Reflexión
al Mensaje del 25 de febrero de 2003
La
Bienaventurada Virgen María llama de nuevo a sus hijos, a todos aquellos
que quieran escuchar y responder a su voz maternal, a la voz de la paz. El
llamado es dirigido en el amor y la libertad de la aceptación. En la voz
maternal de la Virgen no hay intimidación, amenaza, pesimismo, miedo ni pánico.
El sonido de sus palabras proviene de un corazón lleno de la paz de Dios.
Ella percibe bien el estado del mundo pero no se entrega a la desesperación.
Ve bien también la crisis del mundo, del hombre, de la familia, de los jóvenes
y de los ancianos. Sin embargo, Ella también ve muy bien las
posibilidades de este mismo hombre de llegar a la paz y de testimoniar la
paz que nos da y a la cual nos llama. La Madre María quisiera conducirnos
a la experiencia del corazón en paz al cual se llega en la entrega a Dios
sin resistencia ni tensión. El salmista nos habla de eso: "Señor,
mi corazón no se ha ensoberbecido, ni mis ojos se han vuelto altaneros.
No he pretendido grandes cosas ni he tenido aspiraciones desmedidas. No,
he sosegado y acallado mi alma, como un niño destetado al lado de su
madre. Como un niño destetado está mi alma dentro de mí. Espere Israel
en el Señor, desde ahora y para siempre.' (Sal. 131).
Es necesario desarrollarnos y ejercitarnos en la confianza en Dios
Todopoderoso que quiere darnos esa experiencia. Tal experiencia de
confianza y tranquilidad es un tesoro del cual se vive y que se da a los
demás. Pienso que todos hemos tenido la experiencia de un encuentro con
una persona agresiva pero también con alguien que tiene un corazón
tranquilo. Huimos de los agresivos, nos apartamos de ellos porque
representan una amenaza para nuestra paz y generan inquietud. Sin embargo,
el encuentro con una persona de corazón tranquilo, una persona que no
insulta, no calumnia, no ataca, no odia, nos ennoblece. Sentimos que en
ese encuentro nosotros también recibimos paz de esa persona. La causa más
frecuente de intranquilidad y de tensión es la desconfianza que surge del
sentimiento de amenaza. Como dice Ladislaus Boros: "El verdadero
cristiano se reconoce por la fuerza de la benignidad, por el carácter
santo y la fuerza de la entrega. Cuando los testigos viven una situación
de dolor extremo pero continúan perseverando y no se rebelan contra
alguien, ni permiten que el propio padecimiento degenere en odio y deseo
de venganza o vanidad, entra en el mundo una fuerza nueva. Es una gran
suerte encontrar a una persona bondadosa. Ella puede dejar una huella para
toda la vida.'
Estos son los frutos de la fe, de la confianza y del Espíritu Santo que
obra en nosotros. La fe dona a nuestra existencia relajación y paz. Creer
en alguien significa tener la posibilidad de conocer a esa persona. Si no
creo en nadie, no puedo conocerlo porque estoy cerrado hacia él. Lo mismo
sucede en la relación con Dios. Si no creo en lo que Jesús me dice en el
Evangelio, no podré jamás experimentar lo que El me promete en Su
Palabra.
Las palabras de la Virgen en los mensajes, como el Evangelio, pueden
parecer lejanas, ideales e imposibles de realizar en la vida. Este mensaje
de la Virgen me recuerda las palabras de Jesús: "Sean perfectos,
como es perfecto vuestro Padre que está en los cielos.' A primera vista
parecería un requerimiento imposible. El Evangelio en realidad pide al
hombre lo imposible para las fuerzas humanas. Esta imposibilidad pedida en
el Evangelio, debería conducirnos a no apoyarnos en nosotros mismos, sino
en Dios. Solamente así obtendremos la paz. Si procuramos realizar estas
exigencias con nuestras fuerzas, seremos derrotados y nos sentiremos
frustrados. Las mujeres en Africa tienen la costumbre de llevar un peso
sobre la cabeza y si logran mantener el equilibrio, pueden recorrer muchos
kilómetros. Si no lo logran, podrán caminar algunos metros solamente con
el riesgo de lastimar la espalda. Es necesario comprender correctamente el
Evangelio cuando San Juan dice: "El amor de Dios consiste en cumplir
sus mandamientos, y sus mandamientos no son una carga.' (1 Jn 5,3). Apoyémonos
en Dios. Que El se convierta en algo más importante que nosotros mismos.
Permitámos que El tome la iniciativa en nuestra vida, porque es más
importante lo que El hace en nosotros de lo que nosotros hacemos. Permitámos
que su amor nos toque a fin de que su paz pueda entrar en nuestras vidas,
palabras, encuentros y acciones.
Fr. Ljubo Kurtovic
Medjugorje 26.01.2003
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