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Cunas de sangre José Luis Alvite escribe en La
Razón, desde el cierre de Diario 16, su columna diaria ambientada en
ese universo particular creado alrededor del Savoy, el antro que inspira las
reflexiones más surrealistas. Este artículo trata la muerte del reportero de
guerra Julio Fuentes en Afganistán. Publicado en
LA RAZÓN, 21 de noviembre de 2001 Cunas de sangre
José Luis ALVITE Pertenecía a esa clase de hombre al que te parece que
le debes algo. No le conocí pero sé que tengo contraída una deuda con él. Lo
he pensado mientras los informativos iban deletreando como escoplos el mármol
de su rostro aterido por la muerte, amigo, lo he pensado mucho y creo que a
Julio Fuentes lo que le debo es la recuperación de la vieja liturgia del
periodismo a la intemperie, con un cuaderno en una mano y un café en la otra.
Tipos como él nos recuerdan el periodismo de tú a tú con la calle, con el
dolor, con la sangre y con la incertidumbre, lejos de los gabinetes de
prensa, esas tibias mercerías en las que el Poder ganchilla las noticias con
una mezcla de lana y dinero. Si faltasen los tipos como él, el periodismo se
convertiría en parte de la industria del mueble. Y nos quedarían los lentos
analistas de salón, los reyes del periodismo de balneario y nefrítico,
poseídos de la flácida gramática de la adulación, los periodistas acomodados
que corren el riesgo de morir por retención de orina, y los otros, los de
siempre, los que tendrían que recibir el sueldo envuelto en papel higiénico,
y, claro, los pesados filósofos de la situación, esos tipos que sólo se
jugarían la vida atragantándose con el entrecot en Moncloa. Abrevadero
Publicado en LA RAZÓN, 30 de
junio de 2002 El abrevadero (I) José Luis ALVITE De niño no tenía claro cuál era el origen del hombre. Según la teoría cristiana, el varón procedía del barro y la mujer de la costilla del hombre. Los curas no tenían pruebas pero resultaba divertida aquella enigmática mezcla de magia y alfarería. Pero después empezó a prosperar la teoría de Darwin y hubo que hacerse a la idea de que el hombre podría proceder del mono. Todos teníamos en las fotos del abuelo un antepasado con las orejas grandes y separadas y un rostro escueto con la restringida mímica de un simio, así que la teoría no parecía descabellada. Pero estos días le eché un vistazo a la televisión y me he desengañado. «Crónicas Marcianas» parece haber demostrado que el hombre procede del cerdo. Yo creo que no se necesitan grandes instalaciones para hacer la televisión que nos ofrecen. Programas como el de Javier Sardá se pueden perpetrar con un guionista embalsamado y un establo. Cada vez que escucho a Loles León, recuerdo su aparición como chica Almodóvar. Entonces era la gordita locuela y chistosa, la inocente obscenidad pasiva en la patología de aquel cine que en realidad lo que anunciaba no era una nueva cota de la inteligencia, sino el camino al abrevadero. Porque al cabo de los años, en «Crónicas Marcianas» de esa pobre Loles León parece que sólo puedas esperar que haga de vientre por la boca. Juraría que una mujer como ella sólo puede resultar fina a oscuras. Y prometo no volver a verla en su programa. No se necesita mucha lucidez para comprender que hay cosas más interesantes por las que abrirte a vómitos. Me dirán que la zafiedad es un inevitable efecto secundario de la libertad. Bien, conforme, uno comprende que a veces hay que dejarse amputar la pierna para salvar la vida. Pero que en «Crónicas Marcianas» lo que se nos amputa, maldita sea, es el cerebro. Y lo que se alcanza a expensas de la libertad no es la cultura, el talento o la imaginación, sino aquel vacuno pleonasmo de las juergas del III Reich en las alargadas mesas de los restaurantes restringidos en los que aquellos salvadores del mundo hacían ladrar como perros las vaginas de sus criadas... Publicado en LA RAZÓN, 1 de
julio de 2002 El abrevadero (y II) José Luis ALVITE Cuando nacieron las televisiones privadas, los más
optimistas auguraban la elevación del techo cultural de los españoles.
