponen nuevos obstáculos para superar las situaciones de segregación y discriminación que padecen y no precisamente debido a sus pautas culturales.

No cabe duda de que los aspectos culturales merecen cierta consideración. Los inmigrantes traen consigo aspectos a veces novedosos, que en unos casos se convierten en aportaciones muy positivas para nuestra sociedad, en la medida en que amplían nuestras opciones culturales en muchos terrenos, y en otros chocan con ciertos avances en materia de derechos humanos que aquí se han producido. Pero lo primero que ha de tenerse bien en cuenta es que no hay un choque entre nuestra cultura y la de los inmigrantes, porque ambas son entelequias, sobre todo la segunda. No existe una cultura de los inmigrantes; la diversidad cultural entre la inmigración que estamos recibiendo es muy amplia, incluso entre la de procedencia musulmana. Si nos parásemos a analizar el asunto del pañuelo de las niñas musulmanas, veríamos que la mayoría de ellas no lo llevan, lo que indica que la importancia que los musulmanes dan a este asunto es variada, y que respecto a sus hijas, lo que la mayor parte de los padres desea es que saquen sus estudios adelante y que logren un lugar reconocido en esta sociedad.

Dentro de esa diversidad cultural, efectivamente aparecen aspectos contrarios a los avances de los derechos humanos y de nuestro estado de derecho. Pero conviene señalar que tales aspectos no los aportan sólo los llegados de fuera, ni siquiera ellos aportan los más importantes; ¿o es que no estamos continuadamente sufriendo fuertes ataques a nuestra laicidad por parte de determinadas fuerzas internas? ¿O no es cierto que la igualdad hombre-mujer sólo avanza en lucha continuada contra hábitos y resistencias que proceden de muy dentro de nuestra sociedad? (Por citar dos de los aspectos que más suenan cuando se habla de inmigración).

Cuando los inmigrantes muestran aspectos culturales regresivos respecto a los derechos humanos, el tratamiento que se les ha de dar es parecido al que damos a los nuestros: deben ser discutidos (sin publicidad a ser posible) buscando una perspectiva superadora. No hay que tener complejos a la hora de discutir un comportamiento concreto, porque el avance de los derechos humanos, en nuestra sociedad y en todas las demás, se ha logrado siempre desechando aspectos culturales contrarios a ellos. Precisamente la opción intercultural, por la que la comunidad educativa y las organizaciones sociales se están inclinando en nuestro país, comporta reconocer la riqueza cultural que aporta la inmigración, al tiempo que se defiende la posibilidad de discusión e interacción para superar determinados aspectos culturales propios y ajenos.

Pero dicho esto, hay que señalar de inmediato que la integración de las personas inmigradas en nuestra sociedad tiene poco que ver con los aspectos culturales. Son otros los que determinan las posibilidades de integración. Y cuando se dice que los inmigrantes no se integran por causa de su cultura, lo único que se hace es camuflar las condiciones de inserción social y laboral a las que esta sociedad los está sometiendo. La integración social no es un asunto de adaptación cultural, es ante todo un proceso de equiparación de derechos y deberes, de desarrollo de la igualdad de oportunidades y de trato, de alcance de un estatus laboral y social normalizado y de acceso en los cauces participativos con los que la sociedad cuenta.

Lo que se opone a la integración social es una política de inmigración que canaliza su entrada por vías irregulares; que mantiene a una parte de esta inmigración en situación de irregularidad impidiendo la normal contratación laboral y favoreciendo la exclusión social; que no dedica los esfuerzos necesarios a la lucha contra la discriminación racial; que no desarrolla las políticas sociales que una sociedad de inmigración debe desarrollar. Es en las condiciones legales y socio-laborales en las que se hallan los inmigrantes donde hay que buscar la clave de muchos de los problemas de integración y de convivencia que se están produciendo, incluso de aquellos relacionados directamente con el comportamiento de los inmigrantes. Ciertos comportamientos, que aparecen como contrarios a la convivencia (hacinamiento, guetización, etcétera), responden a una determinada situación social y tienen que ver muy poco, o nada, con las pautas culturales de origen.

