1 ÉTICA

 

Se considera a la ética como la “ciencia de la conducta”. De ahí que en ella convergen las ideas provenientes de la religión, de la filosofía y de las ciencias sociales. También se utiliza la palabra “moral” para referirnos a la conducta humana. Podemos decir que la ética es el conjunto de normas aceptadas, o vigentes, en una sociedad, y la moral ha de ser el grado de acatamiento que muestra el individuo, o la sociedad, respecto de esas normas. La palabra “ética” es de origen griego y es la parte teórica de la ciencia de la conducta, mientras que la palabra “moral” es de origen latino y es la parte práctica. En ambos casos el significado es representativo de la actitud predominante en el lugar de origen.

 

   La ética ha de partir de principios comunes a las demás ramas de la ciencia y también de principios propios. Así, tendremos al principio de la Invariabilidad de la Ley Natural, propuesto por Auguste Comte, para ser aplicado al hombre y a la sociedad, y no sólo al mundo material. Este principio descarta lo sobrenatural, mediante el cual se supone que Dios interviene en el mundo a partir de los pedidos humanos, para cambiar las leyes establecidas.

 

   Existen varias éticas propuestas, pero habrá una mejor que las demás. Ella será la que concuerde más cercanamente con las leyes naturales que rigen al comportamiento del hombre, y podrá denominarse “ética natural”. La ideología precede a la ética, mientras que la ética precede a la moral. De esta forma, es el hombre el principal colaborador en la realización de la humanidad; es decir, no sólo es un espectador o un testigo pasivo de la Creación, sino también un participante activo de la misma. Y de esto podemos extraer otro de los principios buscados: el de la Adaptación Cultural a la Ley Natural.

 

   El Principio de Invariabilidad no ha sido aún aceptado universalmente como lo ha sido el Principio de Felicidad, el cual puede considerarse como la tendencia del hombre a buscar estados de mayor felicidad. Blas Pascal escribió: “Todos los hombres consideran la felicidad como su objetivo: no hay ninguna excepción. Por diferentes que sean los medios que emplean, todos tienden al mismo fin”. Nuestro objetivo debe ser el logro de la mayor felicidad posible para el mayor número de personas. Este objetivo debe ser amplio y debe contemplar nuestras necesidades básicas de bienestar físico, mental y afectivo. Si no se tiene en cuenta alguno de estos aspectos, se llegará a establecer “éticas incompletas” que llevarán al hombre por caminos errados. André Maurois escribió: “La fortuna, el triunfo, el poder, pueden aumentar la felicidad, pero no pueden crearla. Sólo los afectos la dan”.

 

   A partir de la existencia de estos tres principios (Invariabilidad, Adaptación, Felicidad) es posible establecer una ética universal, ya que ha de tener una misma validez en cualquier lugar y en cualquier época. La ética cristiana propone el amor al prójimo como la sugerencia práctica que permite adaptar a todo hombre al orden natural y proporcionarle felicidad. La actitud, o respuesta característica, debe orientarse a compartir las penas y alegrías de nuestros semejantes. La respuesta característica es el vínculo entre causas y efectos, o la ley natural más general e inmediata que pueda observarse en el ser humano. De ahí el mencionado carácter invariante de la ética natural: las mismas actitudes provocarán los mismos efectos en cualquier lugar y en cualquier época.

 

   La virtud, en las acciones humanas, es la tendencia a producir felicidad compartida, mientras que los defectos (falta de virtud) tienden a producir infelicidad. Las acciones serán consideradas buenas o malas según buenos o malos sean los efectos que produzcan. La virtud está asociada a la intención impuesta a cada acción, de ahí que no reconocer las intenciones es como no saber valorar las virtudes. Además, el aspecto competitivo impide el logro de la felicidad compartida. Francoise de la Rochefoucauld escribió: “Ponemos más interés en hacer creer a los demás que somos felices que en tratar de serlo”.

 

   Existe la tendencia a justificar la carencia de virtudes por la falta de medios económicos o, incluso, de apoyo familiar. Sin embargo, a veces, de un mismo hogar y de una misma influencia social surgen individuos en los que predomina la virtud o bien los defectos. Es oportuno mencionar el caso de un niño prematuro cuyo padre murió antes de que ese niño naciera. Cuando tenía tres años, la madre lo deja con sus abuelos porque habría de casarse con alguien que no lo quiere en su casa. A pesar de sentirse abandonado por su madre, Isaac Newton llega a ser uno de los más grandes científicos de la historia.

 

   Además de buscar la felicidad de la mayoría, la ideología que promueve una ética debe tratar que el individuo adquiera un estado de felicidad continuo y permanente, evitando los estados de felicidad discontinuos o momentáneos, que en realidad provienen de la necesidad de establecer una fuga permanente del mundo real. Quienes tienen necesidad de evadirse, son los que, generalmente, critican a los demás por no saber “vivir la vida”, porque suponen que la felicidad se encuentra huyendo de la realidad cotidiana.

