EL BERRIDO
Dicen
que el destino está escrito pero, en todo caso, nuestro hombre no sabía
leerlo. Además, para qué. Nada podía haber menos insondable que su futuro
en las próximas horas. Todo iba a desarrollarse como había sido en los últimos
siete años, es decir, primero a desayunar, luego al trabajo, luego volver a
casa. Sin embargo, es cierto que, al salir por la puerta, nadie se imagina cómo
va a acabar el día.
Todo
empezó con el grito de un niño pequeño, hacia las siete de la tarde. Era en
el piso de arriba. Gritaba como un demonio el condenado, y su madre lo paseaba
de un lado para otro. Podía oír sus pasos a través del techo. A pesar de
estar acostumbrado a los ruidos y jadeos de sus vecinos de al lado, a las
charlas de los jóvenes semiborrachos los fines de semana, los bocinazos de
los coches en triple fila y las patadas nocturnas a los cubos de basura, no
pudo acostumbrarse a la ruidosa novedad del niño. El grito de un bebé
resulta más molesto que el claxon de un camión. Tiene algo que nos alarma y
sobresalta a pesar nuestro.
Como
no era su casa, pensó: "ni caso". Pero no pudo. El ser no paraba de
berrear, pobre criatura desvalida. "Seguramente ya está chantajeando
desde tan mico a su madre por quién sabe qué. Quizá, simplemente, por
fastidiar. Los niños lloran a veces sin razón, para fastidiar, porque no
quieren vivir y les obligan a ello. En cierto modo, no es para extrañarse.
Tienen que vernos horribles, seres narigudos de bocazas gesticulantes, ojos
como platos, brazos como grúas, manos como ruedas de molino para prensar lo
que caiga en ellas”. Sin embargo, estas reflexiones no le conmovieron lo más
mínimo. "¿Por qué no les dan un poco de láudano a los chavalicos?
-pensó. -Dormirían más a gusto y dejarían de dar la tabarra, pequeños
perversos. (La verdad, no sé ni por qué ni para qué los traen al
mundo)."
Llamaron
a la puerta. Era la madre, con el crío en brazos, que seguía llorando.
Estaba hecha polvo, la verdad, y él puso su cara amable, no fuera a adivinar
lo que estaba pensando hace un momento.
-Hola.
-Mira,
perdona que te moleste, pero es que ya no sé qué hacer con el crío.
Acabamos de mudarnos de piso, y estoy esperando a que llegue mi marido, pero
el niño no para de llorar, y...
-Ya
veo -le interrumpió, dándose cuenta de que quizá había metido la pata.
-...y
quiero pedir un taxi para llevarlo al hospital, pero es que todavía no nos
han puesto el teléfono.
-Pasa,
por favor, no faltaba más, ¿sabes el número?
-Sí,
sí.
Mientras
tanto, el chaval no paraba de llorar y de hipar, soltando baba a troche y
moche, criaturica. "¡Qué madre más exagerada, sólo porque su hijo
llora quiere llevarlo al hospital, se van a reír de ella!" -pensó
fugazmente. Como si hubiera oído sus reproches, ella contestó:
-Verás,
es que el pediatra me dijo que tenía problemas intestinales pero que de
momento no me recetaba nada, a menos que empezara a dolerle mucho...
-Ya,
claro, es que como nosotros no lo sufrimos nos creemos que es poca cosa
-respondió apresuradamente.
Lo
lógico hubiera sido, pensándolo bien, que ella le dictara el número de teléfono,
pero debía estar deseando dejar el peso de sus brazos, aquel fardo infantil,
en los de otro. "Tanto querer traer niños, y luego están deseando soltárselos
al primero que pase" -se dijo. Y sin comerlo ni beberlo, se encontró con
la odiada criatura en sus brazos. Encima, tuvo que sonreír y ponerle buena
cara. Y le dio pena -tuvo que reconocer-, pobrecita criatura doliente que
viene al mundo ya fastidiada sin haber hecho ni mú para merecerlo. Fue
entonces cuando, entre sus brazos, aquel angelito calló de repente, lanzándole
una fugaz sonrisa, y se quedó dormido. Así, como suena. La madre, a mitad de
marcar el número por tercera vez, porque siempre estaba comunicando, se quedó
estupefacta, y él aún más. Aquello era inexplicable.
-¿Qué
le has hecho? -preguntó sorprendida.
Pero
ya lo había visto: nada.
-Yo
qué sé. Le he cogido en brazos y ya ves, se ha quedado tieso.