Al cargar sobre la cultura la responsabilidad del conflicto se escamotea la responsabilidad de quienes deberían estar haciendo unas políticas de inmigración muy distintas de las que hacen. Y, ¿cómo logran que la cultura aparezca como culpable? Pues haciendo un totum revolutum con todos los aspectos culturales para que aquellos que son más extremos y que sólo practica una pequeña minoría aparezcan como la muestra de todo lo demás y afecten a toda la inmigración. Eso es lo que ha hecho el Ministro de Trabajo al mezclar el asunto del pañuelo con otro tan extremo y minoritario como es la ablación del clítoris.Con todo esto no estoy diciendo que no se pueda hablar en serio sobre el tema del pañuelo, pero debe hacerse sin mezclarlo con ningún otro tema cultural, evitando todo tipo de generalizaciones y no haciendo de ello un paradigma de la no integración. Si hemos de hablar del pañuelo, lo primero que hemos de tener en cuenta es que se trata de un elemento simbólico. El argumento de quienes quieren impedir la entrada de una niña con pañuelo en la escuela es que es un símbolo de discriminación de las mujeres. Las asociaciones de marroquíes están diciendo que no es así, y probablemente tienen razón en que el pañuelo simboliza también otras muchas cosas. Pero, por otra parte, es un hecho que las mujeres están discriminadas (no sólo las marroquíes, pero también las marroquíes). De todo esto, lo primero que cabe deducir es que el debate se está situando en el lugar equivocado. El problema es la discriminación de la mujer y no el pañuelo. Aun aceptando que éste puede ser un símbolo del problema, e incluso un elemento que agrave el problema, en lo que nos habremos de centrar no es en la eliminación del símbolo, sino en el combate contra el problema. ¿No hay muchas mujeres españolas no musulmanas que no llevan pañuelo, y sin embargo, están más discriminadas que algunas de las musulmanas que sí lo llevan? Impidiendo el uso del pañuelo lograremos dejar de ver el problema, pero poco más.

Si de lo que se trata es de combatir la discriminación de las mujeres, eso no se hace de un plumazo, ¡pañuelos fuera! Se hace con un trabajo educativo prolongado, ofreciendo instrumentos sociales a las mujeres y mejorando las condiciones socio-laborales (las de ellas y las de sus maridos). Es una barbaridad que se discuta la escolarización de una niña que lleva el pañuelo, porque si se le impide la escolarización lo que se hace es elevar a la enésima potencia la discriminación que sufre y, por supuesto, se le quitan todas las armas para superar en el futuro esa discriminación.

Quiero concluir insistiendo en que, aunque los aspectos culturales pueden discutirse, hay que esforzarse en hablar menos de cultura y más de condiciones sociales y de políticas de promoción de los derechos de las personas. En una sociedad en la que se trata injustamente a la población inmigrada no carecen de importancia las argucias que se utilizan para culpabilizar a los inmigrantes de la situación que sufren, porque ello es lo que permite el mantenimiento de esa situación sin que sintamos que nuestros valores democráticos entran en crisis. Y como a los inmigrantes no se les puede culpabilizar por querer ganarse la vida trabajando o por querer tener una vida digna, se les culpabiliza por su cultura.

El ministro de Trabajo estigmatiza a todos los inmigrantes envolviéndolos con el asunto de la ablación del clítoris, cuando acaba de poner en marcha una de las actuaciones más regresivas, en política de inmigración, de los últimos 17 años: ha hecho un contingente completamente inviable que no permitirá la inmigración legal a casi nadie, al tiempo que ha cerrado el llamado régimen general que permitía un lento acceso a la residencia legal a las personas que se hallaban en situación irregular, régimen que ha venido funcionando desde 1985. Inmigración cero, ésa parece ser la apuesta actual del Gobierno. Léase, inmigración legal cero, porque la irregular seguirá produciéndose y seguirá viniendo muy bien a determinados sectores de nuestra economía a los que provee de mano de obra barata. Resulta lamentable que cuando el Gobierno acaba de tomar esta grave medida un pañuelo esté ocupando el lugar central en el debate sobre la inmigración.

