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CONOCIMIENTO Y JUSTICIA
Podemos describir al ser humano como un
sistema complejo adaptativo. Es complejo porque está
sustentado por la información genética heredada y por la información cultural
adquirida. Es adaptativo por cuanto somos un producto
de la evolución biológica. G. Vollmer escribió:
“Nuestro aparato cognoscitivo es un resultado de la evolución. Las estructuras
cognoscitivas subjetivas se encuentran adaptadas al mundo porque se han
desarrollado, en el curso de la evolución, como adaptación a ese mundo. Y esas
estructuras reproducen (parcialmente) las estructuras reales, porque sólo una
reproducción semejante pudo haber hecho posible la sobrevivencia”
(Citado en “Imágenes de la racionalidad científica” de H. Palma y E. Wolovelsky).
Los hombres podemos elegir entre el Bien y el Mal por cuanto disponemos
de una capacidad de autodeterminación. Esta libertad de elección de poco
serviría si no tuviésemos suficiente información respecto de cómo funciona el
mundo real. Es un caso similar al del individuo que adquiere una computadora y
tiene libertad para usarla, pero, si no dispone de información suficiente,
pocos resultados positivos habrá de lograr. De ahí que
el conocimiento previo a toda decisión es un requisito indispensable para el
buen uso de la libertad de elección.
El
hombre, cuando se siente inseguro respecto del conocimiento que posee, prefiere
no disponer de libertad. Algunos delegan en otros hombres la responsabilidad
por las decisiones que determinarán su vida. De ahí surge el intercambio de
seguridad por libertad. George B. Shaw
escribió: “La libertad significa responsabilidad: por eso la temen la mayor
parte de los hombres”.
Otros imaginan que cada acontecimiento que ocurrirá en su vida viene
determinado desde su nacimiento y que, cualquiera sea la elección realizada, el
resultado será el que fue establecido previamente. Pearl
M.T. Craigie escribió: “Los hombres juntan todos los errores de
su vida y crean un monstruo al que llaman destino”.
La
ley natural es el vínculo invariante entre causas y efectos. Es invariable por
cuanto también lo es la substancia única que compone
todo lo existente. El método axiomático de Euclides permite sintetizar el conocimiento, mientras
que la experimentación, asociada a la obra de Galileo, permite su verificación
o validación. Estos conceptos básicos caracterizan al proceso cognoscitivo del
hombre. A. Einstein escribió: “El desarrollo de la
ciencia occidental se basa en dos grandes acontecimientos: la invención del
sistema de lógica formal (en la geometría euclideana)
por los filósofos griegos, y el
descubrimiento de la posibilidad de encontrar relaciones causales mediante
experimentación sistemática” (Citado en “Interacción lagrangiana”
de N.A. Doughty).
En
el pasado lejano (y parcialmente en la actualidad), la humanidad interpretaba
los acontecimientos cotidianos como consecuencias de las decisiones mágicas
adoptadas por dioses invisibles a quienes debían dirigir sus rituales para que
dichas decisiones les resultasen favorables. Luego, a partir de Newton,
prevalece la idea de que tales acontecimientos son las consecuencias de una
“ley natural determinista” que permite, en muchos casos, predecir los efectos
futuros a partir de las causas del presente. Los efectos se producirán en una
forma necesaria o determinada por la ley.
Posteriormente, en la física parece el concepto de “ley natural
probabilística”. Sigue existiendo un vínculo causal, pero entre causas y
efectos probables. Por ejemplo, si se envía un rayo luminoso hacia un vidrio,
una parte de los fotones incidentes volverá al medio de donde provienen
(reflexión) y otra parte atravesará al vidrio (refracción). (A nivel
macroscópico la luz se comporta como una onda, mientras que a nivel
microscópico se comporta como una partícula: el fotón).
Lo
novedoso, respecto de la idea newtoniana, es que sólo existe un determinismo
respecto de la fracción de fotones que elegirá cada uno de los dos caminos.
Respecto de cada fotón sólo puede calcularse una probabilidad de ocurrencia.
Hay quienes suponen que existen “variables ocultas” que caracterizan a los
fotones a niveles de observación inferiores y que es posible la existencia de
leyes deterministas que regirían el comportamiento individual. Por el momento
se afirma que existe un determinismo asociado sólo a un conjunto numeroso de
fotones.
En
la postura newtoniana, la realidad era vista como una suma de determinismo y
azar, pero se consideraba al azar sólo como “una medida de nuestra ignorancia”,
mientras que ahora lo interpretamos como algo inherente a la propia realidad y,
por lo tanto, también regido por leyes. De ahí que el concepto más general es
el de “ley natural” y que, desde el punto de vista de las ciencias sociales,
podemos continuar con la imagen de la ley natural determinista, ya que el
hombre es un conjunto numeroso de partículas.
El
ser humano es una suma de herencia genética e influencia social. La herencia
nos indica cierto determinismo genético, mientras que la influencia recibida
dependerá del medio social y familiar. De alguna forma podrá preverse el
comportamiento asociado a cierta herencia genética, pero es imposible prever la
influencia que recibirá cada individuo a lo largo de su vida, y tampoco su
consecuente accionar.
Aun
cuando conozcamos las leyes naturales asociadas a ciertos aspectos de la
realidad, muchas veces resulta imposible conocer las condiciones iniciales de
una secuencia de causas y efectos. En la física del micromundo
se denomina “principio de indeterminación” y está asociado a la cantidad mínima
de acción que interviene en los fenómenos naturales. En el mundo macroscópico
podemos hablar, análogamente, de un “indeterminismo cognoscitivo” que nos
impide conocer la totalidad de las causas relevantes que producirán
determinados comportamientos.
La
descripción inicial se amplía diciendo que el hombre es un “sistema complejo adaptativo autodeterminado”. Incluso podemos decir que el
universo viene determinado desde un principio, pero teniendo presente las decisiones
personales adoptadas por cada individuo. Es equivalente decir que cualquiera
sea lo que acontezca, ya viene determinado desde un principio, que decir que no
existe determinismo alguno. De ahí que no es conveniente adoptar algunas
opciones como principios generales.
