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§          Cunas de sangre

§          El abrevadero

§          Blues de la cárcel

 

José Luis Alvite escribe en La Razón, desde el cierre de Diario 16, su columna diaria ambientada en ese universo particular creado alrededor del Savoy, el antro que inspira las reflexiones más surrealistas. Este artículo trata la muerte del reportero de guerra Julio Fuentes en Afganistán.

Publicado en LA RAZÓN, 21 de noviembre de 2001

Cunas de sangre

José Luis ALVITE

Pertenecía a esa clase de hombre al que te parece que le debes algo. No le conocí pero sé que tengo contraída una deuda con él. Lo he pensado mientras los informativos iban deletreando como escoplos el mármol de su rostro aterido por la muerte, amigo, lo he pensado mucho y creo que a Julio Fuentes lo que le debo es la recuperación de la vieja liturgia del periodismo a la intemperie, con un cuaderno en una mano y un café en la otra. Tipos como él nos recuerdan el periodismo de tú a tú con la calle, con el dolor, con la sangre y con la incertidumbre, lejos de los gabinetes de prensa, esas tibias mercerías en las que el Poder ganchilla las noticias con una mezcla de lana y dinero. Si faltasen los tipos como él, el periodismo se convertiría en parte de la industria del mueble. Y nos quedarían los lentos analistas de salón, los reyes del periodismo de balneario y nefrítico, poseídos de la flácida gramática de la adulación, los periodistas acomodados que corren el riesgo de morir por retención de orina, y los otros, los de siempre, los que tendrían que recibir el sueldo envuelto en papel higiénico, y, claro, los pesados filósofos de la situación, esos tipos que sólo se jugarían la vida atragantándose con el entrecot en Moncloa.
   Una madrugada me dijo en el Savoy el veterano reportero Chester Newman: «Muchacho, la verdad de la vida está en las calles, en los muelles, en los frentes de batalla, en las salas de infecciosos, en la velocidad con la que se propaga la malaria mezclada con la artillería y con la orina guisada de los muertos. ¿Sabes? Como le dije en una ocasión a Carlos Herrera, en Vietnam los buitres no dejaban llegar la sangre al suelo pero los muchachos enfrentaron la realidad, y lo que te queda de todo aquello es el recuerdo de algo que escribió un reportero de guerra de los de entonces. Aquel tipo escribió: «El sargento Tucker se agarraba al correaje con la inocencia de alguien que se sujeta a los barrotes de la cuna. Hay en la guerra una dimensión de la realidad que te devuelve la inocencia. Y entonces, muchacho, comprendes que el reportero de guerra ha de llorar lo justo para apagar la sed sin borrar la letra».

Abrevadero

 

Publicado en LA RAZÓN, 30 de junio de 2002

El abrevadero (I)

José Luis ALVITE

De niño no tenía claro cuál era el origen del hombre. Según la teoría cristiana, el varón procedía del barro y la mujer de la costilla del hombre. Los curas no tenían pruebas pero resultaba divertida aquella enigmática mezcla de magia y alfarería. Pero después empezó a prosperar la teoría de Darwin y hubo que hacerse a la idea de que el hombre podría proceder del mono. Todos teníamos en las fotos del abuelo un antepasado con las orejas grandes y separadas y un rostro escueto con la restringida mímica de un simio, así que la teoría no parecía descabellada. Pero estos días le eché un vistazo a la televisión y me he desengañado. «Crónicas Marcianas» parece haber demostrado que el hombre procede del cerdo. Yo creo que no se necesitan grandes instalaciones para hacer la televisión que nos ofrecen. Programas como el de Javier Sardá se pueden perpetrar con un guionista embalsamado y un establo. Cada vez que escucho a Loles León, recuerdo su aparición como chica Almodóvar. Entonces era la gordita locuela y chistosa, la inocente obscenidad pasiva en la patología de aquel cine que en realidad lo que anunciaba no era una nueva cota de la inteligencia, sino el camino al abrevadero. Porque al cabo de los años, en «Crónicas Marcianas» de esa pobre Loles León parece que sólo puedas esperar que haga de vientre por la boca. Juraría que una mujer como ella sólo puede resultar fina a oscuras. Y prometo no volver a verla en su programa. No se necesita mucha lucidez para comprender que hay cosas más interesantes por las que abrirte a vómitos. Me dirán que la zafiedad es un inevitable efecto secundario de la libertad. Bien, conforme, uno comprende que a veces hay que dejarse amputar la pierna para salvar la vida. Pero que en «Crónicas Marcianas» lo que se nos amputa, maldita sea, es el cerebro. Y lo que se alcanza a expensas de la libertad no es la cultura, el talento o la imaginación, sino aquel vacuno pleonasmo de las juergas del III Reich en las alargadas mesas de los restaurantes restringidos en los que aquellos salvadores del mundo hacían ladrar como perros las vaginas de sus criadas...