 

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EL PAÍS, 19 de junio de 2002

La inmigración como sofisma, la xenofobia como realidad

MIGUEL PAJARES

Estamos viviendo una fuerte acentuación de lo que ha sido el error más grave de las políticas de inmigración de las últimas décadas: reducirlas a una cuestión de orden público o de control policial; error que nos sumerge cada vez más en la incapacidad para abordar el asunto desde la perspectiva de la cohesión social y la integración ciudadana. Todas las noticias que nos llegan desde las instancias gubernamentales europeas transmiten la idea de que la inmigración es el mayor problema que tiene Europa y que la lucha contra la inmigración ilegal es una de las mayores prioridades. El Consejo Europeo de Sevilla está destinado a centrarse en esta prioridad, y con este mismo objetivo se están justificando algunas de las reformas legislativas más recientes (Dinamarca, Italia) y otras que se están anunciando (España).

No cabe duda de que debe lucharse por cambiar las formas actuales de inmigración canalizadas por vías ilegales. No vamos a insistir en este artículo en lo que hemos explicado otras veces: que la lucha contra la entrada ilegal no puede hacerse sólo con medidas policiales, exige también la apertura de cauces accesibles de entrada legal; aunque ciertamente también ha de haber una actuación policial más eficaz contra quienes gestionan y hacen el gran negocio de la inmigración ilegal. Por tanto, no estamos en contra de que la lucha contra la inmigración ilegal sea un aspecto importante de la política migratoria, pero los medios policiales y de coordinación intergubernamental necesarios para ello pueden articularse sin tanto discurso político sobre el tema y sin las reformas legislativas que se están haciendo. Hay algo más detrás de todas estas actuaciones.

De entrada hay que preguntarse, si el problema es la inmigración ilegal, por qué las reformas legislativas se están centrando en reducir los derechos y precarizar la situación de los residentes legales. En Dinamarca, la nueva ley introduce mayores plazos y dificultades para que los residentes legales adquieran el permiso permanente, para que adquieran la nacionalidad danesa y para que ejerzan el derecho a la reagrupación familiar. En Italia, los residentes legales serán sometidos a una toma de huellas dactilares de la que los italianos están exentos, se les recorta la duración de los permisos y se les somete a la amenaza de expulsión por pérdida del empleo. En España, se nos anuncia también que el derecho a la reagrupación familiar va a sufrir recortes. ¿Qué utilidad tiene todo esto en la lucha contra la inmigración ilegal, o en la regulación del flujo de entrada? Ninguna. Salvo que se esté queriendo decir a quienes aspiran a emigrar que 'os vamos a tratar tan mal, incluso aunque seáis legales, que es mejor que no vengáis'. Pero, en todo caso, este mensaje hace más daño a la inmigración legal que a la ilegal.

Por otra parte, lo que se presenta como justificación de este endurecimiento del discurso político y de las leyes sobre la inmigración es un supuesto riesgo de invasión que padece Europa: 'Aquí no cabe todo el mundo' (Aznar), 'Europa está llena' (Le Pen, Fortuyn). Es decir, el flujo de entrada de inmigrantes parece ser el meollo de la cuestión. Pero ¿estamos realmente ante un aumento de la inmigración que en sí mismo hubiese de ser motivo de preocupación? Veamos. Los últimos datos sobre residentes extranjeros en los Estados de la UE, dados el mes pasado por Eurostat, dicen que a finales de 2000 (no hay datos más recientes) había 18.692.100 residentes extranjeros; los datos de finales de 1998, dados por SOPEMI (OCDE) y Eurostat, dicen que había 18.979.000. Es decir, lo que los datos nos dicen (¡oh, sorpresa!) es que la inmigración no aumenta. Sabemos que el hecho de que las cifras no aumenten no quiere decir que no entren inmigrantes; quiere decir que las entradas se compensan con las salidas (algo que también existe y se tiene poco en cuenta) y con el volumen de personas que van adquiriendo la nacionalidad. También sabemos que esas cifras no incluyen la entrada irregular de inmigrantes, pero esto es así desde que Europa cerró las puertas a la inmigración legal, hace casi treinta años, y ha podido comprobarse que el posterior acceso a la legalidad de esas personas sólo genera un crecimiento moderado de las cifras de residentes (con algunos momentos de mayor crecimiento como el que vivieron los países centroeuropeos a principios de los noventa o el que ha vivido España en los últimos dos años). Las cifras reales, en definitiva, no permiten afirmar que haya un crecimiento desmesurado de la inmigración, aunque la imagen de las pateras y los barcos cargados de inmigrantes provoquen esa impresión.

