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Publicado en LA VANGUARDIA, 17 de enero
de 2002
Una "democracia islámica"
ALI M. ANSARI
Los acontecimientos recientes han empujado de nuevo
al primer plano de la actualidad la cuestión del islam y la política, pero
con resultados deprimentes. Mientras el interés popular por Irán ha crecido
de forma indudable, tal como puede verse en la oleada de ventas de libros
sobre el islam y Oriente Medio, especialmente en Estados Unidos, la
pervivencia de los estereotipos es más evidente que nunca. Algunos artículos
de la prensa británica han sido explícitamente racistas en su tratamiento
aproximativo al islam. Buena parte de la irritación de los estudiantes
islámicos de todo el mundo se debe a la tesis de Huntington en "Choque
de civilizaciones", que ha sido resucitada con alarde y ceremoria,
seguida de aclamación pública. Se han prodigado las generalizaciones en la
prensa popular (y, por extensión, en la imaginación popular), y todo parece
indicar que se ha producido la devastación de muchos matices y sutilezas que
conforman una religión sustentada por más de mil millones de personas en todo
el mundo. Una de las críticas que parece haber ganado credibilidad es la
opinión de que los musulmanes han fracasado a la hora de abordar la cuestión
de la modernidad y, por extensión, que los estudiantes musulmanes moderados
han fracasado también de forma singular a la hora de hacer frente a la
radicalización que tiene lugar en el ámbito de la fe. A corto plazo, el islam
habría sido incapaz de reformarse, o habría mostrado su indisposición a
hacerlo y, a raíz de ello, habría sucumbido a las tendencias reaccionarias
que sedujeron, con las verdades del dogma, a jóvenes desilusionados.
Este tipo de tesis, que tiene sus méritos, depende en buena parte de un
análisis selectivo que rechaza pruebas desagradables. Está, por ejemplo, la
obvia anomalía de que los talibán son, en buena parte, el producto de un
particular ambiente político que les ha permitido disfrutar del
reconocimiento y el apoyo financiero de Occidente hasta hace muy poco.
Pakistán y Arabia Saudí, los primeros soportes de los talibán, son después de
todo aliados de Estados Unidos. Sin embargo, los críticos de los jefes
talibán han sido los mulás de Teherán que, cuando los talibán se apoderaron
de Kabul en 1996, fueron los únicos estudiantes islámicos que rápidamente
denunciaron a los talibán como "no islámicos" y como una perversión
del islam. De hecho, la República Islámica de Irán ha sido el único estado
musulmán que ha condenado de forma consistente a los talibán. Y llegaron tan
lejos que en 1998 concentraron casi 200.000 soldados en la frontera afgana
para preparar un ataque de represalia en respuesta a la masacre de unos 3.000
chiitas y nueve diplomáticos iraníes en la ciudad de Mazar-i-Sharif, en el
norte de Afganistán. De forma similar, cuando el World Trade Center y el
Pentágono fueron objeto del ataque del 11 de septiembre, la profusión de
simpatía tanto de los dirigentes iraníes como de las bases populares
contrastaron de forma absoluta con la ambivalencia popular generada en el
mundo árabe.
Fue una realidad que sorprendió a muchos observadores de Occidente,
acostumbrados a ver a Irán como la última fuente del fundamentalismo
islámico. Sin embargo, se dan razones religiosas y políticas muy bien
fundadas para la antipatía iraní respecto a los talibán y al crecimiento del
radicalismo suní en general. Estas diferencias ya reflejan también los
auténticos cambios sociales y políticos que han ido teniendo lugar en Irán en
las dos últimas décadas y que han situado al país en una trayectoria de
desarrollo radicalmente diferente a la de sus vecinos árabes suníes. Para
Irán, la continua disputa entre "reformistas" y
"reaccionarios" refleja el amplio conflicto dentro del mundo
islámico en general. Mientras ya está creciendo la preocupante formación de
un islam radical y dogmático dentro del mundo árabe y en el sur de Asia, la
tendencia de Irán parece ser en la dirección contraria. Pero ésta, por lo que
parece, no es la conclusión que muchos observadores del islam están
dispuestos a aceptar. Irán, de hecho, ha sido una anomalía oportuna durante
demasiado tiempo y cualquier cambio en su estatus requerirá un gran
movimiento de los modelos intelectuales empleados hasta ahora. Hoy ya es una
realidad la necesidad de avanzar en términos de reconocimiento y comprensión
hacia un islam no estereotipado como irrelevante.
Desde el interior de Irán, estamos siendo testigos del nacimiento, por
doloroso que pueda ser, de una "democracia islámica" que quiere
casar, mediante una compleja síntesis intelectual, con las normas de todas
aquellas democracias occidentales. Existen fundadas razones históricas y
materiales que determinan este cambio, incluyendo el proceso revolucionario y
la experiencia de la guerra. Ambas tuvieron profundas consecuencias para la
sociedad iraní, sobre todo en relación con sus actitudes hacia el Estado.
Además, el extraordinario crecimiento de la población desde 1979, con una
tendencia abrumadora hacia los menores de 30 años, y la necesidad de aportar
un crecimiento económico sostenible para crear empleo marcaron y animaron el
movimiento hacia una gran liberalización económica y política. Pero es la
transformación en el pensamiento intelectual y religioso lo que sitúa a Irán
en la primera línea de los países islámicos que buscan reconciliar el islam
con la modernidad. Este pensamiento reformista tiene sus raíces en el periodo
posterior a la guerra entre Irán e Irak. Desde entonces surgieron periódicos,
semanarios y revistas. Se trata de un periodo caracterizado por la aparición
de escritores que apoyan esta línea y por filósofos religiosos como
Abdolkarim Sorouush, Mohsen Kadivar y Mojtahed Shabestari. Ellos, junto con
otros activistas políticos, han buscado redefinir el camino según el cual el
islam debe ser entendido en relación con el mundo moderno. En este proceso se
escrutaron minuciosamente términos como "secularismo", que fueron
diseccionados y redefinidos de nuevo.
Este proceso ha sido facilitado, con una cierta comodidad, gracias al
fermento intelectual desatado a partir de la revolución de 1979, además de la
tradición de la "ijtehad" (interpretación religiosa) que practican
los chiitas. Irónicamente, el modelo de desarrollo religioso-democrático que
los pensadores iraníes han visto como apropiado es el mismo que recoge Alexis
de Tocqueville en su "Democracia en América". Tocqueville pone
énfasis en la importancia de la religión (en este caso, el cristianismo) a la
hora de cimentar la democracia estadounidense. Este pensamiento refleja la
naturaleza y el camino del desarrollo político de un Irán contemporáneo, pero
también explica por qué las actitudes sociales e intelectuales (incluyendo a
los que están en el Gobierno, es decir, al "establishment"
conservador) han dado muestras, en los últimos años, de una creciente
simpatía hacia Estados Unidos. Naturalmente, si el debate actual entre
políticos iraníes en torno a la necesidad de comenzar el diálogo con Estados
Unidos es correspondido, la continua revolución social de Irán apuntalará un
extraordinario movimiento diplomático para satisfacer lo que busca Estados
Unidos: un oasis de estabilidad en lo que otrora fue una turbulenta región.
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