5 TEORIA SOCIOLÓGICA
En la actualidad
es necesario disponer de una teoría sociológica que sintetice la mayor parte de
los conocimientos dispersos, o que sea compatible con la mayoría de ellos. Pero
esta necesidad estrictamente cognoscitiva no es lo más importante, ya que es prioritaria la realización de una
guía que oriente la vida de todo individuo.
Es por todos conocido
el progresivo alejamiento de muchos sectores de la sociedad respecto de las
diversas religiones. Incluso la tradicional visión del mundo, aportado por las
mismas, contrasta con el pensamiento emergente en una época en que predomina
una visión que proviene de la ciencia experimental. El astrofísico Hubert Reeves escribió:
“Desde hace
algunos siglos, la influencia de las religiones ha disminuido
considerablemente. Las «verdades religiosas» han cedido su lugar a los
conocimientos científicos, que no son portadores de motivación moral alguna. De
ahí el vacío que deploran los mantenedores del creacionismo. De ahí sus
retrógrados esfuerzos para reintroducir, por la intimidación si no por la
persuasión, los relatos bíblicos en las clases de ciencias naturales”. “El
problema, a mi entender, no se ciñe sólo al terreno moral. La experiencia de
una relación con el más-allá – en el
sentido más vago y general del término – parece ser una de una de las
necesidades fundamentales del ser humano. Un
animal que ríe, se decía antaño para definir al hombre. Mejor sería decir: un animal que intenta vincularse. Los antropólogos nos lo enseñan: no hay grupo
humano alguno, por aislado que esté, no hay tribu por primitiva que sea, que no
haya establecido y codificado sus relaciones con una realidad divina no
tangible”.
“De los
conocimientos científicos contemporáneos surge una nueva imagen del ser humano.
Destronado de sus pretensiones de ser el «centro del mundo», encuentra una
nueva divinidad. Está colocado muy
alto en la escala de los seres organizados de la naturaleza. Es el lugar adonde
le ha llevado esa larga gestación en la que están implicados todos los
fenómenos cósmicos”. “Y comparte esa
dignidad con todos los seres humanos, sea cual sea su origen. El respeto
por los derechos del hombre es, también, tomar conciencia de la importancia de
cada individuo en la historia del universo” (De “El sentido del universo” – Emecé Editores SA).
Se dice que el conocimiento de lo que el
hombre debe llegar a ser, no es un objetivo propio de las ciencias sociales.
Sin embargo, si logramos encontrar una adecuada descripción de lo que el hombre
es, el próximo paso ha de ser una optimización de ese hombre real. Y la
optimización ha de ser, justamente, aquello que el hombre debe llegar a ser. De
ahí la posibilidad de la orientación antes mencionada.
Así como existe una introspección
psicológica individual, es posible establecer una introspección sociológica
general, que deberá promover una mejora ética generalizada. Por ello es que
toda teoría sociológica debe poseer, además de los fundamentos básicos, una
ideología derivada de la misma, que deberá ser tan clara y accesible como lo
requiera la comprensión mayoritaria de la sociedad.
Puede decirse que la mayor parte de los
conflictos existenciales se han de resolver mediante el logro de un adecuado
sentido de la vida. Y este sentido de la vida deberá ser brindado por la teoría
sociológica que estamos vislumbrando. Tratar de ser lo que debemos ser, es una
tarea a realizar en el futuro y es parte del sentido de la vida mencionado. Esa
búsqueda y su correspondiente realización estarán asociadas a una acción ética
concreta. Los fundamentos de uno de estos intentos son los siguientes:
Teoría de la
Acción ética:
a)
Tendencia hacia los estados de
mayor felicidad
b)
Apariencias objetivas
c)
Actitud característica
d)
Inducción de la personalidad
Teoría del
conocimiento:
a)
Prueba y error
b)
Organización de tipo axiomático
c)
Lógica analógica
Disponibles en www.geocities.com/pompiliozigrino
Uno de los mayores escollos que toda teoría
propuesta ha de intentar superar, ha de ser la incompatibilidad aparente entre
la postura que admite un Dios trascendente (religiones reveladas) y la que
admite un Dios inmanente (religión natural). Si suponemos, en el primer caso,
que el Dios trascendente está regido, o responde, a leyes invariantes, llegamos
a una identidad entre ambas posturas. De ahí que es esencial la aceptación de
la existencia de una ley natural como el concepto de mayor amplitud y
generalidad que pueda existir.
