11 AUTOPSIA PREMATURA DE LA FILOSOFÍA
Por Mario Bunge
Nunca ha habido
tantos profesores de filosofía y, a la vez, tan poca filosofía nueva,
interesante y útil. En efecto, desde fines de la Segunda Guerra Mundial el número
de filósofos profesionales se ha multiplicado al menos por diez, y los
congresos, libros y revistas de filosofía han acompañado al aumento de esa
población. Sin embargo, la enorme mayoría de los filósofos no propone ideas
originales. Enseñan, comentan o critican ideas de otros, vivos o muertos, o se
dedican a juegos de ingenio, cuando no a juegos de palabras.
La gravedad de la crisis de la filosofía
actual es tal, que rinde fervoroso culto a dos notorios antifilósofos:
Ludwig Wittgenstein y Martín
Heidegger. El primero declaró que la filosofía es la
enfermedad consistente en el uso incorrecto del lenguaje. Y el segundo tiene el
dudoso mérito de ser el escribidor más oscuro de la
historia. Ambos estaban obsesionados por la palabra e ignoraban las revoluciones
científicas que estaban sucediendo bajo sus narices, y ninguno de ellos
resolvió un solo problema filosófico.
Pero tanto el fundador de la filosofía del
lenguaje ordinario como el padre del existencialismo moderno originaron sendas
industrias académicamente lucrativas. Éstas ocupan a numerosos profesores
empeñados en anotar, comentar, interpretar y reinterpretar los textos de los
fundadores. Uno de los motivos de la popularidad de Wittgenstein
y Heidegger es que su lectura no exige conocimientos
previos. Los aforismos del primero son triviales. Las oraciones del segundo se
dividen en inteligibles (pero triviales y falsas), e incomprensibles y por lo
tanto intraducibles. El primero aburre y el segundo indigna a cualquier
intelecto racional.
La
desproporción entre calidad y cantidad en la filosofía contemporánea es tan evidente, que el profesor
norteamericano Richard Rorty ha proclamado la muerte
de la filosofía. (Sin embargo, él mismo sostiene que Wittgenstein
y Heidegger son dos de las tres cumbres filosóficas
del siglo. La tercera sería el pragmatista John Dewey, pensador muy influyente en los EEUU, pero de escasa
originalidad). Naturalmente, Rorty y otros han
publicado copiosamente sobre el tema. La necrofilia desplaza a la filosofía.
Confieso que no he leído ninguna de las
necrologías contemporáneas de la filosofía. Mi amigo, el finado José María Ferrater Mora, me tenía al tanto de esta y de otras
patologías filosóficas, que a él le divertían tanto como a mí me irritan.
Si uno cree realmente que la
filosofía se acabó y, en particular, que uno mismo está acabado como filósofo,
entonces tiene el deber moral de callarse, por estar convencido de que no puede
aportar nada nuevo que no haya sido dicho antes.
En cambio, si uno no cree en la
muerte de la filosofía, o cree que ésta está herida pero aún puede salvarse,
debe hacer algo para salvarla. Y lo único que puede hacer de buena fe para
contribuir al restablecimiento de la filosofía es filosofar un poco. Como dice
la sabiduría popular, no hay peor lucha que la que no se hace.
¿A quién de los dos debemos creer:
al pesimista o al optimista, al enterrador o al médico? Yo creo en el segundo,
por la sencilla razón de que hay muchísimos, incontados
problemas filosóficos sin resolver o, aun peor, mal resueltos. Y mientras quede
un problema filosófico abierto y un cerebro interesado en trabajarlo, la
filosofía no habrá muerto.
En resolución, creo que la
filosofía no está muerta sino enferma. Si esto es verdad, y si queremos que la
filosofía se recupere, debemos empezar por formular un diagnóstico correcto:
debemos identificar los males que aquejan a la filosofía. Mi diagnóstico es que
la filosofía de nuestro tiempo sufre de los siguientes males:
1)
Reemplazo
de la vocación por la profesión
2)
Confusión
entre filosofar e historiar
3)
Confusión
entre profundidad y oscuridad
4)
Obsesión
por el lenguaje
5)
Subjetivismo
6)
Refugio
en miniproblemas y jeux d’esprit
7)
Formalismo
sin sustancia y sustancia informe
8)
Desdén
por los sistemas: preferencia por el fragmento y el aforismo
9)
Divorcio
de los dos motores intelectuales de la cultura moderna: la ciencia y la técnica
10) Desinterés por los problemas sociales
Veamos en detalle en qué consisten estos males.
El primero de los males anotados
es la profesionalización excesiva. Antes el filosofar era cosa de aficionados,
de amantes de la sabiduría. Desde hace un par de siglos la filosofía es una
profesión como cualquier otra. (Sin embargo, no conozco a ningún filósofo que,
al declarar su profesión, ponga “filósofo”). Además, hay tantos puestos de
profesor de filosofía que, inevitablemente, muchos de ellos son ocupados por
personas sin vocación. Para peor, están obligados a publicar para poder
conseguir empleo o ascenso. Con la comunidad científica ocurre otro tanto: está
llena de funcionarios que, en otros tiempos, hubieran sido competentes
artesanos, escribientes o abogados. El resultado inevitable de la
profesionalización de la filosofía y de la ciencia es la pérdida de calidad.
