|
|
Cap.5:
Los Senderos de los Muertos
Aragorn se acercó al galope a Legolas y éste al oír que se acercaban, se pasó la
mano por la cara para secarse las dolorosas lágrimas de la triste despedia.
" Legolas, ¿náye?" le preguntó Aragorn.
" ¿Manen túre voronwie ava Arwen?" le dijo Legolas mirándole a los ojos.
" Pues en vez de tenerla a mi lado y sintiéndola, la llevo en mi mente y ella de
bien seguro me lleva a mi. Las primeras veces es duro, y te comprendo, pero
acabarás acostumbrándote, ya lo verás, Legolas" le consoló Aragorn.
Legolas no estaba muy seguro, pero, eso le fue suficiente.
En verdad, Aragorn era un hombre sabio, de los más sabios de la Tierra Media,
por no decir el único.
Elladan y Elrohir se acercaron a Legolas y le preguntaron que qué le pasaba, que
no era normal su comportamiento.
" Amigos, prefiero no hablar, no ahora. Es momento de concentrarnos y pensar en
lo que pasará en la Batalla".
Elrohir y Elladan se quedaron tal cual antes de preguntarle nada a Legolas.
Continuaron cabalgando bajo un cielo todavía gris, pues el sol no había trepado
aún hasta las crestas negras del Monte de los Espectros, que ahora tenían
delante. Atemorizados, pasaron entre las hileras de piedras antiguas que
conducían al Bosque Sombrío. Allí, en aquella oscuridad de árboles negros que ni
el mismo Legolas pudo soportar mucho tiempo, en la raíz misma de la montaña, se
abría una hondonada; y en medio del sendero se erguía una gran piedra solitaria,
como un dedo del destino.
La compañía se detuvo: fuera de Legolas de los Elfos, a quien no asustaban los
Espectros de los Hombres, no hubo entre ellos un solo corazón que no
desfalleciera.
" Es una puerta nefasta, "dijo Halbarad", y sé que del otro lado me aguarda la
muerte. Me atreveré a cruzarla, sin embargo; pero ningún caballo querrá entrar.
" Pero nosotros tenemos que entrar "dijo Aragorn", y por lo tanto han de entrar
también los caballos. Pues si alguna vez salimos de esta oscuridad, del otro
lado nos esperan muchas lenguas, y cada hora perdida favorece el triunfo de
Sauron. ¡Seguidme!
Aragorn se puso entonces al frente, y era tal la fuerza de su voluntad en esa
hora que todos los Dúnedain fueron detrás de él. Y era en verdad tan grande el
amor que los Montaraces sentían por sus jinetes, que hasta el terror de la
Puerta estaban dispuestos a afrontar, si el corazón de quien los llevaba por la
brinda no vacilaba. Sólo Arod, el caballo de Rohan, se negó a seguir adelante, y
se detuvo, sudando y estremeciéndose, dominado por un terror lastimoso. Legolas
le puso las manos sobre los ojos y canturreó algunas palabras que se perdieron
lentamente en la oscuridad, hasta que el caballo se dejó conducir, y el Elfo
traspasó la Puerta. Gimli el Enano se quedó solo.
Las rodillas le temblaban, y estaba furioso consigo mismo.
" ¡Esto sí que es inaudito!" dijo Gimli". ¡Que un Elfo quiera penetrar en las
entrañas de la tierra, y un Enano no se atreva!" Y con una resolución súbita, se
precipitó en el interior. Pero le pareció que los pies le pesaban como plomo en
el umbral; y una ceguera repentina cayó sobre él, sobre Gimli hijo de Glóin, que
tantos abismos del mundo había recorrido sin acobardarse.
Aragorn iba delante con una antorcha de las que había llevado en alto; Elladan
iba en la retaguardia con otra, y Gimli tropezando tras él, trataba de darle
alcance. Solamente veía la débil luz de las antorchas; pero cuando la compañía
se detenía, parecía oír un extraño susurro a su alrededor, un murmullo de
palabras en una lengua desconocida para él, como de voces.
No atacó nada a la compañía, pero el terror de Gimli cada vez era mayor, más que
nada porque ya no había vuelta atrás; y eso lo sabía muy bien.
Un tiempo interminable pasó, hasta que vio un espectáculo que recordaría para
siempre con horror. Lo que alcanzaba a distinguir era que el camino era ancho,
pero ahora la compañía había llegado a un vasto espacio vacío, no había muros
por ningún lado. El pavor lo abrumaba y a duras penas podía caminar. A la luz de
la antorcha de Aragorn, algo centelleó a una cierta distancia, allá hacia la
derecha. Aragorn levantó el puño en señal de alto para acercarse a ver que había
sido eso.
Gimli pensó." ¿Será posible que no tenga miedo? En cualquier otra caverna Gimli
hijo de Glóin hubiera sido el primero en correr, atraído por el brillo del oro.
