Biblioteca Marxista


Obras de MARX y ENGELS



III. Literatura socialista y comunista
1. EL SOCIALISMO REACCIONARIO.

a) El socialismo feudal.

Por su posici�n hist�rica, la aristocracia francesa e inglesa estaba llamada a escribir libelos contra la moderna sociedad burguesa. En la revoluci�n francesa de julio de 1880 y en el movimiento ingl�s por la reforma parlamentaria, hab�a sucumbido una vez m�s bajo los golpes del odiado advenedizo. En adelante no pod�a hablarse siquiera de una lucha pol�tica seria. No le quedaba m�s que la lucha literaria. Pero, tambi�n en el terreno literario, la vieja fraseolog�a de la �poca de la Restauraci�n
1 hab�a llegado a ser inaceptable. Para crearse simpat�as era menester que la aristocracia aparentase no tener en cuenta sus propios intereses y que formulara su acta de acusaci�n contra la burgues�a s�lo en inter�s de la clase obrera explotada. Di�se de esta suerte la satisfacci�n de componer canciones sat�ricas contra su nuevo amo y de musitarle al o�do profec�as m�s o menos siniestras.

As� es como naci� el socialismo feudal, mezcla de jeremiadas y pasquines, de ecos del pasado y de amenazas sobre el porvenir. Si alguna vez su cr�tica amarga, mordaz e ingeniosa hiri� a la burgues�a en el coraz�n, su incapacidad absoluta para comprender la marcha de la historia moderna concluy� siempre por cubrirle de rid�culo.

A guisa de bandera, estos se�ores enarbolaban el saco de mendigo del proletariado, a fin de atraer al pueblo. Pero cada vez que el pueblo acud�a, advert�a que sus posaderas estaban ornadas con el viejo blas�n feudal y se dispersaba en medio de grandes e irreverentes carcajadas.

Una parte de los legitimistas franceses y la "Joven Inglaterra" han dado al mundo este espect�culo c�mico.

Cuando los campeones del feudalismo aseveran que su modo de explotaci�n era distinto del de la burgues�a, olvidan una cosa, y es que ellos explotaban en condiciones y circunstancias por completo diferentes y hoy anticuadas. Cuando advierten que bajo su dominaci�n no exist�a el proletariado moderno, olvidan que la burgues�a moderna es precisamente un reto�o necesario del r�gimen social suyo.

Disfrazan tan poco, por otra parte, el car�cter reaccionario de su cr�tica, que la principal acusaci�n que presentan contra la burgues�a es precisamente haber creado bajo su r�gimen una clase que har� saltar por los aires todo el antiguo orden social.

Lo que imputan a la burgues�a no es tanto el haber hecho surgir un proletariado en general, sino el haber hecho surgir un proletariado revolucionario.

Por eso, en la pr�ctica pol�tica, toman parte en todas las medidas de represi�n contra la clase obrera. Y en la vida diaria, a pesar de su fraseolog�a ampulosa, se las ingenian para recoger los frutos de oro2 y trocar el honor, el amor y la fidelidad por el comercio en lanas, remolacha azucarera y aguardiente3.

Del mismo modo que el cura y el se�or feudal han marchado siempre de la mano, el socialismo clerical marcha unido con el socialismo feudal.

Nada m�s f�cil que recubrir con un barniz socialista el ascetismo cristiano. �Acaso el cristianismo no se levant� tambi�n contra la propiedad privada, el matrimonio y el Estado? �No predic� en su lugar la caridad y la pobreza, el celibato y la mortificaci�n de la carne, la vida mon�stica y la Iglesia? El socialismo cristiano no es m�s que el agua bendita con que el cl�rigo consagra el despecho de la aristocracia.


b) El socialismo peque�o burgu�s.

La aristocracia feudal no es la �nica clase derrumbada por la burgues�a y no es la �nica clase cuyas condiciones de existencia empeoran y van extingui�ndose en la sociedad burguesa moderna. Los habitantes de las ciudades medievales y el estamento de los peque�os agricultores de la Edad Media fueron los precursores de la burgues�a moderna. En los pa�ses de una industria y un comercio menos desarrollado, esta clase contin�a vegetando al lado de la burgues�a en auge.