El segundo mal es la confusión
entre hacer filosofía y contar su historia. No hay duda de que el conocimiento
del pasado de su disciplina es más importante para el filósofo que para el
químico o el biólogo, porque muchos problemas filosóficos tienen raíces
antiguas y siguen abiertos. Es decir, la historia de la filosofía es una
herramienta para filosofar. Pero ocurre demasiado a menudo que el medio se toma
por fin. La consecuencia es que marchamos mirando para atrás. Ésta es una
aberración. Al fin y al cabo, los historiadores de la filosofía se ocupan de
filósofos originales, no de historiadores de la filosofía.
El tercer mal es la confusión
entre profundidad y oscuridad. Es verdad que es difícil entender un pensamiento
profundo. Pero también es verdad que es fácil hacer pasar una perogrullada, o
incluso un absurdo, por un pensamiento profundo. Para esto basta utilizar
expresiones confusas o retorcidas. Por ejemplo, al escribir que “el mundo
mundea”, que “el tiempo es originariamente la maduración de la temporalidad”, y
disparates similares, Heidegger se hizo pasar por un
pensador profundo. De no ser catedrático alemán, la gente lo habría tomado por
loco, cuando no fue sino un charlatán.
El cuarto mal es la obsesión por
el lenguaje, que aqueja tanto a los filósofos analíticos como a los
existencialistas. Por supuesto que el filósofo debe cuidar el lenguaje, pero en
esto no se distingue del matemático, del geólogo, el escritor o el periodista.
Además, una cosa es escribir correctamente y con claridad, y otra tomar el
lenguaje como tema central de la reflexión filosófica y, para peor, sin hacer
caso de los trabajos de los expertos en la materia, o sea, los lingüistas. Al
filósofo no le interesa saber cómo se usa esta o aquella palabra en tal o cual
comunidad lingüística. Sin duda, puede interesarle la idea general del
lenguaje, pero sólo como una de tantas ideas generales. Si se limita al
lenguaje irrita al lingüista y aburre a todos. El resultado es que no enriquece
la lingüística ni la filosofía.
El quinto mal es el subjetivismo.
Éste es el conjunto de doctrinas filosóficas que niegan la realidad objetiva
del mundo y la posibilidad de alcanzar verdades objetivas. Ejemplos modernos de
subjetivismo son la fenomenología o egología (teoría
del yo) de Husserl, la tesis positivista según la
cual no hay hechos físicos sino tan sólo observaciones, y la tesis relativista
conforme a la cual cada grupo social construye sus propias verdades, sin que
haya modo racional de zanjar entre ellas. El subjetivismo es comodísimo. En
efecto, si el mundo es lo que yo imagino, no tengo porqué tomarme el trabajo de
estudiarlo. Y si no hay verdades objetivas, no tenemos porqué esforzarnos por
encontrarlas. El resultado neto es la devaluación de la investigación
científica.
El sexto de los males que aqueja a la
filosofía de hoy es la atención exagerada que presta a problemas ínfimos y a
juegos académicos, tales como las especulaciones sobre mundos posibles. Esta
preferencia por lo menudo justifica el viejo dicho cínico: “La filosofía es
aquello con lo cual, y sin lo cual, el mundo queda tal y cual”.
El séptimo de los males anotados
es el abuso del formalismo sin sustancia, y su complemento, el abuso de lo
sustancioso informe. Quienes cometen el primer pecado suelen ser lógicos que
creen que la lógica formal no sólo es necesaria sino que basta para filosofar.
En el segundo pecado caen quienes no advierten que el tratamiento preciso de
problemas profundos exige el uso de algunas herramientas formales lógicas o
incluso matemáticas. (Ejemplos: la dilucidación y sistematización de los
conceptos de significado y de verdad, de sistema y de emergencia de la novedad,
de mente y reducción).
El octavo mal es el desdén por la
construcción de sistemas filosóficos, so pretexto de que todos los sistemas
anteriores, tales como los de Leibniz y Hegel, han fracasado. Esto es como renegar de la física
porque cada una de las teorías físicas ha resultado defectuosa. Lo malo no es
el esfuerzo de sistematización en sí sino tal o cual resultado del mismo.
Necesitamos sistematizar nuestras ideas porque las ideas aisladas son apenas
inteligibles, y porque el propio mundo es un sistema antes que un agregado de
objetos desconectados. Una idea cualquiera “arrastra” o “atrae” a otras ideas,
así como todo cuerpo atrae a otros cuerpos. Por ejemplo, la idea de negación es
incomprensible sin las ideas de proposición y de afirmación. Y, a partir de Einstein, la idea de tiempo es incomprensible sin relación
con las ideas de acontecimiento, materia y espacio. Por estos motivos
necesitamos sistemas conceptuales, o sea, teorías, y debemos construir puentes
entre éstas. La filosofía no escapa a la necesidad de sistematizar.