¡Pero no aquí! ¡Que siga donde está!"
Sin embargo se aproximó, y vio que Aragorn estaba de rodillas, mientras Elladan
sostenía en alto las dos antorchas. Delante yacía el esqueleto de un hombre de
notable estatura. Había estado vestido con una cota de malla, y el arnés se
conservaba intacto; pues el aire de la cueva era seco como el polvo. El plaquín
era de oro, y el cinturón de oro y granates, y también de oro era el yelmo que
le cubría el cráneo descarnado, de cara al suelo. Había caído cerca de la pared
opuesta de la caverna y delante de él se alzaba una puerta rocosa cerrada a cal
y canto: los huesos de los dedos se aferraban aún a las fisuras. Una espada
mellada y rota yacía junto a él, como si en un último y desesperado intento,
hubiera querido atravesar la roca con el acero.
Aragorn lo contempló durante un tiempo y sin tocarlo se levantó y suspiró:
" Nunca hasta el fin del mundo llegarán aquí las flores de simbelmyn" murmur".
Nueve y siete túmulos hay ahora cubiertos de hierba verde, y durante todos los
largos años ha yacido ante la puerta que no pudo abrir. ¿A dónde conduce? ¿Por
qué quiso entrar? ¡Nadie lo sabrá jamás!
' ¡Pues mi misión no es ésta!" gritó, volviéndose con presteza y hablándole a la
susurrante oscuridad". ¡Guardad los secretos y tesoros acumulados en los Años
Malditos! Sólo pedimos prontitud. ¡Os convoco ante la Piedra de Erech!"
Lo que obtuvo por respuesta fue un silencio aún más aterrador y un horroroso
silencio más profundo aún, ningún murmullo se podía oír; una ráfaga fría
estremeció y apagó las antorchas que Elladan aún sujetaba en lo alto, y fue
imposible volverlas a encender. Muy poco pudo recordar Gimli de la hora o más a
oscuras. Todos aceleraron el paso, pero él aún iba a la zaga, perseguido por un
horror indescriptible que siempre parecía estar a punto de alcanzarlo un rumor
que crecía a sus espaldas, como el susurro innumerables de pies. Continuó
avanzando y tropezando, hasta que se arrastró por el suelo como un animal y
sintió que no podía más; o encontraba una salida o daba la vuelta y en un
arranque de locura salía al encuentro del terror que veía perseguirlo.
La luz aumentó, la compañía traspuso otra puerta, una arcada alta y ancha, y de
improviso se encontró caminando a la vera de un arroyo; y más allá un camino
descendía en brusca pendiente entre dos riscos verticales, como hojas de
cuchillo contra el cielo lejano. Tan profundo y angoso era el abismo que el
cielo estaba oscuro, y en él titilaban unas estrellas diminutas. Sin embargo,
como Gimli supo más tarde, aún faltaban dos horas para el anochecer; aunque por
lo que él podía entender en ese momento, bien podía tratarse del crepúsculo de
algún año por venir, o de algún otro mundo.
Volvió la compañía a montar a caballo, y Gimli volvió al lado de Legolas. La
tarde caía y daba paso a una noche clara y azul; el miedo los perseguía aún.
Legolas se giró para hablar con Gimli, miró atrás, el Enano alcanzó a ver el
centelleo de los ojos del Elfo. Al final iba Elladan en la retaguardia, pero no
el último en tomar el camino descendiente...
" Los Muertos nos siguen" dijo Legolas". Veo formas de hombres y caballos, y
estandartes pálidos como jirones de nubes, y lanzas como zarzas invernales en
una noche de niebla. Los Muertos nos siguen."
" Sí, los Muertos cabalgan detrás de nosotros. Han sido convocados" dijo
Elladan.
Repentinamente, la compañía salió de la hondonada, por fin; ante ellos se
extendían tierras montañosas de un gran valle, y un arroyo descendía en una voz
fría, en numerosas cascadas.
" ¿En qué lugar de la Tierra Media nos encontramos?" preguntó Gimli; y Elladan
le respondió: " Hemos bajado desde las fuentes del Morthond, el largo río de
aguas glaciales; desciende hasta volcarse en el mar que baña los muros de Dol
Amroth. Ya no necesitarás preguntar el origen del nombre; Raíz Negra lo llaman.
De pronto sin darse vuelta, Aragorn gritó con voz tonante, de modo que todos
pudieran oírle:" ¡Olvidad vuestra fatiga, amigos! ¡Galopad ahora, galopad! Es
menester que lleguemos a la Piedra de Erech antes del fin del día, y el camino
es todavía largo".
Y luego, sin mirar atrás galoparon a través de las campiñas montañosas, hasta
llegar a un puente sobre el río, ahora caudaloso, y encontraron un camino que
bajaba a los llanos.
