EL
CHINO VOLADOR
El
Imbécil es un niño imprevisible. Eso lo dice la Luisa. Siempre dice que el
Imbécil es un niño imprevisible. Y yo lo repito:
1.
Porque es verdad.
2.
Porque las palabras no pertenecen a nadie. Y aunque ésta es una palabra que a
mí no se me ocurriría utilizar nunca, la utilizo porque es verdad, porque el
Imbécil es un niño imprevisible.
Resulta
que mi madre se pasó no sé cuántos días dándole vueltas a cómo decirle
al Imbécil que dentro de nueve meses íbamos a tener un hermano, o en su
defecto, hermana, porque decía que el pobre se iba a deprimir bastante porque
era lo que menos se podía esperar un niño que desde que nació es el
mimadito de la sociedad. Mi madre es así, se le notan las preferencias desde
Carabanchel Bajo: no te creas que se preocupaba por mí, qué va, sólo se
preocupaba por su Imbécil. El Imbécil ha tenido suerte desde que nació.
Todo el mundo siempre ha estado pendiente de él, adorándole, sobre todo mi
madre, que babea con él. Y a mí, siempre, que me den morcillas porque dicen
que soy un celoso que siempre está comparándose con el hermano pequeño. Y
es verdad, yo siempre comparo lo que se gastan en el cumpleaños del Imbécil
y lo que se gastan en el mío. Conozco los precios del mercado. Y siempre se
gastan en sus regalos por lo menos uno o dos euros más. Y eso a mí me duele
bastante. Pero mi depresión a mi madre no le importa, a ella sólo le importa
la depresión que se va a pillar ahora el Imbécil cuando le llegue el
hermano, o en su defecto, hermana, y tenga que salir pitando de la habitación
de mis padres, que ya va siendo hora porque actualmente es un niño de casi
cinco años al que se le salen las patas por los barrotes de la cuna, y no me
digas a mí que eso es normal.
Pero
ya te digo, mi madre se pasó todas las navidades hablando secretillos con la
Luisa, con mi padre, misteriosa todo el tiempo, y yo estaba supermosqueado
porque a mí la gente cuando se pone a hablarse al oído es que me cae fatal
aunque sean de mi familia. Pero un día histórico, el día de antes de Reyes,
mi madre le dijo a mi abuelo que se bajara al Imbécil
a la Cabalgata de Carabanchel, y ya me estaba poniendo yo la chupa para
irme con ellos y suelta mi madre: no, Manolito, tú espérate un momento
conmigo y luego les alcanzamos. Yo ya tenía la boca abierta para protestar;
bueno, la verdad es que yo siempre tengo la boca abierta porque como las gafas
se me van bajando hasta la mitad de la nariz no respiro bien y tengo que
llevar la boca abierta todo el tiempo; pero digo que tenía ya la boca para
decirle que también quería ver la cabalgata desde el principio (de los
tiempos), y en esto que va mi madre y me guiña el ojo mirando al Imbécil. Y
me quedé bastante intrigado. El Imbécil y mi abuelo tardaron mucho en irse
porque el Imbécil no encontraba su chupete cochambroso, uno que tiene desde
que nació y que mi madre hierve cada dos por tres porque al Imbécil se le ha
caído al váter y a la calle y al cubo de la basura, pero es preferible
hervirlo a soportar sus aullidos de dolor. Luego también estuvo buscando a la
Barbie Corazón, que es su preferida, y estaba empeñado en enseñarle a esa
Barbie la Cabalgata porque el Imbécil es un niño que se cree que las Barbies
son gente humana. Y encima mi madre se pasó media hora abrigándolo, que yo
creo que un día lo va a ahogar porque le pone la bufanda apretada hasta los
ojos y ha habido veces que yo he visto al Imbécil rojo y es que no le estaba
llegando el oxígeno a su cerebro. Mi madre le pone la bufanda tan apretada
que los mocos del Imbécil se van desparramando por la bufanda y ahí se
quedan secos como el pegamento y cuando llega a casa por la noche la bufanda
se le ha quedado pegada y hay que pegarle un tirón como cuando la Luisa se
hace la cera en el bigote, que yo la he visto.