El noveno mal es el desinterés por
la ciencia y la técnica. Este desinterés lleva a formular especulaciones
escandalosamente anacrónicas. Ejemplos: la filosofía de la mente que ignora los
hallazgos de la psicología y la neurociencia; la filosofía de la historia que
no se da por enterada de las contribuciones de la escuela historiográfica
francesa de los Annales,
y la filosofía de la acción que no toma nota de los hallazgos de la politología ni de la técnica de la administración de
empresas. Este desinterés hace que la filosofía actual sea rara vez de utilidad
para la ciencia o la técnica.
Por último, la mayoría de los
filósofos vive en la torre de marfil, sin interesarse por los problemas
sociales. Por ejemplo, la mayoría de los éticos se desinteresa de los problemas
morales que a todos nos plantean la tiranía y la guerra, la pobreza y el
deterioro ambiental. Por consiguiente sus análisis son de interés puramente
académico.
En resolución, creo que la
filosofía de nuestro tiempo está aquejada de diez males. Cualquiera de ellos
hubiera bastado por sí solo para postrarla. Los diez morbos juntos la han
puesto gravemente enferma. Pero enfermedad no es lo mismo que muerte. Más aún,
el diagnóstico acertado de una enfermedad precede al tratamiento eficaz y por
ello puede ser la primera fase de la recuperación.
La filosofía no morirá mientras
queden personas curiosas por problemas generales cuya solución no tenga otra
utilidad que la de ayudarnos a comprender la realidad, en particular al ser
humano. El que no todos estos individuos sean catedráticos de filosofía, poco
importará a la larga. Tampoco Descartes fue catedrático y, sin embargo, fue el
padre de la filosofía moderna.
Lo que realmente importa para la
salud de la filosofía es mantener viva la curiosidad por las ideas generales.
Como reza el dicho popular, no está muerto quien pelea.
(De “Elogio de la curiosidad” – Editorial Sudamericana SA – Pág. 210 a 217)
12 LA POSTURA FILOSÓFICA DEL CIENTÍFICO
Es posible hablar
de una postura filosófica implícita del científico, ya que su propia actividad
lo requiere. De todas formas, no todos los científicos están en completo
acuerdo respecto de temas que vayan más allá de su propia especialidad. Aun así
podemos arriesgarnos a dar una postura filosófica que sea compatible con los
lineamientos básicos de la ciencia experimental. En general, en ciencia se
aceptan los siguientes postulados implícitos:
1) Todo lo existente está regido por leyes naturales.
2) Estas leyes son invariantes en el tiempo y en el espacio.
3) La actividad del científico consiste en describirlas.
4) La existencia de estas leyes es independiente de que el hombre las
describa, o no.
5) Es posible, en principio, conocer la totalidad de las leyes
Así como resulta menos dificultoso aprender un
nuevo idioma si ya se conocen otros, es imprescindible conocer una postura
filosófica para ser tomada como referencia para realizar comparaciones
posteriores. En este caso vamos a tomar como referencia la postura sintetizada
antes. Luego analizaremos algunas de las posturas filosóficas más frecuentes y
veremos si son, o no, compatibles con la postura científica.
En principio, se supondrá que las distintas
visiones del mundo son complementarias, sin que necesariamente se suponga que
sean erróneas, aunque algunas puedan serlo. La existencia de distintas
actitudes psicológicas individuales hace que aparezcan distintas forma de
observar la realidad, siendo algo positivo para el desarrollo del conocimiento.
Analizaremos las breves definiciones de las
distintas posturas que se dan en el libro “Gigantes de la Filosofía”, de Oriol
Fina, de la Editorial Bruguera SA:
Monismo: Afirmación de la existencia de una sola sustancia, sólo materia o sólo
espíritu.
Comentario: La postura
de la ciencia tiende a ser monista materialista, ya que se supone que todo está
constituido de una sola sustancia, regida por leyes invariantes. El filósofo
más destacado en esta forma de ver la realidad es Baruch
de Spinoza. En cuanto a decir que “todo es materia” o
“todo es espíritu”, podemos decir: “todo es una sustancia única que algunos
denominan materia y otros denominan espíritu”.
Es oportuno decir que no todos los
científicos adhieren a esta postura, ya que hay varios que son “dualistas”,
aceptando que no sólo existe un mundo natural sino también uno sobrenatural, o
bien suponen que el cerebro y la mente son dos entidades distintas.
Realismo: 1) Las ideas existen realmente como algo objetivo, fuera de la mente
de los individuos. 2) Las realidades existen con independencia del hecho de ser
conocidas.