Cuando el hombre puede realizar sus proyectos y deseos, tiene sensación
de libertad, ya que puede dar realidad a su voluntad y a sus pensamientos. En
cambio, no tiene libertad cuando se siente determinado por los designios de un
Dios que interviene en el mundo (fatalismo), o cuando es gobernado por la
voluntad de otros hombres, o porque confía en el determinismo asociado a la
reencarnación, o a la influencia de los planetas, o porque está impedido por
alguna incapacidad, o porque carece de conocimientos suficientes y verdaderos
para afrontar la vida. Aristóteles escribió: “Las acciones involuntarias son
las producidas por coacción o por ignorancia, las voluntarias son aquellas en
las que no hay coacción ni ignorancia”.
La
libertad de elección es, en realidad, una libertad para seleccionar las
condiciones iniciales que, necesariamente, producirán los efectos deseados. Si
las mismas condiciones iniciales dieran como resultado distintos efectos, no
sabríamos a qué atenernos. El universo no sería nuestro hogar, sino una trampa.
De ahí que no tiene sentido hablar de incompatibilidad entre libertad de
elección y ley determinista. Baruch de Spinoza escribió: “La voluntad no puede ser llamada causa
libre, sino causa necesaria” (De “Etica”).
El proceso de autodeterminación implica el
conocimiento del vínculo existente entre causas y efectos. Además, según que
los efectos produzcan el Bien o el Mal, tendremos un criterio moral que
orientará nuestras decisiones. Se opone a este proceso la creencia en un
determinismo exterior (del Dios que interviene), o la creencia en un predeterminismo (fatalismo, reencarnación, influencia
planetaria, etc.) Finalmente, se opone también la postura nihilista que
descarta cualquier sentido o finalidad del universo.
Cristo dijo: “La verdad os hará libres”, por cuanto la información
adquirida hace predominar en nosotros la voluntad implícita del orden natural,
restringiendo la voluntad de otros hombres. La plena adaptación a la ley
natural implica la obtención de la máxima sensación de libertad. En cambio, el
sufrimiento implica desadaptación, tanto por no
llevar un abrigo durante un día frío como por desconocer el sentido del
universo implícito en el espíritu de la ley natural. La falta de un sentido
para nuestra vida es el origen de todos los conflictos humanos.
La
adaptación mencionada es una forma de vincularnos a lo eterno; de ahí que no
sólo nos vinculamos con los demás hombres, sino con las generaciones pasadas y
futuras. También implica unirnos a los demás pueblos a través de una ciencia,
una filosofía y una religión unificadas. Ir hacia nuestra esencia humana
significa unirnos con nuestros semejantes. Baruch de Spinoza escribió: “Llamo libre a la cosa que sólo existe y
actúa por necesidad de su naturaleza” (De “Etica”).
La
forma en que el universo se vincula a la vida inteligente puede denominarse
“justicia natural”. Justicia es el premio (felicidad), o el castigo
(sufrimiento) asignados por el orden natural al que adquiere libertad, o la
pierde, respectivamente. Ya lo manifestaba Marco Tulio Cicerón, quien escribió
respecto de la ley natural y de la justicia asociada: “El universo entero está
sometido a un solo amo, a un solo rey supremo, al Dios todopoderoso que ha
concebido, meditado y sancionado esta ley; desconocerla es huirse a sí mismo,
renegar de su naturaleza y por ello mismo padecer los castigos más crueles,
aunque se escapara a los suplicios impuestos por los hombres”.
Generalmente asociamos la palabra “justo” a lo que es merecido. Nos agradaría
que en el mundo se cosechara exactamente lo que se ha sembrado. Incluso el “ojo
por ojo y diente por diente” del Antiguo Testamento deriva de esa necesidad de
merecimiento. En cambio, si se tiene en cuenta el autocastigo
implícito en nuestras acciones egoístas, ya no es necesaria cualquier venganza
equitativa. De ahí surge el perdón aconsejado por Cristo, porque el objetivo
final debe ser la adaptación a la ley natural por parte de todos aquellos que
por ella somos regidos. Así como la cooperación es superior a la competencia,
el perdón es superior a la venganza, ya que los primeros producen mejores
resultados que los segundos. Esto también es parte de la mencionada ley.
La
justicia natural, al no ser vengativa, es una “justicia sin memoria”, y quien a
ella se adapta, recibe el beneficio respectivo en cualquier etapa de su vida.
Dicha justicia, mediante premios y castigos, “dirige” a la humanidad hacia
cierta finalidad en ella implícita. Esta es la manera indirecta en que se
establece el gobierno de Dios sobre la humanidad. Cristo dijo: “El Reino de
Dios está dentro de vosotros”.
La
historia de la humanidad nos muestra etapas con grandes sufrimientos; de ahí
que muchos piensen que “el mundo está mal diseñado”, o que ha sido hecho para
que el hombre sufra. Así como un tigre deja de ser peligroso cuando conocemos
su naturaleza y sus instintos, el propio orden natural, con sus leyes estrictas
e inflexibles, dejará de ser hostil cuando podamos conocerlo adecuadamente.
Dentro de ese orden natural está incluido el propio ser humano, que resulta ser
el integrante de mayor complejidad y de mayor conflictividad.
La
perdurabilidad de las naciones depende de la perdurabilidad de las leyes, y no
de los hombres. En el caso de la humanidad, su perdurabilidad dependerá del
conocimiento y acatamiento de las leyes impuestas por el orden natural. Dichas
leyes también servirán de vínculo de unión y de entendimiento. La búsqueda de
la verdad debería generalizarse como una búsqueda de nuestra propia esencia humana.
