Reflexión
al Mensaje del 25 de noviembre de 2002
La
bienaventurada Virgen María, Madre de cada hombre también hoy dirige sus
palabras maternas a todo aquel que desea escucharla y obedecerla. Ella nos
dice: "también hoy los llamo a la conversión', como lo ha hecho
todos los días durante más de veintiún años. En las palabras de la
Virgen resuenan las palabras de San Juan Bautista: "Conviértanse,
porque el Reino de los Cielos está cerca' (Mt 3,2). A través de María
llegó también a nosotros el tiempo de gracia en que el Reino de los
Cielos desea morar en el corazón del hombre. A través de María llegó
también a nosotros el Salvador del mundo que desea nacer también este año
en nuestro corazón. La conversión significa un cambio de camino, dirección,
mentalidad y costumbres equivocadas. Es difícil y muy difícil cambiar,
pero es posible. Exige una atención y una perseverancia constantes, una
lucha continua, ascensos y caídas. Jesús nos habla acerca del camino
estrecho y empinado que conduce a la vida. Nos quiere decir que en ese
camino nos cansaremos, derramaremos sudor, pero bienaventurados sean los
que perseveren hasta el final. La vida es una lucha, y un proverbio dice:
"Aquel que no desee luchar es mejor que no viva'. El atribulado Job
del Antiguo Testamento nos dice: "¿No es acaso lucha la vida del
hombre sobre la tierra?'.
La Madre María pasó por ese mismo camino de lucha, renuncia y de morir a
sí misma a fin de que Dios pudiera vivir en Ella. Su gloria en el cielo
demuestra que estaba en el camino correcto. En su encuentro con Dios a
través del ángel Gabriel, María no dijo: "Comprendí lo que me
dijiste', sino dijo: "Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla
en mí lo que has dicho' (Lc 1,38). No podemos ni debemos comprender todo,
pero es importante nuestra confianza en la Palabra de Dios, confianza en
las palabras maternales que nos dirige también en este simple mensaje en
el cual con el corazón tocamos el corazón materno que late para cada uno
de nosotros.
La conversión es un trabajo de Dios, una obra de Dios realizada por El en
el hombre si éste lo permite. No puedo convertirme por mí mismo y menos
aún convertir a otro. Lo que puedo hacer es desear, buscar, anhelar con
todas mis fuerzas y capacidades que Dios me ha dado y ha puesto a
disposición. El problema no está en nuestro alejamiento de Dios sino el
problema está en nuestra negligencia y ausencia de deseo de acercarse a
Dios, de amarlo y así conocerlo. Dios se da a todos aquellos que lo
buscan con el corazón.
La Virgen en este mensaje pone en nuestro corazón el sacramento de la
Santa Confesión por medio del cual debemos abrir nuestros corazones y
preparar nuestras almas para que Jesús pueda nacer. También hoy Jesús
pide y desea nacer. También hoy El está sediento y deseoso de nuestro
tiempo, de nuestra oración y ante todo de nuestro corazón que lo
hospedará. Cuando Jesús entra en la vida del hombre, entonces ya no es
la misma vida sino es una vida transfigurada y vuelta a nacer. Es una vida
llena de la paz y de la alegría que este mundo no puede dar.
Ante nosotros está el tiempo del Adviento, de la espera de la venida y el
nacimiento del Salvador del mundo y del hombre. Permitamos a Jesús que
entre en nuestras casas y familias. Que las puertas de nuestras casas y de
nuestras vidas estén abiertas a la Navidad y durante los días que la
preceden. Estemos en nuestras casas, en nosotros mismos a fin de que
podamos encontrarlo y llevarlo a los demás como lo hace María.
¡Gracias María, porque estás cerca de nosotros y no cesas de interceder
y orar con nosotros y por nosotros!
Fr. Ljubo Kurtovic
Medjugorje, 26.11.2002
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