 

   Si tuviésemos una vida mucho más larga que la permitida por nuestra naturaleza humana, le daríamos menos valor que el que actualmente le asignamos, ya que consideramos valioso a lo útil y escaso. El valor de nuestra vida dependerá también de su calidad, y esa calidad dependerá de la ética que hayamos adoptado y del acatamiento que le demos. Así como la tendencia a mantener nuestra vida es algo inherente a nuestra esencia biológica, la tendencia a perdurar luego de nuestra muerte, es algo inherente a nuestra esencia cultural.

 

   La búsqueda de la inmortalidad (directa o indirecta) lleva al hombre a intentar disminuir gran parte de su sufrimiento existencial. Por el contrario, al no tener ninguna esperanza al respecto, puede perder el sentido de la vida, y ello se traducirá en la exagerada valoración que muchos individuos asignan a lo material, y a todo lo que aleje su mente de la realidad.

 

   La existencia de normas es esencial para el individuo u para la sociedad. Así, pueden encontrarse tendencias autodestructivas en quienes, por su fama o por su poder, llegan a sentirse fuera de la sociedad. La falta de normas éticas, o la falta de su acatamiento, llevan al caos social. El hombre, aprisionado por la realidad cotidiana, busca la libertad. Pero la libertad se dará como consecuencia del acatamiento a normas, mientras que el libertinaje es la consecuencia de ignorar todo tipo de ley ética.

 

   La ética natural nos lleva a hacernos ciudadanos del mundo. La actitud así adquirida tiende a eliminar antagonismos y a liberar a quienes sienten un odio extremo por los habitantes de los países exitosos. Este es un odio paralizante por cuanto se culpa de todos los males al país poderoso sin tratar de cambiar en lo más mínimo. La fórmula infalible para el fracaso consiste en culpar a los demás por todos nuestros males.

 

   Las decisiones, con incidencia en la economía de una sociedad, muchas veces producen sufrimiento. Las decisiones de algunos poderosos constituyen el primer eslabón de una cadena de causas y efectos que finaliza con la muerte indirecta de muchos hombres. De ahí que a sus espaldas llevan el peso de muchas vidas humanas, aunque nunca lo hayan pensado y aunque la mayor parte de la sociedad los ubique en el lugar más alto.

 

   El ámbito social que permite la libertad económica y laboral también permite el libertinaje. De ahí que una economía de mercado sólo puede ser efectiva cuando se establezca un nivel moral mínimo en la sociedad. Incluso Adam Smith escribe un libro titulado: “Teoría de los sentimientos morales”. Ernest Becker escribió: “La posteridad olvidó la amplitud del sistema de Smith, e hizo hincapié en el hombre económico. Para Smith, la economía sólo representaba un aspecto de la vida, y era un detalle lógico de un proceso moral predominante” (De “La estructura del Mal”).

 

   La “ética de las masas”, favorecida y generalizada por la televisión, se fundamenta esencialmente en imágenes, pensamientos, expresiones y palabras asociadas casi exclusivamente a los órganos genitales del hombre, y a los que utilizamos para eliminar los desechos corporales. Por este camino es indudable que una sociedad sólo puede ir a un caos creciente.

 

   En la actualidad predominan posturas y actitudes que ya aparecen en el pasado. Así, la actitud generalizada de las masas se parece a la de los cínicos, palabra que deriva de “perro”, por cuanto uno de sus hombres más representativos, Diógenes, vivía en un barril y se jactaba de realizar actos que chocaban con las ideas y sentimientos de intimidad propios de los seres humanos, pero compatibles con la naturaleza animal.

 

   El filósofo Epicuro, que se reunía con sus seguidores en un jardín, predicaba una ética basada en los placeres simples. Esta actitud concuerda, en parte, con la predominante en las sociedades de consumo. Los estoicos, palabra derivada de “Stoa” (edificio constituido por varias columnas) tiene esa denominación por el lugar donde se reunían. Zenon de Citio fue una de sus figuras representativas y ya en esa época (siglo III AC) aparece una idea próxima a la de “adaptación a la ley natural” y resignación ante el sufrimiento que esas leyes pueden determinar. Para los estoicos, la ética apunta hacia el ideal del sabio. Finalmente, con el cristianismo, la ética busca un fundamento en los sentimientos y afectos humanos, ya que, al compartir penas y alegrías ajenas, se garantiza el Bien común.

 

   Si consideramos la actitud de los epicúreos (favorecer los momentos felices), la de los estoicos (favorecer lo intelectual) y  la del cristianismo (favorecer los sentimientos), encontramos una ética natural que incluye todos estos aspectos, aunque respetando cierta prioridad: afectos, intelecto, bienestar.

 

   La sencillez y el desprecio por el lujo que muestra el intelectual y el virtuoso, sólo es una consecuencia directa de haber dado prioridad al conocimiento y a los sentimientos humanos, respectivamente. Para ellos, todo inconveniente o incomodidad para el cuerpo, tiene una importancia secundaria. De ahí que la virtud, la sencillez y toda actitud ética, deben surgir de la adquisición de nuevos valores, y no de sacrificar la posesión de aquello que más se desea.

 

   Podemos hacer una síntesis de los fundamentos, objetivos y medios que constituyen una ética natural. Como fundamento aparecen los tres principios mencionados: Invariabilidad, Adaptación, Felicidad. Como objetivos aparecen las necesidades que han de satisfacerse y que están asociadas al cuerpo, la mente y los sentimientos.