Comentario: También la
postura científica es compatible con el realismo. En cuanto a la definición
anterior, podemos decir que las ideas que elaboramos en nuestra mente pueden
ser compatibles con alguna parte de la realidad, ya que son sugeridas por ésta.
Naturalismo: Rechaza todo lo que trascienda a la naturaleza, todo lo sobrenatural.
No es necesariamente materialista.
Comentario: En ciencia
no entra lo sobrenatural, ya que se buscan descripciones basadas sólo en la
existencia de leyes naturales. Sin embargo, desde la ciencia no puede refutarse
la existencia de lo sobrenatural. La mayoría de los científicos adhieren al
naturalismo.
Panteísmo: Identificación entre Dios y el mundo. El mundo no es más que una
manifestación o una emanación de Dios, o Dios no es más que el principio y el
fin de la naturaleza, la autoconciencia del mundo.
Comentario: la
religión natural (deísmo), como el panteísmo, son posturas filosóficas, o
religiosas, enteramente compatibles con la ciencia experimental. En lugar de
imaginar un Dios que interrumpe sus leyes a pedido de los hombres (milagros),
se identifica al conjunto de leyes con el propio Dios.
Racionalismo: La razón es superior a la emoción y a la voluntad, es el único órgano
adecuado para captar la realidad, pues toda realidad es de carácter racional.
Con la razón puede demostrarse todo, y sólo debemos admitir lo que nos sea
propuesto como verdadero por la razón.
Comentario: la coherencia
lógica de las descripciones científicas es un requisito necesario pero no
suficiente. En ciencia se acepta lo que puede comprobarse mediante
experimentos, o mediante demostraciones en el caso de la lógica y la
matemática.
Pragmatismo: El pensamiento debe reducirse a producir hábitos de acción. La
filosofía expresa conceptualmente lo que el hombre concreto desea.
Comentario: es
necesario que las ciencias sociales apunten a orientar al hombre sugiriendo una
acción concreta, o una actitud frente a la vida, que lo oriente y le dé un
sentido.
Irracionalismo: 1) La realidad exterior no está sujeta a unas leyes racionales. 2) La
realidad exterior no puede ser captada por nuestra razón.
Comentario: es una
postura incompatible con la ciencia
Idealismo: Aspira a concebir lo absoluto, el todo como idea. En un sentido
radical, niega la existencia de la realidad independientemente de la
conciencia, o cuanto menos afirma que no se puede decir nada con sentido sin
partir de la conciencia. Platón, al afirmar la existencia objetiva de las
ideas, como realidades que subsisten fuera de nosotros, inicia la más
rudimentaria forma de idealismo.
Comentario: en
principio, podemos idear en nuestra mente algunas cosas que no existen en la
realidad, por lo que, en general, no es compatible con la ciencia.
Convencionalismo: Las teorías no son más que cómodos instrumentos mentales, cuya verdad
depende del grado de eficacia que posean para la descripción de la realidad.
Comentario: la ciencia
busca modelos que se adapten a la realidad, por lo que, en principio, es una
postura compatible.
Fenomenología: Expuesta por Edmund Husserl,
examina todos los contenidos de conciencia en cuanto son puramente dados, sin
dictaminar si tales contenidos son reales o irreales, ideales o imaginarios.
Sólo así puede describirse lo dado en su pureza. Toda intuición inmediata es
fuente legítima de conocimiento.
Comentario: podemos
decir que “toda intuición inmediata no es fuente legítima de conocimiento”, por
lo que resulta incompatible con la ciencia.
Creacionismo: 1) El mundo ha sido creado de la nada por Dios. 2) El alma de cada
hombre es creada directamente por Dios.
Comentario: desde la
ciencia no pueden rebatirse tales argumentos, si bien se acepta la teoría de la
creación indirecta a través de la evolución y de la selección natural.
Determinismo: Todos los acontecimientos del universo están sometidos a leyes
naturales, de carácter causal. Niega la creación y la libertad.
Comentario: si bien es
aceptable que todo está regido por leyes naturales causales, no es lícito
deducir que no existe libertad de elección, por cuanto podemos “elegir” las
condiciones iniciales en toda cadena de causas y efectos.
Empirismo: Todo conocimiento debe fundamentarse en la experiencia. No hay más realidad
que la accesible a la experiencia de los sentidos. Por consiguiente, no deben
admitirse como realidades ni el alma, ni Dios, ni la causalidad, etc.
Comentario: hay
realidades (ondas electromagnéticas, por ejemplo) que no son accesibles a
nuestros sentidos, pero que existen.
Es oportuno decir que existen muchos
aspectos de la realidad que no entran en la ciencia, pero no por ello dejan de
ser reales o positivos para el hombre, como lo es el arte, la literatura,
incluso el propio pensamiento filosófico.
