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EL HOMBRE DE BIEN
La
puesta en práctica de una propuesta ética está asociada a un método. Todos los
métodos coinciden en una evaluación de nuestro comportamiento cotidiano. Para
ello debemos tener previamente una idea acerca del Bien y del Mal. Entonces, la
introspección actuará como parte de un proceso realimentado, o autocontrolado, que apunta hacia el mejoramiento
individual.
El método persigue un objetivo principal: la eliminación de nuestros
defectos y el aumento de nuestras virtudes; considerando como “defecto” lo que
falta para llegar a tener la virtud correspondiente. De ahí que “el hombre de
bien” es, justamente, el que con preponderancia realiza el Bien. Nótese que es
muy distinto hacer el Bien a no hacer el Mal. Quien no hace el Bien ni el Mal,
es éticamente neutro; su acción será insuficiente para el logro del éxito
personal.
Para obtener un progreso evidente, debemos estar convencidos de que
ciertas acciones producirán el Bien común y que otras producirán efectos
indeseados. Que no sepamos cuales serán los efectos de tal o cual acción
humana, ello no significa que no produzca efecto alguno. Y que no sepamos
clasificar tales causas como productoras del Bien o del Mal, tampoco significa
que no puedan asociarse a alguna de estas categorías. Se supone, además, que
existe una transición gradual entre el Bien y el Mal.
El impresor, escritor, físico y hombre de Estado, Benjamín Franklin
(1706-1790), sugirió un método que requiere un listado de virtudes, como base
de la acción a desarrollar. Luego, trata de ir eliminando los defectos uno a
uno, sin prestar demasiada atención a los demás. Escribió al respecto: “Así
como el jardinero que quiere limpiar un jardín no arranca a un tiempo todas las
malas hierbas, porque sería una faena superior a sus medios y a sus fuerzas,
sino que desde luego empieza por una parte, y no pasa a otra hasta haber
concluido el trabajo de la primera: así también esperaba yo disfrutar el placer
de ver en mis páginas los progresos que habría hecho en la virtud por la
disminución sucesiva del número de señales, hasta que al fin, después de haber
vuelto a comenzar muchas veces, tuviese la dicha de hallar mi librito
enteramente blanco, después de un examen diario durante trece semanas” (De “El
libro del hombre de bien”).
Este método presenta alguna similitud con el empleado por el fisicoculturista Frank Zane, ganador del Mr. Olimpia,
para la “construcción del cuerpo” (bodybuilding),
como se denomina también a la “gimnasia progresiva con pesas”. Primeramente
tiene presente los factores de los que depende el entrenamiento con pesas:
cantidad de series, repeticiones por serie, descanso entre series, peso
utilizado, etc. El método sugerido implica realizar, de un entrenamiento a
otro, alguna mejora. Esa mejora consistirá en aumentar el peso, o las
repeticiones, o las series, o bien disminuir el tiempo de descanso. De esa
forma se hace evidente el progreso realizado, sin fijarse una meta concreta
para el largo plazo. Se opta por una meta concreta y realizable para el corto
plazo. Tanto para el método de la mejora de nuestra conducta como para la
mejora de nuestro cuerpo, se requiere realizar una anotación diaria de nuestras
acciones cotidianas.
La lista sugerida por Franklin consta de trece normas. Se agregarán
comentarios del autor del presente escrito sin que necesariamente sea esa la
opinión del propio Franklin.
1) Templanza. No comáis hasta entorpeceros, ni
bebáis hasta perder el sentido.
La templanza está asociada a la voluntad;
por medio de la cual el hombre hace, en el corto plazo, lo que estima que
producirá los mejores efectos en el largo plazo. Las pasiones, por el
contrario, son prometedoras de felicidad en el corto plazo, de ahí que
presionan al individuo a hacer lo incorrecto. La templanza es la que, a la
larga, prolonga la vida y mejora su calidad, por cuanto permite que se dejen de
lado los hábitos perjudiciales para la salud (fumar, comer y beber en exceso, o
lo indebido, etc.). Francis Williard escribió:
“Templanza es la moderación en el uso de lo bueno y abstinencia total de lo
malo”.
2) Silencio. No habléis sino lo que puede ser útil
a los otros o a vosotros mismos. Evitad las conversaciones ociosas.
El silencio y la meditación permiten
adquirir nuevos conocimientos. La conversación es la que permitirá
transferirlos a los demás. De ahí que existen momentos propicios para el silencio
como también momentos oportunos para el diálogo. Pitágoras escribió: “Escucha,
serás sabio; el comienzo de la sabiduría es el silencio”.
Se dice que la claridad es la cortesía del
filósofo. También podemos decir que la brevedad y la claridad de nuestras
expresiones serán una parte esencial de nuestra cortesía al participar en una
conversación. Debemos, además, detectar el interés que los demás tienen
respecto del tema que hemos propuesto.
3) Orden. Que en vuestra casa cada cosa tenga
su lugar, cada negocio su tiempo.