En los pa�ses donde se ha desarrollado la civilizaci�n moderna, se ha formado -y, como parte complementaria de la sociedad burguesa, sigue form�ndose sin cesar- una nueva clase de peque�os burgueses que oscila entre el proletariado y la burgues�a. Pero los individuos que la componen se ven continuamente precipitados a las filas del proletariado a causa de la competencia y, con el desarrollo de la gran industria, ven aproximarse el momento en que desaparecer�n por completo como fracci�n independiente de la sociedad moderna y en que ser�n reemplazados en el comercio, en la manufactura y en la agricultura por capataces y empleados.

En pa�ses como Francia, donde los campesinos constituyen bastante m�s de la mitad de la poblaci�n, era natural que los escritores que defienden la causa del proletariado contra la burgues�a, aplicasen a su cr�tica del r�gimen burgu�s el rasero del peque�o burgu�s y del peque�o campesino, y defendiesen la causa obrera desde el punto de vista de la peque�a burgues�a. As� se form� el socialismo peque�oburgu�s. Sismondi es el m�s alto exponente de esta literatura, no s�lo en Francia, sino tambi�n en Inglaterra.

Este socialismo analiz� con mucha sagacidad las contradicciones inherentes a las modernas relaciones de la producci�n. Puso al desnudo las hip�critas apolog�as de los economistas. Demostr� de una manera irrefutable los efectos destructores de la maquinaria y de la divisi�n del trabajo, la concentraci�n de los capitales y de la propiedad territorial, la superproducci�n, la crisis, la inevitable ruina de los peque�os burgueses y de los campesinos, la miseria del proletariado, la anarqu�a en la producci�n, la escandalosa desigualdad en la distribuci�n de las riquezas, la exterminadora guerra industrial de las naciones entre s�, la disoluci�n de las viejas costumbres, de las antiguas relaciones familiares, de las viejas nacionalidades.

Sin embargo, el contenido positivo de ese socialismo consiste, bien en su anhelo de restablecer los antiguos medios de producci�n y de cambio, y con ellos las antiguas relaciones de propiedad y toda la sociedad antigua, bien en querer encajar por la fuerza los medios modernos de producci�n y de cambio en el marco de las antiguas relaciones de propiedad, que ya fueron rotas, que fatalmente deb�an ser rotas por ellos. En uno y otro caso, este socialismo es a la vez reaccionario y ut�pico.

Para la manufactura, el sistema gremial; para la agricultura, el r�gimen patriarcal; he aqu� su �ltima palabra.

En su ulterior desarrollo esta tendencia ha ca�do en un marasmo cobarde4.


c) El socialismo alem�n o socialismo "verdadero".

La literatura socialista y comunista de Francia, que naci� bajo el yugo de una burgues�a dominante, como expresi�n literaria de una lucha contra dicha dominaci�n, fue introducida en Alemania en el momento en que la burgues�a acababa de comenzar su lucha contra el absolutismo feudal.

Fil�sofos, semifil�sofos e ingenios de sal�n alemanes se lanzaron �vidamente sobre esta literatura; pero olvidaron que con la importaci�n de la literatura francesa no hab�an sido importadas a Alemania, al mismo tiempo, las condiciones sociales de Francia. En las condiciones alemanas, la literatura francesa perdi� toda significaci�n pr�ctica inmediata y tom� un car�cter puramente literario. Deb�a parecer m�s bien una especulaci�n ociosa sobre la realizaci�n de la esencia humana. De este modo, para loa fil�sofos alemanes del siglo XVIII, las reivindicaciones de la primera revoluci�n francesa no eran m�s que reivindicaciones de la "raz�n pr�ctica" en general, y las manifestaciones de la voluntad de la burgues�a revolucionaria de Francia no expresaban a sus ojos m�s que las leyes de la voluntad pura, de la voluntad tal como deb�a ser, de la voluntad verdaderamente humana. Toda la labor de los literatos alemanes se redujo exclusivamente a poner de acuerdo las nuevas ideas francesas con su vieja conciencia filos�fica, o, m�s exactamente, a asimilarse las ideas francesas partiendo de sus propias opiniones filos�ficas.

