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LA VISITA DE DIOS

Luis Cernuda

 

Pasada se halla ahora la mitad de mi vida.

El cuerpo sigue en pie y las voces aún giran

Y resuenan con encanto marchito en mis oídos,

Mas los días esbeltos ya se marcharon lejos;

Sólo recuerdos pálidos de su amor me han dejado.

Como el labrador al ver su trabajo perdido

Vuelve al cielo los ojos esperando la lluvia,

También quiero esperar en esta hora confusa

Unas lágrimas que aviven mi cosecha.

 

Pero hondamente fijo queda el desaliento,

Como huésped oscuro de mis sueños.

¿Puedo esperar acaso? Todo se ha dado al hombre

Tal distracción efímera de su existencia;

A nada puede unir esta ansia suya que reclama

Una pausa de amor entre la fuga de las cosas.

Vano sería dolerse del trabajo, la casa, los amigos perdidos

En aquel gran negocio demoníaco de la guerra.

 

Estoy en la ciudad alzada para su orgullo por el rico,

Adonde la miseria oculta canta por las esquinas

O expone dibujos que me arrasan de lágrimas los ojos.

Y mordiendo mis puños con tristeza impotente

Aún cuento mentalmente mis monedas escasas,

Porque un trozo de pan aquí y unos vestidos

Suponen un esfuerzo mayor para lograrlos

Que el de los viejos héroes cuando vencían

Monstruos, rompiendo encantos con su lanza.

 

La revolución renace siempre, como un fénix

Llameante en el pecho de los desdichados.

Esto lo sabe el charlatán bajo los árboles

De las plazas, y su baba argentina, su cascabel sonoro.

Silbando entre las hojas, encanta al pueblo

Robusto y engañado con maligna elocuencia,

Y canciones de sangre acunan su miseria.

 

Por mi dolor comprendo que otros inmensos sufren

Hombres callados a quienes falta el ocio

Para arrojar al cielo su tormento. Mas no puedo

Copiar su enérgico silencio, que me alivia

Este consuelo de la voz, sin tierra y sin amigo,

En la profunda soledad de quien no tiene

Ya nada entre sus brazos, sino el aire en torno,

Lo mismo que un navío al alejarse sobre el mar.

 

¿Adónde han ido las viejas compañeras del hombre?

Mis zurcidoras de proyectos, mis tejedoras de esperanzas

Han muerto. Sus agujas y maderas reposan

Con polvo en un rincón, sin la melodía del trabajo.

Como una sombra aislada al filo de los días,

Voy repitiendo gestos y palabras mientras lejos escucho

El inmenso bostezo de los siglos pasados.

 

El tiempo, ese blanco desierto ilimitado,

Esa nada creadora, amenaza a los hombres

Y con luz inmortal se abre ante los deseos juveniles.

Unos quieren asir locamente su mágico reflejo,

Mas otros le conjuran con un hijo

Ofrecido en los brazos como víctima,

Porque de nueva vida se mantiene su vida

Como el agua del agua llorada por los hombres.

 

Pero a ti, Dios, ¿con qué te aplacaremos?

Mi sed eras tú, tú fuiste mi amor perdido,

Mi casa rota, mi vida trabajada, y la casa y la vida

De tantos hombres como yo a la deriva

En el naufragio de un país. Levantados de naipes,

Uno tras otro iban cayendo mis pobres paraísos.

¿Movió tu mano el aire que fuera derribándolos

Y tras ellos en el profundo abatimiento, en el hondo vacío,

Se alza al fin ante mí la nube que oculta tu presencia?

 

No golpees airado mi cuerpo con tu rayo;

Si el amor no eras tú, ¿quién lo será en este mundo?

Compadécete al fin, escucha este murmullo

Que ascendiendo llega como una ola

Al pie de tu divina indiferencia.

Mira las tristes piedras que llevamos

Ya sobre nuestros hombros para enterrar tus dones:

La hermosura, la verdad, la justicia, cuyo afán imposible

Tú solo eras capaz de infundir en nosotros.

Si ellas murieran hoy, de la memoria tú te borrarías

Como un sueño remoto de los hombres que fueron.

 

(De Las nubes)

 

 

 

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