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sobre el mundo real»
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Publicado en EL PAÍS, 18 de diciembre
de 2001 Universidad republicana ADELA CORTINA La Universidad española
anda hace tiempo en lenguas, mucho antes de la discusión de la LOU y de su
aprobación parlamentaria. Curiosamente, nadie ponía ni pone en duda la
necesidad de reforma, sino que las diferencias empiezan al considerar en qué
puntos y hacia dónde importa reformarla. Preguntas éstas difíciles de
responder si, en vez de fijar la mirada en la institución misma, no lo
hacemos más bien en la actividad universitaria, a la que esa institución dice
sostener. Porque, como muestra una probada tradición filosófica, es la vida
humana vita activa, y son las instituciones las que deben plegarse a
las actividades sociales, no viceversa. Siguiendo los consejos
de tal tradición, diríamos que toda actividad social se desarrolla por unas
metas, de las que cobra su sentido y legitimidad social. Y que importa
reflexionar sobre cuáles son las metas de la actividad universitaria,
haciendo para ello uso de su historia, que nos ha ido enseñando a modularlas
desde su nacimiento en dos modelos ampliamente reconocidos -el medieval y el
liberal- y en un tercero, el que, a mi juicio, deberíamos ir gestando y que
podría denominarse 'republicano'. Nació la Universidad
-recordemos- en los siglos XII y XIII, en ciudades como Salerno, Bolonia, París
o Salamanca, con el objetivo de formar profesionales (médicos, abogados,
teólogos) capaces de atender a las necesidades de la época. El nombre universitas
se refería a la totalidad, a la corporación de maestros y estudiantes que
defendían sus privile-gios con vistas a cultivarse en su profesión y recibir
la facultas para ejercerla, previniendo así intrusismos y garantizando
calidad. ¿Qué permanece de aquella época para lo que aquí nos importa? Según
Durkheim, un valor positivo, la idea de universalidad, al que podríamos
añadir otros dos: la formación de profesionales atentos a las necesidades de
la época y la búsqueda de la verdad. Esta última siguió
siendo la gran meta de aquella Universidad liberal que nació a comienzos del
siglo XIX en Berlín, bajo el impulso de Humboldt. Por universitas se
vino a entender entonces el conjunto de los distintos saberes, entre los que
existe una unidad innegable. Para acceder a ella era preciso forjarse un
carácter universitario, es decir, entrenarse en la búsqueda de la verdad,
adquiriendo hábitos de investigación, transmitir el saber a las generaciones
más jóvenes y aprender el arte de la discusión abierta y crítica en la
comunidad de quienes aspiran a la verdad. ¿Qué nos queda de bueno
de la Universidad liberal sino todo, al menos en lo que toca a metas y
aspiraciones? ¿Qué mejor puede pretender la actividad universitaria sino
desarrollarse en una comunidad de los que buscan la verdad mediante la
investigación, la docencia y el diálogo abierto y libre? Sin embargo, tras considerar
las metas, conviene acudir a las instituciones por ver si su diseño permite
alcanzarlas, tanto en lo que hace a las leyes como a los hábitos y
costumbres. Y no parece que esté la institución a la altura de la actividad y
sus metas. Cierto que a partir de
los años sesenta del siglo XX se viene produciendo una crisis en el mundo
universitario que afecta también a sus fines. La fragmentación de los saberes
quiebra la unidad de las ciencias y escinde el mundo universitario en
Universidades Literarias y Politécnicas, y, aun dentro de las primeras, en
Humanidades, Ciencias Sociales, Ciencias Naturales. Decrece la demanda de
titulaciones y, sin embargo, aumenta la oferta de las mismas, dejando abierta
al final de los estudios la amarga pregunta '¿facultas para qué?'. La Universidad no es ya
el único lugar de creación y transmisión del conocimiento, sino que nacen
entidades no universitarias que expiden certificaciones de calidad pareja a
las universitarias, empresas que crean sus centros de estudio para preparar a
sus trabajadores. Desean acceder a la enseñanza universitaria gentes que no
quieren un título para ejercer una profesión, sino estudiar una segunda
carrera, o la primera, tras la jubilación laboral. En algunas materias el
mercado exige una preparación ligada al sistema productivo y pide al sistema
universitario en esos casos que ejerza funciones económicas. Pero sobre todo, y por
desgracia, la Universidad se burocratiza, haciendo imposible cualquier idea
