1 CIENCIA, FILOSOFÍA Y RELIGIÓN
Es imprescindible disponer de una imagen del mundo cercana a la
realidad, ya que el pensamiento individual se establece a partir de ideas básicas
que llevamos depositadas en nuestra mente. En ello consistirá el sentido
práctico de la ciencia, de la filosofía y de la religión. El conocimiento
organizado busca disponer de un sistema descriptivo único, de tipo axiomático,
que encuentre cierta compatibilidad entre las mismas. Debido a la indiscutible
importancia que tienen para la humanidad, es conveniente considerarlas como
partes de ese sistema descriptivo que ha de permitir al género humano lograr
mejores niveles de adaptación. Desde este punto de vista, dichos caminos no
constituirán distintas alternativas para llegar a la verdad, sino que han de
ser actividades complementarias que se orientarán hacia un objetivo común.
En tal sistema descriptivo
general, la ciencia va desde lo particular a lo general. Surge desde “abajo”
con gran seguridad y exactitud, pero no da respuestas convincentes a los
grandes interrogantes de la humanidad. Lo que le falta al conocimiento
científico para llegar a la totalidad viene dado por la filosofía. De ahí que todo
sistema filosófico debe tener en cuenta a la ciencia de su época; de lo
contrario no tendría razón de ser.
La religión, en cambio, parte
desde “arriba”, de lo general a lo particular, adoptando principios tan
generales como la finalidad del universo, la voluntad del Creador, etc. La
posible finalidad del universo está muy ligada al sentido que hemos de dar a
nuestra propia vida. De ahí que es necesario lograr una respuesta al respecto.
Mientras mayor es el alcance y la importancia de cierto tipo de conocimiento,
menor ha de ser el grado de exactitud que se logra.
También la religión ha de
tener en cuenta a la ciencia de su época y ha de mejorar junto a ella; de lo
contrario, al adoptar posturas rígidas, se va alejando de la verdad
dirigiéndose hacia el fanatismo y la soberbia. Bertrand
Russell escribió: “Todo dogma en lo respectivo a
cosas situadas por encima del conocimiento definido, pertenece a la teología.
Pero entre la ciencia y la teología hay una ‘tierra de nadie’ expuesta al
ataque por ambos lados: esta ‘tierra de nadie’ es la filosofía” (Del
“Diccionario del hombre contemporáneo”).
El orden natural ha de ser
nuestra referencia y nuestro objeto de estudio, de donde surgirá una verdad única.
Si bien la ciencia está constituida por leyes naturales humanas que dependen
tanto de la ley natural propiamente dicha como de la forma en que el hombre la
describe, sus resultados han de tener la misma validez para todos los hombres
por cuanto toda verificación experimental podrá ser observada por cualquiera.
Esto contrasta con la religión tradicional en la que. Cada vez más, predomina
una actitud subjetivista en la que muchos suponen que el universo funcionará de
acuerdo a las creencias generalizadas de los seres humanos. Francis Bacon escribió: “Si un hombre parte de certidumbres,
terminará en la duda; pero si se contenta con partir de la duda, terminará en
la certidumbre”.
La descripción religiosa
comenzó hace varios miles de años y supone que los dioses, o el Dios único,
deciden el destino de cada hombre y de la humanidad. De ahí que se considera
conveniente la realización de rituales y pedidos. La descripción basada en
causas y efectos comienza con Tales de Mileto (624-
En cuanto a los puntos de
partida individuales adoptados como fundamentos de vida, podemos mencionar a lo
sobrenatural, lo natural, los ídolos, la nada, etc. Lo sobrenatural está
asociado a un Dios trascendente que está por encima del orden natural, por lo
que es inaccesible al razonamiento y a la experimentación. Esta postura es
incompatible con el pensamiento científico, ya que supone que todo está regido
por leyes naturales. Anthony de Melo escribió:
“Milagro no significa que Dios cumpla con los deseos humanos, sino que los
hombres cumplan con los deseos de Dios”.
La idolatría consiste en
desplazar todo tipo de ideal humano buscando el dinero, la fama, el poder, las
pasiones, el placer, etc. Incluso la idolatría pseudoreligiosa
es perseguida por el hombre suponiendo que en ella encontrará la seguridad y la
felicidad. El culto a los ídolos es una forma de “pseudocultura”
que se opone a la religión.
La postura restante es la
creencia en la nada. Se supone que el universo es algo sin sentido y que la
vida del hombre tampoco lo tiene; no hay un camino mejor y es el hombre mismo
el que debe “inventarse” uno. Friedrich Nietzsche dijo: “La verdad, como la moral, es una cuestión
relativa; no hay hechos, sólo hay interpretaciones”. Aunque en la aparición de
la vida inteligente haya intervenido el azar y la evolución, ello no implica
que debamos dejar de hablar de una finalidad o de un sentido del universo, ya
que el azar tiene sus leyes, o sus regularidades, y actúa a partir de leyes
individuales que operan sobre las células y sus partes.
La verdad no está garantizada
por su origen sobrenatural, sino por su adecuación al orden natural. Por ello
Cristo dijo: “..por sus frutos los conoceréis”. De lo
contrario, todo cristiano debería convertirse al Islam, por cuanto Mahoma dice
ser el último receptor de la voluntad de Dios. El que está seguro de la
veracidad de una descripción, no necesitará recurrir a otra cosa que no sean
los hechos mismos.
La fe en la revelación y en un
orden sobrenatural no puede llevarnos a una religión universal. Esto se hace
evidente cuando lo supuestamente revelado a Cristo no es aceptado por el
judaísmo, ni tampoco la religión supuestamente revelada a Mahoma es aceptada
por el judaísmo y por el cristianismo. Además de producir antagonismos, esta
postura aleja de la religión a la persona racional. Lo sobrenatural, por
definición, es inaccesible al razonamiento, de ahí que no permite establecer
una ideología de adaptación, ni permite establecer un auténtico pensamiento
religioso.
El simbolismo del cristianismo
es la cruz, a la que podemos darle una significación concreta. El tramo
vertical representa la actitud ascendente del hombre que busca los principios
de la totalidad; es el conocimiento del orden natural. El tramo horizontal
representa nuestra actitud hacia los demás seres humanos. Ambas actitudes están
vinculadas, ya que la conciencia moral surge, generalmente, del entusiasmo que
implica saber que existe un orden natural.