Respecto de la ley natural, Marco Tulio Cicerón escribió: “Hay una ley
verdadera, la recta razón inscripta en todos los corazones, inmutable, eterna,
que llama a los hombres al bien por medio de sus mandamientos y los aleja del
mal por sus amenazas; pero ya sea que
ordene o que prohíba, nunca se dirige en vano a los buenos ni deja de
atemorizar a los malos. No se puede alterarla por otras leyes, ni derogar
alguno de sus preceptos, ni abrogarla por entero; ni el Senado ni el pueblo
pueden liberarnos de su imperio; no necesita intérprete que la explique; es la
misma en Roma que en Atenas, la misma hoy que mañana y siempre una misma ley
inmutable y eterna que rige a la vez a todos los pueblos y en todos los
tiempos. El universo entero está sometido a un solo amo, a un solo rey supremo,
al Dios todopoderoso que ha concebido, meditado y sancionado esta ley;
desconocerla es huirse a sí mismo, renegar de su naturaleza y por ello mismo,
padecer los castigos más crueles, aunque se escapara a los suplicios impuestos
por los hombres” (Del “Tratado de
7 FILOSOFIA DE
Varias son las visiones totalizadoras de la historia mediante las
cuales buscamos las causas principales que dirigen (o parecen dirigir), a la humanidad,
hacia metas u objetivos. El pasado de los seres humanos nos presenta una gran
diversidad de acontecimientos y es necesario encontrar alguna idea general que
nos permita darle un sentido de manera que no parezcan incoherentes o puramente
fortuitos. En biología existía cierta desorientación antes de la aparición de
la teoría de la evolución. Theodosius Dohzhansky escribió: “…la idea de la evolución da sentido a
lo que de otro modo sería una tediosa descripción de hechos áridos que deberían
memorizarse y que pronto se olvidarían una vez finalizados los cursos. Esos
mismos hechos y descripciones de seres que alguna vez o nunca hemos visto, a la
luz de la evolución se transforman en fascinantes. Conocerlos se convierte en
una aventura intelectual” (De “La evolución, la genética y el hombre” -
EUDEBA).
Lo mismo que ocurre en el caso
del destino, o de la libertad, de cada hombre, estos atributos podrán ser asignados a la humanidad. Así, el determinismo
implica que la humanidad está dirigida por el Creador y que sus designios se
cumplirán indefectiblemente. San Agustín pensaba que la historia era la
realización de la voluntad divina sobre el hombre. También algunos filósofos
asocian la existencia de leyes deterministas a una especie de “destino prefijado”.
Sin embargo, la existencia de leyes también implica una posible adaptación a
las mismas, para cumplir con metas implícitas en ellas, y no con metas
irrevocables. Ignace Leep
escribió: “En su opinión (la de Teilhard de Chardin), los hombres, como cooperadores en la creación de
Dios, tienen que crearse ellos mismos su futuro. El «profeta científico»,
gracias al conocimiento del camino ya recorrido, sólo puede percibir la
dirección del movimiento evolutivo e intentar de esa manera ayudar a que la
humanidad tienda conscientemente y en línea lo más recta posible a su suprema
realización y destino. La ciencia ha descubierto las leyes del determinismo
universal, pero precisamente por eso posee la humanidad actual
incomparablemente más libertad que sus predecesores” (De “La nueva Tierra” – Ed. Carlos Lohlé).
Adoptando la postura de la
ciencia experimental y de la religión natural, es posible generalizar las
conclusiones obtenidas para el individuo para ser aplicadas a toda la
humanidad. Estas condiciones son:
1) Existen leyes naturales que rigen todo lo
existente, ya sea materia, mente, vida, etc. (Inmanencia)
2) Dichas leyes son invariantes en el espacio
y en el tiempo, por ser propiedades de la sustancia única (Invariabilidad)
3) El hombre establece las condiciones iniciales
en cada secuencia de causas y efectos asociados a su vida (Libre elección)
4) Describimos al orden natural existente como
el logro de la voluntad de un Creador que ha dado al universo cierta finalidad
implícita (Finalidad)
5) Al aceptarse la existencia de leyes
invariantes, sólo nos queda, como única opción, adaptarnos a las mismas (nos
guste, o no, el “diseño” realizado) (Adaptación)
La idea de la “adaptación del
hombre al orden natural”, por lo tanto, será la idea básica que utilizaremos
para encontrarle un sentido a la historia de la humanidad. Juan José Sebreli escribió: “El hombre parece no poder vivir sin dar
un significado a su vida, y sin un sentido de la historia de la humanidad
tampoco puede tener sentido la vida del hombre individual” (De “El asedio a la
modernidad”).
Además de la evolución de las
especies vivientes mediante el proceso de la selección natural (adaptación
biológica), existe una segunda adaptación (cultural), realizada por el propio
ser humano. El biólogo C. H. Waddington escribió: “El
sistema humano de comunicaciones sociales funciona como un medio tan eficiente
para transmitir información de una generación a la siguiente, que se ha
convertido en el mecanismo del cual depende principalmente la evolución humana”
(De “El animal ético” – EUDEBA).
Es distinto ser un espectador
del mundo a ser un activo partícipe de la realización del mismo. Quizás en ello
radique el cambio de actitud que se nota a través de las épocas y en los
distintos pueblos. Henri Bergson escribió: “Lo más
sublime que Dios ha creado es haber hecho al hombre cooperador suyo en la
creación” (De “Las dos fuentes de la moral y de la religión”). Esto nos sugiere
que la religión no debe ser sólo pensamiento, sino también acción. Tanto el
inactivo autoperfeccionamiento de muchos orientales
como la supuesta salvación por la fe (y no por las obras) desvirtúan el
significado de la religión, o la hacen incompatible con la tendencia general de
la evolución.
Mientras que Copérnico nos desplazó fuera del centro del universo, y la
astronomía moderna nos mostró que nuestro Sol es una insignificante partícula
perdida en la inmensidad del cosmos, la teoría de la evolución, que en un
principio nos relegó a ser un simple ser viviente, ahora nos da la posibilidad
de ser artífices en la elevación espiritual de la vida inteligente. Blaise Pascal escribió: “No es en el espacio donde debo
buscar mi dignidad, sino en el orden de mi pensamiento”. “Por el espacio el
universo me abarca y me absorbe como un punto: por el pensamiento, yo lo
comprendo” (De “Pensamientos”).
