1 FINALIDAD Y NIHILISMO

 

 

Una de las diferencias esenciales que existe entre la vida inteligente y las restantes formas de vida, radica en la búsqueda, en el primer caso, de una finalidad, o de un sentido, para cada una de nuestras acciones. Decimos que alguien muestra un comportamiento normal cuando sus actos responden a una finalidad aparente (siempre que contemple los criterios éticos aceptados). Pierre Teilhard de Chardin escribió; “El hombre es el único animal en la escala zoológica que tiene que trazar su destino”.

 

  Una vez que elegimos una meta, ensayamos mentalmente las distintas alternativas que posibilitarán su realización. La posterior intensidad de nuestro esfuerzo dependerá de cuánto de importante sea para nosotros lograr dicha meta. Benjamín Disraeli escribió: “No siempre la acción tiene felicidad, pero no hay felicidad sin acción”.

 

   Hay quienes tratan de ser deportistas exitosos, otros tratan de destacarse en la ciencia, o en el arte, o en el comercio, etc. De ahí surge el interrogante acerca de la posible existencia de objetivos comunes que orienten y reúnan nuestras acciones individuales. Es conveniente buscar una finalidad que no dependa de cada uno de nosotros, sino del propio orden natural. Nuestros intentos por lograr una plena adaptación al mismo, mediante la cultura y el conocimiento, llevan implícito cierto objetivo común a todos los hombres.

 

   Así como algunos suponen la existencia de una finalidad para nuestra vida, impuesta por el orden natural (fe positiva), otros niegan que la vida admita finalidad alguna (fe negativa). Esta última postura que, en cierta forma, reduce la vida inteligente a la vida natural, se la denomina “nihilismo”, que proviene de la palabra “nada”. Se ha escrito al respecto: “El nihilismo, fenómeno intelectual y afectivo, es un estado de incredulidad generalizada que lleva a la inacción” (De “La filosofía” de André Noiray y otros).

 

   El fatalismo implica una finalidad particular impuesta exteriormente. Se supone que nuestra vida viene determinada desde nuestro nacimiento y que poco podremos hacer para cambiar el destino asignado. Esta creencia tiende a anular las características propias de la vida inteligente. Gustave Le Bon escribió: “El hombre es el verdadero creador de su destino. Cuando no está convencido de ello, no es nada en la vida”.

 

   Existen filosofías y religiones que adhieren a estas tendencias del pensamiento, pero, finalmente, deberán surgir opiniones desde la ciencia experimental, ya que el conocimiento adquirido nos brinda una visión del mundo que puede orientarnos en estos aspectos. La humanidad irá hacia donde el pensamiento la dirija. El destino de la vida inteligente dependerá de sus propias conclusiones.

 

   Todo lo que existe está regido por leyes naturales. La ciencia, al describirlas, nos sugiere una forma de observar al universo. Varios opinan, sin embargo, que no podrá servirnos de mucho. Se supone que, tanto la sociología como la psicología, nunca podrán orientarnos en la vida. El nihilismo epistemológico afirma que si existe una finalidad, nunca podremos describirla, y si la podemos describir, nunca la podremos expresar. Se apuesta al fracaso y se llega a coincidir con el nihilismo filosófico.

 

   Muchos suponen la existencia de un Creador que actúa decidiendo los detalles de la vida cotidiana. Si así fuese, deberíamos admitir su voluntad de decidir la existencia de microorganismos que producen enfermedades y que, en el pasado, diezmaron poblaciones enteras; o también por no cambiar una imperceptible causa que producirá un efecto trágico en la vida de algunos seres humanos. Albert Einstein expresó: “Creo en el Dios de Spinoza que se manifiesta en la armonía de todo lo que existe, no en un Dios que se ocupa de las acciones humanas”.

 

   Desde la religión revelada se acepta la existencia de una finalidad explícita (en los Libros Sagrados), mientras que, desde la religión natural, se supone la existencia de una finalidad implícita (en el propio orden natural). Los planteos filosóficos no sólo se centran en estas dos alternativas, sino también en el nihilismo. La diferencia esencial entre “creyente”  (en un Dios personal o en un orden natural invariable) y “ateo”, radica en que el primero admite la existencia de una finalidad objetiva de la vida y del universo, mientras que el segundo rechaza esa posibilidad.

 

   Esta última postura favorece la existencia de tendencias totalitarias, en las cuales el Estado decide aún los aspectos individuales y cotidianos. Cierta vez, un habitante de Camboya, reconoció, con arrepentimiento, haberse sumado a otros, a pedir la pena de muerte de una pareja de novios cuyo grave delito consistió en haber iniciado su vínculo afectivo sin haber recibido la autorización de los dirigentes del Partido Comunista, gobernante en esos momentos. Así como el nazismo nunca será aceptado ni perdonado por los judíos, el marxismo-leninismo nunca será aceptado ni perdonado por los cristianos (al menos por los que no olvidan las millones de víctimas del comunismo soviético y de otros países).

 

   El pensamiento nihilista surge, a veces, como una reacción a las contradicciones lógicas asociadas a la religión revelada. Luego, al suponer inexistente una finalidad del hombre, descartan la idea del Bien y del Mal, como aspectos objetivos de la realidad. Desconocen todo tipo de obligación moral y es el derecho positivo, desvinculado de la ley natural, la única legalidad aceptada.

 

   Varios pensadores, principalmente el psicólogo Víctor Frankl, asocian la mayoría de los problemas del hombre a la carencia de un sentido de la vida (vacío existencial). La desorientación individual y colectiva estarían vinculadas a esa  ausencia. De ahí que, si no existiese un sentido objetivo de la vida, deberíamos resignarnos a vivir conflictuados por siempre.

 

   El individuo dedicado al consumo, va en busca de la satisfacción de los deseos inmediatos, lo que conduce, tarde o temprano, al aburrimiento y al tedio. Incluso podrá llegar al vicio y la adicción. Se busca la diversión como una finalidad en sí misma, tratando de llenar una vida carente de significado. Alexander Pope escribió: “Las diversiones son la felicidad de la gente que no sabe pensar”.

 

   Para las religiones que aceptan y proponen una finalidad objetiva, quien desconoce esa meta atenta contra la ética propuesta, ya que la ética no es otra cosa que el conjunto de reglas de conducta que favorece la acción orientada por tal finalidad.

 

   El sufrimiento derivado de la carencia de una finalidad, proviene del desconocimiento de normas éticas. Esta falencia provoca el deterioro del orden social. Como este orden es la reproducción parcial del orden natural, puede interpretarse al sufrimiento como un efecto de la desadaptación del hombre respecto del orden natural.

 

   La vida surge del azar, pero es moldeada por el proceso de prueba y error. Seguimos hablando simbólicamente de un Creador ya que se extraen similares conclusiones ya sea que consideremos un universo eterno o bien una creación localizada en el tiempo. En ambos casos podemos seguir hablando de la existencia de cierta finalidad.