Desde las épocas de Epicteto (50-138) se distingue entre lo que es accesible a
nuestras decisiones y lo que no lo es. También a partir de las ciencias
sociales es posible realizar descripciones del comportamiento humano que pueden
guiarnos por un camino seguro sin necesidad de buscar las respuestas
definitivas a los grandes interrogantes respecto del hombre. La actitud
ascendente nos lleva al espíritu de la ley natural, mientras que la actitud lateral
nos lleva hacia la adaptación cultural a dicha ley.
El marxismo es una ideología
que pretende ser parte de la sociología aún cuando su aplicación práctica esté
sustentada en la creencia de que la concentración económica, en manos de una
minoría empresarial, es mala, ya que tales empresarios son “malos por
naturaleza”, mientras que la total concentración económica, en el Estado
comunista, ha de ser buena, porque se cree que el dirigente comunista es “bueno
por naturaleza”. O bien, la “lógica marxista” parece suponer que si una dosis
de veneno mata al paciente, una dosis doble lo mejorará. Quizás haya sido ésta
la idea más influyente, a nivel mundial, a lo largo del siglo XX.
Si partimos desde la totalidad
hacia abajo, debemos lograr coincidencias con una expansión del conocimiento
desde abajo hacia la totalidad. Sin embargo, es muy común encontrar personas
que “no creen” en la evolución biológica. Tal evolución es un hecho, antes que
una teoría. De ahí que su rechazo implica cambiar la realidad cuando no
coincide con las creencias previamente adoptadas. La fe sin razonamiento lleva
a la irracionalidad.
Cuando a Einstein
se le preguntaba si creía en Dios, preguntaba a quien lo interrogaba a qué
denominaba “creer en Dios”, ya que es muy variada la cantidad de imágenes
humanas que podemos hacernos al respecto. Una vez respondió: “Creo en el Dios
de Spinoza, que se revela en la armonía de todo lo
existente, pero no en un Dios que se ocupa de la suerte y acciones de los
hombres”. Esta respuesta recibió críticas de algunos teólogos. Se le hacían
críticas por pensar en la existencia de leyes naturales invariantes, es decir,
como está estructurado el mundo real. Einstein
trataba de interpretar el “pensamiento de Dios” indagando la propia naturaleza,
mientras que los teólogos a veces suponen ser los intermediarios entre Dios y
los hombres..
No sólo en ámbitos de la
religión existen quienes ven un antagonismo irremediable con la ciencia, sino
también lo ven quienes desde la ciencia excluyen a la religión asociándola a la
simple superstición. Debe recordarse que la ciencia recibió el aporte de
sacerdotes católicos como Copérnico, Mendel y Lemaitre, y de
científicos muy ligados a la religión, tales como Pascal, Galileo, Kepler, Newton, Leibniz, Maxwell,
etc. Incluso Darwin realizó estudios universitarios como predicador
protestante.
El Apocalipsis bíblico predice
un cambio esencial y la posterior universalidad del cristianismo. En realidad,
el cambio sólo consiste en interpretarlo como una religión natural, además de
tomarse el nada sencillo trabajo de convencer de ello a la mayoría de las
personas. El establecimiento definitivo del Reino de Dios no vendrá asociado,
con seguridad, al oscurantismo de la religión actual, sino a través del
conocimiento y aceptación de las leyes eternas que identificamos con el
Creador.
2 CIENCIA, TECNOLOGÍA Y
SOCIEDAD
El hombre es el principal artífice en el proceso evolutivo asociado a
la vida inteligente, siendo la ciencia y la tecnología una parte importante de las
actividades humanas que favorecen a ese proceso. Las ciencias exactas sirven
como modelo para las ciencias sociales, las que permiten fundamentar a la
religión natural, siendo posible, en principio, unificar al medio que nos
llevará a nuestra plena adaptación al orden natural.
La ciencia es la actividad
cognoscitiva del hombre por medio de la cual describe la ley natural. Organiza
el conocimiento en forma axiomática y verifica sus resultados contrastándolos
con la propia realidad. Tiene dos aplicaciones básicas: permite nuestra
adaptación cultural y brinda el conocimiento que le permite a la tecnología
realizar su misión.
La evolución y la adaptación
biológica involucran periodos del orden de los millones de años. De ahí que
tenemos la necesidad de acelerar dicho proceso, es decir, debemos reemplazarlo
por algo que busque una misma finalidad. Los
ambientes climatizados, vestimenta, medicamentos, etc., junto a las
herramientas, máquinas y dispositivos que prolongan el accionar de nuestros
músculos y de nuestra mente, son el resultado de la tecnología; la que apunta
hacia una finalidad similar a la que busca la evolución biológica.
La actitud que permite el
progreso científico y tecnológico no ha de diferir esencialmente de la que
promueve el progreso de los demás aspectos culturales. De ahí que no sólo
encontraremos actitudes altruistas, sino también actitudes egoístas y
competitivas. Así como el trabajo ha de ser tan intenso como profundos sean los
ideales que lo motivan, debemos encontrar los ideales de la ciencia y de la
tecnología para que motiven nuestro accionar. Si las consideramos como partes
del proceso de adaptación cultural del hombre al orden natural, veremos en
ellas una finalidad cercana a la de la propia religión.
La vida de Louis Pasteur tiene aspectos similares a la vida de un santo.
Alguna vez tuvo que contemplar el sufrimiento de quienes morían por la rabia, o
el de quienes tenían que padecer los primitivos e inoperantes métodos para
combatir tal enfermedad, por lo que puso todo su empeño y su capacidad para el
más noble fin de toda actividad humana: disminuir y evitar el sufrimiento de
sus semejantes.
La ciencia y la tecnología,
dirigidas por los políticos desde el Estado, son promovidas por los mismos que
proponen una economía estatal planificada. La planificación de las actividades
creativas lleva a restringir y a anular la libertad de pensamiento y de acción.
Cuando los nazis llegan al poder, deben irse de Alemania y de Austria muchos
científicos de primer nivel. También los físicos integrantes del grupo de Roma,
dirigidos por E. Fermi, deben irse luego de divergencias con el Estado
fascista. Respecto de la ex –URSS, Andrei Sajarov escribió: “Escritores, pintores, artistas,
pedagogos, humanistas, todos se hallan sometidos a tan monstruosas presiones
que no pueden por menos de admirarle a uno que el arte y las letras no hayan
desaparecido por completo de nuestro país. La influencia de estos mismos
factores antiintelectuales es más indirecta sobre las
ciencias exactas y la técnica, pero no menos destructiva” (De “Mi país y el
mundo”).
