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«Apuntes virtuales
sobre el mundo real»
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Publicado en EL MUNDO, 2 de
abril de 2002 Cobayas, fariseos y éxtasis ANTONIO ESCOHOTADO La juventud tiende a ser audaz, indolente,
romántica, afásica, esperanzada, perdedora, generosa y egoísta. Procede
mediante ritos de pasaje, rara vez ajenos a melodrama o truculencia, y hasta
hace poco carecía prácticamente por completo de capacidad adquisitiva. Ahora
consigue dinero de sus familiares, añadiendo a veces un sueldo por trabajo a
tiempo parcial, y aunque no puede permitirse grandes derroches tiene más de
100 viernes y sábados en las 52 semanas de cada año. Esa especie de recreo
para festivos se orienta a soportar el estrés de los otros días, donde el
adolescente ha de comunicarse con sus iguales en voz baja, con el secretismo
de quien propone o recibe ofertas disparatadas pero oportunas para paliar la
insípida cotidianidad. Vale para él casi cualquier plan ya es un planazo ver
si de verdad abrieron cierto sitio muy enrollado , mientras mitigue la
languidez del aburrimiento. No se aburren los hijos
de campesino, desde luego, que pronto van asumiendo responsabilidades ligadas
a una supervivencia de la familia, y juegan largamente con una llanta de
bicicleta y un palo, o algo más tarde cazando y triscando. Sin embargo,
también ellos tienden a emigrar como hicieran tantos parientes, movidos por
la sensación de que allí se condenarían a elegir menos en general,
traicionando de ese modo su libertad. Y el mismo adolescente que se divertía
guiando una llanta de bicicleta aprende a aburrirse tras aterrizar en alguna
urbe. El antídoto común es una escapada hacia la marcha, que a fuerza de ser
periódica y rascar a fondo su bolsillo ofrece empleo a incontables personas y
empresas en todo lugar algo próspero del globo. Justamente porque la
juventud tiene dinero como nunca, y es insensata como siempre, preservarla de
excesos con la ebriedad no se logrará con infundios, atropellos y omisiones.
El gerente de la Agencia Antidroga, pongamos por caso, declaró días atrás a
este periódico que «el éxtasis genera abstinencia como las otras drogas», y
convendrá que describa el síndrome abstinencial de dicha substancia, el de
LSD o el de hongos psilocibios; si lo consigue pasará a los anales de la
farmacología científica. A los padres de familia les interesa más bien saber
qué tomaron esos chicos muertos en la rave de Málaga. La MDMA o éxtasis tiene
un margen de seguridad (proporción entre dosis activa mínima y dosis mortal
media) no muy inferior al de la aspirina. Pruebe alguien a tomar 10
aspirinas, y vea manera de contar sin cuitas su experiencia. Si la población
está a cubierto de disparates en este terreno no es sólo porque todo el mundo
se ha tomado alguna aspirina, sino porque su ingrediente esencial (ácido
acetilsalicílico) se vende puro y medido escrupulosamente, atendiendo al
principio de que sola dosis facit venenum. Sin meticulosidad en la
composición desaparecería cualquier expectiva de empleo razonable. Oímos entonces que la
MDMA no es un medicamento sino un tóxico, cuya circulación se prohibió hace
algo más de 15 años. Y bien, la declaración podría ponderarse si desde
entonces a hoy sus usuarios no se hubiesen elevado a la enésima potencia, gracias
a la propia substancia y a stocks en todo el planeta. Quienes atribuyen las
sobredosis a MDMA «purísimo» omiten, además, información valiosa para el
público general y para los propios adolescentes.Por ejemplo, que esta
substancia fue usada pura por psicólogos, psiquiatras y curiosos durante más
de una década sin producir una sola intoxicación; que la OMS dudó mucho a la
hora de admitir o negar su «utilidad terapéutica» (véase ONU, Informe del
Comité de Expertos, 22 26 de abril de 1985); que la policía inglesa el país
más adepto del mundo a la MDMA viene sugiriendo regularizar su consumo, y que
nuestra Audiencia Nacional la consideró droga «blanda» tras sopesar el
informe pericial de Alexander Shulgin, descubridor de esta sustancia y miles
de otras análogas. El Tribunal Supremo casó dicha sentencia para que no se
convirtiese en doctrina legal, pero sin mejores razones que cumplir
compromisos internacionales, instados en este caso como en el de las demás
drogas hoy perseguidas por el gendarme norteamericano. Veamos si la autopsia
de los jóvenes fallecidos en Málaga despeja incógnitas sobre calidades y
cantidades. Quienes prueban MDMA no siendo ya jóvenes quedan estupefactos al
ver que entre adolescentes ayuda a provocar un frenesí de derviche danzante o
ministro de alguna ceremonía vudú, con atronadores altavoces que impiden
hablar a otro y oírle, cuando el efecto primario de este fármaco es aumentar
la capacidad de empatía, abriendo lo que muchos psicoterapeutas llaman las
puertas del corazón. ¿Será que no aprovechan la pastilla para hablar
sentidamente porque toman demasiadas, hasta convertirse en un manojo de
nervios? ¿Cuántos de promedio toman media o una pastilla? ¿Pudiera haber
algún tipo de aprendizaje crucial a través de la danza? ¿Ha estudiado la
Agencia Antidroga alguno de estos extremos? Sus motivos tendrán
nuestros hijos para elegir empleo del tiempo libre, y en esta materia nos
harán un caso parecido al que hicimos nosotros a los nuestros siendo
adolescentes. De ahí que convenga ceñirse a lo básico: todo uso de una
substancia psicoactiva es un ejercicio de masoquismo si falta amor propio y
conocimiento.Con amor propio y conocimiento tendremos el programa clásico de
la sobria ebrietas, un ejercicio de prudente hedonismo en vez de imprudente autodesprecio.
