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«Apuntes virtuales
sobre el mundo real»
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Publicado en EL PAÍS, 27 de enero
de 2002 Por la izquierda CARLOS FUENTES ¿Y la izquierda? ¿Tiene
razón de ser después de sus terribles fracasos, oportunismos, traiciones,
pasividades, a lo largo del siglo XX? Quiero recordar aquí, porque en ello
creo, sus victorias también, en su lucha contra los fascismos, en Europa, en
los EE UU, en Latinoamérica. Pero también en su combate contra las dictaduras
de izquierda. Ejemplarmente descrito por el novelista húngaro Giorgy Konrad
en su libro Antipolítica. ¿Y hoy? Cayó el muro de
Berlín. Se derrumbó la Unión Soviética. Lo que no se derrumbó fue la
injusticia social. Lo que no cayó fue la explotación del hombre por el
hombre. Han concluido, con el
siglo y el milenio, dos teorías reductivistas de la economía y la sociedad.
El llamado 'socialismo real', que no era ni socialismo ni real, sino la
fachada totalitaria y dogmática de una economía sin libertad ni eficiencia,
murió al caer el muro de Berlín en 1989. En su lugar, otro dogma, el de la
libertad irrestricta del mercado, fue puesto en práctica por los gobiernos de
Ronald Reagan en los EE UU y Margaret Thatcher en la Gran Bretaña.
Supuestamente abandonadas a la mano divina del mercado, las fuerzas
económicas, concentradas en la cúspide, poco a poco (trickle down)
irían goteando sus beneficios hacia las mayorías. Tampoco sucedió así. La
concentración en la cima se quedó en la cima y, como oportunamente -como
siempre- lo indicó John Kenneth Galbraith, la ausencia del Estado se
convertía en una brutal presencia del Estado apenas se trataba de aumentar
los gastos militares o salvar a bancos defraudadores o quebrados. Al cabo, la
derecha poscomunista aumentó las distancias entre ricos y pobres, desprotegió
a éstos, concentró la riqueza y consagró la filosofía neodarwinista expresada
por Reagan: el que es pobre es porque es holgazán. La gobernanza de los
movimientos de centro-izquierda en países europeos durante la década final
del siglo XX representa, ciertamente, una reacción contra ambos dogmatismos.
Pero trátese de Tony Blair en Inglaterra, Lionel Jospin en Francia, Gerhard
Schröder en Alemania, Massimo d'Alema en Italia, el socialismo escandinavo o
el modelo polder (bienestar y empleo) holandés, todos han vivido una
realidad inescapable que es la de la globalización económica y -a diferencia
de la derecha thatcheriana y reaganista- deploran, no el hecho de la
globalización, sino el hecho de una globalización sin ley, abandonada a su
capricho especulativo y superior a toda normatividad nacional o
internacional. Si algo une a la nueva
izquierda europea es su decisión de sujetar la globalización a la ley y la
política. El 'darwinismo global' sólo genera inestabilidad, crisis financiera
y desigualdades crecientes. La misión de la nueva izquierda es controlar la
globalización y regular democráticamente los conflictos que de ella se
derivan. Ello no significa que la izquierda tema a la globalización. Al
contrario, ve en los procesos de mundialización un nuevo territorio histórico
en el cual actuar. La globalización le
permite a la izquierda llamar la atención sobre la distancia creciente entre
espacio económico y control político. Existe, en otras palabras, una economía
veloz y una adaptación política lenta. En estas circunstancias, el control
democrático se vuelve difícil, pero ello mismo obliga a la izquierda a
combatir las distorsiones del mercado en la distribución de recursos, a
equilibrar el mercado con medidas de solidaridad social, defensa del medio
ambiente, creación de bienes públicos y prioridad a la política como
instrumento de decisión racional. Ésta ha sido la virtud de las
manifestaciones de Seattle, Praga y Génova. La globalización da
enorme influencia a los agentes no políticos y despoja de poder a los poderes
electos a favor de los no electos. El peligro no es ya el 'ogro
filantrópico', el Estado devorador criticado por Octavio Paz, sino el 'ogro
desatado', el Mercado sacralizado cuando, en palabras de Milos Forman,
'salimos del zoológico y entramos a la selva'. Que el mercado y la política
se apoyen mutuamente. Tal es el desiderátum de la nueva izquierda. 'Vivimos
en una economía de mercado, pero no en una sociedad de mercado'. Esta
consigna de Jospin es central a la filosofía de la nueva izquierda. Pero
precisamente porque han surgido nuevas desigualdades al lado de las antiguas,
la izquierda reafirma el valor de la igualdad y, lejos de temerle a la
globalización, ha de ver en ella un nuevo territorio histórico en el cual
actuar. Norberto Bobbio no ha dejado de insistir en la centralidad del tema
igualitario para definir las políticas de izquierda como valores iguales y
oportunidades iguales para cada individuo. La globalización, lejos de
arrumbar el concepto de la igualdad, lo debe revalorizar en un horizonte
ampliado, sin dogmas deterministas, pero con políticas tan concretas como
puedan serlo, en primerísimo lugar, la oportunidad educativa en todas sus
dimensiones modernas: educación básica, superior y, desde ahora, vitalicia. Quienes se oponen a la
innovación, conducen a los obreros al fracaso. La nueva izquierda no puede
ser un neo-luddismo sino una política de oportunidades crecientes para el
trabajo mediante arreglos contractuales que tomen en cuenta no sólo la
flexibilidad de las empresas, sino la de los trabajadores. Han muerto el
fordismo capitalista y el estajanovismo soviético. Más que políticas de pleno
empleo, la izquierda debe definirse a favor del empleo satisfactorio que
puede conducir a un creciente empleo con más trabajos temporales, de duración
limitada y movilidad mayor, lo cual, para regresar a la base misma del
proyecto, implica contar con sistemas de educación y entrenamiento continuos.