Cuando se habla de
“revolución”, como un paso adelante en el desarrollo de las sociedades humanas,
casi siempre se hace referencia a la reacción de los súbditos contra el egoísmo
de los gobernantes. En realidad, lo que cambia el aspecto de las sociedades son
las innovaciones tecnológicas, como lo fue la que produjo la Revolución
Industrial que comenzó en el siglo XVIII. El nombre más ilustre fue el de James
Watt, quien perfecciona la máquina de vapor. La
industria se ve favorecida por este dispositivo mientras que sus seguidores se
encargan de “llevar la revolución” a otros ámbitos: Robert
Fulton la aplica a los barcos, mientras que George Stephenson la aplica a los
ferrocarriles. Y el mundo dejó de ser lo que antes fue.
El avance tecnológico, en las
primeras épocas, fue establecido mediante el aporte de inventores aislados,
pero a fines del siglo XIX, Thomas A. Edison reúne en
su empresa a varios inventores para que puedan dedicarse completamente a esa
tarea. Igualmente, en los Laboratorios Bell, fundado
por el inventor del teléfono, surgen aportes importantes a la tecnología, tales
como el transistor, la teoría de la información, la transmisión en banda
lateral única, los filtros eléctricos, la radioastronomía, la verificación de
las propiedades ondulatorias de las partículas atómicas, etc. Ocho de sus
empelados fueron galardonados con el Premio Nobel de
Física.
La actitud del científico
difiere esencialmente de la actitud del ingeniero. Mientras que el primero
busca conocer la ley natural que rige determinado fenómeno natural, el segundo
busca aplicar el conocimiento científico para resolver algún problema
planteado, o para optimizar alguna solución existente. El científico se desinteresa
por una posible aplicación práctica de sus conocimientos e innovaciones,
mientras que el ingeniero se desinteresa por el fundamento científico de los
conocimientos que emplea; también existen posturas intermedias.
La unificación de las fuerzas
de la naturaleza, surgida de necesidades puramente intelectuales, ha favorecido
el avance tecnológico. Así, cuando Newton unifica la gravedad celeste con la
gravedad terrestre, establece las leyes de la mecánica, que es la base de la
tecnología respectiva. Cuando en los trabajos de Faraday
se completa la unificación de los fenómenos eléctricos y magnéticos, aparece la
posibilidad de la creación de las máquinas eléctricas (generadores, motores,
transformadores). Cuando Maxwell logra
la síntesis unificadora de electromagnetismo y radiación, establece la base
científica para el establecimiento de la radiotelefonía, de la televisión y de
las comunicaciones. Lo anterior implica que no es conveniente una “dirección de
la ciencia hacia aplicaciones concretas”, por cuanto la ciencia avanza motivada
por la simple y saludable curiosidad.
Cuando se realiza la
corrección relativista de la mecánica (Einstein)
surge la posibilidad de la conversión entre masa y energía. Cuando De Broglie predice la existencia de propiedades ondulatorias
de las partículas atómicas, no tiene en su mente la aplicación posterior de su
descubrimiento: el microscopio electrónico, que favoreció las investigaciones
en biología y en medicina. Cuando se estableció la lógica simbólica (Boole) no se tuvo en cuenta la aplicación posterior, ya que
dicha estructura matemática resultó ser también el fundamento de la electrónica
digital, que dio lugar a la computadora digital y a la revolución informática.
Cuando se realiza la corrección cuántica de la mecánica (Heisenberg,
Schrodinger, Dirac) no
estaba prevista una importante aplicación: el transistor, que es la célula
básica de la microelectrónica. Cuando el matemático V. Jones
estudia la topología de nudos, no esperaba que las fórmulas por él encontradas
sirvieran para determinar la factibilidad de realización de moléculas por medio
de la ingeniería genética. En todos estos casos se nota que una finalidad
científica da lugar a una aplicación tecnológica imprevista.
Una de las secuencias típicas,
en la historia de la ciencia y de la tecnología, se da en el caso del
descubrimiento y aplicación de las ondas electromagnéticas. Primero aparece la
descripción teórica (Maxwell), luego la verificación experimental (Hertz) y finalmente la aplicación tecnológica, que fue la
telegrafía sin hilos (Marconi).
También han existido casos en
que la tecnología ha favorecido a la ciencia (además de permitir la realización
de experimentos). El desarrollo de la máquina de vapor (Savery,
Newcomen, Watt) siguió una
secuencia inversa a la anterior, ya que primero aparece la aplicación
tecnológica sin que exista una teoría que la contemple; apareciendo varios años
más tarde (Carnot).
El progreso tecnológico libera
al hombre de esclavizantes tareas, aunque también puede producir el desempleo
tecnológico. En vez de actuar como un medio que adapta al hombre al medio
natural, resulta que lo desadapta del medio social.
La educación técnica tiende a solucionar este inconveniente.
La comodidad excesiva implica
un consumo desmedido de energía y produce una contaminación del medio ambiente.
También produce deterioros físicos, como es el caso de quienes poco caminan
porque viajan en automóvil en forma casi permanente. Otros se vuelven dependientes
de la posesión de la novedad tecnológica y viven con ansiedad la espera de la
próxima innovación.
Los preparativos militares
aceleraron el desarrollo científico y tecnológico, tal el caso de la Ecole Politechnique, instituto
francés que formaba a los ingenieros militares de Napoleón. Dirigido por Laplace y Lagrange, preparó a
varios de los mejores científicos franceses del siglo XIX. Durante la Segunda
Guerra Mundial, se reúne en EEUU una gran cantidad de científicos con la misión
de realizar la bomba termonuclear (de fisión). Luego de finalizada la guerra,
se logra un arma más poderosa aún: la bomba de hidrógeno (de fusión), cuyo
proceso es similar al que permite a las estrellas producir energía a partir del
hidrógeno.
La obtención de energía por fisión
y por fusión nuclear (esta última sólo a nivel experimental, por ahora) implica
que el hombre obtiene energía por métodos terrestres, y no sólo a partir del
Sol. Cuando se agoten las reservas de petróleo, carbón y uranio, la fusión
nuclear será nuestra salvación energética. Puede verse que lo que implica un
medio de autodestrucción, también puede significar un medio de salvación.
Mientras que la ciencia siempre es “buena”, porque provee un conocimiento
progresivo, su aplicación (tecnología) es “neutra”, por cuanto puede ser
aplicada tanto para el Bien como para el Mal.