13 MAX PLACK: EL FILÓSOFO
Por Mario Bunge
¿Planck,
quien nunca hizo estudios regulares de filosofía, un filósofo? Sin duda, ha
sido uno de los principales filósofos de la física del siglo, a la altura de Poincaré, Boltzmann y Einstein. A diferencia de la casi totalidad de los
filósofos profesionales de su tiempo, que pretendían filosofar sobre la física
sin conocerla, Planck no sólo la conocía muy bien,
sino que tenía una correcta intuición filosófica. En todo caso, hizo mucho más
por la filosofía de la ciencia, así como por la cooperación de la ciencia con
las humanidades, que los filósofos intuicionistas y
los fenomenólogos, que carecían de tales conocimientos y de tal intuición.
La filosofía de la ciencia sustentada por Planck puede resumirse en las cuatro tesis siguientes:
I)
La naturaleza existe de por sí y el
hombre no es sino una pequeña parte de ella
II)
La naturaleza es legal (satisface
leyes) y la legalidad es causal (no hay azar objetivo)
III)
La realidad puede conocerse de a
poco, aunque jamás perfectamente
IV)
La ciencia marcha de la diversidad a
la unidad, de lo subjetivo a lo objetivo, y de lo relativo a lo absoluto.
La primera tesis, de la realidad del mundo
exterior, era considerada como metafísica por el positivismo que reinó durante la
vida de Planck, y que sigue siendo, aunque muy
debilitado, la filosofía oficial de la física aun después de haber sido
abandonado por casi todos los filósofos. Planck no se
ruboriza cuando se le acusa de hacer metafísica (u ontología). Sostiene que las
hipótesis de la realidad y legalidad del mundo son supuestos metafísicos de la
investigación científica. Quien no las acepta no puede hacer contribuciones al
conocimiento, ya que la finalidad de la investigación científica es encontrar
el orden (la ley) en la realidad. (También Einstein
pensaba así).
Planck opuso esa
gnoseología realista al fenomenismo de Mach, entonces popular entre los
científicos. Esta filosofía, el neopositivismo, sostenía que la realidad es el conjunto
de nuestras sensaciones, y que la ciencia es un esfuerzo para adaptar nuestros
pensamientos a nuestras sensaciones de la manera más económica posible, es
decir, prescindiendo de todos los conceptos y de todas las hipótesis que
carecen de contrapartida sensible. Planck no se cansó
de señalar, en el curso de medio siglo, que esta filosofía era un retorno al
antropomorfismo, y que ella comprometía el futuro de la investigación.
El realismo científico de Planck no era nuevo. El hecho nuevo fue que, lejos de
abrazar el realismo por lealtad a una escuela, Planck
mostraba que la hipótesis realista era una de las condiciones necesarias de la
investigación científica. Era menester cierto coraje para proclamar esta tesis
en una época en que triunfaban el positivismo, el convencionalismo y el
neokantismo, filosofías que negaban que la ciencia tuviese componentes
filosóficos. Por su lado Planck se sentía apoyado por
las novedades científicas que contradecían a esas filosofías, en particular la
física atómica y nuclear. Además, Planck ponía en
guardia contra la separación de la ciencia y de la filosofía, sabía que el
investigador científico no puede prescindir de una filosofía de la ciencia, y
que debiera adoptar una filosofía que promueva el adelanto de la ciencia en
lugar de bloquearla. Este es el motivo por el cual, en pleno auge del
espacialismo, Planck siempre favoreció el contacto de
los estudiantes de ciencias con las humanidades. (En esto continuó una buena
tradición alemana, lamentablemente abandonada hacia 1970).
La tesis II, de la legalidad de la realidad,
fue concebida por Planck a la manera clásica. Si bien
es cierto que Planck admitió que hay dos clases de
leyes, las “dinámicas” y las probabilistas o estocásticas, creía que estas
últimas eran inferiores a las primeras por dar lugar a excepciones
inexplicables. Según Planck, en efecto, las leyes
probabilistas, a diferencia de las causales, no son necesarias. Por este motivo
preconizó el programa de la reducción de las leyes estocásticas a leyes dinámicas
(causales) elementales. Reconocía que, desde el punto de vista lógico, también
puede sostenerse la hipótesis contraria, del carácter fundamental de las leyes
probabilistas. (Esta hipótesis subyace a la física cuántica). Pero esta
alternativa no le satisfacía por parecerle que nos condena a la ignorancia. En
efecto, si se supone que un proceso dado, p.ej. la
desintegración radioactiva, es radical e irreductiblemente estocástico,
entonces no se buscará la causa de las desviaciones respecto de los valores
medios. Y, si no se conocen las causas, no se puede explicar.
Esta concepción clásica, de origen
aristotélico, nos parece hoy excesivamente estrecha. Tendemos a creer que hay
leyes elementales probabilistas –las leyes básicas de la física cuántica- que
nos permiten explicar las regularidades que caracterizan a los sistemas (“ensembles”) estadísticos. No buscamos la causa de las
desviaciones respecto de los promedios sino, más bien, la raíz de las
regularidades (en particular los promedios y las desviaciones estándar).
