1 IDEALES Y EJEMPLOS

 

Cuando una sociedad cae en una crisis moral, se debe revertir la tendencia lo más rápidamente posible. Para ello es imprescindible orientarnos en una misma dirección. Muchos esperan la llegada de un líder, o de un mesías. Como son pequeñas las probabilidades de que aparezca tal personaje, debemos buscar formas más seguras.

 

   Una forma consiste en buscar, en el pasado, el ejemplo de los hombres que dieron origen a la Nación. También debemos rememorar los ideales que desde épocas remotas tratan de encauzar a las sociedades por el camino del orden y de la justicia. Y ello es posible por cuanto gran parte de la población distingue entre el Bien y el Mal, entre lo justo y lo injusto y entre lo moral y lo inmoral, sólo que no estamos del todo convencidos de los beneficios y de los perjuicios que recibiremos al elegir una u otra alternativa.

 

   En los hombres públicos se hace notoria la crisis moral, ya que son el aspecto visible de la crisis. Ello no implica que sean los únicos culpables por la situación. Debido a la posición que ocupan, la tolerancia hacia sus faltas ha de ser menor que en otros casos. Respecto de la actitud del político,  Richard Muller-Freienfels escribió: “Para el político, la sociedad es un medio, no un fin. La técnica, el arte y la ciencia no tiene otro valor que el de medios para conseguir el poder. El hombre sociable se contenta con ser miembro de una sociedad, mientras que el político quiere dirigirla. Como César, prefiere ser el primero en una aldea al segundo en Roma” (De “Tu alma y la mía”).

 

   El político descripto es, en realidad, el pseudopolítico que usa una actividad social para su propio beneficio y prestigio, sin importarle apenas el bienestar de la sociedad. Por el contrario, el político auténtico, como lo fue Gandhi, orientó y dirigió a su pueblo ejerciendo una influencia educadora sobre cada individuo. El político auténtico indica los defectos que su pueblo tiene, mientras que el pseudopolítico sólo emite alabanzas y otorga favores para intercambiarlos por votos.

 

   El hombre común se deslumbra ante un título universitario y ante frases bien hechas, mientras que el hombre instruido se asombra por el reducido nivel intelectual mostrado en el ámbito de los partidos políticos. La democracia pasa a ser un sistema de gobierno ejercido por los que tienen mayor habilidad para establecer frases con poco contenido.

 

   Al menos en Mendoza, de cuyo pueblo y suelo surgió el Ejército de Los Andes, no debemos ignorar el acontecimiento más importante de nuestra historia. No debemos olvidar los ideales que llevaron a San Martín a realizar su obra y que fueron imprimiendo las características de la argentinidad. Una vez dijo: “Mis promesas para con los pueblos en que he hecho la guerra están cumplidos: hacer la independencia y dejar a su voluntad la elección de sus gobiernos”.

 

   Su acción militar, en Sudamérica, fue destinada a la liberación de las naciones que estaban bajo el dominio español. Fiel a su ideal, rechazó cualquier posibilidad de intervenir en una guerra entre argentinos, o una guerra entre sudamericanos. Esto contrasta notablemente con la actitud de algunos influyentes pseudopolíticos, como Perón, quien favoreció la división de los argentinos hasta hacernos ubicar en situación próxima a una guerra civil. Instigando a la masa peronista, les dijo: “Por cada uno de los nuestros, caerán cinco de los otros”. También la actitud sanmartiniana contrasta con la del guerrillero Che Guevara, que buscaba mediante la revolución (guerras civiles en los países sudamericanos) la ampliación del ex–imperio soviético.

 

   No debemos ignorar nuestra historia y nuestro pasado, ni hacer una extraña mezcla de personajes opuestos que difieren tanto en sus acciones como en sus ideales. San Martín dijo: “Los hombres juzgan de lo presente según sus intereses, y solamente de lo pasado según su verdadera justicia”.

 

   En las épocas de San Martín, cuando organiza el Ejército de Los Andes, el pueblo sacrifica su comodidad para lograr la libertad. Durante las batallas se sacrifica la vida de numerosos soldados. En nuestra época, por el contrario, el pueblo sacrifica su comodidad y su seguridad para pagar la ineficiencia y el robo generalizado. Llegamos a esta situación por ignorar el ejemplo de los grandes hombres y por confiar en simples pseudopolíticos. San Martín escribió: “Cada uno debe vivir con lo que gana”. “Declaro no deber ni haber debido nada a nadie”.

 

   Quien no pide prestado, generalmente lo hace por temor a no poder devolverlo oportunamente. Teme llegar a ser considerado como un estafador. Si en la Argentina se hubiese tenido en cuenta las expresiones y el ejemplo de San Martín, no hubiésemos llegado a adquirir la gran deuda estatal.

 

   La vida de San Martín estuvo lejos de ser una vida cómoda. Así como el descanso es merecido cuando en un premio al trabajo, la gloria y el honor son para los que lograron realizar sus elevados ideales. Por el contrario, en las sociedades de consumo se busca la comodidad como un objetivo en sí mismo. César Cantú escribió: “Peste y plaga de la patria es la juventud ociosa, petulante, que alterna el café, la mesa y el teatro; que lee por ocio; que venera y desprecia por moda y adopta la opinión del periódico que lee”.

 

   Los imperialismos, a quienes se culpan de todos los males, son como las enfermedades que atacan a los cuerpos débiles. Gandhi escribió: “Fuimos nosotros los que ofrecimos la posibilidad de establecer su contralor sobre la India. Es, por lo tanto, más exacto decir que nosotros hemos dado la India a los ingleses, y no que fue ocupada por ellos”. “Supongamos que yo tuviese el hábito del alcohol y que un comerciante viene a vendérmelo;  ¿ será a éste o a mí a quien debe acusarse ? “ (De “La civilización occidental y nuestra independencia”).

 

    La situación de crisis favorece la acción constructiva del individuo. Gandhi escribió: “El descontento es muy útil, ya que a un hombre que está satisfecho de su situación no se le puede persuadir a que cambie”.