 

   La postura nihilista, por el contrario, se sustenta en la variación aleatoria de las mutaciones genéticas sin considerar la selección posterior que sufren tales variaciones. El inconveniente que deriva de esta postura es el rechazo a un camino de adaptación óptimo, dando lugar a una moral subjetiva  o relativismo moral.

 

   Cuando predomina el relativismo moral, cada uno hace lo que le viene en ganas, por cuanto todo es discutible o negociable, ya que nada sería absoluto u objetivo, sino que sólo dependería de la opinión de los hombres.

 

   Las religiones y filosofías nihilistas conducen, generalmente, al inactivo autoperfeccionamiento; algo diferente al perfeccionamiento activo propuesto por el cristianismo. Esa es una de las diferencias que surgen a partir de haber considerado una finalidad objetiva o bien la ausencia de ella. Henri Bergson escribió: “La contemplación es un lujo, mientras que la acción es una necesidad”.

 

   Algunas posturas nihilistas, si bien no buscan el camino hacia el cumplimiento de cierta finalidad, buscan soluciones para la vida cotidiana. Albert Camus escribió: “Nosotros no creemos que sea posible realizar el contentamiento y felicidad universal, pero creemos que es posible aminorar los sufrimientos de los hombres. Precisamente porque el mundo es sustancialmente miserable, estamos obligados a proporcionarle alguna felicidad. Precisamente porque este mundo es injusto, debemos trabajar por la justicia, y porque el mundo es en el fondo absurdo tanto más hemos de hacerlo razonable” (De “Diccionario de máximas” de P.I. Vargas Rojas).

 

   La autodisciplina consiste en orientar todas y cada una de nuestras acciones en un mismo sentido. Es el método que permite que cada acción individual se agregue constructivamente a las propias acciones del pasado tanto como a las de los demás. Finalidad y disciplina actuarían como causa y efecto. Gotthold E. Lessing escribió: “El hombre más lento, que no pierde de vista el fin, va siempre más veloz que el que vaga sin perseguir un punto fijo”.

 

   La disciplina no implica solamente un método que nos permite construir algo tangible o material, sino, sobre todo, ha de consistir en un método que permitirá construirnos a nosotros mismos. Para ello es necesario disponer  de un ideal que ha de provenir de las exigencias que nos impone el propio orden natural.

 

   La actitud nihilista descarta la posibilidad de una vida posterior a nuestra muerte. El abuelo del biólogo Francois Jacob le dijo antes de morir: “No hay nada. Nada. El vacío. Así que mi única esperanza eres tú. Tú y los hijos que tendrás” (Citado en “Los científicos, la ciencia y la humanidad” de Max Perutz).

 

   El individualismo ha de ser la característica imperante en las sociedades desprovistas de objetivos comunes. Victoria Camps escribió: “..en la acepción más simple, pero más corriente, (individualismo) es sinónimo de falta de ética. No puede ser moral quien vive ignorando a los demás y sólo pendiente de sus deseos, intereses y apetencias. Quien sólo atiende a la perpetuación de su propio y exclusivo ser, quien no se fía sino de lo conocido y aprendido y se niega a cualquier clase de apertura” (De “Paradojas del individualismo”).

 

   Para obtener la felicidad, el orden natural nos impone un requisito básico. Tal requerimiento implica compartir las penas y las alegrías de nuestros semejantes. Será por ello que podemos encontrar rostros radiantes de felicidad en las seguidoras de la Madre Teresa de Calcuta, mientras que encontramos personas al “borde del abismo” en aquellos que pudieron lograr lo que la mayoría ambiciona:  dinero, lujo, fama y poder. Esto resulta como un cartel que nos indica que vamos por un “camino sin salida” y que estamos obligados a cambiar de rumbo. Herbert Spencer escribió: “Nadie puede ser perfectamente feliz mientras los demás no sean felices”.

 

   El conocimiento de la finalidad de la vida inteligente no es algo que deba satisfacer sólo a la curiosidad del filósofo o a la del científico, sino que deberá constituirse en la idea orientadora de la vida de todo ser humano.

 

 

 

2 PENSAMIENTO Y LENGUAJE

 

El lenguaje es el medio que permite al pensamiento individual constituirse en conocimiento público. Tanto el pensamiento como el lenguaje son atributos que posibilitan nuestra adaptación cultural al orden natural. La información asociada a dicho orden es procesada por el pensamiento y es comunicada a los demás a través del lenguaje y de la escritura. Logramos así mejores niveles de adaptación que el permitido sólo por la selección natural.

 

   El cerebro es una “caja negra” (en el sentido de la cibernética) que produce al pensamiento. Las operaciones de la mente “dejarán sus huellas” en el lenguaje. Así como la física atómica se desarrolló por la necesidad de explicar el espectro de radiación propio de cada elemento químico, podemos intentar conocer el comportamiento de la mente a partir del lenguaje y del pensamiento emergente. Incluso Wilhelm von Humboldt pretendía caracterizar todas las civilizaciones y modos posibles de pensar partiendo de su realidad lingüística.

 

   Para explicar la gran cantidad de idiomas y dialectos que existen, puede observarse que tienen estructuras similares por cuanto derivan del propio mundo real, ya que esa realidad nos impone aquello que ha de describirse. La codificación asociada, sin embargo, ha de ser convencional y arbitraria. Así como existe la ciencia del lenguaje, que trata los aspectos comunes, existe también el arte del lenguaje, que explica las diferencias existentes entre los distintos idiomas. Lo semejante viene de la ciencia y de lo objetivo; lo diferente viene del arte y de lo subjetivo. Las descripciones dependen de los aspectos objetivos del lenguaje, mientras que la emotividad asociada a un mensaje provendrá de sus aspectos subjetivos.

 

   El lenguaje es la expresión del pensamiento, pero el pensamiento se perfecciona buscando una adecuada expresión. De ahí que podamos identificar sus estructuras. Jean Piaget escribió: “Entre el lenguaje y el pensamiento existe un vínculo genético tal que cada uno se apoya necesariamente en el otro, en formación solidaria y en perpetua acción recíproca; pero, en definitiva, los dos dependen de la inteligencia, que es anterior al lenguaje e independiente del mismo” (Citado en “Principios de Filosofía del Lenguaje” de José Hierro S. Pescador).

 

   La estructura básica de los idiomas es única, lo que posibilita su aprendizaje por parte de los niños. Ian Hacking escribió: “Virtualmente, cualquier niño ´atrapará´ el lenguaje de cualquier comunidad es la que se encuentre. En lugar de postular que cada niño nace con cien gramáticas distintas (japonés, chicano, kwkiutl y francés), es mejor conjeturar que todos los lenguajes comparten una estructura subyacente única y que los niños nacen con una disposición a seguir esta estructura al delinear un lenguaje real en base a lo que se ha dicho en torno a ellos” (De “ ¿ Porqué el lenguaje importa a la Filosofía “).