 

Publicado en LA RAZÓN, 1 de julio de 2002

El abrevadero (y II)

José Luis ALVITE

Cuando nacieron las televisiones privadas, los más optimistas auguraban la elevación del techo cultural de los españoles. Presentían grandes películas, soberbios espectáculos musicales, rabioso teatro de vanguardia, luminosos debates en profundidad y luego resultó todo lo contrario. Esperábamos a O Neill y nos encontramos a Jaimito Borromeo. Nos prometieron a Joyce y nos trajeron a Belén Esteban. ¡Maldito chasco! ¡Malditos hijos de perra! Prometieron que elevarían nuestra cultura y lo único que conseguimos fue a Loles León, ese fenómeno de la chacinería clínica que con sus intervenciones nos demuestra que en su bajeza, el ser humano puede subir la cintura por encima de las cejas. Esperábamos los prodigios de la libertad, ¡Dios santo!, soñábamos que nos sacarían de la cárcel, y ahora nos encontramos con la terrible sensación de que en realidad sólo nos cambiaron de celda. La televisión privada fue como si huyendo de la muerte en medio de la terrible oscuridad, la única luz por la que orientarnos fuesen los chispazos de la silla eléctrica.
   Está claro que la difusión de la televisión privada es una infame manera de estropear el aire. Y que es ahí donde el Estado tendría que tomar cartas en el asunto. La televisión es un medio de comunicación del mismo rango que la aviación y la malaria. La Administración no dudaría en retirarle la licencia a una compañía aérea que volase con vagones de la Renfe. Las difusoras de televisión son propietarias de sus medios tecnológicos y humanos, pero sólo son inquilinos del aire. El pueblo puede entender la contaminación hertziana pero no puede aceptar que los operadores de televisión le metan al aire la peste porcina.
   El Savoy es un sitio libre en el que perfuman las flores con ginebra. Lo único que no acepta el jefe es un televisor en el club. Una noche me dijo: «Muchacho, los años me enseñaron que la televisión es una cosa que sólo vale la pena encender durante los apagones».

carcel

 

Publicado en LA RAZÓN, 4 de enero de 2003

Blues de la cárcel (I)

José Luis ALVITE

Querido Al: Veinte años de prisión dan mucho que pensar. Al cabo de todo ese tiempo a este lado de las rejas, comprendí lo acertado que estaba Herbbie Miller cuando nos escribió al Savoy y aquella madrugada le dimos vueltas en la cabeza a la frase con la que empezaba su carta: «A las diez de la mañana es media tarde en Alcatraz». En Lonesville las cosas no son mejores. La comida pudre los platos y lo único que las ratas aprovechan de la basura son las bolsas. Los primeros meses me los pasé rezando. Luego desistí. Un tipo me dijo que era inútil. Veinte años en estas celdas te enseñan que la resignación es la distancia más corta entre el aplomo y la muerte. Y que si te tientan las oraciones has de saber que rezar pudre los dientes. Me lo había advertido Herbbie en aquella carta: «Muchacho, en la calle siempre es dos horas más temprano. Aquí te acostumbras a no correr más de quince metros en línea recta. La noche que mataron al negro que nos apretaba contra las paredes, el jaleo fue tan grande, maldita sea, que por la mañana los guardias tuvieron que raspar del techo las huellas de sus pies. El único que se sobrecogió con aquello fue Billie, un muchacho de apenas 17 años quo lleva unas semanas aquí. Se encogió en un rincón de su celda. Por las noches aullaba el nombre de su madre. Entonces le llamé a un lado y le dije: «Chico, métete esto en la cabeza: Aquí la única madre que te puedes permitir es un tipo como yo, gente ahormada al horror de la cárcel, tipos sin esperanza que necesitarían apoyo psicológico para romper a llorar. Si miras fijamente a los presidiarios que pasean ensimismados por el patio, entenderás que aquí te educan para que seas capaz de almidonar las palomas. Cuando llevas aquí los años que llevo yo, aceptas que tu objetivo en la vida es que te haga una mamada tu rata de confianza mientras bosteza. Sé que duele, muchacho, pero tienes que aceptarlo. Tienes que aceptar que en un sitio así incluso a los niños les salen dientes en el culo. Respira fuerte mientras puedas, chico. Treinta años aquí te dejarán en los pulmones el aire justo para hincharle las ruedas al coche fúnebre».

 

 

Publicado en LA RAZÓN, 5 de enero de 2003

Blues de la cárcel (y II)

José Luis ALVITE

No se necesita ser muy listo para entender que la cárcel no es algo que esté de oferta en las agencias de viajes. Un sitio así te endurece hasta límites que ni podías sospechar. En el penal de Lonesville ya no queda un solo tipo inocente. El candor es lo primero que se pierde al entrar allí. Un día me dijo Jesse Miller que el capellán de la cárcel de Lonesville abría las conservas con el crucifijo. El prolongado aislamiento le cambió la actitud sexual a machos reclusos. Un tipo que estuvo allí me dijo que en el penal de Lonesville un grupo de reos atacó como una jauría a otro interno. Le dieron una paliza de muerte. Pero eso fue lo de menos. El pobre infeliz reconoció que durante el contacto masivo con aquellos lobos, sintió un terrible dolor y pese a todo, reconoció haber tenido una erección. En sitios como Lonesville, una paliza se considera promiscuidad.
   Decía Jesse que nos sorprenderíamos de los sueños de algunos reclusos. Un tipo que llevaba 25 años internado en Lonesville, le confesó que estaba resignado a su suerte y que había aprendido a renunciar a la libertad. Sólo le movía la curiosidad de saber cómo sería la cárcel por fuera. Aquel tipo se llamaba Charlie Maggio y tuvo una infancia muy desgraciada. Lo único agradable en casa de los Maggio eran unas cuantas pinturas. Pero su padre rompía todo cada vez que volvía por casa; así que para ahorrar trabajo, la madre de Charlie decidió colgar los cuadros en el suelo. En su última carta recibida en el Savoy, me decía Jesse: «Un grupo de intelectuales reclamó del gobernador una actitud más humanitaria respecto de la pena de muerte. El gobernador cedió a regañadientes. Desde hace un par de años, en el penal de Lonesille hay una estantería con libros en la cámara de gas»
   Jesse Miller fue ejecutado en Lonesville en el 94. Le metieron tanto gas en el cuerpo, que sus hijos tuvieron que purgar el cadáver como un radiador antes de velarlo en una funeraria que compartía la puerta con una hamburguesería.

 

 

 

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