Y se asimilaron como se asimila en general una lengua extranjera: por la traducci�n.

Se sabe c�mo los frailes superpusieron sobre los manuscritos de las obras cl�sicas del antiguo paganismo las absurdas descripciones de la vida de los santos cat�licos. Los literatos alemanes procedieron inversamente con respecto a la literatura profana francesa. Deslizaron sus absurdos filos�ficos bajo el original franc�s. Por ejemplo: bajo la cr�tica francesa de las funciones del dinero, escrib�an: "enajenaci�n de la esencia humana"; bajo la cr�tica francesa del Estado burgu�s, dec�an: "eliminaci�n del poder de lo universal abstracto", y as� sucesivamente.

A esta interpolaci�n de su fraseolog�a filos�fica en la cr�tica francesa le dieron el nombre de "filosof�a de la acci�n", "socialismo verdadero", "ciencia alemana del socialismo", "fundamentaci�n filos�fica del socialismo", etc.

De esta manera fue completamente castrada la literatura socialista-comunista francesa. Y como en manos de los alemanes dej� de ser la expresi�n de la lucha de una clase contra otra, los alemanes se imaginaron estar muy por encima de la "estrechez francesa" y haber defendido, en lugar de las verdaderas necesidades, la necesidad de la verdad, en lugar de los intereses del proletariado, los intereses de la esencia humana, del hombre en general, del hombre que no pertenece a ninguna clase ni a ninguna realidad y que no existe m�s que en el cielo brumoso de la fantas�a filos�fica.

Este socialismo alem�n, que tomaba tan solemnemente en serio sus torpes ejercicios de escolar y que con tanto estr�pito charlatanesco los lanzaba a los cuatro vientos, fue perdiendo poco a poco su inocencia pedantesca.

La lucha de la burgues�a alemana, y principalmente de la burgues�a prusiana, contra los feudales y la monarqu�a absoluta, en una palabra, el movimiento liberal, adquir�a un car�cter m�s serio.

De esta suerte, ofreci�sele al "verdadero" socialismo la ocasi�n tan deseada de contraponer al movimiento pol�tico las reivindicaciones socialistas, de fulminar los anatemas tradicionales contra el liberalismo, contra el Estado representativo, contra la concurrencia burguesa, contra la libertad burguesa de prensa, contra el derecho burgu�s, contra la libertad y la igualdad burguesas y de predicar a las masas populares que ellas no ten�an nada que ganar, y que m�s bien perder�an todo en este movimiento burgu�s. El socialismo alem�n olvid� muy a prop�sito que la cr�tica francesa, de la cual era un simple eco ins�pido, presupon�a la sociedad burguesa moderna, con las correspondientes condiciones materiales de vida y una constituci�n pol�tica adecuada, es decir, precisamente las premisas que todav�a se trataba de conquistar en Alemania.

Para los gobiernos absolutos de Alemania, con su s�quito de cl�rigos, de mentores, de hidalgos r�sticos y de bur�cratas, este socialismo se convirti� en un espantajo propicio contra la burgues�a que se levantaba amenazadora.

Form� el complemento dulzarr�n de los amargos latigazos y tiros con que esos mismos gobiernos respond�an a los alzamientos de los obreros alemanes.

Si el "verdadero" socialismo se convirti� de este modo en un arma en manos de los gobiernos contra la burgues�a alem�n, representaba adem�s, directamente, un inter�s reaccionario, el inter�s del peque�o burgu�s alem�n. La peque�a burgues�a, legada por el siglo XVI, y desde entonces renacida sin cesar bajo diversas formas, constituye para Alemania la verdadera base social del orden establecido.

Mantenerla es conservar en Alemania el orden establecido. La supremac�a industrial y pol�tica de la burgues�a le amenaza con una muerte cierta: de una parte, por la concentraci�n de los capitales, y de otra, por el desarrollo de un proletariado revolucionario. A la peque�a burgues�a le pareci� que el "verdadero" socialismo pod�a matar los dos p�jaros de un tiro. Y �ste se propag� como una epidemia.