 

   Una vez que hemos descripto los lineamientos básicos de una ética natural, debemos encontrar los medios para convertirla en una “moral natural”. Este es el antiguo problema de encontrar la verdad y de difundirla entre la mayor cantidad de gente. El conocimiento de la verdad ética está asociada a la introspección (mirar hacia uno mismo). Cuando uno conoce su propia realidad, es posible que adopte para siempre el mejor camino.

 

   Debemos observar el ejemplo de la Madre Teresa de Calcuta. No hace falta ser como ella; tan sólo hace falta ser un poco como ella, pero no para pensar en la felicidad de los demás, sino pensando en nuestra propia felicidad, que finalmente será la de los demás. Sólo tiene sentido práctico mejorar lo que está al alcance de nuestras decisiones. Quizás sea ésta la única forma de reencontrarnos con nuestra esencia humana.

 

 

 

2 VALORES

 

La idea de la evolución adaptativa, surgida del fenómeno natural de la evolución de las especies vivientes, no sólo le da sentido a la biología, sino que también orienta al propio pensamiento filosófico. Así como existe una adaptación biológica, ha de existir una adaptación cultural creciente asociada al progresivo aumento del caudal de conocimientos que el hombre posee. Así, distinguiremos una esencia biológica y también una esencia cultural. Bertrand Russell escribió: “La ética y los códigos morales le son necesarios al hombre a causa del conflicto entre la inteligencia y el impulso. Si sólo hubiera inteligencia o sólo impulso no habría lugar para la ética” (De “Sociedad humana: ética y política”).

 

   Cuando una idea está sustentada por cierta evidencia, se vislumbra el paso gradual desde el pensamiento filosófico al conocimiento científico. La vida del hombre es una sucesión de elecciones entre distintas alternativas. Así como en la física no hay cualidad sin cantidad, en el ámbito de la sociología no hay hechos sin un valor asociado. Las acciones humanas tienden a buscar la felicidad y a evitar la infelicidad. Jeremy Bentham escribió: “La naturaleza colocó al hombre bajo el imperio de dos soberanos: el dolor y el placer”.

 

   Hay quienes opinan que el concepto de “felicidad” es objetivo, en el sentido de que depende del propio mundo real, y no de las opiniones particulares de los hombres. En realidad, el hombre a veces persigue objetivos ligados a creencias o suposiciones arraigadas, obteniendo felicidad al haberlas logrado. De ahí podría pensarse que, desde un punto de vista práctico, ha de producir el mismo efecto perseguir objetivos basándonos en la verdad o bien en cualquier creencia posible. Sin embargo, sólo a nivel individual puede el hombre vivir en mundos imaginarios y ser feliz. Para lograr la felicidad a un nivel social, seguramente deberemos conocer adecuadamente al mundo real.

 

   Existen grupos humanos que lloran cuando nace un niño y festejan cuando muere un hombre. La creencia que produce estos efectos descarta la posibilidad de la existencia de una vida feliz, y generaliza una postura pesimista. De ahí que las creencias sectoriales producen escalas de valores subjetivas que van siendo reemplazadas por evidencias universales a medida que avanza nuestro conocimiento.

 

   Si la felicidad es una medida del grado de adaptación al orden natural, existirá una moral natural y una escala natural de valores que dependerá de los atributos que nos caracterizan. Sin embargo, hay quienes logran cierto grado de felicidad haciendo el Mal, ya que en ellos predomina el aspecto biológico y competitivo y buscan satisfacer su egoísmo y su competitividad. De ahí que la escala natural de valores ha de tomar como referencia a la esencia cultural y solidaria del hombre; en la que se tiene en cuenta la felicidad de todos, y no sólo de algunos, ya que el grado de felicidad producido por el egoísmo es limitado. J.J. Rousseau escribió: “No depende de nosotros carecer de pasiones, pero sí depende el reinar sobre ellas”.

 

   En nuestra época postmoderna predomina la creencia generalizada de que existe un relativismo moral ya que se supone que los conceptos de Bien y de Mal son convencionales y dependen de cada época, ya que lo que fue considerado como malo en el pasado podría no serlo en el futuro, y viceversa. Sin embargo, debe tenerse en cuenta que existen actitudes básicas en el hombre que tienden a producir similares resultados en cualquier época. Así, el amor produce el Bien mientras que el egoísmo, el odio y la negligencia producen el Mal. Estas tendencias provienen de la existencia de la respuesta, o actitud, característica, en cada hombre, y es la relación (respuesta/ estímulo), o bien  (efecto/ causa), que ha de ser la ley natural básica que rige el comportamiento del hombre. Si la ley natural no cambia con las épocas, los caminos hacia el Bien y hacia el Mal tampoco han de cambiar; de ahí que exista cierto absolutismo moral.

 

   El relativismo moral también implica que lo que se considera bueno para los demás puede ser malo para uno, y viceversa. Incluso para algunos la homosexualidad es aceptable y debe promoverse en cuanto se trate de los hijos de los demás, pero es inaceptable en el caso de los propios hijos. Así como en el Estado es mejor un mal gobierno que el caos, una escala de valores anticuada ha de ser mejor que el libertinaje. Las ideas morales que provienen del pasado pueden ser cuestionables, pero no deben ser desplazadas sistemáticamente, ya que debe evitarse el gobierno del hombre sobre el hombre, es decir, el gobierno de los que imponen costumbres desvinculadas totalmente del orden natural.