El hombre de hoy promueve el
placer corporal sin tener presente las desviaciones a la propia naturaleza
humana. Fue precisamente esta actitud la que promovió la difusión del SIDA. Recientemente,
al intentar engañar a las vacas alimentándolas con substancias de origen
animal, surgió el mal de Creutzfeldt-Jakob (vaca loca). También en este caso, al actuar en forma
antinatural, el hombre favoreció la proliferación de una mortal enfermedad. La
posible clonación humana (réplica directa) implica que, por primera vez, nacerá
un ser humano mediante métodos no naturales. Nadie puede asegurar las
consecuencias que traerá, pero los ejemplos mencionados indican cierto riesgo
de aparición de algo desconocido por el hombre.
El descubrimiento del genoma
humano (mapa genético) permitirá, en el futuro, el tratamiento de gran cantidad
de enfermedades hereditarias. De esa forma, la ciencia y la tecnología seguirán
favoreciendo el crecimiento de la duración promedio de la vida del hombre. Así
como la fusión nuclear puede ser un medio de salvación o de autodestrucción,
las aplicaciones de la biología molecular podrán constituir la salvación
alimenticia de la humanidad o bien la generación de desórdenes biológicos
imprevistos.
La ética del científico, y la
del ingeniero, no difieren de la ética que debe imperar en todo ser humano.
Toda acción será buena o mala según buenos o malos sean los efectos que
produzca, pero, cuando no se conocen totalmente las leyes naturales que rigen a
ciertos fenómenos biológicos, no es posible prever los efectos que seguirán a
determinadas causas. Y aquí es necesario tener presente ciertas tendencias, o
principios, vigentes en el orden natural. El hombre no debe pretender dominar
la naturaleza, sino vivir en armonía con ella, porque el camino a seguir viene
impuesto por sus leyes, y no sólo por las actividades humanas.
3 CIENCIA EXPERIMENTAL
La unión de los pueblos, que en otras épocas estaba asociada a la
existencia de creencias comunes, es posible que en el futuro se logre a través
de la existencia de conocimientos compartidos. El conocimiento puede
considerarse a partir de su aplicación, o no, a nuestra adaptación cultural al
orden natural. En el primer caso tenemos la “sabiduría”, o el “saber de
salvación”, en un contexto religioso.
La ciencia puede establecer
una ética natural a partir de la observación directa del individuo y de la
sociedad. Luego, podrá suponerse la existencia de una finalidad asociada al hombre
y a la humanidad. De esa forma, partiendo del individuo puede ascenderse hasta
la idea de Dios.
Este es el camino opuesto al
empleado por la religión tradicional, o revelada, la que caracteriza a Dios
como a una persona y supone directivas que debería cumplir el hombre. Esto
constituye una “ética revelada”, ya que se parte de Dios y se desciende hasta
el hombre. Esta postura no puede discernir cuál de todas las religiones
reveladas ha de ser la verdadera, o la que mejor se adapta al mundo real. De ahí
que es conveniente mirar con atención a la ciencia experimental y a sus ramas
sociales. Se sugiere a la sociología, además, este importante problema a
resolver.
Una de las características de
la ciencia es que existe un consenso casi unánime respecto de sus resultados,
mientras que existen divergencias en cuanto a las interpretaciones de toda
teoría. El consenso existente deriva de que, lo que un hombre ve, todos lo
pueden ver. Incluso progresa, no por la fe en la autoridad científica de
alguien, sino por la crítica, la duda y la revisión permanente. Esto hace que
sólo se presenten descripciones que puedan resistir estos exámenes y embates.
La crítica deberá provenir desde alguna posición concreta y establecida, de lo
contrario se pierde de vista el intento por llegar a la verdad y se cae al
nivel de las pasiones humanas.
Lo opuesto al conocimiento
público es el conocimiento individual, de la misma forma en que “ciencia” se
opone a “opinión”. Se buscan lograr modelos objetivos de la realidad, próximos
al orden natural, antes que modelos subjetivos puramente racionales, o modelos
adaptados a los gustos de la mayoría. En ello radica la diferencia entre
ciencia, por un lado, y filosofía y religión, por otra parte.
Ante el temor de que pueda
surgir la supremacía de una ciencia errónea, puede decirse que ello es poco
probable por cuanto se trata de un conocimiento público que sólo ha de
describir lo evidente, o lo que puede verificarse. El peligro siempre está
latente debido a las diversas interpretaciones de “lo evidente”.
También la “sabiduría popular”
compite con la ciencia, y ha de estar constituida por el conjunto de creencias,
rumores y suposiciones que se adaptan bastante bien a la mentalidad
generalizada de la sociedad, antes que a la propia realidad.
La experimentación no
reemplaza al razonamiento, sino que lo complementa para llegar al mejor método.
La experimentación ha de ser la respuesta a una pregunta previamente formulada.
Robert Blanché escribió:
“No vayamos pues a imaginarnos, según una perspectiva por demás simplista, que
lo que hace la esencia del método experimental y la novedad de la ciencia
moderna con relación a la antigua es el reemplazo del razonamiento por la
experiencia. El cambio consiste en una nueva manera de asociar razonamiento y
experiencia; una nueva manera de razonar a propósito de los hechos de la
experiencia, una nueva manera de interrogar a la experiencia para, a la vez,
someterla al razonamiento y permitirle controlarlo” (De “El método
experimental”).
La autoridad científica es
respetada como un apoyo para el rápido aprendizaje del conocimiento ya
disponible, sin que ninguna opinión sea considerada infalible. Respecto de la
fe del científico (en la existencia de un orden natural y en su propia
actividad), Max Planck
escribió: “Cualquiera que se haya dedicado seriamente a tareas científicas de
cualquier clase se da cuenta de que en la puerta del templo de la ciencia están
escritas estas palabras: Hay que tener fe. Esta es una cualidad de la que los
científicos no pueden prescindir” (De “¿ Adónde va la
ciencia ?”).
A quienes se aferran a la
tradición y no aceptan cambio alguno, se les debe recordar que la humanidad
transita por una época de sufrimiento generalizado. No podemos darnos el lujo
de despreciar al método experimental si es que buscamos la verdad. Si la
secuencia deductiva que va desde Dios hasta la ética presenta variantes que
confunden y dividen a los pueblos, debemos intentar el camino inductivo desde
la ética natural hasta el espíritu de Dios implícito en el orden natural.