Considerando la posible
desaparición del hombre junto al sistema planetario solar, Henri Poincaré escribió: “Y no obstante, extraña contradicción
para los que creen en el tiempo, la historia geológica nos muestra que la vida
sólo es un corto episodio entre dos eternidades de muerte y que, en ese mismo
episodio, el pensamiento consciente no ha durado ni durará más que un momento.
El pensamiento no es más que un relámpago en medio de una noche larga. Pero
este relámpago lo es todo” (De “El valor de la ciencia” – Ed.
Espasa Calpe SA). Esta
sería una postura pesimista a la que, parece responderle, Ignace
Lepp: “¿Podría concebirse que el mundo evolucione
durante miles de millones de años hasta originar la vida espiritual, consciente
de sí misma…para que dicha vida vuelva a caer al fin nuevamente en la nada?. Todo mi ser se rebela contra tal hipótesis, que rebajaría
y reduciría a un absurdo al mundo, en el que tan firmemente creo” (De “
Cuando los conceptos de ”evolución”, “adaptación”, etc., pueden expresarse con
cierta precisión, nos parece cercana una “teoría científica de la historia” en
vez de una filosofía de la historia. Así, el concepto de evolución creadora, o
de creación evolutiva, puede asociarse a un sistema de realimentación negativa
en donde la referencia es el hombre plenamente adaptado (voluntad del Creador)
mientras que en realidad se logra el hombre en adaptación. La ciencia y la
religión hacen de lazo de realimentación ya que permiten la comparación entre
lo que el hombre es y lo que el hombre puede llegar a ser, actuando sobre el
sistema controlado (humanidad) y haciendo que la mencionada diferencia tienda a
disminuir.
Respecto de la finalidad
asociada al hombre, Julian Huxley
escribió: “El nuevo modo de comprender el universo ha resultado de la
acumulación de nuevos conocimientos durante los últimos cien años, por
psicólogos, biólogos y otros hombres de ciencia, por arqueólogos, antropólogos
e historiadores. De acuerdo con él, se han definido la responsabilidad y el
destino del hombre, considerándolo como un agente, para el resto del mundo, en
la tarea de realizar sus potencialidades inherentes tan completamente como sea
posible. Es como si el hombre hubiese sido designado, de repente, director
general de la más grande de todas las empresas, la empresa de la evolución, y
designado sin preguntarle ni necesitaba ese puesto, y sin aviso ni preparación
de ninguna clase. Más aún: no puede rechazar ese puesto. Precíselo o no,
conozca o no lo que está haciendo, el hecho es que está determinando la futura
orientación de la evolución en este mundo. Este es su destino, al que no puede
escapar, y cuanto más pronto se dé cuenta de ello y empiece a creer en ello,
mejor para todos los interesados”.
“La primera cosa que la
especie humana tiene que hacer para prepararse para el cargo cósmico a que se
encuentra llamado, consiste en explorar la naturaleza humana, en descubrir
cuáles son las posibilidades que se le ofrecen, incluyendo, por supuesto, sus
limitaciones, sean inherentes o impuestas por hechos de índole externa. Hemos
dado fin, o poco menos, a la exploración geográfica de la tierra; hemos llevado
la exploración científica de la naturaleza, inerte o viva, a un punto en el que
sus lineamientos principales ya son claros, pero por lo que a la exploración de
la naturaleza humana y sus posibilidades atañe, apenas se ha comenzado. Un
vasto Nuevo Mundo de posibilidades inexploradas está esperando su Colón” (De
“Nuevos odres para el vino nuevo” – Ed. Hermes).
Auguste
Compte describe el progreso del conocimiento humano
como una secuencia de tres etapas. La primera es la teológica, en donde todo es
descrito mediante intervenciones divinas. La segunda es la metafísica, en la
cual imperan la razón y la lógica. La tercera es el estado positivo, que puede
identificarse con el método de la ciencia experimental, en la cual, además de
la coherencia lógica de los enunciados, debe establecerse una verificación
experimental de sus resultados.
De todas formas, que la
ciencia y la religión natural puedan llegar a vislumbrar una “teoría de la
historia”, ello no significa que la humanidad esté transitando por etapas de
“elevada espiritualidad”, o algo semejante. Ignace Lepp escribió: “El conocimiento de que la evolución
universal tiende a una espiritualización y personificación cada vez más alta de
la creación se lo debo, sobre todo, a Teilhard de Chardin. Un progresismo que no emplea todas sus energías
para fomentar dicho fin no está, a pesar de sus pretensiones, en la «línea de
la historia» y va, consiguientemente, contra la ley universal de la evolución”.
Cada religión tiene su propia
visión de la historia. Así, en el caso del cristianismo, podemos apreciar que
la profecía, o predicción, del “final de los tiempos” (libro del Apocalipsis),
éste ha de consistir en el logro de un “umbral de conocimientos” a partir del
cual comenzará una etapa de efectiva adaptación del hombre al orden natural, que
se interpreta como la vigencia del Reino de Dios. Esto es compatible con los
resultados logrados por la ciencia experimental, por lo que puede considerarse
también al cristianismo como una religión natural.
Georg
Hegel basa su filosofía en la evolución de la razón,
o del pensamiento. Surge la protesta de Sören Kierkegaard por considerarla poco práctica y poco útil para
el individuo. Emmanuel Mounier escribió al respecto:
“Es una reacción de la filosofía del hombre contra los excesos de la filosofía
de las ideas y la filosofía de las cosas” (De “Introducción al existencialismo”
– Ed. Fondo de Cultura Económica). Desde el punto de
vista de la religión natural, existe un vínculo bastante estrecho entre lo que
resulta accesible a las decisiones del individuo y la aparente finalidad que
las leyes naturales imponen a la humanidad, por lo que no da lugar al conflicto
entre “sistemas filosóficos” y lo que resulta esencial para el individuo.