 

   El relativismo de los valores es sólo un aspecto de cierta postura filosófica que niega la existencia de una verdad única y objetiva (respecto de algún aspecto de la realidad). Se toma como referencia a las múltiples creencias humanas, y no al propio mundo real. Incluso desde la filosofía y la sociología de la ciencia se supone que los resultados de esta actividad cognoscitiva no dependen de la interacción individuo-realidad, sino que dependen de la interacción individuo-sociedad. El relativismo no sólo ataca a la sociedad, sino a la propia ciencia.

 

   Los valores afectivos e intelectuales son los más difíciles de lograr, por lo que se adaptan a la definición de “valor” en economía:  algo útil y escaso. Los primeros son promovidos por la religión y se basan en la existencia del Bien y del Mal. Los segundos son promovidos por la ciencia y la filosofía y se basan en la existencia de la Verdad. Los valores estéticos están asociados al arte y al deporte.

 

   Los valores estéticos se caracterizan por ser subjetivos, ya que dependen bastante de los gustos particulares. La mentalidad postmoderna traslada este subjetivismo a los demás valores, haciéndolos desaparecer, por cuanto hablar del Bien y del Mal subjetivos, o de la Verdad subjetiva, es como decir que no existe el Bien, ni el Mal, ni la Verdad. De ahí que tampoco se tenga interés por la religión, por la ciencia o por la filosofía, predominando cierta superficialidad generalizada.

 

   Los conflictos humanos tenderán a desaparecer cuando busquemos los valores eternos y objetivos, comunes a todos los hombres. Por ello, Baruch de Spinoza escribió: “Se hacía entonces evidente que todos estos males (riquezas, honores, voluptuosidad) nacían del hecho de que toda felicidad o la infelicidad se fundan sólo en la cualidad del objeto al que adherimos con amor. De hecho, nunca surgirán peleas por lo que no se ama: si desaparece, no habrá tristeza; ni envidia si es poseído por otro; ningún temor, ningún odio y, para decirlo en una palabra, ninguna conmoción del ánimo” “Pero el amor por una cosa eterna e infinita alimenta el alma con una alegría singular y libre de toda tristeza; lo que hace que sea tan deseable y digno de ser buscado con todas nuestras fuerzas” (Del “Tratado de la Reforma del Entendimiento”).

 

   El que busca los valores materiales compitiendo con los demás, es el que generalmente tiene su mente ocupada en lo que menos valor tiene. La ironía del caso es que las sociedades que apuntan hacia lo material terminan esclavos de lo material. La ostentación tiende a despertar envidia en los demás, y ello es un reflejo de una felicidad ficticia. La verdadera felicidad se transmite, de alguna forma, a los demás. La esencia cultural proviene del pensamiento religioso que asocia cierta finalidad al universo y al hombre. El establecimiento definitivo del Reino de Dios no es otra cosa que el triunfo del Bien sobre el Mal, o del hombre cultural sobre el hombre biológico.

 

 

 

3 VIRTUDES Y DEFECTOS

 

La virtud es un atributo del ser humano que le permite ser apto para la finalidad asociada a la vida inteligente. Vendría a ser una virtud ética o moral. Baruch de Spinoza escribió: “Por virtud  y potencia entiendo lo mismo; esto es, la virtud, en cuanto se refiere al hombre, es la esencia misma o la naturaleza del hombre, en cuanto tiene la potestad de hacer ciertas cosas que pueden entenderse por las solas leyes de su naturaleza” (De “Etica”).

 

   Podemos decir que el hombre ideal es aquél al que se lo ha caracterizado mediante un conjunto de virtudes ideales. La diferencia entre el hombre real y el hombre ideal viene medida por los defectos; es decir, por lo que le falta al hombre real para llegar a ser el hombre ideal. Dicho ideal parece ser un concepto subjetivo ya que no es fácil lograr coincidencias al respecto. Sin embargo, tomando como referencia a la propia ley natural, podemos acercarnos a cierto ideal objetivo. El hombre ideal viene “moldeado” por las exigencias que presenta el propio orden natural y será el que mejor responda a dicho orden.

 

   La virtud ética ha de estar asociada al logro del Bien común, ya que si apuntamos al “bien individual”, tarde o temprano, la sociedad entrará en crisis. La sociedad es un sistema compuesto por individuos que buscan objetivos comunes, mientras que un simple conjunto de individuos no forma una sociedad. Es la misma relación existente entre una casa y un conjunto de ladrillos. Denis Diderot escribió: “La virtud es la búsqueda de la felicidad personal por la contribución a la felicidad de todos”.

 

   La persona que hace el Bien es la que realiza acciones que lo benefician en forma simultánea a los demás. Quien  no hace nada, es alguien que no hace ni bien ni mal, y es el que casi siempre protesta contra el resto de la sociedad reprochándole no otorgarle lo que de ella espera. Gregorio Marañon escribió: “Tienes más cualidades de lo que tú mismo crees; pero para saber si son de oro bueno las monedas, hay que hacerlas rodar, hacerlas circular. Gasta tu tesoro”.