 

   Una vez que la sociedad ha aceptado un lenguaje, una misma palabra evocará imágenes distintas en cada uno de sus integrantes. Las imágenes serán levemente diferentes para las palabras simples, pero podrá haber grandes diferencias con palabras poco usuales o poco cotidianas. De ahí que, cuando se trata de un tema filosófico, es usual dar, previamente, una aclaración respecto del significado que se asignará a determinadas palabras.

 

   Respecto de esta entidad básica, que es la menor unidad de significado, Lev S. Vygotsky escribió: “Una palabra no se refiere a un solo objeto, sino a un grupo o a una clase de objetos, y cada una de ellas es, por lo tanto, también, una generalización” (De “Pensamiento y lenguaje”).

 

   Podemos viajar imaginariamente al pasado para tratar de reconstruir el proceso mediante el cual fueron apareciendo los distintos idiomas y dialectos. En primer lugar consideraremos el concepto intuitivo de “sistema”, palabra que significa “agregado de objetos que cumple determinada finalidad”. Los elementos básicos de un sistema natural han de ser las entidades (a las que asociamos la pregunta ¿ quién ), sus atributos ( ¿Cómo es ) y las actividades ( ¿ qué cambios produce en el sistema ).

 

   Los conceptos mencionados permiten establecer un “sistema descriptivo elemental” que reproducirá en nuestra mente las características del sistema real. Podemos decir que una idea es la imagen necesaria para reproducir mentalmente la información asociada a un sistema. Las imágenes elaboradas por nuestra mente serán traducidas a palabras. Las ideas y las palabras forman estructuras semejantes, ya que tienen similar contenido de información. Ludwig Wittgenstein escribió: “Lo que cualquier figura, sea cual fuere su forma, ha de tener en común con la realidad para poder siquiera –correcta o falsamente- figurarla, es su forma lógica, esto es, la forma de la realidad” (Del “Tractatus Logico-Philosophicus”).

 

   La mente elabora pensamientos asociados a una parte del sistema natural y los traduce a palabras. Los comunica al oyente, a través del lenguaje, o al lector, a través de la escritura. El receptor le asocia sus propias imágenes al mensaje recibido. De ahí que las palabras son las intermediarias entre las imágenes transmitidas y las reproducidas en la mente del receptor. Thomas Hobbes escribió: “El uso general del lenguaje consiste en transferir nuestro discurso mental al discurso verbal, o la secuencia de nuestros pensamientos a una secuencia de palabras” (De “Leviatán”).

 

   Si el emisor no logra crear las imágenes adecuadas en la mente del receptor, ya sea porque no tiene claras sus propias ideas, o porque no supo asociarlas a las palabras adecuadas, o porque el tema es difícil, o porque el mensaje excede la capacidad imaginativa del receptor, entonces el mensaje será confuso. Galileo Galilei escribió: “Hablar oscuramente lo sabe hacer cualquiera. Con claridad lo hacen muy pocos”.

 

   Gran parte de lo existente puede describirse a partir de los conceptos mencionados, dando lugar a las funciones básicas que han de tener las palabras:

 

ENTIDADES

¿Quién?

SUSTANTIVOS

ATRIBUTOS

¿Cómo es?

ADJETIVOS

ACTIVIDADES

¿Qué cambios produce?

VERBOS

 

Generalmente, las ideas están expresadas por algún sustantivo, algún adjetivo y algún verbo. Deberán, además, respetar un orden de aparición adecuado. De ahí parece provenir el denominado “teorema de Platón”, quien escribió: “Los nombres enunciados completamente solos uno a continuación de otro no constituyen, pues, nunca un discurso, como tampoco una serie de verbos enunciados sin la compañía de ningún nombre” (Citado en “La filosofía del Lenguaje” de Sylvain Auroux).

 

    Los niños pueden aprender rápidamente el lenguaje por cuanto sólo implica codificar aquellas imágenes que llevan en sus mentes, ordenadas según los elementos del sistema natural. Pero no todo pensamiento es visual, ya que muchas veces se hacen deducciones lógicas a partir de los símbolos asociados a las palabras. Si a la deducción realizada se le puede asociar una imagen concreta, podrá ser parte de la realidad. De lo contrario, es posible que sólo sea una creación de la mente, siendo éste el origen de algunos pseudoproblemas de la filosofía.

 

   Así como en la física, a partir de causas inadvertidas por mucho tiempo y completamente inaccesibles a la imaginación corriente, se llega a importantes cambios, tanto científicos como tecnológicos, es de esperar que la creatividad, por medio del lenguaje y del pensamiento, pueda algún día producir cambios significativos tanto en el individuo como en la sociedad.

 

   El hombre se va adaptando a las distintas circunstancias a través de tanteos, por el método de prueba y error. Va memorizando los caminos que llevan al éxito y también aquellos que producen resultados no deseados. Este es un proceso realimentado que está caracterizado por la operación básica comparar; más precisamente, compara lo logrado con lo que se desea lograr y actúa según la magnitud y el sentido de esa diferencia.

 

   Además de la operación mencionada, de la lógica analógica o natural, disponemos de la operación agrupar, que permite ordenar en nuestra memoria los distintos agrupamientos de datos y de sucesos que guardamos en ella. El pensamiento visual, asociado a los sistemas naturales, responde al proceso basado en las operaciones mencionadas.

 

   El lenguaje no sólo estará constituido por sustantivos, adjetivos y verbos, sino también por conectivos tales como y, o, no,  si, entonces, etc. Estos conectivos provienen de la lógica simbólica, que deriva de los vínculos entre causas y efectos asociados a todo suceso del mundo real. Mientras que la lógica analógica trata imágenes, la lógica simbólica trata, precisamente, símbolos, y admite enunciados a los cuales se les puede dar un valor de verdad (Verdadero o Falso). L. Wittgenstein escribió: “Los signos lógicos hablan sólo de sí mismos. No hay objetos lógicos”.

 

   Podemos resumir lo anterior en las siguientes igualdades:

 

                   Estructura del pensamiento = Lógica analógica +  Lógica simbólica

 

                           Estructura del lenguaje = Sistema natural +  Conectivos

 

El sistema natural utiliza conceptos tales como entidades, atributos y actividades, los que son tratados mediante las operaciones de la lógica analógica, dando lugar a los sustantivos, adjetivos y verbos. Los conectivos utilizan conceptos derivados de las operaciones de la lógica simbólica. Se han omitido adverbios, artículos, etc., los cuales permiten definir con mayor precisión aquello que se describe.

 

   De lo anterior se observa la identidad entre la estructura del pensamiento y la del lenguaje, ya que están regidos por reglas similares. La palabra “estructura” implica “forma de orden”. L. Wittgenstein escribió: “El pensamiento es la proposición con sentido”. “La totalidad de las proposiciones es el lenguaje”.

 

   Recordemos que una expresión lógicamente válida admite dos valores posibles: verdadero o falso. He aquí la limitación básica de la razón y de la coherencia lógica, ya que pueden garantizar la validez del razonamiento, pero no su veracidad.