La utilidad de la ciencia se
asocia, casi siempre, a las realizaciones tecnológicas, ya que la tecnología
moderna se fundamenta en la ciencia. De ahí que debemos mejor hablar de la
“utilidad de la tecnología”, dejando a la ciencia la “utilidad intelectual”;
más importante que la anterior. La ciencia brinda un camino para cierta
realización personal, no sólo del que establece aportes concretos, sino de
quien se dedica a adquirir el conocimiento ya vigente. También vislumbramos una
suprema utilidad: la de ser el árbitro de la verdad ética.
Podemos intentar establecer
una definición de la ciencia experimental teniendo en cuenta los atributos
mencionados: Ciencia es la actividad cognoscitiva por medio de la cual
describimos al orden natural con un margen de error arbitrario. El carácter
científico dependerá exclusivamente del error admisible. Así, las ciencias
exactas, como la física, describen fenómenos naturales con errores muy
pequeños. Una teoría, con mucha coherencia matemática, será rechazada si
aparece un fenómeno natural que la haga incompatible, mientras que una teoría
será aceptada aun cuando sea contraintuitiva, pero
pueda describir aceptablemente los fenómenos a ella involucrados. La
objetividad sugiere aceptar o rechazar lo que la realidad acepta o rechaza. La
ciencia es conocimiento público y es parte del proceso adaptativo
al orden natural, por lo que todo error podrá disminuirse con el paso del
tiempo.
La ciencia no sólo ofrece un
conocimiento verificado experimentalmente, sino también sintetizado en forma
axiomática. De esa manera se hace manejable, ya que permite al individuo
adoptar estos axiomas como base para establecer el razonamiento sobre los temas
asociados. De ahí que debemos agregar a la definición anterior: El conocimiento
logrado ha de estar sintetizado en forma axiomática.
La ciencia no es sólo
conocimiento verificado, sino también conocimiento organizado. El mérito de una
descripción implica el logro de la verdad, mientras que el mérito del
conocimiento es la comprensión y el pleno entendimiento. Puede conocerse con
lujo de detalles el resultado de un experimento, pero no tendrá pleno sentido
hasta que sea incorporado a una síntesis general. Esto constituye el vínculo
esencial entre experimentación y teoría. La experimentación ratifica la verdad,
ya que está más cerca del mundo real; la teoría lo organiza, ya que está más
cerca de la mente.
En cuanto a las actitudes del
científico y del hombre común, podemos ejemplificarlas mediante un razonamiento
típico. El hombre común dice: “Si llueve, entonces el patio se humedece”.
Verifica que el patio está húmedo. Concluye con que “ha llovido”. Este
razonamiento sería válido si la lluvia fuese la única causa posible del
mencionado efecto. Como pudo estar húmedo por otras causas, el razonamiento no
es válido, a pesar de que, en algunos casos, se obtenga una conclusión
verdadera.
El científico dice: “Si
llueve, entonces el patio se humedece”. Verifica que el patio está seco y concluye
con que “no ha llovido”. Este razonamiento en válido. Con los resultados de la
experimentación científica se utiliza un razonamiento similar. En general, la
validación de una teoría implica que sale airosa de una experiencia crucial,
pero ello no asegura que en otros casos ocurra lo mismo. No podemos asegurar
que una teoría sea acertada; sólo podemos afirmar que no es errónea. Karl Popper escribió: “Una teoría
que no es refutable por ningún suceso concebible no es científica. La irrefutabilidad no es una virtud de una teoría (como se
cree), sino un vicio” (De “Conocimiento objetivo”).
Toda descripción que pretenda
ser científica, debe partir de entes, o definiciones, medibles
o comparables. Debe establecer leyes a contrastar, indicando cuál es el
experimento (o los experimentos) que puedan llegar a invalidarla. Así, Einstein juega su prestigio, y la validez de su teoría de
la gravitación, indicando la desviación que sufriría un rayo de luz, emitido
por una estrella, al pasar cerca del campo gravitacional del Sol. La
experiencia (durante un eclipse) “aprobó” la teoría, manteniendo su vigencia.
De esta teoría podemos asegurar que “no es errónea”, mientras que sólo podemos
decir que es “acertada hasta el momento”.
Otro tipo de conocimiento, que
no sea contrastable, no puede entrar en la ciencia. Ello no significa, sin
embargo, que sea un conocimiento falso. Sólo implica que no puede pasar ciertas
“normas de calidad”. Así como las empresas tratan de mejorar sus productos para
que cumplan ciertas normas de calidad, el conocimiento no científico debe
buscar la forma de llegar a la cientificidad. El
saber filosófico, que aún no pudo llegar a esa etapa, dispone de un nivel de
información que no es inferior al de las ciencias sociales. De ahí que debe seguir
siendo una fuente de conocimientos para la construcción de la ciencia.
4 OPTIMISMO, PESIMISMO Y ACCIÓN
Respecto de algún aspecto de la realidad cotidiana, podemos adoptar
tres posturas extremas; la de quienes lo ven mejor de lo que es (optimismo), la
de quienes lo ven tal cual es (realismo) y la de quienes lo ven peor de lo que
es (pesimismo). La acción desarrollada por cada individuo estará muy ligada a
la forma en que observa la realidad, y depende tanto de lo que la realidad es,
como de la opinión que tenga de ella.
Sería más justo denominar
optimista a quien resulta ser un optimizador de la
sociedad, y pesimista al que tiende a llevarla hacia un pésimo estado. Existe
un complejo vínculo entre el pensamiento y la acción, por cuanto el hombre no
está regido totalmente por el razonamiento, sino que su conducta está motivada
por las pasiones. William Shakespeare escribió: “Ser
o no ser, he ahí el problema; si es más noble para el espíritu sufrir los
golpes y dardos de la mala fortuna o tomar armas contra la mar de dificultades
y, haciéndoles frente, acabar con ellas” (De “Hamlet”).
Hay veces en que alguien, a
quien se le asocia una visión pesimista de la realidad, hace esfuerzos por
mejorarla buscando su optimización, mientras que, al que se le asocia una
visión optimista, puede cruzarse de brazos y favorecer, de esa forma, su
decadencia. De ahí que es conveniente, en cada caso, clasificar la postura
cognoscitiva y la acción correspondiente, pero priorizando esta última. El
temor, en una dosis adecuada, no es un defecto, mientras que su ausencia puede
perjudicar al que arriesga su vida y su bienestar a cambio de muy poco.
