| EL GRINGO SAYAN Estudi� en el Raimondi hasta el segundo de primaria. Aquel a�o ingres� a estudiar con nosotros el gringo Say�n. El gringo era un rubio flaco, esmirriado y hablador. Apenas ingres� quiso alborotar nuestra apacible vida de estudiantes primariosos que se debat�a entre la rectitud del profesor Samuel y la dulzura de la se�orita Aurora. Nuestro l�der era el �Pollo�. El �pollo� era el m�s alto del sal�n, sol�a sentarse al fondo y aunque nunca fue necesario que lo demostrara, sab�amos que cualquier enfrentamiento con �l ser�amos nosotros quienes saldr�amos perdiendo. Pero el �pollo� no era abusivo, a pesar de su mayor anatom�a nunca se met�a con nadie, era buena gente, noble, enemigo de la violencia y adem�s sol�a poner orden cuando alg�n conato de �bronca� se armaba en el sal�n. Sin embargo el gringo Say�n la ten�a clara. Ya le hab�a apuntado �la placa� al �pollo�, y en su af�n de querer ser el nuevo l�der del grupo no tard� mucho tiempo en enfrentarlo. -�Quien pega tu o yo?�- le espet� el gringo al �pollo�, antes de salir al recreo ante la at�nita mirada de todo el sal�n. El �pollo� sorprendido, amag� con ir adelante pero solo para encontrarse con el tremendo pu�ete del gringo que, directo a la boca del est�mago, lo dej� sin aire y doblado al pobre �pollo�. Y fue as� como el gringo Say�n implant� su �gobierno de terror� en nuestro sal�n. Y es que el gringo como todo �tirano� y �dictador� era malo y abusivo. Nadie se escapaba de sus vej�menes. Nos pintaba los cuadernos, romp�a nuestros libros y sobretodo a la hora del recreo, como era un negado para el f�tbol, sol�a vengarse quit�ndonos la pelota de un potente puntapi�, haci�ndonos volar en el sentido estricto de la palabra. Por aquella �poca, el hermano mayor de mi padre, el gran t�o Eloy (que de la dicha de Dios est� gozando) nos contaba sus correr�as juveniles, y de c�mo solucionaba sus problemas cuando alg�n �faite�- as� dec�a �l � se atrev�a a faltarle el respeto. Todo se solucionaba a pu�o limpio, �all� en la pampa, preg�ntale a tu viejo� nos contaba el t�o. �Y mira tienes que pararte as�, y cuando venga el golpe lo paras con la izquierda y le sacas la derecha�. Era el uno-dos perfecto, que en la anatom�a del t�o Eloy me parec�a estar viendo al gran Joe Frazier, �dolo box�stico de aquella �poca. (Hasta hoy recuerdo a mi t�o, ya en sus �ltimos a�os, cuando hab�a adoptado a la soledad como �nica compa�era, encerr�ndose en su cuarto los s�bados por la noche con su taza de caf�, su � de pollo a la brasa y su bolsa de pan, listo para disfrutar de uno de sus grandes placeres: �El Rinc�n del Box�, programa de televisi�n imperdible para �l, y pobre de aquel que osara interrumpirle). Y no pas� mucho tiempo cuando en uno de aquellos recreos en el Raimondi jugando a la pelota, y mientras yo llevaba el bal�n, veo venir al gringo dispuesto a quit�rmelo de mala manera. -�Dame la pelota�, me dice el gringo como d�ndome una orden. -�Qu�tamela pues�, le respond� en un acto de extrema temeridad. Aquella osada respuesta hab�a desatado la furia del gringo Say�n. Lo vi venir hacia m� dispuesto a arreglar las cosas de la �nica manera en que sabia hacerlo. Y fue ah�, cuando al darme cuenta que el pu�ete del gringo ven�a con direcci�n a mi rostro, que me acuerdo de las clases del t�o Eloy y le paro el golpe con el brazo izquierdo y lo remato con el derecho, haci�ndole caer de bruces para mi asombro y el de todos los que estaban en el patio. Imp�vido de miedo, sin saber que hacer y esperando lo peor, nos quedamos pasmados, cuando el gringo desde el suelo y casi sollozando me dice: �ya, ya me pegaste, me pegaste� firmando as� su capitulaci�n y terminando tristemente su �autocracia�. Aquel incidente corri� como reguero de p�lvora por todo el sal�n. El gringo Say�n hab�a pretendido ser nuestro l�der, pero nunca tuvo madera de adalid. Apenas si fue un payaso vestido de mat�n. Hab�a olvidado como regla primera que las ideas y el respeto no se imponen. Las ideas se exponen y el respeto se gana. Las cosas en el sal�n volvieron a su cauce. Para todos, menos para el gringo Say�n quien ya ca�do en desgracia, tuvo que aguantar todas las humillaciones posibles producto de la sed de venganza de quienes alguna vez fuimos v�ctimas de sus abusos. Al terminar el a�o mis padres me enviaron a Lima a seguir mis estudios y no estoy seguro si el gringo Say�n haya seguido en el Raimondi. Pero de lo que si estoy seguro, es que ambos a esa corta edad aprendimos dos cosas. Primero que el respeto perdido dif�cilmente se recupera, y segundo, que aunque se confundan, el respeto es m�s valioso que la admiraci�n, porque la grandeza del hombre no consiste en recibir honores y halagos, sino en merecerlos. Como el respeto por ejemplo. Chimbote, 26 de febrero de 2007 |