Asociada a la filosofía de la
historia, aparece la visión que el hombre tiene de la propia humanidad. En
Nicolás Copérnico,
con su sistema solar heliocéntrico (el Sol en el centro y quieto) desplaza a
En el siglo XIX, Charles
Darwin propone que el hombre, como todos los demás seres vivientes, no ha sido
creado en una forma directa por el supremo hacedor, sino tan sólo en una forma
indirecta, no descartando la posibilidad de que seamos parientes directos de
algunos animales. También esta descripción nos alejó aún más de la imagen que
del hombre teníamos en épocas pasadas.
Para “colmo de males”, los
astrónomos del siglo XX llegan a la conclusión que nuestro Sol no es más que
una entre 100.000 millones de estrellas que forman nuestra galaxia,
Sin embargo, el siglo XX
también nos iba a decir que estamos en pleno Génesis, ya que el hombre tiene
cerca de 1 millón de años, mientras que al Sol le quedan todavía unos 5.000
millones de años. Y ahí aparece la importante misión comentada previamente por Julian Huxley.
8 AZAR Y FINALIDAD EN BIOLOGIA
Las distintas especies biológicas, incluso el hombre, han aparecido
bajo un proceso en el cual aparece el azar como elemento esencial de la
diversidad biológica, ya que tanto las mutaciones como la mezcla sexual están asociados a procesos fortuitos. De ahí que muchos suponen
que no tiene sentido hablar de una finalidad de la vida, ni tampoco de la
humanidad.
Para apreciar algunas ideas
básicas de los fenómenos mencionados, podemos hacer una analogía con el proceso
de fabricación de resistencias eléctricas (que se utilizan en los circuitos
electrónicos). Para lograr una producción con gran variedad de valores posibles
y con un reducido costo, podemos emplear el método de la generación al azar y
de la selección posterior.
Así, fabricamos una gran
cantidad de resistencias con valores óhmicos desconocidos y al azar. Luego, con
un instrumento de medición, seleccionamos los valores comerciales (y los
ubicamos en contenedores apropiados) desechando las que están lejos de los valores
buscados. Esto significa que hemos logrado, por selección, establecer cierta
finalidad (tal la de lograr los valores comerciales requeridos).
Esta idea puede aplicarse a la
producción de variedades animales y vegetales. Mediante las radiaciones cósmicas,
por ejemplo, se altera, al azar, una parte del código genético que viene en las
moléculas de ADN. Luego, el propio medio en donde la vida se desarrolla,
aceptará el cambio (si produce una mejor adaptación) y lo rechazará si empeora
tal nivel (respecto de las generaciones anteriores). De ahí que es posible
hablar de cierta finalidad en este proceso, tal la de lograr mayores niveles de
adaptación.
El error, bastante frecuente,
consiste en asociar toda ausencia de finalidad a lo que es producido por el
azar. Este proceso puede denominarse “creación indirecta” (evolutiva) en
contraste con la “creación directa” (como supone
Cuando el hombre realiza una
mejora tecnológica (en medicina, en comunicaciones, etc.) está estableciendo un
medio que permite lograr una mejor adaptación a la vida cotidiana. Sin embargo,
hubo varios inventos (que pronto fueron olvidados) que tenían poca utilidad
respecto de la adaptación mencionada. En cierta forma, el avance tecnológico,
desde un punto de vista social, está supeditado a la creación no planificada y
a la selección social posterior.
También las propuestas
culturales pueden aparecer de esa forma, ya que, con el tiempo, se aceptan o se
rechazan según la aparente mejora, o no, que produzcan en el
sociedad. La humanidad, en general, rechaza el incesto, la poligamia, etc.,
sólo por haberlo experimentado algunas veces y haber comprobado sus resultados
poco favorables. De ahí que, quienes adhieren al relativismo moral buscan, en
realidad, volver a instalar propuestas rechazadas en el pasado.
La ley ética, que proviene de
la religión, de la filosofía o de la ciencia, puede ser una síntesis de
propuestas “al azar” que fueron probadas en el pasado y que fueron
“seleccionadas” por la sociedad y ordenadas por el profeta, por el filósofo o
por el científico social, para que adquieran una mayor difusión y generalidad..
Si el sufrimiento es una
medida del grado de desadaptación del hombre al orden
natural, el principio de la tendencia a lograr estados de mayor felicidad no es
otra cosa que la tendencia a lograr mayores niveles de adaptación.
9 TEILHARD vs. MONOD
La tendencia hacia el logro de mayores niveles de adaptación también
puede contemplarse como una tendencia hacia el logro de mayores niveles de
complejidad. Lo interesante, en este caso, es que en esta tendencia aparece la
materia inorgánica como el primer eslabón de una secuencia que termina con la
aparición de la vida inteligente. Joel de Rosnay
escribió: “Teilhard de Chardin
sostiene que la materia del Universo está organizada en una larga cadena de
complejidad creciente. La cadena comienza con las partículas elementales, sigue
con los átomos, las moléculas, las células y los organismos individuales; se
extiende finalmente a los agrupamientos complejos constituidos por las
sociedades humanas. En cada nivel de complejidad se encuentran los elementos
constructivos a partir de los cuales se forma el siguiente, más complejo.
Aparentemente Teilhard de Chardin
fue uno de los primeros en subrayar que esta clasificación por orden de
complejidad creciente corresponde también a una clasificación cronológica” (De
“Qué es la vida” – Biblioteca Científica Salvat).
Respecto de la asignación, o
no, de un sentido, o de una finalidad, del universo, aparecen dos libros
influyentes que representan ambas posturas, tales los casos de “El fenómeno humano”
de Pierre Teilhard de Chardin
y “El azar y la necesidad” de Jacques Monod. Acerca
de ellos, Christian de Duve,
Premio Nobel de Medicina, escribió: “Podría parecer
que he optado por Teilhard en contra de Monod, pero no es
así; científicamente me siento mucho más cerca de Monod
que de Teilhard. Sin embargo, he optado a favor de un
universo con sentido en oposición a uno que no lo tenga. No porque quiero que
así sea, sino porque así interpreto la evidencia científica disponible, que
incluye mucho de lo que fue conocido por Monod, quien
sabía mucho más que Teilhard”.