Además de las actitudes que
adoptamos y que pueden afectar al futuro de la sociedad, existe una actitud
filosófica respecto a nuestro propio orden natural. Así, tenemos a quienes
observan un universo sin sentido, sin finalidad, sin presente ni futuro. A
estas posturas las denominamos “pesimistas”. Por otra parte, quienes observan
un universo en donde se vislumbra un sentido, o una finalidad, en donde el
hombre es considerado un actor importante, decimos que se trata de una postura
“optimista”. Todavía siguen en vigencia las disputas acerca de cuál es la
postura más cercana al realismo filosófico.
En cuando a la solución de los
conflictos humanos, debemos tener presente que el conocimiento humano (ciencia,
filosofía, religión) puede considerarse bajo dos aspectos; que permita o que
sea irrelevante a la adaptación del hombre al orden natural. La ética, o
ciencia del comportamiento, es la que responde a esa finalidad; es el saber de
salvación considerado por la religión. Por lo que la afirmación anterior supone
vigente la primera postura.
Este último saber ha de ser la
guía para la toma de decisiones dentro de un marco ético, que equivale a decir
que tiene en cuenta la existencia del Bien y del Mal. Tal conocimiento es
accesible al método de la ciencia experimental. De ahí que podemos asegurar que
el triunfo del Bien sobre el Mal es posible. Friedrich
Schelling escribió: “Se presupone como cosa obvia que
las relaciones más altas por medio de las cuales se comprende el mundo no se
pueden también hacer asequibles y evidentes a la percepción, sino que están por
encima de toda percepción. Pero el mayor triunfo de la ciencia sería
precisamente esto: hacer descender hasta la esfera de la percepción lo que sólo
se puede conocer elevándose por encima de ella, es decir, lo que de suyo no es
accesible a la mera percepción, sino sólo al pensamiento puro” (Citado en “El
objeto de la filosofía” de Karl Ulmer).
El saber de salvación nos hace recordar al programa básico
(cargador) que trae incorporado toda computadora, y que permite ingresar los
programas principales. Este simple y reducido programa ha de ser similar al
conocimiento necesario para lograr el comportamiento ético adecuado, y se
logrará por medio de una ideología de adaptación.
La ciencia promueve un
conocimiento objetivo, basado en la existencia de leyes naturales invariantes. De
ahí que la acción sugerida por la religión natural, que sigue los lineamientos
de aquélla, no presenta demasiados inconvenientes. Sin embargo, desde la
religión tradicional, a través de varias Iglesias cristianas, se sugiere una
“salvación por la fe” en lugar de una “salvación por las obras (acción)”. Pero
la palabra “fe” involucra una amplia variedad de creencias posibles. Recordemos
que Cristo dijo al respecto: “Porque el Hijo del Hombre tiene que venir en la
gloria de su Padre entre ángeles, y
entonces dará a cada uno según su conducta” (Mt.).
La acción debe ir acompañada
de la plena confianza en la validez de las “reglas del juego” establecidas.
Así, un científico confía plenamente en la existencia de leyes naturales
preestablecidas, y su fe no debería diferir esencialmente de la fe religiosa.
Sin embargo, si se supone que ésta consiste en la creencia en que Dios cambiará
sus leyes ante los pedidos humanos, significa volver al antiguo pensamiento
pagano y persistir en la superstición. La religión ha de fundamentarse en la
ética y no en los misterios.
Si alguien tiene fe, en alguna
de sus formas, y tal individuo no cumple con la acción correspondiente
(mandamientos), no cumplirá con los principios éticos que surgen del propio
orden natural y que existen en un nivel superior a todas las posibles creencias
humanas. Por el contrario, si alguien cumple con los mandamientos, aunque no
conozca el contenido de ninguna religión, estará adaptándose a la ley de Dios y
a la voluntad implícita del orden natural. De ahí que es prioritaria la
conducta a la fe.
La salvación por la fe implica
una vida de contemplación, mientras que el “Amarás al prójimo como a ti mismo”
implica acción. No sugiere sólo el amor a quien esté más cerca (próximo) sino,
potencialmente, a toda la humanidad. De ahí que este mandamiento implica una
acción intensa, más que una inactiva contemplación. Dante Alighieri
escribió: “No es la esencia creada el último fin en la intención del que la
crea, en cuanto es creador, sino la acción propia de la esencia. De lo que
resulta que la acción propia no es para la esencia, sino que es la razón por la
que ésta recibió el ser” (De “De la monarquía”).
Para realizar una vida intensa
y alcanzar una felicidad verdadera, debemos lograr algo por el Bien de los
demás. Uno de esos momentos de gran felicidad lo vivió el ingeniero e inventor Guglielmo Marconi cuando recibió
una medalla recordatoria por parte de los casi quinientos sobrevivientes del Titanic, que pudieron salvar sus vidas gracias a la telegrafía
sin hilos, de la cual Marconi fue su realizador y por
la cual dedicó su vida. La felicidad es un premio a la acción solidaria, antes
que a una contemplación indiferente a los problemas humanos o antes que a la
búsqueda del bienestar y la comodidad.
Demócrito
de Abdera escribió: “Todo lo que existe en el
universo es fruto del azar y de la necesidad”. El origen de la vida es,
justamente, el azar (mutaciones genéticas) y la necesidad (selección natural).
Quienes observan con preponderancia al azar, niegan la existencia de una
finalidad de la vida y del mundo. El biólogo Jacques Monod
escribió: “El universo no llevaba en sí la vida, ni la biosfera llevaba en sí
al hombre. Nuestro número salió por casualidad en este juego de azar” (Citado
en “La vida, un estadio intermedio” de Carsten Bresch).
Teniendo en cuenta al proceso
de la evolución por selección natural, es posible hablar de un sentido, o de
una finalidad de lo viviente, ya que ese proceso busca mayores niveles de
adaptación. La selección natural, justamente, seleccionará unas pocas entre las
múltiples variaciones surgidas del azar. En el criterio de selección aparece
cierta finalidad.
Aún el azar tiene sus leyes.
Además, todos los fenómenos atómicos y nucleares vienen regidos por leyes matemáticas
precisas. Ellos dan lugar a los fenómenos moleculares, luego al nivel celular,
a los organismos, etc. De ahí que pueda hablarse de una tendencia, o una
finalidad implícita en todas y en cada una de las escalas de observación. Si
hay ley, hay orden. Si hay orden, hay finalidad.
