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"El
noveno dia antes de la calendas de septiembre (24 de agosto) cerca de
la septima hora (13 horas), mi madre le hizo saber que aparecia una nube
de tamaño y aspecto excepcionales..."
Plinio el Joven, carta a Tacito
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Habia
algo vibrante y suave a la vez en el aire; algo tibio flotaba entre los pinos,
arbustos y flores que embellecian los jardines, aislados del barullo de la calle;
flores y estatuas de marmol brotaban entre el boj recortado figurando letras
y dioses, dando un bucolico y pacifico encanto al conjunto. Las columnas de
las galerias reposaban serenas y firmes sosteniendo las tejas rojas en pendiente;
mas alla, se mecian suavemente los cipreses... esos pinos solares de Italia,
bañados de gracia, de gloria, de azul como el azul de un cielo clarisimo
cuya luminosidad caia en cascadas jugando en umbrosos porticos y recatadas habitaciones.
Y sobre las cumbres de casas, jardines, templos y viñas el Vesubio, soberbio,
brumoso... inconmovible.
Un
solo detalle, diferente, singular, casi insolito: los pajaros que gorgojean
incansables retozando entre las flores y matorrales no bajan ese dia, no se
posan sobre las fuentes agitando sus alas mientras les salpica el agua clara
y fresca que mana desde querubines alados de bronce.
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Vuelan
en bandadas sobre el cielo de la ciudad, rehusandose a la invitacion de los
niños que les arrojan vanamente migas de pan.
No
estan solos en su zozobra, los perros ladran sin sentido acurrucandose en
lastimeros quejidos en algun rincon; al igual que los gatos, refugiados en
la oscuridad, en el lugar mas alejado de la gente de la casa; en tanto, los
caballos relinchan y hasta se encabritan, casi asustados por -al parecer-
nada excepcional de lo que puedan ver cotidianamente; las cabras balan y sus
cencerros forman un coro incesante de campanadas...
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