 

   La diferencia entre el hombre ideal y el real se va reduciendo a través de mucho trabajo intelectual; lo que ha de caracterizar la vida con orientación religiosa. Por el contrario, muchos tratan de evitar tal trabajo simulando la virtud a través de la falsedad. Jonathan Swift escribió: “Cuando los hombres se tornan virtuosos en la vejez, no hacen sino sacrificar a Dios las sombras de lo sacrificado al diablo”.

 

   Hay quienes fingen ser humildes tratando de descender de un pedestal imaginario en el que previamente se ubicaron. La soberbia es una actitud que provoca cierta repugnancia; posiblemente algo bastante distinto a lo  que imagina quien la practica. San Agustín escribió: “La simulación de la humildad es la soberbia”.

 

   La virtud ética es un valor en sí mismo, que no espera el reconocimiento de los demás, ya que es la condición básica para tener una autoestima personal suficiente. De todas formas, la opinión de los demás puede ejercer cierto estímulo para perseverar en las actitudes adquiridas. Michel de Montaigne escribió: “La virtud no quiere que se la siga sino tan sólo por sí misma”.

 

   Hay quienes siempre se quejan por algo y todo el tiempo están buscando destinar adecuadamente la “producción diaria” de lamentos. Son los desagradecidos por su suerte y muestran cierta incapacidad para ser felices. Arthur Schopnehauer escribió: “Nunca pensamos en lo que tenemos, sino siempre en lo que nos falta”.

 

   Las virtudes son como los remedios: nos hacen bien sólo si los utilizamos en una medida justa, o en una dosis necesaria. Así, el miedo, en una dosis adecuada, ha de ser beneficioso, mientras que en exceso, o en grado ínfimo, ha de ser perjudicial. Cus D Amato dijo: “El miedo es un amigo. Los ciervos, cuando andan por el bosque, tienen miedo. Es el modo que tiene la naturaleza de mantenerlos en estado de alerta, porque muy bien puede haber un tigre en la espesura. Sin miedo, no lograríamos sobrevivir” (Citado en “Rey del Mundo” de D. Remnick).

 

   En épocas de crisis económica salen a relucir actitudes sorprendentes, como la de quienes no quieren resignar ninguna de sus comodidades y hacen recaer sus dificultades en personas cercanas, quienes, bastante antes de la época de la crisis, optaron por una vida simple y ordenada. Miguel de Unamuno escribió: “No des a nadie lo que te pida, sino lo que entiendes que necesita, y soporta luego la ingratitud”.

 

   Inmanuel Kant sugería actuar de tal manera que nuestras acciones fueran a convertirse en leyes morales universales. De esa manera podríamos tener una idea de los defectos que habrían de tener. Para ampliar el criterio podemos sugerir; actúa tratando siempre de optimizar los efectos que buscan tus intenciones. Así veremos que el peor sentimiento es la burla, ya que si lo optimizáramos, deberíamos burlarnos de quienes más sufren, haciendo evidente que es una mala actitud. Friedrich Nietzsche escribió: “No se odia mientras se menosprecia. No se odia más que al igual o al superior”.

 

   La sensación de soledad la padecen incluso algunas personas que siempre están rodeadas por otras. Seguramente, este sentimiento se debe a una pobre integración social. Es distinta la condición social del solitario que siempre  va acompañado por sus pensamientos buscando la verdad.  Henrik Ibsen escribió: “El hombre más fuerte es el que más resiste la soledad”.

 

   La cortesía es una actitud que puede llegar a estar en el límite entre la virtud y el defecto. Como virtud, es la que perdura en el tiempo y es la que también es destinada a los desconocidos. Arthur Schopenhauer escribió: “La cortesía es un acuerdo tácito mediante el cual los defectos de la gente, sean morales o intelectuales, serán pasados por alto y no motivarán ningún reproche”.

 

   Así como el ejercicio físico, a través del deporte, mejora la salud y produce bienestar, el ejercicio intelectual, a través del razonamiento y la introspección, mejora el nivel de virtud logrado y produce bienestar espiritual. Maeterlinck escribió: “Las abejas trabajan sólo en la oscuridad, el pensamiento sólo trabaja en el silencio, la virtud en el secreto”.

 

   La virtud no debe consistir en el sacrificio del individuo en beneficio de la sociedad. Por el contrario, el fortalecimiento individual debe generalizarse hasta lograr el fortalecimiento de la sociedad. Denis Diderot escribió: “El hombre más feliz es el que hace el mayor número de personas felices”.

 

 

 

 

4 ÉTICA Y RAZÓN

 

Las normas de conducta que orientarán las acciones humanas, deberán ser universales. Se tiende así a reemplazar los criterios individuales por el criterio implícito en el propio orden natural. Toda sugerencia del tipo ético deberá ser dirigida “a todos los pueblos y a todos los tiempos”, ya que la universalidad mencionada sugiere una validez que no depende del lugar ni de la época en que se ha de aplicar. Las acciones humanas asociadas a los aspectos puramente subjetivos quedan fuera del estudio de la ética natural.