Los hombres mostramos diversas
conductas, pero varias de ellas son rechazadas por cuanto ocasionan
sufrimiento, mientras que otras son aceptadas (por el orden natural), ya que
ocasionan felicidad. La adaptación cultural constituye una especie de “ética
experimental” que premia la virtud y castiga los defectos. En esto consiste el
proceso de adaptación del hombre al orden natural, que es el Reino de Dios
propuesto en la Biblia. La adaptación plena vendrá cuando el sufrimiento de los
demás sea tan importante como nuestro propio sufrimiento. Arthur
Schopenhauer escribió: “No hay diferencia entre el Yo
y el Tú; sentir que la voluntad en todo y en todos es la misma y única es el
comienzo de la ética”.
Si no existiera una finalidad
objetiva para el hombre, tampoco habría una ética objetiva. De ahí la opinión
de Jacques Monod, quien escribió: “El conocimiento en
sí mismo es exclusivo de todo juicio de valor (que no sea ‘de valor
epistemológico’) mientras que la ética, por esencia no objetiva, está para
siempre excluida del campo del conocimiento” (De “El azar y la necesidad”).
Si no existiera una ética
objetiva, sería el hombre quien debería crearla. Ello da lugar al relativismo
moral y a una gran cantidad de conductas propuestas. Esta postura es la base de
muchas utopías que se pueden sintetizar bajo el nombre de “socialismo”. En
cambio, si aceptamos una ética objetiva, es el hombre quien debe descubrirla.
Esta postura es la base para el establecimiento del Reino de Dios, que
“compite” con el socialismo como el ideal a lograr por parte de la humanidad.
Las filosofías pesimistas no
tienen en cuenta el posible progreso cultural del hombre, sino sólo la realidad
biológica predominante. Carsten Bresch
escribió: “La violencia de la fase biológica y las posibilidades técnicas de la
fase intelectual sólo podrán coexistir durante un breve periodo de transición”.
(De “La vida, un estadio intermedio”).
La unión entre ciencia y
religión, a nivel individual, provendrá de la identidad entre “fe científica” y
“fe religiosa”. La primera implica una fe en la invariabilidad de la ley
natural, mientras que la segunda, en su forma generalizada, implica una fe en
la interrupción de la ley natural (milagros). La actitud científica no descarta
tampoco la existencia de fenómenos mentales poco frecuentes que producen
efectos beneficiosos en las personas, sólo que son interpretados como “obra del
hombre que mira a Dios” y no como “obra de Dios que mira a los hombres”. Es
oportuno aclarar que quienes creemos en
la invariabilidad de la ley natural, no tenemos ningún inconveniente en que los
graves problemas que afectan a la humanidad sean resueltos por medio de algún
acontecimiento estrictamente sobrenatural.
El conocimiento de la verdad
con sentido práctico (ética) ha sido fundamentado a través de conceptos tales
como finalidad, evolución, adaptación, etc. Cuando este conocimiento pueda ser
discernido con claridad, habremos llegado a una etapa en que predominará el
realismo filosófico sobre las actitudes pesimistas y optimistas. Ello
coincidirá también con el predominio de la razón, que se erigirá así en una
referencia que orientará las distintas pasiones humanas.
Así como existe una ambición personal
por lograr una realización de tipo familiar, intelectual, profesional, etc.,
deberá existir una ambición por lograr una realización estrictamente humana,
que es la más importante y básica de todas. Esta realización de tipo religioso
deberá contemplar los aspectos éticos elementales. Cristo dijo: “El Reino de
Dios está dentro de vosotros”.
5 ECOLOGÍA
La ecología es la ciencia que estudia las relaciones entre plantas y
animales con los ambientes orgánicos e inorgánicos en que viven. Tal denominación
proviene del biólogo Ernest Haeckel
(1834-1919). Ramón Margaleff escribió: “La ecología
es una ciencia de síntesis que combina materiales de distintas disciplinas con
puntos de vista propios. No es como un tronco de origen lejano que con el
tiempo se ramifica y en cada rama da la correspondiente ciencia, sino que forma
como varias raíces, originadas independientemente, que más tarde confluyen en
una disciplina” (Citado en “La ecología” Biblioteca Salvat
GT).
A partir de la hipótesis Gaia, de James Lovelock, la
biosfera es considerada como un sistema autoorganizado. La civilización
industrial atenta contra ella; aparece la lucha entre la tecnosfera
y la biosfera. Alguien dijo que sólo dos especies aumentan su población
(insectos y hombres); una sola puede alterar al medio ambiente (el hombre),
pero una sola puede soportar esos cambios (los insectos).
Desde hace algunas décadas,
las legislaciones de varios países contemplan el impacto ecológico de las
distintas actividades del hombre. Esta actitud surge luego de que se
descubrieron algunos hechos que atentaban contra el medio ambiente: derrames de
petróleo, calentamiento del planeta, deterioro de la capa de ozono, fugas y
desechos radioactivos, contaminación de ríos y mares, caza y pesca indiscriminada,
etc.
Cada año se incorporan más de
cien millones de habitantes a la población mundial. También se incorporan unos
cincuenta millones de automóviles. La contaminación, por ellos favorecida,
impide que salga de la atmósfera parte de la radiación incidente que proviene
del Sol. Ello produce la elevación de la temperatura promedio del planeta que
podrá, algún día, derretir algunos hielos polares y así hacer subir el nivel de
los océanos inundando a las ciudades costeras.
En la década de los setenta,
del siglo XX, el Club de Roma encarga a un equipo de
investigadores del MIT, dirigidos por Dennos L. Meadows,
la realización de un “modelo del mundo”, que consiste en un programa para
realizar simulaciones con computadoras para el estudio de la influencia de las
distintas variables en la evolución del sistema total. Las variables utilizadas
fueron cinco: a) Población mundial, b) Producción industrial per capita, c) Alimentos per
capita, d) Contaminación ambiental y e) Recursos no renovables. Las distintas
simulaciones consistían en observar la influencia producida, por ejemplo, por
el control de la contaminación, o por la regulación de la natalidad, sobre el
resto del sistema.
El trabajo mencionado viene descripto en el libro “Los límites del crecimiento” (Ed.F.C.Ec.). Dicho título sugiere una limitación en la
búsqueda de la comodidad material, que se asocia a la “calidad de vida” que, a
su vez, está muy ligada al consumo de energía. Debido a que sólo un cinco por
ciento de la producción mundial de energía es no contaminante, un incremento de
las comodidades del cuerpo implica mayor consumo de energía y mayor
contaminación ambiental. Gandhi dijo: “La Tierra
proporciona lo suficiente para satisfacer las necesidades de cada hombre, pero
no la codicia de cada hombre”.