 

   Una nación es un conjunto de ideales que orientan a los individuos hacia el Bien común. Sin ellos, no existe sino un conjunto caótico de hombres. Cuando el pueblo se siente orgulloso de los ideales adoptados, surge el patriotismo, como un sentimiento hacia la sociedad que los acepta y los cumple. Ernest Renan escribió: “Lo que constituye una nación no es hablar una misma lengua ni pertenecer a la misma raza, sino poseer en común grandes cosas en el pasado, y la voluntad de hacer otras en el futuro”.

 

   Asociando los ideales colectivos a la idea del Bien común, resulta evidente que el patriotismo que surge en un país no ha de ser diferente del que surge en otros.

 

   Hay veces en que los héroes nacionales son los destinatarios de calumnias e injurias ya que éste es un medio utilizado por quienes odian a la sociedad en que viven y encuentran en este método un arma eficaz para herir los sentimientos patrióticos que puedan existir.

 

   La Patria necesita imperiosamente recuperar el espíritu sanmartiniano. Es nuestra la oportunidad de ser protagonistas de la historia, y no sólo espectadores de la decadencia moral. Mientras en nosotros viva el espíritu del Ejército de Los Andes, vivirá la Argentina como Nación. ¡ Qué renazca desde Mendoza el antiguo ideal, como en el pasado fue !

 

 

 

 

2 UTOPÍA Y REALIDAD

 

A pesar del tiempo transcurrido desde la aparición de los primeros hombres, la humanidad busca, todavía, ponerse de acuerdo respecto de varios aspectos básicos, entre los que podemos mencionar la forma de gobierno, el objetivo de la sociedad, el vínculo de unión entre sus integrantes, la célula básica del orden social, etc. Las respuestas llevan implícitas las posibles soluciones a los conflictos humanos. Una de las propuestas consiste en mejorar a cada hombre siendo la sociedad una consecuencia del individuo. La otra postura implica realizar un cambio en la sociedad para que, luego, afecte a cada uno de sus integrantes.

 

   El comportamiento del hombre, como individuo, es accesible a una descripción científica, mientras que la descripción de la sociedad sólo tiene sentido a partir de las conductas individuales. Todo cambio, basado en el conocimiento seguro, ha de provenir de la mejora del individuo.

 

   Una de las posturas propone que el hombre debe ser gobernado por el propio orden natural, una vez que logre describir adecuadamente las leyes respectivas. El objetivo de la sociedad ha de ser una adaptación creciente respecto de esas leyes. El vínculo de unión ha de ser el amor, mediante el cual compartimos las penas y las alegrías de nuestros semejantes, mientras que la familia ha de ser la célula básica del orden social.

 

   El socialismo, por otra parte, conduce al gobierno del hombre sobre el hombre, ya que el diseño de un orden social implica adaptarse a la voluntad de su diseñador, que ha de ser el objetivo a lograr. El vínculo de unión será materializado por los medios de producción, mientras que el grupo humano es al mismo tiempo la célula básica, ya que, a veces, se propone socializar a las mujeres y a los niños, siendo éstos educados por la comunidad, y no por sus padres. Platón escribe: “Ninguno tendrá mujer propia y los hijos serán comunes, y el padre no conocerá a su hijo, ni el hijo al padre”.

 

   Existen variantes a las sociedades diseñadas por el hombre, aunque casi todas coinciden en abolir la propiedad privada. El primer intento proviene de Platón quien escribió: “Mi República existe sólo en nuestra mente, puesto que no está en parte alguna de la Tierra, por lo menos como yo imagino. Pero en el cielo hay, probablemente, un modelo de ella” (De “La República”). La palabra “utopía” proviene del griego y hace referencia a estos intentos; significa en “ninguna parte”, como manifiesta Platón.

 

   El hombre, guiado por las pasiones, es competitivo y busca el dinero y el poder, perjudicando a toda la sociedad. La postura que propone el mejoramiento individual busca que el hombre sea guiado por la razón y abandone aquella actitud. Las posturas socialistas, en cambio, proponen eliminar la propiedad individual de bienes materiales para evitar los inconvenientes mencionados. Suponen que de esa forma eliminarán el egoísmo. El filósofo Louis de Bonald escribió: “Los hombres son perversos no tanto por la riqueza como por el afán de riqueza”.

 

   Los intentos guiados por ideales utópicos nunca llegaron a buenos resultados, principalmente porque desconocieron los atributos esenciales (culturales) del individuo. De todas formas, los ideales utópicos todavía existen como una esperanza oculta de los hombres que llevan una vida poco feliz. Ludwig von Mises escribió: “En vastas extensiones de Europa (el socialismo) es, desde hace años, el ideal a que aspiran en secreto millones y millones de hombres. Es conocido por todos, aunque jamás se le haya definido con claridad” (De “El socialismo”).

 

   La esencia biológica del hombre le hace vislumbrar una sociedad ideal en la que se satisfacen todos sus deseos primarios: alimentos, vivienda, vestimenta: esta sociedad es el comunismo. Se parece a un hormiguero en donde todos colaboran para lograr un fin común y en donde existe una absoluta igualdad. Cuando el comunismo se lleva a la práctica, se parece más a una colmena de abejas, en la que las abejas obreras se parecen a la clase obrera, la reina se parece a la clase dirigente y los zánganos serían los marginados por no trabajar o por oponerse a la clase dirigente.

 

   La esencia cultural del hombre le hace vislumbrar una sociedad ideal en la que el aspecto afectivo es el vínculo de unión. Se satisfacen así los deseos de libertad y de una realización personal. El cristianismo promueve principalmente el mejoramiento de los atributos afectivos o éticos, de manera de facilitar el establecimiento de ese vínculo. La sociedad ideal aparecerá cuando la mayoría de sus integrantes adopte para sus vidas la sugerencia cristiana. Mientras que el vínculo de la sociedad comunista (los medios de producción) son logrados por métodos violentos (la revolución), el vínculo de la sociedad cristiana se logra pacíficamente y con mucho trabajo personal.