de auténtica comunidad libre y abierta de investigación, docencia y
deliberación pública. Un corsé de estructuras rígidas, de órganos de gobierno
con amplias competencias, departamentos cerrados en torno al número 12, sin
posibilidad de 'divorcio académico', consejos, comisiones, produce un despilfarro
de recursos humanos que ninguna entidad responsable se permitiría; entre
otras razones, porque el burocratismo es el caldo de cultivo de las
oligarquías, el amiguismo, los hábitos endogámicos, las mafias y del
funcionamiento de esos 'códigos rojos' que no se encuentran positivados en
ningún código escrito, pero son los que funcionan. Es el humus de la
conspiración y la intriga de los ambiciosos, del fomento del instinto
gremial. Todo lo contrario de lo que precisa una comunidad abierta y
flexible. Una comunidad -y esto es esencial- que no necesita servir al
capital privado, sino al bien público, pero que, precisamente para hacerlo,
tiene que ser republicana, o al menos asumir rasgos de un republicanismo como
el que, entre otros, diseña Philip Pettit. Una estructura de
libertad interna, entendida como no dominación, no como una estructura
burocrática asfixiante; un carácter universitario que consiste en el afán de
saber, no en la ambición de poder; leyes que son expresión de la libertad, no
armas en manos de un nuevo feudalismo; la virtud cívica de quienes persiguen
una misma meta y respaldan con sus hábitos las leyes queridas por ellos;
decisiones tomadas a través de la deliberación común, que lleva a determinar
lo justo, no negociaciones y pactos de politi-queros, que perjudican a los
más débiles, a los que deben contentarse con poco para no perderlo todo; el
capital social de unos valores éticos, sin los que triunfan los
conspiradores. Estos rasgos irían
generando esa 'mano intangible' que en una Universidad pública legítima
transformaría las preferencias particulares en metas comunes. No la mano
invisible, presuntamente armonizadora de preferencias en conflicto, sino la
intangible de las convicciones comunes, que congrega a los individuos tras un
mismo propósito público. Dentro de este marco, algunos rasgos concretos
podrían ser los siguientes: 1. La
Universidad es una comunidad, una organización ágil, no una estructura
burocrática rígida. La estructura de gobierno se reduce al mínimo. 2. Las
unidades universitarias básicas son los Grupos de Investigación, libres y
flexibles. Se trataría de transformar los matrimonios académicos indisolubles
en registros de 'grupos de hecho', de los que ya trabajan realmente juntos.
Sin que importe la cantidad de quienes los forman, sino la calidad del
trabajo, a diferencia de la actual estructura departamental, cerrada en la
arbitraria cantidad de 12 e ignorante de la calidad. 3. Los
cargos de gobierno son facilitadores y coordinadores de la tarea de los
auténticos protagonistas de la vida académica, profesores y estudiantes, no decididores
de lo que debe hacerse. 4. La
autonomía responsable es la que lleva a promover la transparencia en la
gestión, con mecanismos de control como pueden ser auditorías externas. 5. Si el
acceso a los niveles de funcionariado ha de cubrir dos etapas, habilitación y
acceso en cada Universidad, tienen que poder ser habilitados cuantos lo
merezcan, no un número concreto, lo cual sería una mezcla de habilitación y
oposición. Por otra parte, el acceso a las universidades concretas debe
garantizar imparcialidad. 6. Existen
mecanismos para expresar el pluralismo de opiniones realmente existentes en
la comunidad académica, que no es un pluralismo de partidos políticos. 7. Hay
una auténtica conexión con la sociedad, más allá de la mediación de los
Consejos Sociales. 8. Se
reconstruye la unidad del saber desde una interdisciplinaridad practicada,
frente a la fragmentación administrativa de saberes. No hay un solo problema
social al que pueda hacerse frente desde una sola área del saber. Desde estas
perspectivas, la Universidad pública tiene frente a las privadas la ventaja
de que, al no depender de los flujos del capital privado, puede cohesionarse
en torno a los valores compartidos del servicio público en plena libertad.
Ojalá nuestra Universidad fuera pionera en componer esa comunidad de varones
y mujeres libres, al servicio de la res pública. Sería un orgullo
cantar entonces ese Alma mater floreat que ahora a muchos, a
demasiados, se nos seca en la garganta. Adela Cortina es
catedrática de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia. |