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Un
pobre perro encadenado
Los hijos
del banquero Cecilius Jucundus, Quintus y Sextus abandonaron su morada. Bordearon
la casa de Vesonio para llegar a la casa de la Fortuna. Pero Vesonio, su amigo,
habia huido con su familia, olvidando a su perro que quedo atado.
Por la apertura del compluvio las escorias corrian por atrio; en la medida
en que se lo permitia la longitud de la cadena, fijada al cuello por un collar
de bronce, el pobre perro trepaba por las cenizas, tratando desesperadamenete
de liberarse.
Finalmente el pobre animal cayo sobre su lomo y exhalo el ultimo suspiro.
En la calle que llevaba a la puerta de Herculano el gentio era denso. Los
habitantes de los barrios oeste de Pompeya, mas cercanos al mar, lograron
salvarse; entre ellos Cayo Salustio al que pertenecia la casa de la esquina
en el extremo de la calle de Mercurio.
Por el contrario su mujer perdio tiempo tratando de reunir sus joyas; cerca
de alli, en la calle, acompañada por otras tres mujeres de condicion
modesta, cayo con su dinero, sus espejos y sus joyas hundiendose en la ceniza
empapada.
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Los
animales tambien fueron presas del panico. Algunos lograron liberarse, pero
la mayoria murio en los establos. De todos ellos, los perros guardianes de
las casas, atados a sus casetas tuvieron la suerte mas terrible.
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En la casa
de Pansa, no lejos de alli, sus dueños habian tomado la precaucion
de envolver las obras de arte; en especial un pequeño grupo de bronce,
Baco y el Satiro, que intentaban llevarse. Pero apenas estuvieron en el jardin,
lo arrojaron en un vaso de cobre que se encontraba en el lugar. Los propietarios
lograron huir; por el contrario cuatro mujeres que vivian en la misma casa
se parapetaron en una habitacion con la esperanza de escapar a la catastrofe.
Murieron en medio de sus bienes, asfixiadas por los gases deletereos.
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