 

   El Imperio Romano ofrecía protección a sus aliados, los que ceden parte de su libertad, y de sus ahorros, a cambio de seguridad. Por razones similares surgen los modernos Estados, siendo su estructura favorable al gobierno del hombre sobre el hombre, ya que, cuando alguien domina totalmente al Estado, dominará totalmente a la sociedad. Hará la promesa, eso sí, de brindar protección y seguridad. De ahí surge el totalitarismo, palabra que proviene del siguiente lema de Benito Mussolini: “Todo por el Estado, nada fuera del Estado, nada contra el Estado”. También dijo: “Fuimos los primeros en afirmar que conforme la civilización asume formas más complejas, más tiene que restringirse la libertad del individuo” (Citado en “Camino de servidumbre” de F. Hayek).

 

   Para describir adecuadamente la acción de Mussolini, Hitler, Lenín, Stalin y los ideólogos respectivos, puede decirse que constituyeron el mayor peligro que afrontó la civilización, por cuanto establecieron el gobierno del hombre sobre el hombre ofreciendo protección respecto del “gran enemigo” de la sociedad: el liberalismo económico y la democracia. En estos casos el remedio resultó peor que la enfermedad.

 

   Existen varios aspectos comunes entre fascismo, nazismo y marxismo, siendo el principal la búsqueda del dominio del Estado para controlar la sociedad y expandirse al mundo mediante las armas y la propaganda. Cuando uno dice que el marxismo es una tendencia estatista y totalitaria, algunos contestan que uno no leyó bien a Marx, por cuanto dijo que el Estado debía, a la larga, desaparecer. Al robo de los medios de producción le llaman “socialización”, en vez de “estatización”. De todas formas, ese agrupamiento en manos de los dirigentes comunistas lleva necesariamente al totalitarismo. Cuando se les mencionaba, a los dirigentes del antiguo Imperio soviético, la abolición del Estado, propuesta por Marx, indicaban que ello iba a ocurrir cuando el comunismo se estableciera a nivel mundial.

 

   La gente acepta casi sin inconvenientes que el establecimiento del comunismo en la ex–URSS haya costado unas 20 millones de víctimas (según manifiesta Andrei Sajarov en “Mi país y el mundo”), siendo de tres millones ochocientas mil las cifras oficiales. Esta aceptación se debe a que tuvo como finalidad el establecimiento del ideal secreto de las masas.

 

   El cinismo de los silenciosos admiradores de Marx los hace cómplices de la violencia que ha existido en muchos países. Salomón dijo: “El que justifica al impío, y el que condena al justo, ambos son abominables delante de Dios”.

 

   Para el marxismo, el sistema económico imperante determina la mentalidad generalizada de la sociedad, y es la que determinará la de cada individuo. Las críticas adversas hacia el marxismo son ignoradas por cuanto provienen de la “burguesía”. Para otras posturas, el pensamiento individual influye sobre la mentalidad generalizada de la sociedad y el orden económico dependerá de las ideas predominantes. La influencia de Marx en la sociología hace que esta rama de la ciencia pierda seriedad, ya que algún día también podrá hablarse, con igual derecho, de una “sociología nazi”. Ludwig von Mises escribió: “Conforme a la concepción marxista, la existencia colectiva determina la conciencia. Las ideas que expresa un autor las ocasiona el hecho de que pertenezca a tal o cual clase social y no está en su poder salirse de su clase y liberar su pensamiento de la tendencia que le prescribe su interés de clase. Se refuta así la posibilidad de una ciencia general, válida para todos los hombres sin distinción de clase” (De “El socialismo”).

 

   Los marxistas tienden a desarmar a la oposición por cuanto hablan en nombre de los pobres y de los obreros. Le aseguran al que se siente fracasado que no es culpable de su situación, sino que es culpa de la sociedad, o del sistema capitalista. Además, en la sociedad comunista no tendrá necesidad de sentir envidia, ya que todos tendrán la prometida igualdad económica.

 

   La ciencia tiene como objetivo describir al mundo real. En el caso de la sociología, tiene sentido estudiar los grupos humanos y su relación con el individuo, cuando actúan en libertad. Sin embargo, el marxismo supone que la ciencia sociológica implica diseñar una sociedad utópica y obligar, mediante las armas, a que todo individuo se adapte a la planificación establecida. Andrei Sajarov escribió: “La nuestra (URSS) es una economía permanentemente militarizada a un nivel inverosímil en tiempos de paz, que resulta opresiva para la población y peligrosa para el resto del mundo” (De “Mi país y el mundo”). Con el avance tecnológico y la automatización de la producción se desvanece el vínculo de unión de la sociedad utópica y el sentido de la historia que, según algunos, lo justifica.

 

   Debemos recordar que los principales “fabricantes del odio y del marxismo” son los egoístas y poderosos, que se desinteresan por los demás. El liberalismo tiene sentido sólo como el aspecto económico de una postura que incluya una concepción religiosa o filosófica del hombre.

 

   La soberbia está asociada al reino del hombre sobre el hombre, mientras que la verdad vendrá asociada al Reino de Dios. Una dará siempre pobres resultados y traerá sufrimientos; la otra siempre dará buenos resultados porque traerá la paz.

 

 

 

 

 

3 LA ÚLTIMA ALIANZA

 

Una alianza, en religión, implica un vínculo, o un acuerdo, entre Dios y los hombres, a través de algún intermediario. Es la forma en que la humanidad habría de conocer la voluntad del Creador para cumplir con sus designios. Este conocimiento constituye una “verdad revelada”. Se considera como la última alianza a la establecida a través de Cristo. Esta interpretación de la religión se basa en la creencia en un Dios personal que interviene e influye sobre la humanidad fuera de las leyes naturales establecidas.

 

   También es posible una religión basada en la existencia de un orden natural invariable. El hombre se va adaptando progresivamente a dicho orden y da lugar a una “historia lineal”, y no “cíclica”, como supone la tradición de varios pueblos. La adaptación cultural a la que se hace referencia responde a la misma finalidad que la adaptación biológica.

 

   El nivel de conocimientos aportados por la ciencia experimental hace que en nuestra época deba contemplarse la posibilidad de unificar ciencia y religión. El efecto será similar al producido por una alianza, por cuanto éstas se realizarían para que haya unión y concordia entre los hombres. Ello implicará, además, una posible unificación de religiones. Con ello se cumplirá con la aparente finalidad implícita en el orden natural, o con la voluntad de Dios interpretada por los profetas.

