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Una ceguera obstinada
George Monbiot
¿Por qué no pueden ver los
intervencionistas liberales que Irak es parte de una oferta para cimentar el
poder global de los EE.UU.?
Martes 11 Marzo 2003
The Guardian
La guerra en Afganistán claramente ha traído ciertas ventajas a aquel país:
miles de niñas han ido a la escuela por primera vez, por ejemplo, y en
algunas partes del país las mujeres han podido volver al trabajo. Aunque han
muerto más de 3.000 personas en los bombardeos, aunque la mayor parte del
país todavía está controlado por rapaces señores de la guerra, aunque la
mayor parte de la ayuda prometida no se ha materializado, aunque la tortura
es extensiva y todavía golpean a las mujeres en las calles, sería incorrecto
reducir al mínimo los beneficios que han fluido desde la derrota de los
Taliban. Pero, y comprendo que podría sonar insensible al decirlo, esto no
significa que la guerra afgana fuera una cosa buena.
Lo que han olvidado casi todos los que apoyaron aquella guerra y ahora están
pidiendo otra nueva es que hay dos lados en cada conflicto, y por lo tanto
dos sistemas de resultados en cada victoria. El régimen afgano cambió, pero
también, de modo más sutil, cambió el gobierno de los EEUU. Se sintió
reforzado, no solo por su demostración de superioridad militar, sino también
por el amplio apoyo de que gozó. Ha utilizado la licencia que le fue
concedida en Afganistán como una licencia para llevar su guerra donde le
apetezca.
Aquellos de nosotros que nos oponemos a la inminente conquista de Irak
debemos reconocer que hay una posibilidad de que, si se desarrolla según el
plan, podrían mejorar las vidas de muchos iraquíes. Pero pretender que esta
batalla empieza y acaba en Irak requiere una obstinada negación del contexto
en el cual ocurre. Ese contexto es un abrupto intento de la superpotencia
para rehacer el mundo del modo que le satisfaga.
En The Observer de esta semana, David Aaronovitch sugirió que, antes del 11
de septiembre, la administración Bush era "relativamente indiferente a
la naturaleza de los regímenes en el Oriente Medio". Solamente después
de que América sufrió el ataque, se vio forzada a empezar a tomar interés por
el resto del mundo.
Si Aaronovitch cree esto, sería prudente que examinara el sitio web del
Project for the New American Century (Proyecto para el Nuevo Siglo
Americano), el grupo de presión establecido por, entre otros, Dick Cheney,
Donald Rumsfeld, Jeb Bush, Paul Wolfowitz, Lewis Libby, Elliott Abrams y
Zalmay Khalilzad, todo ellos (excepto el hermano del presidente) son
actualmente altos funcionarios en el gobierno de los EEUU.
Su declaración de principios, firmada por esos hombres el 3 de junio de 1997,
afirma que el desafío clave para los EEUU es "dar forma a un nuevo siglo
favorable a los principios y a los intereses americanos". Esto requiere
"un ejército que sea fuerte y esté listo para resolver tanto los
desafíos presentes como los futuros; una política exterior que promueva de
modo audaz y útil los principios americanos en el extranjero; y un liderazgo
nacional que acepte las responsabilidades globales de los Estados Unidos".
El 26 de enero de 1998, estos hombres escribieron al presidente Clinton,
urgiéndole “a que enunciara una nueva estrategia", a saber "el
derrocamiento del régimen de Saddam Hussein”. Si Clinton no lograba actuar,
"la seguridad de las tropas americanas en la región, la de nuestros
amigos y aliados como Israel y los estados árabes moderados, y una parte
significativa del suministro mundial de petróleo, todos serían puestos en
peligro". Reconocieron que habría resistencias a esta doctrina, pero la
"política americana no puede continuar siendo mutilada por una
insistencia equivocada respecto a la unanimidad en el Consejo de Seguridad de
la ONU".
El año pasado, el Sunday Herald obtuvo una copia de un informe confidencial
emitido por el Project en septiembre de 2000, que sugería que derrocar a
Saddam era el principio, no el final de su estrategia. "Aunque el
conflicto no resuelto con Irak proporciona la justificación inmediata, la
necesidad de una presencia sustancial de tropas americanas en el Golfo supera
la cuestión del régimen de Saddam Hussein." El objetivo estratégico más
amplio, insistían, era "mantener la pre-eminencia estadounidense
global"
Otro documento obtenido por The Herald, escrito por Paul Wolfowitz y Lewis
Libby, invitaba a los EEUU a "desalentar a las naciones industriales
avanzadas a que desafiaran nuestro liderazgo o aún a aspirar a un mayor papel
regional o global”.