“Monod subrayó la improbabilidad de la vida y
la mente y el papel preponderante del azar en su surgimiento, y por ende la
falta de designio en el universo, su absurdo y su carencia de sentido. La
manera en que interpreto los mismos hechos es diferente. Le doy el mismo papel
al azar, pero actuando dentro de un conjunto tan estricto de restricciones que
obligatoriamente debe producir la vida y la mente, no una sino muchas veces. A
la famosa frase de Monod «El universo no estaba
preñado con la vida, ni la biosfera con el hombre», yo respondo: «Falso. Sí lo
estaba»”.
“He enfrentado dos personalidades paradigmáticas. Monod
y Teilhard; dos filosofías, una representativa del
absurdo y la otra del sentido. Cada uno de nosotros debe escoger por su
cuenta”. “Teilhard, el jesuita devoto, quien deseaba
con todas sus fuerzas descubrir una evidencia objetiva que sustentara su fe. Monod, el existencialista orgullosamente desesperado,
deseaba con igual pasión que el mundo viviente apoyara su sentimiento de
aislamiento y absurdo” (De “Polvo vital” – Grupo Editorial Norma).
En cuanto al azar en
biología, el astrofísico Hubert Reeves
escribió: “El lector de Monod habrá notado hasta qué
punto mi visión de los acontecimientos difiere de la suya. Es una cuestión de
interpretación. Los hechos los aprendo de los biólogos. Han sido adquiridos por
medio de una tecnología científica que presenta todos los caracteres de la
objetividad. Pero la interpretación de los hechos procede de la persona entera,
comprendida su lógica, sus emociones, sus pulsiones, sus vivencias anteriores.
Implica a la vez a la observación y al observador. A ese nivel, no es
«objetiva». Cada persona tiene la suya, que conviene respetar, pero no
forzosamente adoptar. Para Monod, el papel esencial
del azar en la evolución biológica prueba la ausencia de una «intención» en la
naturaleza. En ese sentido, denuncia como ilusoria la antigua alianza del
hombre con el universo. El hombre es un accidente del trayecto, en un cosmos
vacío y frío. Es un hijo del azar. Cierto. Pero del «azar controlado».
Quitémonos el sombrero ante la naturaleza que ha dominado al «azar» para hacer
de él un admirable aliado.” (De “Paciencia en el azul del cielo” – Ediciones Juan
Granica SA).
10 EL PENSAMIENTO DE TEILHARD DE CHARDIN
El punto de
vista y el método:
Mientras que Santo
Tomás de Aquino vivió en una época en que coexistían, cada una con “su verdad”, la religión y la
filosofía, Pierre Teilhard de Chardin
vive en una época en que coexisten y compiten ciencia y religión. Así como
Santo Tomás pertenece tanto a la filosofía como a la religión, y las
compatibiliza en una verdad única, Teilhard de Chardin pertenece tanto a la religión como a la ciencia, y
trata de compatibilizarlas en una única verdad.
T. de Ch: “La originalidad de mi creencia consiste en que tiene
sus raíces en dos campos de la vida habitualmente considerados como
antagonistas. Por educación y formación intelectual, yo pertenezco a los «hijos
del Cielo». Pero por temperamento y por estudios profesionales, yo soy un «hijo
de la Tierra». Situado así por la vida en el corazón de dos mundos de los que
conozco, por una experiencia familiar, la teoría, la lengua y los sentimientos,
no he erigido ningún tabique interior, sino que he dejado que actúen en plena
libertad una sobre otra, en el fondo de mí mismo, dos influencias aparentemente
contrarias. Pues bien; al término de esta operación, después de treinta años
consagrados a perseguir la unidad interior, tengo la impresión de que se ha
operado, naturalmente, una síntesis entre las dos corrientes que me solicitan.
Una no ha matado a la otra. Hoy creo, probablemente, más que nunca en Dios y,
desde luego, más que nunca en el mundo. ¿No está aquí, a una escala individual,
la solución particular, esbozada al menos, del gran problema espiritual con el
que choca, en la hora presente, el frente de avance de la humanidad?” (Citado en “Introducción al pensamiento de Teilhard de Chardin” de Claude Tresmontant – Taurus Ediciones SA)
Los escritos de Teilhard de Chardin tratan de ser
estrictamente científicos, si bien luego podrán ser interpretados desde una
visión cristiana. Al respecto se citan algunas aclaraciones que aparecen en
distintos escritos de Teilhard de Chardin.
T. de Ch: “Las páginas que siguen no tratan de presentar
directamente ninguna filosofía; pretenden, por el contrario, extraer su fuerza
del cuidado que se ha tenido en evitar todo recurso a la metafísica. Lo que se
proponen es expresar una visión tan objetiva e ingenua como sea posible de la
Humanidad considerada (en su conjunto y en sus conexiones con el universo) como
un fenómeno”. “Ni explícitamente, ni implícitamente, se ha introducido en
nuestros desarrollos la noción de lo mejor absoluto, o la de causalidad, o la
de finalidad. Una ley experimental, una norma de sucesión en la duración, esto
es lo que presentamos a la sabiduría positiva de nuestro siglo”.
“Quede bien
entendido, en primer lugar, que, en lo que sigue, me limito expresamente, como
es conveniente, al terreno de los hechos, es decir, al dominio de lo tangible y
de lo fotografiable. Al discutir, como sabio,
perspectivas científicas, debo atenerme, y me atendré estrictamente, al examen
del orden de las apariencias, es decir, de los fenómenos”.
El sentido de
la evolución:
Desde la religión
o desde la filosofía se habla de la “finalidad del universo”, o de la
“finalidad del hombre”, como si mediante la revelación o mediante la razón pudiéramos
descubrir la voluntad explícita del Creador. En cambio, desde la ciencia sólo
podemos hablar de un “sentido”, como una tendencia observable de la evolución
del universo, o de la humanidad. Luego, a partir de este sentido, es posible
hablar de una finalidad implícita, o finalidad aparente.