 

   La unificación de ciencia y religión no implica el reemplazo de ésta por aquélla, sino una compatibilización de ambas como ramas especializadas del conocimiento humano, que actúan bajo una especie de “división del trabajo” y apuntan hacia un mismo fin. La religión compatible con la ciencia, y con la propia realidad, constituye la “religión natural”. Dicha religión surge del hombre, y no de Dios. No supone un orden sobrenatural, además del orden natural, sino sólo este último.

 

   En la religión natural se toma, como punto de partida, la propia realidad, mientras que en la religión revelada se toma como referencia, justamente, la verdad revelada que aparece en las Sagradas Escrituras. Para que cada individuo mejore su condición, sólo bastaría lograr un acuerdo respecto de las normas éticas elementales. Si, por el contrario, pretendemos imponer posturas filosóficas completas, la religión seguirá siendo una gran fuente de discordia. Galileo Galilei escribió: “..ésos (teólogos) pretenden poder obligar a otros, con la autoridad de la Escritura, a seguir en las discusiones naturales aquella opinión que les parece a ellos que se revela más acorde con los pasajes de aquélla, creyéndose al mismo tiempo que no tienen la obligación de resolver los razonamientos o las experiencias que hay en contra. Para explicación y justificación de tal opinión suya dicen que, siendo la teología reina de todas las ciencias, no debe de ninguna forma rebajarse para acomodarse a los dogmas de las otras menos dignas e inferiores a ella, sino al contrario las otras deben, como a reina suprema, remitirse a ella y cambiar y variar sus conclusiones conforme a los estatutos y decretos de la teología” (De “Carta a Cristina de Lorena”).

 

   Con el tiempo se fue aceptando la existencia de una verdad única, y no de una verdad científica distinta de la religiosa. El conflicto tiende a eliminarse en cuanto se tiene en cuenta que los libros religiosos traen mensajes religiosos, y no científicos. Tales mensajes apuntan a la obediencia a las leyes de Dios y a la salvación del hombre. Tienen en cuenta el comportamiento ético del individuo antes que la verdad estricta respecto a los aspectos básicos de la realidad. Baruch de Spinoza escribió: “Se demuestra que la Escritura no enseña sino cosas muy sencillas, ni busca otra cosa que la obediencia, y que, acerca de la naturaleza divina, tan sólo enseñan aquello que los hombres pueden imitar practicando cierta forma de vida” (Del “Tratado teológico-político”).

 

   De todas formas, es necesario e imprescindible buscar la unidad entre ciencia y religión, sin necesidad de cambiar lo esencial de una y de la otra. Teniendo en cuenta que las distintas religiones son aproximaciones a la religión natural, existe esa posibilidad. Ella consiste en reinterpretar el origen y el fundamento de la religión de manera tal que se observe una identidad con la ciencia. El proceso de interpretación de teorías y experimentos ha desempeñado un importante papel en el desarrollo de la física teórica y experimental. De todas formas, la realidad ha de ser independiente de las interpretaciones y de los deseos humanos, pero debemos tener presente la posibilidad mencionada.

 

   La razón debe predominar sobre la fe, por cuanto el razonamiento tiene como destino los aspectos objetivos de la realidad. Por el contrario, la fe da lugar a variadas y opuestas interpretaciones de la realidad, predominando un conocimiento subjetivo. Toda posible unificación provendrá de acuerdos basados en el mundo real único. Baruch de Spinoza escribió: “Sólo en cuanto vivan guiados por la razón los hombres se ponen siempre de acuerdo. En cambio, en cuanto son movidos por los afectos que son pasiones, los hombres son por naturaleza distintos y contrarios los unos a los otros” (Citado en “Spinoza” de Carl Gebhardt).

 

   Cuando observamos cotidianamente los conflictos que acontecen en la humanidad, notamos una tendencia bastante preocupante. Incluso nos parece que la única solución posible vendrá del cumplimiento de la profecía bíblica que promete el fin de una época en la que predomina el Mal y el inicio de una era en la que triunfa el Bien. Justamente, la lucha entre el Bien y el Mal es el tema central de la Biblia y forma parte del proceso de adaptación del hombre al orden natural.

 

   Hay quienes adoptan una actitud optimista por cuanto aducen que “Dios va a arreglar al mundo y que no debemos preocuparnos”. Por el contrario, el ciudadano común debería esforzarse en evitar el derrumbe del orden social, mientras que el intelectual debería tratar de acrecentar el nivel de conocimientos, no sólo para utilidad de la sociedad actual, sino para que sirva para establecer, algún día, una gran síntesis que permita la unificación de ciencia y religión, como se mencionó antes.

 

   Cuando se habla de las predicciones bíblicas, se las asocia al último de los libros: el Apocalipsis. Realizado por San Juan Apostol, describe visiones asociadas a lo que ocurrirá en el futuro. Hay quienes lo interpretan textualmente y encuentran escenas de mucha violencia; propias del “Dios vengativo” del Antiguo Testamento. En el otro extremo, hay quienes  sólo encuentran incoherencias lógicas y no le asignan valor alguno. Aquí es oportuno mencionar una expresión de Thomas Hobbes: decir que Dios nos habló en sueños implica que soñamos que Dios nos hablaba.

 

   En el caso que tratamos debemos adoptar una actitud científica y valorar toda expresión en función de su adecuación a la realidad, o a su coherencia lógica, sin importar el método utilizado o el origen de quien lo expresa. Además, el libro del Apocalipsis (revelación) no sólo debe ser compatible con la realidad futura, sino que debe adecuarse a la profecía que, respecto del final de los tiempos, establece el propio Cristo. De ahí que conviene referirnos a esta última preferentemente.

 

   Una profecía, desde el punto de vista de la religión natural, es un mensaje emitido hacia el futuro para que alguien se encuadre en su contenido y la cumpla. Ha de ser como una posta atlética en la que cada integrante de un equipo recorre una parte del trayecto total. También es posible la existencia de leyes históricas más profundas y que sean inaccesibles al hombre común.