Cuando
por fin mi abuelo y el Imbécil se fueron después de que el Imbécil le diera
cien mil besos a mi madre, que parecía que no se iban a ver en cinco años,
yo y mi madre nos quedamos solos frente a frente. La tensión se mascaba
bastante. Y entonces fue cuando mi madre se sentó en una banqueta del mueble
bar, que parece que la estoy viendo ahora mismo, y dijo:
--A
lo mejor tenemos un hermanito.
Y
yo me quedé, te lo juro, que si en ese momento, por ejemplo, hay un terremoto
o una catástrofe nuclear en Carabanchel (Alto) es que ni la hubiera sentido
porque eso era lo que menos me esperaba en la vida: un hermanito. Y entonces
mi madre me dijo que tampoco se lo esperaba y que había sido una sorpresa
bastante sorprendente, pero que al final todos íbamos a ser muy felices
porque un niño recién nacido trae mucha alegría a las familias, aunque las
familias no quieran al principio a ese recién nacido, pero como ese recién
nacido tiene una gracia que te mueres, la familia, que al principio es que no
quería ni verlo, lo pasa muy bien riéndose a mandíbula batiente del recién
nacido ese. Ya me conozco el tema. Mi madre me lo vendió de la misma manera
cuando el Imbécil estaba a punto de llegar a este mundo y yo me lo creí
porque entonces era un niño de la infancia y no sabía nada de la vida, pero
ahora a mí no me venden esa moto. De todas formas mi madre no estaba
preocupada por mí, ya te digo, sino por su ojito derecho, estaba preocupada
por cómo se lo iba a tomar el Imbécil y lo que de verdad quería era que yo
le dijera al Imbécil que tener un hermanito (o en su defecto, hermanita) es
algo que todos los niños deberían estar deseando. Las madres son muy listas.
Y la mía, la más lista de todas.
Total,
que al día siguiente fue Reyes, y al día siguiente, el día de después de
Reyes (claro), y luego empezamos otra vez el colegio y la vida volvió a ser
un rollo. Y todo ese tiempo sin decirle nada al Imbécil porque mi madre decía
que no encontraba el momento. Pero estábamos el sábado viendo en la tele Arma
letal III, que es la película favorita del Imbécil, y en esto que llegan
los anuncios y sale un anuncio de Iberia en el que se ve un cielo plagado de
bebés voladores de todas las razas del mundo, bebés blancos, chinos, negros,
indios, etcétera. Y mi madre va y le pregunta al Imbécil:
--¿No
te gustaría tener uno de esos, cariño?
--Sí,
uno. El nene quiere uno.
--¿Quieres
que te lo traiga mamá?
--Quiero
el chino.
--Quiero
el chino.
--¿Y
si te traigo uno que no sea chino? Mira ese que no es chino –dijo mi madre
señalándole uno rubio--, también es muy gracioso.
--No,
el nene quiere el chino. Si no es chino, el nene no lo quiere.
Nos
quedamos todos pensativos porque el Imbécil es un niño de ideas fijas y además
tiene una memoria de elefante, y como avisara de que lo quería chino iba a
montar un pollo cuando viera que a mis padres los niños no les salen chinos,
les salen como nosotros.
Te
parecerá que somos idiotas en mi familia, pero nadie se atrevió a decirle al
Imbécil que el hermanito, o en su defecto hermanita, nunca sería chino, y a
partir de aquel momento bastante histórico todos hablamos de la llegada del
chino, del nacimiento del chino, de cómo se iba a llamar el chino. Te decía
al principio que el Imbécil es imprevisible porque en vez de pillarse la típica
depresión preparto cada vez que le nombrábamos al chino es que se partía de
risa y preguntaba todo el tiempo, cuando llegábamos del colegio, que si el
chino había llegado ya por fin. Está impaciente, decía mi madre, tiene
muchas ganas de tener a su hermanito. Y el Imbécil la corregía:
--El
nene tiene ganas de tener al chino.