 

   El lenguaje aparece antes que el hombre intentara establecer la lógica. Tanto la estructura de la lógica como la del lenguaje les son impuestas  al hombre por la propia realidad. Es decir, si fuesen creaciones libres de la mente, no se adaptarían al mundo real en la forma en que lo hacen.

 

   La filosofía del lenguaje se origina en los intentos realizados para fundamentar la lógica y las matemáticas. Luego, aparece la posibilidad de mejorar la filosofía dejando de lado todo lo que surge por el mal uso del lenguaje. Si uno se limitara a usar palabras a las cuales pudiese asociar alguna imagen más o menos concreta, se estará rechazando una gran cantidad de problemas que no son tales. Además, la filosofía debe estudiar temas inherentes a esta rama del conocimiento antes que al pensamiento de tal o cual filósofo particular.

 

   Mientras que existe una física unificada, por utilizar el idioma universal y objetivo de las matemáticas, existen varias religiones debido a que utilizan el idioma personal y subjetivo de los símbolos. Este es uno de los impedimentos que se oponen al establecimiento de una religión única y objetiva. Jean Charon escribió: “...la religión se ha visto obligada a utilizar un lenguaje simbólico, caracterizado por el hecho de que este lenguaje no tiene el mismo significado para cada individuo humano. Mientras que en la Ciencia, gracias al lenguaje interpersonal utilizado, ha habido necesariamente unicidad en la respuesta al problema de las leyes de la Naturaleza, es decir, que toda la humanidad ha podido fácilmente ponerse de acuerdo sobre el conjunto de leyes conocidas, el simbolismo de la descripción religiosa ha dado lugar a un gran número de descripciones posibles para intentar expresar esta participación del Hombre en el cosmos entero. De hecho, estas descripciones forman el conjunto de las religiones de la humanidad” (De “De la física al hombre”).  

 

 

 

3 MATERIALISMO E IDEALISMO

 

El adjetivo “materialista” se utiliza para designar a una persona que valora sólo lo que puede obtenerse con dinero, por lo que su vida estará orientada a la búsqueda de dicho medio (que para él será un fin). El adjetivo “idealista”, por el contrario, se utiliza para designar a quienes orientan su vida hacia el logro de ideales que están asociados al Bien común. Además de los atributos personales designados con estas palabras, en filosofía designan a dos posturas que no tienen relación directa con los adjetivos mencionados. Por el contrario, son distintas formas de describir al mundo que nos rodea.

 

   No resulta fácil encontrar ideas generales que permitan describir las distintas visiones que el hombre establece respecto del mundo. Aunque podrá orientarnos la idea acerca de la substancialidad de todo lo existente. La palabra substancia significa lo que está debajo. Para unos se trata de una substancia única, dando lugar a la postura monista, ya sea considerando que todo es espíritu, o bien que todo es materia. Para otros, todo está formado por dos substancias: materia y espíritu, dando lugar al dualismo.

 

   Varios de los antiguos filósofos buscaron la esencia básica de todo lo existente. Así, Tales de Mileto afirma: “El agua es el origen y esencia de todas las cosas”. Para Anaxímenes el origen es el aire, para Heráclito lo es el fuego, mientras que para Empédocles lo es, conjuntamente, el aire, el agua, la tierra y el fuego. Demócrito y Leucipo lo atribuyen a los átomos.

 

   Durante la Edad Media, por influencia de Aristóteles, se supone la existencia de “dos mundos”; el de las esferas celestes; perfecto, incorruptible e inmutable, y el sublunar, que incluía a la Tierra, y en donde las leyes que lo regían habrían de ser distintas a las del primero. El telescopio, en manos de galileo, descubre los cráteres y las manchas solares, invalidando la opinión anterior y ayudando a disminuir la influencia que las ideas aristotélicas tuvieron desde entonces.

 

   Galileo observa que las sombras proyectadas por el Sol sobre los cráteres lunares siguen las mismas leyes que las sombras producidas en la Tierra, siendo un indicio de que ambas están constituidas por un mismo material. Podemos generalizar y afirmar que, a igual ley natural, igual esencia constitutiva, ya que la ley natural no es otra cosa que la forma o el atributo esencial de la entidad básica. El “principio de Galileo”, que establece la universalidad de las leyes naturales, lleva implícita la idea de una substancia única.

 

   Mientras que la mencionada imagen aristotélica implica un dualismo con substancias espacialmente separadas, por cuanto supone que distintas entidades componen distintos lugares del universo, existe también un dualismo coincidente en el espacio, tal el caso del dualismo “mente-cerebro”, o “alma-cuerpo”.

 

   Así como el telescopio ayudó a tener una mejor imagen del universo, los recientes hallazgos de la biología molecular, tal como el desciframiento del genoma humano, tienden a aclarar el problema de la posible dualidad entre mente y cerebro. Además, la evolución biológica ha afectado tanto al cuerpo como al cerebro del hombre, siendo un indicio de que ambos están regidos por leyes naturales semejantes, siendo factible la existencia de una entidad básica única.

 

   Para realizar razonamientos sobre algún aspecto de la realidad, es conveniente basarse en alguna idea concreta. Podemos hacer una analogía elemental, propia de nuestra época, en la cual el cerebro humano se parece al hardware (circuiterío) de una computadora, mientras que la mente se parece al software (programación) de la misma. Así, para comprender el comportamiento de nuestra actitud mental, no sólo debemos conocer la estructura del cerebro, sino también la forma en que cada individuo organiza la información memorizada y la forma en que la procesa la estructura mencionada.

 

   En electrónica digital, se resuelven los problemas mediante dos alternativas posibles; realizando un circuito complejo y una programación simple, o bien un circuito simple con una programación compleja. Inmanuel Kant suponía que en el cerebro humano existen “categorías” que permiten, mediante un circuiterío complejo, procesar la información que recibimos del mundo exterior. Aunque también es posible que nuestro cerebro sólo realice operaciones muy simples, ya que la propia complejidad del mundo real hace innecesaria la posibilidad anterior.

 

   René Descartes pensaba que el cuerpo y la mente eran entidades superpuestas, pero básicamente distintas. De esa forma podía aceptar más fácilmente la posible “inmortalidad del alma”, concepto aceptado por la religión. De todas formas, aún cuando estemos constituidos por una substancia única (llamándole espíritu, materia, o de cualquier otra manera) podemos suponer que parte de nosotros ha de permanecer luego de nuestra muerte corporal, sin tener necesidad de complicar las cosas. Algo de nosotros, en forma de energía electromagnética, por ejemplo, iría a otro sector del universo en esa circunstancia. De ahí que no exista incompatibilidad entre la idea de la inmortalidad y la postura monista.

 

   Una de las soluciones propuestas para salvar la dualidad cartesiana, ha sido el ocasionalismo. Propuesto por el fílósofo Nicolás Malebranche, fue sintetizado por Oriol Fina de la siguiente manera: “Para explicar la mutua interacción entre el alma y el cuerpo del hombre, cada vez que se produce un movimiento del alma, Dios interviene para producir un correspondiente movimiento en el cuerpo y viceversa. No existen entre unos y otros movimientos relación de causalidad, sino que uno es sólo ocasión para que Dios produzca el otro” (De “Gigantes de la Filosofía”).