 

   Lo que más sorprende, acerca de la “segunda venida de Cristo”, es la forma abrupta en que aparecerá. Así, Cristo dijo: “Pues igual que el relámpago, cuando resplandece saltando desde lo bajo hasta lo alto del cielo, así será el Hijo del Hombre en su día” (Lucas). El propio Newton arriesgó una fecha para este acontecimiento y estimó que sucedería en el siglo XXI.

    La profecía nos describe la “parusía”, que se traduce como “presencia”. La expresión “todo ojo le verá” implica la existencia de un medio de comunicación masivo como lo es la televisión satelital. Giovanni Papini escribió: “Pero si Jesús no anuncia el día, nos dice las cosas que han de acontecer antes de aquel día. Dos son estas cosas: que el Evangelio del Reino sea predicado a todos los pueblos y que los Gentiles no hollen más el suelo de Jerusalén. Estas dos condiciones se han cumplido en nuestros tiempos y, acaso, el gran día se aproxima. Ya no hay más en el mundo nación civilizada o tribu bárbara donde los descendientes de los Apóstoles no hayan predicado el Evangelio. Desde 1918 los turcos no mandan más en Jerusalén y se habla de una verdadera resurrección del antiguo estado judío (el Estado de Israel fundado en 1948)” (De “Historia de Cristo”.

 

   El Apocalipsis, que complementa la profecía, viene a ser una “filosofía de la historia”. Simboliza la lucha entre el Bien y el Mal y el triunfo del primero. Incluso la lucha se establece mediante cuatro jinetes. Uno de ellos (el Bien) derrota a los otros tres (el Mal). Ello puede asociarse a las actitudes básicas del ser humano: el amor (el Bien) derrota al odio, al egoísmo y a la negligencia (el Mal). De ahí que este libro fue escrito para dar esperanzas a los primeros cristianos, que eran perseguidos por los romanos en épocas de Nerón.

 

   Para que la profecía tenga sentido, ha de existir un cambio en el cristianismo. De ahí que la religión vigente, como una religión revelada, posiblemente sea interpretada como una religión natural. De no ser así, no existirá un cambio esencial. Quienes se aferran a una actitud idólatra, afirman que la parusía es un simbolismo más y, en cierta forma, rechazan la profecía. El propio Cristo nunca dijo que su religión era natural o revelada, aunque pueda interpretarse de ambas formas. Recordemos que la Biblia utiliza muchas simbologías, y de ellas pueden surgir interpretaciones variadas (como religión revelada tanto como religión natural). 

 

   El reemplazo de la información esencial y básica, por variados misterios, ha llevado a una progresiva división y a un debilitamiento del cristianismo. De ahí que se deba abandonar el oscurantismo y la idolatría, y deba asociarse a la ciencia para dejar de ser algo simplemente tradicional. Will Durant escribió: “Los defensores más agudos de una fe son sus grandes enemigos, pues sus sutilezas engendran duda y estimulan la mente” (De “Historia de la Filosofía”).

 

   Las alianzas entre Dios y la humanidad lograrán un éxito definitivo en cuanto puedan inducir, en cada uno de nosotros, una unión o una alianza personal con el orden natural. De ahí que la unión de ciencia y religión ha de servir a ese fin. Y ello se debe a que la ciencia nos acostumbra a ver un mundo regido por una innumerable cantidad de leyes naturales, que nos habitúan a una actitud contemplativa hacia el orden subyacente a dichas leyes.

 

   Todo el mérito será para el que tenga la habilidad y el magnetismo personal necesarios para cumplir con los requerimientos de la profecía. Debe ser capaz de convencer, y de convertir masivamente, a los demás hombres, transmitiendo ideas simples. Su mérito será intelectual antes que ético. Deberá, además, cumplir con el “principio de J. Joubert”, quien escribió: “Si existe un hombre atormentado por la maldita ambición de poner todo un libro en una página, toda una página en una frase, y esta frase en una palabra, soy yo”. El principio puede enunciarse así: Debemos transmitir la máxima cantidad de información en el menor espacio posible.

 

 

 

4 CIVILIZACIÓN O BARBARIE

 

Cada individuo posee virtudes y defectos, los que pueden considerarse como medidas del grado de adaptación al orden natural. En la terminología religiosa se dice que un individuo está en estado de gracia (virtud) o bien bajo el pecado (defectos), dependiendo del grado de acatamiento dispensado a la ley de Dios. Si consideramos que las leyes naturales son idénticas a las leyes de Dios, no hay diferencia esencial entre ambos aspectos considerados.

 

   La actitud virtuosa da prioridad a lo intelectual y a lo afectivo, mientras que la actitud pecadora la da al cuerpo. La virtud surge de la necesidad de vincularnos a los demás; el pecado surge al interesarnos con exclusividad de nosotros mismos. Las virtudes y los defectos individuales se proyectan, a nivel social, hacia la civilización y hacia la barbarie, respectivamente. Confucio escribió: “El hombre superior piensa siempre en la virtud; el hombre vulgar piensa en la comodidad”.

 

    Podemos decir que una sociedad es civilizada cuando sus integrantes tienden a acatar las leyes naturales. Ello implica cumplir también con las leyes naturales. Lo inverso, sin embargo, no siempre se da, ya que podemos cumplir con las leyes humanas y no con las naturales, ya que éstas son bastante más exigentes. La ley natural nos sugiere hacer el Bien mientras que las leyes humanas sólo nos prohiben hacer el Mal.

 

   La barbarie, o incivilización, es la tendencia a desconocer todo tipo de ley o acuerdo para la vida en sociedad. Esencialmente, la barbarie surge del descontento hacia la sociedad y la civilización. De ahí que debemos distinguir claramente ambas tendencias para elegir el mejor camino.