 

   La búsqueda de lo universal nos hará sentir vinculados a la totalidad, compartiendo algo de su carácter eterno, mientras que al sentirnos ligados a lo circunstancial, tenemos la sensación de ir desapareciendo un poco cada día junto a lo que el tiempo destruye con el olvido.

 

   La existencia de una finalidad implícita en el orden natural establece un criterio que orientará nuestras acciones. El comportamiento ético será una consecuencia inmediata de ese criterio. De ahí que varios pensadores establezcan, como punto de partida, la idea de Dios. Esto lo vemos en las religiones éticas y también en las posturas filosóficas próximas a la religión natural, como es el caso de la “Etica” de Baruch de Spinoza. Allí se expone claramente cómo la sugerencia ética proviene de una deducción lógica a partir de los atributos asignados a Dios y al hombre. Si la idea de Dios se considera como causa y la acción humana como efecto, se establece un vínculo causal, o ley natural, que orientará nuestro pensamiento filosófico. Este vínculo también se conoce como una Alianza entre Dios y los hombres, y nos hace ver que la creencia religiosa está estrechamente ligada al pensamiento racional.

 

   La ley ética surgida no indica cómo se debe actuar en cada circunstancia, de la misma manera en que las leyes humanas no pueden tener presentes todas las acciones humanas posibles. Así como un juez interpreta las acciones humanas en base al “espíritu de la ley humana”, los seres humanos hemos de interpretarlas en base al “espíritu de la ley natural”.

 

   La veracidad asociada a una descripción depende de la diferencia mostrada respecto de lo que se desea describir. La verdad es el caso límite en el que dicha diferencia es nula. En general, no es dificultoso realizar la descripción de un objeto o de un hecho particular, sino que buscamos establecer la concordancia de un sistema descriptivo de tipo axiomático respecto de la totalidad del conocimiento acumulado; dentro de los límites de exactitud aceptables en estas cuestiones.

 

   Los errores, en el proceso del conocimiento, están asociados, principalmente, a las creencias desvinculadas de toda base racional. Samuel Cabanchik escribió (ilustrando la postura de C.S. Peirce): “El objetivo de la investigación es el conocimiento, que consiste en la fijación de la creencia a través de un método racional” (De “Introducción a la Filosofía”).

 

   La base racional de nuestras creencias favorecerá el logro de nuestra vida espiritual. Por lo que resulta aconsejable obtener una mayor cantidad de conocimientos, como un objetivo de la vida. Pierre Teilhard de Chardin escribió: “Ver o perecer. Tal es la situación impuesta por el don misterioso de la existencia a todo cuanto constituye un elemento del universo. Y tal es, consecuentemente, y a una escala superior, la condición humana” (De “El fenómeno humano”).

 

   En nuestra época se habla del “fin de las ideologías”, como un hecho positivo. En realidad, debemos decir que el hecho positivo consiste en abandonar  ideologías violentas (fascismo, nazismo, marxismo, etc.) y también ideologías implícitas que favorecen la violencia (capitalismo, en el “mal sentido de la palabra”). De lo que no podemos prescindir es de alguna ideología de adaptación al orden natural, por cuanto asociamos a la palabra “ideología” el significado de “conjunto de ideas que un individuo lleva en su mente para tomar decisiones”. Si el racionalismo no ha podido aún llegar a establecer una ideología que permita resolver los problemas humanos, no significa que debamos reemplazarlo por la irracionalidad.

 

   Con el razonamiento realizamos pruebas mentales acerca de las distintas alternativas que podrán ocurrir y de las distintas decisiones que habremos de tomar. También realizamos intentos por describir nuestro mundo debiendo, muchas veces, renunciar a creencias que no concordaban con la realidad. El problema del conocimiento, en cuestiones éticas, se simplifica bastante si sólo tenemos en cuenta lo que resulta accesible a nuestras decisiones.

 

   Toda ideología propuesta deberá tener la coherencia lógica que proviene del propio orden natural. Seguramente éste será el significado adecuado que hemos de darle a la palabra “racionalismo”. Una ideología racional podrá transmitirse adecuadamente a gran parte de la población. El éxito de su posible influencia dependerá bastante de la voluntad mayoritaria por buscar un mejor nivel intelectual. De lo contrario, toda ideología puede terminar distorsionada, mutilada y adaptada al pensamiento previo existente en cada individuo. Susanna Tamaro escribió: “El ser humano es prisionero de las ideas y de los prejuicios; es nuestra mente quien construye una jaula, y nosotros creemos que esta jaula es el universo. Hay una continua restricción del horizonte, casi caminamos como si encima de nosotros hubiera un techo bajísimo. En cambio, este techo no existe, nos lo hemos inventado nosotros por miedo a mirar arriba y descubrir que somos libres. Poseemos libertad de elección, y ésta es la grandeza del hombre” (De “El respiro quieto”).

 

   Inmanuel Kant establece una “prueba de universalidad” respecto de las acciones humanas. Escribió: “Obra sólo según aquella máxima que puedas querer al mismo tiempo que se convierta en ley universal”. Si se universaliza el odio, el egoísmo y la negligencia, todo funcionará mal, mientras que si se universaliza el amor, todo funcionará bien. De donde encontramos el rostro del Bien y los múltiples rostros del Mal.

