1 CIENCIA, FILOSOFÍA Y RELIGIÓN

 

 

Es imprescindible disponer de una imagen del mundo cercana a la realidad, ya que el pensamiento individual se establece a partir de ideas básicas que llevamos depositadas en nuestra mente. En ello consistirá el sentido práctico de la ciencia, de la filosofía y de la religión. El conocimiento organizado busca disponer de un sistema descriptivo único, de tipo axiomático, que encuentre cierta compatibilidad entre las mismas. Debido a la indiscutible importancia que tienen para la humanidad, es conveniente considerarlas como partes de ese sistema descriptivo que ha de permitir al género humano lograr mejores niveles de adaptación. Desde este punto de vista, dichos caminos no constituirán distintas alternativas para llegar a la verdad, sino que han de ser actividades complementarias que se orientarán hacia un objetivo común.

 

   En tal sistema descriptivo general, la ciencia va desde lo particular a lo general. Surge desde “abajo” con gran seguridad y exactitud, pero no da respuestas convincentes a los grandes interrogantes de la humanidad. Lo que le falta al conocimiento científico para llegar a la totalidad viene dado por la filosofía. De ahí que todo sistema filosófico debe tener en cuenta a la ciencia de su época; de lo contrario no tendría razón de ser.

 

   La religión, en cambio, parte desde “arriba”, de lo general a lo particular, adoptando principios tan generales como la finalidad del universo, la voluntad del Creador, etc. La posible finalidad del universo está muy ligada al sentido que hemos de dar a nuestra propia vida. De ahí que es necesario lograr una respuesta al respecto. Mientras mayor es el alcance y la importancia de cierto tipo de conocimiento, menor ha de ser el grado de exactitud que se logra.

 

   También la religión ha de tener en cuenta a la ciencia de su época y ha de mejorar junto a ella; de lo contrario, al adoptar posturas rígidas, se va alejando de la verdad dirigiéndose hacia el fanatismo y la soberbia. Bertrand Russell escribió: “Todo dogma en lo respectivo a cosas situadas por encima del conocimiento definido, pertenece a la teología. Pero entre la ciencia y la teología hay una ‘tierra de nadie’ expuesta al ataque por ambos lados: esta ‘tierra de nadie’ es la filosofía” (Del “Diccionario del hombre contemporáneo”).

 

   El orden natural ha de ser nuestra referencia y nuestro objeto de estudio, de donde surgirá una verdad única. Si bien la ciencia está constituida por leyes naturales humanas que dependen tanto de la ley natural propiamente dicha como de la forma en que el hombre la describe, sus resultados han de tener la misma validez para todos los hombres por cuanto toda verificación experimental podrá ser observada por cualquiera. Esto contrasta con la religión tradicional en la que. Cada vez más, predomina una actitud subjetivista en la que muchos suponen que el universo funcionará de acuerdo a las creencias generalizadas de los seres humanos. Francis Bacon escribió: “Si un hombre parte de certidumbres, terminará en la duda; pero si se contenta con partir de la duda, terminará en la certidumbre”.

 

   La descripción religiosa comenzó hace varios miles de años y supone que los dioses, o el Dios único, deciden el destino de cada hombre y de la humanidad. De ahí que se considera conveniente la realización de rituales y pedidos. La descripción basada en causas y efectos comienza con Tales de Mileto (624-546 AC). Además de partir de Dios o de la ley natural, algunos filósofos adoptaron como punto de partida al propio pensamiento humano. Así, René Descartes escribió: “..el auténtico conocimiento debe provenir solamente de la razón humana”. Si todos describimos una misma realidad, es de esperar coincidencias entre religión, filosofía y ciencia, o entre fe, razón y experimentación.

 

   En cuanto a los puntos de partida individuales adoptados como fundamentos de vida, podemos mencionar a lo sobrenatural, lo natural, los ídolos, la nada, etc. Lo sobrenatural está asociado a un Dios trascendente que está por encima del orden natural, por lo que es inaccesible al razonamiento y a la experimentación. Esta postura es incompatible con el pensamiento científico, ya que supone que todo está regido por leyes naturales. Anthony de Melo escribió: “Milagro no significa que Dios cumpla con los deseos humanos, sino que los hombres cumplan con los deseos de Dios”.

 

   La idolatría consiste en desplazar todo tipo de ideal humano buscando el dinero, la fama, el poder, las pasiones, el placer, etc. Incluso la idolatría pseudoreligiosa es perseguida por el hombre suponiendo que en ella encontrará la seguridad y la felicidad. El culto a los ídolos es una forma de “pseudocultura” que se opone a la religión.

 

   La postura restante es la creencia en la nada. Se supone que el universo es algo sin sentido y que la vida del hombre tampoco lo tiene; no hay un camino mejor y es el hombre mismo el que debe “inventarse” uno. Friedrich Nietzsche dijo: “La verdad, como la moral, es una cuestión relativa; no hay hechos, sólo hay interpretaciones”. Aunque en la aparición de la vida inteligente haya intervenido el azar y la evolución, ello no implica que debamos dejar de hablar de una finalidad o de un sentido del universo, ya que el azar tiene sus leyes, o sus regularidades, y actúa a partir de leyes individuales que operan sobre las células y sus partes.

 

    La verdad no está garantizada por su origen sobrenatural, sino por su adecuación al orden natural. Por ello Cristo dijo: “..por sus frutos los conoceréis”. De lo contrario, todo cristiano debería convertirse al Islam, por cuanto Mahoma dice ser el último receptor de la voluntad de Dios. El que está seguro de la veracidad de una descripción, no necesitará recurrir a otra cosa que no sean los hechos mismos.

 

   La fe en la revelación y en un orden sobrenatural no puede llevarnos a una religión universal. Esto se hace evidente cuando lo supuestamente revelado a Cristo no es aceptado por el judaísmo, ni tampoco la religión supuestamente revelada a Mahoma es aceptada por el judaísmo y por el cristianismo. Además de producir antagonismos, esta postura aleja de la religión a la persona racional. Lo sobrenatural, por definición, es inaccesible al razonamiento, de ahí que no permite establecer una ideología de adaptación, ni permite establecer un auténtico pensamiento religioso.