 

   A los términos anteriores se los puede asociar al orden y al desorden, al cosmos y al caos, ya que toda ley genera un orden. El orden social tiende a ser una reproducción del orden natural existente. A medida que la civilización progresa, la barbarie retrocede. El respeto a las leyes es una forma de hacer efectivo el respeto a los demás. El nivel de civilización a alcanzar dependerá del grado de conocimientos que poseamos respecto de la ley natural; de ahí que al término “civilización” podamos asignarle el significado de “adaptación cultural al orden natural”. William Harvey escribió: “La civilización es, simplemente, una serie de victorias sobre la naturaleza”.

 

   El carácter de civilizada, o no, que tenga una sociedad, dependerá de las leyes y de los acuerdos aceptados, y del grado de acatamiento que se tenga de ellos. Pero no cualquier ley o costumbre hace de la sociedad una entidad civilizada, de la misma forma en que no cualquier creencia o cualquier conocimiento hacen que una persona sea virtuosa. Los resultados que se obtengan nos irán orientando respecto de la veracidad de nuestras creencias o de la adecuación de nuestros acuerdos.

 

   En cuanto a los objetivos de las leyes humanas, podemos encontrar dos finalidades principales: adaptar al hombre a su medio natural y también a la vida social. En el caso del medio ambiente, podemos mencionar la existencia de una devoción religiosa hacia la “madre Tierra” y al “Dios Sol”, en algunos pueblos antiguos.  Este es el caso de algunos pueblos europeos que no construían caminos para no producir deterioros al medio ambiente. En cambio, existe también la postura del “hombre dominador de la naturaleza”, como fue el caso de los romanos que construyen noventa mil kilómetros empedrados que unirán todo el Imperio, y que serán utilizados por varias generaciones posteriores.

 

   Cuando el hombre no cuida el medio ambiente produce un deterioro irreversible que lo perjudicará seriamente. También lo perjudica desvincularse de sus semejantes. Como ambas tendencias depende de cada individuo, se darán en forma simultánea. El sociólogo Emile Durkheim estudió las causas de los suicidios y encontró que es un fenómeno social, y no sólo individual, producido por tendencias autodestructivas motivadas, en muchos casos, por la anomia (ausencia de normas). Ello se magnifica en el caso de personajes públicos que dejan de sentirse limitados por la sociedad y tienden a no respetar algunas de sus costumbres o a no compartir algunos de sus ideales. La barbarie, como una tendencia a no respetar normas, lleva a la autodestrucción de la sociedad, coincidiendo plenamente con las conclusiones obtenidas por Durkheim.

 

   La decadencia y posterior caída del Imperio Romano fue seguida por una gran crisis. Ello se debió a que Roma imponía una ley, que fue desconocida por los bárbaros. Hippolyte Taine escribió: “Por malo que sea un gobierno, hay algo peor, y es la supresión del gobierno”.

 

   La extrema manifestación de la barbarie es la guerra. Desterrar la guerra es desterrar las causas que la provocaron. En algunos casos, la reacción violenta se debe a una previa acción violenta. Esta es la causa y aquélla el efecto. Generalmente se ven sólo los efectos, mucho más visibles que las causas. En la consideración de largas cadenas de causas y efectos (y a veces no tan largas), muchos se quedan a medio camino en el proceso del razonamiento, y de ahí sus limitadas visiones de la realidad. El pensamiento erróneo es, generalmente, un pensamiento incompleto. Herodoto escribió: “En la paz, los hijos entierran a los pobres; la guerra altera el orden de la naturaleza y hace que los padres entierren a sus hijos”.

 

   La peor de las guerras es la guerra civil y ocurre cuando una severa crisis encuentra a una nación dividida en dos partes antagónicas definidas, como ocurrió previamente a la guerra civil española. Una división similar, fue la promovida en la Argentina por el peronismo. La revolución pregonada por el marxismo, no es otra cosa que una guerra civil. Sin embargo, como todo se hace “en nombre de los pobres”, la idea tiene bastante aceptación. Quien desea, o favorece, las condiciones para un conflicto armado como el mencionado, no busca soluciones para la sociedad, sino que interiormente desea su destrucción, posiblemente porque la sociedad nunca le dio el lugar que pretendió lograr. Homero escribió: “El que ama la guerra civil es un hombre sin lazos de familia, sin hogar y sin ley”.

 

   La historia de la humanidad nos muestra  una sucesión de éxitos y fracasos que se alternan a cada tanto dependiendo del predominio de ideologías, implícitas o explícitas, que orientan hacia la civilización o hacia la barbarie. Francisco de Quevedo escribió: “Sale de la guerra paz; de la paz, abundancia; de la abundancia, ocio; del ocio, vicio; del vicio, guerra”.

 

   Si tenemos presentes a Hitler y a Stalin, vemos que pertenecen a un tipo psicológico similar al de Nerón y Calígula. A pesar de los casi dos milenios transcurridos desde unos a otros, sorprende que sigan llegando hasta la cima del poder mundial tales personajes, haciendo evidente la ausencia de progreso alguno. Indro Montanelli escribió sobre el emperador Claudio (bastante más “civilizado” que Nerón y Calígula): “Cuando estuvo listo (un canal) ofreció a los romanos, como postrer espectáculo, antes de la desecación, una batalla naval entre dos flotas de veinte mil condenados a muerte, que le dirigieron el famoso grito: ¡ Ave, César ¡ ¡ Los que van a morir te saludan ¡, se echaron a pique unos a otros y se ahogaron. El público, que llenaba las colinas circundantes, se divirtió muchísimo” (De “Historia de Roma”).

 

   La religión debería ser un intermediario entre el individuo y el orden natural. Sin embargo, gran parte de los conflictos entre naciones son de origen religioso. En muchos casos existe la necesidad de materializar a Dios. Para muchos, creer en Dios no implica creer en la existencia de la ley divina, o ley natural, sino creer en la existencia de un ser real que está escondido en alguna parte observando el drama humano. Al no ser capaces de captar ideas abstractas tales como la de “orden natural”, o la del “vínculo invariante entre causas y efectos”, crean simbologías subjetivas incompatibles entre ellas y con la propia realidad, y para colmo pretenden gobernar mentalmente a gran parte de la población mundial. Voltaire escribió: “ ¿ Qué es más peligroso, el fanatismo o el ateísmo ?. Sin duda lo es mil veces más el fanatismo, pues el ateísmo no inspira pasiones sanguinarias, mientras que el fanatismo, sí. El ateísmo no se opone al crimen, pero el fanatismo es causa de que se cometan crímenes”.