Lo pésimo del caso actual es que a la tesitura ética se añaden burdas
incertidumbres y engaños.La metanfetamina o speed, por ejemplo, es 10 veces
más activa y tóxica que la MDMA (metilendioximetanfetamina) o éxtasis, y muy
distinta por la experiencia inducida. Hace tiempo me
ofrecieron un comprimido de MDMA «purísimo», del que por cautela sólo tomé
medio. Una hora más tarde fue evidente que era más bien puro speed, en una
dosis descomunal que borró toda perspectiva de sueño durante 30 horas. Aunque
queremos echarle la culpa al éxtasis, o a la metanfetamina, quien la tiene es
una cadena de desinformación, que comienza con un químico improvisado en la
bañera de su casa, sigue con un par de camellos analfabetos y termina en los
bolsillos de un incauto como créme de la créme. Mirando a vista de
pájaro, el éxtasis ha dulcificado el clima más áspero de décadas anteriores,
y es preferible que la edad del pavo ventile su deuda con la ebriedad usando
un «entactógeno» o comunicador que con salvajadas como datura o beleño,
excitantes cocaínicos o vehículos de retiro senil y buena muerte, como los
opiáceos. Incluso es positivo que el rito de pasaje actual con la LSD, una
substancia mucho más delicada de manejo, se haga pasando antes por el
moderado viaje emocional del éxtasis. Puesto que el joven ha de vivir su
vida, poca prudencia le inspiraremos con fábulas y alarmismos. Cuando un hijo
quiere navegar o volar no abortaremos su deseo evocando naufragios y
catástrofes aéreas, pero él entenderá y agradecerá que le instemos a ser un
navegante o un piloto competente. Cuando nuestros jóvenes deciden hacer
viajes químicos poco atenderán a profecías de instantánea degradación y
muerte, pero cabe pedirles que empiecen instruyéndose con información
precisa, y agradecerán el realismo. Esta perspectiva
retorna en un mundo donde el desuso ha derogado los reglamentos
prohibicionistas, mientras una amplia oferta inunda cualquier rincón del
horizonte y replantea qué será velar de verdad por la salud pública. Ofende
cada muerto involuntario adicional, e involuntarios son todos los fulminados
por algún adulterante o sucedáneo, no menos que por impurezas y mala
dosificación.Imaginemos una farmacia maligna donde pedimos magnesio y nos dan
cianuro, y elevemos el número de sus filiales a millones por toda la faz del
planeta. ¿Estamos ante el argumento de una película sobre genocidas? No, es
simplemente el fruto final del experimento prohibicionista. Por otra parte, no
somos tan incultos farmacológicamente como hace 30 o 40 años. Si en vez de
demagogia buscamos soluciones graduales, con planes limitados a ciertas
ciudades o partes de ellas, regalando unas drogas en programas de
beneficencia, vendiendo otras en la farmacia, situando algunas en estancos y
supermercados, y repartiendo un último grupo en departamentos de
antropología, psicología y filosofía de la religión, abiertos siempre a
cancelar o recortar los proyectos a la vista de sus resultados, y combinando
todo ello con campañas de información auténtica (entendámonos: orientadas al
uso y a sus albures concretos), esta postura podría ganar en España y en
otros varios países de la Unión un referéndum por goleada. Las promesas de yugular
oferta y demanda esgrimidas como alternativa carecen de credibilidad. Las
drogas están aquí para quedarse, queramos o no, y cada año aparecerán más. El
humanista prefiere por ello que la catarata de compuestos nuevos y antiguos
esté sujeta a supervisión. Sólo eso erradicaría el monopolio dispensador de
redes criminales, que no lo son tanto por violar una ley injusta como por
perpetrar chapuzas y estafas, repercutidas sobre nuestra juventud en forma de
navajazos a su organismo. Basta de puñaladas traperas y de fingir que la
ciudadanía está protegida cuando jóvenes y no jóvenes sirven de cobayas a cualquier
miserable. Antonio Escohotado es profesor de la Universidad Nacional de Educación a Distancia. |