 

   Otra de las soluciones propuestas fue la de Gottfried Leibniz, quien acepta la dualidad cartesiana pero no la solución de Malebranche. Leibniz supone, por el contrario, la existencia de una “armonía preestablecida”, es decir, una armonía entre el alma y el cuerpo establecida previamente por el propio Creador. Ambos “movimientos” armonizan a partir de una decisión adoptada por el Creador desde el inicio del mundo.

 

   Si en vez de considerar que cuerpo y alma derivan de distintas substancias, consideramos que son distintas cualidades, o atributos, de una entidad única, esencialmente no cambian las cosas, pero evitamos el problema de los posibles vínculos existentes entre ambos entes. Tal fue la propuesta de Baruch de Spinoza, como una alternativa al dualismo cartesiano.

 

   George Berkeley, previendo las dificultades para describir el vínculo mencionado, supone que, en realidad, sólo existe lo mental. A esta postura  se la denominó “idealismo subjetivo”. Berkeley escribió: “La existencia absoluta de cosas no pensadas es una expresión que carece de significado o que encierra en sí una contradicción” (De “Principios del conocimiento humano”).

 

   Ante esta opinión surge la duda respecto de las cosas no observadas por el hombre y que existen aunque uno no las contemple ni las piense, a lo que Berkeley indicó que en ese caso existen porque Dios piensa en ellas y las observa. De esa forma soluciona un problema creando otro de la misma, o de mayor, complejidad.

 

   Quien tuvo una gran influencia en el pensamiento y en la religión occidental, fue Platón. Para este filósofo, el alma presenta los siguientes atributos (mencionados por Mario Bunge en “El problema mente-cerebro”):

 

a)      El hombre es un compuesto de cuerpo y alma, b) El alma es inmaterial y eterna, c) El alma anima al cuerpo, d) El alma es superior al cuerpo, e) El alma se encuentra prisionera del cuerpo y se libra de él con la muerte, f) El alma puede saber la verdad absoluta y disfrutar de la belleza absoluta sólo después de conseguir librarse del cuerpo.

 

   Para quien la fe es superior a las obras, o la creencia a la acción, supone que “cristiano” es el que ha adoptado el platonismo, siendo ateo quien piensa de otra forma. La supremacía de las creencias proviene de considerar que ellas bastan para alcanzar la vida eterna. Al dejar de lado cierta coherencia lógica, alejan al hombre de la religión; una importante motivación para la acción ética.

 

   La religión se distingue de la filosofía principalmente porque se interesa por el conocimiento básico que permite la salvación espiritual del individuo, dando un sentido de la vida. De ahí que la religión ha de consistir en una ideología simple y orientadora hacia un comportamiento ético. Sin embargo, al asociársele los problemas, y pseudoproblemas, de la filosofía, se la ha convertido en algo bastante inaccesible al entendimiento del hombre común.

 

   Así como el problema mente-cuerpo se traslada a la religión, también se proyecta a la filosofía; precisamente a la teoría del conocimiento. En este caso se habla de la relación sujeto-objeto. Cuando predomina la importancia del objeto, estamos en una postura realista, mientras que cuando predomina el sujeto, estamos en una postura idealista.

 

   Debe existir alguna semejanza en la opinión de quienes afirman que todo es idea, y que no existe la materia, y la opinión de quienes afirman que todo es materia y que no existe lo ideal. En el primer caso, el mundo tendería a lograr el “ideal absoluto”, o algún concepto similar, mientras que en el segundo caso, las propias leyes naturales, que rigen todo lo existente, llevan implícita una “presión” hacia cierta finalidad, que puede coincidir con el mencionado “ideal absoluto”.

 

   Hay quienes ven al hombre como una mente sustentada por el cuerpo, mientras que otros ven un cuerpo que posee una mente. Esto depende del valor asociado a cada uno de esos conceptos.

 

   La diferencia esencial entre la ciencia, por una parte, y la filosofía y la religión, por otra parte, es que éstas admiten intervenciones de Dios como medio para describir la realidad, mientras que aquélla sólo emplea los vínculos invariantes entre causas y efectos (leyes naturales). Así, la ciencia es monista, mientras que la filosofía y la religión pueden ser tanto monistas como dualistas. De todas formas, el hombre es algo tangible y concreto, por lo que resulta accesible a sus propias indagaciones.

 

 

 

4 VERDAD

 

El universo, sin la vida inteligente que lo observa, sería un caso similar al de una obra artística que no tiene espectadores. De ahí que, desde el punto de vista de la transferencia de información, es tan importante el emisor como el receptor; lo observado como el observador. El hombre reproduce en su mente los atributos que caracterizan al mundo real. Baruch de Spinoza escribió: “El orden y conexión de las ideas es el mismo orden y conexión de las cosas”.

 

   A medida que adquirimos mayor información respecto del universo, tenemos mayor consciencia del mismo. La verdad es la medida del grado de aproximación existente entre la realidad observada y la descripción hecha por el hombre. Respecto a cierto aspecto del universo, la verdad ha de ser única. De ahí que no ha de haber una verdad científica distinta de la religiosa o de la filosófica, por cuanto la validez de una descripción depende del resultado obtenido antes que del método utilizado para su logro. Aristóteles escribió: “Negar lo que es y afirmar lo que no es, es lo falso, en tanto que afirmar lo que es y negar lo que no es, es lo verdadero”.

 

   El científico emplea el método de prueba y error, ya que trata de validar el conocimiento verificando los resultados obtenidos, o propuestos. Antes que un método, es una actitud crítica que cuestiona todo posible conocimiento. De esa forma, la ciencia experimental ha logrado el éxito por todos conocido. Claude Bernard escribió: “El hecho sugiere la idea, la idea dirige el experimento y el experimento juzga la idea”.

 

   Podemos definir a la ciencia como la actividad cognoscitiva del hombre por medio de la cual describe la realidad con cierto error. La magnitud del error determinará el carácter científico, o no científico, de una descripción. La verdad ha de ser un resultado ideal en el que el error se ha reducido hasta hacerse despreciable; y ha de ser el caso límite en el proceso de “prueba y error”. Carl Sagan comenta en el video “Cosmos”: “Aquí en Jonia, hace veinticinco siglos, surgió una idea revolucionaria; una de las grandes ideas de la especie humana. Se alegaba que el universo era conocible. Porque existe cierto orden, ciertas regularidades en la naturaleza que permiten conocer sus secretos. Hay reglas y normas que la misma naturaleza debe obedecer”. “Otra de las grandes ideas fue expresada por Pitágoras, quien afirmaba que el mundo era regido por leyes expresables en forma matemática”.