T. de Ch: “La evolución es la expresión de la ley estructural (a
la vez, de «ser» y de conocimiento) en virtud de la cual nada, absolutamente nada, podría entrar en nuestra vida y visión
más que por vía del nacimiento, sinónimo, en otros términos, de la «pan-interligazón» temporal-espacial del Fenómeno”. “No fue
hasta el siglo XIX, bajo la influencia de la Biología, cuando fue descubierta
la «coherencia irreversible» de todo lo que existe. La menor molécula de carbono
está en función, por naturaleza y por posición, del proceso sideral total; y el
menor protozoario está tan estructuralmente mezclado con la trama de la Vida,
que su existencia no podría ser anulada, por hipótesis, sin que se deshiciese ipso facto la red entera de la Biosfera. La distribución, la sucesión y la solidaridad
de los seres, nacen de su concrescencia en una génesis común. El tiempo y
el espacio se unen orgánicamente para tejer, los dos juntos, la Tela del
Universo…”.
Claude Tresmontant
escribe: “Toda la obra científica de Teilhard puede
caracterizarse como un esfuerzo para leer, en la misma realidad, y sin acudir a
ningún supuesto metafísico, el sentido de la Evolución, para elucidar su
intencionalidad inmanente, en el orden mismo del fenómeno, por el método
científico solamente, generalizando así, en el dominio del Fenómeno
espacio-temporal total, una diligencia reconocida como legítima en otras
regiones del saber, en psicología, por ejemplo, como ya hemos dicho”.
T. de Ch: “Nos encontramos frente a un problema de la Naturaleza:
descubrir, si existe, el sentido de la Evolución. Se trata de resolverlo sin
abandonar el dominio de los hechos científicos. Esto es lo que voy a tratar de
hacer aquí” (De “El fenómeno Humano” – Taurus
Ediciones SA)
El parámetro de
complejidad creciente:
Posiblemente, el
principio de complejidad-conciencia sea el concepto más importante aportado por
Teilhard de Chardin. De
verificarse su existencia, abre una gran posibilidad para la tan ansiada unidad
de ciencia y religión. Este principio describe la sucesión que va desde las
partículas, átomos, moléculas, células, etc., hasta llegar a la vida
inteligente, lo que implica un doble ascenso desde lo simple a lo complejo y
desde la materia inerte hasta la vida consciente de sí misma.
T. de Ch: “Existe, propagándose a extracorriente a través de la
entropía, una deriva cósmica de la Materia hacia estados de orden cada vez más
centro-complicados (y esto, en dirección a un tercer infinito –Infinito de
complejidad- tan real como lo Ínfimo y lo Inmenso. Y la conciencia se presenta
experimentalmente como el efecto
específico de esta complejidad llevada a valores extremos”.
“En la tabla así
construida por orden de complejidad, los elementos se suceden por orden histórico de nacimiento. En
nuestra tabla de complejidades, el puesto ocupado por cada corpúsculo sitúa
cronológicamente a ese elemento en la génesis del universo; es decir, en el
tiempo. Le pone una fecha”. “…la biología no será otra cosa que la Física de lo
complejo muy grande”.
“Lo viviente ha
sido considerado desde hace mucho tiempo como una singularidad accidental de la
materia terrestre, con lo que resulta que la biología entera queda sin
comprobación en sí, sin lazo inteligible con el resto de la física. Todo cambia
si (como lo sugiere la curva de corpusculización) la
vida no es otra cosa, para la experiencia científica, que un efecto específico
de la materia complejificada; propiedad co-extensiva en sí a la Tela cósmica entera, pero captable
solamente por nuestra mirada allí donde la complejidad sobrepasa cierto valor
crítico, por debajo del cual no vemos nada”
El parámetro de
cefalización:
Claude Tresmontant
escribe: “Lo que mide el grado de vitalización
alcanzado por la materia en un momento dado, es –responde Teilhard-
su grado de «interiorización», su «temperatura psíquica», su nivel de
conciencia. ¿Cuál es el órgano especialmente conectado con el desarrollo
psíquico del ser? Es, sin duda, el sistema nervioso. Este es el parámetro del
que teníamos necesidad para elucidar, en la diversidad inextricable de las
variaciones secundarias, el sentido de la evolución biológica; podemos enunciar
la ley de cefalización:
T. de Ch: “Cualquiera que sea el grupo animal (vertebrado o
artrópodo) del que se estudie la evolución, es de destacar que, en todos los
casos, el sistema nervioso crece con el tiempo en volumen y en orden, y,
simultáneamente, se concentra en la región anterior, cefálica, del cuerpo.
Tomados en el detalle de los miembros y del esqueleto, los diversos tipos
organizados pueden diferenciarse perfectamente, cada uno según su línea propia,
en las direcciones más diversas o más opuestas. Considerada en el desarrollo de
los ganglios cerebrales, toda vida, toda la vida, deriva (más o menos
rápidamente, pero esencialmente), como una sola ola ascendente, en la dirección
de los cerebros más grandes”.
“Entre las
infinitas modalidades en que se dispersa la complicación vital, la
diferenciación de la substancia nerviosa se destaca,
tal como lo hacía prever la teoría, como una transformación significativa. Da un sentido, y por consiguiente demuestra
que hay un sentido en la evolución”.
“Abandonada a sí
misma largo tiempo, bajo el juego prolongado de las probabilidades, la materia manifiesta
la propiedad de ordenarse en agrupamientos cada vez más complejos, y, al mismo
tiempo, cada vez más impregnados de conciencia; este doble movimiento conjugado
de enrollamiento cósmico y de interiorización (o centración)
psíquica prosigue, acelerándose y avanzando todo lo lejos que es posible, una
vez iniciado”.