Otro de los requisitos necesarios para
acuerdos posteriores es la aceptación de la tendencia del universo a generar
mayores niveles de organización, es decir, aceptar la cronológica aparición de
partículas, átomos, moléculas, células, organismos, vida inteligente. Este
hecho puede dar lugar a un sentido objetivo del universo y también de él podrá
derivarse, en principio, cierta finalidad objetiva de la existencia de la
humanidad.
La idea esencial es que la aparente
“voluntad de Dios”o “voluntad del Creador” ha de seguir teniendo vigencia aún
cuando la ciencia nos diga que no hubo una creación directa del universo y de
la humanidad, sino tan sólo indirecta. Existe un sentido del universo y una
aparente “voluntad de la naturaleza” implícita en las leyes naturales, cuyo
espíritu puede asociarse a la idea de Dios. Tales leyes nos presionan para que
actuemos de una manera determinada en preferencia a cualquier otra forma de
actuar.
6 NATURALEZA Y ÉTICA
Las principales
referencias que disponemos, para orientarnos en la vida, provienen de dos
fuentes principales: la religión y la naturaleza. En el primer caso surgen
serios problemas, ya que existen diversas religiones y distintos libros
sagrados, mientras que, en el segundo caso, es posible extraer “distintos
mensajes” partiendo del propio orden natural. Aquí cabe la expresión de Henri Poincaré: “Descubrir es elegir”. Descubrir la voluntad
aparente de la naturaleza implica elegir las preguntas adecuadas que hemos de
formularle.
Aceptando la existencia de leyes naturales
invariantes, como la fuente básica del orden natural, podemos adoptarlas como
referencia para evaluar las distintas propuestas éticas, ya sea que provengan
de la ciencia, de la filosofía o de la religión.
Friedrich Nietzsche escribió: “¿Queréis vivir en armonía con la
naturaleza? ¡Oh, nobles estoicos, cómo os contentáis
con las palabras! Imaginad un ser similar a la naturaleza, pródigo sin medida,
indiferente sin medida, sin propósito ni consideraciones, sin piedad ni
justicia, fecundo, estéril e incierto a la vez; concebid la indiferencia misma
como un poder, ¿cómo podréis vivir en armonía con esta indiferencia?” (De “Más
allá del bien y del mal”). En esta expresión, el autor supone una naturaleza
sin finalidad alguna, lo que implica, de ser así, que estaríamos de antemano
obligados a renunciar a adaptarnos a ella. Además, debemos vivir en armonía
“con la naturaleza” y no vivir “cómo la naturaleza”.
Supongamos, por el contrario, que la naturaleza
presente una finalidad aparente. Luego, la humanidad deberá orientarse hacia
esa finalidad observada, o supuesta. Debemos buscar la flecha que nos indique
la dirección permitida por las leyes naturales. Así como existe un sentido de
circulación permitido, en los distintos caminos por los que hemos de transitar,
en cada una de nuestras acciones existe una forma permitida y otras que no lo
son tanto.
Incluso cuando analizamos el caso del logro
de la felicidad, muchos pensadores coinciden en que ésta no se logra si se la
busca como una finalidad en sí misma, mientras que se llega a ella cuando
resulta ser una consecuencia de buscar alguna otra finalidad. También podemos
decir que la felicidad no se logra cuando nuestra acción está destinada hacia
cada uno de nosotros mismos, mientras que es posible conquistarla cuando
nuestras acciones involucran a los demás. El propio orden natural ha previsto,
de esa forma, que todos los hombres participemos en la búsqueda de la felicidad
compartida. De ahí proviene, seguramente, la simbología bíblica del Dios Padre
que busca en forma igualitaria la felicidad de todos sus hijos.
Se dice, a veces, que la “lucha por la
supervivencia” es una ley natural inherente a la naturaleza humana y por ello
se tiende a justificar el accionar violento de muchos hombres. En realidad, es
una ley asociada al reino animal. Recordemos que las leyes no vienen escritas
en ninguna parte y que son descriptas por el hombre partiendo de una realidad
única y objetiva. El concepto clave es el de la adaptación al orden natural,
para cuyo objetivo la naturaleza se vale de la evolución por selección natural,
en todos los seres vivientes, con el agregado de la adaptación cultural en el
caso del ser humano.