Así pues, si la inmigración neta no es algo que crezca significativamente en el conjunto de Europa, ¿qué es lo que crece? Lo que realmente crece de forma alarmante es la xenofobia. Y es aquí donde está la explicación de las actuaciones de algunos gobiernos en torno a este tema. En Europa tenemos una extrema derecha de creciente influencia que ha basado su discurso en la estigmatización de los inmigrantes, lo que, apoyado sobre los problemas reales que tiene nuestra sociedad (merma del Estado del bienestar, desorientación ante el proceso de globalización, etcétera), ha generado un importante desplazamiento de la opinión pública hacia posturas xenófobas. El resultado es que actualmente se ganan más votos hablando de expulsar a los inmigrantes que hablando de sus derechos y su integración social.

Frente a tal realidad, los partidos políticos democráticos tenían dos opciones. Una sería la de intentar cambiar este estado de opinión combatiendo firmemente el discurso de la extrema derecha, opción que daría a la larga el resultado buscado a favor de la democracia, pero que a la corta podría comportar pérdida de votos para el partido que la asumiese. La otra es la de no preocuparse excesivamente por la salud de nuestra democracia, y tratar de obtener votos presentándose como 'más firme que nadie frente a la amenaza de la inmigración'. Esta segunda es la opción que muchas de las fuerzas políticas gobernantes han hecho. Lo grave es que, al apuntarse a tal opción, están reforzando el discurso de la extrema derecha, convirtiéndolo en el hegemónico y casi en el único que llega a la opinión pública.

Algunos gobernantes lo han dicho así: 'No podemos dejar el discurso sobre la inmigración en manos sólo de la extrema derecha', pero lo que no se han planteado es que lo que ha de cambiarse es el propio discurso. Para no dejar espacio a la extrema derecha, han optado por no ser beligerantes contra sus planteamientos y han acabado por decir exactamente lo mismo que ella; ahora ya es muy difícil distinguir entre lo que dicen Aznar, Blair o Berlusconi de lo que dicen Haider o Le Pen. Por lo que se refiere a nuestro país, la cosa es aún más grave, porque aquí aún no hay una extrema derecha que rentabilice electoralmente las posiciones xenófobas, lo que indica que el Partido Popular ha decidido evitar su desarrollo asumiendo directamente su papel en este tema. La insistencia con la que han estado identificando inmigración con delincuencia y la reforma planteada de la ley de Extranjería así lo indican.

El Partido Popular hizo su primer ensayo en esta dirección en las anteriores elecciones generales con su campaña contra la anterior ley de Extranjería (4/2000), y comprobó que en lugares como Almería, donde el tono de sus manifestaciones xenófobas había sido mayor, los resultados eran buenos. Ahora, a la vista de lo que ha pasado en las últimas votaciones de otros países europeos, y ante la perspectiva de nuestras nuevas consultas electorales (municipales, Andalucía), vuelve a la carga con una nueva reforma de la ley. Como la reforma anterior, no resolverá ninguno de los problemas que en relación con la inmigración se están planteando (de formas de entrada, de acogida, de inserción laboral, de discriminación, de integración social, de convivencia), ni reducirá el flujo de entrada irregular de inmigrantes, pero mostrará esa mano dura que tan buenos resultados da electoralmente. Aunque será, eso sí, al precio de aumentar la xenofobia en nuestra sociedad.

Paralelamente a este anuncio de la reforma de nuestra Ley de Extranjería, el Gobierno ha preparado el Consejo Europeo de Sevilla con la inmigración como tema estrella, centrando el debate sobre los aspectos policiales y las medidas regresivas. La propuesta de retirar los ya escasos fondos de cooperación que Europa aporta para el desarrollo de los países más pobres si éstos no toman las medidas sobre inmigración que desde aquí les marquemos sólo puede calificarse como inmoral. Pero, además, la pretensión de que en Sevilla se visualice la inmigración como 'el gran problema de Europa' es otro acto más a favor de la xenofobia. Por suerte, la convocatoria de huelga general hecha por CC OO y UGT para la víspera de ese Consejo pone en evidencia que la población tiene otros problemas mucho más serios, provocados por el propio partido del Gobierno, que nada tienen que ver con la inmigración.

Miguel Pajares es miembro del Ceres (centro de estudios de CC OO de Cataluña) y experto del Comité Económico y Social Europeo para temas de inmigración y asilo.

 

 

 

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