Porque
la idea que tenía el Imbécil de un hermanito era bastante rara, la verdad.
Un día que oyó a mi madre que hablaba de que había que ir pensando en
arreglar el cuarto y comprarnos las literas a mí y al Imbécil, el Imbécil
salió de casa como loco, y de pronto oímos los ladridos de la Boni y la Boni
venía mordiéndole los pantalones. Pero el Imbécil, ni caso porque no tiene
miedo ni a las personas ni a los animales.
--Aquí
dormirá el chino –dijo poniendo el cojincillo al lado del mueble bar.
También
otro día subió la Luisa diciendo que le había desaparecido el cacharro del
pienso de la Boni, y lo encontramos en el mismo sitio, detrás del mueble bar.
El Imbécil se creía que al chino lo íbamos a criar por los suelos, y que
nunca ningún bebé volador lo iba a expulsar de su cuna en el cuarto de mis
padres, y que seguiría ahí hasta que le salieran dos patas peludas por los
barrotes de la cama como si fuera Gulliver en la cárcel de los Liliputienses.
Y que nunca habría otro niño
sentado en una trona como la que él tiene para comer, desde la que nos manda
como un dictador y nos tira garbanzos a propulsión con la cuchara como no
obedezcamos pronto sus órdenes. El Imbécil también se creía que al chino
habría que bajarlo al parque como a la Boni para que hiciera sus cosas, y que
le podríamos llevar con correa.
Un
día que fuimos con mi madre al ambulatorio para ver si el chino seguía
engordando en su barriga, una señora, que era como todas las señoras, una
cotilla, le preguntó al Imbécil si estaba contento porque iba a tener un
hermanito nuevo. Y el Imbécil le contestó que no iba a tener un hermanito,
que iba a tener un chino, y que mi madre lo llevaba en la barriga, pero que
era un chino bueno y no mordía y que a veces se notaba que estaba vivo porque
movía el rabo. Y el Imbécil agarró a la señora la mano y se la puso encima
de la barriga de mi madre y gritó:
--¡Ahora,
ahora está moviendo el rabo el chino!
Y
la señora se pegó un susto y nos miró raro. Y mi madre se quedó sonriéndola
como sin saber qué decir, y yo le dije a mi madre que alguna vez tendríamos
que decirle al Imbécil algo de la verdad de la vida y de lo que le esperaba.
Y mi madre me dijo: ya llegará el momento, no quiero líos antes de tiempo. Y
yo le dije que el Imbécil en realidad lo que quería tener era un perro, y mi
madre dijo: no me calientes la cabeza, que siempre me calientas la cabeza. Y
yo dije que vale, que bueno, pero que el que avisa no es traidor. Y luego
vimos al chino en la ecografía y el médico nos enseñó la foto del chino
que estaba bastante oscura y el Imbécil señaló una mancha y dijo: el rabo
del chino, y el médico nos echó a la sala de espera. Y el Imbécil me dijo:
aquí no dejarán pasar al chino, el nene se quedará con el chino en el
parque cuando el chino nazca.
Es
un niño bastante cabezota y cuando se le mete algo en la cabeza, no le digas
lo contrario. Yo pensé que el día en que naciera el chino/a, los aullidos se
oirían hasta Carabanchel Bajo. Pero de momento tenía razón mi madre, era
mejor no contarle la verdad verdadera, porque conociendo como conocemos al Imbécil,
¿quién se atrevía?, ¿te hubieras atrevido tú?
Relato publicado en el diario El País,
en
diciembre de 2002