“Esta deriva de
complejidad-conciencia (que desemboca en la formación de corpúsculos cada vez
más astronómicamente complicados) es fácilmente reconocible desde lo atómico, y
se afirma en lo molecular. Pero es, evidentemente, en lo viviente donde se
descubre con toda su claridad, y toda su aditividad;
al mismo tiempo que se transpone en una forma cómoda y simplificada: la deriva
de cerebración”.
La evolución
continuada:
Además de la evolución
biológica y la tendencia descripta antes, le sigue la evolución cultural del
hombre, que ha de ser una continuación de aquélla.
T. de Ch: “Sin ninguna razón científica precisa, sino por simple
efecto de impresión y rutina, hemos adquirido la costumbre de separar unos de
otros, como si pertenecieran a dos mundos diferentes, los ordenamientos de individuos y los ordenamientos de células, siendo sólo los segundos mirados como
orgánicos y naturales, por oposición a los primeros, relegados al dominio de lo
moral y lo artificial. Lo social (lo social humano sobre todo), se considera
asunto de historiadores y de juristas, más que de biólogos…”
“Superando y
desdeñando esta ilusión vulgar, intentemos, más sencillamente, la vía
contraria. Es decir, ampliemos, sin más complicaciones, la perspectiva
reconocida más arriba como válida para todos los agrupamientos corpusculares
conocidos, desde los átomos y las moléculas hasta los edificios celulares
inclusive. Dicho de otra forma, decidamos que los múltiples factores
(ecológicos, fisiológicos, psíquicos…) que actúan para aproximar y relacionar
establemente entre sí a los seres vivientes en general (y más especialmente a
los seres humanos), no son más que la prolongación y la expresión, a este
nivel, de las fuerzas de complejidad-conciencia, que, como decíamos, siempre
han sido actuantes, para construir (tan lejos como sea posible y en todos los
lugares donde sea posible en el Universo), en dirección opuesta a la entropía,
conjuntos corpusculares de orden cada vez más elevados”.
El paso de la
reflexión:
Claude Tresmontant
escribe: “Según la expresión de Julian Huxley, el hombre no es otra cosa que la evolución hecha
consciente de sí misma. El hombre toma conciencia de la corriente ontológica
que le arrastra y tiene en su mano ciertas palancas de mando”. “La condición
primera para que el hombre acabe la obra cósmica emprendida, es que la
evolución (o en términos metafísicos, la Creación) descubra que tiene un sentido”. “Si hay fracaso, la culpa no
deberá ser imputada al Universo, ni a la Creación, sino al hombre. Y Teilhard veía en las filosofías del absurdo y en la derelicción los signos inquietantes de un «aburrimiento»
que, para él, es el más grande, el único peligro que puede amenazar a la
evolución”.
T. de Ch.: “El hombre no es solamente una nueva «especie» de
animal, como todavía se repite con demasiada frecuencia. Representa, inicia una
nueva especie de vida»”
“Después de la era
de las evoluciones sufridas, la era de la auto-evolución”.
“En él, la conciencia, por primera vez sobre la Tierra, se ha replegado sobre
sí misma, hasta convertirse en pensamiento”.
“…para el mundo,
estar construido de tal modo que el pensamiento que ha salido evolutivamente de
él tenga derecho a considerarse
irreversible, en lo esencial de sus conquistas y que la conciencia,
florecida sobre la complejidad, escape, de una manera o de otra, a la
descomposición de la que nada podrá preservar, a fin de cuentas, al tallo
corporal y planetario que la soporta. A partir del momento en que ella se piensa, la evolución no podrá ya
aceptarse, ni autoprolongarse, más que si se reconoce
irreversible, es decir, inmortal”.
La convergencia
de la evolución:
T. de Ch: “El hombre, al mismo tiempo que un individuo centrado
en relación consigo mismo (es decir, una «persona»), ¿no representa un elemento, en relación con alguna nueva
y más alta síntesis? Conocemos los átomos, sumas de núcleos y de electrones;
las moléculas, sumas de átomos; las células, sumas de moléculas…¿No habrá, entre nosotros, una humanidad en formación, suma
de personas organizadas? ¿Y no es ésta, por lo demás, la única manera lógica de
prolongar, por recurrencia (en la
dirección de mayor complejidad centrada y de mayor conciencia), el curso de la moleculización universal?”
El punto Omega:
Mientras que el
sentido de la evolución nos lleva hacia una etapa de espiritualización humana,
las propias profecías bíblicas predicen un acontecimiento similar, consistente
en la Parousía, o Segunda Venida de Cristo, quien
dijo: “Yo soy el alfa y la omega, el primero y el último…”. De ahí,
seguramente, la denominación de “punto Omega” para esta convergencia. La
explicación más simple para esta aparente coincidencia, implica que el
cristianismo es una religión natural, por lo que no resulta nada extraño de que
ocurra la mencionada convergencia.
T. de Ch: “Se miren como se miren las cosas, el universo no puede
tener dos cabezas, no puede ser «bicéfalo». Por sobrenatural que sea, por
consiguiente, al final de la operación sintetizante reivindicada
por el dogma para el Verbo encarnado, no podrá ejercerse en divergencia de la
convergencia natural del mundo, tal como lo hemos definido más arriba. Centro
universal «crístico» ,
fijado por la teología, y Centro universal cósmico, postulado por la antropogénesis: ambos focos, a fin de cuentas, coinciden
(o, por lo menos, se superponen) necesariamente en el medio histórico en que
nos encontramos situados. Cristo no sería el único motor, la única salida del
universo, si el universo pudiera, de una forma cualquiera, agruparse, incluso
en un grado inferior, fuera de él. Cristo, más aun, se encontraría
aparentemente en la incapacidad física de centrar en sí mismo,
sobrenaturalmente, al universo, si éste no hubiera ofrecido a la Encarnación un
punto privilegiado donde todas las fibras cósmicas, por estructura natural,
tienden a reunirse”.
(Textos extraídos
de “Introducción al pensamiento de Teilhard de Chardin” de Claude Tresmontant – Ediciones Taurus
SA)
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