Al tomar el poder, la administración Bush tuvo cuidado de no alarmar a sus
aliados. El nuevo presidente habló solo de la necesidad "de proyectar
nuestra fuerza con propósito y con humildad" y "de encontrar nuevos
modos de mantener la paz". No obstante, a partir de su primera semana en
el puesto, comenzó a dedicarse no tanto a la política nacional como a la
política planetaria.
El objetivo aparente del programa Bush de mísiles de defensa es derribar los
mísiles nucleares entrantes. El objetivo verdadero es proporcionar una
justificación para los planes extraordinariamente ambiciosos - contenidos en
un documento del Pentágono titulado Vision for 2020 (visión para el 2020) -
para convertir el espacio en un teatro nuevo de guerra, desarrollando
sistemas de armas orbitales que pueden destruir instantáneamente cualquier
objetivo en cualquier parte de la tierra. Creando la impresión de que su
programa es simplemente defensivo, Bush podría justificar un aterrador nuevo
medio de adquirir lo que él llama "dominación de espectro completo"
sobre la seguridad planetaria.
Inmediatamente después del ataque contra Nueva York, el gobierno de los EEUU
comenzó a establecer "bases avanzadas" en Asia. Como adjunta al
Secretario de Estado, Elizabeth Jones, observó: "Cuando el conflicto
Afgano se haya acabado no saldremos de Asia Central. Tenemos planes a largo
plazo e intereses en esta región." Los EEUU ahora tienen bases en
Afganistán, Pakistán, Uzbekistán, Turkmenistán, Kazajstán, Kyrgystan,
Tayikistán y Georgia. Su presencia ha destruido, de hecho, la Shanghai
Cooperation Organisation que Rusia y China habían establecido en un intento
de desarrollar un alternativa regional al poder estadounidense.
En enero, los EEUU se trasladaron a Djibouti, en apariencia para ampliar su
guerra contra el terror, mientras que secundariamente ganaban el control
estratégico sobre Bab al-Mandab- una de las dos rutas de embarque de petróleo
más importantes del mundo. Controlan ya la otra, el estrecho de Hormuz. Hace
dos semanas, bajo mismo pretexto, envió a 3.000 soldados a las Filipinas. El
año pasado comenzó negociaciones para establecer una base militar en Sao Tome
y Príncipe, desde donde puede, si lo desea, dominar los principales campos
petrolíferos de África occidental. Por pura buena suerte, el gobierno de los
EEUU ahora ejercita el control estratégico sobre casi todas las mayores zonas
productoras de petróleo del mundo y sobre las vías de transporte del
petróleo.
También ha utilizado su tragedia nacional como una excusa para desarrollar
nuevas armas nucleares y biológicas, al tiempo que destrozaba los tratados
globales diseñados para contenerlas. Todo esto va de conformidad con lo
estipulado en el proyecto. Entre otras políticas, ha pedido el desarrollo de
una nueva generación de agentes biológicos, que atacarán a la gente con
características genéticas particulares.
¿Por qué los partidarios de esta guerra encuentran tan difícil ver lo qué
está sucediendo? ¿Por qué los conservadores, que se ponen furiosos cuando la
Unión Europea intenta cambiar el contenido de nuestras barras de chocolate,
miran hacia otro lado cuando los EEUU intentan reducirnos a un estado
vasallo? ¿Por qué los intervencionistas liberales que temen que Saddam
Hussein pudiera un día desplegar un arma de destrucción masiva, rehúsan ver
que George Bush está amenazando hacer justamente esto contra un número cada
vez mayor de estados? ¿Es porque no pueden afrontar la escala de la amenaza,
y la escala de la resistencia necesaria para enfrentarla? ¿Es porque estos
valientes soldados de caballería no pueden mirar a los ojos al verdadero
terror?
www.monbiot.com
http://www.guardian.co.uk/Iraq/Story/0,2763,911701,00.html
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