Tejido con los hilos de ara�a de la especulaci�n, bordado de flores ret�ricas y ba�ado por un roc�o sentimental, ese ropaje fant�stico en que los socialistas alemanes envolvieron sus tres o cuatro descarnadas "verdades eternas", no hizo sino aumentar la demanda de su mercanc�a entre semejante p�blico.

Por su parte, el socialismo alem�n comprendi� cada vez mejor que estaba llamado a ser el representante pomposo de esta peque�a burgues�a.

Proclam� que la naci�n alemana era la naci�n modelo y el mes�crata alem�n el hombre modelo. A todas las infamias de este hombre modelo les dio un sentido oculto, un sentido superior y socialista, contrario a la realidad. Fue consecuente hasta el fin, manifest�ndose de un modo abierto contra la tendencia "brutalmente destructiva" del comunismo y declarando su imparcial elevaci�n por encima de todas las luchas de clases. Salvo muy raras excepciones, todas las obras llamadas socialistas que circulan en Alemania pertenecen a esta inmunda y enervante literatura5.


2. EL SOCIALISMO CONSERVADOR O BURGU�S.

Una parte de la burgues�a desea remediar los males sociales con el fin de consolidar la sociedad burguesa.

A esta categor�a pertenecen los economistas, los fil�ntropos, los humanitarios, los que pretenden mejorar la suerte de las clases trabajadoras, los organizadores de la beneficencia, los protectores de animales, los fundadores de las sociedades de templanza, los reformadores dom�sticos de toda laya. Y hasta se ha llegado a elaborar este socialismo burgu�s en sistemas completos.

Citemos como ejemplo la "Filosof�a de la Miseria", de Proudhon.

Los burgueses socialistas quieren perpetuar las condiciones de vida de la sociedad moderna sin las luchas y los peligros que surgen fatalmente de ellas. Quieren la sociedad actual sin los elementos que la revolucionan y descomponen. Quieren la burgues�a sin el proletariado. La burgues�a, como es natural, se representa el mundo en que ella domina como el mejor de los mundos. El socialismo burgu�s hace de esta representaci�n consoladora un sistema m�s o menos completo. Cuando invita al proletariado a llevar a la pr�ctica su sistema y a entrar en la nueva Jerusal�n, no hace otra cosa, en el fondo, que inducirle a continuar en la sociedad actual, pero despoj�ndose de la concepci�n odiosa que se ha formado de ella.

Otra forma de este socialismo, menos sistem�tica, pero m�s pr�ctica, intenta apartar a los obreras de todo movimiento revolucionario, demostr�ndoles que no es tal o cual cambio pol�tico el que podr� beneficiarles, sino solamente una transformaci�n de las condiciones materiales de vida, de las relaciones econ�micas. Pero, por transformaci�n de las condiciones materiales de vida, este socialismo no entiende, en modo alguno, la abolici�n de las relaciones de producci�n burguesas -lo que no es posible m�s que por v�a revolucionaria-, sino �nicamente reformas administrativas realizadas sobre la base de las mismas relaciones de producci�n burguesas, y que, por tanto, no afectan a las relaciones entre el capital y el trabajo asalariado, sirviendo �nicamente, en el mejor de los casos, para reducirle a la burgues�a los gastos que requiere su dominio y para simplificarle la administraci�n de su Estado.

El socialismo burgu�s no alcanza su expresi�n adecuada sino cuando se convierte en simple figura ret�rica.

�Libre cambio, en inter�s de la clase obrera! �Aranceles protectores, en inter�s de la clase obrera! �Prisiones celulares, en inter�s de la clase obrera! He aqu� la �ltima palabra del socialismo burgu�s, la �nica, que ha dicho seriamente.

El socialismo burgu�s se resume precisamente en esta afirmaci�n: los burgueses son burgueses en inter�s de la clase obrera.


3. EL SOCIALISMO Y EL COMUNISMO CR�TICO-UT�PICOS.

No se trata aqu� de la literatura que en todas las grandes revoluciones modernas ha formulado las reivindicaciones del proletariado (los escritos de Babeuf, etc.).