 

   El simbolismo del cristianismo es la cruz, a la que podemos darle una significación concreta. El tramo vertical representa la actitud ascendente del hombre que busca los principios de la totalidad; es el conocimiento del orden natural. El tramo horizontal representa nuestra actitud hacia los demás seres humanos. Ambas actitudes están vinculadas, ya que la conciencia moral surge, generalmente, del entusiasmo que implica saber que existe un orden natural.

 

   Desde las épocas de Epicteto (50-138) se distingue entre lo que es accesible a nuestras decisiones y lo que no lo es. También a partir de las ciencias sociales es posible realizar descripciones del comportamiento humano que pueden guiarnos por un camino seguro sin necesidad de buscar las respuestas definitivas a los grandes interrogantes respecto del hombre. La actitud ascendente nos lleva al espíritu de la ley natural, mientras que la actitud lateral nos lleva hacia la adaptación cultural a dicha ley.

 

   El marxismo es una ideología que pretende ser parte de la sociología aún cuando su aplicación práctica esté sustentada en la creencia de que la concentración económica, en manos de una minoría empresarial, es mala, ya que tales empresarios son “malos por naturaleza”, mientras que la total concentración económica, en el Estado comunista, ha de ser buena, porque se cree que el dirigente comunista es “bueno por naturaleza”. O bien, la “lógica marxista” parece suponer que si una dosis de veneno mata al paciente, una dosis doble lo mejorará. Quizás haya sido ésta la idea más influyente, a nivel mundial, a lo largo del siglo XX.

 

   Si partimos desde la totalidad hacia abajo, debemos lograr coincidencias con una expansión del conocimiento desde abajo hacia la totalidad. Sin embargo, es muy común encontrar personas que “no creen” en la evolución biológica. Tal evolución es un hecho, antes que una teoría. De ahí que su rechazo implica cambiar la realidad cuando no coincide con las creencias previamente adoptadas. La fe sin razonamiento lleva a la irracionalidad.

 

   Cuando a Einstein se le preguntaba si creía en Dios, preguntaba a quien lo interrogaba a qué denominaba “creer en Dios”, ya que es muy variada la cantidad de imágenes humanas que podemos hacernos al respecto. Una vez respondió: “Creo en el Dios de Spinoza, que se revela en la armonía de todo lo existente, pero no en un Dios que se ocupa de la suerte y acciones de los hombres”. Esta respuesta recibió críticas de algunos teólogos. Se le hacían críticas por pensar en la existencia de leyes naturales invariantes, es decir, como está estructurado el mundo real. Einstein trataba de interpretar el “pensamiento de Dios” indagando la propia naturaleza, mientras que los teólogos a veces suponen ser los intermediarios entre Dios y los hombres..

 

   No sólo en ámbitos de la religión existen quienes ven un antagonismo irremediable con la ciencia, sino también lo ven quienes desde la ciencia excluyen a la religión asociándola a la simple superstición. Debe recordarse que la ciencia recibió el aporte de sacerdotes católicos como Copérnico, Mendel y Lemaitre, y de científicos muy ligados a la religión, tales como Pascal, Galileo, Kepler, Newton, Leibniz, Maxwell, etc. Incluso Darwin realizó estudios universitarios como predicador protestante.

 

   El Apocalipsis bíblico predice un cambio esencial y la posterior universalidad del cristianismo. En realidad, el cambio sólo consiste en interpretarlo como una religión natural, además de tomarse el nada sencillo trabajo de convencer de ello a la mayoría de las personas. El establecimiento definitivo del Reino de Dios no vendrá asociado, con seguridad, al oscurantismo de la religión actual, sino a través del conocimiento y aceptación de las leyes eternas que identificamos con el Creador.

 

 

 

 

2 CIENCIA, TECNOLOGÍA Y SOCIEDAD

 

El hombre es el principal artífice en el proceso evolutivo asociado a la vida inteligente, siendo la ciencia y la tecnología una parte importante de las actividades humanas que favorecen a ese proceso. Las ciencias exactas sirven como modelo para las ciencias sociales, las que permiten fundamentar a la religión natural, siendo posible, en principio, unificar al medio que nos llevará a nuestra plena adaptación al orden natural.

 

   La ciencia es la actividad cognoscitiva del hombre por medio de la cual describe la ley natural. Organiza el conocimiento en forma axiomática y verifica sus resultados contrastándolos con la propia realidad. Tiene dos aplicaciones básicas: permite nuestra adaptación cultural y brinda el conocimiento que le permite a la tecnología realizar su misión.

 

   La evolución y la adaptación biológica involucran periodos del orden de los millones de años. De ahí que tenemos la necesidad de acelerar dicho proceso, es decir, debemos reemplazarlo por algo que busque una misma finalidad. Los  ambientes climatizados, vestimenta, medicamentos, etc., junto a las herramientas, máquinas y dispositivos que prolongan el accionar de nuestros músculos y de nuestra mente, son el resultado de la tecnología; la que apunta hacia una finalidad similar a la que busca la evolución biológica.

 

   La actitud que permite el progreso científico y tecnológico no ha de diferir esencialmente de la que promueve el progreso de los demás aspectos culturales. De ahí que no sólo encontraremos actitudes altruistas, sino también actitudes egoístas y competitivas. Así como el trabajo ha de ser tan intenso como profundos sean los ideales que lo motivan, debemos encontrar los ideales de la ciencia y de la tecnología para que motiven nuestro accionar. Si las consideramos como partes del proceso de adaptación cultural del hombre al orden natural, veremos en ellas una finalidad cercana a la de la propia religión.

 

   La vida de Louis Pasteur tiene aspectos similares a la vida de un santo. Alguna vez tuvo que contemplar el sufrimiento de quienes morían por la rabia, o el de quienes tenían que padecer los primitivos e inoperantes métodos para combatir tal enfermedad, por lo que puso todo su empeño y su capacidad para el más noble fin de toda actividad humana: disminuir y evitar el sufrimiento de sus semejantes.

 

   La ciencia y la tecnología, dirigidas por los políticos desde el Estado, son promovidas por los mismos que proponen una economía estatal planificada. La planificación de las actividades creativas lleva a restringir y a anular la libertad de pensamiento y de acción. Cuando los nazis llegan al poder, deben irse de Alemania y de Austria muchos científicos de primer nivel. También los físicos integrantes del grupo de Roma, dirigidos por E. Fermi, deben irse luego de divergencias con el Estado fascista. Respecto de la ex –URSS, Andrei Sajarov escribió: “Escritores, pintores, artistas, pedagogos, humanistas, todos se hallan sometidos a tan monstruosas presiones que no pueden por menos de admirarle a uno que el arte y las letras no hayan desaparecido por completo de nuestro país. La influencia de estos mismos factores antiintelectuales es más indirecta sobre las ciencias exactas y la técnica, pero no menos destructiva” (De “Mi país y el mundo”).

