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«...Por
todas partes reinaba el silencio. En el puerto veianse los mastiles de las embarcaciones,
pero no se oia hacia aquella parte rumor alguno. Las unicas luces que luchaban
contra la naciente aurora eran la lampara que ardia ante las columnas del templo
y bajo los porticos del Foro desierto.
Ningun ruido se oia en aquella adormecida ciudad, que muy pronto iba a verse
agitada por mil opuestas pasiones. Las olas de la vida no se movian; estaban
sepultadas bajo el hielo del sueño.
Una ligera niebla salia del anfiteatro y, condensandose poco a poco, iba cubriendo
el follaje de las vecinas arboledas. En una palabra: parecia en aquel momento
Pompeya lo que mas adelante debia parecer nuevamente a las generaciones modernas:
la ciudad de los muertos.
El
mismo Oceano, aquel mar sereno y sin marea estaba tambien apacible; de su
profundo seno salia un murmullo debil y acompasado que semejaba la respiracion
de una persona dormida, mientras encorvando a lo lejos sus brazos extendidos
hacia la tierra, parecia estrechar contra su seno, sin advertirlo, las ciudades
que se bañaban en sus orillas: Estabias, Herculano y Pompeya, aquellas
hijas queridas de las olas...»
B. Lytton |
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