Al paso de la Compañía Gris, las luces de las casas y de las aldeas se apagaban,
se cerraban las puertas, y la gente que aún estaba en los campos daba gritos de
terror y huía despavorida, como ciervos acosados. En todas partes esa oía el
mismo clamor en la noche creciente: "¡El Rey de los Muertos! ¡El Rey de los
Muertos! ¡El Rey de los Muertos marcha sobre nosotros!"
Lejos resonaban campanas y todos huían ante el rostro de Aragorn, los de la
Compañía Gris pasaban de largo, y ya los caballos empezaban a trastabillar de
cansancio. A ese ritmo a media noche y con esa oscuridad parecida a la de las
cavernas, llegaron a la Colina de Erech.
Mucho tiempo hacía que el terror de los Muertos se había aposentado en esa
colina y los campos desiertos de alrededor. Pues en la cima se alzaba la Piedra,
redonda como un gran globo y de la altura de un Hombre; aunque la mitad
estuviese enterrada bajo tierra. Su aspecto era sobrenatural, algunos sabían la
versión de la historia de Oesternesse. Decían algunos que Isildur la había
llevado desde Númenor, y colocado allí o que había caído allí. Pero nadie se
atrevía a acercarse ni a vivir en los alrededores, porque se decía que los
Hombres-Sombra se reunían allí y cuchicheaban al rededor de la Piedra.
Allí la compañía llegó, en lo más profundo de la noche, y se detuvo. Elrohir se
acercó entonces a Aragorn y le entregó un cuerno de plata, y Aragorn sopló en
él; y a los hombres que tenía más cerca les pareció oír una respuesta, otros
cuernos resonaban en las cavernas profundas y más lejanas. No oían ningún otro
ruido, pero sin embargo sentían la presencia de un gran ejército reunido
alrededor de la colina; y el viento helado que soplaba de las montañas era como
el aliento de una legión de espectros. Aragorn desmontó, y de pie junto a la
Piedra gritó con una potente voz:
" Perjuros, ¿a qué habéis venido?"
Y una voz le respondió desde lejos: "A cumplir el juramento y encontrar la paz".
Entonces, Aragorn dijo: "Por fin ha llegado la hora. Marcharé en seguida a
Pelargir en la reviera del Anduin, y vosotros vendréis conmigo. Y cuando hayan
desparecido de esta tierra todos los servidores de Sauron, consideraré como
cumplido vuestro juramento, y entonces tendréis paz y podréis partir para
siempre. Porque yo soy Elessar, el heredero de Isildur de Gondor".
Cuando hubo dicho esto, ordenó a Halbarad que desplegase el gran estandarte que
había traído; y he aquí que era negro, y si tenía alguna insignia, no se veía en
la oscuridad. Entonces se hizo el silencio; ni un murmullo ni un suspiro volvió
a oírse en toda aquella larga noche. La compañía acampó en las cercanías de la
piedra, aunque los hombres, atemorizados por los Espectros que los cercaban,
casi no durmieron.
A Legolas los espectros no le preocupaban, lo que le preocupaba era lo que fuese
capaz de hacer Éowyn. Posiblemente se había quedado en Edoras, pero poco
probable era y sería una sorpresa para Legolas, porque sabiendo que ya había
luchado en la Batalla de Cuernavilla, posiblemente esta no sería ninguna
excepción. Pero lo que debía hacer era descansar un poco. Habían cabalgado
durante todo el día y debía estar fresco por la mañana para aguantar el ritmo
con el que Elessar les estaba llevando.
Pero cuando llegó la aurora, pálida y fría, Aragorn se levantó; y guió a la
compañía en el viaje más precipitado y fatigoso que ninguno de los hombres;
salvo él mismo, había conocido jamás; y sólo la indomable voluntad de Aragorn
los sostuvo e impidió que se detuvieran. Nadie entre los mortales hubiera podido
soportarlo, nadie excepto los Dúnedain del Norte, y con ellos Legolas de los
Elfos y Gimli el Enano.
Pasaron por el desfiladero de Tarlang y desembocaron en Lamedon, seguido por el
Ejército de los Espectros y precedidos por el terror. Y cuando llegaron a
Calembel, a orillas del Ciril, el sol descendió como sangre en el oeste, detrás
de los picos lejanos de Pinnath Gelin. Encontraron la ciudad desierta y los
vados abandonados, pues muchos habían huido a las colinas ante el rumor de la
venida del Rey de los Muertos. Y al día siguiente no hubo amanecer, y la
Compañía Gris penetró en las tinieblas de la Tempestad de Mordor, y desapareció
a los ojos de los mortales; pero los Muertos los seguían.
¸¸,ø¤º°º¤ø °`°º¤ø,¸ CONTINUARA °º¤ø,¸¸,ø¤º°`°º¤ø,¸
|
|