Puede observarse que la
mayoría de las variables consideradas dependen de las decisiones del hombre; de
sus ambiciones, de sus costumbres, de su conocimiento y de su ignorancia. De
ahí que algunos biólogos afirman que “el problema ecológico es un problema
moral”. Al menos ahora sabemos que, tanto los conflictos entre seres humanos
como el desajuste entre la humanidad y su medio ambiente, responden a una causa
principal y que su solución se logrará en forma simultánea. E.F.
Schumacher escribió: “El hombre no se siente parte de
la naturaleza sino más bien como una fuerza externa destinada a dominarla y a
conquistarla. Aún habla de una batalla contra la naturaleza olvidándose que, en
el caso de ganar, se encontraría él mismo en el bando perdedor” (De “Lo pequeño
es hermoso”).
Se han sugerido algunos
criterios para la conservación del medio ambiente. Eric Tello, en “Ecopacifismo”, comenta la propuesta de Herman Daly:
1) No explotar los recursos por
encima de su ritmo de renovación (por ejemplo; no extraer madera de un bosque
en cantidad superior al crecimiento de su biomasa, ni derivar más agua de los
ríos o acuíferos que la repuesta cada año por el ciclo hidrológico).
2) No explotar los recursos no renovables
por encima del ritmo de sustitución por recursos renovables (por ejemplo; la
extracción de petróleo o gas natural debe acompañarse al crecimiento de fuentes
renovables de energía como la solar y eólica, que proporcionen en el futuro una
cantidad equivalente de energía).
3) No verter al aire, al agua o al
suelo una cantidad o una composición de residuos por encima de la capacidad de
absorción por los ecosistemas (por ejemplo; no verter efluentes líquidos que
tras una o varias depuraciones previas con plantas industriales aún superen la
capacidad de autodepuración natural de los ríos y
estuarios).
4) Preservar la biodiversidad de los
ecosistemas, y de toda la biosfera.
(De “Ideologías y movimientos políticos contemporáneos” editado por Joan
Antón Mellón).
El hombre que destruye, de
alguna forma, su entorno natural, no tiene en cuenta a las futuras
generaciones. Ello no resulta sorprendente cuando nos enteramos de la gran
cantidad de abortos que se practican en la actualidad, o de la gran cantidad de
casos en que los padres abandonan a sus hijos recién nacidos o los castigan
desde muy pequeños. Carlo Rubbia,
Premio Nobel de Física, escribió respecto de los
residuos nucleares: “No tenemos la más mínima idea de lo que puede suceder con
los tubos, con los bidones conteniendo toneladas de sustancias radiactivas que
ya hemos sepultado y con los que esperan serlo. Nos libramos de un problema
dejándoselo en herencia a las generaciones futuras, puesto que tales residuos
permanecerán activos durante milenios”. “En mi opinión estos residuos
representan bombas retardadas. Las escondemos pensando que ya no estaremos para
responder personalmente por ellas” (De “El dilema nuclear”).
Cuando se contempla, desde el
orden legal o desde la conciencia individual, al problema ecológico, tratamos
de conocer el posible efecto que tendrá cada una de nuestras decisiones.
Recordemos que la ecología implica tanto a los seres vivientes como al
ecosistema. Es absurdo preocuparse demasiado por el medio ambiente y, simultáneamente,
despreocuparse totalmente por el sufrimiento de los seres humanos que en él
habitan. La actitud ética implica ocuparse de ambos, mientras que ocuparse de
uno de ellos puede implicar simple hipocresía.
Una “poco ecológica” tendencia
implica el avance de la globalización industrial por medio de la cual las
empresas con elevado nivel tecnológico, y mucho capital, llegan a los países
subdesarrollados sólo con ambiciones mercantiles provocando la desaparición de
industrias locales, aumentando la desocupación. Estos problemas ocurren porque
es prioritaria, bajo la mentalidad reinante, la optimización unilateral de
ganancias, sin interesar ningún otro aspecto. Gandhi
expresó: “Yo deseo que los millones de pobres de nuestra Tierra sean sanos y
felices y los quiero ver crecer espiritualmente. Si sentimos la necesidad de
tener máquinas, sin duda las tendremos. Toda máquina que ayuda a un individuo
tiene justificado su lugar, pero no debiera haber sitio alguno para máquinas
que concentran el poder en manos de unos pocos y tornan a los muchos en meros
cuidadores de máquinas, si es que éstas no los dejan antes sin trabajo” (Citado
en “Lo pequeño es hermoso” de E.F. Schumacher).
La cita anterior no debe
hacernos creer que las fallas humanas recaen exclusivamente en los “dueños de
las máquinas”, por cuanto las actitudes negativas existen en la mayoría de los
integrantes de una sociedad. No sólo debemos criticar a los países ricos por no
ayudar a los pobres, sino también a éstos por no ayudarse a ellos mismos.
El físico Max
Born dividía la historia de la humanidad en dos
etapas. La primera caracterizada por la utilización de la energía solar y una
etapa posterior en la que el hombre puede obtener energía mediante métodos
terrestres (fisión nuclear). Respecto de la futura utilización de energía
extraída por medio de la fusión nuclear, podemos imaginar un diálogo entre Dios
y los hombres. Dios nos pregunta: “¿ Desean obtener
una fuente de energía cuyo combustible sea inagotable y que contamine muy poco
al medio ambiente ?”. Ante una generaliza afirmación, agrega: “Entonces
deberéis reproducir, en la Tierra, a una pequeña estrella. Y así se cumplirán
todos vuestros deseos energéticos”.
La fusión nuclear es el
proceso que mantiene al Sol, y a las estrellas, emitiendo radiaciones y calor
durante miles de millones de años. Deberemos recurrir a este procedimiento para
solucionar definitivamente nuestros problemas energéticos y, además, los
problemas de contaminación ambiental. Sin embargo, no resulta fácil encontrar
la solución práctica, ya que se deben
lograr temperaturas del orden de los cien millones de grados. En la actualidad
se siguen las investigaciones, pero a ritmo lento.
Cuando alguien pregunta por el
“sentido práctico” de la astrofísica teórica, se le puede responder que forma
parte de las actividades del hombre que le permiten responder adecuadamente a
los requerimientos que el orden natural nos impone como un precio a nuestra
supervivencia.