 

   Cuando se habla de “revolución”, como un paso adelante en el desarrollo de las sociedades humanas, casi siempre se hace referencia a la reacción de los súbditos contra el egoísmo de los gobernantes. En realidad, lo que cambia el aspecto de las sociedades son las innovaciones tecnológicas, como lo fue la que produjo la Revolución Industrial que comenzó en el siglo XVIII. El nombre más ilustre fue el de James Watt, quien perfecciona la máquina de vapor. La industria se ve favorecida por este dispositivo mientras que sus seguidores se encargan de “llevar la revolución” a otros ámbitos: Robert Fulton la aplica a los barcos, mientras que George Stephenson la aplica a los ferrocarriles. Y el mundo dejó de ser lo que antes fue.

 

   El avance tecnológico, en las primeras épocas, fue establecido mediante el aporte de inventores aislados, pero a fines del siglo XIX, Thomas A. Edison reúne en su empresa a varios inventores para que puedan dedicarse completamente a esa tarea. Igualmente, en los Laboratorios Bell, fundado por el inventor del teléfono, surgen aportes importantes a la tecnología, tales como el transistor, la teoría de la información, la transmisión en banda lateral única, los filtros eléctricos, la radioastronomía, la verificación de las propiedades ondulatorias de las partículas atómicas, etc. Ocho de sus empelados fueron galardonados con el Premio Nobel de Física.

 

   La actitud del científico difiere esencialmente de la actitud del ingeniero. Mientras que el primero busca conocer la ley natural que rige determinado fenómeno natural, el segundo busca aplicar el conocimiento científico para resolver algún problema planteado, o para optimizar alguna solución existente. El científico se desinteresa por una posible aplicación práctica de sus conocimientos e innovaciones, mientras que el ingeniero se desinteresa por el fundamento científico de los conocimientos que emplea; también existen posturas intermedias.

 

    La unificación de las fuerzas de la naturaleza, surgida de necesidades puramente intelectuales, ha favorecido el avance tecnológico. Así, cuando Newton unifica la gravedad celeste con la gravedad terrestre, establece las leyes de la mecánica, que es la base de la tecnología respectiva. Cuando en los trabajos de Faraday se completa la unificación de los fenómenos eléctricos y magnéticos, aparece la posibilidad de la creación de las máquinas eléctricas (generadores, motores, transformadores).  Cuando Maxwell logra la síntesis unificadora de electromagnetismo y radiación, establece la base científica para el establecimiento de la radiotelefonía, de la televisión y de las comunicaciones. Lo anterior implica que no es conveniente una “dirección de la ciencia hacia aplicaciones concretas”, por cuanto la ciencia avanza motivada por la simple y saludable curiosidad.

 

   Cuando se realiza la corrección relativista de la mecánica (Einstein) surge la posibilidad de la conversión entre masa y energía. Cuando De Broglie predice la existencia de propiedades ondulatorias de las partículas atómicas, no tiene en su mente la aplicación posterior de su descubrimiento: el microscopio electrónico, que favoreció las investigaciones en biología y en medicina. Cuando se estableció la lógica simbólica (Boole) no se tuvo en cuenta la aplicación posterior, ya que dicha estructura matemática resultó ser también el fundamento de la electrónica digital, que dio lugar a la computadora digital y a la revolución informática. Cuando se realiza la corrección cuántica de la mecánica (Heisenberg, Schrodinger, Dirac) no estaba prevista una importante aplicación: el transistor, que es la célula básica de la microelectrónica. Cuando el matemático V. Jones estudia la topología de nudos, no esperaba que las fórmulas por él encontradas sirvieran para determinar la factibilidad de realización de moléculas por medio de la ingeniería genética. En todos estos casos se nota que una finalidad científica da lugar a una aplicación tecnológica imprevista.

 

   Una de las secuencias típicas, en la historia de la ciencia y de la tecnología, se da en el caso del descubrimiento y aplicación de las ondas electromagnéticas. Primero aparece la descripción teórica (Maxwell), luego la verificación experimental (Hertz) y finalmente la aplicación tecnológica, que fue la telegrafía sin hilos (Marconi).

 

   También han existido casos en que la tecnología ha favorecido a la ciencia (además de permitir la realización de experimentos). El desarrollo de la máquina de vapor (Savery, Newcomen, Watt) siguió una secuencia inversa a la anterior, ya que primero aparece la aplicación tecnológica sin que exista una teoría que la contemple; apareciendo varios años más tarde (Carnot).

 

   El progreso tecnológico libera al hombre de esclavizantes tareas, aunque también puede producir el desempleo tecnológico. En vez de actuar como un medio que adapta al hombre al medio natural, resulta que lo desadapta del medio social. La educación técnica tiende a solucionar este inconveniente.

 

   La comodidad excesiva implica un consumo desmedido de energía y produce una contaminación del medio ambiente. También produce deterioros físicos, como es el caso de quienes poco caminan porque viajan en automóvil en forma casi permanente. Otros se vuelven dependientes de la posesión de la novedad tecnológica y viven con ansiedad la espera de la próxima innovación.

 

   Los preparativos militares aceleraron el desarrollo científico y tecnológico, tal el caso de la Ecole Politechnique, instituto francés que formaba a los ingenieros militares de Napoleón. Dirigido por Laplace y Lagrange, preparó a varios de los mejores científicos franceses del siglo XIX. Durante la Segunda Guerra Mundial, se reúne en EEUU una gran cantidad de científicos con la misión de realizar la bomba termonuclear (de fisión). Luego de finalizada la guerra, se logra un arma más poderosa aún: la bomba de hidrógeno (de fusión), cuyo proceso es similar al que permite a las estrellas producir energía a partir del hidrógeno.

 

   La obtención de energía por fisión y por fusión nuclear (esta última sólo a nivel experimental, por ahora) implica que el hombre obtiene energía por métodos terrestres, y no sólo a partir del Sol. Cuando se agoten las reservas de petróleo, carbón y uranio, la fusión nuclear será nuestra salvación energética. Puede verse que lo que implica un medio de autodestrucción, también puede significar un medio de salvación. Mientras que la ciencia siempre es “buena”, porque provee un conocimiento progresivo, su aplicación (tecnología) es “neutra”, por cuanto puede ser aplicada tanto para el Bien como para el Mal.

