| ANGELITO NEGRO
A mi padre, Don Roberto. Mi abuela paterna, la mamita Susana, vivi� sus �ltimos a�os con nosotros en Lima. Cuando nuestros padres nos enviaron a seguir nuestros estudios all� (yo ten�a nueve a�os), ella ya se encontraba instalada en casa. Hubo un �poca en que yo fui el encargado de estar pendiente de ella. As�, en los momentos en que la soledad era su �nica compa�era, yo estaba ah� presente, ya sea para comprarle sus medicinas, para ver televisi�n juntos, para leerle las noticias o simplemente para escucharla maravillado historias de Santa, la tierra que la vi� nacer. Guardo recuerdos maravillosos de la mamita Susana. Como no recordar por ejemplo cuando mi padre me compr� una arm�nica y fuera ella quien me ense�ara a tocarla. Me qued� absolutamente admirado cuando, para mi sorpresa, la viejita, en tono bajito y casi con aire de reserva hiciera sonar esa vieja canci�n que dec�a: �si la reina de Espa�a muriera/ Carlos V quisiera reinar/ correr�a la sangre espa�ola/ como corren las olas del mar�. Apenas aprend� a tocar esa y otras canciones, fui corriendo a darle mi primer �concierto�. A�n tengo grabado en mi memoria la sonrisa de la mamita, en ese cutis de porcelana, acompa��ndome con sus manitos, haciendo palmas aprob�ndome lo aprendido. Y as� pasaba los d�as la mamita. Era com�n verla dando vueltas por toda la casa, pasito a paso con su bast�n mango de pajarito de an�nima y fuerte madera, tratando de ser �til y vali�ndose por si misma. Una ma�ana son� el timbre de casa, y la mamita Susana fue a atender. Me puse detr�s de la puerta y pude ver a una muchachita de tez morena, de unos 20 a�os que con papeles en mano trataba de explicarle algunas cosas. Luego de veinte minutos, cuando la repentina visita ya se hab�a ido, nos convoc� a todos para darnos unas instrucciones. Nos dijo que a partir de la fecha juntemos todos los envases vac�os de jabones, detergentes, pasta dental, etc. Que no los botemos a la basura, que ella los iba a guardar ya que la �se�orita� le hab�a prometido que mientras m�s envases juntara, a fin de mes le traer�a unos regalitos. Y el entusiasmo con que la mamita nos hac�a cumplir la tarea nos contagiaba y nos afan�bamos m�s para verla contenta. As� la ve�amos guardando en su vieja cajita de teknopor los envases que le alcanz�bamos y que ella nos agradec�a con una dulce sonrisa. Y todos los mi�rcoles del mes la morenita religiosamente llegaba a casa y la mamita, que impacientemente la esperaba, le mostraba contenta todo lo que hab�amos podido juntar durante la semana. Cumplido el mes la morenita dej� de venir. Se supon�a que ahora ella deb�a cumplir su promesa de alcanzarle a la mamita lo prometido, sin embargo pasaba el tiempo y no llegaba. A veces, mientras la acompa�aba en su dormitorio, romp�a el silencio dici�ndome: �que le habr� pasado a la se�orita, ella me dijo que vendr�a seguramente algo le ha ocurrido� guardando esperanzas y sin resignarse. Y fue una ma�ana cuando ya todos nos hab�amos olvidado de este episodio, pero no la mamita Susana, cuando son� el timbre de casa y siento los gritos de la mamita: ��hijito, hijito, baja, baja, lleg� la se�orita!� y al llegar a la puerta, grande ser�a mi sorpresa al ver a la morenita junto a un asistente trayendo los regalos que le hab�a prometido. �Disculpe Sra. Susanita, no pude venir antes, pero aqu� est� lo que le promet� entreg�ndole unos envases pl�sticos decorados de diferentes tama�os y que mi mamita los recib�a con la alegr�a que recibir�a cualquier ni�a un juguete nuevo. �Ya ves hijito yo te dije que vendr�a. Mira aqu� voy a guardar mis cartas, mis fotos, aqu� mi medicina� me dec�a se�al�ndome los envases llena de j�bilo y felicidad. Pasado el tiempo comprend� que aquella muchachita era una encuestadora de alguna empresa de estudio de mercado y que cansada de no encontrar gente dispuesta a apoyarla en su trabajo, vio en la mamita a su alma gemela y que a manera de juego pudo hacer que �sta la ayudara en su labor. Pero para m�, y siempre lo he pensado, aquella morenita fue un �ngel enviado por Dios, un Angelito Negro, que fue un oasis en aquel desierto de soledad e indiferencia en que a veces y sin darnos cuenta, colocamos a nuestros abuelos, tray�ndole a la vez un poco de alegr�a, un poco de ilusi�n. Y disc�lpame viejo si al leer estas l�neas te invada la nostalgia. Este es un grato recuerdo que conservo de esa mujer maravillosa que fue la mamita Susana, que entre muchas cosas me ense�� a no perder la fe y que hoy en la mitad de mi vida siento su presencia en cada paso que doy y que estoy seguro me acompa�ar� hasta el final de mis d�as� Chimbote, 28 de Septiembre de 2006 |