En suma, no identificamos la legalidad con
la causalidad: hemos ampliado la concepción del determinismo, conservando las
componentes comunes a todos los tipos de determinación, a saber, la legalidad
(sea dinámica, sea estocástica), y la ausencia de creaciones a partir de la
nada (así como de aniquilamientos completos). Con todo, reconozcamos que la
recomendación de Planck (y de Lorentz
y de Einstein), de buscar la causalidad tras el azar,
tuvo un valor heurístico (tanto como la recomendación contraria). En efecto,
sugirió a Bohm, de Broglie,
Vigier, Bell, de la Peña, Boyer, y otros, a partir de 1952, el programa de
reconstruir las teorías cuánticas en términos de variables “ocultas”, esto es,
sin dispersión. Este programa fracasó hacia 1980, al demostrarse
experimentalmente la falsedad de las llamadas desigualdades de Bell, comunes a todas estas teorías. Pero este fracaso fue
instructivo: mostró que el progreso científico es irreversible, y que la
naturaleza, aunque legal, no es concebible a la manera clásica.
El principio filosófico III de Planck, a saber, el de la cognoscibilidad
del mundo exterior, no es tan evidente como podría creerse. Ante todo, supone
la realidad independiente de ese mundo, lo que a su vez es una hipótesis metafísica.
Además, después de Kant se tiene el derecho a dudar
de que podamos conocer las cosas tales como son en sí mismas: después de todo,
el cerebro humano no es un registrador perfecto ni pasivo, los órganos de los
sentidos son limitados, y no conocemos las cosas, en el laboratorio, sino por
su acción sobre nosotros. Además, el positivismo nos asegura que sólo se puede
conocer sucesos en los que hemos participado: nada ocurriría de por sí,
independientemente del sujeto. Por ejemplo, Bohr y
sus discípulos nos dirán que la teoría cuántica, aunque completa y por
consiguiente perfecta, no nos informa sobre cosas en sí (electrones, átomos,
fotones, etc.), sino sobre experimentos y mediciones.
Planck criticó
valientemente esta interpretación de la teoría cuántica. Señaló que es preciso
distinguir los enunciados teóricos, que se refieren a idealizaciones de cosas
en sí mismas, de los enunciados experimentales, que se refieren a situaciones
bajo control humano. Agregó que, mientras que los primeros no tienen nada que
ver con las mediciones, los enunciados experimentales jamás están exentos de
componentes teóricos, puesto que una medición sólo adquiere sentido en virtud
de haber sido diseñada e interpretada con ayuda de teorías. La formulación
axiomática de la mecánica cuántica, que no existía en tiempos de Planck, le dio razón a éste, al mostrar que, en efecto, los
postulados de la teoría se refieren a entes que existen, ya de por sí, ya bajo
la acción de sistemas macrofísicos. Recién cuando se
dispone de la teoría se la puede aplicar a la interacción de entes microfísicos con aparatos de medición. Planck
parece haber sido el primero en comprender que las dificultades gnoseológicas
de la teoría cuántica, o mejor dicho de la escuela de Copenhague, proviene de
la identificación de estos dos tipos de enunciado, los teóricos y los
experimentales, identificación que reposa sobre la afirmación dogmática de que
todas las fórmulas de la teoría se refieren a situaciones experimentales.
La tesis de la cognoscibilidad
de la realidad tiene como consecuencia la tesis de que nuestras teorías son
imágenes (sin duda imperfectas) de la realidad. Ellas no son resúmenes de
nuestras experiencias sensibles (positivismo) ni construcciones cómodas que
sirven para hacer predicciones (convencionalismo). Son, en cambio,
representaciones de cosas reales o presuntamente reales. Por consiguiente nos
permiten no sólo prever (aunque sea probabilísticamente)
el curso de los acontecimientos, sino también explicar su mecanismo.
Planck no era un
realista ingenuo: sostenía que nuestras representaciones de las cosas son
incompletas y a menudo falsas. Por un lado están las cosas, por el otro
nuestros modelos de las mismas; por un lado los acontecimientos, por otro las
imágenes que construye el teórico para dar cuenta de los mismos. El hecho que
maneja el teórico es un “modelo idealizado” creado a fin de eliminar los
elementos fortuitos y accidentales del hecho real, casi siempre más complejo y
espurio. El físico teórico nos da a conocer la realidad por medio de esos
modelos. Este conocimiento es imperfecto pero no deja de hacerse más preciso y
más profundo: se aproxima progresivamente a la verdad completa (o “absoluta”,
como prefería decir Planck), sin alcanzarla jamás.
Siempre queda algo desconocido e irracional. Pero éste no es el residuo
irracional de Meyerson: es un residuo que desafía al
investigador, quien a su vez lo reduce progresivamente. La naturaleza es, pues,
cognoscible paso a paso. Pero el mundo, según Planck, contiene más que la naturaleza: también existe el
Dios de los cristianos. Ante lo desconocido Planck se
divide en dos personas: el investigador que intenta reducirlo, y el creyente
que se resigna a venerarlo.
