| INGRID
Y ya ves Ingrid, al menos recuerdo tu nombre. Y recuerdo tambi�n que corr�an los a�os noventa all� en Lima, cuando recib� tu primera llamada. Tuviste suerte que yo te contestara y empezara a escuchar tu alucinante historia. Me dijiste con voz balbuceante que eras ahijada de una prima m�a lejana, a la que hab�as perdido el rastro y que si yo pudiera ayudarte a encontrarla. Hab�as vivido un tiempo con ella y me hab�as visto llegar alguna vez por casa; sab�as quien era as� que buscaste mi n�mero en la gu�a y que te disculpara por haberte atrevido a llamarme y pedirme este favor. Por supuesto que no me molestaba, y a pesar que no me acordaba de ti, te ped� una semana de tiempo a ver si pod�a ayudarte, ya que yo tampoco ve�a hace mucho a aquella prima lejana. Y a la semana siguiente me volviste a llamar, te tuve malas noticias ya que no te pude averiguar nada, y luego me rogaste para seguir llam�ndome y de repente por ah� sab�a algo de ella y te pod�a ayudar. Y fue a la cuarta o quinta llamada Ingrid, que me di cuenta - antes que te delataras- de tus verdaderas intenciones. Con voz temblorosa, confesaste que lo de mi prima era solo un pretexto para hablar conmigo. Que era cierto que hab�as vivido con ella y cuando alguna vez fui a visitarla me hab�as visto y tu deseo por conocerme y ser mi amiga se hab�a convertido entonces en una consigna y casi una obsesi�n. Y as� fue como fuiste creando esta historia, tu historia; de amor? No lo s� , pero que te llev� a querer saber m�s de m� y preguntando - a mi prima � llegaste a saber por ejemplo la fecha de mi cumplea�os y que cada vez que esta llegaba, la festejabas a solas e incluso alguna vez me hab�as enviado un saludo en una radio local. ��Lo escuchaste?�, no Ingrid, claro que no lo escuch�, y as� at�nito segu� escuchando esta historia que en tu voz nerviosa y delirante , me llegaba a confundir. Al final de tu relato, no supe Ingrid que decirte, o si sentirme abrumado o halagado, cuando de pronto interrumpiste mi silencio para ofrecerme vernos, y as� conocernos mejor �si tu quieres, claro�; y bueno Ingrid, era lo menos que pod�a hacer por ti, y acordamos vernos frente a la casa de mi prima justamente, donde a�n funcionaba aquel restaurante que ofrec�a �las mejores hamburguesas de la ciudad�. Y fui el primero en llegar a la cita, y ya me estaba arrepintiendo de haber ido cuando de pronto te v� bajar del microb�s. Y la verdad Ingrid, que desde ese momento sab�a que esta historia no tendr�a el final feliz que estoy seguro imaginaste. La frialdad de mi saludo y tu sudoroso nerviosismo , no auguraban nada bueno de aquella cita. Una jarra de cerveza fue la mejor excusa para romper el hielo y sentarnos y escucharte aquel mon�logo que estoy seguro habr�as ensayado mil veces. Ya a la tercera jarra, cuando tu entusiasmo se hab�a convertido en serenidad y mi aburrimiento en cosquilleo, fue que te propuse irnos a otro lado �algo m�s �ntimo�, despu�s de todo el alcohol ya hab�a hecho sus efectos y ya te miraba con otros ojos. Y ah� fue Ingrid, cuando te diste cuenta que aquella historia de amor que unilateralmente creaste , no iba a tener el final que le hab�as reservado; y no se que papel en tu gui�n creaste para m�, pero si de algo est�bamos seguros , es que yo no estaba dispuesto a interpretarlo. Hab�as idealizado a tu pr�ncipe azul y encontraste a un simple mortal que solo borracho pudo ver algo atractivo en t�. Y te levantaste de la silla y abandonaste la mesa con un par de l�grimas en tus mejillas como colof�n de esta triste historia; y me qued� ah� sentado pensando en ti , como lo hago ahora despu�s de tantos a�os, a�os en los cuales he llegado a comprender que, aunque no lo creas Ingrid, aquel d�a conociste el amor, porque el verdadero amor -y te lo digo por experiencia � el verdadero amor, es el amor no correspondido� Chimbote,04 de Abril de 2006 . |