 

   El hombre de hoy promueve el placer corporal sin tener presente las desviaciones a la propia naturaleza humana. Fue precisamente esta actitud la que promovió la difusión del SIDA. Recientemente, al intentar engañar a las vacas alimentándolas con substancias de origen animal, surgió el mal de Creutzfeldt-Jakob (vaca loca). También en este caso, al actuar en forma antinatural, el hombre favoreció la proliferación de una mortal enfermedad. La posible clonación humana (réplica directa) implica que, por primera vez, nacerá un ser humano mediante métodos no naturales. Nadie puede asegurar las consecuencias que traerá, pero los ejemplos mencionados indican cierto riesgo de aparición de algo desconocido por el hombre.

 

   El descubrimiento del genoma humano (mapa genético) permitirá, en el futuro, el tratamiento de gran cantidad de enfermedades hereditarias. De esa forma, la ciencia y la tecnología seguirán favoreciendo el crecimiento de la duración promedio de la vida del hombre. Así como la fusión nuclear puede ser un medio de salvación o de autodestrucción, las aplicaciones de la biología molecular podrán constituir la salvación alimenticia de la humanidad o bien la generación de desórdenes biológicos imprevistos.

 

   La ética del científico, y la del ingeniero, no difieren de la ética que debe imperar en todo ser humano. Toda acción será buena o mala según buenos o malos sean los efectos que produzca, pero, cuando no se conocen totalmente las leyes naturales que rigen a ciertos fenómenos biológicos, no es posible prever los efectos que seguirán a determinadas causas. Y aquí es necesario tener presente ciertas tendencias, o principios, vigentes en el orden natural. El hombre no debe pretender dominar la naturaleza, sino vivir en armonía con ella, porque el camino a seguir viene impuesto por sus leyes, y no sólo por las actividades humanas.

 

 

 

3 CIENCIA EXPERIMENTAL

 

La unión de los pueblos, que en otras épocas estaba asociada a la existencia de creencias comunes, es posible que en el futuro se logre a través de la existencia de conocimientos compartidos. El conocimiento puede considerarse a partir de su aplicación, o no, a nuestra adaptación cultural al orden natural. En el primer caso tenemos la “sabiduría”, o el “saber de salvación”, en un contexto religioso.

 

   La ciencia puede establecer una ética natural a partir de la observación directa del individuo y de la sociedad. Luego, podrá suponerse la existencia de una finalidad asociada al hombre y a la humanidad. De esa forma, partiendo del individuo puede ascenderse hasta la idea de Dios.

 

   Este es el camino opuesto al empleado por la religión tradicional, o revelada, la que caracteriza a Dios como a una persona y supone directivas que debería cumplir el hombre. Esto constituye una “ética revelada”, ya que se parte de Dios y se desciende hasta el hombre. Esta postura no puede discernir cuál de todas las religiones reveladas ha de ser la verdadera, o la que mejor se adapta al mundo real. De ahí que es conveniente mirar con atención a la ciencia experimental y a sus ramas sociales. Se sugiere a la sociología, además, este importante problema a resolver.

 

   Una de las características de la ciencia es que existe un consenso casi unánime respecto de sus resultados, mientras que existen divergencias en cuanto a las interpretaciones de toda teoría. El consenso existente deriva de que, lo que un hombre ve, todos lo pueden ver. Incluso progresa, no por la fe en la autoridad científica de alguien, sino por la crítica, la duda y la revisión permanente. Esto hace que sólo se presenten descripciones que puedan resistir estos exámenes y embates. La crítica deberá provenir desde alguna posición concreta y establecida, de lo contrario se pierde de vista el intento por llegar a la verdad y se cae al nivel de las pasiones humanas.

 

   Lo opuesto al conocimiento público es el conocimiento individual, de la misma forma en que “ciencia” se opone a “opinión”. Se buscan lograr modelos objetivos de la realidad, próximos al orden natural, antes que modelos subjetivos puramente racionales, o modelos adaptados a los gustos de la mayoría. En ello radica la diferencia entre ciencia, por un lado, y filosofía y religión, por otra parte.

 

   Ante el temor de que pueda surgir la supremacía de una ciencia errónea, puede decirse que ello es poco probable por cuanto se trata de un conocimiento público que sólo ha de describir lo evidente, o lo que puede verificarse. El peligro siempre está latente debido a las diversas interpretaciones de “lo evidente”.

 

   También la “sabiduría popular” compite con la ciencia, y ha de estar constituida por el conjunto de creencias, rumores y suposiciones que se adaptan bastante bien a la mentalidad generalizada de la sociedad, antes que a la propia realidad.

 

   La experimentación no reemplaza al razonamiento, sino que lo complementa para llegar al mejor método. La experimentación ha de ser la respuesta a una pregunta previamente formulada. Robert Blanché escribió: “No vayamos pues a imaginarnos, según una perspectiva por demás simplista, que lo que hace la esencia del método experimental y la novedad de la ciencia moderna con relación a la antigua es el reemplazo del razonamiento por la experiencia. El cambio consiste en una nueva manera de asociar razonamiento y experiencia; una nueva manera de razonar a propósito de los hechos de la experiencia, una nueva manera de interrogar a la experiencia para, a la vez, someterla al razonamiento y permitirle controlarlo” (De “El método experimental”).

 

   La autoridad científica es respetada como un apoyo para el rápido aprendizaje del conocimiento ya disponible, sin que ninguna opinión sea considerada infalible. Respecto de la fe del científico (en la existencia de un orden natural y en su propia actividad), Max Planck escribió: “Cualquiera que se haya dedicado seriamente a tareas científicas de cualquier clase se da cuenta de que en la puerta del templo de la ciencia están escritas estas palabras: Hay que tener fe. Esta es una cualidad de la que los científicos no pueden prescindir” (De “¿ Adónde va la ciencia ?”).

 

   A quienes se aferran a la tradición y no aceptan cambio alguno, se les debe recordar que la humanidad transita por una época de sufrimiento generalizado. No podemos darnos el lujo de despreciar al método experimental si es que buscamos la verdad. Si la secuencia deductiva que va desde Dios hasta la ética presenta variantes que confunden y dividen a los pueblos, debemos intentar el camino inductivo desde la ética natural hasta el espíritu de Dios implícito en el orden natural.