 

   La mentalidad postmoderna descarta la idea del Bien y del Mal, y sugiere la existencia del relativismo moral. Así soluciona varios problemas morales, es decir, el problema sólo existiría para el que cree en la existencia del Bien y del Mal. El problema de la prostitución se soluciona fácilmente denominando a quienes ejercen es actividad como “trabajadoras del sexo”. Luego, se considera que quien sigue con la antigua denominación es una persona que “discrimina” y se la debe dejar de lado porque se supone que posee una mentalidad que es la causa básica de todos los males de la sociedad.

 

   Muchos pensadores han asociado el Bien al conocimiento de la verdad y el Mal a la ignorancia. Ambos aspectos, lógica y ética, parecen evolucionar juntos en cada individuo y también en la humanidad. En la lógica existen los conceptos opuestos de “verdadero” y de “falso”, y se busca al primero, mientras que en la ética existen los conceptos opuestos del Bien y del Mal, y se busca al primero. En la lógica aparecen razonamientos válidos y falacias (no válidos), y se buscan los primeros, mientras que en la ética existen ideologías compatibles e incompatibles con la realidad, y se buscan las primeras.

 

   La ideología cristiana viene escrita en los Evangelios (que significa Buenas Noticias). Las buenas noticias consisten en el advenimiento del Reino de Dios, que está asociado al triunfo del Bien sobre el Mal; de la cooperación sobre la competencia; de la razón sobre las pasiones, del amor sobre el egoísmo. Cuando Cristo dice: “Ay, de los que dan malos ejemplos”, resulta ser una frase carente de sentido para quienes “democráticamente” piensan que cada acción humana provocará opiniones favorables en unos y desfavorables en otros, pero que nadie es el dueño de la verdad, porque tampoco existe una verdad objetiva.

 

   Así como es posible, técnicamente, eliminar el hambre del planeta, en la actualidad poseemos conocimientos suficientes que permiten eliminar los graves conflictos que se derivan del comportamiento poco ético de muchos hombres. Sin embargo, se utiliza la propia religión para el dominio mental del hombre sobre el hombre, en lugar de favorecer la influencia de una ética natural.

 

   Si buscamos “lo que debe ser”, en vez de tratar de conocer “lo que el hombre es”, posiblemente podamos favorecer nuestro sentimiento de pertenencia a la humanidad, que predominará finalmente sobre las tradiciones y las creencias que se oponen al resurgimiento del hombre. El éxito de una propuesta ética depende de la coherencia lógica que tenga, además de otros aspectos, pero su aceptación depende casi exclusivamente de cuánto de importante sea para cada uno de nosotros el sufrimiento ajeno.

 

 

 

 

5 JUSTICIA NATURAL Y HUMANA

 

Hay veces en que la justicia humana entra en conflicto con la justicia natural y ello ocurre cuando se le da mayor importancia a la primera. Si un automovilista no hace ningún esfuerzo por evitar atropellar a un peatón aduciendo que el semáforo lo habilitaba, observamos un caso en que no se tiene presente el “espíritu de la ley humana” que es, en este caso, prevenir posibles accidentes colocando señalizaciones adecuadas. Montesquieu escribió: “El fin de la ley es realizar en la sociedad, parcialmente al menos, el orden moral”.

 

   En el presente escrito se denominará “ley natural” al conjunto de leyes que rigen todo lo existente. La “ley natural humana” ha de ser la descripción que hacemos de aquella, mientras que la “ley humana” será la que proviene del Derecho y ha de seguir la finalidad, o el espíritu, que orienta a la primera; de lo contrario no tendría razón de ser.

 

   Asociamos la palabra “justicia” a cierto equilibrio y lo simbolizamos mediante una balanza. Este equilibrio es interpretado, a veces, como el efecto de las decisiones de un Dios que premia y castiga con cierto criterio. Dante Alighieri escribió: “La espada de la divina justicia no hiere prematura ni tardíamente, aunque una y otra cosa parezca a los que la deseen o la teman”. Resulta mejor buscar un significado relacionado con las propias decisiones humanas, de manera de favorecer la existencia de ese equilibrio. Entonces, la justicia natural puede asociarse a la igualdad entre los hombres, ya que todos somos regidos por la ley natural. Esa igualdad nos sugiere buscar un beneficio simultáneo que se obtendrá como consecuencia de nuestras acciones.

 

   La búsqueda de un beneficio simultáneo es una tendencia que se identifica con el amor; la búsqueda de un beneficio personal exclusivo se identifica con el egoísmo, mientras que la búsqueda de un perjuicio a los demás está asociado al odio. La persona justa es la que busca el Bien común. Cuando se habla de “beneficios” se hace referencia no sólo a lo material, sino también a los sentimientos humanos, que son la esencia de la felicidad.

 

   La ética es la ciencia de la conducta, ya que sugiere la forma en que el hombre ha de responder a la justicia natural. La ética natural, o cristiana, puede sintetizarse en la siguiente expresión de Cristo: “Busca el Reino de Dios y su justicia, que lo demás se os dará por añadidura”. El cumplimiento de los mandamientos será una consecuencia de haber iniciado la búsqueda de la justicia natural, que no es otra cosa que el Bien común. La idea del beneficio simultáneo (material o espiritual) debe imperar en todo hombre. De ahí que no exista una ética individual distinta de la social, o de la profesional, ya que todo individuo busca en forma consciente o inconsciente que el resultado de sus acciones contemple alguna tendencia o alguna finalidad.