El Gobierno francés de Jospin es el que más rápidamente se dio cuenta de que
la economía moderna multiplica el destino del trabajo e implica mejor salario
con menos horas en más ocupaciones. Más crecimiento con más
igualdad. Ello requiere medidas tan concretas como la modernización de la
infraestructura regulatoria de la economía, reformas fiscales, reformas de
los mercados financieros, del sector bancario y de las empresas. Ello
requiere una constante negociación social para combatir la inflación
aumentando los ingresos reales de los trabajadores. La izquierda puede
atestiguar que la globalización no es ni un monstruo ni un valor en sí. No se
trata de sujetarla a un juicio de valor, sino de someterla a poderes
políticos responsables y elegidos. Gobernada, la globalidad es una
oportunidad para todos. Sin gobierno, redunda en la anarquía y desigualdad
para todos. Hoy, globalidad e irresponsabilidad fraternizan en exceso. La
izquierda deberá insistir en la necesidad de un ordenamiento político
internacional que 'regule la expansión y la haga conciliable con los valores
de la democracia, de la libertad individual y colectiva, así como la justa
distribución de la riqueza' (D'Alema). El futuro de la
izquierda, ha dicho el ex primer ministro italiano, es idéntico a su
capacidad de proponer y transformarse. No hay izquierda que no
sepa proyectar el futuro sin sacrificar valores permanentes de igualdad (no
igualitarismo o nivelación) junto con valores de libertad para escoger, junto
con valores que nos liberen de la necesidad. El capitalismo propone las
razones de la economía. Pero la democracia propone los valores del consenso
político. En el compromiso entre ambos, la izquierda es el espacio político
en el que los más débiles de la sociedad y del mercado pueden combatir y
negociar sus conquistas. El desafío, por
supuesto, es muy grande. Otra parte, más radical, de la izquierda argumenta
que el capitalismo global ha dejado de buscar consensos y vive en constante
contradicción con su propio Estado de derecho y sus propias declaraciones de
derechos humanos. No hay derechos del hombre. Hay derechos del mercado. Esta crítica radical no
excluye, al cabo, las metas de primacía política y gobernanza de la
globalidad que propone la izquierda reformista. Pensar lo contrario es darle
todas las ventajas al statu quo y animar, incluso, el desaliento ante
lo supuestamente inevitable. La democracia de izquierda ofrece, en cambio,
múltiples pautas para seguir distinguiendo, como nos lo pide Bobbio, a
derecha e izquierda, otorgándole a ésta el proyecto de más crecimiento con
más igualdad. No paso por alto, sin
embargo, la saludable actitud de mi amiga Rossana Rosanda: es preferible
tener más dudas que razonables certezas. Ello, quizás, también es parte de
una nueva izquierda que abandona los terribles lastres de los dogmatismos que
han conducido, una y otra vez, a su fragmentación, ayuno pro positivo y, al
cabo, derrotas. Duele admitir que el caso de la izquierda mexicana es
particularmente ilustrativo en este respecto. Después de las
elecciones democráticas del 2 de julio de 2000, que pusieron fin a 71 años de
gobierno por un partido único (el PRI o Partido Revolucionario
Institucional), la vida partidista mexicana reveló su anacrónica
insuficiencia. El PRI vivía de su simbiosis con el presidente de la
República. PRI sin presidente es como huevo sin sal: una gallina descabezada
corriendo a tontas y a locas por un corral cercado de nopales. El PRD
(Partido de la Revolución Democrática) representó la oposición de izquierda
al PRI, pero, como éste, da muestras de desfallecimiento interno. Sus
consignas contra el PRI ya no tienen sentido: ambos son partidos de
oposición. Pero las propuestas del PRD se parecen demasiado a las de la vieja
izquierda nacionalista, hambrienta de un macroestado, grande por su tamaño
aunque pequeño por su eficiencia. Renuente a aprovechar las ventajas del
mundo moderno e inclinada a condenarlas en bloque como parte de un complot
contra la nación, exonerante de las dictaduras extranjeras si se dicen de
izquierda, la izquierda mexicana requiere una puesta al día que la conduzca
por el camino de la socialdemocracia. Hay una parte del viejo PRI sin
redención: son los llamados dinosaurios, incapaces de abandonar sus añoradas
prácticas del fraude electoral. Pero hay otra parte de talante
socialdemócrata que preserva las mejores tradiciones de la revolución
mexicana, pero las pone al día en un país abierto al mundo, a la modernidad
crítica y a las oportunidades de construir globalidad y modernidad a partir
de la localidad. Es más: esta corriente renovadora del PRI no concibe al
partido como revancha, sino como oportunidad de ser un verdadero partido
político, no simple apéndice tutelado del presidente de la República. La centroderecha (el
Partido de Acción Nacional del presidente Vicente Fox) está en el poder.