 

   La utilidad de la ciencia se asocia, casi siempre, a las realizaciones tecnológicas, ya que la tecnología moderna se fundamenta en la ciencia. De ahí que debemos mejor hablar de la “utilidad de la tecnología”, dejando a la ciencia la “utilidad intelectual”; más importante que la anterior. La ciencia brinda un camino para cierta realización personal, no sólo del que establece aportes concretos, sino de quien se dedica a adquirir el conocimiento ya vigente. También vislumbramos una suprema utilidad: la de ser el árbitro de la verdad ética.

 

   Podemos intentar establecer una definición de la ciencia experimental teniendo en cuenta los atributos mencionados: Ciencia es la actividad cognoscitiva por medio de la cual describimos al orden natural con un margen de error arbitrario. El carácter científico dependerá exclusivamente del error admisible. Así, las ciencias exactas, como la física, describen fenómenos naturales con errores muy pequeños. Una teoría, con mucha coherencia matemática, será rechazada si aparece un fenómeno natural que la haga incompatible, mientras que una teoría será aceptada aun cuando sea contraintuitiva, pero pueda describir aceptablemente los fenómenos a ella involucrados. La objetividad sugiere aceptar o rechazar lo que la realidad acepta o rechaza. La ciencia es conocimiento público y es parte del proceso adaptativo al orden natural, por lo que todo error podrá disminuirse con el paso del tiempo.

 

   La ciencia no sólo ofrece un conocimiento verificado experimentalmente, sino también sintetizado en forma axiomática. De esa manera se hace manejable, ya que permite al individuo adoptar estos axiomas como base para establecer el razonamiento sobre los temas asociados. De ahí que debemos agregar a la definición anterior: El conocimiento logrado ha de estar sintetizado en forma axiomática.

 

   La ciencia no es sólo conocimiento verificado, sino también conocimiento organizado. El mérito de una descripción implica el logro de la verdad, mientras que el mérito del conocimiento es la comprensión y el pleno entendimiento. Puede conocerse con lujo de detalles el resultado de un experimento, pero no tendrá pleno sentido hasta que sea incorporado a una síntesis general. Esto constituye el vínculo esencial entre experimentación y teoría. La experimentación ratifica la verdad, ya que está más cerca del mundo real; la teoría lo organiza, ya que está más cerca de la mente.

 

   En cuanto a las actitudes del científico y del hombre común, podemos ejemplificarlas mediante un razonamiento típico. El hombre común dice: “Si llueve, entonces el patio se humedece”. Verifica que el patio está húmedo. Concluye con que “ha llovido”. Este razonamiento sería válido si la lluvia fuese la única causa posible del mencionado efecto. Como pudo estar húmedo por otras causas, el razonamiento no es válido, a pesar de que, en algunos casos, se obtenga una conclusión verdadera.

 

   El científico dice: “Si llueve, entonces el patio se humedece”. Verifica que el patio está seco y concluye con que “no ha llovido”. Este razonamiento en válido. Con los resultados de la experimentación científica se utiliza un razonamiento similar. En general, la validación de una teoría implica que sale airosa de una experiencia crucial, pero ello no asegura que en otros casos ocurra lo mismo. No podemos asegurar que una teoría sea acertada; sólo podemos afirmar que no es errónea. Karl Popper escribió: “Una teoría que no es refutable por ningún suceso concebible no es científica. La irrefutabilidad no es una virtud de una teoría (como se cree), sino un vicio” (De “Conocimiento objetivo”).

 

   Toda descripción que pretenda ser científica, debe partir de entes, o definiciones, medibles o comparables. Debe establecer leyes a contrastar, indicando cuál es el experimento (o los experimentos) que puedan llegar a invalidarla. Así, Einstein juega su prestigio, y la validez de su teoría de la gravitación, indicando la desviación que sufriría un rayo de luz, emitido por una estrella, al pasar cerca del campo gravitacional del Sol. La experiencia (durante un eclipse) “aprobó” la teoría, manteniendo su vigencia. De esta teoría podemos asegurar que “no es errónea”, mientras que sólo podemos decir que es “acertada hasta el momento”.

 

   Otro tipo de conocimiento, que no sea contrastable, no puede entrar en la ciencia. Ello no significa, sin embargo, que sea un conocimiento falso. Sólo implica que no puede pasar ciertas “normas de calidad”. Así como las empresas tratan de mejorar sus productos para que cumplan ciertas normas de calidad, el conocimiento no científico debe buscar la forma de llegar a la cientificidad. El saber filosófico, que aún no pudo llegar a esa etapa, dispone de un nivel de información que no es inferior al de las ciencias sociales. De ahí que debe seguir siendo una fuente de conocimientos para la construcción de la ciencia.

 

 

 

 

4 OPTIMISMO, PESIMISMO Y ACCIÓN

 

Respecto de algún aspecto de la realidad cotidiana, podemos adoptar tres posturas extremas; la de quienes lo ven mejor de lo que es (optimismo), la de quienes lo ven tal cual es (realismo) y la de quienes lo ven peor de lo que es (pesimismo). La acción desarrollada por cada individuo estará muy ligada a la forma en que observa la realidad, y depende tanto de lo que la realidad es, como de la opinión que tenga de ella.

 

   Sería más justo denominar optimista a quien resulta ser un optimizador de la sociedad, y pesimista al que tiende a llevarla hacia un pésimo estado. Existe un complejo vínculo entre el pensamiento y la acción, por cuanto el hombre no está regido totalmente por el razonamiento, sino que su conducta está motivada por las pasiones. William Shakespeare escribió: “Ser o no ser, he ahí el problema; si es más noble para el espíritu sufrir los golpes y dardos de la mala fortuna o tomar armas contra la mar de dificultades y, haciéndoles frente, acabar con ellas” (De “Hamlet”).

 

   Hay veces en que alguien, a quien se le asocia una visión pesimista de la realidad, hace esfuerzos por mejorarla buscando su optimización, mientras que, al que se le asocia una visión optimista, puede cruzarse de brazos y favorecer, de esa forma, su decadencia. De ahí que es conveniente, en cada caso, clasificar la postura cognoscitiva y la acción correspondiente, pero priorizando esta última. El temor, en una dosis adecuada, no es un defecto, mientras que su ausencia puede perjudicar al que arriesga su vida y su bienestar a cambio de muy poco.