Las primeras tentativas directas del proletariado para hacer prevalecer sus propios intereses de clase, realizadas en tiempos de efervescencia general, en el per�odo del derrumbamiento de la sociedad feudal, fracasaron necesariamente, tanto por el d�bil desarrollo del mismo proletariado como por la ausencia de las condiciones materiales de su emancipaci�n, condiciones que surgen s�lo como producto de la �poca burguesa. La literatura revolucionaria que acompa�a a estos primeros movimientos del proletariado, es forzosamente, por su contenido, reaccionaria. Preconiza un ascetismo general y burdo igualitarismo.

Los sistemas socialistas y comunistas propiamente dichos, los sistemas de Saint-Sim�n, de Fourier, de Owen, etc., hacen su aparici�n en el per�odo inicial y rudimentario de la lucha entre el proletariado y la burgues�a, per�odo descrito anteriormente. (V�ase "Burgueses y proletarios").

Los inventores de estos sistemas, por cierto, se dan cuenta del antagonismo de las clases, as� como de la acci�n de los elementos destructores dentro de la misma sociedad dominante. Pero no advierten del lado del proletariado ninguna iniciativa hist�rica, ning�n movimiento pol�tico propio.

Como el desarrollo del antagonismo de clases va a la para con el desarrollo de la industria, ellos tampoco pueden encontrar las condiciones materiales de la emancipaci�n del proletariado, y se lanzan en busca de una ciencia social, de unas leyes sociales que permitan crear esas condiciones.

En lugar de la acci�n social tienen que poner la acci�n de su propio ingenio; en lugar de las condiciones hist�ricas de la emancipaci�n, condiciones fant�sticas; en lugar de la organizaci�n gradual del proletariado en clase, una organizaci�n de la sociedad inventada por ellos. La futura historia del mundo se reduce para ellos a la propaganda y ejecuci�n pr�ctica de sus planes sociales.

En la confecci�n de sus planes tienen conciencia, por cierto, de defender ante todo los intereses de la clase obrera, por ser la clase que m�s sufre. El proletariado no existe para ellos sino bajo el aspecto de la clase que m�s padece.

Pero la forma rudimentaria de la lucha de clases, as� como su propia posici�n social, les lleva a considerarse muy por encima de todo antagonismo de clase. Desean mejorar las condiciones de vida de todos los miembros de la sociedad, incluso de los m�s privilegiados. Por eso, no cesan de apelar a toda la sociedad sin distinci�n, e incluso se dirigen con preferencia a la clase dominante. Porque basta con comprender su sistema, para reconocer que es el mejor de todos los planes posibles de la mejor de todas las sociedades posibles.

Repudian, por eso, toda acci�n pol�tica, y en particular, toda acci�n revolucionaria, se proponen alcanzar su objetivo por medios pac�ficos, intentando abrir camino al nuevo evangelio social vali�ndose de la fuerza del ejemplo, por medio de peque�os experimentos, que, naturalmente, fracasan siempre.

Estas fant�sticas descripciones de la sociedad futura, que surgen en una �poca en que el proletariado, todav�a muy poco desarrollado, considera a�n su propia situaci�n de una manera tambi�n fant�stica, provienen de las primeras aspiraciones de los obreros, llenas de profundo presentimiento, hacia una completa transformaci�n de la sociedad.

Mas estas obras socialistas y comunistas encierran tambi�n elementos cr�ticos. Atacan todas las bases de la sociedad existente. Y de este modo han proporcionado materiales de un gran valor para instruir a los obreros. Sus tesis positivas referentes a la sociedad futura, tales como la supresi�n del contraste entre la ciudad y el campo6, la abolici�n de la familia, de la ganancia privada y del trabajo asalariado, la proclamaci�n de la armon�a social y la transformaci�n del Estado en una simple administraci�n de la producci�n; todas estas tesis no hacen sino enunciar la eliminaci�n del antagonismo de las clases, antagonismo que comienza solamente a perfilarse y del que los inventores de sistemas no conocen sino las primeras formas indistintas y confusas. As� estas tesis tampoco tienen m�s que un sentido puramente ut�pico.