 

   La moral es la respuesta que el individuo da a la ética sugerida por la sociedad, o por su propio razonamiento, o por la religión, etc. Cuando se aleja del comportamiento ético aparece su propia conciencia limitando su accionar, siendo la conciencia una especie de “detector” que permite distinguir el Bien del Mal. Si el individuo no dispone de ese límite, el medio familiar le impondrá restricciones. Si éste falla, será la propia sociedad la que juzgará sus acciones mediante premios y castigos. Finalmente será la ley humana, como última instancia, la que tratará de llevarlo por el buen camino. Marco Tulio Cicerón escribió: “Hago más caso del testimonio de mi conciencia que de todos los juicios que los hombres hagan de mí”.

 

   En épocas de crisis existe indignación porque falla la justicia humana, ya que no se castiga debidamente a los infractores (impunidad). Sin embargo, antes deberíamos preocuparnos por las etapas previas que han fallado: conciencia moral, familia, sociedad. Pocos se interesan por lo que destruye los valores éticos, tales los casos de la grosería televisiva, la burla revestida de humor, la incitación musical al robo y a la violencia, etc. Además, la mentalidad generalizada de la sociedad tiende a suponer la inexistencia del Bien y del Mal, y, al considerar como discriminador al que hace alguna crítica, se tiende a suprimir a las tres instancias mencionadas primeramente. Así como la enfermedad debilita al individuo la corrupción y el relativismo moral debilitan a la sociedad. Blaise Pascal escribió: “La conciencia es el mejor libro de moral que tenemos y es, seguramente, el que más debemos consultar”.

 

   El individuo posee una conciencia moral que, al igual que toda parte del cerebro asociada a la toma de decisiones, depende tanto de la herencia genética como de la influencia recibida. De ahí que toda ideología de adaptación buscará una influencia óptima destinada a la conciencia de cada individuo. El triunfo del Bien sobre el Mal, a un nivel generalizado, dependerá de la posible preponderancia de la influencia cultural sobre la herencia genética. Emmanuel Swedenborg escribió: “La conciencia es la presencia de Dios en el hombre”.

 

   Así como la ley humana, para ser eficaz, debe estar enunciada en forma clara y precisa, la ley ética también deberá estarlo para tener dicho atributo. Al respecto podemos decir que la ley natural, y la justicia asociada, ha de ser descripta principalmente por su aparente finalidad. Si bien han existido pensadores que han propuesto listas con virtudes y defectos, que conducen al Bien, en un caso, y al Mal, en el otro, es necesario llegar hasta el origen mismo de las acciones humanas. Ese origen estará constituido por las creencias, o la información, que el individuo lleva en su mente, y que le dan una visión fragmentada de la realidad. De ahí que “legislar” en base a la ley natural implica la realización de una ideología de adaptación que ofrezca la información necesaria para producir finalmente el Bien común.

 

   Tanto los estoicos, como Cicerón y como Cristo, parecen considerar la existencia de una ley natural invariante, y la necesidad de adaptarnos a ella. Pero cada uno la interpreta a cierto nivel de descripción y proponen también cierto nivel práctico de utilización. Cristo establece una ética natural, mientras que Cicerón busca mejorar y fundamentar la ley humana buscando un objetivo similar.

 

   El hombre muestra distintas actitudes respecto de la finalidad cultural de la sociedad y de los medios para alcanzarla. Así, el conformista acepta ambas; el innovador acepta la finalidad, pero no los medios. El ritualista rechaza la finalidad pero acepta los medios; el retraído rechaza a ambas y el rebelde repudia la finalidad y los medios proponiendo reemplazarlos por otros. La idea de la adaptación cultural reducirá la diversidad de actitudes.

 

   La crisis moral se mantiene por medio de la creencia generalizada de que cada ciudadano sólo debe cumplir con la ley humana. Así se justifica la búsqueda del lujo y su posterior ostentación suponiendo que su legitimidad proviene de la forma en que se logró el dinero para adquirirlo. Gandhi, por el contrario, tenía siempre presente la existencia de la justicia natural y, cuando ejercía como abogado, se oponía a defender a alguien que sabía que era culpable.

 

   Luego de perder la Primera Guerra Mundial, Alemania fue presionada a pagar gastos de guerra a las naciones vencedoras. Debido a su difícil situación económica, no puede responder a esas demandas; algunas naciones vecinas comienzan a invadir parte de su territorio. Las presiones recibidas, a partir del Pacto de Versalles, promueven la indignación del pueblo y así favorecen el ascenso de Hitler al poder, quien llevaría a Alemania a iniciar la Segunda Guerra Mundial. La justicia humana indicaba que era justo que Alemania pagara, pero la justicia natural se opone siempre a todo lo que perjudique al hombre. Puede decirse que Hitler fue la máxima creación de la justicia humana que desconoce a la justicia natural.

 

 

 

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