 

   Además de las actitudes que adoptamos y que pueden afectar al futuro de la sociedad, existe una actitud filosófica respecto a nuestro propio orden natural. Así, tenemos a quienes observan un universo sin sentido, sin finalidad, sin presente ni futuro. A estas posturas las denominamos “pesimistas”. Por otra parte, quienes observan un universo en donde se vislumbra un sentido, o una finalidad, en donde el hombre es considerado un actor importante, decimos que se trata de una postura “optimista”. Todavía siguen en vigencia las disputas acerca de cuál es la postura más cercana al realismo filosófico.

 

   En cuando a la solución de los conflictos humanos, debemos tener presente que el conocimiento humano (ciencia, filosofía, religión) puede considerarse bajo dos aspectos; que permita o que sea irrelevante a la adaptación del hombre al orden natural. La ética, o ciencia del comportamiento, es la que responde a esa finalidad; es el saber de salvación considerado por la religión. Por lo que la afirmación anterior supone vigente la primera postura.

 

   Este último saber ha de ser la guía para la toma de decisiones dentro de un marco ético, que equivale a decir que tiene en cuenta la existencia del Bien y del Mal. Tal conocimiento es accesible al método de la ciencia experimental. De ahí que podemos asegurar que el triunfo del Bien sobre el Mal es posible. Friedrich Schelling escribió: “Se presupone como cosa obvia que las relaciones más altas por medio de las cuales se comprende el mundo no se pueden también hacer asequibles y evidentes a la percepción, sino que están por encima de toda percepción. Pero el mayor triunfo de la ciencia sería precisamente esto: hacer descender hasta la esfera de la percepción lo que sólo se puede conocer elevándose por encima de ella, es decir, lo que de suyo no es accesible a la mera percepción, sino sólo al pensamiento puro” (Citado en “El objeto de la filosofía” de Karl Ulmer).

 

   El saber de salvación  nos hace recordar al programa básico (cargador) que trae incorporado toda computadora, y que permite ingresar los programas principales. Este simple y reducido programa ha de ser similar al conocimiento necesario para lograr el comportamiento ético adecuado, y se logrará por medio de una ideología de adaptación.

 

   La ciencia promueve un conocimiento objetivo, basado en la existencia de leyes naturales invariantes. De ahí que la acción sugerida por la religión natural, que sigue los lineamientos de aquélla, no presenta demasiados inconvenientes. Sin embargo, desde la religión tradicional, a través de varias Iglesias cristianas, se sugiere una “salvación por la fe” en lugar de una “salvación por las obras (acción)”. Pero la palabra “fe” involucra una amplia variedad de creencias posibles. Recordemos que Cristo dijo al respecto: “Porque el Hijo del Hombre tiene que venir en la gloria de su  Padre entre ángeles, y entonces dará a cada uno según su conducta” (Mt.).

 

   La acción debe ir acompañada de la plena confianza en la validez de las “reglas del juego” establecidas. Así, un científico confía plenamente en la existencia de leyes naturales preestablecidas, y su fe no debería diferir esencialmente de la fe religiosa. Sin embargo, si se supone que ésta consiste en la creencia en que Dios cambiará sus leyes ante los pedidos humanos, significa volver al antiguo pensamiento pagano y persistir en la superstición. La religión ha de fundamentarse en la ética y no en los misterios.

 

   Si alguien tiene fe, en alguna de sus formas, y tal individuo no cumple con la acción correspondiente (mandamientos), no cumplirá con los principios éticos que surgen del propio orden natural y que existen en un nivel superior a todas las posibles creencias humanas. Por el contrario, si alguien cumple con los mandamientos, aunque no conozca el contenido de ninguna religión, estará adaptándose a la ley de Dios y a la voluntad implícita del orden natural. De ahí que es prioritaria la conducta a la fe.

 

   La salvación por la fe implica una vida de contemplación, mientras que el “Amarás al prójimo como a ti mismo” implica acción. No sugiere sólo el amor a quien esté más cerca (próximo) sino, potencialmente, a toda la humanidad. De ahí que este mandamiento implica una acción intensa, más que una inactiva contemplación. Dante Alighieri escribió: “No es la esencia creada el último fin en la intención del que la crea, en cuanto es creador, sino la acción propia de la esencia. De lo que resulta que la acción propia no es para la esencia, sino que es la razón por la que ésta recibió el ser” (De “De la monarquía”).

 

   Para realizar una vida intensa y alcanzar una felicidad verdadera, debemos lograr algo por el Bien de los demás. Uno de esos momentos de gran felicidad lo vivió el ingeniero e inventor Guglielmo Marconi cuando recibió una medalla recordatoria por parte de los casi quinientos sobrevivientes del Titanic, que pudieron salvar sus vidas gracias a la telegrafía sin hilos, de la cual Marconi fue su realizador y por la cual dedicó su vida. La felicidad es un premio a la acción solidaria, antes que a una contemplación indiferente a los problemas humanos o antes que a la búsqueda del bienestar y la comodidad.

 

   Demócrito de Abdera escribió: “Todo lo que existe en el universo es fruto del azar y de la necesidad”. El origen de la vida es, justamente, el azar (mutaciones genéticas) y la necesidad (selección natural). Quienes observan con preponderancia al azar, niegan la existencia de una finalidad de la vida y del mundo. El biólogo Jacques Monod escribió: “El universo no llevaba en sí la vida, ni la biosfera llevaba en sí al hombre. Nuestro número salió por casualidad en este juego de azar” (Citado en “La vida, un estadio intermedio” de Carsten Bresch).

 

   Teniendo en cuenta al proceso de la evolución por selección natural, es posible hablar de un sentido, o de una finalidad de lo viviente, ya que ese proceso busca mayores niveles de adaptación. La selección natural, justamente, seleccionará unas pocas entre las múltiples variaciones surgidas del azar. En el criterio de selección aparece cierta finalidad.

 

   Aún el azar tiene sus leyes. Además, todos los fenómenos atómicos y nucleares vienen regidos por leyes matemáticas precisas. Ellos dan lugar a los fenómenos moleculares, luego al nivel celular, a los organismos, etc. De ahí que pueda hablarse de una tendencia, o una finalidad implícita en todas y en cada una de las escalas de observación. Si hay ley, hay orden. Si hay orden, hay finalidad.