 

   Algunos programas deportivos, por televisión, emiten escenas callejeras ocurridas antes o después de un partido de fútbol. En esos hechos se muestran ofensas y burlas a los clubes rivales. Con el tiempo, las burlas se contestan con balazos. Luego, los periodistas se lamentan por la violencia y exigen el cambio de las leyes o una mejor acción policial. Todos buscamos el cambio en los demás; de manera que nada cambia.

 

   Todavía resuena en nuestros oídos la cínica ironía de la barbarie: “El SIDA no discrimina. Si vencemos nuestros prejuicios, venceremos al SIDA”. Se supone que el que tiene “prejuicios éticos y morales” es el culpable de la situación, y no los que promueven el libertinaje. Los cínicos deberían inducir a sus propios hijos a seguir comportamientos homosexuales antes que promoverlos masivamente a los hijos de los demás.

 

   Cuando observamos la grosería generalizada en todos los espacios sociales, y su tácita aceptación, uno piensa en las descripciones bíblicas en las que se relata el castigo de Dios a las ciudades corruptas. En la actualidad pensamos que, de alguna forma, las sociedades alejadas de la ley de Dios tienden a su propia autodestrucción, o hacia su autocastigo. Debemos apuntar hacia el logro de valores éticos para revertir la situación. Mientras no lleguemos a esos valores, lo que hagamos será estéril. Sófocles escribió: “Solamente es duradero lo que con virtud se consigue”.

 

   No debemos creer que hace falta una gran dosis de heroísmo y de sacrificios para adquirir un nivel ético que permita el resurgimiento de la sociedad. Recordemos los relatos que nos llevan a la primera mitad del siglo XX, cuando en nuestro país la mayoría de los negocios se hacían “de palabra”, sin contratos, como actualmente es necesario establecer, por cuanto existía amor propio suficiente como para no poder soportar la acusación o la sospecha de ser un estafador. Las cosas han cambiado por cuanto el individuo ya no piensa en el honor, como recompensa que su propia conciencia le concede, sino en la comodidad que lo material brindará a su cuerpo y en el reconocimiento social posterior. Francesco Guicciardini escribió: “Ambiciona honor, no honores”.

 

 

 

 

5 CONDUCTAS Y COSTUMBRES

 

Los individuos muestran conductas sociales que los caracterizan individualmente. Además, existe la tendencia a imitar lo que se considera bueno o agradable. Este comportamiento nos sugiere una analogía con un conjunto numeroso de partículas pertenecientes a una substancia gaseosa. Las partículas chocan sucesivamente, unas con otras, transmitiéndose parte de sus movimientos. Francis Bacon escribió: “Las conductas, como las enfermedades, se contagian de unos a otros”.

 

   Así como existe una velocidad promedio asociada a las partículas, existirá una mentalidad promedio, o generalizada, del grupo social, que tenderá a influir sobre cada uno de sus integrantes. Habrá personas influyentes, que impondrán sus personalidades sobre los demás, y también habrá personas influenciables que actuarán principalmente bajo la presión del medio social. De la misma forma en que caracterizamos a una persona por su conducta social, podemos caracterizar a un pueblo por sus costumbres, que no son otra cosa que un efecto de la mentalidad generalizada mencionada. Miguel de Unamuno escribió: “La memoria es la base de la personalidad individual, así como la tradición lo es de la personalidad colectiva” (De “Del sentimiento trágico de la vida”).

 

   Todo cambio social se logrará disponiendo de información adecuada, mientras que existirá cierta oposición al cambio. Esta se deberá a la “inercia mental” materializada por las creencias infundadas y por las ideas erróneas existentes en las memorias individuales. Thomas Carlyle escribió: “Toda reforma que no signifique la de las costumbres será siempre inoperante”.

 

   Es posible que una ideología sólo ejerza sus efectos sobre las personas más influyentes; las que actuarán como intermediarias entre la ideología y los demás. Aunque también podrá ser efectiva una ideología de alcance general. Todo gobierno debe orientar al individuo, ya que la política, sin ideología, es simple politiquería. En el mejor de los casos puede llegar a ser una buena gestión administrativa, considerando al Estado como a una empresa. La actividad política debe contemplar los aspectos inherentes a las conductas individuales.

 

   La crisis social aparece junto a la desorientación del individuo, que en un momento realiza una acción que se opone a otra del pasado. O cuando, en un momento dado, varios individuos realizan acciones cuyos efectos se neutralizan anulándose. Así como la economía de mercado se encuentra distorsionada por el accionar egoísta y delictivo de varios de los actores económicos, el proceso natural de las conductas individuales y de las costumbres emergentes, se encuentra distorsionado por el uso inadecuado de los medios masivos de comunicación. De ahí que cualquier irresponsable puede convertirse en alguien socialmente influyente.

 

   Así como resulta difícil predecir el futuro de un individuo, resulta difícil predecir sus aptitudes para influir en los demás. Esa influencia se podrá ejercer despertando amor, temor, admiración o algún otro sentimiento. Seguramente que pocos habrían vaticinado que Mahatma Gandhi, con una personalidad débil en apariencias, habría de convertirse en el importante líder que fue.

 

   El aspecto más importante de la conducta social es, precisamente, la actitud adoptada respecto del medio social. En una forma inconsciente actuamos temerosos, indiferentes, optimistas, antagónicos, solidarios, etc., como si el grupo social fuese una persona. Friedrich von Schiller escribió: “Si quieres conocerte, observa la conducta de los demás; si quieres conocer a los demás, mira en tu propio corazón”.

 

   Se puede depender del grupo social hasta llegar a perder nuestra propia identidad bajo dos formas extremas: acatando todas sus costumbres, o bien reaccionando en forma opuesta a ellas. Esta última postura implica que el individuo se siente excluido de la sociedad; olvida que sus críticas y reclamos van dirigidas hacia personas que, como él, dan muy poco a los demás. De ahí que es común, en una crisis social, los mutuos reclamos de todos contra todos. El generoso con las riquezas y con el dinero ajenos, ataca a los que más tienen y se defiende, simultáneamente, excluyéndose de los que no hacen nada por los demás. Juan Luis Vives escribió: “Nadie cree que hace mal si los demás no juzgan que lo hace”.