 

   Frecuentemente se identifica la verdad con el Bien. A esta verdad podríamos denominarla “verdad ética”, es decir, la verdad asociada a los aspectos humanos accesibles a nuestras decisiones; que ha de permitir elegir entre el Bien y el Mal. Si en un futuro cercano los físicos teóricos lograran establecer una teoría unificada de las distintas fuerzas de la naturaleza, sería una verdad que poco afectaría al comportamiento generalizado de las sociedades, aun cuando fuese una importante meta en la historia del pensamiento humano. Sócrates dijo: “La verdad y la virtud son una misma cosa”.

 

   A veces se distingue entre sabiduría y conocimiento, y se considera a la sabiduría en una categoría superior. Podemos decir que sabiduría es el conocimiento organizado que contempla una finalidad y un sentido de la vida humana. En cambio, el conocimiento sin sabiduría ha de ser la acumulación de información que no da las respuestas que necesitamos para hacer frente a la vida. Es más importante la calidad de la información que su cantidad.

 

   El progreso intelectual se detiene cuando se supone que toda la sabiduría y toda la verdad están contenidas en un libro. Esta actitud proviene de quienes pretenden ubicarse en la cima del conocimiento ignorando gran parte del mismo. No buscan la verdad, sino que actúan motivados por una actitud competitiva. La verdad de todos debe ser compartida; la supuesta verdad sectorial, que se trata de imponer a los demás, sólo logra divisiones y antagonismos. Julian Huxley escribió: “Me aventuraría incluso a decir que la falta de un cuadro de referencia común, la ausencia de un modo de unificación de conceptos y principios, es actualmente, si no la peor enfermedad del mundo, por lo menos el más serio de sus síntomas” (De “Nuevos odres para el vino nuevo”).

 

   Debemos conocer la verdad para que ella gobierne a cada ser humano. De esa forma evitaremos el gobierno del hombre sobre el hombre. La idea de reemplazar a los criterios de los gobernantes por una ley que los trascienda en el tiempo, fue aceptada desde épocas de la antigua Roma. De todas formas, seguía existiendo el gobierno indirecto del hombre sobre el hombre, mientras que si la verdad la asociamos al conocimiento de la ley natural, su aceptación ha de llevar implícito el gobierno de Dios sobre el hombre.

 

   Los medios utilizados para llegar a la verdad son diversos. Hay quienes los fundamentan en la autoridad de quien la emite, o en el número de adherentes a determinada creencia, o por el tiempo transcurrido desde que la misma se origina. Se supone que en el pasado se establecieron revelaciones de la verdad, desde el Creador hacia algunos hombres. Luego de esa Edad de Oro, el tiempo fue deteriorando el acatamiento a la verdad, y la propia virtud humana, hasta que de nuevo ocurra otra revelación.

 

   Varias religiones se atribuyen la posesión de la verdad revelada. No se toma como referencia a la propia realidad sino que se acepta, como fundamento, la confianza, o la fe, en la autenticidad de algunos hombres. Si existe la verdad única, la religión más cercana a la realidad ha de ser la más cercana a la ciencia experimental. El problema se agrava a medida que se agrega complejidad a lo que fue simple en un comienzo. Cristo dijo: “Te doy gracias, Padre, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los listos y las has revelado a los insignificantes”. En realidad, los sabios son los que ocultan la verdad simple mediante una supuesta sabiduría orientada al gobierno mental sobre otros hombres.

 

   Además de la aceptación de la verdad por la fe (verdad revelada), existe una aceptación por su coherencia lógica (verdad racional) y, finalmente, hay una aceptación por la correspondencia existente entre la realidad y la descripción humana (verdad experimental). Estos son los tipos de verdad predominantes en la religión, en la filosofía y en la ciencia, respectivamente.

 

   Respecto de la verdad ética, es posible valorarla con el mismo criterio establecido para valorar cualquier conocimiento científico, por cuanto se refiere al ser humano, a sus atributos, a sus decisiones, a sus sentimientos: aspectos concretos y evidentes que poco tienen que ver con los espíritus asociados al pensamiento de tipo místico o pseudoreligioso.

 

   En otras épocas, cuando alguien escuchaba voces extrañas, se decía que estaba vinculado a lo divino. En nuestra época lo asociamos a un posible problema mental. Es necesario tener presente este aspecto, porque no es nada alentadora la idea de que gran parte de la humanidad sea seguidora incondicional de alguna persona con la característica mencionada.

 

   Hay quienes afirman que el éxito de una teoría científica depende de la aceptación que tenga por parte de la comunidad, en especial de la comunidad científica. Esto nos lleva a recordar los casos de Copérnico y de Lysenko. La teoría copernicana es rechazada por la Iglesia Católica (siendo Copérnico sacerdote católico) por cuanto se aducía que la Biblia afirmaba que “Josué ordenó al Sol que se detuviera”, y de ahí se deducía que el Sol se movía, y no la Tierra. Sin embargo, la propia realidad la validó con el tiempo. En el caso de Lysenko, su teoría biológica es aprobada por las autoridades de la ex –URSS “por estar de acuerdo con el materialismo dialéctico”; pero no fue aceptada por la propia realidad. Con el tiempo, se acepta o se rechaza lo que la realidad acepta o rechaza, y no lo que aprueba o desaprueba un sector de la sociedad.

 

   Así como una sociedad progresa económicamente a través del aporte empresarial, favorecido por el gobierno, o a pesar de él, la verdad progresa a través de individuos que son favorecidos por el estímulo de sus contemporáneos, o a pesar del egoísmo y de la envidia de otros. Recordamos al médico y físico J.R.Mayer (conservación de la energía), al médico I.F Semmelweis (fiebre puerperal), al matemático G. Cantor (conjuntos), quienes estuvieron alguna vez en un hospital psiquiátrico al no poder soportar la burla y la maldad de quienes no toleraban que hubiesen tenido éxito en la búsqueda de la verdad en sus respectivos campos de investigación.

 

   El hombre, impulsado por las pasiones, a veces dice la verdad y a veces miente; de ahí que las pasiones a veces producen el Bien y a veces el Mal. Por el contrario, las acciones humanas basadas en la verdad siempre conducen al Bien común. La verdad tiene la coherencia lógica heredada del propio orden natural; la mentira lleva el desorden inherente a las pasiones humanas.

 

   Respecto de la verdad tenemos tres aspectos bien diferenciados: su logro, su difusión y su acatamiento. Consideremos la expresión: “Fumar es perjudicial para la salud”, que aceptaremos como verdadera; y su negación: “Fumar es beneficioso para la salud”, que aceptaremos como falsa. Si un individuo que fuma, acepta que al hacerlo está perjudicando su salud, conoce la verdad, aún cuando elija el Mal. Con su actitud se perjudica a sí mismo, sin perjudicar a los demás. En cambio, quien supone que al fumar está favoreciendo a su salud, no sólo se ha de perjudicar a sí mismo, sino que ha de perjudicar a los demás, porque está favoreciendo la existencia de la mentira, o de la información errónea.

 

   El hombre puede elegir entre el Bien y el Mal después de conocer la verdad. Si en una sociedad reina la mentira, el hombre no tiene posibilidad de una libre elección. Cuando el hombre conoce la verdad, puede adaptarse al orden natural; cuando la desconoce, sólo responderá al caos o a los criterios humanos imperantes. Para lograr el triunfo del Bien sobre el Mal es imprescindible el triunfo de la verdad y el conocimiento sobre la mentira y la ignorancia.