 

   Los hombres mostramos diversas conductas, pero varias de ellas son rechazadas por cuanto ocasionan sufrimiento, mientras que otras son aceptadas (por el orden natural), ya que ocasionan felicidad. La adaptación cultural constituye una especie de “ética experimental” que premia la virtud y castiga los defectos. En esto consiste el proceso de adaptación del hombre al orden natural, que es el Reino de Dios propuesto en la Biblia. La adaptación plena vendrá cuando el sufrimiento de los demás sea tan importante como nuestro propio sufrimiento. Arthur Schopenhauer escribió: “No hay diferencia entre el Yo y el Tú; sentir que la voluntad en todo y en todos es la misma y única es el comienzo de la ética”.

 

   Si no existiera una finalidad objetiva para el hombre, tampoco habría una ética objetiva. De ahí la opinión de Jacques Monod, quien escribió: “El conocimiento en sí mismo es exclusivo de todo juicio de valor (que no sea ‘de valor epistemológico’) mientras que la ética, por esencia no objetiva, está para siempre excluida del campo del conocimiento” (De “El azar y la necesidad”).

 

   Si no existiera una ética objetiva, sería el hombre quien debería crearla. Ello da lugar al relativismo moral y a una gran cantidad de conductas propuestas. Esta postura es la base de muchas utopías que se pueden sintetizar bajo el nombre de “socialismo”. En cambio, si aceptamos una ética objetiva, es el hombre quien debe descubrirla. Esta postura es la base para el establecimiento del Reino de Dios, que “compite” con el socialismo como el ideal a lograr por parte de la humanidad.

 

   Las filosofías pesimistas no tienen en cuenta el posible progreso cultural del hombre, sino sólo la realidad biológica predominante. Carsten Bresch escribió: “La violencia de la fase biológica y las posibilidades técnicas de la fase intelectual sólo podrán coexistir durante un breve periodo de transición”. (De “La vida, un estadio intermedio”).

 

   La unión entre ciencia y religión, a nivel individual, provendrá de la identidad entre “fe científica” y “fe religiosa”. La primera implica una fe en la invariabilidad de la ley natural, mientras que la segunda, en su forma generalizada, implica una fe en la interrupción de la ley natural (milagros). La actitud científica no descarta tampoco la existencia de fenómenos mentales poco frecuentes que producen efectos beneficiosos en las personas, sólo que son interpretados como “obra del hombre que mira a Dios” y no como “obra de Dios que mira a los hombres”. Es oportuno aclarar  que quienes creemos en la invariabilidad de la ley natural, no tenemos ningún inconveniente en que los graves problemas que afectan a la humanidad sean resueltos por medio de algún acontecimiento estrictamente sobrenatural.

 

   El conocimiento de la verdad con sentido práctico (ética) ha sido fundamentado a través de conceptos tales como finalidad, evolución, adaptación, etc. Cuando este conocimiento pueda ser discernido con claridad, habremos llegado a una etapa en que predominará el realismo filosófico sobre las actitudes pesimistas y optimistas. Ello coincidirá también con el predominio de la razón, que se erigirá así en una referencia que orientará las distintas pasiones humanas.

 

   Así como existe una ambición personal por lograr una realización de tipo familiar, intelectual, profesional, etc., deberá existir una ambición por lograr una realización estrictamente humana, que es la más importante y básica de todas. Esta realización de tipo religioso deberá contemplar los aspectos éticos elementales. Cristo dijo: “El Reino de Dios está dentro de vosotros”.

 

 

 

5 ECOLOGÍA

 

La ecología es la ciencia que estudia las relaciones entre plantas y animales con los ambientes orgánicos e inorgánicos en que viven. Tal denominación proviene del biólogo Ernest Haeckel (1834-1919). Ramón Margaleff escribió: “La ecología es una ciencia de síntesis que combina materiales de distintas disciplinas con puntos de vista propios. No es como un tronco de origen lejano que con el tiempo se ramifica y en cada rama da la correspondiente ciencia, sino que forma como varias raíces, originadas independientemente, que más tarde confluyen en una disciplina” (Citado en “La ecología” Biblioteca Salvat GT).

 

   A partir de la hipótesis Gaia, de James Lovelock, la biosfera es considerada como un sistema autoorganizado. La civilización industrial atenta contra ella; aparece la lucha entre la tecnosfera y la biosfera. Alguien dijo que sólo dos especies aumentan su población (insectos y hombres); una sola puede alterar al medio ambiente (el hombre), pero una sola puede soportar esos cambios (los insectos).

 

   Desde hace algunas décadas, las legislaciones de varios países contemplan el impacto ecológico de las distintas actividades del hombre. Esta actitud surge luego de que se descubrieron algunos hechos que atentaban contra el medio ambiente: derrames de petróleo, calentamiento del planeta, deterioro de la capa de ozono, fugas y desechos radioactivos, contaminación de ríos y mares, caza y pesca indiscriminada, etc.

 

   Cada año se incorporan más de cien millones de habitantes a la población mundial. También se incorporan unos cincuenta millones de automóviles. La contaminación, por ellos favorecida, impide que salga de la atmósfera parte de la radiación incidente que proviene del Sol. Ello produce la elevación de la temperatura promedio del planeta que podrá, algún día, derretir algunos hielos polares y así hacer subir el nivel de los océanos inundando a las ciudades costeras.

 

   En la década de los setenta, del siglo XX, el Club de Roma encarga a un equipo de investigadores del MIT, dirigidos por Dennos L. Meadows, la realización de un “modelo del mundo”, que consiste en un programa para realizar simulaciones con computadoras para el estudio de la influencia de las distintas variables en la evolución del sistema total. Las variables utilizadas fueron cinco: a) Población mundial, b) Producción industrial per capita, c) Alimentos per capita, d) Contaminación ambiental y e) Recursos no renovables. Las distintas simulaciones consistían en observar la influencia producida, por ejemplo, por el control de la contaminación, o por la regulación de la natalidad, sobre el resto del sistema.

 

   El trabajo mencionado viene descripto en el libro “Los límites del crecimiento” (Ed.F.C.Ec.). Dicho título sugiere una limitación en la búsqueda de la comodidad material, que se asocia a la “calidad de vida” que, a su vez, está muy ligada al consumo de energía. Debido a que sólo un cinco por ciento de la producción mundial de energía es no contaminante, un incremento de las comodidades del cuerpo implica mayor consumo de energía y mayor contaminación ambiental. Gandhi dijo: “La Tierra proporciona lo suficiente para satisfacer las necesidades de cada hombre, pero no la codicia de cada hombre”.