El orden y la disciplina son esenciales
para el logro de metas compartidas. No sólo debemos mantener un orden en la
ubicación de los objetos materiales, sino también debemos distribuir
adecuadamente nuestras acciones en el tiempo. Así se dará una mejor utilidad
tanto al espacio como al tiempo.
El filósofo Mario Bunge,
respondiendo acerca de las diferencias que encontraba al desempeñarse en
Canadá, respecto de su actividad académica en
4) Resolución. Resolveos a hacer lo que
debéis, y no dejéis de hacer lo que hubiéreis
resuelto.
Esta sugerencia está asociada al interés
que dedicamos a cada acción y a cada proyecto. Podemos decir que el trabajo
dedicado a realizar un objetivo, es una medida de cuánto de importante ha de
ser para nosotros lograrlo. La persona negligente lo es, precisamente, porque
sus metas son insignificantes o porque no existen. También una sociedad, o una
nación, que carece de objetivos comunes, mostrará una
tendencia a la vagancia generalizada. Alguna vez José Ortega y Gasset nos dijo: “¡Argentinos; a las cosas
!”, que podemos interpretar como: “Argentinos; dejen de hablar y
pónganse a trabajar”.
5) Economía. Los gastos que hagáis sean
únicamente para el bien ajeno o para el vuestro: es decir, no disipéis nada.
El secreto del éxito económico radica en
trabajar y en gastar como si siempre uno ha de ser pobre. De esa manera, se
puede ir progresando a través del ahorro productivo. Por el contrario, el
“secreto” del fracaso económico radica en trabajar y en gastar como si siempre
uno ha de ser rico. La primera actitud considera al dinero como un medio,
mientras que la segunda lo considera un fin. La primera actitud proviene de
priorizar lo ético y lo intelectual, la segunda proviene de priorizar las
pasiones y el cuerpo. Paolo Mantegazza escribió:
“Entre la avaricia y la prodigalidad está la economía, y es la virtud que debe
practicar todo hombre”.
6) Trabajo. No perdáis el tiempo. Ocupaos
siempre en alguna cosa útil. Absteneos de toda acción que no sea necesaria.
Para muchos, el ocio es el destino
primordial del tiempo disponible, mientras que el trabajo es una especie de
castigo inevitable. El trabajo se realiza de mala gana y, tanto un sueldo alto
como uno bajo, son justificativos adecuados para el trabajo a desgano. Cierto
ingeniero argentino viajó a EEUU para trabajar en una empresa de ese lugar.
Esperaba encontrar empleados y
profesionales de alta capacitación que produjeran la efectividad
empresarial conocida. Sin embargo, se encuentra que la gran diferencia,
respecto a una empresa argentina, radica en el orden y la disciplina con que se
desempeña cada uno de sus integrantes.
7) Sinceridad. No uséis de inicuos artificios;
pensad con sencillez y justicia, y hablad como pensáis.
La persona sincera es la que dice siempre
lo que piensa. Aunque a veces sus pensamientos no habrán de ser del todo
buenos, al ser sincera, causarán esa impresión. Por el contrario, el que dice
cosas distintas a las que piensa, al ser conocida esa diferencia, dará la sensación
de esconder algo malo.
8) Justicia. No hagáis mal a nadie, ya sea
perjudicándolo, o ya omitiendo el hacerle el bien a que os obliga vuestro
deber.
Debemos hacer el Bien y evitar el Mal en
toda ocasión, tanto frente a nuestros amigos como frente a nuestros rivales (en
caso de existir). Si hacemos lo malo, nuestros amigos tendrán una pobre
valoración de nuestra persona y nuestros rivales se alegrarán de ello. Si
hacemos lo bueno, se alegrarán nuestros amigos, pero no nuestros rivales.
9) Moderación. Evitad la cólera. Guardaos de
resentiros de las injurias tan vivamente como os parecen merecerlo.
La capacidad de amar se demuestra,
principalmente, a través de nuestra capacidad para perdonar. Ella está
favorecida, principalmente, cuando hay signos, de la otra parte, de cierto
arrepentimiento por los agravios cometidos.
10) Limpieza. Sed limpios en vuestros cuerpos,
en vuestros vestidos y en vuestra habitación.
A veces se confunde pobreza con falta de
aseo. Son dos cosas diferentes.
11) Tranquilidad. No os incomodéis por pequeñeces, ni por ocurrencias
ordinarias o inevitables.
Inmanuel
Kant escribió: “La paciencia es la fortaleza del
débil y la impaciencia, la debilidad del fuerte”.
12) Castidad. Usad con comedimiento de los placeres
del amor, y solamente para conservar la salud o tener hijos, sin llegar jamás
al extremo de caer en la estupidez o en la debilidad, ni comprometer vuestra
conciencia, paz, reputación o las de vuestro prójimo.
El sexo-diversión produce, casi siempre, dos
situaciones no deseadas: la paternidad irresponsable y el aborto. Informaciones
periodísticas indican que en
13) Humildad.
