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"...Oyeme.
Una gran desgracia amenaza a la ciudad. Huye mientras es tiempo. En esa
montaña en la que habito, y en la que la vieja tradicion asegura
que arden todavia los fuegos de Flegeton, ocurren cosas anormales... En
mi caverna se abre un profundo abismo, en cuyo fondo he visto correr desde
ha poco, un arroyo rojo y sombrio que sube lentamente... Durante la noche
oia ruidos terribles que silbaban y mujian en las tinieblas. Pero esta
misma noche he visto que el arroyo se hacia luminoso, flamigero, y en
tanto que yo, aterrada, le contemplaba, el animal que habita conmigo lanzaba
sordos gemidos y temblaba. De pronto le he visto caer a mis pies, lanzando
un agudo aullido, y morir con las fauces espumeantes.
He subido a mi guarida, enloquecida, y toda la noche he oido crujir y
entreabrirse la roca.
El aire estaba pesado, y, sin embargo, los silbidos del viento alternaban
con el estruendo de las ruedas de los carros.
En vista de esto, al levantarme esta mañana al amanecer, he visto
flotar en el abismo fragmentos de piedra negra sobre la corriente inflamada,
de un rojo de infierno... He trepado hasta la cumbre del Vesuvio y ha
herido mis ojos un agujero mas vasto en que no habia reparado antes, de
donde salia mucho humo, cuyo vapor era tan mortal que me quito la respiracion
y me senti desfallecer.
He vuelto a mi cueva y he huido de aquel lugar que habitara tantos años,
porque me acordaba de la misteriosa profecia etrusca que dice: «Cuando
se abra la montaña, perecera la ciudad; cuando el humo corone las
cimas de los campos, los hijos del mar conoceran el dolor y la desgracia»
No he querido abandonar el pais sin avisarte. ¡Oh maestro supremo!
Estoy cierta, como segura estoy de vivir, que el terremoto de hace dieciseis
años solo fue precursor de una catastrofe mas horrible todavia.
Los muros
de Pompeya estan edificados sobre los campos de la muerte y sobre las
riberas de los infiernos, que no conocen el sueño.
Ya estas avisado y huye..."
B.
Lytton |
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El
crepusculo de la vida
Envejecer no es facil en Pompeya. Las viejas son el centro de muchas pinturas
y mosaicos que no tienen reparos a la hora de caricaturizarlas, sobre todo cuando
las representan como actrices en una obra de Menandro.
Una vieja, con el rostro marcado por profundas arrugas, con los ojos desorbitados
y la cejas levantadas, y dos mujeres mas jovenes (no estan en esta imagen) mas
jovenes, nada atractivas, procedentes del campo, madre e hija sin lugar a dudas,
estan sentadas en torno a una mesa sobre la que se encuentran una corona de
laureles e incienso.
La vieja se dispone a preparar un hechizo. Interrogada, gesticula y bebe vino.
La joven se agarra las manos con desesperacion, mientras que la criada, a la
derecha, mantiene una actitud discreta. Las viejas que dicen la buena ventura
supieron aprovecharse de la credulidad de las mujeres del pueblo. ("Consulta
a una hechicera", mosaico de la Villa de Ciceron |
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