En sus mensajes, la
Bienaventurada Virgen María a menudo menciona la palabra “hoy”,
ahora, este momento. Nos quiere decir que el ayer pasó, y el mañana no
ha llegado aún, existe sólo el presente, el ahora. Ahora me puedo
decidir por Dios y la oración, ahora me puedo convertir en un creyente
o en un no creyente. Cúanta gente vive crucificada entre el ayer y el
mañana y no vive el hoy, de tal forma que nunca viven con ellos mismos
y en este tiempo que Dios da. La mayoría de Sus mensajes comienza con:
“También hoy los llamo”. Nada ha cambiado en la fuerza, en el amor
y en la exigencia de los llamados y mensajes de la Virgen. La Virgen
sigue siendo la misma puesto que no necesita de algún cambio. Preguntémonos
cúanto hemos cambiado o si hemos permanecido iguales. Ya que, aquel que
no progresa en el camino de la fe, indefectiblemente retrocede. La vida
espiritual no es comodidad ni molicie, sino una lucha constante en los
caminos de la fe. Como dijo el sufriente Job: “¿No es una servidumbre
la vida del hombre sobre la tierra?” (Job 7,1a). Si bien hay que
luchar mucho para asegurar la existencia material, hay que luchar aún más
para progresar en el camino espiritual de la fe en Dios. El mismo Jesús
nos llama y nos dice: “Estén prevenidos y oren para no caer en la
tentación” (Mt 26,41).
La Cuaresma ha sido un
regalo y una ocasión para vernos en la verdad ante Dios. A esa verdad
también la Virgen nos llama en este mensaje. Somos siempre pequeños
ante Dios y somos solamente criaturas que dependen en todo de su
Creador. La gracia consiste en conocer y comprender cuán pequeños
somos y cuán pequeña es nuestra fe. Nadie puede decir: “Yo le creo a
Dios en un cien por ciento, no se puede más”, “Yo amo tanto a Dios,
no se puede más”. Siempre descubrimos espacios en nosotros en los
cuales no hemos permitido que Dios entre.
La Virgen nos invita a
decidirnos: “Decídanse por Dios”. Cada uno es responsable de su
vida y de sus decisiones. Aunque María como Madre nos llame con
insistencia, Ella no puede hacerlo en vez de nosotros. Ella ha hecho lo
más posible. Aunque nos ama inmensamente, Ella no puede vivir nuestra
vida en vez de nosotros, ni puede morir en vez de nosotros. Ella no nos
quita la liberta de decisión, como en la ocasión en que Dios no le
quitó a Ella la libertad de decisión cuando envió al ángel Gabriel
en la Anunciación. En su libertad, María podría haber dicho: “Eso
es muy difícil para mí, supera mis fuerzas y poder”. En su libertad
pronunció su “Sí” a Dios. Hoy nos dice y testimonia que no se
equivocó, por eso Ella sabe que no nos equivocaremos si nos decidimos
por Dios. “Dios espera nuestra decisión – como dice Santa Teresa de
Avila – para poder hacer solo todo en nosotros”. Sin nuestra decisión,
El no puede, no quiere ir en contra de nuestra libre voluntad. Cuando
permitimos actuar a Dios, entonces El puede cambiar nuestros corazones y
los corazones de los demás en nosotros y a través de nosotros. Eso
nosotros no lo podemos hacer. No podemos convertir a nadie con nuestras
aseveraciones, predicaciones y hermosos discursos humanos. Ese es el
trabajo de Dios. Lo que podemos hacer es prepararle el terreno en
nuestro propio corazón, crear un espacio para Dios en nosotros. Sólo
entonces Jesús Resucitado tendrá espacio para venir a este mundo que
necesita y anhela a Dios. En sus Confesiones, San Agustín nos lo
confirma: “Tú lo estimulas para que encuentre deleite en tu alabanza;
nos creaste para ti y nuestro corazón andará siempre inquieto mientras
no descanse en ti.” (Confesiones I, 1).
María nos da su promesa
de que está y permanecerá con nosotros. Ella ha venido con el corazón
lleno de un amor de Madre para darse a quienes deseen abrirse y recibir
su amor. Permitámosle que nos guíe. No tengamos miedo, como Ella no lo
tuvo al dar su vida a Dios.
Fr. Ljubo Kurtovic
Medjugorje 26.04.2003.
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