En algunas ciencias, como la física, se
deben buscar las variables relevantes para establecer ciertas descripciones.
También, cuando se ha de medir una simple longitud, el instrumento adecuado
para medirla dependerá del orden de magnitud de la misma y del nivel de
precisión requerido. Si hemos de buscar la orientación definitiva del hombre,
dentro del marco impuesto por el orden natural, debemos contemplar cuáles han
de ser las leyes naturales relevantes, asociadas al hombre, que permitirán ese
objetivo.
Debemos recordar, además, que en ciencia,
el método adoptado no asegura el resultado, ni la falla ocasional del método lo
ha de invalidar por siempre. Así, el método utilizado por Alexis Carrel para obtener una ética natural, no debe ser
menospreciado por cuanto este autor llega posteriormente a justificar acciones
discriminatorias en favor de cierto perfeccionamiento intelectual del hombre,
dejando de lado aspectos básicos como los sentimientos humanos.
Entre los intentos por establecer finalmente
una ética natural, ligada a la ciencia y a su método, encontramos a los
filósofos de la Ilustración, o el Iluminismo, quienes, en el siglo XVIII,
trataban de desvincular la ética de la religión. Podemos citar a Montesquieu,
a Voltaire, D`Alembert, Diderot, Condorcet, La Mettrie, Holbach y otros. Alain Touraine escribió: “El
pensamiento modernista afirma que los seres humanos pertenecen a un mundo
gobernado por leyes naturales que la razón descubre y a las cuales la razón
misma está sometida. Y ese pensamiento identifica al pueblo, la nación, el
conjunto de los hombres con un cuerpo social que funciona también él de
conformidad con leyes naturales y que debe liberarse de las formas de
organización y de dominación irracionales que fraudulentamente tratan de
hacerse legitimar recurriendo a una revelación o a una decisión sobrehumana. Se
concibe pues al hombre en el mundo y se lo concibe como un hombre social. Este
pensamiento se ha opuesto al pensamiento religioso con una violencia que varió
según los lazos que unían el poder político y la autoridad religiosa” (De
“Crítica de la Modernidad” – Ed.Fondo de la Cultura
Económica SA).
7 EQUIVALENCIAS ENTRE RELIGIÓN Y CIENCIA
|
RELIGION |
CIENCIA |
|
Dios |
Espíritu de la
ley natural |
|
Ley de Dios |
Leyes naturales |
|
Milagro |
Interrupción de
la ley natural |
|
Creación del
hombre |
Evolución
biológica |
|
Gobierno de Dios
sobre el hombre |
Adaptación a la
ley natural |
|
Reino de Dios |
Adaptación plena
al orden natural |
|
Sumisión a Dios |
Acatamiento a
las leyes naturales |
|
Omnipresencia de
Dios |
Ley natural
universal |
|
Justicia de Dios |
Justicia natural |
|
Vínculo entre
Dios y el hombre |
Vínculo entre el
hombre y el orden natural |
|
Castigo de Dios |
Desadaptación al orden natural |
|
Dios Padre |
Ley natural que
admite la felicidad del hombre |
|
Hijo de Dios |
Hijo del orden
natural |
|
Salvador |
Adaptador al
orden natural |
|
Pecado |
Desconocimiento
de la ley moral |
|
Virtud |
Capacidad para
compartir penas y alegrías |
|
Bien |
Amor |
|
Mal |
Odio, egoísmo,
negligencia |
|
Plan de Dios |
Sentido del
universo |
Si estas
equivalencias son válidas, ello implica que la religión consiste en una
descripción simbólica del mundo. La simbología representa la realidad, mientras
que una interpretación adecuada de la simbología nos permite volver a esa
realidad. Cuando la simbología se acepta como la propia realidad
(interpretación literal) se pierde contacto con el mundo y la religión se
distorsiona severamente.
