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Severus pagó la cuenta y salimos del bar. Caminamos rápidamente y en silencio
hacia las afueras del pueblo, donde habíamos dejado el carruaje; pero en cuanto
nos encontramos en una calle no tan concurrida, me tomó de la mano y echamos a
correr hasta que llegamos al aparcamiento. Entré apresuradamente a nuestro
vehículo y lo ayudé a subir; apenas habíamos cerrado la puerta cuando me colgué
de su cuello y nos enzarzamos en un profundo y apasionado beso que hizo que mi
sangre hirviera al instante. Severus me estrechó contra él, arrancándome
deliciosas sensaciones; dócilmente, dejé que me recostara en el asiento y se
colocara sobre mi, mientras batallaba para quitarle su cazadora de piel. Por
Merlín, nunca me había sentido tan excitado en toda mi vida, ni siquiera bajo
los efectos de la poción de Viña y Cítrica.
La visión de Snape y esa perfecta expresión de deseo en sus ojos negros me
causaba un placer indescriptible, y apenas fui conciente de que el carruaje se
estaba moviendo a gran velocidad rumbo al castillo. Por fin pude sacarle la
cazadora y metí mis manos bajo su camisa, acariciando su pálida piel; el gemido
que escapó de sus finos labios fue música para mis oídos.
-No se que me has hecho, no lo se...- susurrró mientras llenaba mi cuello de
cálidos besos. Sentí que se sentaba a horcajadas sobre mis caderas y sus manos
me abrían la camisa, dejando mi pecho desnudo y a su merced.
-Yo tampoco lo comprendo...- le dije, acariiciando sus muslos. Me di cuenta de
que estaba tan excitado como yo y aventuré mi mano sobre su dureza. Severus
cerró los ojos y se arqueó sensualmente ante mi toque; era la expresión misma
del erotismo. Sentí que la cabeza me daba vueltas y me incorporé sobre mis codos
para atrapar sus labios. Los besos y las caricias se estaban volviendo cada vez
mas ardientes y la ropa desaparecía con rapidez
Seguimos nuestro intercambio de besos y caricias mientras el resto de nuestra
ropa desaparecía. A través de la neblina del deseo, pude escuchar como Severus
hurgaba a tientas en un bolsillo de su chaqueta y extraía un frasquito de
lubricante. Mientras lo abría y comenzaba a prepararme amorosamente,
distraídamente pensé que por lo visto Severus venía preparado para todo... Un
momento, ¿para todo, todo?
Un inquietante pensamiento me asaltó de repente, ¿y si...? Sin poderlo evitar,
comencé a retorcerme bajo el cálido cuerpo de Severus.
-Tranquilo, Harry- escuché que susurraba enn mi oído, mientras se ubicaba entre
mis piernas solicitando entrada-. No te va a doler.
-No, Sev, es que...- trataba de explicar miientras continuaba esquivándolo, pero
el parecía no darse cuenta.
-Harry, tranquilízate. Mi puntería no es laa misma que cuando tenía veinte años y
si te sigues moviendo, no le voy a atinar- habló con un susurro ronco mientras
besaba mi cuello y trataba de colocarse una vez más.
-No, espera...- insistí, alejándome a durass penas-...espera un momento. Tengo
que hacerte una pregunta.
-¿Una pregunta?- repitió él, jadeando y mirrándome como si me hubieran salido un
par de antenas y con los ojos nublados por el deseo-. Señor Potter, por si no se
había dado cuenta estoy a punto de explotar. ¿Cuál puede ser esa pregunta tan
importante como para hacer que me detenga en medio de... de... esto?- el hombre
estaba definitivamente desconcertado.
-¿Tienes protección?- pregunté acariciándolle la mejilla con el ánimo de
apaciguarlo.
-¿Protección?- Severus frunció el ceño con muy, pero que muy mala cara-. ¿A que
demonios te refieres con ‘protección’?
-Pues eso- respondí yo casi tartamudeando-.. Protección contra un posible
embarazo.
Severus se quedó un momento aturdido, incapaz de decir algo, mientras su dureza
seguía palpitando dolorosamente, reclamando atención inmediata.
-Señor Potter, le recuerdo que usted es hommbre, y los hombres “NO QUEDAN
EMBARAZADOS”.