La importancia del socialismo y del comunismo cr�tico-ut�picos est� en raz�n inversa al desarrollo hist�rico. A medida que la lucha de clases se acent�a y toma formas m�s definidas, el fant�stico af�n de ponerse por encima de ella, esa fant�stica oposici�n que se le hace, pierde todo valor pr�ctico, toda justificaci�n te�rica. He ah� por qu� si en muchos aspectos los autores de esos sistemas eran revolucionarios, las sectas formadas por sus disc�pulos son siempre reaccionarias, pues se aferran a las viejas concepciones de sus maestros, a pesar del ulterior desarrollo hist�rico del proletariado. Buscan, pues, y en eso son consecuentes, embotar la lucha de clases y conciliar los antagonismos. Contin�an so�ando con la experimentaci�n de sus utop�as sociales; con establecer falansterios aislados, crear Home-colonies en sus pa�ses o fundar una peque�a Icaria7, edici�n en dozavo de la nueva Jerusal�n. Y para la construcci�n de todos estos castillos en el aire se ven forzados a apelar a la filantrop�a de los corazones y de los bolsillos burgueses. Poco a poco van cayendo en la categor�a de los socialistas reaccionarios o conservadores descritos m�s arriba y s�lo se distinguen de ellos por una pedanter�a m�s sistem�tica y una fe supersticiosa y fan�tica en la eficacia milagrosa de su ciencia social.

Por eso se oponen con encarnizamiento a todo movimiento pol�tico de la clase obrera, pues no ven en �l sino el resultado de una ciega falta de fe en el nuevo evangelio.

Los owenistas, en Inglaterra, reaccionan contra los cartistas, y los fourieristas, en Francia, contra los reformistas.


Notas
1. No se trata aqu� de la Restauraci�n inglesa de 1660-1689, sino de la francesa de 1814-1830. (Nota de F. Engels a la edici�n inglesa de 1888).

2. En la edici�n inglesa de 1888, despu�s de "los frutos de oro" se ha a�adido "del �rbol de la industria". (N. del Edit.)

3. Esto se refiere en primer t�rmino a Alemania, donde los terratenientes arist�cratas y los "junkers" cultivan por cuenta propia gran parte de sus tierras con ayuda de administradores y poseen, adem�s, grandes f�bricas de az�car de remolacha y destiler�as de alcohol. Los m�s acaudalados arist�cratas brit�nicos todav�a no han llegado a tanto; pero tambi�n ellos saben c�mo pueden compensar la disminuci�n de la renta, cediendo sus nombres a los fundadores de toda clase de sociedades an�nimas de reputaci�n m�s o menos dudosa. (Nota de F. Engels a la edici�n inglesa de 1888).

4. En la edici�n inglesa de 1888, este �ltimo p�rrafo dice as�: "Finalmente, cuando hechos hist�ricos irrefutables desvanecieron todos los efectos embriagadores de las falsas ilusiones, esta forma de socialismo acab� en un miserable abatimiento.(N. del Edit.)

5. La tormenta revolucionaria de 1848 barri� esta miserable escuela y ha quitado a sus partidarios todo deseo de seguir especulando con el socialismo. El principal representante y el tipo cl�sico de esta escuela es el se�or Karl Gr�n. (Nota de F. Engels a la edici�n alemana de 1890).

6. En la edici�n inglesa de 1888, esta frase ha sido redactada de la manera siguiente: "Las medidas pr�cticas propuestas por ellos, tales como la desaparici�n del contraste entre la ciudad y el campo". (N. del Edit.)

7. Falansterios se llamaban las colonias socialistas proyectadas por Carlos Fourier, Icaria era el nombre dado por Cabet a su pa�s ut�pico y m�s tarde a su colonia comunista en Am�rica. (Nota de F. Engels a la edici�n inglesa de 1888).
Owen llam� a sus sociedades comunistas modelo "home-colonies" (colonias interiores). El falansterio era el nombre de los palacios sociales proyectados por Fourier. Llam�base Icaria el pa�s fant�stico-ut�pico, cuyas instituciones comunistas describ�a Cabet. (Nota de F. Engels a la edici�n alemana de 1890).



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