Decidieron
no llamar al taxi, ¿para qué, si el angelito dormía? Le pidió que lo
metiera en la cuna si no le importaba, no se fuera a despertar. "Vaya si
me importa, qué pinto yo haciendo de padre, manejando esa alma de Dios
productora de desechos malolientes, sin decencia ni ética, nada más que
chupar del bote, dormir y dar la murga”. Todo esto iba en contra de sus
instintos más afianzados, pero tuvo que hacerlo. Al menos -se consoló-, ya
no tendría que escuchar sus berridos.
A
los dos días, la vecina le volvió a traer el niño para que lo cogiera en
brazos. Le dijo que le daba mucha vergüenza pedírselo, pero que, como
llevaba dos horas sin parar de llorar y no se dormía... "Pero bueno
-pensó indignado- ¿está en sus cabales esta buena mujer, o está medio
loca?" Y de nuevo tuvo que hacerlo, aunque fuera para que se callase, y
de nuevo la criatura mudó la lágrima en sonrisa y cerró los ojos, mascando
con fruición el chupete. "Este niño se ríe de mí, y no sé si hasta
la madre. Pero si se piensan que voy a estar de niñera cuando les dé la
gana, lo tienen claro. Juro que es la última vez que lo cojo en brazos, la última".
El niño se calmó y se quedó dormido. Así es la vida, las cosas pasan y
nadie sabe cómo.
Al
día siguiente, la vecina le trajo a una amiga con otro niño desgañitándose
en sus brazos... y una botella de whisky, por las molestias, ya se sabe.
Estuvo a punto de mandarlas a paseo a las dos junto con la botella y el bebé,
pero no pudo. Aquella gente venía de buena fe. "Sí, de buena fe, sí,
-reflexionó. Pero, ¿otra vez a coger un niño en brazos? ¿Qué se han creído?"
Pregunta que al principio no se hizo de veras, era sólo pura indignación,
pero que ahora había cedido al asombro: sí, ¿qué se han creído?
Se
había puesto en marcha una dinámica imparable. Los vecinos hablaron con más
vecinos, con amigos, y por más que él afirmaba que no sabía nada, ni de ungüentos,
ni de huesos, ni de leche frita, no hubo manera. La fe mueve montañas, y le
venían atacados de lumbago, de artrosis, le venían embarazadas para que les
diera buena suerte, operados de corazón, de riñón, de próstata y hasta un
ciego. Él se negaba a hacerles nada, pero ellos insistían en que les pusiera
las manos a cambio de lo que pidiera y pudieran darle. "Como no voy a
hacer nada, no pido nada", les decía, pero se le notaba la cara de pena.
Ver tanto dolor y tanta miseria humana joroba a cualquiera que no sea médico
de profesión y esté inmunizado. Entonces les imponía las manos, que ellos
recibían con esperanzado temblor, y le daban un regalo. "Ya se les pasará
esta estúpida fiebre del curanderismo -pensaba-. Sobre todo cuando se den
cuenta de que siguen igual de mal."
Nunca
preguntó cómo les iba a los que acudieron a él, ni ganas de preguntarlo.
Pero el caso es que no paraba de venir gente. Y como no podía cerrarles la
puerta en las narices encima de que venían con buenas maneras, y como los
regalos ya se le amontonaban en las habitaciones, decidió cortar por lo sano
antes de que le volvieran loco. Decidió mudarse de piso sin decir nada.
Estaba
a punto de firmar el contrato de alquiler del nuevo apartamento, cuando le
entró una flojera súbita, una especie de depresión. Se sentía un traidor a
la especie humana, por más que intentara convencerse de lo contrario. "¿Qué
traición ni qué niño muerto, si no voy a hacer nada malo?" -se dijo.
Pero cuanto más se intentaba convencer, menos se convencía. Llamó a la
inmobiliaria para decirles que daba marcha atrás. Al cabo de un año dejó
incluso el trabajo, y esto sí que ya no tenía marcha atrás. En estos
tiempos, cuando ya nadie cura sino que repara, se hizo, o mejor, le hicieron,
curandero. Y si pasáis por su barrio, fácilmente
daréis con él, allí sigue al cabo de los años, "ejerciendo" por
la fe de la gente. Sigue diciendo que no sabe curar, pero no le cree nadie, y
su casa se cae de jamones, lomo, vinos y fruta. Todo porque un niño se puso a
llorar un día, una tarde, hace ya mucho tiempo.
Luis Fernández-Castañeda