 

   Lo que determina la orientación de las acciones humanas es la creencia en las causas que producen la felicidad. Con el tiempo, el conocimiento y la sabiduría de la sociedad deberá reemplazar a los criterios particulares. Si suponemos que la felicidad depende del éxito logrado en la competencia con los demás seres humanos, estamos favoreciendo el caos social. Si suponemos que la felicidad depende del vínculo afectivo hacia nuestros semejantes, estaremos colaborando con el triunfo de la verdad. Alejandro Vinet escribió: “ ¿ Cuáles han sido en nuestra vida los verdaderos momentos de felicidad . ¿ No son aquéllos en los que habéis olvidado de sí por los demás “.

 

   El hombre adaptado al orden natural ha de ser aquél que haga prevalecer la información sobre la fuerza; la inteligencia sobre el poder; la cultura sobre la naturaleza biológica. Demócrito de Abdera dijo: “Prefiero comprender una sola causa que ser Rey de Persia”.

 

   Generalmente, cuando desde la política se promete bienestar material, se fracasa. Si se prometiera bienestar espiritual, podría lograrse éxito; pero para ello se debe conocer la verdad y se debe buscar que la verdad impere en cada uno de los hombres. Luego, es posible que también se favorezca el logro del bienestar material. William Shakespeare escribió: “Antes que nada sé verídico para contigo mismo. Y así, tan cierto como que la noche sigue al día, hallarás que no puedes mentir a nadie”.

 

   Si hemos de buscar una humanidad unida, debemos partir de la verdad ética universal, común a la ciencia, la filosofía y la religión. Una vez que dispongamos de la verdad observada podemos dejar de lado su origen, y así se disolverán los conflictos. La virtud no ha de estar asociada a la fe, al razonamiento o a la habilidad experimental, sino al acatamiento a la verdad.

 

   En los establecimientos educativos, la finalidad más importante de la lectura, o de las prácticas deportivas, es la creación de hábitos. En forma similar, la búsqueda y la difusión de la verdad ha de llevar hacia el hábito del pensamiento religioso, que no ha de diferir esencialmente del pensamiento científico. Esto constituye lo más cercano a una masiva conversión religiosa cuya necesidad es imperante en las actuales circunstancias que vive la humanidad.

 

   La verdad ética es accesible a todos los seres humanos. Es el primer paso para adquirir libertad y para intentar el definitivo triunfo del Bien sobre el Mal.

 

 

 

5 EXISTENCIALISMO Y CRISIS

 

Podemos considerar a las distintas filosofías como visiones complementarias de la realidad. Esto es análogo a tomar fotografías, desde distintos ángulos, que permiten disponer de mayor información respecto de aquello que se desea describir. Esta es la postura optimista de la filosofía, ya que, en principio, se acepta la posible validez de tendencias antagónicas, en apariencias. La actitud pesimista, por el contrario, supone que gran parte de la filosofía es esencialmente errónea.

 

   Las ramas humanistas de la ciencia han adoptado una actitud optimista y el hombre es descripto por la psicología, por la sociología, por la psicología social o por la antropología, etc. Estas visiones pueden ayudar a establecer una descripción cercana a la realidad. De todas las perspectivas posibles, se distinguen las que toman como punto de partida al individuo y las que lo toman en la sociedad.

 

   La idea de la complementariedad de visiones puede ayudar a vencer cierta dificultad que se presenta a quienes  tienen formada una concepción del mundo y les cuesta bastante comprender posturas muy distintas a la propia. Nos cuesta aceptar posturas filosóficas ajenas de la misma forma en que nos cuesta comprender la vida emprendida por personas con gustos y creencias distintas a las nuestras. Un amigo de Kant escribió sobre el filósofo: “Precisamente en una época de mayor madurez y fuerza intelectual, cuando estaba trabajando en la filosofía crítica, nada le era más difícil que pensar en el sistema de otro. Le costaba supremos esfuerzos comprender los escritos siquiera de sus oponentes, pues le era imposible apartarse, por poco tiempo que fuera, de su sistema original de pensamiento” (Citado en “Los filósofos y sus vidas” de Ben-Ami Scharfstein).

 

   Puede decirse que existen tantas filosofías como filósofos hay. Hay filosofías prácticas y otras descriptivas. Las hay constituidas como sistemas formales y otras que sólo adoptan principios en forma implícita. Hay filosofías objetivas y otras predominantemente subjetivas. En algunas se busca “lo que el hombre debe ser” y otras apuntan hacia “lo que el hombre es”.

 

   Se considera al existencialismo como una postura emergente en épocas de crisis, en las que el hombre se siente decepcionado de las visiones del mundo vigentes. Tuvo gran aceptación en la Europa del siglo XX, que padeció las dos grandes Guerras Mundiales. No sólo se dice que el existencialismo es la filosofía de la crisis, sino también que es la crisis de la filosofía. Norberto Bobbio escribió: “Cuando la crisis cunde, hay entre las actitudes espirituales una que pretende presentarse como la única válida y legítima: es la actitud de aquel que renuncia a la autoridad y acepta el desorden, echándose encima la crisis como una carga que hay que llevar hasta quedar aniquilado, como una pena que hay que aceptar hasta la destrucción de nosotros mismos; aquel que, en resumidas cuentas, hace de la crisis no el objeto de una reprobación, ni un trampolín para un salto hacia delante, sino su propio destino, su último refugio, y encuentra en esta degradación su complacencia y casi una exaltación de su propia falta de sostén. Toda una experiencia cultural, nueva, difundida particularmente en la poesía y en el arte, ha expresado en las formas más diversas y visibles esta actitud de autodenigración, formas ora altamente sugestivas ora polémicamente audaces; la misma dio origen, a fines del siglo pasado (XIX) y a comienzos de éste, a un gusto y a un hábito que tanto partidarios como adversarios –los unos con aire de desafío, los otros con propósito de escarnio- han bautizado con el nombre que después han reconocido para aceptarlo o para cambiarlo: decadentismo” “El decadentismo, pues, ya en los umbrales de su disolución, ha encontrado el camino para su afirmación teórica. Este camino es el existencialismo, el cual se presenta como aquella filosofía que, consciente y abiertamente, a la esperanza opone la desesperación, a la consecución de la meta el naufragio final, a la continuidad del ser la quiebra entre ser y existencia, a la coherencia del pensamiento racional lo inconsecuente y huidizo de un estado de ánimo, al gozo inefable frente al ser la angustia frente a la nada, en suma a la fe en el espíritu creador del hombre, que es propia del idealismo y del positivismo, la incredulidad y la voluntad de destrucción” (De “El existencialismo”).