 

   Cierta vez, un alumno secundario responde con burlas e insultos a un docente. Consultado por un directivo acerca de lo sucedido, el alumno responde que “a mi padre siempre lo perjudicaron”. Uno se asombra por la respuesta; luego piensa que tal alumno ve a la sociedad como si ésta fuese una persona. Ve en el profesor, en ese momento, el rostro visible de la sociedad, y busca vengarse por lo que le sucedió a su padre. Actitudes similares a ésta explican los hechos de inusitada violencia que ocurren en las sociedades en crisis.

 

   Hay izquierdistas que emiten, a través de los medios masivos de comunicación, sutiles ironías y burlas encubiertas destinadas a enardecer a la gente. Pero la violencia estimulada nunca va llegar a los políticos de EEUU, quienes residen a más de quince mil kilómetros, sino que esa violencia ha de ser destinada al “consumo interno”. Uno de esos violentos sugirió que debería juntarse un pequeño, pero suficiente, porcentaje de desocupados para producir un gran efecto. La revolución (guerra civil) es  la meta de los que se “preocupan” por la situación de la sociedad.

 

   Así como el cero (cantidad nula) permite describir las cantidades mediante un sistema de numeración adecuado, la negligencia (acción nula) permite describir adecuadamente las conductas individuales. Se ha llegado al extremo de que algunos jóvenes pidan a la sociedad, a través del Estado, que les provea de una “casa digna”. Puede decirse que una casa digna es la que se obtuvo mediante un trabajo digno. Wolfgang Goethe escribió: “La negligencia y la disidencia producen en el mundo más males que el odio y la maldad”.

 

   Son frecuentes las críticas a los empresarios porque se supone que en ellos recae toda la responsabilidad por el funcionamiento de la economía nacional. El resto de la población debería despreocuparse sin pensar en cómo ganarse la vida. La mentalidad actual sugiere “pasarla bien y no hacer nada”. Deberíamos criticar, sobre todo, al que no hace nada por los demás, y más aún al que no hace nada por él mismo. Juan B. Alberdi escribió: “Los hechos en que consisten las dos causas naturales de la pobreza, son: la ausencia del trabajo, por la ociosidad u otra razón accidental, y el dispendio o la disipación de los productos del trabajo, por vicio o por error” (De “Estudios económicos”).

 

   Así como la estabilidad de una estrella depende del equilibrio de dos fuerzas antagónicas (fusión nuclear y gravedad), la estabilidad social depende del equilibrio de dos fuerzas opuestas: competencia y cooperación. A la primera la asociamos al egoísmo y al odio, mientras que a la segunda la asociamos a la solidaridad. El hombre parece estar guiado por dos instintos básicos: el de supervivencia y el de perpetuidad. En un caso se busca la supervivencia del cuerpo, mientras que en el otro caso se busca la perdurabilidad del espíritu, en alguna de las diversas formas posibles. Debemos buscar la forma en que las metas individuales no afecten las metas de todos.

 

   Si alguien, en la Argentina, deja de ir de vacaciones para pagar deudas pendientes o para regularizar sus impuestos, será mirado por muchos como un zonzo. Esto hace recordar un caso relatado por el escritor Leonardo Sciascia, quien, durante un viaje por el sur de Italia, se detiene con el conductor del vehículo que lo lleva, ya que había un tronco sobre el camino. Grande fue su sorpresa cuando vio que el conductor, luego de retirarlo y pasar con el vehículo, vuelve a colocarlo en el lugar anterior. Cuando Sciascia le pregunta por la razón de su accionar, recibió como respuesta: “No quiero que crean que soy un tonto”.

 

   Hay hombres que sugieren a sus hijos una actitud de desconfianza hacia el medio social, tal el caso de un siciliano que le dice a su pequeño hijo: “Arrójate desde la pared que te recibiré en mis brazos”. El niño confía; salta y se golpea contra el piso. Entonces recibe como consejo: “No debes confiar ni de tu propio padre”.

 

   Otros inculcan a sus hijos que nunca perjudiquen a nadie, para que nadie tenga algo malo que decir de ellos. Sin embargo, hay padres que los acostumbran a que siempre reclamen por sus derechos, pero pocas veces les dicen que cumplan con sus deberes. De esa forma se convierten en personas caprichosas, exigentes e intolerantes. Creen que de esa forma parecerán personas de “elevado nivel social”. La escala de valores imperante en una sociedad viene materializada por la actitud que los padres inculcan a sus hijos.

 

   El médico Bernardo Houssay, Premio Nobel de Medicina, quien caminaba varios kilómetros al día para ahorrar algunas monedas, relataba con orgullo: “Yo me mantengo solo desde los catorce años de edad”. Llegó a lograr sus objetivos mediante talento, trabajo y disciplina. Pensaba prioritariamente en sus obligaciones, mientras que los políticos y sindicalistas (a pesar de quienes pudo realizar su obra de investigación) acostumbraron al pueblo a pensar sólo en sus derechos. Los ejemplos personales siempre están vigentes, aunque muchas veces se adoptan los equivocados.

 

   Aún con la severa crisis económica que padecemos, persiste el derroche de energía eléctrica en reparticiones estatales. Así como el lujo es la forma de ostentación que tienen los ricos, el derroche parece ser la forma de ostentación de los pobres. En ambos casos son conductas antisociales.

 

   La mentalidad predominante en los países subdesarrollados parece tener como lema: “Lucha contra la sociedad pensando en tu propio beneficio”, mientras que en los países desarrollados parece predominar el lema; “Lucha a favor de la sociedad pensando en tu propio beneficio”. La diferencia no parece surgir de una cuestión moral, sino de la profundidad para pensar acerca de las intrincadas cadenas de causas y efectos que se suceden en todo sistema social.

 

 

 

 

 

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