-Eso no es cierto, Sev- argumenté-. Hermionne me comentó que ha habido casos de
embarazos masculinos entre los magos.
-Maldita sabelotodo metomentodo, si todavíaa estuviera en la escuela quitaría
todos los puntos a su casa- masculló en voz baja, aunque lo alcancé a oír.
Después agregó en un tono más alto-. La posibilidad de embarazo masculino en el
mundo mágico es algo así como una en un millón- replicó serenamente, intentando
convencerme-. De hecho, creo que sólo ha habido dos casos en toda la historia.
-Pues conociendo mi mala suerte- contesté ssin dejarme convencer-, estoy seguro
que yo sería el tercer caso.
-Podemos lanzar un hechizo contraceptivo y ya- sugirió Severus, feliz al haber
recordado que existía tal cosa, pensando que ahora podríamos seguir con lo
nuestro.
-Esos hechizos tienen un cinco por ciento dde error.
-Pero un cinco por ciento de una en un milllón debe dar algo así como... una
oportunidad en un billón- sabía que ese no era el resultado, pero él no es
matemático ¿cierto? Además, en ese momento creo que estaba pensando con la otra
cabeza.
-No, Severus, no me convences. Tenemos que buscar protección.
-¿Y que propones?- supongo que pensó que, oo me hacía caso o esa iba a ser una
noche muy dolorosa.
-Tenemos que ir a comprar un condón.
-¿Un condón?- repitió Severus frunciendo ell entrecejo. Gruñó audiblemente; era
evidente que no quería hacerlo, pero se rindió y al fin preguntó-. ¿Qué demonios
es un condón?
-Es algo que usan los Muggles para evitar eel embarazo- replique, rogando porque
no me preguntara como se usaba, al menos no todavía. Necesitaba algo de tiempo
para convencerlo.
-¿Y dónde podemos encontrar esa cosa Mugglee?
-En una farmacia Muggle- contesté apurado yy antes que Severus pudiera decir
nada, agregué-. Los Threstal nos pueden llevar a alguna que esté de turno.
Estoy seguro que si Severus hubiera estado en sus cabales me hubiera lanzado una
maldición y me hubiera dejado por la paz, pero ¿ya dije que en esos momentos
estaba pensando con la otra cabeza? Así que, se rindió al fin.
-Está bien- gruñó con cara de Muggle tomanddo purgante-. Vamos a buscar esa
maldita farmacia o lo que sea- lanzó a los Threstal un fuerte silbido y los
animales se detuvieron de inmediato-. Cambio de planes, chicos- esos bichos no
podían entenderlo ¿o si?-. Vamos a buscar una farmacia Muggle.
Uno de los animales se volvió hacia nosotros y juro que en su rostro sin
expresión apareció una mueca de disgusto. Luego se giró nuevamente, y bufando,
ambos Threstal arrancaron a toda velocidad.
°°°°
Quince minutos y ciento cincuenta mil (juro que no exagero) gruñidos más tarde,
nos detuvimos frente a una farmacia Muggle donde se podía leer el cartelito de
“Turno”. Por suerte teníamos dinero Muggle, porque si le hubiera dicho a Sev que
teníamos que ir a cambiar dinero, seguro que yo ya estaría muerto.
Severus se bajó apresuradamente arrastrándome tras él y entramos en un local muy
limpio y brillantemente iluminado, donde en inmensos armarios se podían observar
innumerables recipientes de diversos tamaños y formas. En el mostrador, un
hombre maduro de pelo entrecano atendía a una anciana que parecía estar algo
sorda, por lo que estaba repitiéndole en voz alta y pausada las indicaciones
para tomar la medicina que le estaba vendiendo.
Cuando nos acercamos, una linda joven de unos veinte años se acercó mirándonos
un tanto extrañada. Imagino que le sorprendía ver entrar a las dos de la mañana
a dos hombres guapos (que somos guapos es innegable, ¿a que sí?) uno sonriente
pero vestido con una indumentaria un tanto estrafalaria para el mundo Muggle y
el otro bien vestido, pero con una cara de cabreo monumental.
-Buenas noches, señores- nos preguntó cortéésmente-. ¿En qué los puedo ayudar?