La tesis IV de Planck,
acerca de la marcha del conocimiento es tanto gnoseológica como histórica. Ante
todo, Planck subraya la tendencia a la unificación:
se comienza por encontrar un cúmulo de fenómenos aparentemente diversos, y se
construye teorías que muestran, sea su identidad profunda, sea sus acciones
mutuas. Esto es posible sólo porque buscamos lo que hay más allá de la
diversidad de nuestras sensaciones. Sólo la teoría nos enseña que las
vibraciones elásticas y el sonido son de la misma especie, así como las ondas
luminosas y las de radio. La tendencia a la unidad es innegable. Hoy lo vemos,
por ejemplo, en la fundamentación cuántica de la
física del estado sólido y de la química. Pero la tendencia a la diversidad no
es menos innegable. Basta ojear alguna de las centenas de revistas de física
para convencerse de ello: cada año nace un nuevo campo de investigación. Sin
embargo, también es cierto que se ensaya someter esta variedad creciente a una
doble unidad: la del método científico y la de las grandes teorías de base,
tales como la mecánica cuántica.
La tendencia hacia la unidad se emparenta, según Planck, con la
marcha hacia la objetividad. A fines del siglo pasado Planck,
siguiendo a Boltzmann, se esforzaba por liberar a la
termodinámica y la mecánica estadística de los rasgos antropocéntricos.
Señalaba que las formulaciones habituales de estas teorías seguían ligadas a la
técnica experimental así como a la técnica. Por ejemplo, para definir la
entropía (concepto básico que sirve para definir otros conceptos), uno se
preguntaba cómo se podía medir, o cómo se podría construir una máquina térmica
de rendimiento máximo. Plack juzgaba este
procedimiento erróneo porque la física tiene por finalidad explorar el mundo
exterior, tal cual es, sin la participación del observador. Hoy día se plantea
un problema similar a quienes desean liberar a las teorías cuánticas de
elementos antropomórficos, tales como la interpretación de las desviaciones
estándar como incertidumbres humanas, o la afirmación de que los entes microfísicos carecen de propiedades mientras no se los observa.
En su tiempo Planck mostró que la generalización de
la termodinámica a procesos irreversibles necesitaba la concepción de la
temperatura y de la entropía como propiedades objetivas de los cuerpos aun
cuando no se las pudiera medir sino en estados de equilibrio. Hoy día nos hace
falta un nuevo Planck que nos ayude a formular
teorías cuánticas de manera estrictamente objetiva, sin hacer intervenir el
sujeto (ni las “variables ocultas” que han resultado tan fantasmagóricas).
Finalmente, la objetividad subyace al tercer
rasgo que discierne Planck en la marcha de la
investigación, a saber, el paso de lo relativo a lo absoluto. Relativo es todo
aquello que depende de otro, sea sistema de referencia (referencial), sujeto, o
alguna otra cosa. Absoluto es todo aquello que es invariante (constante), tanto
respecto de los sistemas de referencia como de los sujetos de conocimiento.
Pero lo absoluto es a su vez relativo en otro sentido, ya que toda teoría
física tiene sus absolutos, o cantidades y ecuaciones invariantes respecto de
ciertas transformaciones, tales como la de Lorentz.
(Estos absolutos relativos, o contextuales, son internos al grupo de
transformaciones considerado). Ninguna teoría física es plenamente relativista
en el sentido de que le falte invariantes: toda teoría tiene invariantes que no
poseen otras teorías.
Cuando se popularizó la relatividad
restringida de Einstein, algunos filósofos creyeron
que consagraba el relativismo filosófico: que daba la razón a quienes sostenían
que todo es relativo y, en
particular, relativo al sujeto. (Protágoras parece
haber sido el precursor del relativismo filosófico). Planck
y el matemático Félix Klein, con mayor claridad aun
que Einstein, señalaron el error, sosteniendo que el
propio nombre “relatividad” era un gaffe, ya que la teoría de Einstein,
como toda teoría, tenía sus absolutos. Es verdad que las longitudes y
duraciones se habían tornado relativas (al referencial, no al sujeto). Pero en
compensación se fundaban sobre el intervalo espaciotemporal, que es un
invariante (del grupo de Lorentz). Otros absolutos
son la entropía y la carga.
Planck fue más
lejos, y sostuvo que el progreso de la ciencia va acompañado de una marcha
hacia lo absoluto, como un aspecto de la conquista de la objetividad. Lo objetivo
también sería lo absoluto (o más bien lo menos relativo), puesto que no depende
del sujeto. Tal vez esta tesis de Planck no sea
verdadera, pero tiene ciertamente un valor heurístico, ya que sugiere que
ampliemos los grupos de transformaciones. Sea como fuere, Planck
contribuyó decisivamente a la interpretación correcta (objetivista)
de las teorías relativistas. Sus reflexiones debieran ser pensadas por quienes,
influidos por el antirelativismo de Mach, confunden
referencial como sujeto de conocimiento, y “relativo” con “subjetivo”.