8 RELATIVISMO MORAL Y ESCEPTICISMO
Toda crisis social
está asociada a las ideas predominantes en una sociedad. Si existe una crisis
moral, es probable que exista el predominio de ideas que apuntan hacia el
relativismo moral, es decir, una postura que supone la inexistencia del Bien y
del Mal, como conceptos independientes de la opinión de los hombres, o que
vienen implícitos en las leyes que conforman el orden natural.
No sólo se cuestionan tales conceptos, sino
también la posibilidad de que alguien pueda estar más cerca de la verdad que
otros seres humanos, simplemente porque se supone que la verdad tampoco existe
como algo objetivo e independiente de las opiniones humanas. Tanto el
relativismo moral como el escepticismo son sostenidos por los antiguos sofistas
griegos, sobre los que Matthew Stewart
escribe: “Tendían a ser relativistas morales, toda vez que concebían la
moralidad como humanamente creada, más que como un código divinamente
inspirado”. “Eran escépticos respecto a las posibilidades de conocimiento
verdadero o absoluto. Los sofistas creían que también la verdad era una
invención más o menos humana” (De “La verdad sobre todo” – Ed.
Taurus).
Si no existe el Bien y el Mal, tampoco
existiría la ética, ni la filosofía práctica, ni gran parte de las ciencias
sociales, ni tampoco tendría la religión validez alguna. De ahí que en las
sociedades en crisis, cuando se habla de ética, no se intenta hacer referencia
a una ética natural común a todos los hombres, sino a cualquier ética
establecida en forma subjetiva. No sólo se desconoce la validez de toda
religión, sino que también se la acusa de ser la culpable de gran parte de los
males que aquejan a la sociedad. Mientras más se acentúa el pensamiento
sofista, mayores son los embates en contra de la religión, de la filosofía y de
todo lo que se oponga a dicho pensamiento. Así como los virus informáticos
tienden a destruir una valiosa información almacenada, el relativismo moral
tiende a borrar gran parte del conocimiento adquirido por la humanidad.
El relativismo moral abre las puertas a la
introducción de varias éticas propuestas que no tendrán como referencia al
propio orden natural. No será posible contrastarlas con algo que, se supone, no
existe. Así aparecerán la ética nazi, la marxista, etc. Las éticas religiosas,
que no intentan una verificación, o contrastación,
con la propia realidad, pueden ser tan inexactas como las éticas subjetivas.
La ética describe los efectos causados por
las acciones humanas, es decir, describe causas y efectos asociados a ese
accionar. Supone que a iguales causas les seguirán similares efectos, en forma
independiente a la época o al lugar en donde ocurran. Así, si compartimos las
penas y alegrías de los demás, estaremos actuando en una forma orientada a la
cooperación con los demás, mientras que si nos alegramos del dolor ajeno y nos
entristecemos por su alegría, estaremos actuando en una forma orientada hacia
la competencia con los demás. La búsqueda de la cooperación, o de la
competencia, es un hecho objetivo, si bien puede ser difícil de evaluar, aunque
éste es otro problema distinto al de su existencia.
En el primer caso buscamos el bien de los
demás, y de nosotros mismos, mientras que en el otro caso buscamos el mal de
los demás, que también recaerá en nosotros mismos, aunque no pensemos que así
ocurrirá. Sin embargo, quienes son partidarios del relativismo moral, suponen
que a las mismas causas les podrán seguir distintos efectos, ya que todo
depende de la convención propuesta y aceptada por la sociedad.
Si
existiera el relativismo moral, podríamos entonces suponer que la felicidad
habría de lograrse a través del odio (burla y envidia). Para incrementar esa
“felicidad” deberíamos burlarnos de los demás, en especial de las personas que
sufren, y deberíamos sentir envidia aún por las cosas más pequeñas. Esta
“demostración por el absurdo” pone en evidencia algo bastante evidente, esto
es, que al camino de la felicidad, y al de la infelicidad, debemos descubrirlo
en la propia naturaleza humana, antes que decidirlo en una forma convencional.
La conciencia moral vendría a ser la parte
de nuestro cerebro que nos permite vislumbrar los efectos que producirán, en el
futuro, cada una de nuestras acciones realizadas en el presente. De ahí que, en
forma similar a lo que ocurre con la mayoría de nuestros sistemas psíquicos, es
posible “entrenar”, o educar, dicha conciencia orientándola hacia la búsqueda
del Bien compartido. El crecimiento espiritual del hombre no es otra cosa que
el ejercicio pleno y el gobierno de nuestra conciencia sobre cada uno de
nuestros actos.
