Reflexión
al Mensaje del 25 de octubre de 2002
LA
MUERTE - ASCENSIÓN DEL NIDO A LAS ESTRELLAS
Pienso que en estos días todos hemos visitado la tumba de nuestros
seres queridos. Hemos caminado conscientemente en el lugar donde moran
nuestros difuntos. Nos hemos encontrado con los recuerdos, escondidos en
las lápidas de las tumbas. Las tumbas son lugares donde también
experimentamos la fragilidad de la existencia humana. Aquí advertimos
claramente nuestra dependencia del Salvador. El cementero es un lugar
donde quien no cree, también se ve inducido a la oración. Los
cementerios son lugares donde el pecador se golpea el pecho y pide perdón.
La realidad de la tumba es un llamado a los hombres a convertirse y a
creer en el Evangelio. Esta visita nos alienta, no obstante la mortalidad,
a permitir que en nosotros hable la vida sin fin, la vida donada por
Jesucristo. Las tumbas nos susurran y nos recomiendan no perder el cielo y
la eternidad. El cementerio es el lugar de los grandes mensajes, del diálogo
entre el cielo y la tierra, entre lo eterno y lo pasajero, entre el hoy y
el mañana. En suma, es un discurso entre aquellos que dieron la vida por
nuestra libertad y nosotros, que gozamos de los frutos benditos de la
sangre derramada.
Estar ante una tumba, sin esperanza de eternidad y en la vida nueva en
Jesucristo, sería un amargo sufrimiento, la desesperación, una falta de
esperanza, fracaso y angustia. Pero estar ante una tumba con la convicción
cristiana en la perpetuidad por medio de la Resurrección de Cristo, hace
que la esperanza renazca, restituye la luz y empuja a pensar en un nuevo
encuentro en la casa del Padre Celestial donde desaparecerá toda lágrima
de los rostros llorosos.
En verdad, la historia de la humanidad hasta la venida de Jesús había
sido el reinado de la muerte. Cristo cambia esta realidad al reinado de la
vida. El, con su muerte, venció la muerte misma y por eso pudo exclamar
después de la Resurrección: ¡Por qué buscan entre los muertos al que
vive! La humanidad por cierto continúa muriendo, pero muere con Cristo,
para poder vivir en eterno con El. Después que Jesús ha removido la
piedra del sepulcro, los cementerios ya no son más ciudades de difuntos,
lugares de muerte y dolor, sino campos cultivados en los cuales Dios
siembra el grano del cual, cuando los vientos se aplaquen y el invierno
cese, brotará una vida nueva. Esa verdad fue muy bien cantada en verso
por el poeta Mak Dizdar: "La muerte no es el fin, porque en realidad
la muerte no existe. Y no existe el fin. La muerte ilumina solamente el
sendero que conduce del nido a las estrellas." Si esta vía fue también
experimentada por Dios mismo, entonces, ¿de qué tenemos miedo? Si también
el costado de la Virgen fue traspasado por la espada del dolor por Su
Hijo, ¿por cuál motivo no deberíamos también empapar con lágrimas
aquellas vías que nuestros seres queridos han abandonado sólo
temporalmente, como la fe nos enseña?
Fr. Mario Knezovic
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