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Al principio
los esclavos que estaban en el primer piso habian vacilado en abandonar su
zona, pero en vista de que las piedas continuaban cayendo y de que la capa
de lapilli alcanzaba y ya casi 2,50 metros en el atrio optaron por huir.
Llevando una linterna de bronce, uno de ellos precedia a sus compañeros.
Los nueve hombres descendieron los peldaños de madera que llevaban
al atrio y cayeron uno sobre los otros entre la escalera y la puerta. Su agonia
debio ser atroz.
Dos mujeres que vivian en la misma casa eligieron una solucion opuesta. Viendo
el suelo recubierto por muchos metros de ceniza buscaron refugio en el primer
piso por encima del establo.
Los techos cedieron y las sepultaron.
En la zona central de la casa, en la parte posterior, el vigilante se nego
a dejar salir a los esclavos. El mismo, ganado por la asfixia, huyo con su
hijo pequeño hacia la zona de conserjeria. Se echo sobre el lecho y
se cubrio con cojines y almohadas. Tambien alli los gases deletereos hicieron
su obra.
Sus manos crispadas en la agonia dejaron escapar su fortuna: un saco de cuero
unido a una cadena de plata que contenia un poco de oro y monedas. Fiel servidor,
sucumbio en la habitacion donde se conservaba el sello de su amo y se guardaban
los instrumentos de trabajo que su funcion le impedia abandonar.
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