| EL GORDO MIGUEL
El Gordo Miguel, viv�a a la vuelta de nuestra casa en Lince, el barrio donde crec� all� en Lima. Eran los �ltimos a�os de la d�cada del 70; el gordo no era nuestro amigo, sab�amos con los �patas� de la cuadra que viv�a cerca pero no hablaba con nosotros. Nos ca�a mal el gordo, sobretodo porque nos parec�a arrogante el hecho que diera mil vueltas a la manzana con su skateboard naranja de fibra de vidrio, reci�n tra�do de EEUU. El skate en aquellos a�os era el juguete de moda en Lima, y mientras nosotros a duras penas and�bamos con los nuestros � de madera � el Gordo Miguel se luc�a con su skateboard naranja con cola de pato y su polo de 7up, tra�dos de New York. Una tarde, mi hermano, hab�a salido a jugar. Pasaban las horas y no llegaba. Ya algo preocupados � ya que nadie daba raz�n de �l � son� el timbre de nuestra casa. Fui a abrir y grande ser�a mi sorpresa cuando v� llegar a mi hermano con un nuevo amigo: el mism�simo Gordo Miguel. Mi hermano hab�a estado tratando de volar su cometa en el parque, y Miguel, al ver que sus intenciones eran en vano, se le hab�a acercado y lo hab�a convencido para hacerla volar desde la azotea de su casa �as� ser�a m�s facil�.Y estuvieron en la casa de Miguel volando la cometa, conversando y conoci�ndose, y por esas casualidades de la vida, el pap� de Miguel hab�a vivido algunos a�os en Chimbote, y conoc�a a mi padre ya que hab�an estudiado en el mismo colegio, y fue as� como aquel d�a naci� un entra�able amistad con el Gordo Miguel. Don Lucho, el pap� del gordo, trabajaba en el Aeropuerto, donde ocupaba el m�s alto cargo en la Aduana. Todos los s�bados nos llevaba al �Jorge Ch�vez�, y mientras �l trabajaba, nosotros tom�bamos por �asalto� el Aeropuerto, convirti�ndolo en nuestra sala de juegos. As� sub�amos y baj�bamos por las escaleras el�ctricas, entr�bamos a la rampa para ver aterrizar y despegar a los aviones y por �ltimo almorz�bamos en los mejores restaurantes de nuestro terminal a�reo. Ya a las seis de la tarde, Don Lucho nos regresaba a casa. No fue raro entonces que el Gordo Miguel decidiera ser piloto de avi�n al terminar el colegio. Y lo consigui�; Miguel se recibi� de piloto civil en la Escuela de Aviaci�n de Collique. Sin embargo, no pudo conseguir trabajo como piloto de aerol�nea; s�lo lleg� a ser Operador de Vuelo, un trabajo muy bien remunerado pero no era lo que quer�a el gordo. En su consuelo dec�a que ese puesto era como hacer carrera, y que tarde o temprano llegar�a a pilotear una de aquellas naves que de ni�os admir�bamos en nuestros paseos al aeropuerto. Por aquellos a�os Miguel ya viv�a en Miraflores, pero nunca se olvidaba de sus amigos de Lince. Fiel a su estilo, el gordo nos iba a buscar elegantemente en su auto deportivo y d�bamos vueltas por el circuito de playas, y termin�bamos tomando un trago viendo el sunset en el �Costa Verde� o �Salto del Fraile�, los restaurantes de moda de aquella �poca. Tiempo despu�s perdimos el rastro al Gordo Miguel. Pasaron algunos a�os y nadie daba raz�n del gordo. A Lince lleg� un rumor que cada vez sonaba con m�s insistencia. Miguel que viajaba constantemente al extranjero como tripulante de una l�nea a�rea nacional , hab�a sido detenido en Estados Unidos, tratando de ingresar sustancias prohibidas. La noticia , que no estaba confirmada, cay� como balde de agua fr�a a toda nuestra familia; mi hermano y yo por supuesto, nos neg�bamos a aceptarla. Pasaron algunos a�os y un domingo en el que celebr�bamos el d�a del padre en nuestra casa, son� el tel�fono. Mi padre contest� y al otro lado una voz nerviosa lo saludaba y le preguntaba si se acordaba de �l. Era el Gordo Miguel. �Claro hijo, como estas, que gusto escucharte, d�nde estas?, Vente inmediatamente a la casa� escuch�bamos a mi padre tambi�n emocionado. A la hora de almuerzo, el Gordo Miguel hizo su aparici�n. Era un hombre distinto, golpeado por la vida, sin aquellas prestancia que a�os atr�s exhibiera. Emocionados dimos la bienvenida al gordo, quien cabeza gacha trataba de esconder algunas l�grimas que corr�an por sus mejillas. Al terminar el almuerzo ya sin mis padres y hermanas, el Gordo Miguel se dirigi� a nosotros: �muchachos, uds. son mis hermanos, tengo que contarles la verdad�. Nos dijo que en uno de sus viajes a Miami, una amiga le hab�a encargado llevar una maleta; el gordo, confiado, le hizo el favor. Al llegar al aeropuerto y al ser revisada la maleta, en un doble fondo hab�an encontrado droga camuflada y en cantidad suficiente para ser detenido. Y de ah� el infierno. Miguel fue recluido en una prisi�n federal a miles de kil�metros de su hogar y en un pa�s que no era el suyo. Lo primero que aprendi� el gordo, y por instinto, fue a no mostrar debilidad. As�, guardaba la nostalgia y la impotencia y la angustia s�lo se convert�an en l�grimas bajo la ducha, para que �stas no se notaran y se confundieran en el agua. Hab�a sobrevivido a peleas, reyertas y a sospechosos ofrecimientos de ropa nueva y otras goller�as por parte de los m�s avezados reclusos. Una vez cumplida su pena, el gordo fue deportado y ahora se encontraba aqu� buscando una nueva oportunidad. Luego de escucharlo, no ten�amos porque dudar de aquella historia; confi�bamos y cre�amos en �l y tal como nos lo cont�, est�bamos convencidos que todo hab�a sido una confusi�n. Le dimos �nimo al gordo y le dijimos que para nosotros nunca se hab�a ido, que siempre estuvo aqu� y que volteara la p�gina, que la vida le estaba ofreciendo una nueva chance y que no dudara que nuestro afecto y el cari�o de todos los que lo quer�amos, ser�a el motor que necesitaba para empezar de nuevo. Ya de madrugada, nos dispon�amos a despedir al gordo, seguros que el amanecer le traer�a una nueva vida. Luego de los abrazos, ya en la calle, Miguel nos deja una frase: �Muchachos, cuando salgan nunca hagan el mismo camino, no hagan rutina, la rutina mata�. Despu�s de aquella noche, no hemos vuelto a saber del Gordo Miguel. |