Presentían grandes películas, soberbios espectáculos musicales, rabioso
teatro de vanguardia, luminosos debates en profundidad y luego resultó todo
lo contrario. Esperábamos a O Neill y nos encontramos a Jaimito Borromeo. Nos
prometieron a Joyce y nos trajeron a Belén Esteban. ¡Maldito chasco!
¡Malditos hijos de perra! Prometieron que elevarían nuestra cultura y lo
único que conseguimos fue a Loles León, ese fenómeno de la chacinería clínica
que con sus intervenciones nos demuestra que en su bajeza, el ser humano
puede subir la cintura por encima de las cejas. Esperábamos los prodigios de
la libertad, ¡Dios santo!, soñábamos que nos sacarían de la cárcel, y ahora
nos encontramos con la terrible sensación de que en realidad sólo nos
cambiaron de celda. La televisión privada fue como si huyendo de la muerte en
medio de la terrible oscuridad, la única luz por la que orientarnos fuesen
los chispazos de la silla eléctrica. carcel
Publicado en LA RAZÓN, 4 de enero
de 2003 Blues de la cárcel (I) José Luis ALVITE Querido Al: Veinte años de prisión dan mucho que pensar. Al cabo de todo ese tiempo a este lado de las rejas, comprendí lo acertado que estaba Herbbie Miller cuando nos escribió al Savoy y aquella madrugada le dimos vueltas en la cabeza a la frase con la que empezaba su carta: «A las diez de la mañana es media tarde en Alcatraz». En Lonesville las cosas no son mejores. La comida pudre los platos y lo único que las ratas aprovechan de la basura son las bolsas. Los primeros meses me los pasé rezando. Luego desistí. Un tipo me dijo que era inútil. Veinte años en estas celdas te enseñan que la resignación es la distancia más corta entre el aplomo y la muerte. Y que si te tientan las oraciones has de saber que rezar pudre los dientes. Me lo había advertido Herbbie en aquella carta: «Muchacho, en la calle siempre es dos horas más temprano. Aquí te acostumbras a no correr más de quince metros en línea recta. La noche que mataron al negro que nos apretaba contra las paredes, el jaleo fue tan grande, maldita sea, que por la mañana los guardias tuvieron que raspar del techo las huellas de sus pies. El único que se sobrecogió con aquello fue Billie, un muchacho de apenas 17 años quo lleva unas semanas aquí. Se encogió en un rincón de su celda. Por las noches aullaba el nombre de su madre. Entonces le llamé a un lado y le dije: «Chico, métete esto en la cabeza: Aquí la única madre que te puedes permitir es un tipo como yo, gente ahormada al horror de la cárcel, tipos sin esperanza que necesitarían apoyo psicológico para romper a llorar. Si miras fijamente a los presidiarios que pasean ensimismados por el patio, entenderás que aquí te educan para que seas capaz de almidonar las palomas. Cuando llevas aquí los años que llevo yo, aceptas que tu objetivo en la vida es que te haga una mamada tu rata de confianza mientras bosteza. Sé que duele, muchacho, pero tienes que aceptarlo. Tienes que aceptar que en un sitio así incluso a los niños les salen dientes en el culo. Respira fuerte mientras puedas, chico. Treinta años aquí te dejarán en los pulmones el aire justo para hincharle las ruedas al coche fúnebre». Publicado en LA RAZÓN, 5 de enero
de 2003 Blues de la cárcel (y II) José Luis ALVITE No se necesita ser muy listo para entender que la cárcel
no es algo que esté de oferta en las agencias de viajes. Un sitio así te
endurece hasta límites que ni podías sospechar. En el penal de Lonesville ya
no queda un solo tipo inocente. El candor es lo primero que se pierde al
entrar allí. Un día me dijo Jesse Miller que el capellán de la cárcel de
Lonesville abría las conservas con el crucifijo. El prolongado aislamiento le
cambió la actitud sexual a machos reclusos. Un tipo que estuvo allí me dijo
que en el penal de Lonesville un grupo de reos atacó como una jauría a otro
interno. Le dieron una paliza de muerte. Pero eso fue lo de menos. El pobre
infeliz reconoció que durante el contacto masivo con aquellos lobos, sintió
un terrible dolor y pese a todo, reconoció haber tenido una erección. En
sitios como Lonesville, una paliza se considera promiscuidad. |