Frente a él, la única oposición viable, a la postre, es la socialdemocracia
de centroizquierda. ¿Es ilusorio hablar de
un fortalecimiento de la izquierda en México a la vista de sus debilidades
actuales? Recordemos la debilidad del Partido Socialista francés,
prácticamente aniquilado por la ineptitud de Guy Mollet y la aventura de
Suez, y su vuelta a la vida tras el Congreso de 1971, que eventualmente llevó
al poder a François Mitterrand 10 años más tarde. Evoquemos la postración
del Partido Laborista inglés bajo James Callaghan en 1979, la aparente
invencibilidad de los conservadores durante el reino de Margaret Thatcher,
dispuesta a matar para siempre a la izquierda británica, y su triunfante
resurrección con Tony Blair: el Partido Laborista tiene ante sí un horizonte
ancho y largo para ejercer el poder. Pero, sobre todo -lo
que más nos interesa a los latinoamericanos-, la transición democrática española
ha sido el gran ejemplo del paso de una dictadura mucho más dura que el PRI a
un Estado democrático. Cuatro décadas de guerra civil y dictadura franquista
impusieron obligaciones a España que sus actores políticos -de Adolfo Suárez
a Santiago Carrillo- supieron cumplir con el ánimo de servir al país y a la
democracia, no a sus intereses partidistas. El rey Juan Carlos fue el gran
mediador de todas las tendencias, el fiel de la balanza. La izquierda
posfranquista llegó al poder en 1982, con un político excepcional, Felipe
González. Durante 13 años, González y el PSOE enfrentaron y resolvieron el
gran problema del posfranquismo: equiparar las estructuras políticas al
desarrollo económico y social. Demostraron que la izquierda moderna puede
satisfacer las demandas del crecimiento junto con las de la justicia social,
allí donde la derecha recalcitrante sólo contempla, sea la restauración de
añejos privilegios, sea la exclusión pura y llana de las demandas sociales.
Al integrar a España a la Comunidad Económica Europea, el Gobierno de
González no perdió soberanía: ganó cooperación. España nos dio la prueba de
una izquierda democrática que no satanice ni a la empresa privada ni al
Estado, sino que a ambos les dé sus funciones propias y éstas se sostengan
sobre el vigor y pluralidad de la sociedad civil, la vida partidista y el
ejercicio efectivo y vigilante de los procesos democráticos. América Latina, donde
los estragos del estatismo excesivo por una parte y del mercado salvaje por
la otra han demostrado sus respectivas insuficiencias para atender la
pavorosa miseria y desigualdad de un continente de 400 millones de seres
donde 200 millones se encuentran sumidos en la pobreza, tiene el derecho de
confiar en una izquierda democrática pos-soviética que le devuelva poder a la
gente en un marco de atención a las prioridades del orden social: salud,
educación, techo, trabajo, salarios, infraestructuras, derechos de la mujer,
cuidado para la tercera edad, respeto a las minorías sexuales y a la libertad
de expresión, protección a las etnias, combate al crimen, seguridad
ciudadana. Una izquierda menos ideológica y más temática. La izquierda añorante
de lo que ya no fue no puede ser una izquierda constructiva de lo que debe
ser. Pero la izquierda en el poder debe admitir siempre la existencia de otra
izquierda fuera del poder: la que resiste al poder, hasta cuando (incluso
cuando) es el poder de izquierda. Éste será el desafío para la izquierda del
siglo XXI. Aprender a oponerse a sí misma para nunca más caer en los dogmas, falsificaciones
y arbitrariedades que la mancillaron durante el siglo XX. Por ello, nunca están
de más las críticas radicales de la izquierda a la izquierda, como las del
politólogo brasileño Roberto Mangabeira Unger, cuando advierte que no es
misión de la izquierda humanizar lo inevitable, sino evitar lo inhumano. Carlos Fuentes es
escritor mexicano. |