Ante la pregunta, debo reconocer que tanto Severus como yo quedamos un poco
cortados. Yo jamás había entrado a comprar un condón a una farmacia y Severus ni
siquiera sabía qué era eso. Temiendo lo que pudiera decir mi pareja, me adelanté
a contestar, algo titubeante.
-Verá señorita... nosotros queríamos- a esee punto debía estar rojo grana, pero
no lo podía evitar-. Vera... queríamos comprar...
-Esos malditos aparatejos Muggle- soltó Sevverus de sopetón, claramente
impaciente-. ¿Cómo los llamaste?- dijo mirándome por un momento, antes de volver
la vista hacia la joven-. Ah, sí, condones.
Ante esta petición hecha con un tono fuerte y casi desesperado, todas las
personas presentes en el lugar fijaron la vista en nosotros.
-Ya veo- respondió la dependienta con tono profesional-. ¿De que marca?
-¿Marca?- preguntó Severus confundido-.¿Hayy varias marcas?
-Tenemos en existencia ocho marcas diferenttes, pero existen muchas más- explicó
la muchacha.
-Pues no sé de marcas- Severus se movía de un lado a otro. Parecía que estaba a
punto de sacar su varita y lanzarle una maldición-. Denos cualquiera...
-Denos la mejor- intervine yo, colocando unna mano sobre el brazo de mi hombre
para tranquilizarlo.
La joven me miró sonriente y sacó una caja dorada.
-Esta es la mejor marca- nos informó-. Comppletamente garantizados. ¿De que
tamaño los quiere?
Me gire hacia Severus preguntándole con los ojos, pero al ver su cara de
desconcierto me di cuenta que no tenía idea de qué se trataba.
-Sev- murmuré en voz baja-. Necesita saber el tamaño.
-¿El tamaño de qué?
-Bueno... tu sabes- ahora si que yo estaba rojo carmesí-. Tú tamaño.
La chica, viendo mi predicamento, sacó varias muestras de condones.
-Estos son todos los tamaños disponibles- iindicó, mirando a Severus, pero sin
agregar nada más.
Él enrojeció hasta la raíz del cabello, mirándome con furia por haberlo puesto
en tal situación. Luego detalló las diferentes muestras y, sin atreverse a mirar
a los ojos de la dependienta, señaló la muestra más grande, cuyo tamaño hubiera
podido servir como paracaídas a la tía Marge inflada.
Su gesto originó diversas reacciones en las personas presentes. Yo lancé un
“¡Oh, por Merlín!” mientras inconscientemente llevaba una mano a mi trasero en
gesto protector. La dependienta amplió su sonrisa con un brillo inusual en sus
ojos; el dependiente rió entre dientes y hasta la viejita sorda, que por lo
demás veía ‘muy bien’, esbozó una pícara sonrisa desdentada.
Severus no sabía donde meterse y escuché cuando juraba por lo bajo que me
cobraría la humillación, y con intereses.
-Muy bien- la joven que nos atendía regresóó a su tono profesional-. Con extra
lubricación ¿no?- preguntó con toda intención.
-¡Definitivamente!- acepté, lanzando inquieetas miradas a la dichosa muestra de
condón.
-¿Algún sabor en particular?
Ahora no sólo Severus, sino también yo miramos a la chica aturdidos ¿De qué
demonios hablaba aquella mujer?
-Supongo que sin sabor- dijo ella, contenieendo la risa a duras penas-. ¿Cuántos
van a llevar?
-¿Cuántos llevamos?- susurró Severus para qque sólo yo fuera capaz de oírlo.
-No sé- contesté dudando-. Tiene que ser unno por cada vez- expliqué, también
cuchicheando.
Severus levantó la cabeza y sonrió como no lo había hecho en la última hora,
parecía el gato que se acababa de comer al canario. Luego de mirarme de una
forma que me asustó, se giró hacia la dependienta y pidió:
-Deme ocho docenas.
Ahora si que estaba aterrado y comencé a sudar frío mientras mi huequito se
estremecía. ¿Acaso ese hombre pensaba matarme?
Luego de pagar y tomar su pedido, Severus giró en redondo con toda la dignidad
que le quedaba y sonrió ampliamente viendo el paquete en sus manos. Al verlo, no
pude hacer otra cosa que rezar. Mejor me iba preparando. La hora de la venganza
había llegado.
Fin
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