Si, por el contrario, suponemos que no
existe el Bien ni el Mal, en sentido absoluto, dejaremos de lado todo intento
por lograr una mejora personal. Gran parte del sentido de la vida ha de estar
asociado a la búsqueda de ese perfeccionamiento interior, de ahí que el
relativismo moral tiende a que los hombres se sientan desorientados en cuanto
al sentido que darán a sus vidas.
En la sociedad en crisis no se busca la
satisfacción moral, sino el placer corporal, en alguna de sus formas. No se
busca el mejoramiento ético porque tampoco se supone que existen valores
éticos, ya que éstos son considerados relativos. Tampoco se busca el
mejoramiento intelectual porque también se considera a la verdad como un “valor
relativo”, por lo que deja de ser un valor. Al suprimirse los valores éticos e
intelectuales (el Bien y verdad) sólo queda el placer como la única búsqueda
aceptada por la sociedad.
La ética natural se ha de establecer para
que cada individuo disponga de información básica respecto de su comportamiento
social y de su posible mejora. No es adecuada, sin embargo, como un instrumento
que ha de fomentar la competencia entre seres humanos, de tal forma que algunos
hombres se constituyan en jueces de los demás.
9 HERENCIA Y CULTURA
¿Nuestras acciones
dependen de nuestra herencia genética que traemos desde nacimiento o bien
dependen de la influencia del medio familiar y social? ¿O dependen de ambas
causas? Si se trata de este último caso, ¿En qué porcentajes aproximados?
Los nazis suponían que el hombre actúa en
función exclusiva de su herencia genética; de ahí la teoría de la “raza
superior”. Los marxistas, por el contrario, suponen que el hombre actúa en
función exclusiva de la influencia social recibida; de ahí la teoría del “sistema
social superior”. Ambas posturas condujeron a los más graves acontecimientos
sociales del siglo XX, seguramente por partir de suposiciones básicas erróneas.
Si nuestra vida viniese determinada por
factores genéticos, entonces sería indistinto realizar actividades para mejorar
nuestras aptitudes, tanto físicas, como intelectuales y emotivas. Aún cuando no
sepamos con certeza cuál es el porcentaje de influencia de cada factor
(herencia y cultura) es indudable que la educación ha de mejorar notoriamente
nuestra personalidad.
Así como la herencia genética es un producto
de la evolución biológica, la herencia cultural es un producto de la evolución
cultural del hombre. Mientras que la vida en el planeta depende del azar y de
la necesidad, la vida inteligente progresa a partir de la herencia del
conocimiento adquirido por las generaciones anteriores.
Mientras que la vida progresa mediante el
proceso de prueba y error (variaciones al azar y selección natural), el
conocimiento de la humanidad progresa de una forma similar, ya que las
distintas teorías científicas propuestas son validadas exclusivamente por su
grado de concordancia con la propia realidad. De ahí que Karl
R. Popper escribiera: “La ciencia progresa mediante
el método de prueba y error” (De “La sociedad abierta y sus enemigos”, pág. 268, Planeta-Agostini).
Los aspectos genéticos y culturales, en el
hombre, pueden ser descriptos mediante una analogía con una computadora
digital. Nuestra herencia genética vendría a ser similar al hardware (circuitos
de la máquina), mientras que el aspecto cultural vendría a ser el software
(programación). Incluso esta analogía se ha establecido para describir los
procesos biológicos básicos. Así, Paul Davies escribe: “Los ácidos nucleicos almacenan el software de la vida; las proteínas son
las auténticas trabajadoras y constituyen el hardware” (De “El Quinto Milagro” – Biblioteca Muy Interesante).
El proceso de adaptación biológica nos
ofrece una guía para comprender la forma en que evoluciona la vida inteligente.
En etapas primitivas, el hombre compartía con otras especies las funciones de
la parte interna de nuestro cerebro, la cual venía programada por una serie de
procesos de estímulo y respuesta que permitían nuestra adaptación a un nivel
básico o elemental. Esa parte del cerebro incluso trae programada la existencia
de sentimientos y sensaciones de placer y dolor.