 

   Puede observarse que la mayoría de las variables consideradas dependen de las decisiones del hombre; de sus ambiciones, de sus costumbres, de su conocimiento y de su ignorancia. De ahí que algunos biólogos afirman que “el problema ecológico es un problema moral”. Al menos ahora sabemos que, tanto los conflictos entre seres humanos como el desajuste entre la humanidad y su medio ambiente, responden a una causa principal y que su solución se logrará en forma simultánea. E.F. Schumacher escribió: “El hombre no se siente parte de la naturaleza sino más bien como una fuerza externa destinada a dominarla y a conquistarla. Aún habla de una batalla contra la naturaleza olvidándose que, en el caso de ganar, se encontraría él mismo en el bando perdedor” (De “Lo pequeño es hermoso”).

 

   Se han sugerido algunos criterios para la conservación del medio ambiente. Eric Tello, en “Ecopacifismo”, comenta la propuesta de Herman Daly:

 

1)      No explotar los recursos por encima de su ritmo de renovación (por ejemplo; no extraer madera de un bosque en cantidad superior al crecimiento de su biomasa, ni derivar más agua de los ríos o acuíferos que la repuesta cada año por el ciclo hidrológico).

2)      No explotar los recursos no renovables por encima del ritmo de sustitución por recursos renovables (por ejemplo; la extracción de petróleo o gas natural debe acompañarse al crecimiento de fuentes renovables de energía como la solar y eólica, que proporcionen en el futuro una cantidad equivalente de energía).

3)      No verter al aire, al agua o al suelo una cantidad o una composición de residuos por encima de la capacidad de absorción por los ecosistemas (por ejemplo; no verter efluentes líquidos que tras una o varias depuraciones previas con plantas industriales aún superen la capacidad de autodepuración natural de los ríos y estuarios).

4)      Preservar la biodiversidad de los ecosistemas, y de toda la biosfera.

(De “Ideologías y movimientos políticos contemporáneos” editado por Joan Antón Mellón).

 

   El hombre que destruye, de alguna forma, su entorno natural, no tiene en cuenta a las futuras generaciones. Ello no resulta sorprendente cuando nos enteramos de la gran cantidad de abortos que se practican en la actualidad, o de la gran cantidad de casos en que los padres abandonan a sus hijos recién nacidos o los castigan desde muy pequeños. Carlo Rubbia, Premio Nobel de Física, escribió respecto de los residuos nucleares: “No tenemos la más mínima idea de lo que puede suceder con los tubos, con los bidones conteniendo toneladas de sustancias radiactivas que ya hemos sepultado y con los que esperan serlo. Nos libramos de un problema dejándoselo en herencia a las generaciones futuras, puesto que tales residuos permanecerán activos durante milenios”. “En mi opinión estos residuos representan bombas retardadas. Las escondemos pensando que ya no estaremos para responder personalmente por ellas” (De “El dilema nuclear”).

 

   Cuando se contempla, desde el orden legal o desde la conciencia individual, al problema ecológico, tratamos de conocer el posible efecto que tendrá cada una de nuestras decisiones. Recordemos que la ecología implica tanto a los seres vivientes como al ecosistema. Es absurdo preocuparse demasiado por el medio ambiente y, simultáneamente, despreocuparse totalmente por el sufrimiento de los seres humanos que en él habitan. La actitud ética implica ocuparse de ambos, mientras que ocuparse de uno de ellos puede implicar simple hipocresía.

 

   Una “poco ecológica” tendencia implica el avance de la globalización industrial por medio de la cual las empresas con elevado nivel tecnológico, y mucho capital, llegan a los países subdesarrollados sólo con ambiciones mercantiles provocando la desaparición de industrias locales, aumentando la desocupación. Estos problemas ocurren porque es prioritaria, bajo la mentalidad reinante, la optimización unilateral de ganancias, sin interesar ningún otro aspecto. Gandhi expresó: “Yo deseo que los millones de pobres de nuestra Tierra sean sanos y felices y los quiero ver crecer espiritualmente. Si sentimos la necesidad de tener máquinas, sin duda las tendremos. Toda máquina que ayuda a un individuo tiene justificado su lugar, pero no debiera haber sitio alguno para máquinas que concentran el poder en manos de unos pocos y tornan a los muchos en meros cuidadores de máquinas, si es que éstas no los dejan antes sin trabajo” (Citado en “Lo pequeño es hermoso” de E.F. Schumacher).

 

   La cita anterior no debe hacernos creer que las fallas humanas recaen exclusivamente en los “dueños de las máquinas”, por cuanto las actitudes negativas existen en la mayoría de los integrantes de una sociedad. No sólo debemos criticar a los países ricos por no ayudar a los pobres, sino también a éstos por no ayudarse a ellos mismos.

 

   El físico Max Born dividía la historia de la humanidad en dos etapas. La primera caracterizada por la utilización de la energía solar y una etapa posterior en la que el hombre puede obtener energía mediante métodos terrestres (fisión nuclear). Respecto de la futura utilización de energía extraída por medio de la fusión nuclear, podemos imaginar un diálogo entre Dios y los hombres. Dios nos pregunta: “¿ Desean obtener una fuente de energía cuyo combustible sea inagotable y que contamine muy poco al medio ambiente ?”. Ante una generaliza afirmación, agrega: “Entonces deberéis reproducir, en la Tierra, a una pequeña estrella. Y así se cumplirán todos vuestros deseos energéticos”.

 

    La fusión nuclear es el proceso que mantiene al Sol, y a las estrellas, emitiendo radiaciones y calor durante miles de millones de años. Deberemos recurrir a este procedimiento para solucionar definitivamente nuestros problemas energéticos y, además, los problemas de contaminación ambiental. Sin embargo, no resulta fácil encontrar la solución práctica, ya que se  deben lograr temperaturas del orden de los cien millones de grados. En la actualidad se siguen las investigaciones, pero a ritmo lento.

 

   Cuando alguien pregunta por el “sentido práctico” de la astrofísica teórica, se le puede responder que forma parte de las actividades del hombre que le permiten responder adecuadamente a los requerimientos que el orden natural nos impone como un precio a nuestra supervivencia.

 

 

 

 

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