 

   Un sistema descriptivo general, basado en el conocimiento de leyes naturales, ha de dejar de lado, seguramente, lo que no es común a todos los hombres; lo subjetivo. Y ahí ha de estar el lugar para la actitud existencialista; como un complemento a las descripciones objetivas. Pietro Chiodi escribió: “Inobjetabilidad, imposibilidad de ser generalizado, finitud y negatividad son, pues, los caracteres fundamentales que la existencia asume en una problemática existencialista” (De “El pensamiento existencialista”).

 

   Muchas veces la actitud subjetiva se opone a la actitud objetiva, en vez de aceptar la posible validez de ambas. E. Paolo Lamanna escribió:”El espíritu del sistema pretende instaurar una verdad pública, igual para todos, y por ello mismo no válida verdaderamente para ninguno, porque cada uno necesita su verdad, la que justamente él alcanza en lo íntimo de su incomparable experiencia personal. El espíritu de sistema pretende extender sobre toda la realidad una luminosidad meridiana, mientras que el alma sólo discierne la verdad en medio de las tinieblas de la noche que lleva dentro de sí” (De “La filosofía del siglo XX”).

 

   Soren Kierkegaard fue uno de los primeros existencialistas y reaccionó contra el sistema filosófico propuesto por Georg Hegel. Su pensamiento al respecto ha sido sintetizado por Matthew Stewart, quien se ubica en la postura  de Kierkegaard y escribe: “Hoy me burlé nuevamente de Hegel. Anda que no es bufón. Todo filósofo imagina que habla en representación de toda la humanidad, olvidándose de que es una persona existente particular. Al final, el filósofo no habla en representación de nadie. Es una figura cómica. Uno no puede sino reírse ante el intento de atrapar la existencia en las mallas de un sistema lógico. No puede haber sistema existencial. Ser y pensar no pueden ser unidos salvo en las fantasías absurdas de los filósofos. De todas formas, ¿ qué me importan todos estos sistemas filosóficos . Lo que quiero es la verdad para mí. Quiero saber lo que puedo y debo creer, lo que me importa, mi inquietud última, y no una verdad de la lógica carente de vida” (De “La verdad sobre todo”).

 

   El físico Louis de Broglie dijo que “en los fundamentos de toda teoría física existen postulados arbitrarios; el éxito posterior legitima su empleo”. También los sistemas filosóficos proponen ciertas bases para un edificio descriptivo que tendrá cierta coherencia lógica. Si las conclusiones posteriores son compatibles con la realidad, dentro del margen de error admitido en cuestiones filosóficas, podrán aceptarse esos principios. Así, un sistema filosófico implicará una “prueba de verdad” para sus fundamentos.

 

   Quien no establezca un punto de partida explícito, no puede poner a prueba sus fundamentos, y puede incurrir en serios errores. Así, uno de los problemas existenciales que debe resolver Kierkegaard, para su propia vida, parte de una creencia extraña. Alguna vez, en el pasado, su padre maldijo a Dios por haberle dado una vida llena de incomodidades. Con el tiempo, logra una sólida posición económica, pero mueren sus hijos a una temprana edad. El filósofo interpreta estos hechos como una venganza de Dios contra su padre. En pocas palabras, supone un Dios vengativo que utiliza la “vendetta”; algo tradicional en la mafia siciliana.

 

   Si alguien pudiese establecer un sistema compatible totalmente con la naturaleza humana, no podría nunca resolver problemas personales como el de Kierkegaard, por cuanto él mismo establece puntos de partida que pueden resultar incompatibles con la realidad. Tampoco una filosofía que parte de principios errados podrá solucionar conflictos ajenos.

 

   Los sistemas filosóficos no deben interpretarse como intentos por reducir la realidad a unos pocos conceptos, perdiéndose mucha información, sino que son intentos por lograr un conocimiento organizado, de tipo axiomático, que puede ser aceptado y comprendido por cada hombre. De todas formas, cualquiera sea la postura adoptada, una secuencia de pensamientos se inicia en algún origen, que algunos lo hacen explícito y otros lo mantienen oculto. Ninguno de los dos métodos garantiza el éxito, pero las filosofías con principios explícitos son más “honestas”, o más “sinceras”.

 

   Algunos autores describen al filósofo existencialista como un “actor”, mientras que los demás filósofos serían “espectadores” del mundo. En unos predomina la necesidad imperiosa de conocimientos para resolver sus problemas personales, mientras que en el otro caso predomina una “saludable curiosidad intelectual”. Sin embargo, hay casos, como el de Baruch de Spinoza, quien establece una “ética demostrada según el orden geométrico”, siendo la filosofía más formalizada que se haya realizado, la que surgió como una necesidad para encontrar respuestas para su propia vida. Pero esas respuestas habrían de ser generales y de interés para todos los hombres.

 

   Hay sistemas descriptivos que llevan implícito “lo que el hombre debe ser”; hacia donde debe apuntar, hacia donde debe mirar. Utilizan el principio de la simplicidad; es mucho más fácil describir a un hombre ideal que a los millones de seres humanos reales y existentes. De ahí que algunos individuos se sientan excluidos de los grandes sistemas. De todas formas, un sistema filosófico con sentido práctico, deberá tener la suficiente generalidad como para ser útil y accesible a cualquier ser humano de cualquier época; de lo contrario, no tiene razón de ser.

 

   Cuando alguien muestra un comportamiento antisocial e indisciplinado, se le puede sugerir que contemple la posible existencia de leyes naturales objetivas que, a la larga, premian y castigan los distintos comportamientos individuales. De ahí que es imprescindible, en cualquier filosofía propuesta, tomar como referencia esos aspectos objetivos, comunes a todos los hombres. Lo objetivo, que depende de la propia realidad, han  de ser las leyes naturales que rigen nuestras conductas individuales. Quien considera irrelevantes a tales aspectos de la realidad, se opone, quizás sin pretenderlo, a la ética natural, que surge como una consecuencia de dichas leyes.

 

   La sociedad que incuba el subjetivismo, lleva en sus entrañas el germen de su autodestrucción, ya que, en ese caso, se está a un paso de la admisión del relativismo moral, que sólo es su consecuencia. Quienes critican a los que buscan sintetizar en unos pocos principios la esencia del orden natural son, generalmente, los que pretenden hacer triunfar ideas que no resisten una confrontación con la realidad. Es propio del ser humano intentar interpretar los designios de Dios, pero es más cómodo proclamar “verdades individuales” que hacer aportes al esclarecimiento de la verdad de todos.

 

   Las etapas de crisis y de progreso no son más que oscilaciones temporales entre el hombre civilizado y el salvaje. Se oscila entre el ser y la nada; entre el hombre consciente de su misión en el universo y el hombre instintivo que sólo responde a las necesidades inmediatas de su cuerpo, y que sólo es capaz de vislumbrar, de la totalidad de las leyes naturales existentes, el simple instinto de conservación de la especie.

 

   El conocimiento de nuestros errores, asociados a nuestras ideas, constituye la primera etapa para un posible mejoramiento individual. La segunda etapa consiste en confiar que el acatamiento a las leyes naturales nos dará una posterior recompensa.

 

 

 

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