Imitad a Jesús y a Sócrates.
A varios filósofos se los asocia al lugar
donde impartieron sus enseñanzas:
Hemos descripto
una propuesta ética sugerida por un hombre del siglo XVIII, que habitaba en
7 POBREZA Y CORRUPCIÓN
Quienes se autodenominan “defensores de los
pobres”, muchas veces favorecen su marginación definitiva. Si los pobres
dejaran de serlo alguna vez, tales defensores perderían su “meritoria” razón de
existir. Benjamín Franklin escribió: “Yo creo que el mejor medio de hacer bien
a los pobres no consiste en hacer cómoda su pobreza, sino en obrar de manera
que dejen de ser pobres; no en hacerles caridad, sino en hacer que puedan vivir
sin recibirla”.
Empresas
consultoras internacionales han elaborado clasificaciones de los distintos
países según el nivel de corrupción estimado. Los mejores clasificados (con
menor corrupción) son países europeos. Los peores son países sudamericanos y
africanos. La conclusión inmediata y evidente es que existe una estrecha
relación entre el nivel de corrupción y el nivel de pobreza; a mayor
corrupción, mayor pobreza.
Si
la corrupción existe previamente a la pobreza, la solución vendrá desde la
ética. Sin embargo, existe una gran desvinculación entre la ética y los medios
masivos de comunicación, que son los principales formadores de la mentalidad
generalizada de la sociedad. Así, en un programa televisivo, se invita a un
integrante de un nuevo partido político. El entrevistado recibió actitudes casi
burlescas, por parte de quienes lo entrevistaron, por cuanto afirmó que “la
sociedad debería cumplir con los mandamientos bíblicos”.
Mientras que el cristianismo promueve una mejora ética en el individuo,
hay quienes piensan que el hombre poco puede cambiar y que debemos intentar un
nuevo cambio estructural en lo político y en lo económico. Los liberales
proponen la economía de mercado y los marxistas la economía estatal
planificada.
Si
se supone acertada la postura liberal, debemos atenernos a los criterios
ofrecidos por
La
ley humana, que debería ser una ampliación de las normas éticas, parece haber
sustituido y relegado al olvido a tales normas. El barón de Holdbach
escribió: “El hombre que solamente es justo según las leyes, puede muy bien
carecer de toda virtud social”.
El
Estado, como organismo compensador y regulador de la sociedad, sólo puede ser
eficiente cuando sea reducido el porcentaje de individuos que tiene necesidad
de recurrir a él como una última alternativa. Así, el Estado ha de socorrer a
quien esté privado de los elementos básicos para su supervivencia. Cuando son
muchos los necesitados, incluso cuando se agrega toda una clase social (los
políticos), el Estado no puede cubrir esas exigencias y llega al colapso.
Podemos hacer una analogía con las antiguas centrales telefónicas, que
podían atender hasta un 10% de los abonados, simultáneamente. Basándose en
estudios estadísticos, el sistema se diseñaba contemplando ese porcentaje como
el máximo utilizado en condiciones normales. Cuando ocurría alguna situación de
emergencia, el sistema se saturaba.
Con el Estado pasa algo semejante. Si en una sociedad, la gran mayoría
necesita del Estado para obtener trabajo, seguridad, alimentos, salud,
educación, etc., es muy probable que el sistema deje de ser eficiente. Esa
ineficiencia es algo inherente al sistema y puede no depender de una posible
ineficiencia de quienes toman decisiones a nivel estatal; excepto por reconocer
fallas y no hacer nada por eliminarlas. Debe trabajarse desde el estado y desde
lo privado. No es conveniente que el Estado deje de promover lo económico. Si
no es eficiente, debe tratarse que lo sea.
Los partidos políticos que promueven el proteccionismo estatal,
favorecen la saturación mencionada. Ello lo hacen para cumplir mejor con su
función protectora. Además, crean la figura del “enemigo del pueblo”. Así, los
nazis protegían al pueblo de los judíos; los marxistas protegían al pueblo de
los capitalistas; los peronistas lo hacían respecto de la oligarquía. Una vez
que llegan al poder, cambian la demagogia por una tiranía, y no resulta fácil
sacarlos del poder ya que, generalmente, proscriben a los partidos opositores.
Aristóteles escribió: “El tirano, no tiene otra misión que proteger al pueblo
contra los ricos. Siempre empezó por ser un demagogo. El medio de llegar a la
tiranía es el de ganar la confianza de la multitud. Ahora bien, se gana esa
confianza declarándose enemigo de los ricos”.
La
poca predisposición al trabajo, tanto del negligente como del estafador, se
debe a una falta de voluntad para vivir. Sólo se los podrá hacer trabajar a
gusto si se les induce a adoptar una diferente postura frente a la vida.
Santiago Ramón y Cajal escribió: “El ideal del
español de buena parte de la clase media es jubilarse tras breves años de
trabajo, y, si es posible, antes de trabajar”. Posiblemente ese ideal sea
compartido por muchos argentinos.