Luego, mediante la evolución biológica, va
apareciendo la parte exterior de nuestro cerebro, que es la responsable
principal del proceso del razonamiento, que distingue la vida inteligente de la vida animal; algo novedoso en el
proceso de la evolución biológica. José Luis Pinillos escribe:
“Estos fines
vitales –conservar la vida y mejorarla- los realiza el hombre a través de dos
grandes unidades funcionales del sistema nervioso: el sistema de relación, que atiende principalmente a las relaciones
del organismo con el mundo exterior, y el sistema
autónomo, que atiende sobre todo a la regulación de la llamada vida
vegetativa. Ambos sistemas están muy vinculados entre sí, de tal modo que las
necesidades interiores del organismo y la relación con el medio ambiente
funcionan en estrecha coordinación, constituyendo una indisoluble unidad
vital”.
“Por desgracia, en
el ser humano la afectividad y la razón no marchan siempre de acuerdo en sus
intervenciones. El cerebro «interno» y el cerebro «exterior», el sistema de
relación y el sistema vegetativo –por decirlo de algún modo-, no siempre se
coordinan de una manera ideal. Con lo cual la actividad integradora del sistema
nervioso puede resentirse y originar lo que algún neurofisiólogo ha llamado esquizofisiología o escisión funcional de la unidad
orgánica”.
“En definitiva,
pues, lo que ocurre es que la vida afectiva del hombre, con sus emociones,
sentimientos y deseos, es hasta cierto punto independiente de las actividades
cognoscitivas y voluntarias en que consiste la vida de relación regida por el neocortex o cerebro «nuevo»”.
“…semejante falta
de sincronía evolutiva se debe a que nuestras funciones intelectuales sean
ejercidas por los estratos más recientes y desarrollados del cerebro, mientras
nuestra vida afectiva y nuestros apetitos continúan siendo dominados por un
sistema primitivo básicamente reptiliano. Semejante
situación –que MacLean califica de esquisofisiológica- explicaría la diferencia que a menudo
existe entre lo que nos dice la razón y lo que nos exige el sentimiento, y en
definitiva contribuiría a explicar contradicciones entre la «bestia» y el
«ángel» que acompañan, como la sombra al cuerpo, la vida de todo ser humano”
(De “La mente humana” – Ediciones Temas de Hoy SA).
Vemos que el problema de “herencia y
cultura” no es más que una derivación del conflicto “instintos y razón”. Así
como la cultura debe predominar respecto de nuestra herencia genética, la razón
debe predominar sobre nuestros instintos básicos, lo que, en realidad, no
constituye ninguna novedad, al menos para la intelectualidad de distintas
épocas.
Pero este predominio de la razón debe
establecerse a partir de la existencia de un aceptable nivel cultural
individual, y no mediante la supresión total de nuestros afectos o de nuestros
deseos, tal como lo propone el budismo y algunas otras posturas filosóficas. G.
Reale y D. Antiseri escriben:
“Las pasiones, de las que depende la infelicidad del hombre, son para los
estoicos un error de la razón o una consecuencia directa de dicho error. Dado
que se trata de errores del logos, es evidente que carece de sentido para los
estoicos moderar o circunscribir las pasiones. Como ya decía Zenón, hay que
destruirlas, extirparlas, erradicarlas totalmente. El sabio, preocupándose por
su logos y
tratando de que sea lo más recto posible, no permitirá que nazcan siquiera las
pasiones en su corazón o las aniquilará en el preciso momento en que nazcan. En
esto consiste la famosa apatía estoica, en la eliminación y la ausencia de
cualquier pasión, que en todos los casos representa nada más que una
perturbación del ánimo. La felicidad, pues, es apatía, impasibilidad” (De
“Historia del Pensamiento Filosófico y Científico” Tomo I – Editorial Herder SA).
De ahí que podemos definir al hombre
diciendo que se distingue del animal, no por su inteligencia, sino por la forma
en que su inteligencia permite regular, o controlar, sus sentimientos, porque
de ellos depende nuestra felicidad. En cambio, la felicidad, en el sentido de
los estoicos, implica anular una parte importante de nuestra naturaleza humana.