Planck no se
limitó a la teoría del conocimiento de la física, sino que abordó otras
cuestiones filosóficas, en particular las de la finalidad, el libre albedrío, y
la relación cuerpo-mente. Sus posiciones acerca de estas cuestiones fueron
influidas tanto por su religión como por su celo antipositivista.
Al igual que Maupertuis,
el célebre físico y metafísico del Siglo de las Luces, Planck
creía ver en el principio de la mínima acción una prueba de la finalidad de la
naturaleza. Creía que ese principio mostraba que la Naturaleza (nótese la
mayúscula) busca siempre el curso más económico y racional de todos los cursos
compatibles con los vínculos dados, y que involucran la misma cantidad de
energía. Desde la famosa sátira de Voltaire sabemos
que esta interpretación antropomórfica es falsa, aunque sólo sea porque a veces
la acción es máxima, no mínima. Hoy día utilizamos los principios de acción
estacionaria (o extremales) sobre todo para
sintetizar ecuaciones y asegurar su invariancia (o
mejor covariancia) respecto de ciertas
transformaciones. Más aún, las ecuaciones en cuestión pueden ser probabilistas,
lo que muestra una vez más que el principio no es teleológico.
Respecto del problema del libre albedrío, Planck adoptó la opinión de Kant:
la ciencia, en particular la ley causal, es extraña a los mecanismos de la
voluntad, que está regida por leyes morales, no por leyes físicas. Por
consiguiente, no hay conflicto posible entre el libre albedrío y la causalidad,
como tampoco entre la ética y la ciencia: cada cual vale en su propio dominio.
Sin embargo, Planck hace notar que, aun cuando no
podamos ajustar nuestra conducta a las leyes causales, podemos analizarla a
posteriori, y que este análisis podrá enseñarnos algo y, de este modo,
ayudarnos en el porvenir. Dicho de otro modo: aun cuando la acción humana no es
científica, puede existir una ciencia de la acción. Sin duda, Planck se habría sorprendido al ver que la psicología fisiológica
investiga los actos voluntarios en el laboratorio, y que a veces planeamos
nuestras acciones con ayuda de la investigación operativa.
En cuanto a la relación mente-cuerpo, Planck sostenía que no se trata de entes diferentes, sino
de lo mismo visto desde dos ángulos opuestos. (O sea, Planck
adoptó, tal vez sin saberlo, la doctrina del monismo neutral, o del doble
aspecto). Por consiguiente, el problema que plantea la doctrina del paralelismo
psicofísico (o sincronismo del alma y del cuerpo, a saber, el de la
coordinación, le pareció un seudoproblema. Planck no se detuvo en este punto sino que analizó otros seudoproblemas, auténticos o no. Creyó que lo que todos
ellos tienen en común son supuestos falsos. Sin embargo, a diferencia de los neopositivistas, que solían calificar de seudoproblema todo problema que rebasase su propio marco, Planck se guardó de afirmar que hay seudoproblemas
en un sentido absoluto. Por el contrario, el contexto en que se presenta una
cuestión hace de ésta un problema legítimo o un seudoproblema.
Moraleja: antes de descartar un problema como carente de sentido, analiza el
contexto en que se presenta.
En resolución, aunque Planck
careció de una formación filosófica profesional (o quizás precisamente debido a
esta circunstancia), hizo mucho, y casi todo ello positivo, en filosofía de la
ciencia. Sus principales contribuciones en este campo fueron la crítica de las
concepciones subjetivistas (positivismo, fenomenismo, operacionalismo, y
convencionalismo), así como la defensa del realismo científico y la elucidación
de teorías físicas fundamentales tales como la termodinámica, la mecánica
estadística, la electrodinámica clásica, la relatividad restringida, y la
mecánica cuántica. Tuvo la dicha de vivir en una época en que los científicos
se sentían libres de discutir cuestiones filosóficas, así como responsables de
mantener al público informado de las grandes líneas de sus investigaciones.
Algunos de los problemas epistemológicos que
tratara Planck aún no han sido resueltos para
satisfacción de todos. Esto vale, en particular, para la cuestión de la
interpretación de las teorías cuánticas, que Planck
fundara casi sin quererlo ni saberlo. En efecto, aún hoy se discute la cuestión
de la interpretación correcta de las teorías cuánticas. Por este motivo la
lectura de sus obras aún puede ayudarnos a comprender lo que está sucediendo en
este dominio. Y aun cuando no compartamos todas sus ideas, experimentaremos
placer al ponernos en contacto con uno de los cerebros más vigorosos de nuestra
era atómica, que inaugura casi por casualidad uno de los últimos días del siglo
pasado” (De la presentación de “Max Planck: Autobiografía científica” – Ediciones Leviatán)