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La
agonia comienza
De
pronto, una sacudida mas fuerte que las demas hizo temblar el suelo. Algunos
pretendieron haber visto a los gigantes prisioneros del Vesubio que escapaban;
segun algunos, vagaban por la montaña, segun otros flotaban en el aire
por encima del mar. De pronto, al final de la mañana, una formidable
detonacion se escucho del lado del Vesubio. La agonia de Pompeya y Herculano
iba a comenzar
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La
multitud, siguiendo con la mirada el gesto del egipcio, contemplo, aterrada,
una inmensa nube que se elevaba de la cumbre del Vesuvio, a manera de gigantesco
pino, de negro tronco y abrasadas ramas, ora de un color rojizo muerto, apagado,
ora de un brillo tan luminoso que la vista no podia resistirlo.
En
su estupor, la muchedumbre permanecio silenciosa e inmovil, hasta que, de
pronto, fue roto el silencio por el rugido del leon, al que siguieron los
feroces y agudos aullidos del tigre desde el interior del anfiteatro
Ambos
eran siniestros interpretes de la pesadez ardiente de la atmosfera y salvajes
profetas de la colera del cielo
Momentos
despues resonaron gritos de mujeres en las gradas mas altas y los hombres
se miraron consternados y mudos. En aquel instante oyose rodar un ruido extraño
en las entrañas de la tierra, que comenzo a temblar bajo sus pies.
Conmovieronse las paredes del anfiteatro y oyose a lo lejos el estruendo de
los tejados de las casas que se derrumbaban; y luego ceso todo. Una gruesa
nube que salia de la montaña, oscura y espesa, habia tomado el aspecto
de un torrente de fuego negruzco. Surgia con violencia del seno de la montaña
lanzando una lluvia de piedras y de cenizas abrasadoras, que caian sobre la
ciudad, el anfiteatro, arrasando viñedos, calles, y hasta el mar, donde
silbaba al apagarse en sus agitadas olas.
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Olvidose
el pueblo de los juegos, de la justicia y de Arbaces. Fue horrible. Penso
cada cual en su seguridad personal y todos echaron a correr, atropellandose
unos a otros. Eran pateadas las mujeres, los ancianos y los niños.
Mezclabanse los aullidos, los lamentos, las suplicas, las imprecaciones y
las plegarias de la multitud enloquecida, que salian de los numerosos pasillos
del anfiteatro buscando refugio en los vomitorios. ¿A que lado huir?
¿Hacia donde? Gemian los heridos, con el rostro ensangrentado, fracturados
los miembros.
Los mas, previendo otro terremoto, corrian a sus casas en busca de sus mas
preciosos efectos, otros temiendo la lluvia de cenizas que caia sin cesar,
buscaban refugio bajo el techo de las casas mas cercanas, los templos y en
donde pudieran huir del cielo raso.
Mientras
tanto, las nubes se sucedian, cada vez mas espesas, mas siniestras, mas grandes
y negras, oscureciendo el cielo hasta que cerro una noche repentina y horrenda
a la hora en que de costumbre brillaba el sol del mediodia"
B.
Lytton
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